jueves, 15 de abril de 2010

Ser escritor 2 / El demonio

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A los diecisiete años se me metió un demonio. Tomó la forma de una idea. La idea era: te vas a morir a los 25. Entonces a los diecisiete yo sabía que moriría a los veinticinco años. No sabía cómo. Ni dónde. No me lo dijo. Tampoco me dijo que sería gradual. Yo esperaba un paro cardiaco, una enfermedad terminal o un atropellamiento. Se lo dije a mis padres y creyeron que estaba jugando. Luego insistí y creyeron que estaba loco. Luego dijeron no lo quiero volver a escuchar y entonces me lo guardé. A veces lo sacaba en alguna borrachera y todos creían que estaba bromeando o que estaba ebrio o loco o enfermo. Y el demonio se burlaba de mí. Era como si nadie me escuchara que moriría pronto. Faltaban ocho años pero ocho años de vida es pronto cuando sabes que morirás. No me importaba demasiado. Yo tampoco me creía mucho. 

   Me guardé todo eso hasta los veintitrés. Entonces volví a decirlo a mi padre y volvió a decirme que te cayes la boca. Esas cosas no se dicen. Y volví a cerrar la boca. Fuera de eso mi vida era normal. No se me notaba algún trauma ni nada; sólo sabía que en dos años me iba a morir. No le daba mucha importancia. Pero conforme el tiempo se acercaba, el demonio me atormentaba más y más. No era la gran cosa. Quiero decir que me ponía nervioso con mayor frecuencia respecto mi muerte. Entonces cumplí veinticuatro años. Pensé en vivirlos como si fuera el último año de mi vida. Y lo hice. ¿Qué qué hice? Dejé el trabajo. Me emborraché cada que pude. No medía las consecuencias. Total, iba a morir el próximo año. Gasté los pocos ahorros de mi vida. Y decidí escribir. Para que cuando muriera alguien leyera algo de mí. Luego llegaron los veinticinco. Y me vi hundido en mis derroches. Esperé el año completo morir pero no pasó nada. Desperdicie mi año. No trabajé, no estudié, no nada. Y no me morí. Eso era lo peor de todo. Estaba acabado. No muerto. Entonces traté de hablar con el demonio pero ya no aparecía. Ya no tenía el sentimiento de morir. Se había ido. Se burló de mí, pensé.
    
    Comencé a buscar trabajo. Me rasuré. Me levanté temprano y dejé de beber tanto. Pero todo fue inútil. Los trabajos requerían experiencia. Yo no tenía gran experiencia porque me dejé morir. O al menos requerían que hubiese trabajado en algún lado los últimos seis meses. Pero un espacio de más de dos años era una cosa inaudita. ¿Qué hizo todo ese tiempo?, preguntaban los reclutadores. Pues beber, decía. Ir de juerga. Y creo que también escribir un texto o dos. Esto no les parecía adecuado y me juzgaban inepto. No podía explicarles lo del demonio. No les podía decir: un demonio me dijo que me moriría y entonces… Busqué trabajos mediocres. Eran los más difíciles. Es increíble que pidan dos años como almacenista para ser almacenista. ¿Qué tan difícil puede ser acomodar las cosas?, pensaba. O que te pidan tres años de manejo de torton de tres y media toneladas. O dos años archivando papelería muerta para ser archivista. Estaba condenado en mi desdicha. Y el puñetero demonio no aparecía. Ahora sí me quería morir enserio. 

   El tiempo pasó y todo continuó igual. Ya no me quedaban muchas esperanzas. Recomencé con la bebida. Dejé de buscar trabajo. Conseguí una entrada de dinero. Era una clínica de estudios de bioequivalencia. Era fácil y no era un trabajo de verdad pero me aceptaron. Y decidí jugar a ser escritor. Tenía dos opciones: el suicidio o escribir. ¿Qué cómo? Sencillo, la cosa terminó así: yo tenía que morir a los veinticinco, era como un trato. A cambio no me daba nada; era un trato injusto pero un trato. Y no morí. Entonces debía hacer algo. Y escribir era la única forma de sobrevivir. ¿Por qué? Coño, no lo sé. 




Petrozza, M. Abril 2010.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho lo que escribes. te desnudas totalmente. =) Estare leyendote!! saludos

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