jueves, 1 de abril de 2010

De cómo conocí a Abdul Al-Hazred.

AudioTexto.


 Conocí a este tío a la edad de veinte años. Yo tenía veinte años y él tenía veinte años. Yo estudiaba la universidad y él iba a la universidad. No estudiaba en ella; iba y entraba a la biblioteca, a la cafetería y  a todos lados pero no estaba registrado. A veces hablaba con los alumnos pero no mucho. Casi nunca. Es algo retraído. 

    En esos tiempos me gustaba fumar hierba y para ello me internaba en las canchas de basketball que estaban internadas en un bosquecillo internado en la universidad. También había una alberca y un gimnasio. A mí no se me daba el deporte pero se me daba bien fumar hierba. Fue en uno de esos viajes a las canchas donde le vi por primera vez. Había fumado toda la mañana y andaba bien y quería más pero se me terminó la marihuana. Entonces fue que le vi sentado a la sombra de un árbol. No parecía un tío deportista y pensé que sólo se viene a las canchas por dos cosas: el deporte o el vicio, ¡si señor! El deporte es un vicio y mi vicio es un deporte. Yo pensaba cosas así. Me acerqué a él y le pedí algo de mota. Tenía una libreta y un libro. No tenía hierba. No sé bien cómo empezamos a hablar. Era un tío bastante raro. Llevaba barba desaliñada y vestía harapiento. No fumaba pero vestía harapiento y eso me consternaba. Me dijo que era escritor y le dije, ya, yo igual. El tío andaba metido en estudios patafísicos o algo. Estudio por mi cuenta, dijo. Ya, dije, ¿cómo te llamas, tío? y dijo Abdul. Y yo dije: mierda, ¡no! Pero me juró que sí y no tuve más opción que creerle. Mientras todo eso yo me rasqué los bolsillos y junté algo de hierba. Armé un pequeño porro en un cigarrillo, lo encendí, le di unos jalones y se lo pasé. Lo rechazó. A la mierda con este vagabundohijoputAbdul, pensé. Y me fui. 

    Semanas luego lo miré en la biblioteca. Yo no quería que me viera pero lo hizo y me saludó. Qué hay, dije. Ando buscando algo metafísico, dijo. Bien, dije, tercer estante a tu derecha, abajo. Encontró algo y me fui. No me daba la gana la conversación. 

    Después lo encontraba en todos lados. Supongo, eso pasa con todos los desconocidos: los encontramos siempre y no lo sabemos. Yo sabía lo suficiente de Abdul para encontrarlo en todos lados. Me molestaba un poco porque parecía amable. No me gusta la gente amable. Me saludaba y yo le evitaba y le evitaba y él siempre se las arreglaba para decirme qué andaba haciendo, decía: estoy escribiendo sobre la otredad, y yo, bien. Y pensaba: hijoputa. Estoy leyendo haikus, decía y yo contestaba: ya, bueno.Y pensaba: ¡que te den! Decía: pienso que el heterónimo es más complejo y va más allá de Pessoa. Y yo: sí, claro. Y pensaba: pringado.

    Una ocasión me encontró en las canchas. Él iba a leer y escribir y pensar. Yo estaba haciendo eso y no tenía ganas de lidiar así que lo dejé hablar. Se soltó con un rollo estético-aristotélico. Al principio me pareció interesante. Luego perdí el hilo y sólo era un guacamayo hablando y hablando y hablando. Tuve que decírselo. No lo tomó a mal. En verdad era amable. Hubiera preferido un pleito pero era condenadamente amable. Se cayó y me dejó fumar a gusto. Luego dijo muéstrame algún texto tuyo. Llevaba algunos en la mochila. Saqué la vieja libreta y se la aventé. Leyó. Dijo: son antiestéticos. Yo le dije tú eres antiestético, date un baño. No se cabreó. Reímos y allí comenzó nuestra verdadera amistad. Me contó que venía de algún país, no recuerdo. Vivía en un viejo cuarto y unicamente le interesaba la literatura. No hacía otra cosa el tío. No follaba, no trabajaba, no luchaba; sólo leía y escribía sin parar. Ya, dije, eres un hijo de puta. Reímos otra vez. 

2

Andaba tras una jeba. No era guapa pero tenía un culazo. La tía sentíase de la alta sociedad, pobre idiota, y no me hacía mucho caso. Eso no impidió que se me metieran tremendas ganas de manosearle el culo. La invitaba a salir y la invitaba a salir y me rechazaba, cómo me rechazaba la desgraciada. Ella salía con tíos de carrazos y ropa buena. Yo tenía un viejo Pointer y eso no le agradaba mucho. Tampoco le agradaban mis tres camisas y cuatro pantalones. Ni mis zapatos ni la ausencia de gomina. A mí tampoco me agradaba nada de ella. Ni sus tacones ni su labial ni su falso glamour. Sólo el culo me gustaba y eso basta.

    Se lo conté a Abdul y dijo que la olvidara. Yo estaba a punto de olvidarla. Sin embargo me cabreó que un jodido extranjero me dijera qué hacer y decidí follarla costáseme lo que me costara. Abdul dijo estás loco. Yo le dije al menos soy un loco con aspiraciones. Reímos. Abdul no dejaba de hablar de estética, de retórica, de filosofía. Yo no paraba de hablar del culo de la tía aquella. Eran conversaciones absurdas. El quiasmo fomenta la ironía, decía Abdul. Su culo fomenta mis erecciones, decía yo. Y así. Para Abdul ninguna tía estaba buena; siempre había alguna mejor. Yo le decía ¡mira esas tetas!, tío. Y él contestaba: están algo caídas. A veces ni siquiera eso, contestaba algún aforismo. Mira qué piernas, le decía yo y él: todas las piernas son las piernas. Eso cansaba. Incluso tenía la jactancia de decir he visto mejores culos. Aunque no decía mejores culos; quiero decir, decía: he mirado chicas más guapas. No decía la palabra culo. No había forma de interesarlo por una jeba. Sólo le he conocido una mujer y era una tía surrada seudo-intelectual y feminista. Cualquier tía estaba más buena que esa garra. Y yo se lo decía pero contestaba alguna gilipollez. Luego esta tía lo dejó. Lloró algunos días. Era sensible o algo. 

3

 La tía culona se llama Jeniffer la muy zorra. Después de quinientos intentos, me dijo sí, saldré contigo. Ella lo planeó todo. Quería comer en la Condesa y luego ir al cine y luego a cenar. Ya no dijo más pero supuse acabando todo eso no vendría mal el hotel y también pensé: debe haber un atajo al hotel. Estaba algo nervioso. Le conté a Abdul. Después de todo yo no tenía amigos.

     Abdul dijo dale un poema. Jeniffer no es esa clase de tía, dije. A ella le interesa la pasta no la poesía. Abdul insistió tanto y accedí a darle un maldito poema. Escribí un poema allí mismo y se lo mostré. No puedes darle esto a una chica, dijo. Tú qué sabes de chicas, pensé. ¿Qué tiene de malo?, pregunté. No me gusta este pasaje dijo:

     Desde que te vi, supe, piba
     que te follaría
     aunque me costara
     una cerveza o dos;
     o tres o la vida;
     yo te meteré la pinga. 

Bueno, dije, lo de la vida es hipérbole. No, dijo, todo está mal, mal, mal. No puedes entregar esto a Jeniffer. Lo escribiré yo, dijo. Lo hizo allí mismo. Me lo mostró. Era realmente bueno. Ya no lo recuerdo. Sólo recuerdo que era realmente bueno. Desde ese momento tomé enserio la literatura de Abdul. Era un maldito genio del lenguaje. 

4

Recogí a Jeniffer en Tasqueña y Miramontes. Lucía tremenda. Llevaba una falda negra sexy que le resaltaba el culo. Lo demás no me acuerdo. No tenía pasta suficiente para todo el tour que ella se proponías y se lo dije. Se molestó mucho. Me sinceré con ella y le dije: mira, piba, me gustas. No quiero enamorarte ni eso. Quiero lo pasemos bien con el viejo mete-saca. No fue buena idea. Se cabreó enserio y bajó del auto. Me dejó allí con el palo enhiesto. Le aventé el poema de Abdul que había metido en un sobre y anexado una rosa. Lo levantó del suelo y me largué.

     Tenía algo de pasta y andaba caliente. Llamé a Abdul y le dije vayámonos de putas. Preguntó por Jeniffer, dijo, dónde está Jeniffer, deberías estar con ella, ¿no? Le dije, no importa Jeniffer, vámonos de putas. El muy cabrón dijo no puedo, estoy ocupado. Dios, dije, eres un vago, ¡no puedes estar ocupado!

    Lo recogí en Tlalpan y Periférico. Lo llevé a La Puerta Negra. Era muy temprano para ir de putas así que lo llevé a por una cerveza. Me dijo eres un imbécil. Se refería a lo de jeniffer, se lo solté. Tenía razón pero yo no iba a aceptarlo. Luego olvidó el tema y se puso a parlotear sobre el OuLiPo. Coño, pensé, debí venir solo. Dieron las siete de la noche. Me había gastado todo el dinero; lo de las putas se fue a la mierda. Tendré que masturbarme, pensé. 

5

Leía los textos de Abdul concienzudamente. En cada uno de ellos aprendía bastante. Los cargaba de figuras retóricas y trucos lingüísticos que yo jamás hubiese imaginado. Por su parte él seguía pensando que mis textos no servían. Intenté con la patafísica. Dejé de escribir crudamente. Yo escribía y Abdul revisaba. A veces me decía dale más fuerza a tu personaje y yo decía, sí, aunque no tenía ni puta idea. O decía cuida tus finales. Y yo decía sí, claro. Mejoré mucho bajo la supervisión de  aquel erudito vagabundo. Ahora sólo escribo sucio cuando hablo de mí. Es inevitable.

6

Encontré a Jeniffer en la cafetería. Me llamó. Estaba algo apenado pero fui de todos modos. Dijo: tu poema es maravilloso, gracias. Maldito hijoputaAbdul, pensé. No llegamos a más, dijo tu poema es genial y no volvió a llamarme.


Petrozza, M. Abril 2010.

5 comentarios:

  1. Pero sabes que es así. Tú nunca ves las cosas como son. Jajajaja. Y eso no lo puedes negar.

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  2. Es realmente bueno lo que escribes, yo también lo hago, pero lo mío es definitivamente "rosa" a comparación de lo que tú haces.
    Está poca madre.
    =D

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  3. Fue hasta hoy que navego por tu página, es realmente buena! no me he podido despegar! ya perdí la cuenta de todo lo que he leído jeje, mis sinceras felicitaciones. =D

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  4. Gracias, tío. Es bueno saber que te agrada.

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  5. Insisto luego de analizarlo una y otra vez. Yo no visto harapiento. Digo, no visto lujoso tampocop pero no precisamente harapiento. Y la gente que me ve si piensa que me drogo pero no es por eso. Y no sé. No mereconozco al cien por ciento.

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