lunes, 22 de marzo de 2010

Me debo andar con cuidado.

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Acompañé a mi novia a comprar un regalo para madre. Era su cumpleaños. Cumplía cincuenta o algo. Fuimos al centro. Mi novia quería regalarle una litografía de Degas. Se le había pasado la etapa budista y ahora andaba metida en la pintura. Se la pasaba hablando de pintura. Me mostraba reproducciones de cuadros y me decía el nombre de la obra, la fecha y el autor y la corriente. Luego yo tenía que decirle a ella todos esos datos. Si acertaba me daba un beso y si fallaba no me daba nada. Yo ganaba casi todos los besos y entonces le dejó de parecer divertido; quería castigarme de algún modo. 

   Llegamos a Donceles y entramos a una tienda de litografías y mi novia compró una de Degas. Y nos fuimos. Fue fácil. Entramos al subte en la estación Zócalo. Nos tocó ir parados. Mi novia venía contando una vez que madre se cabreó porque padre olvidó su cumpleaños. Eso fue antes de que padre se largara, dijo. Yo venía mirando las tetazas de la jeba sentada enfrente a mí. Eran un buen par. 
  
    En la estación General Anaya encontramos un tío amigo de mi novia, de la escuela o algo. Se saludaron y se despidieron en cosa de segundos. Luego mi novia y yo continuamos el viaje hasta casa y olvidé aquel tío. Llegamos a casa de mi novia y la esperé dentro mientras ella iba a la papelería por una envoltura para el regalo. Lo había metido en un tubo especial para litografías. Aunque yo digo que cualquier tubo hubiese servido, no tenía que ser especial para litografías ni costar tanto. En eso yo me entretenía hurgando la nevera. Había de todo, tío: carne, verduras, leche, huevo, queso, comida para microondas. Tomé un poco de queso y un vaso con leche. Cuando llegó mi novia estaba cabreada porque no encontró un buen papel para forrar el tubo. Yo le dije que el tubo ya era en sí una envoltura innecesaria. Ella decía que no y andaba necia con ir a Gran Sur. Yo me moría de sueño y flojera y le dije que le diera el maldito tubo y ya. Y ella dijo no todos somos unos hijos de puta como tú. Y yo dije: eso no es ser un hijo de puta, mierda, es ¡pragmatismo! No quería discutir y me fui a casa. 

    Abrí la nevera y era muy distinto a la de mi novia. Sólo había cerveza, aceitunas y polos. Cogí un polo y una cerveza. Me senté en el sofá y me dejé dormir poco a poco.

    Una semana después pasó algo que me impactó. Yo andaba en mi caminata por el centro y un tío se acercó a mí. Había mucha gente. El tío me miró de una distancia de varios metros; lo vi mirarme y se encaminó hasta mí. Yo apreté el paso pero me seguía con determinación. Me tocó el hombro. Di un pequeño salto. Qué hay, tío. Dijo el hombre. Mierda, dije, ¿quién coños eres? Era el amigo de mi novia que encontramos aquella vez en General Anaya. Lo saludé lacónicamente y me largué. Me dio miedo. No sé cómo me reconoció tan bien. Yo no lo hubiese reconocido. Preguntó por mi novia y le dije todo bien y me fui. Se me quedó viendo extraño y se fue también. No estoy seguro. Esto me ha echo darme cuenta de lo indefenso y de lo vulnerable que soy. No entiendo cómo me reconoció. Tampoco entiendo para qué mierda me saluda. No lo comprendo. Es un tío raro. Como si me importara.

   Pensé que si eso pasaba también podrían pasar otras cosas. No sé exactamente qué pero cosas. Cosas peligrosas. Ya no me sentía seguro.  Quizá allá otros tíos que yo no recuerde y ellos me vean y me sigan y me saluden. O pero aún: no me saluden. Sólo me miren y sepan lo que hago, a dónde voy y todo eso. Quizá hay tíos que conocen a mi novia y me conocen a mí y yo no a ellos y le digan cuando ando de farra o cuando me consigo una guarra para pasar la noche o cuando hablo en voz alta y digo mi novia es muy estrecha, debería cambiar. Quizá alguien lo escuche y sin yo saberlo es alguien que me conoce pero no me saluda y conoce  a mi novia o a mis amigos. No estoy seguro. Me debo andar con cuidado, pensé.  




Petrozza, M. Marzo 2010.   

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