viernes, 5 de marzo de 2010

La taza de café.


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 Fui a la Selva. La noche anterior había bebido mucho. Como todas las noches y todas las tardes pero esta vez me pegó; quizá fue el viento frió de la noche; anduve bebiendo en el kiosko del centro de Tlalpan. Al amanecer fui a la Selva y me pedí un americano tradicional; por diecinueve pavos te daban tres tazas de café bien caliente. También te daban una galleta del tamaño de una corcholata de cerveza. 

 Saqué la libreta, mi vieja fiel libreta y escribí un texto: 

 Frente a él tenía el tomo número uno de Arnold J. Toynbee, Estudio de la historia, que en alguna parte llevaba impreso la frase “Grandes obras del pensamiento”. Como no andaba para presunciones, antes de leer viró la mirada unos centímetros y tomó la taza de café. Dio un sorbo y mientras lo hacía pudo ver, gracias a la perspectiva que provoca el acercamiento del borde de la taza, un pedazo de su nariz.  Este hecho lo dejó helado. Nunca había visto un pedazo de su nariz tan cerca. Dio otro sorbo no por el placer que produce el café acompañado de la lectura sino para mirar mejor el pedazo en cuestión. El asombro era tal que de no ser porque lo tenía pegado y era parte del todo hubiese considerado ajena a la porción.





 Se decidió por el Estudio de la historia, lo abrió justo donde el separador le recomendó y poco a poco se adentró en el libro. Todo iba muy bien y ya se había olvidado de lo anterior hasta que por instinto, sin detener la lectura, con un movimiento del brazo alcanzó el café y dio un pequeño trago. La miró de nuevo y esta vez hizo bajar los ojos un poco más de lo acostumbrado en esto de tomar café, allí estaba asomado como queriendo salir más y más el dieciocho por ciento de su nariz. No despegó los labios de la taza y tímidamente observó. Pudo ver entonces que ese pedazo era justo el de en medio, y que si cerraba un ojo o el otro aparecía el pedazo izquierdo o derecho según el ojo y que allá en el fondo estaba la nariz completa; y que conforme se terminaba el líquido podía verse algo más del rostro. Esto último lo amedrentó y dejó entonces la taza. Regresó a la lectura pero su mente divagaba, la cosa era aterradora, no dejaba de pensar; lo desconocido siempre engendra miedo y curiosidad. No pudiendo más con esta última se enfrentó a la taza, bebió sorbo a sorbo hasta el final…





 Los científicos tras el cristal apuntaron los gritos de terror y los chillidos descontrolados, el correr en círculos y los jalones de pelo. 





 El adiestramiento en la lectura de un chimpancé siempre trae sorpresas que dejan a la ciencia en suspenso; ¿es que a los changos les asusta la historia, o Toynbee?


Petrozza, M. Marzo 2010.

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