lunes, 1 de marzo de 2010

La puta de los anteojos.

AudioTexto.


Caminando por Eje Central, en el centro de la ciudad, sin rumbo, topé con un centro nudista barato. La cerveza está a diez pesos, me dijo uno de los promotores del lugar. Ya, dije, buena oferta, me quedo. Entré al lugar. La cerveza estaba a diez pesos hasta las seis de la tarde y eran las tres. Me senté en la orilla de la plataforma. Una chica bailaba desnuda; no era una belleza pero era una mujer desnuda y me paraba la pinga.
 
    La puta se acercó demasiado a mí, movía el culo sabroso y los efluvios llegaron a mi nariz. Yo no sé si todas las mujeres huelen igual pero todas estas mujeres sí. Las putas de la Merced, las putas de Tlalpan, las putas de este lugar…    Me gusta este olor, pensé.

 El lugar estaba decorado con animales pintados en la pared. Me sentí un tanto animal. A lado estaba sentado un pervertido, gordo, sucio y solo. Y pensé que yo también era un pervertido. Lo soy, quizá, no me molesta decirlo.

    La puta terminó el baile y la pista quedó vacía. Me pedí una cerveza mientras salía otra puta. No tardó en salir. Y salieron muchas más. Todas estaban apetecibles pero no al grado de volverme loco. Pedí más cervezas y más y pronto dejé de ver a las chicas, es decir, las miraba pero pensaba en otras cosas. Pensaba en mi novia, por ejemplo. Sería bueno que ella bailara por un poco de pasta; se ve que en este lugar aceptan a cualquiera. Así tendría algo de plata para prestarme de vez en vez. Y también sería bueno que hiciese unas amigas y las llevara a casa y yo las follara gratis porque soy el novio de ella y ella es la amiga de ellas y esas cosas. No sé si eso pase de verdad pero me gustaría mucho, pensé. Y también pensé en Huxley y los épsilones. El lugar estaba lleno de épsilones. Posiblemente yo sea un épsilon, mierda. Pero no, no, sé que hay algo distinto entre ellos y yo. Yo soy un épsilon con literatura. Ya, me dije, allí lo tienes: los épsilones no poseen literatura, no lo eres. Tampoco eres un alfa ni toda esa mierda de Huxley. Pero en el fondo sabía que Huxley tenía razón, la raza humana está cortada a moldes. Y el molde de esta gente está dañado.

    Pensé muchas cosas hasta que subió una chica preciosa. Bien, no era preciosa pero me excitaba sobremanera. Lleva anteojos y eso detonó mi excitación. La imaginaba leyendo un tratado de Gabriel Marcel mientras yo la follaba por detrás. La imaginaba recitando Blake mientras le chupaba el coño. Claro, era una imbécil. Lo confirmé cuando la llamé. Terminando su baile bajó a las mesas y la llamé a sentarse conmigo. Le dije que cuánto el privado y dijo doscientos pavos, puedes tocar pero no habrá penetración. Ya, dije. La miraba directo a los ojos. Ella se intimidó un poco. Le dije, ¿te gusta leer? y respondió riendo, no, no me gusta leer. Ya, me dije, recuerda que la ilusión es sólo tuya. Bien, respondí, a mí también me excita Goethe. ¿Qué?, dijo la chica. Mierda, ¿quieres el privado o no?, dijo. No, dije, no tengo pasta. Se levantó y se fue. Me dejó. La seguí con la mirada, no podía dejarla de imaginar con mi pene dentro. La quería follar a toda costa.
 
    Entré al sanitario. Había un tío dando papel higiénico por una moneda. Oye, tío, le dije, ¿dónde están las chicas? ¿Cómo?, preguntó. Ya, qué dónde puedo encontrar a la chica de gafas. Me mandó con la fichera. No, tío, lo que quiero decir, es… no tengo plata y quiero hablar con esa chica. ¿Hablar?, dijo. Sí, bueno, quiero hablar fuera de este lugar, quiero… ¿Tienes una moneda?, me interrumpió. Claro, dije, y se la di. ¿Cómo se llama la chica de gafas?, pregunté. Sabrina, contestó. No, hombre, quiero decir, ¿cómo se llama de verdad? Dale, a joder a otro lado, qué se yo, respondió.

    Regresé a mi mesa y busqué a la tía de gafas. No estaba. Llamé a otra puta y pregunté por ella. No sé, dijo, pero yo te puedo ayudar, si tú quieres. Bien, dije, ¿cómo se llama la chica de gafas? Sabrina, dijo. No, no, coño, me refiero a cómo se llama de verdad. No sé, dijo, ¿quieres un baile? No, gracias, dije y se largó. Necesitaba conocer a la chica de gafas. En el fondo sabía que era una puta más pero deseaba follarla fuera de ese lugar. No quería que fuese sólo un polvo de trabajo, quería un polvo apasionado y duro. Y quería que ella gritara los proverbios infernales de Blake mientras lo hacíamos.
    La chica no aparecía por ningún lado y yo tenía tremendas ganas. Estaba enamorado. Verla bailar desnuda excepto las gafas me llegó al corazón. Decidí esperarla. La esperé quince minutos. Eran diez para las seis y la cerveza dejaría de estar a diez pesos.  Ya, me dije, no es tan buena. Y me largué antes de las seis. 

Petrozza, M. Marzo 2010.


4 comentarios:

  1. Charlie Dos Veces López3 de abril de 2010, 12:28

    Me gusta, me gusta.

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  2. gracias por compartirlo!

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  3. quiero follar con esa puta!!

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  4. Volver loca a una prostituta....dificil mision,,que se apasione que desee que la tomes...interesante...

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