lunes, 1 de marzo de 2010

La clínica 1


A todos lados donde iba siempre había detrás tíos con pasta; con mucha pasta. En la universidad, en el trabajo, en la clínica. Estos tíos eran pocos y de algún modo controlaban lo que nos ocurría a nosotros los gilipollas.

    Recién entré a la clínica miré un montón de pobre diablos. Estaban por todos lados; las enfermeras, los capturistas, los guardas de seguridad… lo voluntarios. Sobre todo los voluntarios. No me sentía realmente un gilipollas porque todos lo éramos y eso calmaba la cosa. Pero detrás de todo estaban los tíos del Audi y del Crossfire. Me topé con ellos saliendo de la extracción de sangre. Allí estaba yo, con el brazo recogido soportando el dolor de un mal piquete. Y allí estaban ellos mirándolo todo como suelen mirar aquellos tipos: escupiendo con la mirada sus pensamientos: yo controlo todo. Fue como un golpe al hígado. Siempre era así. Los colega voluntarios andaban contentos porque pagaban dos mil cien pavos. Yo no estaba contento, quería el Audi y el Crosfire. Me enfurecía. Siempre estaban los gilipollas y los tíos con pasta y de algún modo yo siempre estaba entre los gilipollas.

        No quiero aceptarlo pero es verdad: el mundo es controlado por unos cuantos tíos con plata. No importa lo que hagas siempre estás en sus manos.

    El caso es que pagaban dos mil cien pavos. Lo pensé repetidas veces hasta que los tíos desaparecieron de la mente. Llegué allí recomendado por Luz aunque aceptaban a todos. La clínica realizaba estudios de bioequivalencia o algo. Te metían al cuerpo un medicamento y monitoreaban tus signos vitales y los cambios de tu sangre para saber si debían o no venderlo. Era sencillo. Los voluntarios se internaban un par de días. Durante ese tiempo las enfermeras te chupaban cuánta sangre podían y te daban el medicamento. Daban de comer y pagaban dos mil cien pavos. No estaba mal. Es mejor que trabajar, pensé. Y también lo pensaba mucha gente más. Todos los internos se conocían. Eran un gremio. La mayoría de esos tipos se dedicaban a aquello. Se internaban cada semana en diferentes clínicas. Los pagos variaban según los riesgos; había estudios donde podías sacar hasta quince mil pavos libres de impuesto. Yo no conocía a nadie y no quería conocer a nadie así que me dediqué a seguir órdenes. Eso hacen los gilipollas, siguen órdenes: siéntese aquí, fórmese acá, deje sus cosas en aquel lugar, tome una bata, présteme el brazo, listo, muchas gracias.

    Nunca me han gustado las jeringas. Les tengo cierto temor. Tuve que controlar el temor; mucho, tuve que controlarme mucho. Primero tomaron una muestra de sangre para examinar si yo era candidato del mentado estudio. Luego tomaron otra porque decidieron que sí lo era. Y luego otra para guardar en el historial clínico y otra más para comenzar el estudio. Luego ya no pararon. Sacaban sangra cada hora o ¡cada media hora!

 Algunos tíos se sentían mal. Los medicamentos eran fuertes y tiraban a más de uno. Las enfermeras corrían a traer oxígeno y suero y papeles que desligan a la clínica de toda responsabilidad. Los hacían firmar y luego los atendían. Si no firmaban, no los atendían; a eso me refiero cuando digo que estamos en su manos. 
 
    Finalmente, a las doce del día siguiente sirvieron el desayuno. Un burro de carne y una gelatina. Y luego regresamos a que nos cogieran sangre, ¡mierda! Entre cada extracción la gente hacía cosas: dormía, platicaba, miraba el televisor. Yo decidí leer. Llevaba un libro de Pascal: “Pensamientos”. Escribiré un fragmento que no salió de mi memoria:

 Cuando considero la escasa duración de mi vida, engullida en la eternidad precedente y en la consecuente; el pequeño espacio que lleno y que veo; abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, yo me aterro y me asombro de verme aquí más bien que allá, pues no hay ninguna razón para que esté aquí y no allá, o ahora y entonces. ¿Quién me ha puesto aquí o por orden o autoridad de quién me ha sido destinado este tiempo y lugar? Memoria hospitis unius diei praetereunis.

    Luego más sangre y más y luego comimos una pechuga asada del tamaño de la palma de mi mano. Me aburrí terriblemente pero pensaba en los dos mil cien pavos. Lo malo era que luego de eso pensaba en los tíos del Audi y después en Pascal: ¿Quién me ha puesto aquí o por orden o autoridad de quién me ha sido destinado este tiempo y lugar? No sé bien cómo llegué allí. Lo hice por la pasta, claro, pero en el fondo lo hice por otra cosa. Yo miraba a la gente saludable pero sabía que eso no era para mí. La miraba en los anuncios del CornFlakes. Miraba tíos adinerados y sabía que eso no era para mí. Ni era para mí el amor ni  los premio Nobel de literatura. Me leía textos de Borges, Cortázar, Felisberto y pensaba en todos esos cuentos fantásticos. Aquellos escritores son grandes. Yo deseaba escribir como ellos pero descubrí que no lo haría. Esos tíos eran genios. Yo solo era un gilipollas con ganas de contar algo. No tenía la capacidad de idear universos de bibliotecas hexagonales, ni novelas con un sistema de lectura insólito, ni trastos pensantes. Entonces me resigné y dediqué la vida a autosabotearme. Desde la salud hasta la literatura. Si lograba idear un buen texto, lo arruinaba con mi estilo, con mi laconismo y tanta pavada.

    Me jodía y me jodía. Me jodía el amor. Me dedicaba a perder mujeres. Me jodía el dinero; no hacía nada por ganarlo. Me jodía la salud. Y Luz también me jodía. Yo no tenía por qué estar con ella, esa era mi manera de joderme la vida, estando con ella.

    Regresé al dormitorio. Algunos tíos jugaban cartas. Los miraba con ganas de jugar pero al final no dije nada. Había toda clase de tipos; casi todos vagos o desempleados. También había algunas jebas pero no estaban buenas. Sólo había una tía buenaza, era enfermera. Todas las enfermeras vestían un pantalón blanco que dejaba traslucirlo todo. Este pantalón les sentaba mal a todas, por supuesto, sin embargo esta enfermera tenía unas nalgas preciosas. Pero como sea la dejé ir. No le tiré los tejos. Algo en el medicamento que me dieron me hacía estar tranquilo. No tenía ganas de nada. De no haber tomado aquel medicamento seguro me hubiese metido en problemas. Pero no lo hice. Me comporté.

    A las ocho de la noche nos dieron la cena. Igual de poquitera que las otras comidas. Y a las nueve nos dejaron ir. Al día siguiente debíamos regresar por un piquete más y nuestros dos mil cien pavos. Ahora que lo pienso no estuvo tan mal. La próxima vez llevaré un tratado de estética renacentista y un snickers. También llevaré un poco de whisky y tabaco.

video

Petrozza, M. Marzo 2010.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com