lunes, 1 de marzo de 2010

La cabra.

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Bien. Luz me chupaba la pinga. La había chupado una vez antes; anoche. Ahora amanecía. Mejor dicho: el sol estaba en todo lo alto, era medio día y yo me despertaba porque Luz pensó bueno despertarme así, chupándome. Y yo lo pensé bueno también cuando entré en razón.

    Chupó mucho. No podía sacarme la leche. Yo estaba perdido, andaba en otra cosa; la miraba chupar pero no me excitaba, me daba igual; pensaba: es extraño. Miraba la saliva escurrir de los labios y el sonido del chupeteo. Todo era muy extraño. No lo estaba disfrutando. Ella preguntaba de vez en vez: ¿te gusta, amor? Y yo decía: sí, dale. Pero mentía. Entonces dije, qué mierda, y pensé en una tía buena; ninguna en especial, la estaba ideando. No funcionó. Pensé en una tía buena que miré la otra vez en el subte. Así mejoró la cosa pero no conseguía correrme. Pensé en Marisa Monte. Luego en una tabledancer que miré bailar alguna vez; tenía anteojos. Después en María Callas cantando La Mamma Morta. Casi lo logro. No, no, un poco más, pensé. Regresé a Marisa Monte. Luz le daba duro. Pensé en la Galatea de Pigmalión. En Frida Kahlo. No sé cómo llegó Kahlo a mi mente. Allí se echó todo a perder y tuve que recomenzar. Pensé en Olga Koklova, la esposa de Picasso. En Mónica Bellucci. En Mi madre. Sí, pensé en mi madre, siempre la he considerado atractiva. Luego pensé en la tía que atiende el Seven-Eleven por la madrugada. Y así estuve un rato hasta que llegué a la cabra. Mierda, sí, ¡pensé en una maldita cabra! Me imaginé penetrando la vagina del animal. Y luego el ano. ¡Y me corrí! Me corrí a chorros. A Luz le encantaba tragarse la leche y se puso contenta. Dijo ay papito, qué rico, o algo así y yo sólo dije, sí estuvo bien, gracias.

    La imagen de la cabra me persiguió por semanas enteras. Al principio me asustaba. Luego dejé fluir los pensamientos.  La pensaba cuando despertaba. Luego en las noches antes de dormir. La pensaba cuando lo hacía con Luz. Encontraba en ella cierta ternura. Me imaginaba haciéndolo con ella sobre la cama. Ella en la cama y yo de pie. Le daba suave primero y duro después. Y ella balando. Luego imagine que me corría en su cara; que me hacía un paja hasta correrme en su cara y la miraba a los ojos, negros y profundos.

    Así estuve muchos días hasta que decidí comprar una cabra. No le dije a Luz. Recordaba haberlas visto en venta en el mercado de Sonora. Pequeñas lindas cabras. No deben pasar de quinientos pavos, pensé. Pero no tenía ni doscientos. Le pedí prestado a Luz. Me dio el dinero. Le llamé a un amigo para que me acompañase a traer el jodido animal en su camioneta. No le dije nada de la cabra, pensaba hacerlo hasta el final, hasta que ya tuviéramos la cabra y él se viera comprometido a llevarme.

    Bien. Llegó el amigo y me invitó un trago. Acepté. Fuimos a la Puerta Negra. Hablamos de Kant y de Hegel. Hablamos de Kandinsky y el decaimiento del arte moderno. Hablamos de estridentismo. Hablamos del diabolus in musica. No supe cómo, me gasté los quinientos pavos. Entonces pensé que la cabra podía esperar. Y me pedí otra cerveza. La última. Después ya no supe nada. Desperté con la lengua de Luz en la entrepierna.

Petrozza, M. Marzo 2010.


3 comentarios:

  1. espalda de bronce8 de marzo de 2010, 20:31

    juajjaja
    hilarante jajaja

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  2. ufff al menos, pobre cabra jajaja...
    Oye, es muy ingenioso, comenza hablando de una cabra y luego yo pienso: dios dijo que es un blog autobiográfico... y me hago la loca jajaja bueno, me gusto la temática: la cabra...
    es original una vez más... siempre que te leo recuerdo que los grandes escritores nunca de los jamases piensan en el lector, asi que yo deberia salirme del closet y comenzar a escribir lo que quiero....

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  3. Sí, es autobiográfico. Este tema de la cabra fue debatido por mis amigos por mucho tiempo, no dejaban de criticarme. Y casi me dejan de hablar cuando dije que yo con todo gusto follaría a mi madre porque de verdad es guapa. O cuando anduve con mi prima, una menor, la del texto del casamiento de los Garrison. Las cosas no son tan increíbles cuando las vives. Pero escritas toman un misterioso no sé qué.

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