domingo, 21 de marzo de 2010

El Sol.

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Caminaba por la calle Hidalgo en el centro de Tlalpan. Iba al café La Selva. Otra vez. En el camino tarareaba el riff de una canción: you really got me, de The Kinks. Llegué al café y ordené un americano tradicional. Cuando el café llegó pensé en Schopenhauer. Me pregunté si alguna vez aquel tío genial pensó en el riff de you really got me. Claro que no, no había The Kinks. Pero el caso es: ¿alguna vez la mente del filósofo se llenaba de alguna banalidad? Creo que no. Me gusta pensar que no. Y me sentí idiota. Entonces pensé en la filosofía renacentista de Telesio. Deseaba pensar en cosas grandes y sacarme las banalidades. No duró mucho la cosa: pasó una tía culona. 

    Recuerdo que a los dieciséis clasificaba a las jebas en dos grandes grupos, a saber: tías que follaría y tías que no. Casi todas iban a parar al primer grupo. Ahora hay una nueva categoría y se resume así: tías que follaría, tías que he follado y tías que jamás follaría. A los dieciséis el sexo era una gran cosa. Luego sólo fue una cosa. Como beber o comer o cantar. 

    Hay dos tipos de tía que no follaría jamas, bajo ninguna circunstancia:  las tías gordas y las tías huecas. Puedo hacerlo con un gato o una anciana o una puta. Incluso puedo hacerlo con un gato gordo. Pero una tía gorda, no por Dios. Tampoco puedo hacerlo con una tía hueca. De todos modos esas tías no se me dan. No me agradan y no les agrado así que la cosa va bien. 

   Ya, me dije, ponte serio.   Saqué la vieja libreta y escribí un texto corto. No andaba de humor así que dejé volar la imaginación:

    Imagina que el Sol es un cerillo. No lo vemos pero en algún lado debe estar el palo que sostiene la cabeza. El Sol es la cabeza en combustión. Alguien lo ha encendido y la luz del fuego ilumina a su alrededor. En el radio iluminado hay piedrecillas, y en una de ellas ha surgido vida gracias al calor. Piedras diminutas; vidas diminutas. Esta pequeña vida no se explica cómo ha llegado ni de dónde la cerilla que llama Sol por lo que la cree eterna. Es decir que piensa que siempre ha estado allí y siempre lo estará. Como su vida es diminuta han pasado ya cientos de generaciones que se confirman y reafirman la teoría de lo eterno del cerillo. Pero el cerillo, como todo cerillo, se consumirá. Para aquel que encendió el Sol y para el cerillo, es cosa de segundos. Quizá se trate de un niño que va por ahí lanzando soles al suelo y creando mundos y generaciones. 





Petrozza, M. Marzo 2010.



2 comentarios:

  1. Lo amé! Me recordó a cuando era más joven y salía al parque a dar vueltas con la bici (otros lo llaman vaguear) y veía a los niños haciendo burbujas de jabón y me imaginaba a esos pequeños haciendo y reventando, juntando y explotando universos diminutos una y otra vez. Gracias, te amo soy tu fan.

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