martes, 23 de marzo de 2010

El primer amor.

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Sus manos me eran conocidas. Esas manos bellas que me recuerdan que el amor se esconde en los pequeños detalles, pagaban ahora la entrada al cine quince personas delante de mí. Su vientre que asomaba ligero me transportó a recónditos lugares de mi mente. La vi a lo lejos pero la sentí más cerca que nunca. Una batalla de recuerdos hermosos se libraba en mi cabeza con la intención de hacer mover mis piernas para ir a su encuentro, abrazarla, besarla, decirle que aún la amo, que la extraño tanto. Hace diez años que nos dejamos y ese día, un día como cualquier otro, estaba allí formada en la fila del cine. Mi novia (la que ese día era mía) me notó extraño y me lo dijo; el instinto de conservación de la especie le decía a mi hembra que su descendencia corría peligro. Me apretó la mano y entramos apresurados a la sala número cuatro. Ya no miré a dónde se metió ella.  

    La película estaba poco interesante y no podía sacar su imagen de mi cabeza; aquella mujer se convertía en la protagonista, en la villana, se aparecía de pronto en cada uno de los personajes, ella era todo. Mi novia me besó como para traerme de regreso a su lado.

    Un perfume penetró en mí, activó mis sensores olfativos y estalló un recuerdo. La mujer con sus efluvios inconfundibles ¡estaba en la misma sala! Su aroma me es inconfundible. Respondí a los besos de mi presente para distraer las emociones de mi pasado. Ya segura de tener la completa atención de su macho se dedicó a ver la película sin soltarme la mano. Estaba encadenado y algo tenía que hacer, deseaba verla. Esperé paciente el desenlace  y me disculpé para ir al baño. Las mujeres no son tontas; no me dejo ir solo. Tuve que hacer uso de todo mi talento para no despertar sospechas, estaba buscándola entre la multitud. Nunca me parecieron tan grises las personas, todos eran grises y horribles, fue fácil vislumbrar a lo lejos su figura a color, brillante y espectacular. Caminaba lento por la plaza comercial, se detenía a mirar los aparadores como lo hacía cuando yo la acompañaba a comprar las nuevas persianas, los nuevos floreros, un pastelillo, un perfume nuevo; odiaba su manía de ver cada artículo en las tiendas;  no había cambiado un pelo. Hoy sin embargo gustoso la hubiese acompañado a recorrer todos los centros de todas las ciudades en todos los países. La miré rápido una vez más, mi novia quería partir de inmediato.

    Mi amada llegó enojada a casa, no estaba contenta, no estaba para nada contenta con mi actitud. Se acostó y me mandó al sillón. (Eso aprenden las mujeres gracias al televisor). Ya en la sala con unos coñacs encima tomé el teléfono y marqué el número de la culpable de mi noche de insomnio. El número se digitó como mágico, luego de haberlo marcado tantos años el conductismo hacía su parte, “siempre que te sientas solo, llámame”, decía mi madre. Me sentía tan solo acostado en el sillón. —Hola madre, ¿cómo estás? Te vi hoy en la plaza— le dije.

Abdul Al-Hazred. Marzo 2010.

4 comentarios:

  1. Qué cosa! esto me pare tan cerdo como lo que escribo yo pero matizado. Jajaja.

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  2. Hey... vine a dejarte dicho que no me gustan las opciones de la encuesta... no habra una opcion que tenga que ver con sexo? que raroooo, y viniendo de ti... yo elegiria un momento de promiscuidad o algo asi...

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  3. oye, qué buen cuento!!!! no me esperaba el final!!! ='-'=

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