martes, 23 de marzo de 2010

De un tal Randy 4.

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Llegué a casa de Randy luego de dos horas. Sharon y él discutían. Los había visto discutir cientos de veces pero ésta era enserio. Los gritos llegaban hasta afuera. Yo y otros vecinos los escuchábamos. Randy gritaba ¡eres una puta! Como si fuera noticia, pensé. Un crío de nueve años se paró frente a la casa de Randy. Vestía ropa holgada y una gorra. Randy gritaba: ¡te mato, zorra, te mato! El pibe se acercó a la ventana. Me acerqué también. Vaya tíos, dije. El niño no contestó. Escuchamos un ruido; como algo estrellándose en la pared. Trastos, pensé. El chico miró por un intersticio en la persiana, dijo ¡vaya, tía! Déjame mirar, dije. Se hizo a un lado. Sharon cogía cubiertos y los aventaba a Randy. Llevaba un blusa larga que le cubría hasta medio muslo y nada más. Eso me recordó a Lourdes.

    El chico y yo estábamos clavados con eso. Una voz detrás dijo: Charlie, no espíes a los vecinos. Era un hombre gordo, moreno, de bigote. Vestía bermudas y playera roja. Creí que se llevaría al chico pero se quedó. Randy gritaba ¡ahora sí te mato, guarra! El gordo corrió a la ventana. Randy sacaba algo de un cajón. El gordo dijo ¡hijo de puta! Charlie dijo: ¡Es una arma! Yo pensé ¡mierda! Y toqué a la puerta. Toqué con todas mis fuerzas. 

    Randy abrió y los mirones se largaron. Calma, hombre, le dije, estás dando un espectáculo. ¡la mato, tío, la mato! me gritaba. No era un arma lo que sacó del cajón, era el control del televisor. Lo encendió y se sentó a mirarlo. Sharon estaba en el baño. Encerrada. Randy me lo contó todo: había cachado a Sharon en la cama con dos tíos. ¡En mi propia cama!, dijo. Ya, dije, también es su cama.  Sharon seguía encerrada. Y lo único que dijo es, dijo Randy: No es lo que parece. ¿Y qué parecía?, pregunté.  ¡Mierda!, parecía un pulpo o un muégano, ¡un monstruo!, dijo. Bueno, tío,  pues no era lo que parecía; eran dos tíos tirándose a tu mujer. A Randy no le parecían las bromas.

    Tomaré una cerveza, dije, ¿quieres una? Le pasé una a Randy y nos sentamos a mirar el box. A mí me aburría mortalmente el boxeo y todos los deportes televisados. Fui a ver a Sharon. Abre, coño, soy yo, dije. Sharon abrió. Me dejó pasar pero en cuanto estuve dentro echó el seguro. ¡Me mata!, dijo. No creo que lo haga, dije, está mirando el televisor muy tranquilo. Me paso, dijo Sharon. Pues sí, tía, dije, pensé que eras más lista, mirá que hay lugares para engañar a Randy y su cama no es uno de ellos. Ya, dice, no me digas. La blusa de Sharon era casi transparente y yo me estaba calentando. A ella no parecía importarle llevar los pezones marcados en la tela. Pero a mí sí me importaba. Me estaba poniendo duro. Anda, dije, vamos fuera. Ella no quería salir hasta estar segura que no corría peligro. Yo quería salir inmediatamente porque me estaba poniendo muy cachondo. Tuve que sacarla a empujones. Ya no aguantaba. 

    Salimos. Randy no habló para nada a Sharon. No le dijo te mato ni nada. Tampoco le miraba. Encendimos un cigarrillo y nos sentamos en el sofá. Randy ignoraba totalmente a Sharon. Yo me estaba fastidiando de todo eso. Me bebí dos o tres cervezas más y dije me largo, ya es suficiente, no soporto la tensión. Sharon dijo me voy contigo. Miré a Randy pero no dijo nada, no miró a Sharon ni a mí ni nada. Sharon  entró a la habitación y salió con pantalones y una maleta de mano. Nos fuimos.

    Sharon se quedó en casa tres días. En la segunda noche quería enredarme con ella pero me dije que no porque aprendí a respetar a Randy. No quiero que me pique, me dije. Ni que me raje ni me surre ni nada de eso. Los otros días no estuvo en casa. Salía por las tardes y regresaba en las mañanas. Apenas la vi.  

     P.D.

Me quedé pensando en algo: ¿por qué Randy no mató a los tíos o algo? Sharon me contó en casa que conoció a un tío haciendo la calle que se moría por un trío. Era algo raro y no quería un trío con dos chicas, sino con un apareja. Sharon llamó un amigo suyo y fingiendo ser pareja le cobraría al tío raro mil quinientos pavos. Es es mucho dinero para follar con Sharon y un cabrón, pensé. Como sea, el amigo de Sharon no tenía dónde hacerlo y Sharon no quería pagar un lugar porque andaba corta de dinero y necesitaba hasta el último centavo. Se le hizo fácil llevarlos a casa. No contaba con Randy porque Randy siempre anda por ahí chuleando. Qué imbécil eres, dije a Sharon. Ya, dijo, no me digas.

    Montaron el teatro y todo iba bien hasta que Randy llegó. No le escuchamos llegar, dijo Sharon, abrió la puerta así de pronto. Me tardé un poco en reaccionar. Creo que le estaba chupando la pinga a alguien cuando él entró; o alguien me la estaba metiendo o me la metían y se las chupaba o todo al mismo tiempo, no sé. Randy no dijo nada, se quedó allí parado y luego azotó la puerta y se fue. Se fue a la calle y pensé que me había botado. ¡Me jodió los mil quinientos pavos el hijoputa! Luego regresó y comenzó a decir que me mataría. Yo realmente pensé que lo haría así que me defendí aventándole tenedores. Luego tocaron a la puerta y corrí al baño. 

    Eso dijo Sharon. Pero luego telefoneé a Randy y dijo: abrí la puerta y allí estaban los tres haciéndose cosas como un cangrejo. Parecían un condenado cangrejo. Con sus seis patas. Los cangrejos tienen ocho patas y dos tenazas, interrumpí. Sí, dijo Randy, es igual, allí estaban ellos haciéndolo ¡en mi cama! Sharon dice que saliste, dije. Sí, dijo, salí al auto por mi navaja pero cuando regresé ya se habían ido los marica. Sharon dice que tardaste mucho, que pensó que la habías dejado, dije. Ya, dijo Randy, no encontraba la navaja. ¿No encontrabas la navaja?,  pregunté asombrado. No, tío, se había metido debajo del asiento y...

   Eso me pareció demasiado improbable. Sospecho que Randy en el fondo ama a Sharon. Y que en el fondo es tan maricón como cualquiera. Sabía que debía matarlos. Pero no quiso hacerlo. Es un maricón inteligente.  

Petrozza, M. Marzo 2010.

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