viernes, 12 de marzo de 2010

Claro que sí.

Andaba en la Puerta Negra. Me metí a beber cerveza y escribir. Y escribí: 

Claro que sí.

– Claro que sí – dijo. Entonces no comprendían cómo pudo decir que sí así tan fácil, tan simple, como si ceder lo solucionara todo. Pero no, no se trataba de ceder; jamás la forzaron a nada, ni siquiera repitieron la pregunta una sola vez. – Claro que sí – dijo. Enmudecieron ante la sorpresa, no del sí, sino de la facilidad, de lo escurridizo de la afirmación, la rotunda afirmación pleonástica, “claro que sí".

    Generalmente se requiere de uno o más intentos pero no esta ocasión, no con ella; que toma lo que viene como viene, sin pretextos, sin pensarlo (no ya dos veces, que es demasiado, como dijo Confucio). Todo adquiere un humor bastante extraño cuando las cosas ocurren así de sencillo. La mujer se recubrió de un aura que no supieron interpretar. Era un aura de alegría, de muy sospechosa alegría.

    Hubiese sido más tranquilizador un “claro que no”, o un “no” a secas. Pero a veces pasan en este mundo cosas tan insólitas como un “claro que sí”. Cuando esto pasa uno se queda congelado por un segundo antes de pasar a la felicidad que producen las respuestas afirmativas, lo que cuesta mucho trabajo psíquico e incluso no deja satisfecho. Si nos hubiese costado un poco de trabajo , piensa uno. Se logró el objetivo de manera que no deja para nada satisfecho y hay que resignarse y saborear la victoria insípida de un “claro que sí” dicho a la primera y sin esfuerzos de convencimiento, sin retórica ni falacias ni trucos lingüísticos.

    Poco a poco la victoria se torna tormento. Las sospechas se vuelven puñaladas; es increíble que haya cedido y muy peligroso que lo haya hecho de tal manera, tan sin preámbulos ni discusiones, sin rodeos y muy tranquila. Las manos comienzan a sudar – ha dicho que sí – y en el congelamiento que provoca la afirmación espontánea y ligera se piensan tantas cosas, por ejemplo, que ya no se quiere, que sería mejor fingir que todo fue una broma y regresarle de inmediato el cínico “claro que sí”. No se puede, definitivamente no se puede porque un “claro que sí” es cosa que en efecto se puede recibir pero jamás, bajo ninguna circunstancia, devolver. Habrá que quedarse con las dudas y las sospechas, con las miradas más a fondo y de reojo; habrá que tener cuidado, ¡mucho cuidado!

    Ya no le dieron las gracias ni le dijeron “perfecto, qué bueno que has cedido”. Se limitaron a intercambiar gestos de alegría y extrañeza, como pensando: si ella puede, nosotros también. Si ella ha podido acceder tan fácil, cosa que deseaban ellos, ¿por qué ahora que la tienen no pueden simplemente, como ella, continuar con lo planeado y cantar victoria gloriosos? Si tan sólo hubiese dudado un poco, con una mueca, una mirada desviada que les indicara que detrás de ese “claro que sí” se escondía un “no” o un “ya qué”; ni muecas ni desvíos de miradas, directamente a los ojos de todos ellos, sin titubeos ni sudoraciones delatadoras, ha dicho “claro que sí”, como si tal cosa.

    Ahora caminan despacio, los cuatro caminan despacio hacía su destino funesto. No hay marcha atrás porque ellos lo han propuesto, lo han planeado por semanas enteras, se han ejercitado y finalmente se han envalentonado para ir por ella, para ir por ella y traerla hasta aquí – cueste lo que cueste – decían – traigámosla aquí y propongámoselo –.

    Uno de ellos no quería al principio, no estaba seguro, dudaba; lo convencieron luego de cuarenta y siete intentos y fue muy reconfortante que haya cedido al fin. Otro tuvo que leer tratados enteros sobre el tema de lo propuesto y tardó seis días completos. Uno más tuvo que lidiar con su madre para obtener el beneplácito que le procuraría, según él, el mayor de los placeres. El último de ellos meditó la proposición durante nueve días y nueve noches. Le dio vueltas buscando la mejor manera de proponerlo, la menos ruda, la menos lastimera, la menos larga y la menos corta; la óptima y única manera certera de proponerlo y obtener un “sí.”
    Ahora sin embargo estaban terriblemente arrepentidos. A ella se le pasó la mano y los cuatro iban tras ella con la cabeza gacha, maldiciendo un poco la hora en que dijo, de inmediato y sin perífrasis – Claro que sí –.

Petrozza, M. Marzo 2010

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