lunes, 22 de febrero de 2010

¿Quién es Aristóteles?

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 ¿Por qué escribís esa mierda, che?, dijo mi novia. Jugábamos a los argentinos. Más respeto, piba, mirá que esa mierda es mi vida. 

 Luego hicimos el amor.

 Al día siguiente se fue con la madre a comprar un niño Dios. Eran vísperas de Navidad y creían en esas cosas. Yo desperté con la habitual resaca. Las resacas suelen hacerme reflexionar. Me quedé pensando porqué escribo esta mierda. 

 Iba a tomar una ducha pero decidí no hacerlo. Me gustaba estar sucio, sentirme mugre. Deduje  entonces que escribía esta mierda porque yo era mierda. Como sea salí a la tienda a comprar un six-pack de cerveza. También compré unos Delicados. Caminando de regreso a casa encendí un cigarrillo. Tomé un descanso en una banca. Coloqué las cervezas junto a mí y las cubrí con la zurda. Una mujer que pasaba por allí me miró fumar y se acercó. Me pidió un cigarro. Extendí la caja de Delicados y al mirarla dijo: ¡ash!, no, Delicados, gracias, no fumo eso. Quiso decir no fumo esa mierda, lo sé. Guardé la cajetilla en el bolsillo de la chaqueta y regresé a casa. 

 Encendí el estéreo. Hice tocar la Toccata and Fugue in D menor de Bach. Me eché en el sofá. Bebía y fumaba. Pasaron tres cuartos de hora. Tocaron a la puerta. Abrí. Era un viejo amigo. ¡Ea!, hermano, dijo dándome un abrazo. Se retiró pronto de mí. ¡Hueles a perro mojado, date un baño, por amor a Dios! Ya, dije, eso estaba a punto de hacer, pasa. Pasó. Lo dejé sentado en el sofá y me duché en dos minutos.

 Hace tiempo no veía a este tío. Venía muy limpio, enfundado en un traje de 500 dólares y conducía un lujoso auto último modelo. Me ha ido bien en los negocios, dijo. Ya veo, dije. El cabronazo comercializaba bisoñés. Yo no sé cómo pudo hacer tanta plata vendiendo cabello sintético para calvos. También tenemos cabello natural traído de la India, dijo, muy fino. Ya, dije. El hijoputa no paraba de hablar sobre bisoñés. Él mismo usaba uno. Se lo quitó para demostrarme. Me mostró la calva y yo dije, ya, póntelo, no es agradable. 

 Platicamos un rato. Hice tocar los 24 caprichos de Paganini en el estéreo y le ofrecí una cerveza. ¿Qué es eso?, dijo, parece un gato pariendo. Se refería a la música. Le expliqué sobre el buen Niccolò. Ya, dijo, ponte Shakira. No tengo Shakira, dije. Era un gilipollas. ¿Paulina Rubio?, dijo. Saqué todos mis discos que no eran muchos y los puse sobré la mesa. Escoge tú, dije. Pasaba de uno a otro con total indiferencia. Bach, Beethoven, Handel, Chopin. No sabes nada de música, dijo, voy al auto por un CD. Trajo un compilado de los últimos éxitos del reggeatón. El muy cabrón comenzó a bailar. Manda llamar unas amigas, dijo, hagamos una fiesta. No tengo teléfono, ni amigas, dije. ¡Anda!, dijo, entonces las llamo yo. Pero antes recoge un poco, ¡vives en la mierda, hermano! Cogió su móvil e hizo unas llamadas. Listo, dijo, vámonos. ¿Cómo, dije, no se supone vendrían ellas? ¿A este chiquero?, dijo, Tania y Marisol jamás entrarían aquí. Anda, vamos. 

 Subimos a un BMW 325 i último modelo. Yo no sabía que el auto era un BMW 325 i pero el tío se lo pasó repitiéndolo todo el camino. Los asientos eran de piel. En verdad era un lindo auto. Hacía un calor de Satán y bajé la ventanilla. Me costó varios minutos encontrar el jodido botón. Bajé la ventanilla y saqué la cabeza. De pronto el vidrio comenzó a subir, ¡casi me degolla! Era mi amigo que lo subía desde el control de mando. ¡Hace un condenado calorón, dije, no lo subas! Tranquilo, dijo, pondré el aire acondicionado, ¿a cuántos grados?, preguntó. No sé, dije, quince bajo cero. Rió. Acondicionó el aire tan bajo que dio frió. Bien, dije, ahora tengo un frío del ártico, ¿acaso debo bajar la ventanilla? Rió otra vez. Ya dijo, y puso el aire a una temperatura aceptable. 

 Condujo hasta el Pedregal. Nos metimos a la calle de Serranía. Había tantos lindos autos aparcados que el lindo BMW 325 i no parecía  gran cosa.

 Bajamos del auto. El tío hizo una llamada y salieron de un caserón dos culazos de ojos azul, rubias, vestidas ligeramente. Tan ligeramente que uno podía ver los pezones y las venas verdes de las blanquísimas tetas a través de la blusa. Nos hicieron pasar a la residencia. Llegamos a un salón demasiado agradable. Había en él una cantina bien surtida, cuatro sofás, un gran televisor, y en medio de todo, una piscina. Entramos por una puerta pero noté, había tres más. El hombre que diseño esto es un genio, dije. Todos me miraron raro. Ha colocado aquí, dije, un lugar para beber y tres para follar: los sofás, la piscina y sobre el televisor. El televisor era jodidamente grande, no era plano como los que venden ahora; era una caja negra donde uno realmente podía subirse a follar. Las tías rieron a carcajada suelta. No es un televisor, dijo una, es la caldera digital para el agua de la piscina. Rieron todos y más fuerte mi amigo. Ya, dije, pero la genialidad del diseño no radica en eso. La otra rubia pidió explicaciones. El tío que lo diseñó es un verdadero cabronazo. Ha colocado tres puertas más por donde salir, sabiendo de antemano que en un lugar así se puede perder la cabeza. Las carcajadas estallaron de nuevo. La primera rubia dijo: la única salida es la puerta por donde entramos, las otras tres llevan al sauna, la cava y el baño. Ya, dije, entonces es un reverendo imbécil. 

 Tomamos asiento en el sofá. Mi amigo y yo en uno y ellas en otro, frente a frente. Antes sirvieron un vino blanco francés, muy fuerte, según las rubias. Apenas nos sentamos bebí mi copa al hilo, todo, y una de las chicas tuvo que servirme otra copa. Bébelo despacio, dijo, en verdad es fuerte. Ya, dije, no te preocupes. Puse la copa en una mesita de centro de cristal y la dejé allí un rato. 

 La charla comenzó. No se ponían de acuerdo. Marisol, una de las rubias, hablaba de su viaje último a Egipto. Tania, la otra mujeraza, la interrumpía para contar su maravilloso encuentro con el diseñador italiano de moda noséquécoños. Y mi amigo no paraba de repetir las virtudes del cabello natural importado de la India. Si se quita el bisoñé estamos perdidos, pensé. Por mi parte relaté la historia apócrifa de cuando Aristóteles fue montado por una mujer. A nadie le importaba que Aristóteles haya sido montado por una mujer. ¡A nadie le importaba Aristóteles! Cogí la copa y la bebí al hilo y me serví otra e hice lo mismo. A mí no me importaba Egipto ni los diseñadores de moda ni los bisoñés. Yo sólo pensaba en la mujeraza que montó a Aristóteles.

 Petrozza, M. Febrero 2010.


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