jueves, 25 de febrero de 2010

Del mundo sujeto y la soledad que esto conlleva (en una plática de café con una señorona).

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A Paula Neruda, mi amor solipsista favorito.

Mire, señora, imagine, Dios no lo quiera, que el día de hoy a las cinco de la tarde, usted, Dios no lo quiera digo, muere repentinamente debido a la arterioesclerosis. En ese momento se dirá que usted murió, ¡y qué paralogismo! Para nosotros los vivos (perdone el funesto proemio; mejor pasarse que quedarse corto), usted habrá dejado de existir en ese estado corpóreo, en esas maneras peculiares, en ese lunar bajo la ceja. Usted habrá dejado de existir para los sobrinos, etc.

 Ahora, dígame, usted que ha muerto y no me dejará mentir, si no es verdad que nosotros los vivos hemos sido terriblemente ingenuos al pensar, como le aseguro pensaremos (me incluyo; siempre he sido más bien común), que la inexistente es usted, señora. Pues los que hemos dejado de existir somos nosotros todos en conjunto, los animales, las plantas, etc.; sí no, dígame el nombre de la hija de Mariel, ¡tanto reza la pobre!, y usted flotando en el báratro o no sé, ya ni la recuerda. La arterioesclerosis nos ha llevado al carajo a todos de tajo, sin previo aviso, pues los síntomas son exclusivos de su estado físico, del meñique levantado y ese lunar atávico que nunca olvidaremos.

 Lo mismo pasa el día que el enfisema pulmonar los borré a todos (aquí la incluyo a usted); yo con tanta tos y pobres de ustedes. Así con cada uno: el mundo se destruye al infinito, catorce o quince veces por minuto según la tasa de mortandad. ¿Me explico, señora? Lo que quiero decir es que este mundo es mío, y suyo, y del vecino y de cada uno... pero jamás de todos. No en conjunto, porque entonces las muertes serían para los muertos y no para los vivos como lo son, cosa que ha quedado clara. Por cada individuo se forja un mundo, tan distinto. Por ejemplo, allí donde yo veo un gato o un sillón, usted mira dos cosas distintas que no son gato ni sillón, porque gato y sillón son singularidades del mundo mío, necesarias para mi existencia, pues ¿qué animal representaría mi idea del mal si no me hubiese creado un gato, y donde me recostaría sin un sillón? Sin embargo, estamos de acuerdo en ver esa silla, sobre la que usted se sienta, mírela bien (usted la necesita para sentarse y yo que soy amable se la concibo), porque entre cada mundo existen relaciones equivalentes, parecidos y sinónimos. Estamos de acuerdo en que Marthita es una coqueta, (como usted la llama, yo la llamo puta; aquí los eufemismos de mundos distintos). Yo lo digo porque lo sé y usted sin saberlo... su mundo tendrá sus perjuicios y yo no sé, pero estoy de acuerdo, Marthita es una puta, aquí y en todos los mundos, que lo puta es algo que no se quita ni volviendo a nacer (algún día el sida o una muerte con asalto a farmacia nos matará a todos y para qué le cuento).

 La mente de cada uno de nosotros nos va creando un hábitat personal; el mío tiene leones y jaulas, cosa excelente porque el león se suelta y ahí te quiero ver. En mi objetividad, señora, existe la pobreza. Sirve para acordarme del trabajo, a veces lo olvido, y basta una ida al centro, los mendigos y... mejor ponerse a trabajar. En el suyo (lo digo por el Mercedes) trabajo y pobreza no son entendidos. La cara que pone de susto ante mis palabras me deja claro que tengo razón. Otro ejemplo: en su mundo París es aparadores y estatus, en el mío Argentina es Borges y Macedonio.

 Ahora pasemos a las relaciones interpersonales. No hay casualidades en esto, señora. “No hay un fantástico cerrado, porque lo que de él alcanzamos a conocer es siempre una parte y por eso lo creemos fantástico” (Julio Cortázar). La señora Betancourt, que trata tan mal a su hijo, apenas le presta el Audi, y que es vecina suya, no es vecina suya por azar, sino que usted, con todo su psiquismo, con todo su inconsciente y su mundo, la trajo desde Nebraska (de allí es la señora Betancourt, si no erro) a vivir junto a su casa porque de alguna manera usted siente culpas, disculpe que me entrometa, pero se le nota lo mala madre, y para prueba la señora Betancourt que vive tan cerca. Aquella amante de su marido, no se sonroje, no soy de los que hablan de las personas, es, muy probablemente, la encarnación de la traición suya; esa risa la delata, señora, lo Marthita asoma en las mejillas coloradas. Para no ir más lejos, cada persona conocida por usted, a pesar de lo increíble, es una manita más de su inconsciente: lo que usted quiso ser de joven y no pudo, o tal vez lo que nunca quiso ser, la materialización de algunos conceptos suyos: el mal: el hijo drogadicto de Raquel; el bien: la joven de la calle Platas; su mayor temor: el mendigo de la calle Cinco, etc. Usted los atrae para enfatizar conceptos.

 Ahora que me va comprendiendo, la comprendo a usted: se sienta tan sola. Tan sola en un mundo lleno de imaginaciones, donde los daguerrotipos pasaron de moda hace tanto tiempo porque usted necesita fotos a color, donde el helado de chocolate con chocolate extra cuesta más porque es mi preferido, y de costar lo mismo me privaría del mecanismo anímico que provoca el placer de pagar más por lo que más se desea, y así y así en paralelismos infinitos donde tal vez Marthita fue una buena mujer (pero lo dudo). Dese cuenta que todo es preciso, los chimpancés, el tifo, Venecia, el tabaco; que todo ha sido creado ineludiblemente por una cosa que en su mundo es Dios y en el mío inconsciente, que todos los hombres y todas las cosas son títeres y utensilios necesarísimos para el absurdo (el absurdo lo llaman en otros mundos: sentido de la vida, o misión en la vida). Yo también me siento solo, señora. Es triste pensar que usted, que me escucha y comprende, es el paroxismo de mi soledad, y que una vez subida al Mercedes, estará muerta para mí, hasta la próxima, hasta que la arteriosclerosis y usted flotando en el báratro ya ni me recuerda, con todo el pragmatismo de un hombre hierático como yo (y con toda la jeremiada disimulada por el hieratismo, que ya mencioné).

 La victimología y Baudelaire, que sospechaba la relación intersubjetiva entre víctima y victimario, es una prueba más del inmenso subjetivismo (egoísta si se quiere, y tan solitario) del que le hablo. Es curioso que Baudelaire haya entendido que el verdugo es un llamado, por decir, de la víctima. En palabras mías: que sea éste un acuciante del inconsciente. Un tipo de suicidio justificado y a la vez convincente; una cobardía psíquica que apela las ansias de acabar con la vida de todo cuanto nos rodea. Usted que no ha sido partícipe de un asesinato (como víctima me refiero) no negará que ama la vida, o teme la muerte, a pesar de la arterosclerosis, que es otra cosa. Aunque si somos estrictos, lo mismo es suicidio. Aunque parezca asombroso, cada quien muere cuándo y cómo quiere. Tan acostumbrados estamos a durar determinado número de años que nos parece tan natural el enfisema o la pleonástica muerte natural a los ochenta y tantos. Habrá a quien no y nos sorprende ver al anciano de ciento veinte tan vivito y coleando, pero incluso a él se le termina la vida porque ya es mucho y no hay que exagerar. Para ser víctimas de verdugo o naturaleza debemos desearlo tanto; las posibilidades de toparse en la noche con un Destripador son parcas, y no me venga con casualidades que lo mismo que las fantasías, no las hay cerradas. Nada resume mejor mi teoría que la frase de una de las muchachas del East End, cuando le aconsejaron cesara de trabajar en la calle (era prostituta) para no encontrarse con el Destripador: “Bah, que venga. Cuanto antes mejor, para una como yo…” Así hacemos todos pero pecamos de fementidos y dejamos de vicario al inconsciente. Yo por ejemplo, jamás he visto un dogal, y los ahorcados, ¡cómo se los inventan! (con calcetines o corbatas, ¡qué ingenio!).

 Otro que estuvo de mi parte, sin saberlo seguramente, es Freud y el onirismo, donde las pesadillas, tan terribles las pesadillas, son deseos reprimidísimos de un sujeto que se resiste vehementemente a aceptar la soledad y a creer que así como los sueños son construcciones metafísicas del sistema anímico (con sus contenidos latentes y manifiestos), la vida diurna es una construcción tangible (a veces no tanto) de lo mismo (con sus contenidos latentes y manifiestos). En mi mundo me mandé hacer los peluqueros, desde niño, anteponiéndome al deseo adolescente de la coleta que tiene que ser por fuerza una expresión de rebeldía; no sería lo mismo sin peluqueros (¡la pesadilla del corte de cabello!). Pasando la adolescencia los peluqueros dejaron de ser terribles y ahora tengo uno que hasta mi amigo es (previniendo una doble función, ¡bárbaro que soy!). Pero usted, señora, que siempre ha tenido el cabello por debajo de los hombros, no ve peluqueros sino estilistas que le fabrican adornos para ocultar el intersticio entre cuero cabelludo y cabello propiamente dicho, desteñido. Tanto le son útiles como a mí los peluqueros pero de otro modo (me sirven para no ir a verlos); de un modo que mucho tiene que ver con jactancia y verse bien, o el “qué dirán” para ser francos. Si me equivoco corríjame: su rubio-platino está de moda y qué terrible para usted el rojo cenizo que ya ocupará su lugar en el top ten de los teñidos (aún no). Y con lo rameras que se ven las pelirrojas, disculpe usted, ya la veré de rojo cenizo y lo ramera será mera coincidencia (?).

 ¿No le parece curioso que a sus cincuenta y tantos años se le engrosen las arterias y a mis veintitantos el enfisema, etc.? ¿Y eso que ambos fumamos y tenemos venas y tanta cosa? Le digo que cada quien. Fumar contra la voluntad es terrible. Yo por eso pongo toda mi voluntad, toda la sinceridad de un hombre que sabe la soledad y lo fantasmagórico de la existencia ajena. No he querido ser demasiado prolijo, primero porque no quiero y luego porque no me entienda (por si las galimatías), o no me entienda yo que la materializo a usted, y qué bonito, el café, la charla y el rojo cenizo que ya vendrá.

 Mire que ya nos terminamos tres cafés, una de Marlboro y dos de Delicados. Los Delicados me los hice yo para economizar; usted que no requiere de ahorros se quedó con los Marlboro y qué envidia, pero así es la vida y yo debo preferirla así o sería distinto y el Mercedes mío y el subte suyo; a usted le sienta mal el subte, no va con el rubio-platino y va tan bien con la coleta que mejor lo dejamos así y nos pedimos la cuenta u otro café, se me antoja uno con licor para esta apoteosis (válgame la petulancia), y la proclividad a lo bohemio que me he inventado recientemente para justificar los vicios y la literatura.

 - Yo pago, hijo, no te preocupes. -

 Hasta que el lector la lee hablar, señora, ¡y de qué manera!, tan acertada y ajustada a mi mundo donde las cuentas de café son mejores si las paga usted… y al suyo del “qué dirán si no la pago, y con el Mercedes, ¡qué barbaridad!”.

 Mientras llega la cuenta: qué extraño es el fisiológico sentir ajeno, que es, a mi modo de ver, causa del enteléquico existir ajeno; de lo imaginario que tanto tiene usted, y todos (y todo), en un lugar construido psíquicamente por algo mío que no entiendo, pero debo entender allá en el fondo (fondo tiene las mismas acepciones de que yo me valgo; vaya usted a saber el idioma de allá abajo; si es que arriba y abajo existen en ese inexplorado lugar). Cuando clavé, a los ocho años, un lápiz previamente afilado a más no poder en al dorso de la mano de Pablito (compañero de primaria), obtuve, sin saberlo, lo que ahora comprendo como una pista reveladora de lo imposible de la real existencia de mi compañero: ¿cómo concebir el dolor que siente el otro?

 Para cerrar, epitónicamente, diré: estoy tan solo que me he inventado un mundo entero con sus antes y después, con sus mil ochocientos…, mil novecientos…, con su tecnología que avanza que da miedo, con su pasado de cuatro mil años, los griegos, con usted, los amigos, todos, con gatos y mujeres que es lo mismo, y con perros que soy yo, y literatura que lo ameniza todo porque estoy tan solo. 

 Lo bueno de todo esto, señora, es que cada cual crea el mundo que desea a voluntad; lo malo es que nuestra voluntad está sujeta a otra voluntad, que también es nuestra pero no entendemos, ¡ay de aquel que domine su inconsciente!

Petrozza, M. Febrero 2010.

7 comentarios:

  1. Aqueronte de Tartaro11 de diciembre de 2010, 16:47

    excelente... el último párrafo es excelso... nuestra voluntad está ligada a la voluntad del otro... muy bueno.... no podemos construir nada que se encuentre desligado del otro pero cabe una pregunta ¿ si decidimos, bajo nuestra propia voluntad, nuestra muerte, o en este caso la soledad como modo de vida a quien afectaría ésta última?

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  2. somos títeres en un mundo de titiriteros.... quien maneja a quien ???

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  3. Aqueronte: Somos el titiritero y el títere. No nos es permitido poseer la conciencia y el control de ambos. El inconsciente es el titiritero y nosotros el títere.

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  4. Aqueronte de Tártaro13 de diciembre de 2010, 12:18

    Totalmente de acuerdo con vos Martin... nos dejamos llevar por nuestras pulsiones como diría Freud somos seres carnales y pasionales pero muchas veces el títere no responde al titiritero jodiendo la vida de ambos que es una sola. por qué coños no podemos ser netamente pasionales y dejar a la razón guardada por un buen tiempo??? despreciar un polvo bien hecho por el simple romanticismo, absurdo este cuando no es correspondido como debería ser, es cuestión de razón, entonces sería bueno dejar la razón a parte y vivir la vida... si la vieja sólo piensa en coger, pues cojamos y ya, o no? meterle sentimiento a todo resulta absurdo y más cuando tu pareja ni siquiera sabe definir la palabra seriedad, o peor aún se cree sus propias mentiras.... en fin

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  5. me encanta este texto , saludos lml,

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  6. Me encanta la idea de ser los que forjamos nuestras vidas (con sus aciertos y errores) y nuestras muertes, teniendo en cuenta la pluralidad del yo que manda al otro yo que esta mas adentro y que, a su vez, cree que posee la voluntad de si mismo. Ah Que caray!!

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  7. Permítame que apoye su propuesta de no alcanzar el dominio, o mejor, demonio del inconsciente. Un texto extraordinario, del que visualizo la palidez de la dama y esa quietud patética de quien confunde el croisant con el cruasant (términos homónimos). Delicado el abardaje de la temática, aunque no es muy recomendable en sesiones de psicoanálisis. Decía Freud, que lo más aburrido de su método consistía en ser método. Un placer y un gran saludo.

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