lunes, 22 de febrero de 2010

Afuera llovía.

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Afuera llovía y yo pensaba en las putas; con sus minifaldas, allá afuera, donde llueve. Estaba envuelto en una frazada vieja y apestosa y tenía frió y pensaba en las putas, con el frío colándose por la entrepierna. Envueltas en blusas del tamaño de un calcetín. Pensaba que sería bueno para ellas venir a calentarse conmigo. Y sería mejor para mí que alguna viniera y me calentara. 
 
    Encendí un cigarrillo. Lo tomé de la cajetilla sobre mis piernas; las tenía subidas sobre una mesita de centro y yo estaba en mi fiel sofá. Miraba el televisor. El televisor estaba apagado. No servía. No me importaba. Los días fríos me envolvía en mi frazada y miraba el televisor apagado por horas. En la negra pantalla se transmitían todos mis pensamientos. Era divertido. Exigía concentración. Llegué a pasar mucho tiempo mirándolo perdido en el abismo de la imaginación. Y pensaba en las putas haciendo la calle bajo la tormenta, con las tetas congeladas. 
 
    Tomé una cerveza. La tomé del six-pack a lado mío; estaba a lado mío sobre el sofá. Lucían cómodas las cervezas. También lucían apetecibles. Tomé una, la destapé, y la bebí despacio. Bebía, fumaba y miraba el televisor. Pensaba en la noche. La noche sobre la ciudad. En la ciudad las calles; y en las calles las putas… y la noche… y el frío. La lluvia era una cosa bonita desde el sofá. La escuchaba caer sobre el techo de mi casa. Es bueno tener una casa en invierno. También es bueno no hacer la calle en invierno. Pero hay que comer y las putas no comen si no hacen la calle. No todas. Algunas ganan buena plata. Pero las que ganan buena plata no hacen la calle, están en locales o trabajan por su cuenta. Son putas caras. Yo no me acuesto con ellas porque ninguna puta vale más de doscientos pavos.

     Tocaron a la puerta. Salí del embelesamiento y tuve que pararme a abrir la puerta, ¡coño! Era mi novia. Venía empapada. Entró rápido, sin decir nada y comenzó a desnudarse. Vengo hecha polvo, dijo. Tomó la vieja frazada y se secó las tetas. Y la cara y la espalda y los brazos. No se quitó el pantalón. Se cubrió con la frazada y se echó al sofá. Mierda, dije, es mi frazada y la estoy usando. Ella no dijo nada. Encendió un cigarrillo, lo tomó de la mesita de centro. Me acerqué a ella. Dijo: peleé con madre. Me echó definitivamente. Ya, dije, ¿y ahora por qué? Por tu culpa, dijo. Mierda, dije, ¿mi culpa? Sí, dijo, ya no soporta que siga contigo. Sé que tiene razón. Ya, dije, pues si tiene razón, vete. No, contestó. Luego dijo: yo confió en ti. Ya, dije, ¿y qué esperas de mí? Me miró a los ojos y despacio dijo: sé que puedes cambiar. Di un trago a la cerveza y contesté: ¡vete al coño, no tengo nada a cambiar! Ella enmudeció y me dio la espalda. Se enroscó en la frazada y ya no habló más. Creo que lloraba. No me importó. Seguí con la cerveza. Pero me dio frió sin la frazada. Traté que ella compartiera la frazada conmigo pero estaba terca. Charlamos. No llegamos a nada, yo no cambiaría y podía largarse si no le parecía. No se largó. Mierda, dije, entonces me largo yo. Seguía pensando en las putas. Había dejado de llover y ahora pensaba que sería bueno ir a recoger alguna puta a la calle. Tomé la vieja chaqueta gris, dos cervezas, los cigarrillos, y salí.

     No tenía un quinto, ¡cojones! Lo descubrí cuando llegué hasta calzada de Tlalpan. Las putas ya comenzaban a aparecer y yo sin un quinto. De todos modos no tenía suficiente para un polvo en casa así que no me enojé demasiado. Daba igual. Todo dependía, una vez más, de la verborrea.   





Petrozza, M. Febrero 2010.

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