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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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lunes, 17 de junio de 2013

Raphael Dómine


Durante el día solía salir del apartamento; trataba de no estar allí. Iba al parque, caminaba. A  veces abordaba camiones sin rumbo. Me subía a cualquiera, y cuando llegaba a la base, regresaba. A veces no regresaba. No inmediatamente. Si cerca de la base había un parque, o las calles tenían suficiente vegetación, caminaba por la colonia. Me gusta caminar por las calles con vegetación. Por las noches me encerraba en mi alcoba y me estaba allí. Casi no dormía. Leía hasta pasada la media noche, fumaba cigarrillos, miraba por la ventana. No había mucho detrás de la ventana. La ventaba daba a la parte trasera de un edificio, pero allí, en la enorme pared del edificio, podía perderme en ensoñaciones.

 Las farras con Petrozza cayeron en desuso. Ni él ni yo teníamos dinero. El dinero que mandó mi abuela se había ido poco a poco, hasta convertirse en pobreza cotidiana. Simona y yo, alguna vez, creamos un vínculo, pero eso también se había desgastado. Estábamos acostumbrados a ver nuestras caras por las noches antes de dormir, y por las mañanas después de levantarnos. En mi caso no sé cuál era peor, si mi cara antes de dormir, roja y alcoholizada, o mi cara al despertar, verde y amodorrada. La cara de Simona era bella todo el tiempo.

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La colonia estaba llena de bares, cafés, restaurantes. Solíamos ir, Petrozza y yo, a los Tres Gallos, un barecillo en la Glorieta de los Insurgentes. Antes de mi estadía en casa de Petrozza yo no era de tener un sitio recurrente, un lugar donde puedes llegar y la gente te reconoce. Petrozza, en cambio, tenía decenas de sitios recurrentes. Podía ir a uno de ellos cada día de la semana y no le alcanzarían los días para visitarlos todos. En cada uno de ellos había algunos que brindaban con él, que se acercaban para escucharlo contar alguna de sus historias, o que sencillamente, querían partirle la cara. Petrozza ganaba amistades en todos lados, pero también enemigos.

 En una ocasión entramos a los Tres Gallos y antes de terminar la primera cerveza, se nos acercó Julio, un homosexual del tamaño de un oso. Dijo que le partiría la cara a Petrozza. Julio estaba sentado en la mesa de al lado, con un par de amigos suyos, también homosexuales, que escucharon a Petrozza decir que hoy día todo mundo es homosexual, está de moda, y es una porquería. Petrozza era así. Hablaba en voz alta todo lo que pasaba por su cabeza y era capaz de decir cosas como esas en un bar sabidamente frecuentado por homosexuales. Lo había escuchado quejarse de ellos en medio de la Zona Rosa, y hubiese sido capaz de hacerlo en medio de una marcha gay. En algún momento debía pasarle lo que le estaba pasando en aquella ocasión.

 Petrozza se levantó de la mesa, decidido a darse de golpes con Julio, o, aparentemente decidido a darse de golpes con Julio. Nunca había mirado a Petrozza pelear con alguien, ni siquiera intentarlo. Su táctica era evitar las peleas con su envolvente verborrea. Yo también me levanté, porque había que ser solidario, aunque no deseaba para nada comenzar una pelea. Los amigos de Julio se levantaron. Eran tres, como ya dije, y todos eran más altos que nosotros dos. Julio intentó agarrar a Petrozza del pescuezo, pero la mesa entre ambos y cierta habilidad de mi compañero, evitó el agarre. Entonces, Esteban, el dueño del bar, o el encargado del bar; el hombre que siempre estaba allí, en la barra, gritó que nadie se pelearía aquí; si deseaban pelearse sería mejor que se largaran a la calle. Julio, que por lo visto también era un asiduo del bar, explicó a Esteban lo sucedido. Dijo: Esteban, lo siento, pero este… mequetrefe, nos ha insultado a mí y mis amigos. Petrozza dijo: venga, si sólo he expresado mis sentimientos, ¿es acaso delito en un país libre? Yo dije que Petrozza no había querido insultar a alguien, y si lo había hecho, había sido sin intención. Julio exigió a Petrozza que se disculpara. Lo llamó buga de mierda. Esteban miró Petrozza, como diciendo: bueno, pues discúlpate y asunto arreglado. Pero Petrozza no iba a disculparse. Eso era como pedir peras al manzano. Prefería aceptarse como buga de mierda si Julio aceptaba ser un maricón de mierda. A todos nos parecía que maricón de mierda era aún más ofensivo que buga de mierda, pero Petrozza se defendió explicando el significado de la palabra buga, que es, a saber, un adjetivo despectivo usado en la edad media para referirse a los varones heterosexuales que sostenían relaciones homosexuales tomando un rol activo. Visto desde ese ángulo, Petrozza aceptaba ser un hombre que se acuesta activamente con otros hombres, si Julio aceptaba ser el hombre que se acuesta pasivamente con un buga. Visto desde otro ángulo, Petrozza estaba diciendo: prefiero follarme a un hombre antes que ser follado por quien sea. Es decir, Petrozza aceptaba descender un grado de dignidad antes que dejar a Julio subir. Intenté explicar todo esto a Julio y sus amigos, pero no estaban de acuerdo. Según el punto de vista nuestro, ser heterosexual estaba por encima de ser homosexual y Petrozza descendía con tal que Julio continuase sumergido en la mierda. Pero la forma de mirar las cosas de Julio y sus amigos era muy diferente. Para ellos, ser homosexual estaba por encima de ser heterosexual. Se creían el tercer sexo. En ese caso, Petrozza estaría ascendiendo un grado. Esto tenía sentido, pues Julio utilizaba la palabra buga despectivamente, a pesar que desde su posición ser buga era más digno que ser un completo heterosexual. Todo esto lo discutimos alrededor de quince minutos. Julio decía que los heterosexuales eran unos mente cuadrada, conservadores, poco evolucionados, etc. Esteban escuchaba y miraba todo este berrinche de niños sin saber qué decir o qué hacer. Daba la impresión que por dentro se preguntaba: bueno, joder, ¿se van a partir las caras o no?

 Petrozza tomó el envase de su cerveza y bebió el resto de ella de golpe. Debió romper la botella sobre el borde de la mesa y amenazar a Julio (eso pensó Julio que haría porque dio un pequeño paso atrás), pero en vez de eso ordenó una ronda más para él y para mí. Esteban, por fin desencantado del hechizo, pudo moverse. Se largó a por la cerveza y las trajo. Petrozza dio un trago de su nueva botella y dijo: ¡salud, saludo a todos! Julio y sus amigos, y la gente que miraba, no supieron cómo tomar todo esto. El ambiente era un ambiente pesado y a la vez absurdo, casi infantil. Petrozza logró tornarlo todo a su conveniencia. La gente empezó a brindar con él. De las mesas se escuchaban gritos que decían: ¡ya, ya, mejor dense un beso y pónganse a beber! Julio y sus amigos no estaban seguros. ¿Qué significaba esto? ¿Cómo habíamos llegado todos a esto? No les quedó remedio que reír y brindar con Petrozza. Yo brindé con ellos. La gente continuaba gritando: ¡se van a romper las medias! Petrozza rodeó la mesa, se acercó a Julio y le dio un abrazo. Julio estaba asombradísimo. Julio, dejándose llevar por la contentura del momento, palmeó la espalda de Petrozza, como si fuesen grande amigos. Brindó una vez más con él, y Julio y su pandilla regresó a su mesa, felices, sin saber por qué.

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 Aquella tarde entré a los Tres Gallos. Iba solo, porque como ya dije, Petrozza y yo dejamos de salir juntos cuando el dinero se me acabó. Tenía los pesos suficientes para un par de cerveza y no más.

 Al entrar, Esteban me reconoció. Nunca alguien me había reconocido en algún otro lugar. Me saludó y preguntó por Petrozza. Al rato viene, mentí. No deseaba que me supieran solo en un ambiente que no es el mío. Me acomodé en la barra, el puesto de Esteban, y ordené una cerveza fría.

 A la mitad de mi cerveza entró un chico, de unos veinte años, y se sentó a lado mío. Ordenó una cerveza. No dejaba de mirarme. Cuando dio el primer trago a su bebida, me dijo (de algún modo yo esperaba que me dijera algo) salud, camarada. Brindé con él. Le pregunté quién era. Hacía llamarse Raphael Dómine. El nombre me sonaba de algún lado. Dijo ser amigo de Martin Petrozza. Dijo haber leído algunos de mis textos. También dijo ser poeta, como yo. En ese entonces yo tenía veintiséis años y Raphael me recordó, de algún modo, a mí mismo, cuando tenía veinte. Iba vestido casi como un indigente. Llevaba una mochila, y dentro, una libreta. La sacó para que la mirase. Estaba llena de poemas escritos recientemente.
 Leí algunos pasajes de sus poemas. Casi todos eran poemas de amor. Dijo que los había escrito para una chica de la que estaba enamorado. No tenías que preguntar para saberlo: la chica no le correspondía.

 Bebimos un par de cervezas más (a cuenta suya), y hablamos como dos grandes amigos. Quizá lo éramos, de algún modo. Se había leído la obra completa de Rimbaud y de Girondo. Eran sus autores favoritos. Hablaba de ellos como de dioses, más o menos a la usanza de los poetas jóvenes que idolatran el trabajo de los poetas de renombre.

 Luego regresó al tema de su mujer. Pensé que lloraría, pero no lo hizo. No tenía palabras para consolarle, a diferencia de la mayoría de los hombres, yo no conocía el amor desesperado. Me había enamorado, pero no al grado de quitarme la vida por alguien. Raphael sí. Al menos, eso es lo que dijo. Me contó que estaba a punto de matarse. Por supuesto, no le creí. Había escuchado la misma historia de infinidad de borrachos. Sin embargo, éste hablaba en serio. Puso la mochila sobre la barra y me invitó a tocar. Deseaba que tocase la mochila. No entendía por qué, pero lo hice. Toqué la mochila y lo sentí: dentro había un revólver. Esta vez hablaba con un loco de verdad.

 Dijo que se volaría los sesos saliendo de aquí. Pidió que le despidiera de Petrozza. Otra vez cogió la mochila y sacó de dentro un bonche de hojas. Son todos mis textos, explicó. Petrozza siempre quiso leerlos y publicarlos. Tómalos, dijo, y llévaselos. Dile que puedo hacer con ellos lo que le dé la gana. Venga dije, no tienes que hacerlo, es sólo una mujer. Raphael movía la cabeza negativamente. Dijo: en parte es por ella, pero en parte es por mí. La situación me era incómoda. Debía salvar la vida de un compañero de letras, pero no tenía razones suficientes para convencerle de mantenerse vivo. Quizá matarse es la mejor solución cuando se sufre. Podemos quedarnos vivos, dejar de sufrir… pero en algún otro momento sufriremos de nuevo. Quizá sea mejor arrancar el problema de raíz. Sufrimos porque estamos vivos, entonces… Deseé que Petrozza estuviese aquí. Él sabría qué hacer. Sabría calmar la cólera de este poeta.

 Los textos estaban sobre la barra. Los miré y dije: si quieres que Petrozza los tenga, dáselos tú. Anda, vamos a buscarle a casa. Raphael movió la cabeza. No entendí si era u sí o un no, pero ordené la cuenta. Vamos, dije, vayamos con Petrozza y hablemos con él. Raphael casi acepta, pero finalmente se negó. No quería demorarse en su tarea porque hacerlo podía costarle el arrepentimiento. ¿Has hablado de esto con Petrozza?, pregunté. Sí, contestó. ¿Y qué te ha dicho? Raphael bebió un sorbo de cerveza y respondió: dijo que si deseaba matarme, lo hiciera. Entonces recordé que Petrozza mismo había intentado suicidarse hace tiempo. Llevarlo con mi amigo no sería la mejor la idea. Podía ser que se mataran los dos y sería culpa mía la muerte de ambos.

 Pagamos la cuenta y salimos. Raphael encendió un cigarrillo. Me convidó uno. Caminamos hacia la Glorieta sin hablar. De pronto, dije: ¿por qué eres poeta? Raphael me miró  un par de segundos. No sé, dijo, ¿y tú? Lo miré a los ojos un par de segundos. No sé, contesté. ¿Sabes?, dije, hay una frase de Roberto Bolaño que nunca olvido. La frase es la siguiente: “Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Raphael dijo que él era un poeta. Yo dije que también era un poeta, éramos poetas, lo que equivalía a decir que podíamos soportarlo todo. Dije que él podía soportarlo todo. Sólo él podía soportarlo todo. Raphael repitió un par de veces que él podía soportarlo todo. Yo le abracé y le dije: eres un poeta y los poetas podemos soportarlo todo. Me palmeó la espalda y dijo: dale esto a Petrozza. Me había olvidado de los textos. Los tenía Raphael, en la mano. Me los dio. Lo prometo dije, pero tú promete que lo soportarás todo.

 Me dio su palabra y caminamos hacia la calle de Insurgentes. Yo seguí por esa calle, sin despedirme y Raphael se quedó allí, parado, en medio de la noche, con una mochila llena de un revólver, sin decir nada más.

 No sé por qué no nos despedimos. Quizá porque yo no tenía más dinero y no podía regresar a los Tres Gallos, o porque ya no teníamos nada que decirnos, o porque era noche y Raphael debía regresar a casa, o porque no queríamos saber más el uno del otro, o porque él no quería saber nada más de mí, o porque yo tenía mucho miedo de que Raphael no lo pudiera soportar todo, o por la misma razón que éramos poetas, o precisamente porque éramos poetas y los poetas no son gente que se despide, o porque ambos deseábamos salir de allí inmediatamente y olvidarlo todo, o quizá porque teníamos miedo, mucho miedo.

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 Caminé por la calle de Insurgentes hasta llegar a Querétaro, donde vivía en el apartamento de mi amigo Petrozza. Dentro no había nadie. Petrozza y Simona habrían salido, no sé. Entré a mi alcoba y encendí un cigarrillo. Me puse a mirar por la ventana. Pensaba en el chico de veinte años que ronda las calles de la colonia Roma con el corazón herido y una pistola en la mochila y deseaba con toda mi alama que realmente se tratara de un poeta.


 Luego me puse a leer los textos de Raphael Dómine y supe que ese chico podría soportarlo todo.


martes, 11 de junio de 2013

Los menos cabrones de todos.



Aquella calurosa tarde de mayo, mi fiel amigo y maestro, el señor Filigrana, y yo, fuimos sacados de las instalaciones de la empresa por Murrieta, nuestro gerente de ventas, quien exigía trabajásemos la calle. Trabajar la calle significaba tocar puertas. Ir, de local en local, ofreciendo nuestros servicios inmobiliarios. Eso, en teoría. En realidad significaba caminar sin rumbo bajo el bravo sol y repartir panfletos publicitarios sin la menor intención de vender. Estirar la mano y contar hasta diez. Si nadie coge el panfleto, dejarlo caer. Hacer basura la calle para decir a Murrieta: sal y ve, hemos repartido todo y los hijos de puta han dejado caer la publicidad. Esto no sería mentir; los pocos que cogieran el panfleto lo dejarían caer luego de una ojeada. Un trabajo sin sentido. Las estadísticas, incluso, dicen que sólo el dos por ciento del trabajo de volanteo se convertirá en venta. Pero como dijo Mark Twain, hay tres tipos de mentiras: la mentira, la maldita mentira, y la estadística… pues la estadística es la ciencia que dice que si me vecino tiene dos coches, ambos tenemos uno.

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Comenzamos por la calle de Madero, para no alejarnos demasiado. A las primeras calles el sudor empapó nuestros cuerpos, sobre todo el de Fili, que era un señor de ciento ochenta kilos y medía casi metro y medio.

 ¡Por el sueldo que nos pagan!, se quejaba Filigrana, ¡ésta es la era de la esclavitud moderna; no tenemos grillete, pero tenemos necesidad! Yo asentía con la cabeza, sin hablar; no deseaba cansarme hablando. ¡Ya quisiera ver a Murrieta tallar la calle, ese hijo de puta no despega las nalgas de la silla! ¡Apuesto que no llegaría ni al Zócalo! Las cortas piernas de Fili daban dos pasos por cada paso mío. Debe sufrir el doble de lo que sufro yo, pensé, si recorro un kilómetro, él habrá recorrido dos.

 Al llegar la calle de Bolivar saqué un manojo de panfletos de la petaca. Filigrana me miró asombrado. ¿Qué haces?, preguntó. Allá, dije, hay un local con empleados. Entraré. Fili, con sus ojitos verdes, me miraba atónito. Doblé en Bolivar, hacia el local. Era un local de ropa, y dentro, al menos cinco empleados atendían. Quizá uno de ellos… ¡Estás loco!, gritó Fili, sin dejar de seguirme hasta el local.

 Buenas tardes, mi nombre es Martin Petrozza, me presenté, vengo de Casas Geo, soy asesor inmobiliario, ¿alguno de ustedes está interesado en… No terminé la pregunta, antes, las cinco cabezas negaron y me echaron sin dejarme siquiera explicar los beneficios de la empresa.

 Fuera, Fili me paró en seco. Dijo: ¿es que no has aprendido algo? Lo miré sin entender la cosa. Se refería a la vez que fuimos a la fábrica de juguetes. Esta gente no gana lo suficiente para comprar una casa. Tenía razón, pero, ¿qué podía hacer?, el que no arriesga no gana. Paramos en la esquina de Bolivar y Cinco de Mayo. ¿De verdad quieres hacerlo?, preguntó Filigrana, escéptico, pero decidido. No podía creerse que yo quisiera trabajar. ¡Con el sueldo que nos pagan!, repetía. La intención de Filigrana era hacer el loco y regresar con Murrieta en un par de horas o así, decirle: nos fue bien, ya saldrá algo de esto. Quizá fuese el sol, que me torcía el cerebro, pero… bueno, deseaba intentarlo.

 Si quieres hacerlo, hagámoslo, ¡pero a lo grande!, exclamó. Venga, dije, ¡y qué es hacerlo a lo grande!, ¿quieres que vayamos con el Presidente? Filigrana se frotó las manos. Petrozza, dijo, tienes mucho que aprender. Observa y aprende.

 A pesar de sus quejas, de sus reclamos y de su pesimismo, Filigrana era un genio de las ventas. Se llevó un dedo a la boca, lo ensalivó y lo levantó al cielo, calculando de dónde venía el aire. Finalmente, dijo: ¡por allá! Acto seguido, echó a andar. Alcé los hombros y le seguí, ¡qué otra cosa podía hacer! Era difícil seguirlo a pesar de sus cortas piernas.

 No muy lejos, sobre la misma calle de Bolivar: HOTEL RITZ. ¡Aquí!, exclamó. Miré las majestuosas puertas del hotel. ¡Bingo!, pensé, Fili es bueno.

 Filigrana hizo las presentaciones, explicó que veníamos de Casa Geo y deseábamos contactar a la persona encargada de Recursos Humanos. Teníamos algo importante que decir, algo verdaderamente importante para esta empresa y todos sus empleados. Hablaba como si creyese sus palabras, con ánimo, tanto, que incluso yo llegué a pensar que algo verdaderamente importante tramaba este camarada.

 El guarda de seguridad miró a Filigrana como quien mira a un loco, pero tras pensarlo un par de segundos dijo: sobre la misma calle, pero en el número 20. Toquen la puerta, allí es el acceso a Recursos Humanos. Muchas gracias, amable señor, exclamó Filigrana, y sin perder tiempo, me sacó de allí del brazo y me llevó hasta el número 20 de la misma calle.

 Las puertas de servicio no eran tan impresionantes. Lo mismo podrían ser las puerta del inframundo, de un basurero, de una vecindad, o del HOTEL RITZ. Un guarda de seguridad nos abrió la puerta. Era un tipo alto, fornido, con la cabeza rapada y un aparato en la oreja derecha. Buenas tardes, gran señor, mi nombre es Filigrana F., su amigo y servidor… Filigrana estiró la mano al simio y éste se la estrujó. Fili tenía el tacto para hacerse entender. A todos halagaba y se hubiese ganado la simpatía del mismísimo Lucifer. Sonreía de oreja a oreja y no aceptaba un no como respuesta. Solicitó presentarse con el encargado de Recursos Humanos. ¿Tienen cita?, preguntó el guarda. La cosa está jodida, pensé, pero no contaba con las artimañas de Filigrana. Por supuesto. Pronunció las palabras dotándolas de la obviedad del más grande de los axiomas matemáticos: 2 más 2 son cuatro, como nosotros tenemos cita. El guarda se llevó la mano al aparato en la oreja y comenzó a hablar. Hay dos señores que le buscan, dijo, viene de… ¿de dónde dicen que viene?, preguntó. De Casas Geo, repitió Fili. No, pensé, esto no marchará, no tenemos cita y no vamos a engañar a nadie. Sí, el señor Filigrana y el señor…, dijo el guarda al aparato. El señor Petrozza, completé la frase. …Y el señor Petrozza, anunció el guarda. Hubo un silencio. El entrecejo del guarda se frunció. Filigrana sonreía como un ingenuo hombre al que han dado una cita y no será capaz de entender si le dicen que no. Sí…, decía el guarda, bien… dos personas… de Casas Geo. El guarda asintió con la cabeza y, dirigiéndose a nosotros, dijo: registren sus nombres en la libreta y muéstrenme sus identificaciones. ¡Lo había logrado, el cabrón de Filigrana lo había logrado!

 En la libreta había que apuntar algo más que nuestros nombres. Fecha, hora de   entrada, nombre, empresa a la que representa, persona con la que se dirige… Filigrana me miró dudar y me pegó un golpecito en el brazo. Entendí la cosa. Puse: gerente de Recursos Humanos.

 El guarda nos hizo pasar. Subiendo la escalera, segundo piso, primera puerta, dijo. Al subir las escaleras Filigrana me palmeó la espalda. Mucho que aprender, Petrozza, mucho que aprender. Asentí con la cabeza, sabía reconocer al maestro cuando le tenía enfrente.

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Nos recibió la señorita Villafuerte. Señorita es un decir, en realidad era una señora de cincuenta y tantos tacos, baja, morena y amargada como lima agría. Nos interrogó los nombres y el motivo de nuestra visita. Acto seguido, buscó en el ordenador la cita que supuestamente teníamos concertada. Antes que acabara, Fili se soltó con un rollo encantador sobre nuestras intenciones y la importancia de hacer saber a TODO el personal del hotel información relacionada a su derecho de adquirir vivienda. Centró el caso al particular ejemplo de la señorita Villafuerte. Le explicó, con peras y manzanas cómo ella podía comprar una casa sin soltar un peso, por medio del crédito INFONAVIT, crédito bendito, derecho de todo trabajador. Lo hacía de tal modo que despertaba en las personas el anhelo y la fuerza de exigir al patrón el uso de dicho crédito. Nuestros patrones quitan el cinco por ciento de nuestro suelo y lo ahorran en lo que conocemos como saldo de la subcuenta de vivienda. Sí, esos hijos de puta se guardan nuestro ingreso y es derecho nuestro exigir el buen manejo de dichos fondos destinados a la adquisición de un bien inmueble. Daban ganas de hacer huelga. La señorita Villafuerte quedó encantada con la verborrea ciceranea de Fili. Dejó de buscar la cita en el ordenador e interesada, fue la primer víctima de nuestro asalto. Logramos sacar de ella nombre, fecha de nacimiento y número de seguro social. Regla número uno del maestro Filigrana: vende primero a los sirvientes del gran jefe y  ellos mismos te abrirán todas las puertas.

 Filigrana movía las manos al hablar. Se levantaba de la silla. Hacía gestos con la cara que nunca hubiese imaginado en él. Te seducía. Según su teoría, todos los trabajadores deberían estar bien informados de cómo usar sus créditos. Y esta, era labor nuestra. Sí, nosotros, inocentes ovejas del Señor, en una lucha benefactora y largo peregrinar, sin intereses lucrativos, visitábamos empresa tras empresa llevando nuestro mensaje, que era el mensaje del Señor. Por la libertad, por el pueblo, por el derecho a vivir dignamente, ella, la señorita Villafuerte, debía autorizarnos la entrada a una plática comunal con todos los trabajadores de su majestuosa empresa. Debía, ella, pues habiendo escuchado la palabra del Señor era ahora responsabilidad suya, hacer llegar nuestro mensaje a la Directora de Recursos Humanos de HOTEL RITZ. La señorita Villafuerte nos agendó cita con su patrona, la Contadora Camacho, la semana siguiente. Le estrechamos la mano calurosamente y nos retiramos haciendo reverencia… Amén.

4

Abracé a Fili entusiasmado. Le dije lo bueno que era y lo mucho que le admiraba. Le palmeé la espalda. Le dije que yo mismo invitaría la comida hoy. Fili no se movía. Caminaba orgulloso por la calle de Bolivar, hacia Madero, sin emocionarse. Hasta que mencioné la invitación. Entonces se sobó la barriga y comentó de unas ganas venidas de hace meses de comer tacos de birria. ¡Tacos de birria!, exclamé. ¡Hazlos en tu panza, cabronazo, yo invito!

 Aquella calurosa tarde de mayo, mi fiel amigo y maestro, el señor Filigrana, y yo, comimos tacos de birria en un puesto callejero, ardiente como el fuego, sobre la calle de Juárez y Balderas. Comimos hasta hartarnos, felices de nuestro éxito.

5

Bueno, nuestro éxito y felicidad se esfumaron la semana siguiente, en presencia de la Contadora Camacho, una señorona más temible que el mismo Diablo.

 Acudimos puntuales a la cita, llenos de esperanza, incluso Fili, que sin aceptarlo, con una falsa modestia, sentíase el amo y señor de las ventas. Repitió el rollo frente a la Contadora, exponiendo las virtudes de nuestros servicios, pero no fue fácil. La Contadora Camacho fue directa: aquí han venido decenas como ustedes, de la misma inmobiliaria y de otras. Vendedores de coches, de seguros de vida, de cursos de inglés, de uniformes empresariales, pero ninguno ha sabido entender. Viene, hablan, se pavonean y desean que se les permita el libre acceso al personal. Desean vender y cobrar por sus ventas, y luego… Hubo un silencio. La Contadora Camacho frotó el pulgar y el índice. ¿Y luego qué?, pregunté ingenuo. Y luego cobran y yo no veo claro, dijo la Contadora. Otro Silencio. Esta vez se daba a entender. La bruja quería ganar de nuestras ganancias. Objetivamente era justo, pero… Pongámoslo así: por cada venta realizada a estos empleados Filigrana y yo cobraríamos entre ochocientos y mil doscientos pesos. En realidad, muy poco. Si encima pagásemos a esta señora la mitad de nuestro ingreso, quedaría casi nada. Ella, la Contadora, no habría trabajado lo mínimo; se limitaría a rascarse la panza y cobrar, y nosotros, bueno… el trámite administrativo, la labor de venta, la gestoría del trámite. Todo eso apenas valía la comisión que recibiríamos de Casas Geo.

 Filigrana se rascó la barbilla. Lo pensó un par de segundos. Yo le miraba atónito. ¿Qué pensaba hacer el amo y señor de las vetas frente a una situación así? ¿Realmente se pensó, él, con tanta experiencia en el mercado que alguien, quien sea, abrirá las puertas de la mina de oro sin esperar algo a cambio? Doscientos pesos por venta, pronunció Filigrana, decidido, aventurado. La Contadora rió en nuestras caras. Dos mil pesos por venta, dijo. ¡Pero eso no lo cobraremos ni nosotros!, pensamos al unísono, en una mirada cómplice. Quinientos, dije yo, pensando en que al menos podríamos sacar veinte ventas. Mil quinientos, exclamó la Contadora, lo toman o lo dejan.

 Filigrana fingió pensar. No podía decirle: ni nosotros cobramos eso, porque no deseaba informar a la Contadora que éramos un par de puñeteros vendedores a sueldo mínimo y comisiones risibles. Todo el mundo se piensa que vender casas es la ostia, y puede ser, pero no en Casas Geo. Aquí hay un dicho: no vender es un suplicio, y vender: una tragedia.

Quedamos en pensarlo seriamente, aunque sabíamos que no lo pensaríamos un segundo más. Incosteable. Nos despedimos educadamente y salimos con la cola entre las patas. Nuestro sueño, una vez más, se desplomaba ante la realidad: vivimos en un mundo de cabrones, y nosotros somos los menos cabrones de todos.



sábado, 8 de junio de 2013

El triplete. Parte 2.


Texto por: Jorge Coriasso.
Continúa de: El triplete. Parte 1.

La abstinencia sexual siempre me ha deprimido. La masturbación pone a girar un poco las hormonas, creo que sin ese recurso me habría suicidado hace décadas, pero no es lo mismo. Y más cuando sucede algo que te pone a pensar en ello todo el día, como ese maldito beso. Por eso cuando Ricalde comentó que había visitado el nuevo centro cultural que acababan de inaugurar en la entrada a la carretera de Madrid, agudicé los oídos. Pero no podía ser, yo pasaba por allí todos los fines de semana.
-       Es que está de incógnito. No tiene letreros ni nada que lo identifique. Es de súper lujo, hace falta recomendación. ¿Qué pasa jefe? ¿Le vendría bien una salidita?
Me lo pensé mucho antes de responder, y nunca habría aceptado si no hubiera tenido la certeza de que se iba el mes siguiente. Ricalde era un niñato de veintipocos años bastante pijo, con el que no me interesaba mucho relacionarme fuera de la agencia, y mucho menos yendo de putas, pues podría provocar un exceso de confianza y una pérdida de respeto. Pero ya iba a dejar la agencia, y si no me daba un garbeo aunque fuera a mirar me iba a volver loco.
-       Pues hombre, para romper un poco la rutina.
-       Cuando me diga lo llevo.
-       Pues mañana si quieres.
-       Perfecto. Chapamos y vamos.
¿Por qué dije mañana? Esa misma noche podíamos haber ido. Pero no quise parecer demasiado ansioso.
A Ricalde lo saludaron en la puerta como si fuera el hijo del dueño, entramos y, bueno, realmente había unas niñas que era como para perder la compostura. Se sentó a mi lado una flaquita de piernas firmes que colocó la silla frente a la mía, me rodeó la cintura con las mismas y me preguntó cuál era mi fantasía sexual.
-       Hacerlo. Tal y como vengo con eso me conformo. ¿Y la tuya?
-       La mía es que me chupen las tetas mientras lo hago y mientras me corro. Los tíos sois todos unos egoístas. Sólo os concentráis en lo vuestro y lo de las tetas solo lo manejáis en el calentamiento.
-       No, te aseguro que conmigo no tendrías ese problema. Yo no quitaría un segundo la boca de tus tetitas.
-       Pues vamos a hacerlo.
-       ¿Cuánto cuesta?
-       Doscientos euros ya con todo. El cuarto, las copas y mi compañía durante una hora.
-       ¿Doscientos? Pero ni de coña pago yo eso.
-       ¿No lo tienes?
-       Sí lo tengo, pero es por principios. Es que pagar una cantidad así por un palito me parece una barbaridad.
-       Entonces no eres mi tipo de hombre. Mi tipo de hombre vive el momento sin preocupaciones.
-       Ajá. Pues no soy de tu tipo de hombre.
La invité a un par de copitas, hablamos, le metí mano lo poquito que me dejó y era tan profesional, tan diabólicamente capaz en lo suyo, que realmente logró que yo sintiera que estaba conmigo porque le gustaba, y no por dinero. Por aquel entonces yo ya era un señor de casi cuarenta años con mil desengaños a las espaldas que desconfiaría hasta de su abuela, y me lo creí, fíjate si era buena. Para despedirse me dio un beso tan maravilloso como el que me había regalado Chony. El caso es que salí de allí en un estado de ansiedad y alteración nerviosa todavía mayor al que tenía cuando entré. En el coche Ricalde me preguntó cómo me había ido.
-       Bien, la chica era una bomba, pero pues el precio está prohibitivo.
-       Ah, ¿querías follártela? Me hubieras dicho antes. Yo tengo precio cliente VIP. Tengo 40% de descuento.
-       Joder, pues así cambia mucho.
-       Si quieres regresamos la semana que viene.
-       Claro.
Y regresamos. Yo, a lo que iba, pasé al cuarto con la chica, y la muy hijadeputa que se me hace la estrecha.
-       Pero, ¿no te vas a desnudar?
-       No; pues es que aquí es para que estemos tranquilos, sin que nadie nos vea, pero no es para follar.
-       ¿Pero qué estás diciendo? Qué esto me está costando una pasta, tía.
-       Es que yo no me siento cómoda haciéndolo aquí.
La agarré medio cabreado y la empecé a besar, y cuando me puse a tono intenté bajarle el pantaloncito y que no me deja.
-       Pero oye, yo pensé que estaba claro a lo que veníamos.
-       No, no. Yo aquí no lo hago, además esto está guarrísimo, aquí fijo que te pillas algo. Mira, la próxima vez lo hacemos en un hotelito, limpio, me pagas a mí y nos sale mejor a los dos, y yo me quedo más tranquila, vas a ver que allí va a ser diferente, es que aquí ni tiempo nos va a dar, ya enseguida tengo que salir a bailar.
-       Oye, por lo menos hazme una mamadita, si me regreso así a casa creo que me cuelgo del armario.
-       Bueno. Pero pon el pantalón en el suelo, no quiero tocar el suelo con mis rodillas. Esto es un asco.
Se arrodilló sobre mi pantalón, me puso un condón, y empezó a chupármela. Es una mierda así. No se siente nada. Nunca jamás me iba a correr. Entonces llamaron a la pista a la chica que la precedía y se levantó como una loca, dijo que tenía que ir a arreglarse para salir a bailar.
Me fui a sentar con un calentón de huevos y la lógica mala hostia que una situación así le provocaría a cualquiera. Ni siquiera la miré mientras bailaba. Cuando terminó se sentó a mi lado y me dejó su número de teléfono.
-       Llámame y lo hacemos en un hotelito.
-       Mejor en mi apartamento. Yo vivo solo.
-       Perfecto.
-       Y cuánto me vas a cobrar.
-       Cien euros.
-       Pero a morir, ¿eh? Hasta que el cuerpo aguante.
-       Te juro que vas a quedar satisfecho.
La llamé tres o cuatro veces en  los siguientes meses, pero con sus extraños horarios nunca pudimos ponernos de acuerdo. Me olvidé de ella. Preferí concentrarme en Julia y Chony, aunque era consciente de que, con tantos hijos como cargaban, podría suceder que a la larga esas relaciones salieran más caras.
Mientras tanto las ventas de coches empezaron a bajar. Abrieron muy cerca una sucursal de coches coreanos, cojonudos y baratísimos, y nos afectó bastante. También empezaba a subir la marea que terminaría convirtiéndose en la crisis inmobiliaria del 2008.
Llegaron las navidades. Estaba a punto de cumplir dos años en Ciudad Real. Aunado a lo que llevaba acumulado anteriormente en Madrid, casi tres en el dique seco. Estaba pensando muy seriamente en pedirle a un veterinario que me castrara, como se le hace a los gatos caseros para que no sufran, todo el maldito día pensando en lo mismo y sin la menor posibilidad, cuando de repente, una tarde de viernes, me llamó Chony llorando. Fui a encerrarme al despacho para poder hablar tranquilamente.
-       ¡Me ha dejado! ¡Javier me ha dejado! Agarró sus cosas y se fue.
-       Pero espera un momento, tranquila, cuéntamelo todo desde el principio.
-       Se dejó abierta la cuenta de mail. Simplemente encendí el ordenador y me apareció todo. ¡Te juro que yo no soy así! ¡Jamás le he espiado! ¡No lo hice a posta!  Pero lo leí todo. Se gasta en muchachitas todo nuestro dinero, y yo poniendo mi cara de idiota en sus puñeteros mítines.  Así que cuando llegó  se lo eché en cara. Y entonces él me acusó de espiarlo y me dijo que por eso mismo era por lo que ya no quería estar conmigo. Pero la verdadera razón es porque vive entre orgías de diputados y porque seguro que ya tiene a otra más joven. Y dice que va a pelear la custodia de Javierito y que los otros dos no le importan lo más mínimo, que hasta aquí ha llegado y que a partir de ahora vea yo de donde saco para pagarles el colegio y todo lo demás.
-       Joder. Oye, tranquilízate. ¿Estás en tu casa? Paso a buscarte y vamos a cenar y te ayudo a pensar con calma las cosas.
-       No, no quiero que me vean contigo. No quiero que puedan vernos y pueda acusarme de algo y usarlo en el juicio. ¿Comprendes?
-       Sí, bueno, y entonces, ¿qué propones?
-       ¿Podríamos vernos en tu apartamento?
Ante esa palabra mágica sentí como si una bombilla de 200 watts se encendiera en mi cerebro.
-       Claro. Apunta la dirección.
Solucioné un par de pendientes rápidamente, dejé a cargo a Pérez y salí como rayo, no sin hacer una breve parada técnica para comprar condones. Llegué y puse a enfriar una botella de vino.
Chony entró con el rímel corrido de tanto llorar.
-       Tranquila, princesa, vas a ver que todo se soluciona.
Fui a la cocina a por el vino, regresé a la sala de estar, lo apoyé en la mesa para descorcharla, y cuando levanté la cabeza casi le doy un narizazo. Se me echó encima. Nos besamos como si cada uno fuera para el otro una fuente en medio de una travesía por el desierto. La llevé al dormitorio.
La mayoría de las mujeres te decepcionan cuándo se desnudan. Chony no. Chony era todo lo que me había imaginado y más. No tenía nada que envidiarle a las veinteañeras con las que salía su marido. Ella quiso extender el calentamiento pero yo desconfiaba de mi tradicional mala suerte, tenía auténtico pánico de que una llamada lo estropeara todo, una llamada del marido buscando reconciliarse, o de una de las niñas porque se sintiera mal, o de Dios que hubiera decidido que el apocalipsis y el juicio final llegaran en ese preciso momento, en realidad con el único y malvado objetivo oculto de joderme el polvo. Así que se lo introduje sin miramientos. Creo que estaba tan necesitada como yo, y Carlitos entró suave, como si ese fuera su predestinado hogar. Y le dimos y le dimos. Y pedimos una pizza y nos la comimos y después le seguimos dando otro rato. A las once se marchó, preocupada por haber dejado tanto rato a sus hijos. No quiso que la acompañara al coche, pero bajé con ella al portal, y después caminé hasta el estanco a por un paquete de tabaco. Llevaba sin fumar casi tanto como sin follar y me dieron ganas. Me fumé un cigarrillo a oscuras, en la cama,  justo antes de quedarme dormido.
Dormí el sueño de los justos, por la mañana de ese sábado se vendieron dos unidades, y como a la una recibí un mensaje de Laura, la chica que había conocido en el burdel. Solamente me saludaba. La llamé.
-       ¿Sí?
-       Hola Laurita, acabo de ver tu mensaje, ¿cómo estás?
-       Muy bien. Me preguntaba si te gustaría que fuera a visitarte esta tarde.
-       Eeeeeeeh…..…. ¡Sí! Claro, vente. A las cuatro estoy en casa. ¿Tienes para apuntar?
-       Sí, dime.
Le di la dirección.
-       Van a ser 150 por dos horas para que estemos tranquilos, sin prisas.
-       Oye, habíamos quedado en 100.
-       Sí, pero por una hora.
-       120
-       Hora y media. Por 120 hora y media.
-       Hecho.
Bueno, el engaño de que yo le gustaba había quedado definitivamente superado. Me conformé con pensar que no le resultaba especialmente desagradable. Para ella era un negocio, y estaba bien así.
Llamé a mi ex para explicarle que había una junta con el dueño y que llegaría tarde a Madrid. Lo comprendió. Incluso estuvo amable. No me hizo uno de sus típicos shows echándome en cara mi desconsideración por no haberle avisado con tiempo. La vida me sonreía.
Cuándo a las cuatro en punto entró esa cosita tierna por el marco de la puerta de mi casa, estuve a punto de volver a creer en los Reyes Magos, en Papá Noel, en la viejecita que le lleva los regalos a los niños italianos y en que todos ellos juntos se habían puesto de acuerdo para compensarme por las carencias del pasado. De verdad que, si no hubiera sabido que era una prostituta profesional, hubiera jurado que era una inexperta niña de buena familia. Hacerlo con Chony me había gustado muchísimo, y era verdad cuando le dije que aparentaba mucha menos edad de la que en realidad tenía, pero la juventud de esta niña, la frescura que emanaba de su piel, la lozanía, casi casi el olor a champú de bebé que irradiaba su pelo, lo sentí como un champagne o un caviar para sibaritas, algo que solo puede disfrutarse muy de vez en cuando, porque perdería su significado celestial si se transformara en algo cotidiano. Le eché otros dos para que el día quedara en cinco que es número primo.
Cuándo se fue me embargó un sueño terrible. Me tomé un café cargado y salí para Madrid. Llegué aproximadamente a las nueve de la noche. Recogí a Paty y llamé a Julia. Estaba en una fiesta infantil, ese es el modus vivendi de los padres del S.XXI. Cometí el error de comentarlo delante de Paty y, aunque era tarde y me sentía muy cansado, no me quedó más remedio que llevarla.
Media hora después de llegar, la fiesta estaba terminando.
-       Elisa me ha invitado a dormir, anda, déjame ir papá.
-       ¿Estás segura Julia? Fíjate que esta es un trasto.
-       Sí seguro, no hay ningún problema. Además mis padres no están, así que tienen la casa para ellas solas, y pueden jugar todo lo que quieran sin miedo a molestar.
-       Está bien. ¿Cómo le hacemos?
-       Si quieres sígueme en tu coche, así sabes donde vivo y mañana pasas a buscarla.
-       Ok, perfecto.
¿Así sé dónde vives? ¿Me lo estaba imaginando o Julia estaba alineando las estrellas?
Llegamos. Tampoco podía dejar que ella hiciera todo el trabajo.
-       ¿Tendrías un vaso de agua?
Lo más difícil es entrar. Una vez dentro, para que me saquen, la dificultad está del otro lado.
-       Claro pasa.
Pasamos a la sala. Las hijas de Julia llevaron a Paty a su habitación.
-       ¿No prefieres una copa?
-       Claro. ¿Tienes whisky?
-       No. Tengo ron.
-       Perfecto.
Yo sabía lo que tenía que decir para conseguirlo. Me daba vergüenza porque habría sido una gran mentira, pero lo que es saberlo, lo sabía. Me senté en el sillón de la sala de estar.
-       Yo en realidad soy un hombre de familia. A mí lo que me gusta es esto, quedarme tranquilamente en casa, con mis hijos, me salió mal porque mi ex y yo somos absolutamente incompatibles, pero esto es lo que me gusta.
-       ¿Qué pasó entre vosotros?
-       Nada especial, nada tan drástico como en tu caso. Solamente éramos dos personas con virtudes y defectos como todo el mundo, pero los defectos de cada uno, de alguna manera, se incrustaban en los del otro, y las virtudes se anulaban entre ellas. No podíamos estar juntos, sencillamente. Juntos nos transformábamos en dos personas mediocres. Ahora, cada uno por separado, nos va mucho mejor en todo.
De repente Julia se levantó de su butaca, como si no le interesara lo que le estaba contando.
-       Voy a ver a las niñas, a ver si ya se han dormido. ¿Me acompañas?
-       Preferiría esperarte aquí, no me gusta invadir la privacidad de las niñas.
-       No pasa nada hombre, son niñas. Así me ayudas a acostar a tu hija.
Estaban dormidas. Julia tenía razón, estaban una encima de la otra y necesitó mi ayuda para levantarla. Abrimos un sofá-cama, le pusimos las sábanas y acostamos en él a Paty.
Después, tras cerrar la puerta del dormitorio, la tomé entre mis brazos y la besé. Nos quedamos allí de pie junto a la puerta cinco minutos. Besándonos apasionadamente.
Regresamos a la sala. Serví otro par de copas de ron con Coca-Cola. Volvimos a besarnos. Intenté bajarle los vaqueros, pero traía un cinturón con un cierre extraño. No lo logré.
-       Oye, puedes quitarte esto, está rarísimo.
-       No, no.
-       Pues dime como se hace, porque parece una puñetera caja fuerte.
-       Estoy harta de que los hombres me usen como objeto sexual.
Como odio esa maldita frase. Al escucharla sentí como si me fuera a dar urticaria en los huevos. Ya se estaba tardando el recalcitrante complejo de puta que mantiene tan amargadas y tan jodidas a la mayoría de las españolas. Yo le ofrecía lo mismo que le pedía, se trataba de hacerlo a medias,  ella iba a poner la chirlita y yo el pizarrín, entonces ¿por qué coño era ella un objeto y yo no? ¿Tal vez por qué ella lo deseaba menos? No parecía exactamente el caso. ¿Por qué cuando me saciara me dormiría inmediatamente en vez de quedarme mirando las estrellas jurándole amor eterno? ¿Sería por eso? Tal vez fuera por eso.
-       Yo no te veo como un objeto sexual. En absoluto. Para mí eres una persona maravillosa. Pero pues me gustas, y me dan ganas de hacerte el amor, pero si para ti supone un problema moral o algo parecido, pues lo dejamos y ya está. No pasa nada.
-       ¿Tienes preservativos?
Hostias, con Chony me había acabado los 3 que traía el paquetito, menos mal que la puti había traído los suyos.
-       No.
-       ¿Quieres ir a comprarlos? No te acompaño porque no me gusta dejar solas a las niñas.
-       Sí, voy en seguida.
Con lo que me había contado del virus del papiloma ni loco lo hacía sin condón. Salí a buscar una farmacia de guardia lo más rápido que pude.
Llamé al portero automático. Me abrió, subí en el ascensor y me encontré la puerta abierta. Escuché su voz desde el fondo del pasillo.
-       Estoy en la habitación del fondo. ¡Cierra la puerta de la calle!
Crucé corriendo el pasillo. Entré en la habitación.
-       Echa el pestillo – me dijo.
Llevaba puesta una combinación morada que casi se me caen los huevos al suelo cuando la vi. Estaba preciosa. Me lancé sobre la cama como si fuera una piscina.
Tenía dudas sobre mi desempeño porque ya no era tan joven y llevaba mucho tiempo sin hacerlo, y ese día, de repente, en menos de día y medio, tres hembras como tres soles, pero por los clavos de Cristo que estuve a la altura de las circunstancias. De las tres, la que parecía más mosquita muerta, la última, Julia, la más revoltosa. Quiso hacerlo en todas las posiciones. De lado, con una pierna fuera de la cama, arriba, abajo, de perrito, sentado en la esquina de la cama. Y pues 7 también es primo.


A Laura no he vuelto a verla desde entonces, aunque a lo mejor la llamo ahora que estoy otra vez de capa caída. Lo más seguro es que haya cambiado el número, hace más de seis años de eso. Julia empezó a presionarme desde la mañana siguiente a esa maravillosa noche, explicándome que unos cortos momentos de felicidad no eran suficiente para ella, que necesitaba alguien con quien pasar el fin de semana, alguien que la representara, que la protegiera. Su ansiedad me agobió inmediatamente. Tal vez si hubiera dejado que las cosas se fueran dando todo habría evolucionado de otro modo, pero no pude ir a su ritmo, y ella lo interpretó como que yo no tenía intenciones de nada serio y enseguida pasó de mí. La veo ocasionalmente porque las niñas siguen siendo muy buenas amigas, y me da mucha pena la pobre, porque está tan adoctrinada por este puto pueblo que es incapaz de tomar la felicidad de la vida así como viene, sin angustias y sin planteamientos existenciales. Chony volvió con su marido, pero sigue fatal con él, tiene planes de abrir un negocio con su padre y estuvimos viéndonos con cierta frecuencia durante algunos años, siempre en mi apartamento, a escondidas. Hubo un  momento en que sentí que realmente estaba a gusto con ella, y se me ocurrió contratarla como vendedora y proponerle que nos fuéramos a vivir juntos, a un apartamento más grande, pero me eché para atrás por sus hijos. No me sentí capaz de quererlos. Ahora hace un par de meses que no sé nada de ella. 

F I N 




Texto por: Jorge Coriasso.
Continúa de: El triplete. Parte 1.
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