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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 17 de agosto de 2014

No lo hagan sobre el suelo.



No solía escribir en casa, lo hacía durante el tajo, pero aquella noche estaba muy inspirado (lo que eso signifique); cogí un par de cervezas, un par de cigarrillos, una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir una historia. La cosa salía por sí sola. Me gustaba cuando ocurría porque podía escribir un par de textos de corrido y al finalizar quedaba exhausto, como si hubiese hecho el amor a tres chicas o así.

También, aquella noche, era sábado y la gente estaba inspirada, aunque de otro modo, vamos: a las once sonó el timbre y no quise bajar a abrir, pero insistieron mucho. Temí que fuese mi ex mujer porque eso significaría gritos y reclamos. Tanto de mi parte como de la suya, da igual.

Era Harold, un pelmazo de un empleo pasado. Hola, dijo. Dios santo, Harold, hola. Alzó el brazo y sonrió. Traía consigo una caja con doce cervezas. A que te apetece una, ¿no?, exclamó. Harold, querido, Dios, por supuesto que me apetece. Entonces…, titubeó Harold. Vale, venga, sube, sube. Subimos a mi apartamento. Nos instalamos en sillas a la mesa. Destapamos un par de cervezas y bebimos en silencio. Tenía la cabeza embotada en mi historia. En algún momento Harold miró la libreta y dijo: ¿escribes? Joder, Harold, te lo he dicho desde que te conozco: escribo, soy escritor. Pensé que trabajas en S & S, dijo. Dios, sí, también hago eso, pero ello no significa nada, hombre, soy escritor principalmente. ¿Te pagan?, preguntó. Maldita sea, pensé, aquí vamos una vez más con el rollo de la literatura y la paga. No, hombre, no me pagan. Déjalo, exclamó Harold, como si fuese un maldito sabio de la vida, o un vidente con capacidad de advertirme que no valía la pena mi esfuerzo porque nunca sería un escritor reconocido, o como si no entendiese muy bien lo que significa escribir. Claro, querido, lo dejo ahora mismo, ¿ves? Cerré la libreta y la eché al sofá. Voló por los aires. Ahí va mi carrera y mi futuro, pensé.

Petrozza, dijo Harold. Sí, Harold, ¿qué pasa? No sé, contestó, dímelo tú. Le miré a los ojos. Exhalé el humo de la última bocanada de cigarrillo. Te pasa algo, hermano, no puedes mentirle a Harold, dijo. Me asombré. Ahora resulta que Harold puede intuirme y se refiere a sí mismo en tercera persona. Vale, dije, si Harold quiere saberlo… se lo diré. Pero… debes estar de acuerdo en que fuiste tú quien preguntó, no yo, y si cuando lo haya dicho te arrepientes de haberlo escuchado, no me jodas a mí, habrá sido tu maldita culpa por… bueno, por fisgón. Los ojos de Harold saltaron. ¿Qué pasa, Petrozza?, me preguntó acercando su redonda cara a la mía. Le puse la mano en la frente y se la agarré. Lo acerqué aún más a mí, y le dije: s-o-y  h-o-m-o-s-e-x-u-a-l. Estoy enamorado de ti, Harold, querido. Estuve a punto de darle un beso, pero se hizo atrás tan desesperadamente que casi se cae de la silla. Se levantó y gritó: ¡no es cierto!, ¡no tú!, ¡no! Asentí lentamente con la cabeza, una y otra vez, una y otra vez. ¡Harold, me encantas, Dios, no sabía cómo decírtelo, Harold! El pobre Harold era capaz de tragarse el cuento más inverosímil. Aunque fuese homosexual, no me fijaría en él porque era un pelmazo feo y retrasado. Me levanté de la silla y lo acosé. ¡No, Petrozza, tú no, tú no!, gritaba Harold mientras se alejaba de mí. Vale, le dije, ya siéntate, no es verdad,  idiota, estoy jugando. Pero Harold ya no podía creer en mí. Estaba muy consternado. Quería ahondar en el tema, casi como si, secretamente, le gustase saber que yo…

Otra vez sonó el timbre. No sé por qué, pero Harold se ofreció a bajar y abrir. Me pareció buena idea. Si es mi ex mujer, le dije, di que no estoy, que he salido, o lo que sea, que llevas esperándome una hora, o lo que sea, pero por amor a Dios no la hagas subir ni permitas que se escabulla hasta acá arriba, Harold. Harold Asintió con la cabeza. Es que deseo estar a solas contigo, amor, le dije en tono de puta. Chasqueó la boca y bajó. Cogí una cerveza mientras tanto.

Escuché pasos y risas venir por la escalera. Dios, no, pensé, no hoy. Reconocí la risa de mujeres. ¿Quiénes serán?, me pregunté. Bueno, era Bobby con un par de chicas. Me saludó efusivamente. No me moví mientras él me abrazaba y reía y me presentaba a sus amiguitas. Así las llamó, dijo: te presento a un par de amiguitas, ¿okey?, ella es Jes y ella es Jos. Se carcajeó. Jes y Jos, se carcajeó de nuevo (venían bebidos). Las chicas también reían y se movían y todo eso. Estaban buenas, sí. Las saludé de beso y casi me comen la boca. Ya, dije, vale, ¿qué quieres de mí? Una de las chicas sacó de su bolso una botella de whisky. Bobby dijo que podíamos bebernos esto en tu casa, papi, dijo Jes, o Jos, no sé. Bobby me abrazó. Venga, Petrozza, he traído una para mí (señaló a una de las chicas)… y otra para ti (señaló a la otra chica). La chica que me correspondía me sonrió. Dijo: Bobby me ha contado de ti, eres escritor, ¿cierto? No sé, respondí. Harold se acercó a mí, dijo: muy bien, Petrozza, espero que con esto me demuestres que lo de hace rato fue una broma. ¿Qué cosa?, preguntó la chica de Bobby. Harold se arrepintió de haberlo dicho, no deseaba ventilar mis intimidades, aunque era imbécil y ya lo había hecho. Di dos pasos atrás. Verán, chicos, dije, hace cinco minutos acabo de confesar a Harold que s-o-y  h-o-m-o-s-e-x-u-a-l. Las chicas se llevaron las manos a la boca y rieron. Bobby me miró atónito. Me agarró la cabeza y me dijo: ¡no, tú no, Petrozza, tú no, amigo! Asentí lentamente con la cabeza. Las chicas se cuchicheaban. Harold me abrazó y dijo a Bobby: yo también se lo he dicho: ¡Petrozza no, él no! Vale, éste es Harold, dije a Bobby. No lo había presentado. Se saludaron con la mano. Luego las chicas saludaron a Harold.

Se sentaron en sendas sillas, destaparon la botella, encendieron cigarrillos, rieron y contaron chistes y se olvidaron de mí. Harold se acercó a la chica que me correspondía. Le habló y todo eso, pero no era bueno con las mujeres y ella le dio esquinazo en cuanto pudo, disculpándose para ir al sanitario. Se levantó y fue hasta mí. Guapo, dijo, ¿dónde puedo vaciar el tanque? Mascaba chicle. ¿De dónde las habrá sacado Bobby?, pensé. Estiré la mano. Segunda puerta a la derecha, contesté. Se quedó frente a mí un par de segundos antes de reaccionar. Me miró y dijo: ¿quieres acompañarme?, qué tal si me pierdo, papi. Piérdete, exclamé. Dios, no quise decirlo, me salió del alma. Frunció la boca y exclamó: ¡ash!

Bueno, cogí un vaso y me preparé whisky en las rocas. Total. Lo bebí a lado de Harold. Bobby estaba muy ocupado besando a Jes o lo que sea. Petrozza, me dijo Harold al oído, tienes que ser honesto conmigo, hombre, dime la verdad, tú… realmente… Carajo, Harold, le interrumpí, no soy homosexual, Dios, es una broma para joderte el seso y volverte loco, es todo. Harold me miró directo a los ojos, en busca de la verdad. Abrí los ojos y me acerqué rápidamente. Harold pegó un brinquito. Idiota, le dije, ya te digo que es mentira, cabrón.

La chica del sanitario llegó. Se paró frente a Harold y frente a mí. Dijo: un pelmazo y un joto, ¿qué hice para merecer esto? Lo dijo echándose atrás y cubriéndose la cara con la mano, dramáticamente. Bobby le escuchó. Se levantó. ¡Mi amigo no es joto!, exclamó, como si ella me hubiese ofendido en serio. Petrozza, me dijo, demuéstrale a Jos que no eres un jodido maricón. Calma, contesté, no es para tanto, si lo fuera, ¿qué habría de malo? ¡No lo eres!, gritó Bobby. Se lo tomaba muy a pecho. No le gustaba que una zorra llamara joto a un amigo suyo. Era demasiado hombre para ello. Incluso la homosexualidad de los otros, de sus amigos, le calaba hondo. Jos se me echó a las piernas. Intentó besarme. La rechacé. Se levantó y gritó: ¡Sí lo es! Harold se llevó las manos a la cabeza. Bobby me plantó cara. Amenazó con pegar a Jos si yo no la besaba. Jes gritó que dejara en paz a Jos. Todos estaban ebrios, excepto yo. Jos gritó: ¡tú amigo es un comeverga! Dios santo, eso sí me llegó. Podía soportar las palabras homosexual, gay, joto, puto, maricón, invertido… ¡pero comeverga! Me lancé sobre Jos y la besé. Cuando nos separamos del beso, le saqué las tetas del escote. ¡Dios santo!, exclamó. La cogí del brazo y a fuerza la llevé a la habitación. Dentro, ella sola, me bajó los pantalones y me la mamó. Antes que terminara la levanté, la aventé a la cama y la monté. Subí el vestido y ladeé la tanga. Fue algo muy excitante, debo confesar. Me corrí pronto. Cuando hube terminado me subí los pantalones y me volteé. Harold estaba mirando. Jos dijo: dame más, papi, ¡no te vayas! Miré a Harold y le eché una mirada de aprobación. Harold se mojó los labios. Se acercó tímidamente a Jos. La tocó muy despacio. Jos mantenía los ojos cerrados y la cabeza echada atrás. Harold se bajó los pantalones lentamente. Luego los calzones. Cuando estuvo a punto de penetrarla, Jos se alzó. ¡Auxilio!, gritó. Me acerqué a ella, a su oído. Le susurré: déjate, no te va a caer tan mal después de todo, ¿no? Ya no se quejó. Salí de la habitación. Fuera, Jes le hacía una mamada a Bobby en la sala. Bobby estaba de frente a mí. Me miró entrar y me llamó. Me acerqué a él. Me colocó a su lado y me incitó. Me saqué la verga y Jes se puso a tocarme y a mamarme intermitentemente. No es una mala noche después de todo, pensé.

De pronto todos estaban en la sala. Actuaban como si nada hubiese pasado, incluso Jos. Nadie volvió a decirme homosexual. Bebimos las cervezas y la botella. Un extraño silencio, como si todo se hubiese salido de control y nadie quisiera hablar de ello, o como si nadie recordase que hace menos de treinta minutos…


Pero pronto, volvimos a calentarnos. Harold fue el primero. Se acercó a Jos y la besó. Jos se dejó hacer. La manoseó en la sala. Tenía los pechos de fuera y Harold la tocaba y la chupaba desesperadamente. Jes exclamó. Se sacó las tetas ella misma y buscó la boca de Bobby. Yo quedé un poco fuera, pero en algún momento sentí la mano de Jes llamarme mientras Bobby le chupaba el pecho. Me acerqué a ella, de pie, y me tocó. Harold ya estaba de pie, con la boca de Jos en él. Bobby se quitó a Jes de las piernas y la aventó al suelo; se escuchó un golpe seco, creí que se había lastimado, pero desde allí se la chupó a Bobby. Mientras tanto, me tiré con ella y le acariciaba el pecho y el pubis. Harold y Jos se unieron a nosotros, sobre el suelo. Jos se colocó a cuatro patas y Harold la penetró. Los gemidos de Jos nos excitaban. Jes no aguantó más y se tumbó boca arriba para que Bobby la montara. Al mismo tiempo me chupaba los huevos. Bobby y yo quedamos de frente, muy cerca el uno del otro. Fue un momento incómodo, pero supongo que recordó que yo no era homosexual. Cerró los ojos para no verme la cara. Luego, Bobby y yo cambiamos de lugar. Esta vez con Jes a cuatro patas, yo penetrándola por la vagina y Bobby por la boca. Harold Estaba a punto de correrse y se corrió. Gritó como un loco y se echó al suelo y no se movió más. Jos no había tendido suficiente. Se acercó a mí y me besó el culo mientras se lo hacía a la otra, y me corrí. Cuando lo hice se me aventó y comenzó a chuparme hasta que logró una segunda erección. Sin embargo, era muy pronto y no llegaba a durar. Bobby había cogido a Jes por la cintura y se lo hacía de lado. Jos me decía: levántate, papi, o voy a pensar que sí eres maricón. Pero la cosa ya no funcionó y comenzó a llamarme maricón. Bobby y Jes la escucharon y se interrumpieron. Cogí a Jos por el cabello y la tumbé, para que no hablase y dejase a Bobby acabar en paz. Me coloqué en la posición de sesenta y nueve y nos chupamos lento y suave. Ella se corrió y yo pude levantar la cosa. Me cambié de orientación, la penetré desde delante, con sus piernas en mis hombros. Fue un sexo brusco.

Al día siguiente me dolían las piernas, las rodillas, el abdomen, la espalda, las palmas de las manos. No lo hagan sobre el suelo, Dios. No lo hagan sobre el frío y duro suelo.






domingo, 10 de agosto de 2014

Ella es así.


Durante la primera hora Charly permaneció sola, lo que llamó mi atención y me atrajo porque realmente prefiero convivir con gente solitaria, así que me acerqué a ella (yo había permanecido solo el último cuarto de hora, bebiendo cerveza y mirando a la gente). Le dije: hola, soy Martin Petrozza, ¿y tú? Soy Charly, dijo. ¿Bebes cerveza? No, gracias. ¿Qué bebes entonces? Whisky, pero no hay. ¿Te apetece un whisky? Sí. Vamos. Salimos del apartamento y fuimos al bar más cercano, en avenida Cuauhtémoc.

Ordenamos un par de copas. Charly se soltó a hablar con demasiada soltura. Eso es lo que necesitaba Charly, un empujoncito de whisky. Es lo que necesitan la mayoría de las personas. Me contó su vida, cosas personales. Siguió por la misma línea y me conmovió. Le invité cuantas copas quiso. Tenía un par de ojos negros y tristes, una sonrisa escuálida, bella hasta cierto punto; unos cabellos negros y alborotados que la dotaban de un aire de locura o de rareza, no sé, y lo más importante: una actitud melancólica. Miraba de un modo que te hacía pensar en darle todo lo que llevabas encima, dinero, ropa, teléfonos, ofrecerle hospedaje, bebida, alimentos, todo con tal que no fuese a rajarse las venas en cuanto dejases de mirarla. En ocasiones sonreía y era, como ya dije, casi bello. Esas sonrisas eran estrellas en el negro cielo de altamar. Había que seguirlas, buscarlas todas. Eso es lo que deseaba: sacarle sonrisas a Charly. ¿Por qué? Bueno, antes de acercarme a ella y de beber todos esos whiskies, había bebido nueve cervezas. Probablemente Charly pensaba en mí como en un tonto, pero yo no tenía tiempo de pensar en ello ni iba a detenerme por ello. Me estoy haciendo viejo, pensé. Antes miraba a una chica y no pensaba otra cosa que acostarme con ella. Ahora pienso en ayudarlas, protegerlas, amarlas de un modo casi paternal. Pero tengo treinta años, aún puedo acostarme con ellas de buena gana y chuparles el coño sin sentirme un viejo comeniñas (incluso si lo son).

En algún momento Charly mencionó que tenía hambre. Le propuse ir a comer a un sitio de tacos en la Roma Sur. Aceptó de buena gana. Ordené la cuenta, pagué, salimos del bar, cogimos un taxi y llegamos. En el transcurso, Charly colocó su mano sobre mi pierna. Cogí su mano un par de segundos, no sé, y la separó. Pensé: no va a costarse conmigo. De cualquier modo pagué la comida. Pedimos tacos con mucha salsa y coca colas. Cuando estuvimos satisfechos le dije: ¿qué piensas hacer? ¿Hacer de qué?, respondió. Ahora mismo, ¿qué harás?, ¿a dónde irás? Me miró con su mirada, llena de súplica, Dios. ¿Quieres venir a casa?, pregunté. Frunció la boca. ¿Dónde vives?, preguntó. En Querétaro, respondí, a cuadras de aquí, podemos ir a pie. Charly asintió con la cabeza. Salimos del local y caminamos bajo la luz de una luna menguante y la luz eléctrica de los anuncios de publicidad. La luz de éstos nos daba de lleno en la cara. Carteles en para-buses, iluminando la vida nocturna de la ciudad de México, sobre Insurgentes. ¿Quién mira la luna hoy en día? La luna no ofrece las últimas novedades de Adidas.

Busqué las llaves dentro de mis pantalones. Por un momento creí que las habría perdido pero aparecieron al instante siguiente del que lo creí. Abrí el zaguán con cierta torpeza. Hice pasar a Charly delante de mí. Le indiqué cuáles escaleras tomar. Ante la puerta del apartamento, me adelanté. Abrí la puerta, esta vez con certeza. La dejé entrar antes que yo. Una vez dentro, exclamó: ¿dónde está el baño? Se lo indiqué y pasó. La escuché orinar con mucha fuerza. Cuando salió le dije: tienes un pis hermoso. ¿Cómo?, se extrañó. Nada, olvídalo, dije. Fuimos directos a la habitación.

La primera en desnudarse fue ella. Lo hizo con soltura, como si estuviese acostumbrada a desnudarse frente a hombres, o como si yo no fuese un hombre, ¿ves? Le dije: déjate los calzones, no es necesario. Alzó los hombros. Se los quitó y los colocó sobre la mesilla. Me desvestí excepto los calzones. Nos metimos a las colchas, boca arriba. Guardamos silencio. La primera en hablar fue ella. Dijo: ¿puedes prestarme algo de dinero si lo hacemos? ¿Prestarte dinero?, dije, no me jodas, si lo hacemos te lo quedas, es tuyo.

Al amanecer le di todo el dinero que había en la billetera. Charly tenía la capacidad de hacer aquello, de llevárselo todo sin que lo notaras, por tu propia voluntad.


2

Dos semanas después, en una reunión de escritores en la colonia Roma, me enteré que Charly era conocida por algunos de ellos y la consideraban así. Les conté de mi encuentro con la chica. Dijeron: ¿cuánto te sacó? Nada, respondí. Vamos, insistieron, Charly es así, ¿cuánto le diste? Me sentí estafado. Hubiese sido mucho más honesto de su parte dejarlo claro: me acuesto por dinero, ¿y qué?

      Aquella noche no le saqué el número a Charly, no tenía modo de contactarla; me dije que la olvidaría y consideraría lo que pasó entre nosotros como una aventura sexual sin importancia. La cosa con Charly había estado bien, sin embargo, no era una chica por la que uno perdiera el seso. Podían darle por culo y no me importaba.

      Pero luego, dos o tres días más adelante, la encontré en un bar de la Glorieta de los Insurgentes. Iba con un hombre. La miré y pasé de largo. Me instalé lejos de ella. En algún momento, pasados treinta minutos o así, se acercó a mi mesa y me saludó. Hola, le dije, ¿cómo va tu nuevo cliente? ¿Cuál cliente?, preguntó asombrada. Dijo que el hombre con quien venía se había ido y me solicitó permiso para sentarse conmigo. Se lo di, por supuesto. Una vez sentada, fui directo al grano: no tengo dinero, le dije, si eso te molesta demasiado… puedes irte. Venga, dijo, ¿de qué vas? De qué vas tú, exclamé, como si no supiera que te acuestas con hombres por dinero. Charly no se espantó. Dijo: bueno, te lo han contando, ¿no? Ella sabía de mis relaciones con los escritores Oscar Durán y Andrea González. Estos dos se habían cepillado a Charly por dinero en más de una ocasión.

      Charly tomó asiento y ordenó cerveza oscura. La pagó en cuanto la trajeron con un billete de cien pesos. Cuando le trajeron el cambio, lo rechazó. Dijo al mesero: ábreme cuenta, ya te iré pidiendo las cervezas. Cada cerveza costaba veinte pesos. La miré con aprobación. Dijo: disculpa, no quise hacer lo que hice la otra noche, ¿sabes? Alcé los hombros. Es igual, dije. No, no lo es, insistió Charly. ¿Por qué no lo es?, pregunté sin ánimo. No deseaba escuchar la triste historia de su vida una vez más, que va sobre las carencias afectivas en sus relaciones con hombres, etc. Lo pensó varios segundos antes de contestar: vale, no lo sé con exactitud… ¡pero te aseguro que no es igual y no volveré a comportarme así contigo, no debes pagar por… por mí…! Ya, dije, no me interesas, en todo caso. Charly se asombró. Era una chica con un atractivo muy peculiar, podía decirse que era muy bonita, aunque no lo fuera en realidad, no sé. Sonrió y dijo: así mejor, seremos amigos, ¿okey? No contesté. ¿No quieres?, preguntó realmente asustada. ¿Qué le asustaba?, ¿el rechazo? No entiendo qué clase de amistad tendríamos ni con qué sentido, dije. Charly se ofendió, lo sé. Al mismo tiempo, se tranquilizó mentalmente, suspiró y dijo: pues cómo quieras. Acto seguido, se levanto, se llevó su cerveza a otra mesa y se puso a beber sola.

      La observaba desde mi sitio, no voy a engañarlos a ustedes, con cierto celo y pocas ganas de ir con ella, de pagarle el trago, alimentarla y acostarme con ella por lo que sea que me sobrase de dinero después de hacer todo aquello. No pasaron quince minutos antes que alguien la abordara. No era el único que admiraba su belleza. Se pusieron a hablar y luego de veinte minutos se levantaron y se fueron. Sólo tomó tres cervezas de su cuenta. Yo bebí las últimas dos. Se las pedí a Sergio y aceptó dármelas porque me vio sentado con ella.


3

Durán me llamó y me invitó a una ponencia sobre poesía conceptual, en Casa Refugio, después de la cual existía la posibilidad de ir a su casa con algunos de los invitados a beber cervezas. La poesía conceptual no me interesaba en absoluto; prefería llegar directo a las cervezas en su casa. Cuando quedamos, me avisó que iría Charly. ¿Y qué?, exclamé. Pensé que debía decirlo, dijo. Es igual, dije, gracias, supongo.

      Charly llevaba el pelo más alborotado que nunca. Pasó una hora antes que alguno de los dos se acercara al otro. Le miré un par de veces antes de acercarme a ella. Cuando estuve seguro que no venía con alguien, la intercepté camino al sanitario. Le dije: bueno, tengo cien pesos, ¿lo quieres? ¡De qué vas!, exclamó. Cien pesos por una mamada, es un buen negocio, ¿no?, dije. No contestó. Dio media vuelta y me dejó plantado. Me arrepentí de haberlo dicho inmediatamente terminé de decirlo. Estaba haciendo el tonto porque no había otro camino.

      Bebí una lata de cerveza y fumé un cigarrillo antes de acercarme a Charly por segunda vez. La miré de cara al balcón. Llegué por detrás. Me sintió venir, se dio vuelta y me plantó cara. Lo siento, dije, no quise decir aquello. Es igual, dijo, no importa. Daba la impresión que había pensado detenidamente en ello, en lo que diría cuando le ofreciese disculpas; estaba muy segura que lo haría. ¿No bebes algo?, pregunté. Whisky, pero no hay, contestó con una sonrisa tímida y ojos tímidos y coquetos al mismo tiempo, dando pie a reencontramos, aceptándolo todo con el brillo de sus ojos. ¿Te apetece un whisky? Sí. Vamos.

      Compramos whisky en la esquina y regresamos a la casa de Durán. Nos instalamos en una zona oscura, sobre un sofá lóbrego de tela hirsuta y nos pusimos a beber de la botella. ¿Eres adicto al whisky?, preguntó al verme dar el primer trago y exclamar que estaba delicioso. Sí, respondí. Yo también, confesó sonriendo. Una vez más, las estrellas resplandecían para guiar el camino.

      Hablamos toda la noche. Nadie nos interrumpió. Ni siquiera Durán. Les miraba a todos hacer, bailar, charlar, beber. No eran nada ni nadie, ni me interesaba estar con ellos. ¿Para qué sales con esta gente si la repudias?, me pregunté. ¿Para qué sale Charly con esta gente, si no habla ni bebe cerveza? Repudiamos más nuestra soledad, mientras más solitarios nos declaramos. En algún momento, dije: Charly, no hay necesidad de estar aquí. ¿Cómo?, exclamó. Vamos, dije, tú y yo no necesitamos estar aquí, entre esta gente. Asintió con la cabeza. ¿A dónde quieres ir?, preguntó. Me levanté de la silla. Cogí con una mano a Charly y con la otra a la botella. Las jalé. No sé, dije, a donde sea. Sonrió y me siguió, cogida de la mano, hasta el motel más cercano.

      Dentro del cuarto nos desnudamos inmediatamente. Hicimos el amor sobre el suelo. La penetré desde atrás y antes de correrme se lo avisé y pudo abrir la boca para recibir mi semen. La besé antes que lo tragara y bebimos juntos el licor de mis pelotas. Cuando acabamos, nos recostamos en cama. Encendimos cigarrillos y dimos traguitos al whisky, con cuidado de no ahogarnos. Lo hicimos un par de veces más antes de dormir definitivamente, ahora de lado y con ella debajo de mí. En una ocasión me corrí sobre sus nalgas; en otra, sobre sus tetas. Fue un sexo bueno y vivificante.

Al amanecer, Charly no estaba. Un rayo de sol en la cara me despertó. Ya lo tenía claro. Un rayo de luz en la cara augura una relación con muchos desatinos. Un rayo de sol en la cara es un disparo directo y certero. Con qué así iba a ser, ¿no? Miré la botella de whisky sobre la cama. Un rayo de luz también la tocaba a ella. Sobre el suelo, a la sombra del buró, yacía mi billetera. Estaba vacía.  


4

¿Me odias por haberme ido con tu dinero?, preguntó. Te odiaría más si te hubieses quedado, entonces te amaría y te lo entregaría todo aunque tú no me amases. Ahora sé que no voy a amarte nunca y te lo agradezco porque eso significa que no voy a sufrir por ti. Charly dio un trago a la botella y se quedó pensando. Le acaricié un seno. Miró mi mano acariciar su seno, colocó su mano sobre la mía y dijo: mejor así, ¿no? Asentí con la cabeza. Acto seguido, le comí el coño y durante el progreso de su orgasmo lo olvidamos todo respecto a los sentimientos. Después de ello, Charly me lo hizo a mí. Mientras me lo hacía me miraba a los ojos y por más fuerte que intentase ser, veía súplica en sus ojos. Me corrí en sus ojos. Al final de esta velada, que ocurrió en un hotel de calzada de Tlalpan, metí un par de billetes (todo lo que había en mi billetera) en el bolsillo trasero de su pantalón, sin que ella se enterase.



En adelante, no puse más objeciones ni traté de impedir que la cosa se desarrollase según las reglas naturales del juego de Charly. No me enfadaba. Hacíamos el amor y le entregaba los billetes que me sobraban. A veces no era mucho, a veces era mucho más de lo que yo desearía; y en mis pláticas con Durán y González les decía: ella es así. Me importaba un pito decirlo abiertamente y hacer cuentas delante de ellos de cuánto dinero había dado a Charly desde que la conocí, y cuanto whisky en las rocas habíamos bebido y comprado, y cuantas cuentas de comida y de taxis y moteles había pagado. Mucho más de lo que me hubiese costado acostarme con prostitutas, pero se trataba de Charly y no me importaba.




viernes, 8 de agosto de 2014

Eel fin del mundo de resaca.


Sitio del autor, aquí.

Era un domingo por la noche. Me había acostado hacía solo unas horas, después de un día horrible. 

El sábado me emborraché a base de bien, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Salvar a las ballenas? En fin, pensé que a lo mejor ese día conocía a la mujer de mis sueños. No fue así, y me vi en un antro de música disco a las ocho de la mañana, rodeado de pijos y maleantes, borracho, mirando a mi alrededor y desplazándome entre sus cuerpos como un animal confuso.

Me encontré a dos amigos en idéntica situación. Uno de ellos también era un borracho así que no era raro encontrarlo en esos ambientes a esas horas; el otro no acostumbraba a estar por ahí, pero le había dejado la novia, tras cinco años, y ahora salía siempre y bebía hasta el amanecer. Es lo que tiene el amor cuando se va. Nos saludamos efusivamente y nos pedimos unas copas, invitaba el soltero reciente. No teníamos gran cosa que decirnos y aunque lo tuviéramos la música estaba demasiado alta así que nos quedamos ahí, apoyados contra la pared, mirando los culos y tetas que pasaban ante nosotros. Había unas cuantas chicas que no estaban nada mal, pero en el garito el índice de penes era bastante más alto y la cogorza imposibilitaba cualquier intento de realizar una danza de cortejo medianamente decente. Nuestro plumaje era lacio, nuestra conversación balbuceante.

Terminé la copa y decidí que alargar la situación por más tiempo era un absurdo, la noche había acabado, yo había perdido. Además tenía comida familiar unas horas más tarde y no quería ir de empalmada.

Dije que iba a mear y desaparecí de allí sin despedirme. Dar esquinazo era mi especialidad, era un maestro en dicho arte. 

Conseguí llegar a mi cochambrosa habitación de alquiler y me tumbé en la cama. Me dormí enseguida.
Cuatro horas después sonó el despertador. Me sorprendió gratamente no encontrarme demasiado mal. Me vestí y me eché agua en la cara justo cuando recibía una llamada de mi madre para informarme de que estaban abajo esperándome en el coche. Bajé y me monté en el asiento de atrás. Delante iban mi madre y mi hermana.

-¿Qué tal?
-Bien.
-¿Has dormido?
-Un poco.
-Pufff... cómo hueles a alcohol.
-Me tomé un par de cervezas anoche.

Salimos despedidos de allí rumbo al pueblo de mi otra hermana donde nos esperaría una sabrosa barbacoa familiar. Y así fue, tras un viaje de aproximadamente una hora con el sol cegador bañando mi resaca, toda una sudorosa y desconcertante tortura plagada de momentos bajos. 

Una vez allí, en la reunión familiar, me oculté entre las sombras. Mi cuñado se encargó de la barbacoa, le gustaba hacerlo, Prometeo le había dado el poder del fuego a él. Por mí, estupendo. Mis sobrinos pequeños corrían y gritaban. Yo empecé a darle al vino y al chorizo frito lo cual me embotó definitivamente mi maltrecho cerebro.

A medida que avanzaba la tarde noté el efecto de los excesos en mente, cuerpo y espíritu: no estaba muy hablador y mi aspecto dejaba que desear, por no hablar del aura que me envolvía. Me disculpé ante la familia aduciendo una "mala noche". 

Terminamos de comer y me tumbé en una amahaca del jardín. Conseguí pestañear un poco, la familia seguía de tertulia… y siguieron y siguieron hasta el anochecer. 
Nos despedimos unos de otros y volví a montarme en el coche con mi madre. Estaba destrozado y no me apetecía otro viaje de una hora hasta el cuartucho así que le dije si me podía quedar en su casa. Por supuesto accedió, incluso se ofreció a prepararme una sopa caliente. Benditas madres.

Tras ello, por fin vi la posibilidad de descansar un poco. Había sido un fin de semana ajetreado, con poco sueño y mucha locura, ahora podría dormir unas buenas horas tranquilamente antes de enfrentarme de nuevo a una semana de trabajo infernal en la fábrica de embutidos, con su interminable desfile de barras de chóped, una tras otra, normales y con aceitunas, hasta el fin de los tiempos. ¡Qué vida esta! ¡Qué sinsentido! ¿Cuándo acabaría todo? Nunca pensé que la respuesta iba a estar tan próxima.

Me había acostado hacía solo unas pocas horas. La cama del chalecito de mi madre era mucho más cómoda que la de mi cuartucho de alquiler así que me había dejado envolver por su comodidad a la espera de un sueño largo y reparador, pero me despertó ese extraño sonido: era como la sirena de una ambulancia pero mucho más grave y potente, era tan grave que hacía vibrar las paredes. Además sonaba por el aire, como si se moviera en el cielo. Me desperté confuso y con dolor de cabeza, no sabía bien dónde estaba. Miré a mi alrededor y caí en que era la casa de mi madre, me froté el ojo derecho.

Volví a oír ese sonido. La pared vibraba. Empecé a oír ladridos de perros por las calles, ¿que sería aquello? ¿Quién sería tan cabrón como para montar tanto escándalo a esas horas? Era como cuando pasa alguien con la música del coche exageradamente alta en mitad de la noche haciendo vibrar todo a su paso. Pero esto  no venía del asfalto sino de las alturas. Volvió a sonar.

"Me cago en todo", pensé arrojando furioso la sábana hacia atrás. Me incorporé y me rasqué el culo metiendo la mano dentro del calzoncillo. Caminé tambaleante hasta la ventana. No podía ver nada ya que había bajado la persiana. Volví a oír la extraña sirena y los ladridos de perro, la pared volvió a vibrar, levanté un poco la persiana y miré afuera: no vi nada, miré a derecha e izquierda, nada.

Y llegamos al ahora, al fin llegó el ansiado momento.

De repente suena otro zumbido y lo veo. Dos extraños objetos pasan volando por encima de la casa de enfrente, dos jodidos objetos cilíndricos volando por el aire, del tamaño de coches, pasan a toda velocidad y desaparecen. No puedo creerlo, ¿estaré soñando? ¿Estaré pedo? Subo por completo la cortina y abro la ventana, los ruidos aumentan, muchos más ladridos de perro, se empiezan a oír gritos humanos, oigo un ruido de cristales rotos.

Entonces vuelven a pasar delante de mí los objetos a toda velocidad. Me caigo de culo debido a la impresión. No puede ser, esto no es real, no es real, no sé cómo reaccionar, estoy ahí, sentado en el suelo en calzoncillos. Los ruidos aumentan a un ritmo vertiginoso: gritos, cosas que se rompen. "Por fin ha pasado, me he vuelto loco, eso es, abusé demasiado de las putas drogas, todo ese LSD hace años, me lo dijeron y no quise creerlo, pero ahí está, he perdido por completo la cabeza, mi cordura se fue por el desagüe, en realidad estoy tumbado en un hospital y todo esto es producto de mi mente enferma". Los objetos volantes pasan por entre las casas. No los veo porque sigo sentado en el suelo pero su haz de luz ilumina cada poco la habitación y los zumbidos me rodean. En ese momento se abre la puerta de la habitación. Es mi madre, en pijama y con la cara descompuesta.

-¡¡¡Dios mío, ¿qué está pasando?!!!
-No lo sé.
-¡¡Nos atacan!!
-No mamá, esto no es real, estoy loco.
-¡¡Nos atacan!!

Oigo un estruendo tremendo y noto un temblor. Me incorporo y miro la ventana frente a mí: el edificio de enfrente se está derrumbando, como en una demolición controlada, simplemente se derrumba, estaba ahí y en un par de segundos ya no está ahí. La enorme nube de humo entra en la habitación, nos rodea, ya no se ve nada, tosemos, noto la mano de mi madre apretándome el brazo, clavándome las uñas; para ser una alucinación el dolor es terriblemente real.

Agarro a mi madre y la saco de la habitación, cierro la puerta tras de mí, intento pensar, reaccionar, mi madre grita.

-¡¡¡Dios santo, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos?!!!!
- ...
-¡¡¡¿Qué vamos a hacer?!!!
-¡¡¡Calla, coño!!!

Mi madre empieza a lloriquear. Trato de calmarla, aunque yo tampoco estoy calmado.

-Tranquila, vamos al garaje.
-No, al garaje no.
-Hazme caso, vamos al garaje.

Bajamos corriendo las escaleras entre el humo, yo en calzoncillos y mi madre en pijama. Nosotros, la humanidad, abro la puerta del garaje y la meto de un empujón, ella grita histérica.

-¡¡¡Los animales, los animales!!!
-¡¡¿Qué?!!
-Coge a los animales.
-¡¡Mierda!!

Voy al salón y miro alrededor: ha habido suerte, veo al gato escondido debajo del sofá. Me acerco a él y me bufa. Lo agarro de una pata y lo arrastro hacia afuera. Él se aferra a mí, clavándome las uñas en la cara y el pecho; el dolor es real, muy real.

-¡¡Maldito hijo de puta peludo, intento salvarte la vida cabrón!!

Al llegar al garaje me lo arranco de la piel y lo arrojo. Corre a esconderse tras la despensa. Yo sangro, mi madre grita, las paredes vibran, se escuchan gritos humanos en el exterior: cosas que se rompen, extraños zumbidos, el suelo tiembla. Podemos escuchar todo eso tras las paredes pero no vemos nada de lo que está sucediendo, es una pesadilla.

-¡¡¡El perro, el perro!!!
-¡¡Mierda!!
-¡¡¡El perro, el perro!!!
-Vale, no te muevas de aquí.

Vuelvo al salón y llamo al perro. No contesta. Salgo a la entrada y veo, el espectáculo es sobrecogedor. Varios objetos voladores pasan rápidamente por el aire sobre los chalets y edificios, la gente corre despavorida gritando histéricamente, hay humo por todas partes, los perros ladran, las alarmas de los coches saltan, un vecino pasa corriendo por detrás de la verja de entrada, nuestras miradas se cruzan por un segundo, veo el pánico en su rostro antes de perderse calle abajo entre el humo. Los cilindros zumban a mi alrededor, estoy alucinado, estoy dentro de una jodida película de serie B, no es posible, ¿dónde coño está el ejercito? ¿Por qué nadie nos ha avisado de nada? ¿Y dónde coño se ha metido el puñetero perro?
Vuelvo dentro de casa, al entrar tropiezo contra un escalón y me jodo el dedo gordo del pie derecho. Voy a la cocina, abro un cajón. Ahí está, el cuchillo de cortar el jamón, largo y afilado. Lo cojo, también otros dos de cortar embutido, bastante grandes y amenazadores. Pienso en Estados Unidos, siempre me quejo de ellos, pero si estuviera ahí tendría una puta recortada y no estos utensilios de cocina, por afilados que estén.

Vuelvo cojeando al garaje, mi madre está acurrucada en una esquina temblando.

-¿Dónde está el perro?
-No lo sé mamá, seguramente se ha largado.
-¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé, de momento toma ésto. - Le alcanzo uno de los cuchillos del embutido.
-¿Quiénes son? ¿Los árabes?
-No mamá, no lo creo.

Echo llave a la puerta y me encierro en el garaje junto a mi madre y el gato, enciendo la luz y busco algo que ponerme encima, miro entre la ropa sucia. Encuentro un pantalón azul del trabajo y una camiseta blanca con manchas de chorizo, también me pongo unas viejas botas de seguridad de las de la fábrica. Fuera siguen los ruidos, me pregunto que estará pasando, oigo un estruendo en la puerta de la calle, alguien ha entrado en casa, mi madre también lo ha oído, nos miramos aterrados.

Alguien golpea la puerta del garaje, no contestamos, de repente por debajo de la puerta empiezan a introducirse unos tentáculos de color verde, deslizándose, palpando el suelo, mi madre y yo estamos petrificados. El único que reacciona es el gato que empieza a bufar y se abalanza contra uno de los tentáculos arañándolo repetidamente, con movimientos rápidos y precisos, como de boxeador.
-¡¡¡No tizón, fuera, fuera!!! -Grito, empujando al gato con el pie.
-¡¡¡Dios mío, ¿qué es eso?!!! -Grita mi madre.
-Schhh, calla, no hagas ruido.

Pero me doy cuenta de que es inútil, ya saben que estamos ahí. El tentáculo se agarra con fuerza y arranca un pequeño trozo de puerta, luego otro, el agujero es de alrededor de un metro. Veo tentáculos moviéndose.

Entonces oigo al perro, está tras la puerta gruñendo, se abalanza contra el extraño ser, gruñe e intenta morder los tentáculos.

El gato emite un bufido, se eriza aumentando su tamaño al doble y sale corriendo por el agujero atacando también al enemigo.

Entonces pienso en ello: esos cabrones peludos que no levantan ni medio metro del suelo tienen unos huevos muchísimo más grandes que los míos. Miro a mi madre, me acerco y la beso en la mejilla.

-Pase lo que pase no salgas.
-¡¡¡¿Dónde vas?!!!
-Te quiero.
-¡¡¡No me dejes sola aquí!!!

Agarro fuertemente con una mano el cuchillo jamonero y con la otra el del embutido. También me armo con un martillo que veo en el suelo. Me acerco a la puerta. Abro.

Ahora los veo: tres seres de aproximadamente un metro y medio, dos verdes y uno violeta, de enorme cabeza y varios tentáculos a modo de pies. La mejor forma de describirlos es como una especie de pulpos gigantes. Nos miramos. Nadie dice nada. Miro fijamente al que tengo más cerca: tiene los ojos grandes y completamente negros.
Levanto la mano y hundo el cuchillo del jamón en su cabeza, emite un sonido gutural. Su cabeza es blanda. Lo saco y hundo el cuchillo del embutido. Me abalanzo sobre los otros dos. Uno retrocede, de un certero mandoble le arranco media cabeza que vuela por el salón y aterriza sobre el sofá. Voy a por el otro. Emite un chillido agudo según me ve llegar. Está asustado. Yo no, estoy fuera de mí, estoy loco, soy un psicópata terrestre. Hundo el cuchillo del jamón en su ojo, remuevo, me salpica con un extraño liquido azulado y espeso, un tentáculo se enrosca alrededor de mi cuello, no me importa, con la otra mano voy cortando la cabeza del ser, hoy cenaremos pulpo.

Solo ha durado unos segundos. Me los he cargado a los tres. Miro el estropicio, uno de ellos aun se convulsiona mientras el perro lo muerde.
No ha sido difícil. Pienso en ello, no me han atacado con pistolas de rayos ni con sables de luz, ni siquiera con trucos psíquicos provenientes de una inteligencia superior, ¿y si venían en son de paz? Bueno, que hubiesen enviado una carta, es como cuando ves una cucaracha enorme en tu habitación, quizás sea buena, limpian la suciedad y todo eso, pero cuando la ves de repente el primer instinto es matarla de un pisotón, quizás dentro de unas horas esté siendo juzgado por un senado intergaláctico por matar a unos inocentes embajadores, o quizás es simplemente que estos extraterrestres nos han subestimado.

Enciendo la tele del salón, paso los canales, ninguno emite nada, doy con uno que si: son imágenes de aficionado, no hay locutor, ni rótulos, solo el caos en la ciudad, llamas, objetos volantes, gente corriendo.

Abro el garaje, meto al perro dentro para que cuide de mi madre, me pongo un casco de obra que veo por allí y arrastro un mueble para ponerlo delante de la puerta. Le digo a mi madre que no se preocupe, que tengo que salir a ver qué pasa, que no tardaré.
En la calle se siguen oyendo gritos humanos. Me miro al espejo, la verdad es que no tengo el aspecto de un soldado salvador de la humanidad, más bien parezco un peón de albañil psicópata.


Sigo mirándome al espejo. Hoy me he librado de la fábrica de embutidos, esbozo una sonrisa, "puede que esto esté bien", y salgo al exterior.





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