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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 28 de junio de 2015

Dios santo.


Eran las doce del día cuando recibí la llamada. Era Germán. Ni siquiera dijo hola. P., Eva se ha ido, fue lo primero que dijo. Eva era su mujer. Ya, dije. Sí, como lo oíste, se ha marchado. No sé a dónde demonios. Reñimos anoche y cuando desperté no estaba. Dios, exclamé. Ya sabes, siguió Germán, suelo emborracharme y dormir como un jodido oso, y… Sí, entiendo, contesté. En fin. No sé qué hacer. Estoy desesperado. ¿Hace cuánto que se fue? No sé, quizá desde las diez o nueve u once, no tengo idea. Quizá desde la madrugada. De verdad, no sé qué hacer. ¿Se ha ido antes?, pregunté. No, nunca, es la primera vez en tres años. Siempre hay una primera vez, le consolé, quizá vuelva. No volverá, sentenció. ¿Cómo sabes?, pregunté. Lo sé, P., no sé cómo, pero lo sé. Sí, dije, esas cosas pueden saberse. He pensado en ir con su madre y rogarle que me ayude a encontrarla y a pedirle que vuelva conmigo. Encendí un cigarrillo. Tras la primera bocanada, contesté: mala idea, compadre, pésima idea. Nunca confíes en la madre de tu mujer. Nada personal. Sencillamente es su madre, estará de su lado, no del tuyo, hombre. Sería capaz de negarla aunque estuviese al lado suyo. Sí, sí, exclamó Germán, he pesando en ello. Di una chupada al cigarrillo y expulsé el humo. ¿Estás fumando, P.?  Sí. Jua, ojalá yo pudiera fumar. No puedo fumar, ¿sabes? Estoy muy nervioso, compadre; ojalá yo pudiera estarme por ahí echado en algún lugar de casa, fumando y todo eso, mientras Eva toma la ducha o prepara huevos. Ojalá no estuviera haciendo esta llamada. Ya, dije. Oye…. ¿Sí? ¿Puedo pasarme por tu casa? Necesito hablar con alguien. En serio. Lo necesito de verdad, P. Ya, dije. ¿Puedo? Sí, hombre, puedes. Pero… una cosa, Germán. ¿Qué? No llegues antes de media hora. ¿No?, ¿por qué? Quiero cagar y masturbarme antes. ¡Dios!, exclamó. Lo sé, viejo, pero lo hago cada mañana, así que… Okey, okey, dijo y colgó.

    A los veinte minutos llamaron a la puerta. Era Germán. Lo siento, P., lo siento, pero no pude esperar más. ¿Sabes? Llamé desde la esquina de tu casa. Sabía que no te negarías, aunque no contaba con… No hay problema, respondí, todo ha salido bien. Qué bueno, dijo. En fin. Compré esto antes de tocar, dijo y alzó una bolsa que tenía en la mano. Era una botella de whisky y cigarrillos. Bien, dije. Fui a la cocina por un par de vasos y un cenicero.

Nos instalamos en el comedor. Ante la mesa. Serví los vasos. Germán lucía verdaderamente nervioso. Llevaba las agujetas desanudadas, el pelo despeinado y parecía que había llorado. ¿Has llorado?, pregunté. No, dijo tímidamente. Bueno, sí, un poco, confesó. Caray, hombre, vamos a ver… ¿por qué riñeron? Lo de siempre, P. Me emborraché por la tarde y me reclamó llegar ebrio. Le insulté un poco, Dios, pero nada para que se largase, creo yo. ¿Lo haces con frecuencia?, interrogué. ¡P., soy Germán, me conoces, bebo con frecuencia, bebo contigo las más de las veces. Soy alcohólico, lo mismo que tú. ¿Qué clase de pregunta es esa? Quise decir, ¿la insultas con frecuencia? Ah, eso, no. No sé. Quizá. Con más frecuencia de la que quisiera, sí. ¡Pero, joder, me hace enojar! ¡Siempre reclamando que beba! Ella hace cosas peores, ¿sabes? Encendí un cigarrillo. Germán encendió uno también y siguió: sale con Durán. ¡Cree que no lo sé, pero lo sé! ¿Puedes creerlo? ¡Con ese poetrasto de mierda! ¿A qué te refieres con que sale con Durán?, ¿se acuesta con él? Dios, no lo sé; pero sale con él. Se citan y comen y hablan, no sé. Nunca he tenido valor para preguntárselo. Creo que soy demasiado débil para afrontar la verdad. A veces me dan ganas de largarla. Bueno, dije, el trabajo está hecho. Se ha ido. No te burles, contestó, hablo sinceramente. A veces me entran unas condenadas ganas de largarla, pero no tengo huevos. Sé que le rogaría volver al día siguiente. Entiendo, dije. Guarda un poema de Durán entre sus cosas. Se lo dedicó. Es un poema erótico. Cuando lo descubrí me decidí a dejarla. Pero no pude, P. No puedo. Di un sorbo al whisky. ¿Le has escrito un poema tú a ella? Sí. No. Al principió le dedicaba poemas todo el tiempo. Luego dejé de hacerlo. Ya, dije. ¡Ahora mismo podría escribirle cuatrocientos versos! Hazlo, alcé los hombros. Bueno, no ahora. Ahora no sé qué hacer. No sé a dónde haya podido ir. ¡Ya sé!, exclamó, llama a Durán, es posible que esté con él. Anda, P., hazme ese favor. Llama a Durán e interrógalo. Quizá haya hablado con él de nuestro asunto. Son íntimos. No sé, respondí, no creo que sea buena idea. No estoy en buenos términos con Durán. Insulté uno de sus poemas en un texto mío. Da igual, insistió Germán, sólo marca y pregunta qué hace o con quién está. No. Anda, P. No. Hazlo por un amigo, Dios, anda.

Me levanté a coger el teléfono. Maqué. ¿Sí?, ¿Durán? Hola, viejo, ¿qué tal? Habla P. Sí, hola. ¿Qué hay? Ya. Iré al grano, amigo... ¡No, no, no!, me susurró Germán. No le cuentes de lo nuestro, susurró. ¿Qué haces y con quién estás? Di una chupada al cigarrillo. No es que importe, hombre, sólo quiero saber si estás libre. Iré a beber con C. y O. y quizá… Entiendo. Muy bien. No pasa algo, amigo, todo bien. Sí. Okey. Adiós. ¿Y bien?, preguntó Germán, whisky en mano. Dio un sorbito. Alzó los ojos. Casi podría jurar que rezó. Nada, está solo, en casa, no quiso verme.

Germán suspiró. Inmediatamente, dijo: ¿podrías llamar a la madre de Eva? Dios, no, exclamé. Anda. No, hombre, no. Por favor, P. Hazlo por… No. Si lo haces haré cualquier cosa por ti. No. Cualquier cosa, P. Lo pensé un par de segundos. Okey, dije, dame tu libro de Espinoza. ¡Oh! Lo miré directo a los ojos. Está bien, dijo, está bien, maldito cabrón; no lo traigo ahora, pero cuenta con él. Cogí el teléfono. Dame el número, dije. Sí, es…. ¿Hola? Habla P. Un amigo de Eva, señora. Quisiera saber si puede comunicarme con ella, por favor. Entiendo. Gracias. Adiós. Bueno, dije, no está con su madre. Germán metió la cabeza entre los brazos. Pensé que se pondría a llorar. Nada de lloriquear, Germán, no soporto ver a la gente llorar, me enferma.

Bebimos toda la botella. En algún momento dejamos de hablar de Eva y hablamos de la poesía de Durán y de la poesía de O. y de las posibilidades de revolucionar el lenguaje y del expresionismo alemán y de los escritores contemporáneos y del atomismo. Luego, Germán dijo que era hora de irse. Se iría a casa. Lo acompañé a la puerta y le palmeé la espalda. Le aconsejé anudarse las agujetas. Alzó los hombros. Lo vi irse con el paso lento de un borracho deprimido. Di gracias a Dios. Regresé a mi habitación y me masturbé con videos pornográficos. En algún momento pensé en Eva. No  estaba nada mal la tal Eva.


2


P., ¿estás ahí? Dios santo, qué pregunta, claro que estás ahí. Soy Eva. Ya, dije por el auricular. Eran las ocho de la noche. ¿Sales esta noche? No. Excelente, mira, sé que no somos muy amigos ni nada de eso, pero… tengo un problema, ¿sabes? La escuché encender un cigarrillo, dar una calada y exhalar. ¿Podría verte para hablar? Me rasqué la entrepierna. Ya, dije, solo si vienes a mi casa, no pienso mover el culo del sofá. Está bien, P., muchas gracias. Dale, Eva. Oye… ¿Podrías…. darme tu dirección? Sí, es… ¡Espera!, iré por papel y pluma. Esperé. Listo, ahora sí, ¿cuál es?

   Pensé que no vendrías, dije cuando llamaron a la puerta y abrí y era Eva. Tardó casi dos horas. Lo siento, dijo, si quieres descansar, está bien. No, pasa. No hay problema. Sólo pensé que no vendrías. Pasó despacio. Miró todo alrededor. Miró los libros sobre los libreros. ¡Santo Dios, has leído todo esos libros!, exclamó. No, dije, los compro y los coloco ahí por manía. No contestó. Es broma, apunté, los he leído. Sonrió. Sí, dijo, perdón, no comprendí. Anda, siéntate. Le acomodé una silla ante la mesa. Gracias, dijo, y me sonrió. Fui a la cocina por un par de vasos. Los coloqué sobre la mesa. Fui al cuarto por una botella de whisky. Serví. Eva me miró extrañada. Es whisky, dije. Lo miró con repulsión. Santo Dios, exclamé imitándola, es whisky, no veneno. Anda, bebe. Cogió el vaso. Cogí el mío. Chocamos los vasos. Di un trago largo. Ella se pegó apenas el vaso a los labios e hizo muecas. ¿Y bien?, dije mientras encendía un cigarrillo.

    Eva se pegó otro traguito. Esta vez la mueca fue aún peor. No sé cómo pueden beber esto, Santo Dios. De algún modo es mejor que beber coca cola, dije. No contestó. Parecía deprimida o triste o angustiada o algo. Mira, comenzó, sé que no somos amigos, P., ni nada de eso, pero tú eres amigo de Germán y por ello he venido aquí. Ya, dije mientras daba una chupada al cigarrillo. La ceniza se acumuló. Me levanté por un cenicero. Sigue, sigue, te escucho, grité desde la cocina. Pero no habló hasta que estuve de regreso. Tuve un pleito con Germán. Ya, dije, ¿qué pasó? Bueno, titubeó, no es el primero que tenemos. Tenemos uno casi cada dos días, Santo Dios. Tú lo conoces, él es… alcohólico. ¡En serio!, exclamé, ¿Germán es alcohólico? No lo sabía. Me miró con saña. Lo sabes, P., bebe contigo y con C. y O. y todos ellos. Sí, dije, lo sé, pero no sabía que a eso se le llamase ser alcohólico. En ese caso, C. y O, y yo y todos lo somos también. Y te voy a decir una cosa, Eva: yo NO soy alcohólico. Todos ustedes LO SON, dijo, pero eso no es cosa mía, pueden beberse el mundo si quieren. Ya, dije. Pero no pienso soportarlo más. No de Germán. Entiendo, dije. Voy a dejarlo, sentenció mientras se pegaba un trago (muecas). ¡Ahhh!, ¡qué mal sabor!  El comentario me ofendió. Me levanté de un salto y corrí a la cocina. Traje una lata de cerveza Tecate. Ten, le dije, bebe esto, no soporto tu actitud; deja el whisky para mí. Destapé la lata y se la puse cerca. La cogió y bebió un trago. Hizo muecas. Esto sabe casi tan mal como meados de perro. No sé, Eva, dije, no he probado los meados de perro. De verdad estaba dándome en los huevos. No soporto a la gente que repudia al alcohol. Mira, dijo, no quiero beber, ¿vale? Ya, dije. Es igual, sólo no trates el alcohol como a tu culo, ¿quieres? ¡Santo Dios!, gritó, qué manera de hablar, P., eres casi tan barbaján como Germán. Y también tienes esa maldita manera de justificar el pedo. ¿El pedo?, no sabía que las muchachas bonitas como tú hablasen de ese modo; es el modo de Germán, ¿no? Se sonrojó. Cruzó la pierna. Calzaba sandalias. Miré sus pies. Eran unos pies blancos muy excitantes, joder. Llevaba falda blanca y blusa melón. Muy fresca. Muy, muy fresca, no sé.

    Mira, dijo cuando recuperó los ánimos, voy a dejar a Germán, ¿okey? ¿Y a mí qué?, pregunté. De eso quiero hablar, P., sé que no somos muy amigos ni nada de… Deja de decirlo, Eva, interrumpí, creo que es muy claro que no somos amigos; también es claro por qué. Cogió la cerveza y bebió un largo trago. Algo de cerveza se escurrió por las comisuras de sus labios. ¡Bahhhh!, exclamó. Se secó la boca con el brazo, un delgado y fresco brazo blanco y largo y bello. Cualquier puede emborracharse, dijo, no entiendo por qué hacen tanto alarde de ello, como si fueran héroes por llegar pedos a sus casas a insultar a sus mujeres y a escribir todas esas porquerías que escriben y a evitar el trabajo cada que pueden y todo eso. Di una calada al cigarrillo. Sí, dije, cualquiera puede emborracharse. Exhalé. También cualquiera puede ser una mojigata de mier… Me detuve. Su rostro se contrajo. Pensé que lloraría o enloquecería o se largaría o me pegaría o algo. Pero no. Lo que hizo fue lo siguiente: cogió el vaso de whisky que le había servido y se lo bebió de un trago. Acto seguido, cogió la lata de Tecate y comenzó a beberla de un gran sorbo. Me levanté y le arrebaté la lata. Cuando lo hice, estaba casi vacía. No tienes que demostrar nada, Eva, en serio. Si no bebes es asunto tuyo, pero, Santo Dios (imitación de Eva), deja de joder a los bebedores. Yo no voy a tu casa a quejarme de tus costumbres, ¿o sí? ¡Yo no llego acelerado a insultar a alguien!, ¿o sí?, contestó. Vale, dije. Me levanté y le sobé el hombro. Vale, está bien, Eva, no hay que acalorarnos por nada, tienes razón, Eva, no hay motivos para insultar a alguien. Si Germán lo haces es un hijo de puta, y punto, pero no te metas con los demás. No lo hago, dijo. Vale, contesté. Tomó mi mano, que descansaba sobre su hombro y se estuvo así unos segundos. Incluso acarició mi mano. Me senté de nuevo cuando la cosa fue obvia. Se sonrojó.

    Bebió el último sorbo de Tecate y cogió la botella y se sirvió en el vaso un whisky doble. ¿Quieres hielos?, pregunté. Na, dijo, así está bien. Cualquiera puede beber. Sí, sí, respondí, eso ya lo hablaste. Mira, P., reanudó el tema de Germán., voy a dejarlo, ¿okey? Sí, sí, dije, ya lo sé. Bueno, el punto es… quiero que lo sepas. Necesito pedirte un favor. Ya, dije. Conozco a Germán, Santo Dios, no va a tomarlo nada bien. ¿Aún no lo sabe?, pregunté. Alzó los hombros, debe sospecharlo, dijo, le abandoné hoy por la mañana. Ya, dije. Pero esta vez voy a dejarlo definitivamente, y… necesito que le cuides, P. ¿Cómo?, pregunté. Sí, dijo, le conozco demasiado bien y el muy hombre es capaz de cometer alguna estupidez. O varias, completó. No quiero que cometa una estupidez, ¿me entiendes? Ya, dije, ¿crees que se quitará la vida? ¡Santo Dios, no!, gritó, no creo. Lo pensó un segundo. No, no creo, no, eso no…. pero… quizá se vuelva loco y beba más de la cuenta y se meta en pleitos en bares o busque a mi madre y la incomode, ¿ves?, o quizá llore durante tres meses en la mesa de los bares a los que tanto le gusta ir, o acabe acostándose con una mujer que le pegue el sida, no sé; esas cosas que hacen los hombres cuando sus mujeres les abandona. Ya, dije, no te des tanta importancia, quizá no haga algo, quizá sigua bebiendo con nosotros y se olvide de ti y conozca a una buena chica y fin del cuento. Eva hizo una mueca. Alcánzame un cigarrillo, ¿sí? Le alcancé la cajetilla de cigarrillos. Cogió uno. Le alcancé el encendedor. Lo encendió y dio una chupada. Expulsó el humo en una delgada y prolongada y suave línea blanca y horizontal, torciendo los labios.

Serví whisky en mi vaso y di un trago. Tienes unos pies muy bonitos, ¿sabes?, dije en tono calmo, como quitando importancia a la cosa. Sonrió. Gracias, dijo y movió los dedos de los pies. Luego rió y comentó: nunca me han gustado del todo mis pies, en serio. Juntó las piernas y las estiró para que yo pudiese apreciarlos. A mí me gustan, dije. Son finos y estéticos. ¡Estéticos!, exclamó, ustedes siempre con sus palabras, ¡estéticos!, Santo Dios, si tengo un dedo más grande que el otro. Aquí, se dobló para tocarse el dedo del pie. ¿Ves? Toqué el dedo de su pie suavemente. No sé, dije, ¿quién dijo que un dedo más largo no es estético? Es lo que llaman pie griego. Se carcajeó. ¡Pie griego, Santo Dios! No paraba de reír. Dio un trago y luego una calada.

Regresó los pies a debajo de la mesa y dijo: ¿sabes, P.?, después de todo eres muy divertido. ¿Divertido? Sí, dijo riendo, tu modo de andar y de hacer sarcasmos y de proteger el alcohol y de decir que mis pies son… bonitos. Ya, dije. ¿Sabes?, siguió, esta cosa no está tan mal después de unos cuantos tragos. Alzó el vaso con whisky y lo puso frente a la luz y lo miró. Tiene un color que me recuerda a mi madre, no sé, a sus cabellos, ¿sabes? No te lo tomes muy en serio, dije, así se empieza a beber: un día descubres que el color del whisky te recuerda a tu madre y luego… Río. ¿A ti te recuerda algo el color del whisky?, preguntó con una sonrisa. No, contesté. ¿Entonces, por qué bebes? Suspiré. Bebo porque no soporto la vida. Santo Dios, exclamó, ¿por qué? Bueno, dije, por qué de algún modo no estoy hecho para vivir; es como si todo me costase más, no sé, trabajar, encajar, hacer vida social, el matrimonio, conducir en el tráfico, todo. Entiendo, dijo Eva muy calmadamente. Me ocurre algo parecido, continuó, soy… soy… rió. Soy un manojo de nervios, P. Todo en la vida me angustia demasiado. Temo dejar Germán, por ejemplo, aunque llevo casi siete meses desando dejarle. Me preocupa lo que pueda pasarle y antepongo la fecha definitiva en sacrificio a él. Pero ya no puedo más, P. Comprendo, dije.

Eva bebió un gran sorbo. Se levantó y se acercó a mí. Casi se cae cuando lo hizo. Me cogió por los hombros. Acercó su boca a mi oído y susurró: P., ¿dónde está el baño? Me levanté. La cogí de las manos. De ambas. La llevé despacio al baño. Todo tuyo, dije cuando abrí la puerta. Entró. Cerró la puerta. Me quedé ahí, detrás de la puerta. La escuché bajarse los calzones y orinar. La escuché eructar. La escuché tirarse un pedo. La escuche levantarse con dificultad y jalar la palanca. La escuché azotar la tapa del escusado. La escuché ir al lavabo y abrir las llaves y lavarse las manos. La escuché acercarse a la puerta y me alejé de prisa. ¿Estás bien?, le pregunté. Sí, dijo eructando, estoy bien. Solo un poco mareada. Quizá debas para, dije. Se fue a la mesa. No, dijo, está bien, cualquiera puede emborracharse.

Bebimos casi toda la noche. Para ser novata resistió bastante. Hablamos de Germán. Me lo contó todo sobre los insultos y las violaciones y las desfachateces. Nunca pensé que Germán pudiese ser tan hijo de puta. En una ocasión llegó pedísimo y le gritó que ella era una puta de mierda y se le fue encima y le rompió los calzones y se dispuso a cogerla por culo. Casi lo logra. Metió una parte, dijo Eva casi llorando. Luego la pegó en la cara con la mano abierta. Eva lloró. Germán se echó sobre la cama a dormir pero como Eva lloraba la pateó en el abdomen y la echó del cuarto. De verdad no podía creerlo ni justificarlo.

En algún momento más calmo, le pregunté a Eva por Durán. Eva se encontraba en un estado de confesión irremediable. Santo Dios, dijo, Durán es un amigo mío, es todo. Indague sin decirle que Germán estuvo por la mañana y me contó sobre un poema, pero  sin miedo a declararlo si preguntaba. No preguntó. Estaba ebria. No dedujo que yo no podía saber de ello. Es un poema que dedicó a su ex mujer, dijo, me lo regaló a mí porque lo leí y me gustó. La mujer de Durán se lo regresó cuando terminó con él. Ya, dije.

Eva casi se caía de sueño. Eran las cuatro de la mañana. Yo también me caía de sueño y de borracho. Le dije: Eva, creo que es mejor que te vayas. Eva asintió con la cabeza. Se levantó como pudo y se encaminó a la puerta. A penas podía sostenerse en pie. Antes de que llegase a la puerta la cogí. Cayó en mis brazos. A arrastras la llevé al cuarto y la recosté sobre la cama. Le quité las sandalias casi con religiosidad. Le aflojé la falda y la desfajé. La cubrí con una sábana limpia que saqué de la cómoda. Le planté un beso en los labios y le susurré: descansa, Eva.

Salí del cuarto y me recosté sobre el sofá.


3


Ya, ¿bueno? Eran las dos de la tarde. Eva aún dormía y yo lo seguiría haciendo de no ser por la llamada. Germán no me saludó. Fue al grano. Dijo: P., creo saber dónde está Eva. Ya, contesté. Sí, dijo, se ha ido a Guanajuato, con un tío suyo. Okeeeyyy, dije bostezando. Iré por ella, P., la amo y voy a recuperarla. Muy bien, Germán, qué bueno. Necesito que prestes mil pesos para hacer el viaje. ¡Cómo!, exclamé. Anda, P., necesito el dinero para ir por Eva. No, lo siento, no lo tengo, Germán.

   Y dejé que Germán se largara a Guanajuato sin dinero y sin posibilidad de recuperar a Eva.





viernes, 26 de junio de 2015

Viviendo a pelo.


Cae la lluvia. Lluvia fina entre el espesor de una neblina de cruel resplandor de la que se le supone sol y calor por encima de ella, pero tan sólo unos reflejos la penetran e iluminan. Tímidamente. Estarán allí unos minutos, tal vez ni eso estarán. La ría a un lado de todo pero en el centro de aquel meandro del mundo lo demás orbita en torno a ella. ¿Y qué es lo demás? No lo sé. Su humedad, su salitre marino perfora con sádica lentitud: las casas, la tierra, los sembrados y los cuerpos. Todo allí tiene ese aspecto debido al protagonismo de la ría. El salitre no perdona. La humedad tampoco. Amanece desde la penumbra y la niebla y hace que el día entero sean claroscuros. La soledad se encarga del resto. Amaneceres debajo de los soportales de la plaza del Ayuntamiento, penumbra en un puerto venido a menos que ha perdido su condición de puerto, que casi ya no es puerto,  que ya no pasa de embarcadero. Penumbra en las calles empedradas por donde no se ve a nadie porque no hay nadie, por donde ningún parroquiano o lugareño pasean: están escondidos de su triste destino en sus casas de paredes de yeso resquebrajado, casas que han perdido su primera capa de pintura y que, con el paso del tiempo perderán la segunda y todo lo que les quede: hasta el esqueleto de ladrillo. Despacio, van mostrando el cemento de sus muros. Ciudad encadenada a su decadencia, que alguna vez fue próspera y en donde la gente ahora se queda para morir porque si no se va, escapa, desaparece en cuanto tiene la menor oportunidad, la menor ocasión por suicida que parezca porque, quedarse es una larga y tortuosa muerte, un mirar como el final del calendario llega. Sin embargo yo fui. Fui voluntariamente sin preguntarme si me quedaría o si me iría. Simplemente fui. Paseaba por las calles de fantasmagoría con la cortinilla de lluvia rodándome por la frente, las cejas, la nariz, los pómulos. Dejaba la ría y los pesqueros a mi derecha cuando iba y dejaba pasar el tiempo para que aparecieses cuando ya volvía por la ría, dejándola a mi izquierda mientras te esperaba, perseguía al destino sin saber lo que era, con las orejas rojas y la nariz vasodilatada por el vapor que salía de mi boca como el humo de las chimeneas de los astilleros y las fábricas moribundas de los alrededores. Contaminación. Crucé el mar y dejé atrás los sueños de antaño y nunca tuve dirección allí porque me esforcé por no recordarla nunca y lo que acabas no recordando ha dejado de existir. Conocía mejor el camino que llevaba a tu casa que el que llevaba a la mía y de pronto aparecías con tu andar contorneante y con movimientos de tornillo entrando en su agujero, fragmentos a su imán, con la cara desencajada por una discusión sobrevenida, por el miedo y por las miserias que te asediaban, que te habían asediado siempre y por eso huiste, y todo por estar conmigo o con alguien como yo. No me importaba por mí pero sufría por ti. Después me hablabas de la ría y del movimiento de las mareas, de cómo aquello había llegado a ser ría y tu historia en aquel lugar y de tu relación con aquel lugar, una relación inexistente cuando conseguías olvidarte de ella pero asfixiante cuando sentías que pertenecías a aquel lugar. Tú también habías vuelto de alguna parte y habías vuelto para quedarte en aquel cautiverio después de haber estado en todas las puntas del planeta. Como yo. Tú volviste desde alguna parte. Yo fui a aquel lugar de destierro a esconderme, sin que nadie me obligase, sin que nadie me lo pidiese y no fue un lugar afortunado finalmente pero sin embargo volví a sentir mi pecho lleno de sangre y de emociones, a mi corazón latir con desenfreno después de tanto tiempo viviendo en la caverna a la luz de los pequeños farolillos. Tal vez fue aquello lo que nos unió y unirnos lo que nos salvó, al menos durante el tiempo que duró. Las verdades durante aquellos días eran tan relativas, eran tan vaporosas que casi no eran verdades… pero nos ilusionaban tanto mientras tratábamos de creer en ellas o esperábamos a que llegasen las siguientes debajo de una farola cuya luz atraía mosquitos de divertido revolotear.

     Nos llamábamos por el apellido. Incluso al despertarnos desnudos sobre tu cama nos llamábamos por el apellido. O comiendo panecillos con paté de olivas negras y bebiendo Lambrusco o una botella de sidra debajo de un árbol tan frondoso que ni la lluvia traspasaba sus hojas. Unos gitanos cantaban y bailaban flamenco y aquello era algo tan extraño y sobrenatural allí que su música nos trasladaba, nos embriagaba y nos hacía recorrer nuestro calendario pasado y futuro. Música de gitanos. Música tocada con tan sólo una guitarra, con palmas y el acompañamiento de una voz herrumbrosa de incomprensible pronunciación. No los veíamos. Estaban en el fondo de algo, un rincón impreciso y nos quedamos en silencio averiguando si era un sueño. O tal vez los que estábamos al fondo de otro algo éramos tú y yo. Tan sólo sentíamos sus sombras pero los oíamos porque no estaban lejos y sabíamos que estaban ahí, tan próximos a nosotros. La camarera nos encendía las velas al final del atardecer: no había forma de librarse de la penumbra de una forma u otra. Más tarde nos pidieron que nos fuésemos, que iban a cerrar, que la dueña del local tenía que dar la cena a sus tres o cuatro niños. Entonces condujimos tu coche, no recuerdo si tú o yo pero sé que fue el que aseguraba no estar demasiado embriagado por esa sidra traicionera, buscábamos un lugar donde seguir tomando otra botella y patatas fritas de bolsa, un lugar donde la magia del momento perdurase y entonces encontrábamos uno en el que tú estuviste años atrás y que me querías enseñar, que había aparecido repentinamente en tu memoria y que te emocionaba enseñarme, uno en el que había una mesa justo debajo de otra farola que le daba un aire de suntuosidad a aquel bar inmundo, aquel tugurio desolador pero que a nosotros nos parecía lleno de encanto y de un ciego romanticismo. Y es que allí todo eran penumbras, de cualquier manera todo estaba en penumbra, hasta las almas estaban en penumbra, el llanto se hacía en penumbra y el sexo se hacía en la penumbra de las persianas entrecerradas que dejaban que la luz nocturna de la calle entrase y se reflejase cálidamente en nuestros cuerpos.

     Tal vez el aire que empezaba a soplar al principio de la noche había abierto claros en el cielo y entonces yo te hablaba de alguna constelación de la que no sabía demasiado pero tú me mirabas y yo inventaba y unía palabras sin mucho sentido al ritmo de mi imaginación. Me escuchabas y me mirabas con ojos de estrellas y me decías cuando te vayas yo estaré donde tú estés. Entonces yo te acariciaba el pecho y la garganta y la barbilla y tus orejas y otra vez bajaba hacia el pecho como lo hice tantas veces en tan poco tiempo en el que nos hicimos sentir tan vivos… Estaré donde tú estés… Luego aquellas palabras que en su momento parecieron promesas desaparecieron en el tiempo y sólo quedó la frustración de un recuerdo entrecerrado en la memoria. Pero la memoria, de cuando en cuando, habla todavía y aparecemos como sonámbulos que beben sidra y que disfrutan haciendo el amor en el suelo oyendo en la lejanía los graznidos de las gaviotas que resuenan a nuestro alrededor durante todo el día, que casi nunca duermen y que a cuyo sonido ya nos hemos acostumbrado. Yo estaré donde tú estés... Y ahora me digo… me digo que siento una incontrolable necesidad de verte de nuevo, de verte aparecer a lo lejos por aquel paseo marítimo por donde caminamos tantas veces mirando aquel mar que casi siempre era gris en su horizonte. Cogidos de la mano sin saber que nuestro tiempo se consumía pero sabiendo que nuestro tiempo se consumía y que queríamos aferrarnos a las palabras para detenerlo, para aferrarnos a aquella pequeña villa marítima que convertimos en nuestro paraíso desenfocado. Definitivamente vivir es algo peligroso.

     Pero ahora sé que no puedo volver. El telón que cayó el día que cogí aquel avión fue demasiado tupido, se convirtió en un dique, un muro, un grueso polder que no dejó que nuestras cosas cotidianas, nuestras noticias, pasasen de un lado a otro. Y ahora siento la necesidad de verte una vez más y de romper y terminar, aunque sólo sea por un instante, con este silencio estremecedor al que jamás pensábamos que llegaríamos. Necesitaba preguntarte si se cumplieron aquellos sueños de los que me hablaste, que me preguntases lo que leo ahora, si escribo, si sigo sufriendo mientras escribo a las cuatro de la mañana sentado desnudo en una banqueta de tu cocina, escribiendo a mano como hacía años que no hacía, que me preguntases si conseguí librarme de todo aquello que me daba tanto miedo y de saber si ya renunciaste a salir de aquel lugar que tanto odiabas, me decías… que me preguntases si terminé aquel libro que nunca empecé pero que te juré que lo haría para salir de aquella improductividad creativa en la que había estado anclado tantos años, los años en los que se despreciaba la imaginación, la fantasía y lo gris era admirado probablemente por su falta de connotaciones, por su falta de misterios. Que me preguntases si las pesadillas aún me hacían gritar y llorar por las noches. Los misterios y lo imprevisible definitivamente no eran buenos. Me dijiste que cómo fui capaz de resistir tantos años aquella aridez y que el libro que escribiese me redimiría de los años perdidos. Pero fallé. Fallé igual que lo hiciste tú y los dos traicionamos nuestras promesas.

     Siempre estaré donde tú estés…

     Expresábamos nuestra tragedia de saber que todo aquello que conseguimos pareciese que iba a convertirse en cotidiano, en una manera de vivir cuando no se trataba más que de un producto de nuestra imaginación, una ilusión de falsos equilibristas. Nunca pensamos de manera consciente que algún día tendría que coger un avión e irme y una mañana conseguimos incluso dejar de pensar en nada relacionado con la tristeza.

     Sonaba el teléfono temprano en la mañana y ya no nos ocultábamos como hicimos en un principio. Contestaba sin mirar quién podía estar llamando porque había llegado a ese punto en el que había dejado de importarme ¿Qué estabas haciendo? ¿Pecando ya a estas horas? Sí, estaba pecando. Y nada me parecía un lugar tan perfecto y hermoso para escribir que estar a tu lado. Aquel lugar, donde fuese, sería el lugar perfecto para hacerlo, sobre todo al atardecer y después de haber hecho el amor, algo que casi había olvidado hacer. Recuerdo tu encanto de bailarina en cada cosa que hacías, en cada paso que dabas a mi alrededor como si fuese una danza y yo no encontraba otra manera mejor de expresar mis miserias que escribiendo mis confesiones que tú leías sobre la cama, sobre la arena de la playa o con los ojos plegados por la embriaguez y la somnolencia.

     La primera vez que te llevé a mi casa yo no estaba seguro de nada. Aún conservaba mis sentimientos de culpabilidad. Traías contigo los últimos vestigios de una menstruación inacabada. ¿Por qué no nos lo quitamos de encima de una vez?, te había preguntado. Caminaste por mi sucia habitación de muebles prehistóricos y me preguntaste dónde estaba la ducha. Yo me había quitado la ropa y te esperaba cubierto con una sábana. Tardaste pocos minutos y volviste. Aquel paseo delante de mis ojos fue la primera vez que te vi desnuda y tu desnudez y la mía se convirtieron en lo cotidiano, en lo habitual, nos olvidamos del pudor y renunciamos a la ropa o las toallas o a cualquier cosa que nos cubriese. Te acostaste a mi lado y esperaste que yo comenzase a apoderarme de ti porque tal vez pensábamos que aquello estrecharía nuestros lazos pero yo dudé y tú no lo comprendiste. Dudé porque no estaba seguro de mis sentimientos y sentí que si seguía adelante podría hacerte daño no mucho tiempo después porque yo sabía que tenía que marcharme, que algún día no lejano me iría de allí y de tu lado. Era el laberinto que perduraba en mí vida, era mi manera de vivir, la única que conocía… Pero tú insististe. Y me apoderé de ti. Me eché encima de tu cuerpo. Poquito a poquito es como se abre los ojos y se los abrí como con un movimiento de pinza con mi pulgar y mi índice y luego el otro ojo, encima de mí, desarbolado ya por el placer, cabeza alta, perfil griego y profundo respirar como si al aire le costase ir más allá del diafragma que ha de cruzar durante su camino, esta vida está llena de sorpresas y algunas de ellas son oscuros caminos… Sabía que su vida no era mía pero tampoco era suya sino de los hados y los trasgus desde entonces algo raro y fugaz comenzó a pasar en mi vida y después la dejó como estaba. Cuando hubo sucedido ya no dudé nunca más nunca más. Hasta el día que aquel avión… obsesionado con el avión con ese puente levadizo que temía tanto que se quedase arriba decía y que no pudiese ni ir ni volver más.

     Ahora siento la angustia en mi garganta cuando veo que pasa algún día en el que no he sido capaz de escribir. Pero es la angustia, la otra angustia, la existencial, la que me inspira, es el dolor el que me inspira realmente y me consuelo escribiendo que no escribir también escribir, de alguna manera. Mi decisión fue la tristeza para poder escribir, la angustia, la destrucción… Definitivamente vivir es algo peligroso.

     Pero yo no era el hombre que tú pensabas que era. Sólo cavando tumbas comencé a sentirme libre sin darme cuenta de que la que realmente cavaba era la mía. Perdí mi fe en aquel lugar como la había perdido en cualquier otro de los que había estado a lo largo de mi vida. Perdí mi fe en las mujeres, perdí mi fe en ti como la había perdido en otras mujeres que habían pasado por mi vida y continué mi caminar extravagante que aún perdura. Sin ti y sin nadie. Por favor, pero no llores, no vayas a llorar ahora al leer todo esto que te escribo desde mi particular observatorio desvencijado. Suena un piano, suena un piano para nosotros. Recuerdo su sonido y nos recuerdo a nosotros sentados de noche en cualquier sitio y sorbiendo gintonics de azafrán. Que bellos eran tus ojos iluminados por el reflejo de las gotas de agua sobre el empedrado, suelo de piedra, calles peatonales, mano suelta, rezos a nuestra manera, urbana y abandonada. Y tumbados sobre toallas en la playa, desnudos, me preguntabas la hora y yo te contestaba las catorce y catorce con voz metálica y robotizada y tú repetías: las catorce y catorce, imposible, con la misma voy de robot que suena en los vagones del metro anunciando la próxima estación. Aquel era nuestro pequeño juego de relojes desincronizados y de horarios que nos sonaban a imposibles pero que en el fondo nos daban tan igual. Las catorce y catorce, imposible. Entonces echabas tu cuerpo sobre mí y nos matábamos de risa de aquella broma que seguimos repitiendo hasta que se consumió y dejó de hacernos reír y que, como todas las bromas acabó muriendo de cansancio. Te regalo este reloj, me dijo, te regalo este reloj no para que te acuerdes de la hora sino para que te olvides de ella.

     Fuera de nosotros está la religión, sólo rezos a tu madre, a la mía, no importa si fueron buenas o malas o si fueron santas, ladronas o prostitutas o si se confesaban o si bebían a escondidas. Rezos y plegarias. Fotos de bicicletas abandonadas y de vías de tren cuyo sendero se bifurca en algún punto. Yo no era el hombre encantador que tú querías que fuese pero lo cierto es que supiste desde el principio que no lo era y no te importó en absoluto. Sólo quisiste estar conmigo a pesar de que me acabarías escupiendo en la cara, viejos sueños, viejas pesadillas, anhelos incumplidos y besos apasionados en los patios de la iglesia, bebiendo gintonics de azafrán sin importarnos que mañana habrá que ir a trabajar temprano pero como yo ya no estaba allí, casi no estaba, como eran mis últimos días en Pompeya encontraría cualquier excusa para no ir y a nadie en el trabajo le importaría ya y yo podría esperarte en tu casa bebiendo cervezas para la resaca. Un piano sonando todavía en mi cabeza retumbante. Retumbos y jaqueca y a lo lejos las notas en un piano, un piano que tarareaba algo de Schumann en quien las notas de sus pentagramas están unidas por los silencios que a nadie pertenecen. Hoy mentiremos, mañana mentiremos y nos echaremos en tu cama a morirnos de risa, quedándonos sin aire de nuestras propias carcajadas contagiadas por nuestras propias carcajadas y de nuestras propias mentiras. Mentiras a tu madre, mentiras a la mía, mentiras porque tú y yo éramos suficientes para darle la vuelta al mundo y ponerlo patas arriba de escándalo, al menos a ese pequeño rincón del mundo. Todos sabían cuál era la diabólica diferencia pero jamás sentimos vergüenza entre aquella comunidad envilecida que nos apuntaba con el dedo puntiagudo como si fuese un dardo y utilizaban sus lenguas para nuestra crucifixión pero jamás nos disculpamos, sólo terminamos cansados y por eso el avión, por eso aquel avión. Porque juntos fue imposible la supervivencia. No sabíamos muy bien qué era lo que vendría después pero sí supimos desde el primer momento que aquello sí llegaría una mañana cualquiera, un aeropuerto, un avión, una maleta con una vida dentro... Entonces llegó el día en que, de cansancio, no nos quedó mucho para la despedida de gargantas agarrotadas y yo te llamé cuando el avión aterrizó a mil kilómetros y estuvimos hablando horas pero fue ya después del aterrizaje del avión, tú en tu rincón, yo en el mío con mi vida en la maleta, que era lo único que quedaba de mi vida. Hablamos durante horas pero la situación ya no era la misma y volviste a decírmelo, yo estaré donde tú estés pero esta vez te tembló la voz, te callaste después y guardaste silencio y me recordaste a los silencios de Schumann y ya fue imposible hacerte sonreír más. No más gintonics de azafrán, no más sexo en el suelo del salón, no más libreros viejos a los que venderle libros por toneladas, obras de arte de la literatura, Sartre, Onetti, Kafka, Nabokov, todos, y tú a mi lado en la tiendecilla, escandalizada diciendo ay mamina, ay mamina por mi decisión de librarme de las alforjas, de vaciar la mochila de mi vida y el librero con un brillo entre estupefacto y avaricioso en los ojos diciéndome tiene usted libros muy buenos y ay mamina ay mamina… Pero yo ya había pasado por la escuela donde te enseñan yo ya he leído todo lo que ha pasado por mis manos eso me decíayo ya he leído todo lo que ha pasado por mis manos y no necesito estos libros que sólo ocupan espacio por dentro y por fuera y además pesan y a mí me parecía que estaba cometiendo un pecado y además yo lo miraba desde atrás ay mamina y haber leído todo lo que ha pasado por sus manos pues qué aburrimiento haber leído los prospectos de los medicamentos haber leído mi rictus me decía y acertaba diciendo que mi rictus había cambiado aquella tarde que era otra y acertaba yo no había oído nunca a nadie pronunciar la palabra rictus pero en él quedaba tan natural pero mi rictus había cambiado porque me habían casi condenado por estar con el forastero, porque todas las mujeres del lugar donde trabajábamos todas las muchas mujeres que había en aquel lugar querían estar con el forastero pero a mi madre no le gustaba el forastero por ser forastero porque ser forastero es ser algo desconocido y en los lugares donde yo vivo lo desconocido no es bueno y de hablar con mi madre de él y de estar con él mi rictus había cambiado pero no se lo dije no le dije el por qué haber leído las cartas del Tarot, haber leído los salmos de la iglesia haber leído los trípticos horribles que te dan para cualquier cosa y que tiras a la basura sin saber lo que son haber leído un libro de álgebra y otro en latín haber leído todo lo que pone en una tarjeta donde dice Destinos Asiáticos y otra donde pone Papillas Nestlé o ريق آخر من طنجة لعب o algo parecido o haber leído las rayas de todas las manos que han pasado por sus manos un armador o un abogado serían algo mejor para mí pero ese hombre que no se sabe quién es ni lo que habrá hecho antes de venir aquí y yo la escuché en silencio y entonces mi rictus cambió pero yo no sabía que él se iba a dar cuenta de que mi rictus iba a cambiar y que había cambiado pero él se dio cuenta porque los forasteros como él se dan cuenta de cosas en las que nosotros los de aquí no pensamos y los calendarios de cada año y el Zaragozano también y las cartillas de siempre estaré contigo perlo que esos libros contienen y no necesitaría volver a pasar por ellos nunca más así que decidí venderlos a toneladas por una miseria a aquel librero viejo, decidí hacer aquel mal negocio con el que me sentí mucho más libre y con el dinero de la venta nos fuimos a cenar y a emborracharnos y tal vez te compré algo, una pulsera o unos pendientes, ya no recuerdo, tú pagaste la gasolina y yo la cena y la sidra y tú fuiste mi esclava sexual aquella noche, esta noche seré tu puta, esta noche, me dijiste, y yo te dije que sí y fuiste mi puta después de los pendientes, de la pulsera, de la cena y de los besos en el prado que me descubriste. Aquella noche desmembré tu verdadera biología y nos sentimos algo más ricos y poderosos e invulnerables con el dinero de los libros en el bolsillo y tus pendientes colgando y tu biología entre mis manos y los recuerdos calentándose en el horno de la memoria como un pan de chapata que hay que comer caliente. Bienvenido a la turbina me dijiste, mi pequeño Aleph. Mi pequeña Bovary de orgías perpetuas y. Ahora vas a amarme durante los próximos sesenta y seis minutos y cuarenta y dos segundos Las catorce y catorce: imposible. Y entendí entonces el funcionamiento de la turbina y el compresor de las fábricas de armamento en plena combustión.

     Avilés, Avilés, como un anciano que se muere, como a un viejo que lo entierran en una tumba sin lápida. Y me pregunto si me estarás buscando todavía…





domingo, 21 de junio de 2015

¡Bruja!


Una mañana desperté con Jimena clavada en la entrepierna. Hace dos años que no sabía de ella, y cuando supe de ella, no supe mucho. Sin embargo, la noche anterior había soñado con su cuerpo. Fue un sueño erótico; ahora no podía sacármela de la cabeza. Sentía dentro de mí la necesidad imperiosa de buscarla, contactarla y acostarme con ella.

      Al atardecer me fui al bar. Ahí estaban C., O. y R. Los saludé y me senté a su mesa. Hablaban sobre el gobierno. Lo repudiaban. Ordené una Tecate y brindé con ellos. Abruptamente les pregunté si alguno recordaba a Jimena. C. no la recordaba. O. la recordaba de algo. R. dijo que la había encontrado hace siete meses en la calle de Sonora. Les conté mi sueño. Todos babearon. La conocimos en un recital de poesía en Casa refugio. Tenía un par de tetas y unas piernas largas y bien formadas. Era estudiante de Letras en aquel entonces. Recitó un par de poemas. No recordábamos ninguno. Aquella vez, en el recital, no me acerqué a Jimena porque iba son mi ex mujer. Dejé pasar a muchas mujeres por mi culpa d mi ex mujer, Dios. C. dijo: si la encuentras, me avisas. O. dijo: a mí también. R. rió. Dijo: sí, a mí también. Olvidamos el asunto. No emborrachamos de lo lindo. C. cantó canciones mexicanas y O. le hizo fotografías con su cámara. R. se confesó enamorado de una chica a la que conoció recién.

2

Al día siguiente puse el nombre de Jimena en el buscador de Facebook. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Su perfil estaba ahí. Piqué para mirar sus fotografías. Sí, estaba buena. Le mané solicitud de amistad. Regresé a las fotografías. Me masturbé con ellas. Tres veces. Las tres veces sentí que la amaba y mi deseo de contactarla se incrementó. Se volvió obsesión. En adelante, todas las mañanas revisaba si me había aceptado. Todas las mañanas me decepcionaba. Por las noches me masturbaba mirando su perfil. Así pasaron cinco días.

      Al sexto, decidí enviar solicitudes a amigas suyas. También estaban buenas. Una de ellas debía acercarme a Jimena, o, en el peor de los casos, salir conmigo y quién sabe… quizá me hiciese olvidarme de ella.

      Alexandra aceptó mi solicitud. De inmediato le escribí. La saludé y le mentí que era amigo de Jimena, que la había conocido en un recital de poesía. Alexandra, por lo visto, también era poeta. Escribí: he leído tus poemas (tenía algunos poemas publicados en las notas de Facebook), me encantan. Contáctame enseguida, tengo un amigo editor que estaría interesado en ti.

      Recibí respuesta al día siguiente. Alexandra ponía: Hola, muchas gracias. Te dejo mi número, marca por la noche. Saludos. Marqué esa misma noche. Quedamos de vernos al día siguiente en bar de Sanborns.

      Así que eres amigo de Jimena, fue lo primero que dijo una vez sentados a una mesa con un par de Tecates cada uno (promoción). Si, dije, bueno, amigos no, pero conocidos. Alexandra no se incomodó. Le miré las piernas. Estaba muy bien. Pensé: intenta acostarte con ella, qué más da. Bebimos a gusto, hasta que me insinué. Se levantó de la mesa y se fue. Bueno, pensé, he perdido el toque, Dios. Cuatro años con S. me han oxidado. ¿Cuándo fue la última vez que ligué a una mujer? Afortunadamente, antes de ello, acordamos vernos el sábado para mostrar los poemas a mi amigo el editor. Mi amigo el editor era R. No era editor, pero podía pedir el favor a R. Vamos, R., sigue el juego, si lo cree quizá se acueste contigo. Al final le dices que los poemas no fueron aceptados, que no es decisión tuya, qué sé yo.

      Pero antes del sábado Alexandra me había eliminado de su lista de amigos. Jimena continuaba sin aceptar. Me estaba desesperando. Escribí un mensaje para Jimena: Hola, soy P., nos conocimos en Casa Refugio, etc. Para no ser infiel, me masturbé con sus fotografías.


3

Una tarde, antes de ir al bar, revisé el perfil de Jimena. No sólo no había aceptado, sino que había borrado mi solicitud. Me sentí desfallecer. ¿Definitivamente no quería saber de mí? ¿Por qué? No recuerdo haberme propasado con ella cuando le conocí. S. estaba presente, lo hubiese impedido o hubiese tenido una riña con ella que recordaría hasta el día de hoy, por muy borracho que estuviese.

      En el bar estaba O. Le conté lo acontecido. Dijo: P., no te empeñes más con ella. Aquella vez no quise decirlo, porque C. y R. se hubiese burlado, pero… Jimena es amiga de un amigo mío. Después del recital volví a verla en una reunión de poetas en casa de Durán. Dijo de ti que eras un engreído. Dios, la cosa me cayó de golpe. No pensé que alguien pudiese pensar de mí que soy engreído. ¿Casa de Durán?, pregunté. Sí, sí, contestó O. Me palmeó la espalda. Ordenamos whisky en las rocas y bebimos y hablamos de mí y de Jimena, de Durán, de la noche del recital, de la poesía contemporánea, de Camus, de la familia de O. Acabamos a las tres de la mañana. Nos despedimos a la entra del metro Insurgentes.

      Por la tarde del día siguiente escribí a Durán un correo electrónico preguntando por Jimena. La espera de su contestación me pareció eterna. ¡Dos días! En el intermedio husmeé una vez más el perfil de Jimena. Había subido un par de fotografías nuevas. Las observé detalladamente. Salía con gente que me era desconocida. Deduje que las fotografías fueron tomadas en Parque México. Eso me entusiasmó. Yo vivía a cinco cuadras.

      La contestación de Durán fue parca: No, no recuerdo a ninguna Jimena, P. Lo siento.

      Antes de ir al bar, a las siete de la noche, me paseaba por Parque México de cuatro a siete. Daba vueltas, fumaba cigarrillos y miraba a las chicas buenas. En una ocasión intenté acercarme a una, pero estaba en pésimas condiciones, Dios. No logré mantener la conversación un minuto. Sonrió con nervios y se despidió. Necesitaba una mujer. Necesitaba a Jimena. A cualquier mujer. De preferencia a Jimena. ¿Cómo llegué a esto?, me pregunté. Hace dos años no pensaba en ella y una mala noche… La mente humana es un laberinto indescifrable. El amor es un laberinto indescifrable. Cada día lejos de mi amada, sentía enamorarme. No encontré a Jimena.

      No pude más. Me confesé enamorado ante C. y O. C. se rió. O. dijo: te lo advertí, P., no te empeñes más. Vamos, le dije, dime la verdad, ¿tienes contacto con ella? No, respondió O. ¿Entonces?, le dije, ¿por qué hablas con tanta seguridad? O. alzó los hombros. La vida es así, dijo.


      4

No volví a saber de ella. No volví a mirar su perfil, ni a hablar de ella, ni a pensar en ella. Podía decirse que todo volvía a su estado natural. Me emborrachaba con los amigos, leía, escribía, molestaba a las chicas en la calle y en bares. Casi salía de la enfermedad.

      Luego, un mal día, Misael, un amigo escritor, llamó para decir que si podía beber conmigo. Acepté. Quedamos de vernos en la esquina de Sonora e Insurgentes. A las cinco con quince.

      Llegué puntual. Misael no estaba. Encendí un cigarrillo y lo fumé. Miré a la gente pasar. De la nada, una chica apareció ante mi campo de visión. Estaba de espaldas. Tenía un culo precioso. La miré unos buenos minutos y cuando volteó volteé yo, a otro lado, para que no mirase que la miraba. Del otro lado estaba Misael. Lo saludé antes de que cruzara la avenida. Antes de que terminara de cruzar, la chica me tocó el hombro. Dijo: tú eres, P., ¿no? ¡Era Jimena! ¡Sí, sí, dije, tú eres Jimena! Sonrió. ¿Qué haces aquí?, pregunté emocionado. Vivo aquí, dijo, sobre Sonora. Acto seguido, llegó Misael. Me sauldó. Hola, dije. Cuando regresé la vista a Jimena caminaba rumbo a Chiapas. Movía la mano en salutación. ¡Hasta luego!, gritó. ¡Sí, hasta luego!, grité y agité la mano.

      ¿Quién es esa?, preguntó Misael, está buena. Ya, dije, no sé, no es nadie. Misael alzó los hombros y nos fuimos al bar.

      Nunca más volví a hablar de Jimena ni a pensar en ella, hasta hoy, en que escribo esto. Antes de hacerlo le escribí un mensaje en Facebook. Puse: ¡bruja!






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