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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 29 de marzo de 2015

“De la vez que encontré a mi mujer con dos mujeres y un hombre en la cama…


Me emborrachaba en bares baratos de la Glorieta de los Insurgentes con mi novia E. Llegaba a casa al amanecer, molido por la farra y el desvelo y a las once en punto de la mañana sonaba el teléfono. Era K., mi editor. Por aquel entonces había vendido un libro de relatos a K. Llamaba desde Sudamérica. No sé muy bien cómo K. me encontró y se interesó en mí. Jamás lo había mirado. Toda la negociación se llevó a cabo mediante correos electrónicos y llamadas telefónicas. Me instaba a escribir. Habían pasado tres meses desde que K. me envió el anticipo y no había mandado a K. ningún relato. Deseaba algo inédito. Todo mi material estaba publicado en línea. No aceptaba algo que tuviese escrito de antemano. Quería algo inédito, nuevo, contundente y maravilloso. Por alguna razón, K. suponía que yo podía hacerlo. Pero llegaba molido, como ya dije, dormía durante el día y al anochecer E. me apuraba a salir y beber, o a comprar trago y beberlo en casa. No podíamos dormir sin ello. Si no bebíamos, el cuerpo nos picaba. Nos daba una comezón insoportable. Había que beber. Había que beber hasta emborracharnos y dormir. En mitad de todo eso, había que follar dos o tres veces al día. No tenía fuerzas para escribir. Escribir requiere tantas fuerzas como correr un maratón. Beber requiere más fuerzas. K., le decía, lo siento, hombre, estoy jodido. Dame una semana más K. Te entregaré avances. K. colgaba. Al día siguiente volvía a llamar. Decía: P., estoy a punto de perder la cosa contigo, si no leen algo en TK, cancelarán tu contrato. Vale, decía yo, mandaré algo por la noche. Era una tarea casi imposible. Supongo que es algo por lo que atraviesa todo escritor. Un bloqueo mental (?). No hay nada más complicado para un escritor que trabajar bajo encargo. Antes de K. escribía historias todo el tiempo. Podía escribir una historia diaria. Ahora no podía escribir un solo párrafo. K. había sido claro: inédito, ágil, contundente, sorpresivo. La mayoría de mis textos no eran en absoluto sorpresivos. Escribía las mismas chorradas de siempre: mis amantes, mis ex mujeres, mi alcohol. ¿Por qué K. se pensaba que yo era el indicado? Los últimos años había rezado por un contrato. Bien, lo tenía. ¿Y ahora? ¿Por qué no me llegó a los veinte años, cuando aún podía beber y escribir con mucha energía? Por más que pensaba, no me venía algo. Quince relatos. Es lo que pedían en TK, la editorial. E. me apoyaba, en lo mínimo. Proponía ideas. Decía: escribe de la vez que te emborrachaste en bar de Ele y te tragaste los vidrios de un envase de cerveza roto. O de la vez que te caíste por las escaleras del apartamento de los músicos que conocimos en una ponencia de poesía. O de la vez que te cagaste en los pantalones de tan borracho. O… vale, nena, la paraba, he escrito de todo ello ya. K. quiere inéditos. No hay algo inédito en mí. Todo lo he contado ya. Eso es el problema, dijo, necesitas nuevas experiencias. ¿Por qué no sales a solas y vives cosas?

      Al día siguiente llamé a O., un viejo compañero de farras. Le dije: ¿O., tienes dinero? O. se extrañó. No sé, respondió, ¿dinero para qué? Se lo propuse: hagamos un viaje, O., salgamos de la ciudad. Vivamos aventuras. ¿Adónde?, preguntó. No sé, Dios, es igual, a donde puedas pagar lo de ambos. O. no se entusiasmó demasiado. Sin embargo, aceptó. Nos citamos en la Glorieta de los Insurgentes.

      Bueno, le dije a O. cuando lo miré. Podemos abordar el metro, hasta San Lázaro, coger un autobús a donde sea y ver qué pasa. Sí, dijo. Nos miramos un par de segundos. ¿Traes dinero?, pregunté. O. asintió con la cabeza. Nos miramos otro segundo. ¿Una cerveza antes de partir?

      Entramos a Tres Gallos. Nos instalamos al fondo. Ordenamos cerveza. Bebimos. Le conté a O. sobre K., TK y mi bloqueo mental. Dijo: escribe cualquier cosa, P., lo has hecho siempre. Di un sorbo. Sí, dije, siempre hasta ahora. Preguntó por E. Dije que ella misma había propuesto la idea de viajar. E. era una mujer muy celosa. No lo puedo creer, comentó O. Pues es así, O., ella misma… O me miró directo a los ojos. Ya, dije. ¿Por qué E. me había dado permiso, e incluso instado, a ausentarme de casa? Yo también era un hombre muy celoso. Decidimos espiar a E.

      Bebimos y hablamos del asunto hasta el cierre de Tres Gallos. Una vez cerrado, nos mudamos a bar de Ele, donde bebimos y hablamos más sobre el asunto. Es increíble todo lo que se puede hablar y suponer de algo que no ha pasado. Sospecho que no se puede hablar más de algo que sí ha pasado. Nos emborrachamos. Al amanecer, nos fuimos a Obregón. Nos instalamos en una banca pública y hablamos y hablamos y conjeturamos y supusimos. A las diez de la mañana estábamos muertos. Fuimos a comer tacos a Obregón e Insurgentes. A las once, llamó K. Le dije: estoy en ello, K., lo juro, estoy a punto de escribir algo inédito, bueno y contundente. Colgó.

      Dormimos un par de horas sobre bancas públicas. A la una de la tarde caminamos a la calle de mi apartamento. Enfrente había un bar de cubanos. Nos metimos al bar. Ordenamos mojitos. Una negra trajo nuestros mojitos. Desde allí vigilamos la entrada de mi edificio. Hasta las cuatro de la tarde, no ocurrió algo. A las cuatro con diez, miramos a E. salir. ¡Ahí está!, exclamó O. Nos agachamos para que no nos viese. La vimos ir a la tienda a comprar cerveza y churrumais. Regresó al apartamento. No sé, O., le dije, me siento ridículo; desconfiar así de mi mujer… no sé. ¿Cuántos días se supone que estarás fuera?, preguntó. Una semana, respondí. Bufó. No podíamos permanecer una semana en el bar de cubanos. ¿Alguna idea?, pregunté. Podemos ir a mi casa, dijo O., puedes quedarte ahí. Podemos volver todos los días. Así quedamos.

      En casa de O. dormimos hasta la media noche. Al despertar compramos cerveza y botana y la bebimos. O. me contó sobre una chica a la que conoció recién. Una poetisa. Habló, en particular, sobre sus tetas. Yo le escuchaba mientras pensaba en las tetas de E. Todo el tiempo que estaba con ella, miraba las tetas de otras mujeres. Ahora, no podía dejar de pensar en las tetas de E. y en su cintura y en su culo y su sexo. Estaba buena, de eso no tenía la menor duda. Sobre todo cuando estaba lejos. Bebimos hasta al amanecer. A las once llamó K. No cogí la llamada.

      A las ocho de la noche, cuando despertamos, tenía siete llamadas perdidas de E. También había un mensaje. Ponía: supongo que estarás muy ocupado. Lamento molestar. Bueno, los celos de E. habían asomado. La llamé. No contestó. Pedí permiso a O. para pegarme una ducha. Lo hice. Durante la ducha me masturbé pensando en E. Al salir, llamé a E. No contestó. Me rasqué la cabeza. ¿Pasa algo?, preguntó O. E., dije, no coge las llamadas. Dios, exclamó, me pego la ducha y vamos a tu casa. Sí, dije.

      Durante el trayecto a casa, planeamos lo siguiente: O. tocaría el timbre de mi apartamento, para comprobar que E. estuviese ahí. Yo me escondería en algún lado.

      Bien, me escondí tras una jardinera. O. tocó el timbre. Pasaron dos minutos que se me antojaron una eternidad. E. bajó. Abrió la puerta. La miré saludar a O. Intercambiaron algunas palabras. E. invitó a O. a subir. O. y E. subieron. Cerraron la puerta del edificio. No supe qué hacer. Entré al bar de cubanos. Ordené cerveza Bucanero. Me dio la comezón. Ordené más cerveza. Un negro me traía las cervezas. Pasó una hora. Bebí cuatro cervezas. Comenzaba a inquietarme. El negro hablaba con otros negros. Pegaban de gritos. Me estaba cansando de estar ahí. Ordené mojitos. Ordené un plato de ropa vieja. Ordené más cerveza. Los negros no paraban de reír, hablar y gritar. Hablaban sobre mujeres. Sobre cómo habían cogido a sus mujeres con otros hombres. Era un infierno. O. no bajaba.

      Al cabo de una hora más, bajó O. Venía medio borracho. Alcé la mano para que me mirase. Cuando estuvo sentado a mi mesa, le reñí. Lo siento, P., me dijo. ¿Y bien?, pregunté. Hay fiesta en tu casa. ¿Cómo?, exclamé. Sí, dijo, E. y tres chicas más. No sé de dónde las sacó. Están buenas. Beben. Dios, dije, no sabía que E. tuviese amigas buenas. Supongo que te lo oculta, dijo O. Están realmente buenas. Ya, dije. Callamos un minuto. Luego, O., dijo: P., ¿te molestaría si vuelvo arriba? ¿Qué?, exclamé. Vamos, P., las chicas están buenas y hay una que está a punto de emborracharse; ya sabes. ¿Qué?, exclamé. Prometo no tocar a tu mujer, P., pero… las otras… No, O., olvídalo, lo siento, pero, ¡olvídalo! Vamos, P., insistió, no puedes detenerme, soy un hombre libre. Sacó las llaves de su casa de su bolsillo. Ten, dijo, puedes acostarte en mi cama. Se levantó y se fue. Lo miré. No tuvo que tocar a la puerta. Dejó abierto.

      En fin. Fui a casa de O. Antes de entrar compré burritos de frijoles y queso y cerveza. Me acosté en cama de O. y comí y bebí y me masturbé. Aquella noche no pude dormir. Pensé en E. y en sus amigas buenas y en O. Es un hijo de puta, pensé. Finalmente dormí.

      Al amanecer escuché a O. tocar a la puerta. Me tardé en abrir. Comenzó a golpear la puerta. No abrí. Deseaba hacerle sufrir. Gritó: ¡P., abre! ¡Sé que estás ahí! Bueno, abrí.  Venía borracho. ¿Y bien?, pregunté. Nada, P., dijo, bebimos, es todo. Eso ya lo sé, dije, pero… ¿y E.? ¿Hubo hombres en la fiesta? No, respondió O., únicamente yo. Me tranquilicé. O. se echó sobre el sofá. Te ama, dijo. ¡Cómo!, exclamé. Sí, dijo, E., te ama; se lo pasó hablando de ti y de lo mucho que te ama y le gusta tu sexo, Dios, fue insoportable escuchar aquello, P., pero puedes estar seguro: E. te ama. Ya, dije, al tiempo que me rascaba un ojo. Bueno, dijo, lo siento, voy a dormir. Ya, dije, adelante. O. durmió todo el maldito día. Yo dormí un poco, pero no podía pegar ojo.  A las once llamó K. ¿Ya?, contesté. El rollo de siempre. Vale, le dije, lo tengo, no te apures, esta vez sí que lo tengo. Me dio como plazo dos días más. Colgó.

      A las nueve de la noche O. despertó. Yo daba vueltas por la estancia. Le dije: O., se acabó. Regreso a casa. ¡Cómo!, exclamó. Sí, le dije, regreso a casa. Tengo dos días para entregar un avance a K. No puedes, dijo, E. piensa que estás en Chiapas; yo mismo se lo dije. Bueno, dije, pues se enterará de la verdad. O. suspiró. Como quieras, dijo.


2

Llegué a casa. E. estaba en la habitación. Se sorprendió mucho al verme llegar. Oh, P., no te esperaba. Ya, dije, es igual. La besé. Me abrazó. Me la quité de encima. Lo siento, nena, no puedo, ahora no. Se sentó sobre la cama. Me miró hacer. Me fui directo al ordenador. ¿Pasa algo?, preguntó. Un día, dije, tengo un día más. E. se puso detrás de mí. Me sobó los hombros. ¿Quieres cerveza?, preguntó. Vale, dije, sí, trae cerveza, cigarrillos, comida. Voy, voy, dijo. Sí, sí, dije.

      Abrí una página en blanco en el ordenador y escribí: “De la vez que encontré a mi mujer con dos mujeres y un hombre en la cama…




viernes, 27 de marzo de 2015

Stevenson no desdobló su ego.



Texto por: J. Beltrán


Dáctilo publicó la convocatoria. Recibiría textos de jóvenes escritores y periodistas. Laia hizo un artículo sobre los locos en la literatura. El profesor Carnajo escribió algo sobre las razones por las que las letras dominicanas no eran consideradas como parte de la literatura universal. Al profesor le decíamos Carnajo por su afán con la carnadura de los personajes. En algún momento, pensé convertirlo en protagonista de una de mis historias; eso nunca cuajó.

De vez en cuando lanzo una piedrecita a la narrativa, aunque escribo más artículos de opinión y textos periodísticos. Pero con esta convocatoria, sí me interesaba publicar algún texto; tenía mucho de reto y mucho de ego, mi amor propio necesitaba verse publicado en Dáctilo.

Barajé varias historias. Primero, el cuento de un cigoto que cuenta su odisea previa al aborto. Aquí me enfrentaba al problema de la ficción ¿Cómo hacer creíble que una masa gelatinosa cuenta su propio asesinato? Lo terminé, aunque decidí no prestarle demasiada atención.

Luego estaba la historia de un sujeto que por culpa de un romance rodeado de grimorios y hechicería, sufría una transformación muy Kafkiana. Con este, la dificultad tenía mucho que ver con la estructura; era poco entendible.

Quedaron otros cuentos por contar. El del niño que tenía relaciones con su perra; el del muchacho que en una noche de conflicto político decidía intentar realizar con una desconocida las fantasías que le inspiraba su hermana. También, el tipo que decidía irse a Burundi, pero la hermana se oponía y terminaba suicidándose. Peor, una ciudad huye de unas criaturas que intentan morder a todos los seres humanos; esta tampoco terminó de escribirse.

En fin, eran malas creaciones. Todavía busco una historia que en verdad me sirva. Tengo quince días para enviar algo bueno.

Se me ocurre contar la historia de un tipo que quiere escribir algo para una revista. El sujeto se llama Omar, aunque claro, puedo cambiar el nombre conforme creo el personaje.

Omar vio el anuncio en internet, le pareció interesante y quiso hacer algo bueno. Al igual que yo, él entiende que no es un buen escritor, de hecho, no es un escritor. Sin embargo quiere intentarlo; su ego necesita verse publicado de algún modo.

Mientras comenta con sus conocidos, descubre que algunos, incluso, un profesor al que le tienen un apodo extraño, van a escribir artículos muy serios. Eso le reafirma su idea de escribir una historia.

Banahí le parece un buen nombre para una protagonista. Ahora que lo pienso, también me parece buen nombre. Creo que podría considerarlo, después de todo no puede ser delito robarse un personaje. Si es así, Onetti me autorizó a robar.

Omar empieza a describir a Banahí. A diferencia mía, él hace perfiles de sus personajes y planifica todo antes de empezar a escribir. Yo debería hacer lo mismo.

Empezó a vivir su historia de creador. Ya andaba de un lado a otro en su oficina mientras recitaba una suerte de conjuro. Después se detenía para garrapatear algunas líneas. Se enojó, tiró al suelo el bolígrafo, lo pisoteó, tomó otro, redactaba al decir en voz alta:

Si hago que Banahí use pulseras de conchas marinas, tenga el pelo largo hasta la espalda y use tacones aunque prefiera estar descalza, voy a tener un buen efecto. Ella está obsesionada con el mar, dice que puede leer las líneas de sus olas, asegura que inventó la quiromancia marina. Lo voy a contar en primera persona. El conflicto es: ¿se suicida o se deja guiar por el médico que la quiere llevar a la ciudad? La ciudad no le gusta, sabe que allí el agua del mar tiene polvo y líneas de humo que hacen más difícil leer las aguas. Pero el problema con el suicidio es que no tiene la certeza de que en realidad el océano tenga su oído en el fondo y quizá muera antes de contarle todo lo que ha visto.

La historia que recrea Omar me agrada. Banahí tiene mucho por construir antes de tener un primer plano, aunque va muy bien. Él guarda una foto de ella en la gaveta de su escritorio. Necesito verla, espero que él la saque antes de que yo termine de crearlo en mi historia. El escritorio puede ser un hilo conductor, aunque también pudiera estar ahí para ambientar el estudio del escribiente.

Mi nombre lo llevó una princesa taína. Por eso lo llevo yo. Mi papá decidió que lo merecía, aunque ahora no estoy tan segura de que él piense lo mismo. Junto a mi nombre nació el mar, bueno, no nació, pero siempre estuvo; que para el caso da lo mismo.

No creo que ese sea un buen inicio para la historia de Omar. Él no quiere hacerme caso, se niega a dejarse llevar por mis sugerencias. Opino que es mejor que cuente la historia de otro modo, que comience con algo contundente, una acción. Es una de las cosas en la que suelo estar de acuerdo con Laia.

Debo llamar a Laia en un rato. Ella puede darle muchas luces a Omar sobre como contar un suicidio en el mar sin imitar a Virginia Woolf o peor aún, a Storni. Además conoce un poco más que él sobre personajes excéntricos rayanos en la locura. De paso me da su opinión sobre Omar, empiezo a creer que está loco. Me parece que le vi fantasear con Banahí, pero son ideas mías, un personaje no puede crear a otro y fantasear con él. Si así fuera, yo tendría fantasías con Banahí, aunque claro, ella no es una creación mía.

Tengo diez días para enviar una buena historia a Dáctilo. El cuento de Omar no avanza; se empeña en crear a Banahí cuando el verdadero conflicto es el de los problemas de un narrador. La quiromántica marina no es más que un hilo conductor. Veo los pliegos de papel tirados por la habitación y no forman una estructura sólida: tiene muchos hilos sueltos.

Estoy seguro de que si no publico nada en la revista, me retiraré de la literatura. Hace tiempo busco una señal para hacerlo. No quiero que sea ahora. Omar no termina de entender que pongo mucho en juego con cada línea.

Ayer lo descubrí sentado en el escritorio. De espalda a mí, parecía llorar mientras se halaba el pelo. Los mechones esparcidos por el suelo, hablaban de un largo rato en esa actitud. No se giró a verme. Frente a mi tenía el borrador de su historia, o lo que había hecho hasta ahora.

Intenté leerla, dentro de ella podría encontrar alguna pista de cómo continuar con el cuento. Banahí seguía en el mismo lugar, no me dejaba verla, como tampoco podía ver el rostro de Omar. Intenté rodear el sillón en el que permanecía sentado, para verle de frente, no pude.

El límite para enviar algo a Dáctilo es dentro de 4 días y no he escrito nada. Omar continúa sin mostrarse, las páginas están en blanco, los folios de su historia tampoco avanzan. Creo que lo hace a propósito, pero no entiendo qué razón puede tener para negarse a continuar en el cuento.

Decidí invitar a Laia, si Omar es como creo que es, ella le atraerá bastante. Con ella, puede que encuentre una ranura para colarme y poder salir del bloqueo que me impone.

Los dejé hablar, supongo que a un excéntrico como él, Laia le debe parecer un ser curioso. Entré en su escritorio, tomé los papeles y empecé a leer.

Al principio todo contaba la historia de Banahí. Explicaba quién había sido la princesa taína, como consiguió los secretos de las líneas del mar y como el médico pretendía hacerle unas pruebas psiquiátricas. Pero a partir de unas páginas, la información era otra. Omar se separaba de la ficción para contar lo que creía que era su propia realidad, algo distinto a lo que yo hubiese escrito sobre él. Aunque no puedo decir con exactitud qué habría escrito.

Daba giros sobre una idea de existencialismo, hacía preguntas sobre el ser, la naturaleza de la gente, si hay o no un creador. Luego decidía quebrarle el cuello a Banahí. Varias páginas adelante, me asusté; hablaba de asesinar a dios.

Me pregunté de dónde sacaba Omar las cuestiones de filosofía. Mi historia se destruía poco a poco sin que yo pudiera hacer nada. Continué la lectura.

El susto creció. Sus argumentos se volvieron cada vez más inconexos, hasta hablar de una cuenta pendiente con alguien. Quise saber con quién. Reiteraba que alguien debía pagar, volvía a la filosofía. Preocupado, paré de leer.

Escuché un grito, algo pesado que caía desde la sala. Extraje algunas páginas de la historia de Omar, las sustituí por folios en blanco. Salí a ver qué ocurría. Laia no estaba en la habitación. Omar me vio entrar con sus papeles en la mano. Odio, rabia, asco pasaron por sus ojos en un momento. Se acercó a mí, despacio. Intenté ubicar algo pesado o cortante por si debía defenderme. Di un extraño espectáculo al blandir sus folios como defensa. Por un segundo se detuvo, pero al instante continuó su avance.

Pensé preguntarle por Laia, aunque sospeché que ella estaba mucho más segura que yo. Intenté pensar qué podría hacer él, después de todo era una historia que yo aún buscaba narrar.

Me ofreció la mano para que le entregue sus papeles. Pensé no hacerlo, pero ya no servía de nada quedármelos. Banahí no se escribiría, él no era un escritor y lo sabía. Yo era más narrador porque lo había creado, o eso pretendía.

La convocatoria de Dáctilo continuaba ahí. Mi ego necesitaba verse publicado, el de Omar también. Supuse que iba a escupirme el rostro, comprendí que eso sería lo que esperaría cualquier lector. Me avergoncé conmigo mismo. Su mano continuó expectante, yo seguía sujeto a sus folios. Me temblaron las piernas, miré hacia el escritorio. Él también miró hacia allá y sonrió; su ego fue más audaz.

Su sonrisa me descolocaba. Le hacía tener el rostro de quien oculta una verdad tipo final sorprendente. Volví a pensar en Laia, quizá estaba oculta en algún lado esperando mi reacción.

Sin saber por qué y sin ser perseguido, salí corriendo de la casa. La calle estaba vacía, desdibujada del todo. Empecé a marearme, como un personaje asesinado por la historia mal contada de un autor.

Regresé dentro de la casa. Omar tendría que caer ante mí; yo lo creé. Al entrar, lo encontré sentado, seguía sonriendo mientras hablaba con Laia.

Omar hablaba del desdoblamiento de los autores. Contaba cómo su último personaje se parecía mucho a él. Yo volví al escritorio, tomé mis papeles. Olvidé las ideas sobre matar a Dios e intenté concluir mi cuento sobre Banahí. Quizá, si trabajaba con eficiencia podría concursar antes de que finalice la conversación que había en la sala.





Texto por: J. Beltrán

domingo, 22 de marzo de 2015

Muerto en Medellín.


Di la vuelta en Medellín; yo venía por Coahuila, o así. Había una muchedumbre sobre la calle. Era medio día. Nuca me ha gustado detenerme a mirar. Pasé de frente; miré de reojo. Un muerto. No le vi la cara. Estaba cubierto con una tela blanca. Gente lloraba. Gente iba de aquí para allá. Gente se quedaba quieta, de pie, mirando al muerto. Había patrullas. Policías. Gente rica, de traje, con las manos en los bolsillos, sin expresión. Había meseros del Mamarumba. También había una chica buena. Estaba parada en la esquina de Medellín y Chiapas. Hacía puchero. Tenía un par de tetas bien puesta. Un policía colocaba conos sobre el carril para que los coches no fueran a despanzurrar al cadáver. Otro policía desviaba a los coches. Otro llamaba por radio. Otro alejaba a los mirones. Seguí.

      En la puerta del edificio estaba una señora, una vecina, llorando. Me miró venir. Me dijo: ¡ay, hijo, ay, hijo, era muy joven para morir! Nunca antes me había hablado. Ahora me decía hijo y me tocaba el hombro. ¡Era un joven muy trabajador! Se trataba de un mesero del Tikibar. Pero eso lo supe después. Paro cardiaco. Era un pobre muchacho estupendo, trabajador, buen hijo, buen amigo. Un pan de Dios de veinticinco años. Además de eso era adicto a la cocaína y manoseaba a las meseras. Todos son buenas personas cuando están muertos. A los vivos nadie los quiere. ¿Qué dirían de mí si muriera? Ay, era un joven bueno y amiguero. Jamás le vimos en líos. Tenía el hábito de leer y de escribir. Un joven muy inteligente. Nadie hablaría de mis borracheras. Las llamarían alegría. Era un joven muy alegre y picarón. Me quité a la vieja de encima y entré al edificio. Los focos estaban fundidos. Tuve subir a oscuras. No necesitaba la luz. Había subido las escaleras decenas de veces. Borracho, casi inconsciente. La luz era cosa de principiantes.

      Bueno, me fui a la cocina. Me puse una cerveza y un cigarrillo. Me instalé en el sofá. Me puse a pensar en las tetas de aquella mujer. Luego en S., mi ex mujer. S. tenía las tetas pequeñas, pero la amaba. Ésta las tenía grandes y firmes, pero ni siquiera me inspiraba ir a verla, preguntarle cómo está, o eso. Podía fallársela otro o arrasarla un camión. No iba a dejar mi sofá y mi cerveza por ella. Si S. me llamara, lo dejaría todo e iría inmediatamente. Supongo que es a lo que llaman amor. Yo no sé cómo llamarlo.

Cogí el teléfono. Marqué el número de S. Hola, contestó. Le conté sobre el muerto en Medellín: hay un muerto tirado en la calle. Exclamó. Dijo: ¿le conoces? Es lo que me gustaba de S.: no había que hacer preámbulos con ella. Podías ir al grano y entendía todo y seguía la conversación. No. ¡Qué bueno! ¿Tú qué haces? Nada. ¿Quieres venir a ver al muerto? ¡Dios, no!, ¿estás loco? Vale. Adiós. Adiós. Ya no daba conversación. Antes podíamos hablar por horas, sobre cualquier cosa. Bueno, por algo es mi ex mujer, pensé

Llamaron a la puerta. Grité: ¡Sí! Era O. Lo supe porque gritó: ¡Abran o tiro la puerta! Abrí la puerta. P., hay un muerto en la esquina de tu casa, ¿lo sabías? Ya, respondí, lo sabía. Se sacó la mochila de encima. La puso sobre el sofá. Luego se sacó los audífonos. Siempre iba para todos lados con un par de audífonos enormes. Los colocó sobre la mochila. Finalmente se sacó la chaqueta. La echó sobre todo lo demás. Suspiró. Se estiró de brazos. Se sentó a la mesa. Dijo: ¿qué beberemos hoy, P.? Acto seguido, cogió un cigarrillo de una cajetilla que estaba sobre la mesa. Lo encendió con un encendedor que estaba junto a la cajetilla. Echó el humo de la primera bocanada por toda la sala de estar. Ese era mi viejo amigo O. Además de ello, subió los pies a la mesa y cruzó los brazos por detrás de la cabeza. Sí, el viejo O. El mismo que había vuelto el estómago en la mitad de la sala, hace dos o tres años, cuando yo aún vivía con S., y una vez más, en el cuarto de baño, tres meses ha, cuando ya no estaba con ella. Toda mi vida se medía en antes, después y durante mi vida con S.

      Fui a la cocina a por un par de cervezas. Puse una para O. Cogí un cigarrillo. Me recargué junto a la venta y me puse a echar humo. De repente,  O. dijo: también hay una chica buenísima, con unas tetas enormes. Deberíamos ir a verla. No sé, dije, la he visto ya. O. me miró asombrado. Con la boca abierta. Luego, exclamó: ¡qué pasa contigo, P.! ¡Hay una chica con tetas enormes allá afuera y la has visto y no has ido a por ella ni la estás molestando o pajéandote por ella! Es S., ¿no?

      Llamaron a la puerta. ¡Sí!, grité. Escuche la voz de C. gritar: ¡abre, P., sal, de prisa, hay una chica en la esquina de tu casa, está buena! Abrí la puerta. C. miró a O. dentro y saludó a O. y se sintió de que no le hayamos avisado antes de que beberíamos. No dijo algo, pero supe que se había sentido: C. era así. Puse una cerveza para C. dio el primer trago y dijo: hay un muerto abajo, en la esquina de tu casa, P. Ya lo sé, C., dije, y también sé lo de la chica, lo sé todo. Deberíamos bajar a molestar a la chica, dijo C. Lo mismo pienso, dijo O. C. y yo teníamos veintiocho años. O. diecinueve. Quizá O. aún estuviese en edad de salir a picar cadáveres con varas y de molestar a las señoritas, pero C. y yo debíamos dejarnos de majaderías y conseguirnos unas buenas señoras que nos guisasen y nos planchasen las ropas y limpiaran los suelos de nuestras casas mientras nosotros gozáramos con jovencitas estudiantes. Eso, o quizá la ruptura con S., no sé, me detenía.

      C. se instaló en a la mesa, sobre una silla verde. Bebimos cervezas y hablamos sobre las veces que habíamos visto muertos. O. dijo que en la colonia de su casa se miraba a un muerto una vez o dos por semana. Los mataban a balazos. Cosa de drogas y atracos. C. dijo que él, en cierta ocasión, estuvo a punto de matar a alguien. Pero C. siempre, en cierta ocasión, estuvo a punto de hacer algo que impresionara al grupo, algo exactamente peor de lo que sea que se estuviese hablando, así que no le creímos del todo. Al caso era lo mismo si C. mentía o no. Continuaríamos bebiendo con él.

      Bueno, así estuvimos un rato. Bebiendo y fumando cigarrillos. Hablando de cosas que no recordaríamos al día siguiente, y que, en el fondo, no nos importaban. Pasar el tiempo. Hay peores formas de pasar el tiempo. Trabajar, por ejemplo. Es menos provechoso para alma humana.

      En algún momento C. anunció que debía irse y se fue. O. no se movió un centímetro. O. solía instalarse y quedarse ahí hasta el día siguiente, cuando menos. Yo abrí la puerta y despedí a C.

      Cuando se fue, O. dijo: apuesto a que mañana vendrá y nos contará de cómo se ligó a la chica de las tetas. Sí, dije, es probable. Y cuando le pidamos que nos la presenté dirá que no puede; inventará algún pretexto. Sí, asentí. Por ejemplo, que la folló y luego la humilló y ya no quiere saber de él. Exacto, exclamé.

      A los cinco minutos llamaron a la puerta. ¡Sí!, grité. No contestaron. Me levanté y abrí. Era una señora. Era baja. Vestía una falda y un suéter. Sollozaba. Se excusó y se explicó: entre todos los vecinos de la calle juntaban dinero para el muerto. Quería dinero. Se lo negué. Me miró con incredulidad. ¿Para qué quiere dinero un muerto?, pregunté. Para pagar una misa, respondió la señora, como si se tratase de algo obvio. Lo siento, dije, no creo en Dios. Era un mesero del Tikibar, dijo la señora, no tenía dinero. Pues que no le hagan misa, dije. Era muy joven, apenas veinticinco años, dijo. Mejor, contesté, así no se llevará tantos pecados al infierno. La señora exclamó y se largó de inmediato. No podía creer que yo…

      Cuando regresé a mi sitio, O. dijo: Oye, P. quizá debamos ir a esa puñetera misa; es posible que la chica… Ya, dije, es muy posible, sí. Anda, dijo mientras sacaba unas monedas del bolsillo, alcanza a la vieja, dale esto; no olvides preguntar cuándo y dónde es la misa. No me moví. Ni siquiera toqué las monedas. No, O., no voy darle dinero a un jodido padre de iglesia. Si ama a sus primogénitos, que dé misa gratis. O. lo pensó y se guardó la plata.

      Una hora más tarde se terminó la cerveza. Acordamos comprar más. Cogimos envases y fuimos.

Abajo todo estaba tranquilo. No había rastros del muerto. No había gente aglomerada. No había policías.

Camino a la tienda nos encontramos a un grupo de viejas. Pedían dinero para la misa. Nos miraron entrar a la tienda. Nos miraron salir de la tienda con veinticuatro cervezas en lata. Miraron a O. contar el cambio. Nos echaron ojos. Una intentó abordarnos pero la evité con la mirada.





  
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