Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

domingo, 31 de agosto de 2014

Una noche como cualquier otra.


Una noche como cualquier otra, Oropeza se reúne con Clara en un café de la colonia Juárez, al que nunca han ido antes; el café al que sí han ido antes, el que frecuentan para reunirse una vez por semana, aproximadamente, está cerrado, lo que les hace levantar sospechas; elaboran un montón de hipótesis sobre el caso, pero ninguna tiene valor, ninguna está realmente sustentada en algo que pese: especulan, como lo haría cualquiera, sobre la posible quiebra del lugar, mientras recorren las calles de la Zona Rosa… y, en fin, entran a otro café, donde ordenan café con ron, pero en este otro café no sirven ron ni ningún tipo de bebida alcohólica y Oropeza se ve obligado, entonces, a ordenar un expreso, que es lo más fuerte que hay (Oropeza es proclive a los extremos) y Clara, un americano, que es lo segundo más fuerte que hay (Clara le hace segunda en la proclividad); se quejan, aunque no demasiado, les incomoda, sobre todo, tener que acoplarse a un nuevo lugar, con sillas a las que sus traseros y espaldas no están acostumbrados, pero pocos minutos después, se acomodan y hablan sobre sus pasados, que es un tema que no han acabado de contarse desde hace cuatro salidas al café donde sí sirven ron; tienen treinta años, hace quince años fueron novios, hace quince años se amaron, si eso es posible, piensa Clara; es completamente posible, piensa Oropeza, quien amó más, porque en una relación de pareja siempre hay uno que ama más, y otro que, tarde o temprano, termina siendo un hijo de puta o una hija de puta, y se va con otro, o se va, o deja de amar (si alguna vez amó), o lo que sea; el caso de Oropeza y Clara no fue la excepción: Clara se fue con otro, con un chico poco mayor que ellos, que nacieron bajo los mismos astros, el mes de Julio, del día 12 y 13, respectivamente; somos almas gemelas, solía decir Oropeza y Clara lo creyó un tiempo, pero luego conoció a Luis, que era poco mayor, como ya dije, y además, tenía una moto a los diecinueve años, la hacía rugir por la calle donde Clara vivía con su madre;  el corazón de Clara se excitaba al escuchar el motor de la moto de Luis y verle aparcar y bajar de ese trasto para irse a meter a su casa (eran vecinos), y salir poco después, e irse en su moto a toda prisa, a quién sabe dónde: Clara juró que descubriría a dónde, y lo hizo: Luis, en aquel entonces, se iba a reunir con un grupo de chicos fanáticos del rock, en casa de uno de ellos, en la colonia Doctores; la primera vez que Clara fue con ellos no pudo creerlo porque ella tenía diecisiete años (casi dieciocho, repetía cada que alguno le preguntaba le edad), y nunca había bebido, ni escuchado música tan estruendosa, ni fumado marihuana, ni… bueno, sí, sí había hecho el amor, se había acostado con Oropeza, pero no gustaba hablar de ello, no con Luis, para que no fuese a pensar que ella estaba atada a su novio, o que le amaba más que a él, al que no conocía, pero ya amaba, o que no lo dejaría en el instante que él se lo pidiera (u ordenase, porque ante Luis, Clara era una mujer sumisa y dispuesta, mientras que con Oropeza era mandona, caprichosa y cruel, hasta cierto punto, porque le consideraba lento y odiaba esa capacidad suya de leer un libro por semana y de entender los tratados fenomenológicos de Kant, como si se tratase de cuentos de Andersen, o de una novelita de Spota, y los halagos que recibía de los profesores y de casi cualquier adulto que le conociera y le escuchara expresarse o recitar de memoria los poemas de Keats, Whitman, Rilke ,Auden, como si fueran tablas de multiplicar, o algo, pensaba Clara, y aunque le “amaba”, no contenía ciertos sentimientos de envidia y repulsión), sin pensarlo dos veces; Luis la excitaba realmente, y, como las cosas que suceden inevitablemente, es decir, impulsada por instintos humanos profundos e irrefutables, un buen día, se fue con Luis, en su moto, a Cuernavaca, y en algún punto de la carretera aparcaron, bajaron, miraron al cielo y a la Ciudad de México desde aquella altura, se besaron e hicieron el amor sobre un césped húmedo, frío; Luis colocó su chaqueta de motorista sobre ello, pero no fue suficiente para no llevarse raspones en las rodillas y en las nalgas, después de lo cual las presumió a todos sus amigos, como prueba de su supremacía con las mujeres, ya que, en alguna ocasión de aquellas donde llevó a Clara con su grupo de colegas, dijo de ésta: esa mujer será mía, y bueno, ahora tenía esos raspones y Clara había aceptado ser su novia aquella mañana en la carretera federal a Cuernavaca, y nadie podía decir de Luis que era un incapaz, y Clara lo reforzaba a cada beso delante de ellos, de los amigos de Luis, mientras Oropeza se revolcaba en su lecho, con el corazón palpitante y adolorido porque Clara, una noche antes, una noche como cualquier otra, le había terminado, le había dicho que ya no sentía algo por él y, lo peor, había confesado que alguien más (no quiso dar nombre ni detalles) le traía loca, a lo cual Oropeza respondió con lágrimas, y no paró de llorar en dos semanas; realmente amaba a Clara, era el primer y único amor de su vida y hubiese dado la vida por ella, y amádola toda la vida, hasta que la muerte…, etc., porque Oropeza era un hombre noble y sensible que se entregaba, mientras Clara era mujer, y ya por ahí comenzamos, sin ir muy lejos, a entender la situación: la mujer, Dios, madura más rápido que el hombre, lo que equivale a decir: “la mujer se pervierte antes que el hombre”, desde Eva, pervertida, que cedió a la ambición antes que su compañero, y probó ella primero, y se condenó ella primero; la mujer da siempre el primer paso al mal, o, al menos, así lo pensó Oropeza cuatro años después, cuando, finalmente, pudo superar su ruptura con Clara; para ese entonces había terminado la Universidad y se había ennoviado con otra mujer, a la que amaba tanto como a Clara, porque él no sabía amar de otro modo, y Clara, de la que no sabía nada, se había embarazado y había dado a luz con un hombre que pocos meses después le abandonó; Oropeza la consolaba en el café, ahora que se habían reencontrado gracias a las redes sociales (y a Dios, pensó Clara, porque ya no soportaba la idea de estar sola y de enamorarse de hombres que jamás llegan a amarla, como ella no amó a Oropeza), y se contaban los pasados, apacible el de Oropeza, trágico el de Clara, entre cafés con ron (o expresos) y cafés americanos, como si fuesen un par de desconocidos con un secreto lazo: Clara no era la misma Clara, Oropeza no era el mismo tampoco, no sabían nada el uno del otro; la noche que clara terminó con él, se distanció y se perdió para siempre y aunque Oropeza le llamaba y le rogaba consideración, ésta nunca cedió, llena de orgullo, pensó que jamás volvería a pensar en Oropeza, y mucho menos, en volver a amarlo, si es que lo amó, o amarlo, en todo caso, como ahora sentía que sucedía, en el fondo de su corazón, y pensó: es mentira que las mujeres maduramos más rápido, yo tardé quince años en aprender a amar, y Oropeza, que no escuchaba aquellos pensamientos, pensaba: tardé quince años en comprender a Clara, como si hubiese más verdad en una u otra perspectiva de la vida, ambos se consideraban equivocados, como si en la vida uno se pudiese equivocar, y a veces Oropeza pensaba en los ciclos biológicos del ser humano, en la química, en toda esa parte que solemos olvidar de nosotros mismos y nos impide comprender por qué una mujer con culo nos atrae más, o por qué las caderas anchas y los senos voluminosos nos obligan a reproducirnos, y todo ese rollo, pero se detenía en aquellos pensamientos, los censuraba y se decía que él amaba, no desde la voluntad de su naturaleza, sino desde la voluntad de su corazón, como si eso fuese posible, pensaba, y se volvía loco de pensar y contradecirse, pero al menos, pensaba, una cosa es segura: Clara está aquí, frente a mí, vagamente arrepentida de su pasado, y, con humilde esperanza, esperaba que, dispuesta a ser amada por él, que no había dejado de amarla ni un solo instante, a pesar de sus relaciones, parcas, con mujeres y, sobre todo, de su relación actual, a la que estaría dispuesto, si Clara dejaba entrever una veta de esperanza, a abandonar, como ella, Clara, le abandonó a él por Luis, y después por tantos otros, aunque ello significase de él ser tonto, muy tonto, pues abandonaría a una mujer que le amaba por otra que alguna vez no supo amarlo, y si algo fallaba sería caer dos veces en el mismo hoyo, y no se lo perdonaría jamás, ni su actual pareja, ni él, ni sus padres, ni nadie, y en adelante sería un hombre solo para el resto de su vida, o, claro está, el hombre más feliz si Clara resultaba ser como decía ser en aquellas charlas de café, donde se confesaba realmente dispuesta a rectificar su vida de promiscuidad (confesó una promiscuidad desmedida los últimos años), su falta de confianza en sí misma y en Oropeza, que le amaba, y estaría dispuesta a regresar con él y formar una familia con él y su hija Sandra y, si Oropeza lo deseaba, un hijo más, de ambos, nacido en el seno de una pareja amorosa; aunque Oropeza dudara, era verdad, es verdad, decía Clara, ahora con más voluntad que nunca, en esta quinta entrevista, que sería la última antes que Oropeza se decidiera y abandonase a su mujer por Clara, la mujer que más amó y más odió en su vida antes de los treinta años, y por la que siempre estuvo dispuesto a todo, incluso a romper el corazón de Bella, ella que le había dado todo hacía cuatro años, que había curádole el odio que manchaba su corazón gracias al desprecio de Clara, y le había impulsado en su carrera de escritor, sobre la que Clara nunca estuvo de acuerdo porque le aburría leer y escuchar a Oropeza hablar sobre todas esas teorías literarias, que se le antojaban basura, no más que eso, irrealidades, tonteras, cosas con las que un hombre nunca va a ganarse la vida, aunque ahora, Oropeza, se ganaba la vida con ello, con la publicación de sus libros y sus artículos sobre teoría literaria, y Bella había sido la única mujer que le escuchó y creyó en él, a pesar de la adversidad de su oficio y su destino, que, desgraciadamente, no la incluía a ella, a Bella, en la vida del escritor Edgardo Oropeza Santos, catedrático de la Universidad Autónoma Nacional de México, a sus treinta años, considerado un cerebro privilegiado, pero con un corazón sufrible, pensó Oropeza al pensar en sí mismo y en lo que haría la noche siguiente, que era, ya se sabe, cortar con Bella, en nombre de un marchito amor pasado, estéril y decadente ya hace quince años, arrepentido y arriesgado, una noche como cualquier otra.




jueves, 28 de agosto de 2014

El último suspiro.

Texto por: Emanuel Sacomani
Sitio del autor, aquí. 


Anselmo perfumó su boca con un sorbo de vino, tragó la dulce aspereza y su garganta se secó. En una arcada, los ojos se le cristalizaron y comprendió que debía dejar de tomar; no quería pasar los últimos minutos de su vida, borracho al punto del desmayo sin sentir cómo el alma se desprendía de su cuerpo. Miró su reloj y esperó, en silencio, la hora del duelo. Sus ojos observaban un punto fijo, pero en su mirada se manifestaban las culpas que brotaban de su espíritu. Por detrás, Segundo le habló al oído. “Ya es la hora Anselmo.” Anselmo despertó de un sueño etílico y lo miró con su vista extraviada en algún recuerdo desafortunado. Bajó rápidamente la cabeza, resignada a la muerte, y se levantó con pereza. Al salir de la pulpería, contó sus pasos como quien va al patíbulo, fueron cincuenta y tres. Sacó su facón que pesaba más que nunca y esperó a que Segundo lance la primera puñalada.


                El duelo duró unos instantes, Anselmo no hizo otra cosa que esperar y sentir como el filo del cuchillo le erizaba los pelos del cuerpo y un frío intenso ingresaba en su pecho. Cerró los ojos y el hormigueo que le generaba la adrenalina recorrió todo su interior hasta escapar por la herida. Comprendió que estaba a punto de morir. Miró la llaga, la rozó con sus dedos que quedaron manchados de rojo y vislumbró, por última vez, el mundo que lo rodeaba. Inhaló aire por la nariz y la boca, y lo retuvo. Quitó el facón de su pecho, arrancó su camisa de un golpe desparramando todos los botones por la tierra seca, limpió su sangre del filo y lo tiro a los pies de Segundo para devolvérselo. Echó un vistazo a su herida de muerte. A través de ella pudo contemplar cada capa de su piel, cada fibra de sus músculos, cada gota de su sangre, cada rincón de su alma de un modo cabal. Sintió el dolor de su madre al parir, los gritos de las criadas que oficiaban el parto, el calor del agua hirviendo y la suavidad de las sábanas blancas que lo envolvían.



                Cuando la sangre comenzó a desplazarse por su pecho recordó el seno de su madre, la leche en su garganta, una canción de cuna que acobijaba su sueño, sus primeros intentos por mantenerse en pie y la cotidiana caminata de diez pasos que su padre alentaba sosteniéndolo de sus frágiles manos. Observó la gota de sangre detenerse y bifurcarse, y estas bifurcarse otra vez. Cada ramificación era una decisión en su vida, y todas tenían igual veracidad en su espíritu. Aquellas culpas que lo atormentaban se disolvieron pues todas las decisiones fueron tomadas de un modo u otro. Su esencia  se había fragmentado minuto a minuto y en algún lugar del universo existían otros Anselmos, con otras vidas, con otros aciertos y errores; que eran parte de él. Algunos ya habían muerto, otros seguían con vida y otros recién nacían. Algunos marcharon a la ciudad, otros (como él) permanecieron en el pueblo. Algunos triunfaron, otros eran miserables y otros pordioseros. Para cada punto de inflexión de su vida su alma tomaba todos los rumbos posibles, como si las suposiciones que lo mantenían en vigiliay lo condenaban a miles de pasados posibles y ningún futuro concreto, se hicieran visibles a sus ojos. Como si a través de un espejo frente a otro pudiera observar, de manera infinita, cada reflejo de su persona: igual de imagen, pero con un albedrío distinto. Infinitos Anselmos paralelos. Contempló el basto universo en el cauce de sangre y sus afluentes que se desplegaban por su pecho. Recolectó toda la información, comprendió el principio y el final, el alfa y el omega, experimentó todas las sensaciones y sentimientos y sus ojos se nublaron. Una lágrima rodó hasta su pómulo causándole frío y, desde allí, se precipitó con furia en línea recta hasta la tierra, sentenciando el final y causando un estruendo que lo ensordeció. Comenzó a perder el equilibrio y su cuerpo se desplomó. Miró el cielo, sonrió al descubrir que lo infinito era simple y cotidiano. Exhaló el último suspiro al instante que la tierra seca sepultaba aquella lágrima fatal, y murió ante la vista de los presentes que lo recuerdan como una persona vulgar y viciosa. 





Texto por: Emanuel Sacomani

Sitio del autor, aquí. 

domingo, 24 de agosto de 2014

2014, La pelusa de la Roma.


En 2014 las cosas iban más o menos así: continuaba mi relación con Simona F. Mi vida con ella en la colonia Roma seguía a flote, no sin haber atravesado aguas profundas y tumultuosas, tormentas de todo tipo y algunas aguas bajas que amenazaban con vararnos en medio de la nada. A pesar de todo ello, Simona era buena capitán y lograba llevar la cosa del mejor modo posible. Yo era un buen marinero, con la excepción que me emborrachaba todo el tiempo libre que tenía.

En lo tocante a la literatura, mi otra batalla personal, el barco parecía haber quedado completamente atascado. No había publicado nada desde 2012, y no había planes de publicar nada hasta 2016 o 17, no sé. Quiero decir, nada de libros. El sitio iba como de costumbre: cada semana se lanzaba un texto nuevo que me sacaba de la manga, escrito durante mis horas más bajas, mis horas de resaca o de ayuno, durante mi jornada laboral, o durante mis trayectos en transporte público; había dejado de escribir en bares, ahora, los bares los usaba para olvidarme que había que laborar y escribir y vivir y ganar dinero y pagar y mantener a los gatos y a los perros. Si no tuviese, al menos, mis cortas horas de escritura y de lectura, podría decirse de mí que era un hombre cualquiera, sin honor ni esperanza, sin sueños, sin nada más importante en su vida que llevar pan a su boca y defecar tras haberlo hecho, en un ciclo ridículo y finito al que llaman existencia humana, vida, humanidad, etc. Mi alcohol y mi literatura eran el modo de asentar mi existencia a un costado de todo ello, un poco lejos, sin salir de la mierda en que se está cuando uno vive dentro de los márgenes. A veces me venía el deseo de marginarme, pero no era suficientemente valiente para hacerlo: dejar a Simona, mis horas nalga en bares de mala muerte, mi título desgraciado de escritor, mis animales, a los que amaba (en especial a mis gatas María y Mariana y al bruto de Mario Alberto, un perro enorme de raza Solovino, que rescató Simona, al cual odié durante los primeros meses, pero terminé queriendo como a un viejo compadre porque era un alama de calle igual que yo), y sobre todo, a mi literatura, el ser imaginario más sagrado para mí; más sagrado que Dios y cualquier otra mamarrachada parecida. Mi destino era claro: me quedaría a sufrir con todo ello. Al final, siempre al final, quedaba la esperanza de vencer, de triunfar. Lo que eso signifique.

Este modo de vida, sin embargo, sirvió para crear otra cosa: un grupo de escritores borrachos e inconformes con casi todo. Entre ellos, el más rescatable (con rescatable quiero decir, el más borracho e inconforme) era el poeta colombiano Mauricio Arcila, escritor y creador de la Revista Innombrable. Además de eso, llevaba una vida similar a la mía, es decir, una vida de mierda recubierta de un falso e ilusorio glamur cultural: le llamaban Señor Poeta, y a mí, Señor Escritor. Es lo más grande que teníamos. A pesar de ello, deseábamos acabar lo antes posible con todo. Bebiendo, interviniendo (es decir, destruyendo), escribiendo y leyendo y amando a mujeres muy espiritualmente por encima de nosotros (como mi caso con Simona, que era una mujer inalcanzable para mis limitaciones humanas, mundanas y vánales. Simona estaba años luz delante de mí en todo lo tocante a la libertad, los desapegos, la sabiduría del hombre viejo, el amor a los animales y al planeta, y a su vez, paradójicamente, al odio mesurado y justificado por el género humano).

En una ocasión escribí una serie de textos sobre los acontecimientos de nuestras borracheras culturales, donde se describía, entre otras cosas, de cuando el poeta Raphael Dómine vomitó la sala de mi casa y fue vetado por mi mujer, Simona, para siempre. O de cuando el poeta Mauricio Arcila, a quien ya mencioné, recitó en casa del artista visual, Leonel Lucero, con el pene de fuera, subido a un sillón, completamente borracho e incitando a los invitados a que se fueran de la fiesta porque los consideraba unos apestados. O de cuando desgarré con mis propias manos la bandera colgante de una casa de ricos en la calle de Medellín. La bandera era una bandera colombiana y lo hice delante de Mauricio e incluso él colaboró y pisoteó la bandera, renegando de su patria, como un buen poeta, hasta que salió el dueño o el sirviente del dueño y nos echó. Cosas así hacíamos en 2014 y las considerábamos actos de rebeldía en contra de nosotros mismos. No deseábamos ser parte de nada, y menos que nada, de la escena poética actual en aquel entonces, que congregaba a un puñado de poetas nacidos en la década de los noventa, y que eran, más bien, una panda de payasos sin la menor educación literaria, ni nada: una muchedumbre de adolescentes malparidos, indeseados y seudointelectuales que se volvían vegetarianos y consumían horribles productos artesanales y creían en las drogas.


Titulé a aquellos textos, La Pelusa de la Roma, y fue ese el nombre de nuestro grupo, principalmente, porque todos vivíamos en aquel entonces en la colonia Roma o Condesa o Alrededores, y la parte de Pelusa aludía a nuestra inconformidad, a nuestra desesperanza, a nuestra lucha personal en contra de los valores estéticos, culturales e ideológicos de los colonos, desmitificando el sueño de vivir en dicha colonia.


No tardaron en unirse, el dramaturgo Carlos Portillo, otro escritor borracho y pendenciero al que no recuerdo cómo conocimos, aunque, muy probablemente, le conocimos como nos conocimos todos notros: en una borrachera de escritores, o en un evento cultural donde nos emborrachamos, o en algún bar de mala muerte, borrachos. El poeta Raphael Dómine, considerado el peor poeta del mundo, quien me contactó para la compra de mi primer libro publicado y tuvo la desgracia de acercase a mí y a al mundo de la literatura y la vacuidad de existir y saberlo. El artista visual Leonel Lucero, procedente de Quilmes, Argentina, quien ya era una pelusa de la Roma y no tardó en reconocernos como parte de los suyos. Además de él, pasaron por el grupo una serie de artistas extranjeros, latinoamericanos; sospecho que su extranjería empataba con nuestra inconformidad: nosotros nos sentíamos extranjeros, ajenos, a todo el desarrollo de los acontecimientos actuales.

Éramos un grupo bastante elitista. No aceptábamos a alguien que no bebiese lo suficiente, o que estuviese a favor de la vida, del sistema, a alguien que no cuestionase absolutamente todo, que fuese conforme de sí mismo o su situación como individuo y como género humano. Eso, en teoría; vamos, desarrollamos una teoría… aunque en la práctica, aceptábamos a cualquiera que bebiera un par de cervezas y creyera en la poesía, o cualquier otra manifestación artística, o trajera consigo a una chica buena, o comprara una segunda ronda de alcohol, o tuviese una fiesta a dónde ir o lo que sea. No nos tomábamos en serio nada, excepto a la hora de intervenir y escribir. Quizá por ello el nombre de Pelusa nos pareció perfecto a todos y lo elegimos unánimemente, sin necesidad de hacer votación ni chorradas.  

Intervenimos un par de eventos y la gente comenzó a hablar de nosotros, a ubicarnos vagamente, como se ubica a un fantasma. Decían: sí, algo he oído, y lo ligaban a los nombres Whisky en las rocas, Martin Petrozza, Mauricio Arcila, alias el Innombrable, y un poeta desconocido llamado Raphael Dómine, al que nadie había leído, pero ya comenzaba a tener cierta fama. Todo era confuso porque además de ser parte de la Pelusa, Arcila era parte de la Innombrable y yo de Whisky en las rocas y editaba para Casa Lamm y podías conocerme en ese ambiente, educado, previsor y respetuoso, o en otro, en el ambiente de la Pelusa, borracho, irreverente, necio y pervertido. Mi novia, Simona F., a su pesar, figuraba también en ambos ambientes. En uno era ella misma, Simona F., la editora y promotora cultural, y en otro, el fantasma de la novia de Martin Petrozza, una mujer misteriosa y bella, según aseguraba todo aquel que la había mirado, aunque pocos la había mirado. Su nombre Salía a colación en nuestras pelusas borracheras, se decía: Petrozza ¿cómo hiciste para ennoviarte con una musa cómo ella? Yo alzaba los hombros y fumaba y bebía y la gente se preguntaba qué tenía yo, o quién era Simona F., y porqué todos la sacaban a colación y la ensalzaban.

Sea como fuere, pertenecer a la Pelusa era una lucha constante. Había que recorrer las calles de la colonia todas las noches en busca de bares y beber y gritar todas nuestras inconformidades con actos y textos y repugnantes. Había que dejar de creer en todas las cosas. Había que sacrificar nuestra felicidad. Había que desearse, no secretamente, acabar con todo.

Además de ello, laboraba, escribía y pagaba mis cuentas como el mejor de los ciudadanos. Además de ello, era Martin Petrozza. Además de ello, estaba enamorado de Simona F., y ella era mi primera batalla personal, de la que he hablado en otros textos, y de la que no me queda más que decir que le debo mi vida toda y todo lo que hago es por ella, para ella, pensando en ella y con la firme convicción de que no puedo vivir de otro modo.

Así fueron los días de 2014, Dios.





Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma, y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com