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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 19 de octubre de 2014

Cualquier otro día.


Solía encerrarme en alguna habitación de hotel a pensar en mi vida. Al menos, eso es lo que decía que hacía cuando alguien me preguntaba dónde había estado los últimos tres días. Tenía veinte años y vivía en casa de mis padres, con mis padres y mis hermanos menores, así que no podía encerrarme en la habitación de mi casa a pensar en mi vida, porque una familia numerosa sacrifica siempre la privacidad. Además, no podía hacerlo porque antes de estar solo en la habitación de un hotel, lo pasaba con alguna prostituta que pagaba con el dinero que mi padre me daba para continuar mis estudios. Cursaba un diplomado en Prostitución. Me aficioné a acostarme con prostitutas por dos razones. La primera es muy sencilla: prefería pagar por sexo que liarme en intrincadas batallas por acostarme con alguna chica de la universidad que me gustase y yo no a ella. Las prostitutas no siempre eran guapas, pero sus carnes siempre estaban bien dispuestas. ¿Por qué no cazas y asesinas con tus propias manos la res que comes, la desuellas y la partes en trozos y deshuesas en vez de comprar en el mercado un kilo de bistec para asar, muerto, desollado, deshuesado y aplanado? Por la misma razón yo no cazaba a mis presas. Las compraba. Luego de acostarme con alguna de ellas, quedaba solo en la habitación, hundido en mis pensamientos, que, por aquel entonces, oscilaban entre las ganas de emprender una carrera literaria y el suicidio. Intenté suicidarme una vez pero no vale la pena hablar de ello. Todos los intentos de suicidio son lo mismo: un fracaso. Cuando se fracasa en quitarse la vida ya no se puede fracasar en nada más. Cuando se fracasa en ello se comprende que en realidad no se deseaba quitar la vida y que todo lo que deseamos con la suficiente fuerza, por consecuencia, llega tarde o temprano; no vale la pena gastar energía y tiempo en lo que no deseamos verdaderamente. ¿Por qué hube que comprar rosas a Lidia y pagarle cenas en restaurantes si en el fondo no la amaba? Al final me acosté con ella y me dije: hubiese sido más sencillo pagar por sexo.

Durante un tiempo, fuera ya de la universidad, dejé de frecuentar las calles en busca de chicas. Luego, me ennovié con Luz. Una mañana desperté a su lado y me pregunté: ¿ésta es la mujer que el destino me depara? Para despertar con Luz todas las mañanas le tiré rollo, le invité a cenar, le escuché y le prometí amor. A cambio obtuve una vida indeseada (me llevó a vivir a su casa). La terminé y volví a las calles y a los cuartos de hotel. Al menos estas mujeres no quieren casarse conmigo, pensaba. Al menos estas mujeres no abren la boca si no es para tragarse el semen de mis cojones, y no dicen: vamos a cenar a Elks, anda, ¿sí?, ni tratan de explicarte su modo de ver la vida o la última novelita de Spota que se leyeron en el metro. Estás mujeres no están contigo cuando las necesitas, cuando fallece tu madre o cuando te diagnostican, pero están contigo cuando más lo necesitas, cuando te has enterado del fallecimiento de tu madre y necesitas vaciar los testículo de tanto dolor e ira,  o cuando te han diagnosticado y no te queda más sentido en la vida que beber y follar y te das cuenta que en realidad, nunca hubo más sentido en la vida, todo pasa, todo desaparece, todo es nada.

Me quedaba en cama, a veces con algo de licor que comprara antes de subir al cuarto con una ramera, a veces con un libraco de Kierkegaard o de Descartes. No es presunción. He olvidado a Kierkegaard y a Descartes y si me leía sus libros es porque aún creía que leer sirve de algo. Soy un desgraciado que ha leído. No por ello sufro menos que cualquier otro desgraciado, ni por ello se me van las ganas de asesinar y de follar. Nunca he matado a alguien, sin embargo, quizá un día lo haga porque ello no significa nada. No mentía cuando decía que pensaba en mi vida en esos cuartos. Lo hacía. Esto no me satisfacía ni me tranquilizaba. Pensar en mi vida me volvía aún más susceptible. Constantemente tenía los nervios alterados por mis preocupaciones económicas: no tenía empleo ni un quinto y mi padre había amenazado con echarme de casa si no hacía algo. También, por el licor que bebía desde que salía el sol hasta que volvía a salir, en intervalos, como las comidas de un fisicoculturista. Fumaba treinta cigarrillos al día. Además de beber y acostarme con chicas, de perderme dos a cuatro días continuos, debía graduarme de la universidad. Mentía constantemente a los profesores excusando mis inasistencias y mis trabajos no entregados. Algunos me creían o se apiadaban de mí, es igual, y logré salir adelante. Me gradué con honores porque a pesar de mis inasistencias, al momento de presentarme a examen, lo hacía bien. No sé de dónde sacaba las respuestas. Basta que tomase una clase para que se me pegara en el seso de que iba la materia y hasta hiciera conjeturas atinadas. También, aprendí la fórmula de quien hacía los exámenes: a, c, c, c, e, a, b, d… Siempre la misma secuencia de respuestas. No eran muy inteligentes después de todo. La universidad pública es tan sólo un protocolo estandarizado de educación estéril para las masas. Más vale no asistir. Cuando terminé los estudios, me vi libre. Pude estudiar en serio. Me leí a los griegos y a los psicólogos y a los filósofos franceses y alemanes. Ellos también tenían su fórmula.

En una ocasión subí al cuarto con una niña de dieciocho años. Le pedí permiso para pegarla mientras me lo hacía con la boca. Se negó. Le ofrecí más dinero. Lo tomó y la  abofeteé inmediatamente. Hizo puchero pero se aguantó el llanto. Se arrodilló ante mí y mientras me lo hacía yo a veces la jalaba de los cabellos, la separaba de mí y la pegaba. En algún momento dijo: no más, por favor. La pegué por última vez, con mucha fuerza. Se tiró al suelo a llorar. Cuando se levantó dijo que ya no podía seguir. Le exigí me regresara el dinero. Como no quiso la tumbé sobre el suelo y se lo hice. Me corrí en su cabeza, esparciendo mi semen por todo su cabello con la mano. Cuando se fue azotó la puerta. Aquella ocasión me quedé en el cuarto con el temor de que regresara con su proxeneta. Me torturaba haciendo ideas en mi cabeza de que vendrían a pegarme por haber abusado de la niña. Si escuchaba pasos por los pasillos me decía: son ellos, Dios, son ellos, van a apuñalarme y moriré en este cuartucho de hotel barato por haber sido tan imbécil de pegar a una niña prostituta. Casi al amanecer me quedé dormido. Nadie vino.

Después de ello dejé de ir a la calle porque me conseguí una parejita de veinte años (yo tenía veintitrés años y un título universitario, pero no tenía empleo. Vivía en la colonia Nopalera, en un cuarto que me alquilaba una anciana pobre por ochocientos pesos mensuales, mismos que cubría tan solo en parte y cada que podía, gracias a la compasión de mi padre, quien estaba harto de mí y de mi estilo de vida). La conocí en una vecindad del Centro donde podías entrar a beber sentado en las escaleras de la misma; un lugar a espaldas de la Catedral, entre el museo de la caricatura y el Templo Mayor. Cuando nos vimos la primera vez estábamos borrachos. Nos fuimos a la calle y lo hicimos entre una camioneta y unos arbustos. Volví a encontrarla la semana siguiente. A partir de esa semana, volví a verla cada semana en las esclareas, en punto de las nueve de la noche, borracha y dispuesta. Nunca le pregunté su nombre.

En algún momento la veinteañera dejó de ir a la vecindad y regresé a las filas. Lo dejaba y volvía como un adicto a la heroína, siempre con la promesa de que sería la última vez y en adelante sentaría cabeza y eso. Como cada vez tenía menos dinero, cada vez me acostaba con mujeres más baratas, que eran las más feas y las más viejas. Ni si quiera ofrecían el servicio de cuarto. Cobraban cuarenta pesos por una chupada, sesenta por meter la polla y cien si querías estar con dos chicas a la vez. Además de ello, les regateaba. Llegaron a chupármelo por quince pesos. Todo eso había que hacerlo debajo de un puente vehicular, o en las escaleras de los pasillos subterráneos de la calzada de Tlalpan, o detrás de la llanta de algún tráiler. Ahora debía sentarme en la banqueta de una calle oscura, a pensar en mi vida. Los cuartos eran un lujo que no podía darme. Para beber me iba a la Glorieta de los Insurgentes a pedir a los vagos traguitos de aguarrás. Cualquier cosa con tal de embriagarme. No soportaba la sobriedad. Repetía para mis adentros las palabras de la Biblia: “Da bebida fuerte al que está pereciendo, y vino a los amargados de alma. Bebe y olvídate de tu pobreza, y no recuerdes más tu aflicción”. (Proverbios 31, versículo 6 y 7). Creía en los vagos como los hombres más cercanos a Dios.

Ya no podía hablar con mujeres. Cualquier mujer que miraba se me antojaba para el sexo; odiaba su conversación. Si hablaba con alguna, pensaba: ¿a qué hora vas a quitarte la ropa? ¡Ya cállate! Ninguna conversación me atraía. Ni la de los hombres ni la de las mujeres, pero sobretodo, repudiaba la de las mujeres. No soportaba sus tonos chillones de voz ni sus ideas sobre la belleza. No hay una sola mujer, por fea que sea, que no crea en la belleza de las mariposas. Yo pensaba: pisotearía a todas las mariposas del mundo con tal que las mujeres dejaran de aludirlas. Por este hecho, no podía establecer una relación sentimental con alguna. Siempre tenía prisa que se desnudasen y me lo chupasen a la primera cita. Si se negaban, las consideraba idiotas. A veces me acercaba a alguna mujer en los parques, alguna que estuviese sentada en una banca. Me sentaba a su lado y les hacía conversación. Les tocaba los muslos con cierto disimulo. Si no mostraban alguna señal sexual, me levantaba y las maldecía mentalmente. Algunas llegaban a enfadarse. Si lo hacían me iba, no quería problemas. En los bares me acercaba a las mujeres solas o a las que venían acompañadas, cuando se quedaban solas, y les proponía hacerlo, directo y sin tapujos. Por ello recibí bofetadas, reclamos y amenazas de sus novios. Sin embargo, había algunas, pongamos una de cada diez, o dos de cada diez, que aceptaban. Mientras más bajo sea el bar, más posibilidades hay de que las chicas busquen lo mismo que tú. Aprendí esta técnica como modo de supervivencia porque ya no tenía dinero para pagar ni siquiera a las viejas y porque las viejas tienen las bocas secas. Pude acostarme regularmente gracias a este tipo de recolección nómada. Esta desesperación es consecuencia de la prostitución. Quien se acuesta con prostitutas por un largo periodo de tiempo, perderá toda sutileza. Las prostitutas acaban con la ambición de los hombres. Nada vale un esfuerzo. Ninguna mujer vale un esfuerzo. Todas sirven para una sola cosa. Sus caras no valen nada, lo que vale es su sexo. No importa si son feas o guapas, te correrás de cualquier modo. El pene es ciego a la belleza.

Sufría depresiones constantemente. Las depresiones son el síndrome de abstinencia de los adictos a beber y follar. Si se deja la bebida se cae en la realidad. Créeme, si bebes y follas con prostitutas constantemente, no querrás ver la realidad. Harás cualquier cosa para vivir alejado. Tu única meta será acostarte con alguien y echar un trago. Es una meta diaria. No hay más ambiciones. El mundo puede acabarse mañana, qué más da. Durante las depresiones no salía de mi habitación, me quedaba en cama. Recordaba las palabras de Pascal, de cuando escribió en sus Pensamientos: “Todo el sufrimiento del hombre consiste en que el hombre es incapaz de quedarse quieto en su habitación”. Me quedaba quieto hasta tres días, sin salir casi de cama, excepto para orinar o defecar y para comer pan de sal y beber agua. Estas eran mis purgaciones. Cuando me encontraba mejor dispuesto, la necesidad de volver a salir al mundo me llenaba y me impulsaba. Lo necesitaba. Había que ir a beber y a follar, y aunque me había propuesto no acostarme más con prostitutas, no era el día hoy en que iba a empezar a cambiar, Dios. Eso podría ser mañana, o cualquier otro día.  






domingo, 12 de octubre de 2014

Escribir, beber y follar.


Todo mundo hablaba de hacer algo, pero yo ya me estaba cansando del  mundillo literario en el que nos habíamos sumergido los últimos dos años. Era un mundo que más tenía que ver con sexo y alcohol que con literatura, porque de los grandes escritores sólo podíamos copiar su modo de follar y de beber. Su literatura no. Esa es la primera trampa. Creíamos que por beber y coger tanto como nosotros suponíamos (nada era certero, todos estaban muertos) que bebían y cogían Baudelaire, Kerouac y Carver, escribiríamos como ellos, o seríamos más cercanos a ellos, no sé. Los poetas subían a los estrados y recitaban un montón de borrachadas, a grito, y pensaban que así conquistarían algo; al menos, el sexo de alguna chica de entre el público que les gustase; a veces lograban acostarse con alguna del público o del mundillo, pero para ello debía ser ésta una mujer que no leyese demasiado, o que estuviese infectada ya con el virus de la poesía mediocre. Los prosistas éramos por mucho peor. No subíamos al estrado. Desde nuestras trincheras ametrallábamos el horizonte, a ver a quién mordían nuestras balas. Los hombres prosistas también apuntaban sus miras, en el peor de los casos, a acostarse con alguna. Por mi parte, no puedo decir que fuese mejor que ellos y que ellas, aunque les miraba hacer y bostezaba. Mis lectores, en su mayoría, eran hombres. Aplaudían mis esfuerzos (debo confesar que no hubo esfuerzo, escribía y escribíamos de manera natural, sin demasiado esfuerzo y sería pecado mentir y decir que una lleva años luchando, etc.) porque antes o después de leerse mis textos miraban mis fotografías.

Por mi parte, llegué a acostarme con una serie no muy grande de escritores y poetas y de lectores de mis textos. No sabría decir cuales fueron peores experiencias. Los escritores, los prosistas, al menos eran interesantes y a veces cultos e inteligentes, aunque no por regla, y los poetas, casi por regla creían que debían estar locos para poder versar, y por ello, eran unos completos pelmazos sin cultura (los poetas leían por mucho menos que los prosistas) y eran más borrachos, o borrachos de otro modo, más escandalosos y menos refinados, con menos sentido: bebían por aparentar estar locos y no con un sentido de la bebida. Algunos hasta creían que se puede ser poeta sin haber leído y aprendido las estructuras y las reglas gramaticales y ortográficas del idioma en que se expresaban. A esta irreverencia la llamaban libertad, desapego, locura y genio. No había en ello nada más que mediocridad. Sin embargo, hablo tan sólo de mi generación y de mi mundo. Si fuera de él existieron poetas estupendos, yo no les conocí. Los lectores no eran mejores que los poetas, a quienes aprendí a despreciar inmediatamente. Algunos leían aún menos y otros ni siquiera comprendían lo que es ser escritor o escritora y más que desearme por haber escrito un texto, lo hacían por el mismo motivo que deseaban a otras mujeres. Era un mundo literario sin literatura. La literatura, en todo caso, era el pretexto.

Incluso mi amigo más cercano, el más huraño de todos, Martin Petrozza, se inmiscuía en el mundillo desde su enorme trinchera, y a veces leía en público o publicaba o salía con los lectores de sus textos, en especial, con las lectoras de sus textos, a las que follaba en su habitación y de las que se enamoró de una, de Simona. Aunque odiaba al mundillo y lo maldecía, todas las noches se adentraba a él en forma de borracho, a conocerlos, a observarlos, a consumirlos, gracias a sus dos personalidades, que respondían a sus dos únicos estados: sobrio / ebrio, en que repartía las horas de sus días, exceptuando las de dormir; podría decirse que dormía sobrio / ebrio, según el caso. Sobrio era solitario, huraño, depresivo y pendenciero. Ebrio era sociable, risueño, casi agradable y bienhechor. El cambio era drástico. De Sobrio aprendí el odio al mundillo. De Ebrio, que  el mundillo no tiene nada que ofrecer.

Otro cercano, Salmoneo Gutiérrez, que tres cuartas partes de su tiempo se mantenía sobrio y una ebrio; era poeta, aunque no de circo, se mantenía al margen y era, de todos mis conocidos, el más serio en el aspecto literario, en busca no de fama, aceptación o popularidad, sino de poesía, por decir de algún modo, aunque incluso él no estaba seguro de en qué consistía la poesía ni la literatura ni la búsqueda (afirmaba que había una búsqueda). Participaba de la guerra desde detrás de un montoncito de sacas llenas de tierra, pequeña trinchera desde donde lanzaba, muy de vez en vez, aluna granada a ciegas, sin la misma intención que los otros prosistas y poetas, pero por probar y por estar dentro de aquello en que se supone que debe estar dentro un poeta. No se manchaba demasiado. No leía en público ni se presentaba, ni salí con lectores ni lectoras.

Cuando se los dije me vetaron en automático. No soportaban que alguien les contrariara. Podía negarles beber o acostarme con ellos, incluso salir con ellos, pero si les decía francamente lo que pensaba me tachaban de incrédula. No estoy segura que en realidad deseasen hacerse escritores y todo eso. Muchos de ellos dejaban las letras en el camino a la adultez. Los pocos que continuaban eran, claro, más serios, pero, ¿hasta dónde se llegaría? Salmoneo decía que no importa a dónde pueda llegarse, la poesía no es un camino hecho ni con destino claro, lo importante es escribir. Tenía razón desde cierto ángulo y hasta cierto punto. La pregunta era, ¿hasta dónde quería llegarse?, es decir, medir si el compromiso con la literatura era cierto o había más compromiso con el alcohol y el sexo y la popularidad opaca de ser un poeta o un prosista subversivo o cualquier cosa que se creyesen al escribir.  

Decidí ausentarme. No me presentaría más en público, no leería en eventos culturales, ni siquiera asistiría a la presentación de mis libros, ni me dejaría ver por los lectores (ninguno sirvió para nada, ni siquiera para hacer el amor). Además de ello, o a pesar de ello, continuaría lanzando textos como granadas, desde la trinchera de mi privacidad, a ver a quién volaban los sesos. Si alguno apreciaba mis letras por mis letras, cosa que miraba cada vez más lejos, ya sería ganancia. Si no, el placer de la carnicería continuaría siendo el aliciente, hasta que un día, algún prosista fuese capaz, desde el otro lado del frente, de acabar conmigo de un bombazo.  Hacer algo ya no llamaba mi atención. ¿Qué íbamos a hacer? Éramos parte de una generación estéril, hecha a imagen y semejanza de dioses falsos. No había uno que no quisiera ser como otro, por lo menos, en lo tocante al trago y el sexo. El trago y el sexo no hacen a un escritor. El trago y el sexo es para cualquiera, escribir para unos cuantos. El trago y el sexo es el consuelo a los mediocres. No escriben grandes obras, pero beben y follan. 





viernes, 10 de octubre de 2014

Una tarde x.


Texto por: Gonzalo Vilo. 
Sitio del autor, aquí.


Con el Julián estábamos sentados sobre un par de piedras de aquel lote vacío que quedaba al lado del canal, justo donde ahora hay una iglesia evangélica. Ese día le habíamos fumado toda la cajetilla de derby a mi vieja y él seguía enrollando el papelillo del lucazo de paragua que siempre le comprábamos al Costa afuera del colegio. Yo miraba por arriba del portón por si pasaban los pacos, pero no se veían más que autos a la carrera y señoras con coches y bolsas llenas de verduras o de pan, así que volteé tranquilo hacia donde estaba a mi amigo.

- No anda nadie – Le dije – Hacelo luego -.

El Julián lamió los últimos bordes del papelillo y luego sacó su encendedor. Cubrió el fuego con su mano y le dio una profunda piteada al caño. Cuando votó el aire, tosió un poco y me lo entregó.

- Dale – Me dijo.

Tomé el encendedor y el caño y lo prendí. Voté el aire en silencio y miré a mi amigo para devolvérselo. El estiró su mano, impaciente. Sin embargo, justo cuando sus dedos iban a tomar el papelillo, de la nada apareció aquella cosa chica, negra y fea, que nos lo quitó de un mordisco. Con el Julián lo perseguimos y lo acorralamos, pero él no nos dejaba acercarnos, gruñéndonos enrabiado. Después volvió a huir y, al llegar al canal, dejó caer el caño, el cual se perdió de inmediato en las profundidades de aquel fétido torrente.

- Perro conchetumare – Gritó el Julián.

Yo le di una patada y el perro chico salió aullando entre la maleza y los escombros. Después se escondió detrás de una bolsa de basura.

Con resignación nos volvimos a sentar. Volados a medias, el Julián seguía puteando al perro mientras le tiraba piedras. Yo, que ya no estaba enojado, vi que el animal salía con timidez de su escondite y volvía acercarse. Busqué en mi mochila un pedazo de pan para dárselo, pero mi amigo me tomó del brazo.

- Espérate – Me dijo – Hay algo que quiero hacer -.

Se levantó y llamó al perrito. Con un gesto de su mano me pidió que le pasara el pedazo de pan y yo se lo di al tiro, sin imaginarme nada. Él lo llamó de nuevo y el quiltro, dudoso por los piedrazos de hace un rato, se acercó a él con lentitud. Mi amigo le mostró el pan y lo volvió a llamar. Esta vez el animal pareció más entusiasmado y comenzó a mover la cola, pero seguía muy lejos de nosotros.

- Ven poh hueón – Le gritó mi amigo.

Yo, a todo esto, seguía sentado y observaba al perro y al Julián, riéndome de este último al ver que no le hacían caso. Enojado, mi amigo me hizo callar, y luego se jugó la última carta, dejando caer el pedazo de pan a pocos centímetros de donde estaba. Con ternura volvió a llamar al animal y, este, ya confiado, fue hasta él, sospechando apenas lo que le esperaba.

Sin perder un instante, mi amigo lo tomó con ambas manos y con fuerza lo aferró a su pecho. El otro aulló e intentó zafarse, pero no lo consiguió.

- No seay malo hueón – Le dije al Julián – Déjalo hueón -.

Mi amigo, sin embargo, lo retorcía y le pegaba en la cabeza con su mano abierta.

- Perro conchetumare – Le gritaba – No te gustó huear -.

Caminó un poco más allá y luego tomó un alambre del suelo. Yo me levanté y lo seguí con la mirada. Tenía un mal presentimiento sobre lo que iba a hacer.

- Hueón – Volví a gritarle al Julián –Déjalo hueón, si mañana le compro otro al Costa -.

Pero mi amigo no pareció escucharme y posó al pequeño animal sobre una gran piedra. Luego dobló el alambre y lo enrolló a través de su cuello, para luego, con un fuerte y decidido movimiento de su mano, comenzar a ahorcarlo. El perro pataleaba y aullaba desesperado, sin poder hacer nada para defenderse.



Comencé a correr hacia ellos y, al llegar, le di un empujón al Julián. Mi amigo cayó al suelo y se quedó en el piso como si hubiese recibido un disparo. Yo apenas si me fijé en él y fui de inmediato a donde estaba el perro. Lamentablemente, cuando lo tomé, este ya no se movía, así que retrocedí asustado, sin saber que mierda hacer.

- ¿Qué chucha hiciste ahueonao? – Le grité al Julián – Te poni hueón -.

Mi amigo no dijo nada. Solo sacudió un poco su uniforme y se acercó al perro, volviéndolo a tomar entre sus brazos. Caminó con él hacia otro lugar y dobló por donde se juntaban varios escombros y basura. Allí lo vi tirar al animal.

Me acerqué corriendo hacia él. Tenía ganas de gritarle unas cuantas chuchadas, pero un olor nauseabundo me dejó mudo.

Me tapé la nariz y miré a mi alrededor. Por todas partes veía bultos oscuros e inmóviles. Le puse atención a uno en especial. Era un gato gordo y estaba tirado sobre unas piedras. Se encontraba en evidente estado de descomposición.

- El viernes ese gato culiao me botó la botella de vino – Me confesó el Julián – Estuve dos horas tratando de pillarlo -.

Lo miré extrañado, sin saber que decir.

- Mira la paloma que esta Allá – Me dijo apuntando hacia un rincón lleno de basura – El Sábado me cagó la polera cuando venía por aquí cerca. Le hice una trampa con una caja de cartón y una pita y le fui tirando migas de pan, hasta que bajó a comérselas….después le corté la cabeza con la cortaplumas… saltó cualquier chocolate… jajaja -.

Sentí que iba a vomitar, así que giré y comencé a caminar para salir luego de aquel agujero. El Julián me seguía hablando, pero yo ya no le hacía caso. Detrás mío quedaban las sombras de una docena de cuerpos fétidos, de cuyas muertes no quería saber ya nada más.

En la calle me despedí. El se quedó en el paradero esperando su micro, y yo crucé hasta la avenida Gabriela, donde estaba mi casa. El me hablaba, pero yo ni siquiera quise voltear hacia atrás, y allí se quedo, hablando solo.


Obviamente, nunca más le volví a hablar. 







Texto por: Gonzalo Vilo. 
Sitio del autor, aquí.
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