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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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lunes, 1 de febrero de 2016

Tú sí eres la bandota.


Rogelio me preguntó cuándo fue la primera vez que inhalé coca. No me lo preguntó a mí a mí, lo soltó a todos, pero en el momento que hizo la pregunta era yo quien inhalaba, así que me la adjudiqué y le respondí no sé, no recuerdo, antipática yo porque la verdad me caga andar recordando la primera vez que hice tal cosa y tal; porque no importa, y porque Rogelio no era muy amigo mío, no era un compa de confianza, pues, y eso de andarle contando mis recuerdos a un tipajo no es lo mío, no; yo soy de esas seriecitas calladitas mamoncitas que nomás se ríen de los demás en silencio y que jamás te sueltan el rollo personal aunque tú les cuentes hasta la primera vez que hiciste caca, Dios. Me tapé el agujero de la nariz por el que no inhalé y jalé aire por el que sí, para que no se me fuera a quedar una sola partícula de polvo atorada, porque odio desperdiciar y porque la coca me pone muy ansiosa y con ganas de tener mucha mucha mucha y estar segura que no me voy a quedar con ganas de más en ningún momento. Cuando noto que queda poca, me pongo nerviosa. Aunque la verdad, jamás me ha faltado coca. Además de la que sale de la vaca, yo siempre me hago de un par de papelitos más, personales, mi red de seguridad, mi reserva privada. Por si las dudas, pues. Porque eso de quedarse sin un jale más por culpa de vacas flacas es muy feo, cuando alguien dice ya no traigo lana, ¡Dios!, me dan ganas de gritarle por qué carajos no cargas dinero suficiente si sabes que vamos a esnifar, hijo de la chinga, si bien que te armabas unas líneas gruesotas, carajo. Pero como ya dije, soy calladita y mamoncita y nomás hago cara de pinche jodido, y me consuelo recordando que yo sí tengo, caray, yo siempre cargo un extra para miguelita. Eso me devuelve los ánimos. Dejo pasar un tiempito y sin decir algo, para no levantar sospechas, me levanto y me voy derechita al baño y me doy mis jales ricos ricos ricos, ay, qué son más ricos cuando son solo míos, cuando son topsicret, cuando sabes que allá afuera los vaqueros se están jalando los pelos, se están rascando las bolsas a ver si juntan para unas grapas más. Y regreso igual de calladita y me siento a ver cuánto han juntado los malparidos estos, a ver si con suerte sale una ronda más y me puedo jalar de esa coca y no vaciar mis reservas. Si es necesario les pongo unos pesos, porque a fin de cuentas siempre es más barato esnifar de la vaca. Y voy contando cada jale que se meten los desgraciados para que no se pasen de la raya, jajaja, que no se pasen de la raya, digo, porque nunca falta el pinche gandalla que se forma dos veces o que se las hace más gruesas y termina más puesto que los demás por el mismo dinero. Los marihuanos siempre comparten su droga, pero los coqueros son mañosos. La coca no se comparte, aunque todo el mundo ande cantando la coca no se le niega  nadie; yo jamás le niego un jale a un cuate, y cosas así. Con la coca todo el mundo ve la forma de sacar ventaja. Por eso yo jamás mando a comprar a nadie por mí, porque se cobran su comicha a lo chino o te dan gato por liebre, o porque ya que te la entregan te salen con que les regales un poquito, aunque sea un tiro nomás, y como vuela en el aire ese sentimiento falso de camaradería entre drogadictos, pues no te puedes negar o te tachan de comesola o de mamona y además, nunca sabes cuándo vas a ser tú quien necesite un paro, un jalecito nomás, aunque sea una papelito gastado para chupar. Qué bajo andar chupando papeles gastados ajenos. Dios nos libre. Una cosa es chuparse la credencial una vez que te armaste unos tiros ricos y anchos pagados con tu dinero, y otra andar buscando en la mesa los papeles de la vaca.

      Luego todos se pusieron a recordar y a contar la primera vez que inhalaron. Yo no tenía ganas de escucharlos. Me levanté del sofá y me fui al refrí a buscar algo de beber. Era casa de Rogelio, pero yo me daba mis libertades. No iba a decirme algo por cogerle una coquita en lata, o ¿sí? Para eso es una mujer chingao, y para eso le dio Dios a una un culito sabrosón. Si hay una cosa de la que siento orgullo es de mi culo. Lo meto en un vestidito pegadito pegadito… y a ver, dime que no me puedes regalar una chingada cocacola, cabrón. Y si te lo muevo rico hasta unos jales te saco, hijo de la chingada. Pero no quiero que se piense que me vendo por talco. Una no puede ser calladita y mamoncita y al mismo tiempo vendida. Luego te pierden el respeto y hasta te esconden el tamal a ver si aflojas las nalgas. Ya me sé esas bajezas, si los hombres son canijos. Los hay que hasta se dedican a eso, a cargarse de coca y recorrer los antros a ver si agarran putitas desesperadas que se las chupen a cambio de un jale. Más cabrones aún, les regalan pura mierda, de la de a cincuenta pesos el papel, y se guardan la buena para ellos. Venderse por droga está jodido. Más vale cobrar en pesos. Esos si los ando aceptando, caray. Digo, claro, una buena cantidad. A veces pienso en cuánto estaría dispuesta a aceptar por una cogida; siempre llego a la conclusión de que nadie querría darme tanto dinero. Por eso no le juego a eso, porque nomás voy a caer en ridículo. Ay, sí, me van a decir, ni que estuvieras tan buena. Y sí, hay viejas más buenas y más baratas. ¡Pendejas! Gracias a Dios que no paso carencias y tengo pa mi coquita y mis vestiditos ajustados. ¿Sabes cómo me dicen? Me dicen la Coquis. Por coqueta y coquera y cocacolera. Y rocancoquera, o rocanloquera, jajajajaja. Ay, qué risa. En las cosas que piensa una, caray. En fin. Me saqué una coquita en lata para pasarme el sabor a medicina de la coca y me fui a mirar por la ventana.

      Saqué un cigarrillo y lo encendí y me puse a fumar. Me temblaba la mano. La lucecita de cigarrillo parecía luciérnaga revoloteando. Le daba fumadas al cigarro y luego me rechinaba los dientes y me daba un traguito de cocacola y volvía a fumar y a rechinarme los dientes a y a darme un traguito. Hasta que me di cuenta de eso y me dije ay, qué pendeja, y dejé de hacerlo. Bueno, lo volví a hacer, porque ni modo que no le fumara al cigarro, que no me rechinaran los dientes si andaba ya bien puesta, y que no le diera traguitos a la cocacola. Solo que ahora era consciente del mecanismo. Escuché a César gritarme que me fuera allá con ellos, pero seguían hablando de sus cosas y no me daba gana escucharlos. Ni que me dijeran, ya contamos todos, ahora cuenta tú, Coquis, cuándo y cómo fue la primera vez que le hiciste al cocodrilo. Tendría que ponerme mamoncita y decirles, no me acuerdo, güey. Méjor ármense otra ronda de tiros. ¡Eso!, me acordé de vigilar los papeles de la vaca pa que luego no salieran con que ya se acabó. A veces se acaba tan rápido que he llegado sospechar que el Rogelio nos hace guaje.

      Me senté ahí con ellos, entre Rogelio y César y pensé hijos de la chingada, lo hicieron a propósito. Eso de dejar el único espacio disponible entre ellos dos. Hace tiempo que andan muy raros. Sobre todo César, que es más amigo mío y ese sí me sabe una que otra putería. Así como es: me quieren chingar. Entre los dos. Pero se van a acabar chingando a su madre, porque a mí no. Y no es que sea mamona mamona, solo que no me gusta coger con mis amigos. Luego no te bajan de puta. Si aflojas una vez ya te jodiste porque va a querer chingarte siempre. Y ahí andaba yo, sentadita, apretándome el culito y cuidando las manos de esos cabrones y haciéndome pa allá o pa acá según se me encimaban los patanes y tomando mi coquita en lata (que en lata sabe mejor) y echando un ojo a la mesita de centro, contando los papeles y haciendo memoria de cuántos nos habíamos chingado a ver si no faltaba alguno; revisando con vista de águila las grapas nuevas a ver si no las habían abierto pa sacarles el mole y las habían vuelto a cerrar ya flaquitas. Eso sí, el pinche Germán, nuestro diler, siempre nos las da bien llenitas, bien panzonas. Hasta yo llegué a rascarles las pancitas y a dejarlas como nuevas pa hacerme de mis reservas, antes de llegar con la bola y decirles aquí está lo del Germán. Porque como les decía, yo jamás mando a comprar a nadie y hasta me apunto en fa para ser yo misma quien salga a recibir al Germán. Bajo por el ascensor y mientras estoy ahí, muevo los pies como si me urgiera ir al baño de la desesperación y pienso pinche ascensor lento, apúrate cabrón, chingada madre, salgo a la calle y ahí está el yeta azul marino, bien pulidito y con rines nuevos y un sonidazo con pantalla touch y gepeese. Y la vieja de Germán asomando su cara de putota maquillada por la ventanilla, pero eso sí, con una sonrisa que bien le correspondo porque ella es la que trae el guato y no hay que morder la mano de quien te da de comer, ¿no? Naaa, ella no da de comer, solo echa la comida que tu pagas con tu dinero. Le paso la lana bajita la mano y la perra esa la coje y la muy puta la cuenta en tus narices, como si le fuera una a robar. Eso sí no, caray. Hay que pagar. Pa que luego no te nieguen el servicio, pues. Le pasa el dinero a Germán. Germán se lo guarda en chinga en el calcetín y le dice, dale pues. Entonces la perra se saca del culo todas las grapas que salieron de la vaquera y las pone en mis santísimas manos. Le corro en chinga al patio de atrás, al jardincito que hay en la planta baja, el que no se puede ver desde la ventana del depa de Rogelio, y abro en chinguísima loca los papeles y les rasco la pancita con la electoral. Echo todo eso en un papelito mío, que siempre armo desde antes y de entre todo me sale hasta una grapa. Luego subo, contentísima de mi inteligencia (así ya no estaré tan ansiosa cuando mire cómo se va acabando, en espera insufrible de que alguien salga con el mentado ya no hay, ya no hay nada, Coquis. Neta. Revisa tú a ver si puedes armar un bazuquito de las sobras. Pero cuáles sobras si para ese entonces ya están todos los papeles chupados, carajo). Si me salen con que me tardé mucho les echo el cuento de que el pinche ascensor ese, hijo de su puta madre, se atoró en el noveno y la madre, y hasta les digo que sentí miedo y la mamada, y poco a poco se olvidan de todo porque muevo el culito mientras me explico y porque pongo en la mesa la coca loca, nuevecita (los primeros jalones son los más ricos) y todos se saborean, se les hacen agua las narizotas y César se arrodilla en la mesa y comienza la papeliza. Abre una, tira el talco en un platito de porcelana y la corta con su navaja yilet, una y otra vez hasta dejarla finita finita y arma las rayas. Todos encima de él, como pinches buitres, supervisando que no se pase de verga y que haga una repartición justa y que alcance pa todos parejo. Y como siempre, los pendejazos salen con su las mujeres primero, cabrón, las mujeres primero. Y yo pienso ahuevo, las mujeres primero. Y como soy la única mujer en el grupo de coqueros… compermisito, culeros, los hago a un lado, saco mi popotito previamente cortado y aaaahhh aaaahhhh, le jaloneo ricazo. Echo la cabeza pa atrás, le jalo y jalo pa que no se desperdicie nada y baja la coca por mi garganta y me sale el saborcito amargo del polvo y me lo paso con saliva y me digo ay, qué pinche rica es la coca, carajo, qué pinche rica y deliciosa, y ya me saboreo la siguiente ronda, que normalmente es casi luego luego de la primera porque nadie queda satisfecho son dos rayas pa empezar, ¿no?

      Nacho también es un pinche desesperado como yo. Nos descubrimos contando los papeles en secreto y nos reímos. Él está sentado enfrente de mí. Me dice, loca, regálame un cigarrito, no seas mala. Aprovecho la situación para levantarme. No quiero estar entre esos dos lagartos, pinches cocodrilos viejos y tuertos. Me levanto y me voy con Nacho a la ventana. Le sacó un cigarrillo y le estiro el mío para que encienda el suyo y como el mío ya es bachita me sacó otro pa mí y lo enciendo con el anterior y le digo Nacho, vamos a chingarnos un papelito pal rato, pa nosotros dos nomás. Se lo digo bajito, pues. Y él echa la cabeza atrás y pa delante y sonríe en silencio, como diciendo, si es lo que yo te iba a decir a ti, loca. Es una sonrisa chueca, con la boca toda torcida por la droga y los ojos rojos rojos por el alcohol (ellos beben cerveza). Una vez deja de sonreír, me dice bajito bambi, pero que quede entre tú y yo. Y que no se nos haga costumbre porque estos valedores son compas, Coquis, no hay que pasarse con los compas, ¿ves?  Y le respondo ahuevo, nomás hoy, nomás por el placer de lo prohibido, Nacho, por el placer de joder, como quien dice. Y él, muy santito no, no, no jodas, mejor vamos dejarlo que estamos guardando pal invierno, Coquis, como la hormiga de la hormiga y la cigarra, ¿no? Y yo te pasas de pendejo, Nacho, si tú eres una pinche cigarrota huevonsota y ladrona. Y que me cago de la risa y nos voltean a ver. Rogelio nos mira y me dice ya vente pa acá, Coquis, ni convives con la banda, chinga, nomás calladita y apretadita como pinche burguesita acartonada. Pero lo ignoro de plano, no le doy la cara y echo humo por la ventana y alguien hace un chiste y todos vuelven a lo suyo y Nacho y yo podemos planear en silencio.

      Regreso a sentarme entre César y Rogelio. Cojo mi lata de coca cola de la mesa y le doy los últimos traguitos mientras Nacho me observa. Quedamos en que yo entretendría a estos dos y él se las arreglaría para hacerse con el botín. El pedo es que también tendríamos que inventar algo porque de seguro César y Rogelio también tendrían contados los papelitos mentalmente. Pero para eso ya nos las arreglaríamos después. El caso era chingarse eso en fa y hacernos pendejos luego. Como todos los pinches cocos, no güey, no mames, no sé qué pedo, está madre vuela, quizá ni nos dimos cuenta y nos la chingamos, ni modo que haya desaparecido, ¿no? Y los demás, en pánico, no mames, si yo las tenía contaditas, mira, las dos primeras rondas, ¿no? Y todos siguiéndole el conteo, bien paniqueados, sí, sí, loco, las dos primeras son de ley, luego qué, síguele y el chemo contando con los dedos como si nos hubiésemos metido el resultado de una ecuación matemática, bueno, ahí van dos, y luego… pues luego la tercera, ¿no? y el coro sí, sí, van tres, van tres, y el chemo y me acuerdo que luego dejamos un tiempito y la cuarta se armó como a las nueve, ¿no? y todos siguiéndole la pista. Sin embargo, de tanto hacer cuentas te vuelves loco. Y recuentan y recuentan y no se cansan. Cuentan en voz alta o en sus cabezas y de repente alguien dice, no, no, ya sé, ahí les va cómo estuvo el pedo… y hace una pinche cuenta mafufa donde resulta que todo está en orden y que no falta nada y tú sonríes por dentro y piensas ahuevo, ya estuvo. Lo malo es que ahora ya no hay polvo y hay que armar otra vaca y ahí es donde todos se ponen roñosos y se rascan los bolsillos y no falta el inútil que ya no tiene un quinto y alguien debe poner su parte, y lo peor, que cuando llega la papeliza ni se acuerda que no puso nada el hijo de puta y se retaca las narices de tiros como si los hubiera invitado todos él. Bueno, mientras tanto me hago la loca con Rogelio y César, les doy la cara y les escucho sus pendejadas, toda mona, toda dispuesta, toda oídos. Se pelean por hacerme reír e impresionarme. Mientras el Nacho, arrastrando la manita como una pinche víbora, coge un papelito y se lo guarda en el cinturón muy cautelosamente. Y ni sonríe el puto, aunque por dentro está feliz feliz como una lombriz. Luego, pa que nadie sospeche, dice el muy lacra bueno, chingao, ya dejen de coquetearle a la Coquis y ármense la otra, ¿no?, ya hace hambre, canijos. Y Rogelio y César asienten. César agarra el plato y uno de los papeles. Nacho y yo aguantamos la respiración. No ha dicho algo. Agarra uno de los papeles sin contar, el güey, y lo abre despacito y tira el polvo. Mientras hace lo suyo yo calladita calladita, como quien nada debe y nada teme, esperando a ver si en algún momento no salta César o Rogelio con la cuenta de los papeles. Nacho hace chistes, dice mamada y media con tal de distraerles la mente y que no se pongan celosos de la coca y la cuenten y se arme un pedo, del que, como siempre pasa, saldremos ilesos negándolo todo. Pero no queremos que se arme el pedo porque no se disfruta la coca si el ambiente está tenso. No nos hagamos idiotas… por más que lo neguemos y por más que digan, bueno ya, no sabemos qué pasó y punto, saquen pa más, pues, a pesar de ello, siempre sabrán que uno de nosotros es un jodido coquero mierdero ladrón hijo de puta, envidioso; eso no se hace entre compas, no vuelvo a polvearme con éstos malandros tepiteños. Y aunque a una a veces le salga lo malandra, tiene su orgullo y su dignidad y no quiere que la excluyan de las papelizas en casa de Rogelio. De repente me pasan el plato. Primero las mujeres, carajo. Me esnifo con doble placer. El de la coca y el de la coca robada y me imagino que estoy en una pinche montaña de coca y yo soy pequeñita y la montaña es inmensa y me resbalo por sus faldas y puedo coger puños y puños de coquita rica y metérmela en las narices como cerda, a puños, sin pensar en que no se caiga la bendita, mientras echo la cabeza atrás y aspiro bien fuerte. Cuando abro los ojos está jalando Nacho. Lo miro echar la cabeza pa atrás y sonreír. ¿En qué pensarás, Nachito Nachote?

      El saborcito coquero me baja. Me levanto y voy al refí a ver si hay otra cocacola. Sí hay. Dicen que la coca cola tiene cocaína. No sé si sea cierto, pero las que yo me bebo sí. No hay nada más rico que una cocacolita bien fría pa calmarse la sed del jale. A mí no me late combinarme con cerveza. Me pone mal. Me da la taquicardia. Me paniqueo. No, mejor una coquita. Voy a la ventana y enciendo un cigarrillo. Por el rabillo del ojo espío al Nacho. Habla con César y con Rogelio sobre algún pinche tema de hombres; una vieja a la que se anda cogiendo. Los quiere entretener. Aún teme que le hagan cuentas en la cara y que sin querer, cuando se levante y les diga alzando los brazos búscame si no me crees, valedor, yo no soy un pinche rata, se le caiga del cinturón la grapa. Qué cagado sería, pienso. Además, así yo quedaría impune. Es más, pienso, si yo lo delatara quedaría como una pinche vieja chingona, fiel, en la que se puede confiar. Podría chingarles coca yo solita en otra ocasión sin que sospechen de mí. Dirían no, no mames, la Coquis no, ella es rifada, ella es la banda, ella no hace esas mamadas; acuérdate la vez que nos salvó del pinche Nacho, ese sí era un lacrota sin corazón. Ya vas, me dije.

      Así, sin hacer mucho ruido, miré a César a los ojos y cuando capté su atención le dije bajita la mano, ven, güey, con la cabeza. Se sacó de onda pero sin interrumpir el chororte del Nacho se levantó discreto y se acercó a mí con una sonrisa en la cara marca acme; el pendejete ha de haber creído que lo llamé en silencio para pedirle que me dejara mamarsela en el cuarto. Ja, ni es tus más dulces sueños, nacote. Qué pedo, güey, me dijo. Y que le echo el venenazo. Le digo oye, güey, cuántos papeles llevamos, y él, sacado de onda, hace cuentas y mira los que hay en la mesa, pero está pendejo y no ha llevado la cuenta y me dice que no sabe, qué por qué la pregunta y le contesto, así, muy discreta, muy solidaria, muy amigaza no estoy segura, güey, pero creo que el Nacho se chingó un papel. César es güey por naturaleza. No creo, me dice, el Nacho es banda. Y yo, a ver, cuántos compramos? y él diez, creo. Vale verga, pienso, este no sabe ni cuántos compramos. Así que se la suelto derecho. Le digo se la guardó en el cinturón. Si no me crees, revísalo. Pero no digas que yo te dije. Y el César con la bocota abierta se lleva la mano a la boca y sin decirme nada regresa a la mesita y hace como que cuenta los papeles y le dice al Rogelio, así, calmada la cosa, como que se acaba de dar cuenta, como que sí tenía los papeles contados güey, creo que falta un papel, canijo. Y el Nacho, jajajajaja, pobre cabrón, no más traga saliva y se hace pendejo y es el primero en levantarse a contar, todo exagerado, todo teatrero, gritando que no puede ser, que él los tiene contados y que no, no puede ser, que están bien. Hasta suspira y dice, luego de haberlas disque contado, pinche César, me metiste un sustote, cabrón. Rogelio le cree, es tan imbécil como César y no cuenta el pan. Aunque, César, advertido por mí, insiste en que sí falta uno y el Nacho, necio con que no, y Rogelio hace las cuentas con los dedos mentalmente y se arma la pachanga. Me acerco y me preguntan, a ver Coquis, ayúdanos a contar. Por supuesto me hago pendeja. Mamona, les digo yo no cuento la sal, si hace falta compramos más y punto. No sean pollos, les digo, total, que a fin de cuentas siempre se arma una segunda vaca, ¿no? Nacho me defiende sí, güeyes, no hagan panchos, les digo que no falta… y si falta, como dice la Coquis, pues armamos otra vaca y ya. Pero no hace falta, se los juro. Y no mames, jajajaja, el César, todo calientote por el cinismo de Nacho se le va encima. Así, de la nada, sin cantar ni pio, lo coge por el cinturón, le esculca y ¡tómala! Cae la grapita al suelo. Yo te vi, cabrón, le dice. Y el Nacho, con las patas temblándole no mames, cabrón, no mames, esa es mía, esa no es de la vaquera, cómo crees, hermano, no me chingues, esa la traje yo por si nos faltaba al final… Pero el César necio con que él lo vio. Rogelio, impresionado y emputado levanta la grapa y se la canta al Nacho al chile vete, canijo. No quiero que estés en mi cantón, pinche lacrita que saliste, no me chinges, eso no se hace, entre compas nos se roba la coca, no mames, neta no mames. Todo emputado, moviendo la cabeza en son de pelea, con la boca chueca, con las venas en la frente saltándole del coraje y la trabazón de la coca, con los puños bien apretados. Y el Nacho puto, con la cola entre las patas camina a la puerta, casi llorando, pero creyendo que no fue pedo mío, que yo hasta lo defendí diciendo que yo no cuento las cosas, y sale y se va y Rogelio azota la puerta.

      Bueno, me dije, ahora solo somos tres y así nos toca de a más. Y mientras César y Rogelio se lo pasaban repitiendo, no mames, no lo puedo creer del Nacho, eso no se hace, qué jodido, que hijo de puta, etc., yo cogí el plato y una grapa y la navaja y me armé un par de líneas bien guresotas y me las jalé en chinga. Una detrás de otra. Sin respirar. Y me dije Coquis, eres una reverenda ansiosa adicta coquera loca lacra hija de la chingada, pero cómo te quiero, cabrona. Y luego de un destello de luz en mi cerebro, como un toque eléctrico enviado por Dios, que la neta me sacó de onda, pero no hay pedo, despacito y con calma, con la paciencia de la que sabe que ya pasó el pedo y salió airosa, les armé unas rayas delgaduchas a César y Rogelio y con mi carita triste por haber sufrido junto con ellos el hurto, les ofrecí coquita rica, porque con coca las penas son menos, y ellos la aceptaron de buena gana y me dijeron pinche Coquis, tú sí eres la bandota. Y un latigazo de placer me recorrió el cuerpo y me eché al sofá a armar un bazuco pa relajarme.






      

viernes, 29 de enero de 2016

El personaje.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

Algo que como nunca había sucedido sucedió; En algún lugar remoto alguien soñó continuamente con un personaje de un libro hasta hacerlo real por unas horas. Él, después de una conversación con su soñador, constató que su mundo no existía como tal sino que era parte de un universo inventado por algún escritor de mediano talento; toda su vida era una fábula y estaba desde un comienzo condenado. Él ya se había percatado de que algo andaba mal, existían lapsus mentales, coincidencias e incongruencias que le hacían dudar. Entonces, cuando le tocó regresar al mundo imaginario, empezó a reescribir la novela para sitiarse en un lugar donde pudiese llegar a ser feliz


Durante el tiempo que anduvo con su soñador tuvo la oportunidad de leer los dos últimos capítulos de su historia, memorizó cada detalle en ese intervalo y encontró la forma de asesinar al héroe. A partir de ese instante surgió la confusión; existía una gran cantidad de personas que habían leído el libro y tenían cierta idea de lo que aconteció, pero cuando releyeron, o indagaron un poco, se toparon con que el gran villano había logrado lo que nadie había escrito


El escritor se encontraba desconcertado, no se podía explicar lo sucedido. En cierta oportunidad intentó reescribir el final de la manera en la que él lo recordaba, cuando releía los últimos párrafos notaba que habían sido modificados. Este hecho lo llevó al manicomio. Después de algunos años no se volvió a saber nada más de él y llegó el momento en el que nadie creyó que el libro estaba escrito de otra forma, inclusive aquellos que recordaban el primer final tenían dudas. La memoria es subjetiva, entonces ninguno de los que habían leído la obra sostenía lo que recordaba aun cuando una gran cantidad de personas pudo reunirse e indagar un poco sobre el asunto.


La felicidad no es eterna. Al morir el soñador la historia volvió a su estado original. Entonces el antagonista se encontraba en una situación en la que conocía lo que sucedería y, sin embargo, no podía evitar su destino. Resultó peor, era una marioneta consciente y eso lo atormentó internamente aun más de lo que estaba escrito o de lo que pudiese imaginar el lector.


Volvió la confusión. Si la primera vez que sucedió algunos se mostraron escépticos y consideraron que era una cuestión de marketing, para la segunda oportunidad ellos formaban parte del cúmulo de individuos que, en el peor de los casos, estaban conscientes de la ausencia de un giro argumental al final de la trama. No existía explicación convincente. Otros consideraban que era alguna paranoia colectiva, pero para los miles que habían leído el libro resultó algo real. De allí que muchas personas dejaron a un lado las respuestas psicológicas y se dedicaron a indagar en la brujería, mentalismo y satanismo la respuesta de lo sucedido.


Entre esos grupos que buscaron respuestas alternativas surgió el nombre de un individuo. En varias notas de prensa se hablaba de un Señor: Jesús Gutiérrez. Aunque esto no motivó su aparición en la prensa, él afirmó que había logrado ingresar a mundo ficticio y conversó con el antagonista.  Lo encontró en una tasca – la única que se describe en el libro.-. Él bebía como un desgraciado mientras los demás, estáticos como maniquíes imitando una gran juerga, esperaban que el lector leyera la escena dónde el protagonista entregaba un poema a la camarera. Él, como dueño del bar y ferviente admirador de la doncella, debía sacar al tipo a patadas.Gutiérrez comentó que el antagonista disfrutaba la escena, no obstante, después de repetirla y conocer la trama la encontraba innecesaria; prefería meterle una bala al pendejo y solucionar de una vez todos sus problemas.


El lector no había llegado, estaba estancado en la escena de la playa con el interminable parloteo del escritor acerca de la vida y sus calamidades. Entonces él se le acercó y vio en sus ojos una alegría, al principio la consideró exagera e injustificada, luego comprendió el motivo y le correspondió. Entendió lo maravilloso y afortunado que era poder ingresar a ese mundo, también en las posibilidades; se preguntó si podría hacerse lo mismo en otras obras de mayor calibre. Lo cierto es que en un mundo donde todo el mundo hace lo que debe hacer, aquellos tipos que vagan por dónde les da la regalada gana se convierten en seres solitarios, toparse con uno es tan probable como hallar una hebra rojo en un toro, y cuando eso sucede se le toma como algo casual. No es así, para quien sabe apreciarlo, es algo que ocurre cada mil años y debe celebrarse. Entonces ese personaje visco, jorobado, atolondrado, mezquino, ordinario y malvado como los mil demonios se mostró como un niño cuando observó al señor Gutiérrez pasearse por su bar. Conversaron, charlaron, bebieron, rieron, les tocaron las tetas a todas las camareras, pintaron las caras de todos los personajes y siguieron bebiendo. Ya cuando no había nada qué hacer ni qué explicar el antagonista le pidió a su visitante que lo sacará de allí. Después de varios meses vagando por todo el universo, Gutiérrez accedió; se llevaría al personaje. Tenían que ascender al edificio más alto del lugar y lanzarse. Pero cuando lo hicieron, en plena caída libre, el personaje desvaneció; la escena del bar había comenzado. Gutiérrez, por más que lo intento, no pudo regresar y su entrañable amigo quedó encarcelado.


Su amigo, ese tipo tan malvado que describía la novela, en sus ratos libres vagaba a lo largo de todo ese universo irreal. Ya había hecho de todo, no obstante, cada vez que el lector leía una escena donde el personaje participaba perdía su libertad y se convertía en una marioneta. Incapaz de evitarlo, veía una y otra vez cómo se repetía la historia y moría en cada libro leído. El personaje soñaba con el día en que pudiese acabar con esa farsa, o que algún nuevo soñador lo sacara de ese mundo y volverlo real por algunas horas. También en su viejo amigo Gutiérrez y en cómo volvería.



La razón por la que surgió el nombre de Gutiérrez fue que dedicó lo que le quedaba de vida, fortuna y salud en adquirir todos los ejemplares de esa novela escrita por un fulano de tal que desapareció después de andar varios años en un manicomio. Cada ejemplar adquirido era incinerado, sólo eso. Compró los derechos de autor sólo para liquidar la obra y darle paz a un amigo que viviría como pocos, moriría como todos y no renacería.




Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

domingo, 10 de enero de 2016

Lluvia de fuego.


En homenaje a L. Lugones


Recuerdo un atardecer rojizo y cálido en que desperté tras una larga noche de juerga; serían las siete de la tarde cuando el sol desaparecía para dar paso a la luna y yo despertaba dejando atrás el letargo de un sueño pesado y lúgubre, lleno de fragmentos diabólicos; a la vez reconfortante luego de haber bebido tanto y haber fumado tantos cigarrillos, y de haber besado y sobado a mujeres horribles en el Aztecas.

      Desde mi terraza dominaba una vista preciosa: el callejón más oscuro y sórdido del barrio. Un borracho no había llegado al anochecer para contarlo: dormía tirado, o estaba muerto, justo en el medio de la calle, con las extremidades abiertas, semejante a una estrella caída. Un hombre entró arrastrando por la muñeca a una mujer. Al contemplar el cuerpo lo pateó sin fuerza para ver si estaba vivo. Un quejido amargo develó la vida cansada que éste contenía, el alma sin fuerza que anidaba en el pecho del hombre ebrio. La mujer esquivó el cuerpo, con pasos fuertes colocó sus afilados tacones entre los miembros, como cuchillos lanzados por un árabe a un cuerpo extendido sobre una tabla. El hombre registró los bolsillos del borracho. Pelusa y cascaras de cacahuetes.

      Muchos hombres traían a mujeres a este callejón. El más oscuro y sórdido del barrio. No era la primera vez que desde mi terraza gozaba el espectáculo del abuso. El hombre abofeteó a la mujer y la violó. Al terminar, se fajó la camisa en los pantalones, se corrió la bragueta y se fue aprisa con la demoniaca sed saciada, apenas comenzada la noche. La mujer quedó en cuclillas, cogiéndose el estómago, llorando, dejándose caer hasta encontrarse a sí misma recostada junto al borracho, victimas del mismo vicio, compañeros del mismo infierno.  

      Al cuarto para las ocho cayeron las primeras chispas. La somnolencia me hizo creer que era mentira, pero, con un movimiento natural, sin miedo, estiré la mano y sobre la palma se posó un diminuto grano de cobre caliente. Sobre el negro fondo de la noche podía verse descender del cielo más y más trozos brillantes. Una vírgula más cayó, está vez sobre la punta de mi nariz, y ardió. Debo confesar que sentí miedo. ¿De dónde viene este cobre? ¿Es cobre? 

      Acababa de caer una otra chispa en mi terraza, a pocos pasos. La briza era rala, podía decirse que se extinguiría al instante siguiente. No se extinguía. Lentamente podía verse el cielo más tupido de chispas, pero sin llegar a desaparecer la sensación de cese.

      En fin. Aquello no me impediría cenar, ya que no había comido algo desde la tarde del día anterior. Salí de mi terraza, bajé por las escaleras oxidadas del edificio y atravesé la calle, no sin miedo de las chispas, hasta llegar al bar de Te. El bar estaba vacío, como casi siempre, y pude comer a gusto, solo, una chapata de pavo y un vaso de cerveza oscura. Desde hacía mucho comía únicamente en bar Te. Principalmente porque aún me fiaban. Con mi vida de escritor fracasado no podía hacer más por mí. Beber en sucios bares y frotarme con las chicas del Aztecas era todo mi divertimento. Ocasionalmente, acostarme con las prostitutas del barrio, si es que puede llamarse así a fornicar de pie, en callejones oscuros, o debajo de puentes clausurados. Más de diez años me separaban de mi última relación formal con alguna mujer. Desde entonces, entregado a mi mala literatura, a mis bares y mis orgias, no tenía tiempo para enamorarme. Alguna vez ensoñaba con Estela o Patricia, pero no lo consideraba algo serio porque ambas pertenecían al gremio de la prostitución. De cualquier modo, mis ilusiones amorosas duraban tan solo los minutos que tardaba en masturbarme pensando en ellas, cuando no tenía dinero para comprarlas, en mi terraza. Luego, todo se desvanecía y volvía la vacuidad.

      Entre tanto, Te me leía las noticias deportivas. Hacía pronósticos y llenaba quíñelas. La lluvia de fuego quizá había parado porque ni Te ni el mozo de bar parecían notarla. Comía lentamente y bebía con desagrado mi cerveza oscura, servida en el fiel tarro de cristal de bar de Te, el mismo de cada noche; podía reconocerlo por las dos manchas amarillas que decoraban su interior, dando forma a rostros satánicos, y por el desportillado borde que hacía parecer a la boquilla una cadena montañosa. Alguna vez me corté el labio con el tarro. Mi sangre se mezcló con la cerveza y el tarro y yo pactamos con un beso ensangrentado.

      De pronto, entró un hombre asustado al bar. Estiraba los brazos y gemía y se daba vuelta para que alguien le quitase de la espalda un trozo ardiente de cobre. Aprisa, el mozo, ayudándose de un trapo húmedo, quitó de encima del hombre la piedrecilla caliente. Había hecho un agujerillo sobre la ropa y una marca roja le quedó en la piel. El mozo puso la pieza sobre la barra y entre los cuatro llegamos a la conclusión de que sí era cobre, ardiente cobre caído del cielo sin explicación ni motivo. La extrañeza me quitó el apetito y regresé a casa sin terminar del todo mi chapata.

      La terraza estaba llena ya de cobre frío y la lluvia parecía menguar, pero no daba por terminarse. Me recosté sobre la cama y me dispuse a dormir. Sin embargo, al cerrar los ojos y disponerme a ensoñar, un nuevo miedo me sobrevino: el silencio. La calle estaba silenciosa, cosa extraordinaria, pues todas las noches el barrio se llenaba de ruidos de vida nocturna. No podía escuchar un solo grito, una sola pelea, algún auxilio en la oscuridad, ni patrullas rondando, ni motores de motocicletas o música salida de coches, ni borrachos platicando a gritos, ni vecinos haciendo el amor, ni perros lloriqueando al ser apaleados por sus dueños, ni el maullido de gatas preñadas, o gatitos hambrientos. ¿Qué significaba esta lluvia? El único lugar donde había leído algo parecido era en la Biblia, pero es sabido que ese cuento chino no tiene bases científicas, algo que pueda dar explicación, excepto la ira de Dios o alguna tontera semejante. Me levanté a contemplar el cielo. Las chispas parecían venir de todas partes y de ninguna. Se formaba en mí gradualmente un sentimiento de congoja, pero, hasta ese momento no había pensado en huir. ¡Huir! ¿Y mis manuscritos de novelas inconclusas, y mis más de trescientos cuentos escritos a mano, y mis años de entrega al arte, y mis bares queridos donde ya he logrado ganar la confianza de los dueños, y las mujeres, que, conociéndome de años, me fían el sexo? Y pensé en un amigo mío, escritor también, que fue a fracasar a otro Estado. Pero… si todo es como parece, el también debe estar anonadado bajo la lluvia, pensando en huir, y quizá, pensando en mí, pues no viniendo la lluvia de algún foco visible, debía ser general. Discutía conmigo las posibilidades, aunque creía sin motivo aparente, que todo acabaría y no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con juntar los papeles y empaquetarlos.

      En ese momento se escuchó un gritó furioso y al tiempo jovial. ¡Ya no llueve cobre! Y en seguida, la gente comenzó a salir y a gritar y a beber. Los vecinos de la casa de enfrente pusieron música. Un perro ladró. Una mujer pasó por la callejuela, en un vestido de lentejuelas rojas y me miró contemplarlo todo desde mi terraza. La saludé con la mano y me tiró un beso. Inmediatamente corrí al bar de Te.

      El bar estaba lleno. Al parecer la lluvia y su cese habían motivado a todos a salir y festejar. Todos pedimos cerveza y brindamos sin saber muy bien a salud de qué. Aquella noche las mujeres se dejaron tocar por la contentura y hasta el mozo del bar pudo mojar la brocha. Todo era embriaguez y felicidad en el barrio.

      Al amanecer caí en cama y me olvidé de todo, como cada mañana. Al atardecer, desperté debido al cálido soplo de viento que entraba por la ventana. No solo el aire, todo el cuarto, todo el ambiente era cálido. El bochorno y el sudor me hicieron levantarme. Por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente. Corrí a asomarme por la ventana: la lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez más nutrida y compacta. En el callejón había dos montones de cenizas. El borracho y la mujerzuela. “Polvo eres y en polvo de convertirás”, pensé.

      Salí del edificio por fuerza de instinto. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de virutas de fuego era  de una paralización mortal; y por entre aquellas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

      Llamé, llamé en vano. La gente se había ido. Cubriéndome la cabeza con los brazos y manoseando el aire ocasionalmente para alejar del rostro alguna chispa, pude llegar al bar de Te. Estaba vacío. Ni Te ni el mozo estaban ahí. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

      Afortunadamente la estantería del bar se encontraba llena de provisiones. Al menos suficientes para un hombre. Vinos, cerveza, carnes y pan, queso, aceitunas y cacahuetes. Detrás de la barra me sentía dentro de una trinchera. Hasta su fondo no llegaba el viento caliente, ni el sonido de las cosas arder. ¡Qué aterrador sonido!

      Me serví cerveza oscura en mi tarro. Esculcando los cajones encontré un arma. Todos los dueños de bar tienen una. Te no la guardaba muy lejos de la mano. Apenas en el primer cajón, junto a la caja de cobro. La apreté bien fuerte. Di un trago a la cerveza y con la cautela de un neófito, revisé si la pistola tenía balas. Una sola guardaba. Suficiente para un hombre, pensé.

      Reanimado por el trago, repasé mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba, pero con la pistola, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

      Esa tarde y toda la noche, fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arder en las calles. La población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso como alquitrán caliente. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardía no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el clamor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores que gemían todas las bestias con un inefable pavor de eternidad…

      Bebí demasiado antes de caer en cuenta, o caí en cuenta debido a que bebí demasiado: me acometió de pronto un miedo que no sentía, estoy seguro, desde hace más de veinte años: el miedo infantil de una presencia enemiga en medio de la oscuridad casi absoluta del bar. Me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón detrás de la barra, donde el mozo solía pararse a meditar cuando no había mesas qué servir, sin rubor alguno.

      No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió reforzar mi trinchera. Colocando las mesas y sillas sobre la barra puede hacerme una especia de cueva. Por un momento pude recobrar la paz. El sentimiento de seguridad era enorme, comparado con la realidad: mesas y sillas serían mi tumba, moriría dentro del bar, ardería como todos, si no me mataba antes yo. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá afuera. Llegué a comer pan y queso, pero sobre todo bebí cerveza y vino.

      De repente la cerveza de barril se terminó, y junto con eso, el terror paralizante me asaltó. Había gastado sin prevenirlo toda la cerveza. Las luces descendieron. Anochecía. Y el humo de chatarra quemada entraba por debajo de las puertas y me sofocaba.  ¡Había que salir! A duras penas pude levantar las mesas que me hice de puerta.

      Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca. Corrí de regreso al bar, loco, entre la podredumbre. Los trozos de cobre eran tan grandes que además de quemar golpeteaban sobre la ya rendida ciudad y sobre los ya muertos edificios. Uno quemó mi hombro. En el bar pude verlo: quemadura de segundo grado.


      Busqué a tientas por el piso la pistola. Me encañoné y…




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