Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

domingo, 26 de julio de 2015

Cariño, perdí el control.


De un momento a otro Julio perdió el control. Le pegó a su mujer. Una bofetada de revés. Sonó un golpe seco y su mujer cayó al suelo como una muñeca de trapo. Pensó en lo fácil que fue. Nunca antes había pegado a su mujer. Había pensado en hacerlo; se había contenido muchas ocasiones antes. Nunca imaginó que un solo revés bastara para tumbarla, ni que él tuviera la fuerza para hacerlo. Al verla en el suelo sintió lastima. Pensó en recogerla. Pero su mujer alzó la cara y gritó: ¡poco hombre! Entonces Julio salió de casa y la dejó sollozando.

      Entró al bar más cercano. Ordenó cerveza. La mano con que pegó a su mujer le tembló al coger la cerveza para empinarse un trago. Todo el brazo le temblaba. Era el temblor del arrepentimiento. Tenía ganas de llorar. Pero no se permitía llorar desde los doce años. Puso su mejor cara de hombre duro y bebió su cerveza solo.

      De pronto miró a una mujer. Bebía al otro extremo de la barra. No estaba nada mal. Ella le miró también. Se sonrieron. Julio llamó al cantinero y ordenó una cerveza más. El brazo comenzó a dejar de temblar poco a poco. Incluso dejó de pensar en su mujer. Habían reñido por lo de siempre: dinero. El maldito dinero. Nunca era suficiente.

      Cuando había dejado de pensar en ello las puertas del bar se abrieron estrepitosamente. Entró un hombre y una mujer de manera violenta. Era la mujer de Julio. Y un hombre. Julio suspiró. Miró a su mujer señalarlo con el dedo, con todo el brazo, y al hombre acercarse. Trató de reconocer al hombre. Nunca antes lo había visto. El hombre no dijo una palabra. Le lanzó un recto directo a la nariz antes de que Julio tuviera tiempo de levantarse del banco o defenderse. Julio se llevó las manos a la nariz. Le chorreaba sangre entre los dedos. Recodó que alguna vez escuchó a alguien decir que la nariz era muy escandalosa. Antes de que terminara de gemir: ¡me rompiste la na…!, recibió otro puñetazo, esta vez en la boca. Un diente saltó por los aires. Fueron golpes limpios. Casi no salpicaron sangre y sonaron seco, como si se golpease un costal lleno de carne cruda de res. Julio cayó al suelo. El hombre regresó al lado de la mujer y ambos salieron. Antes de cruzar la puerta, la mujer de Julio echó un vistazo atrás: la mujer del otro extremo de la barra daba brinquitos con los tacones para llegar a Julio. Movía los brazos al aire como un insecto y emitía grititos, como una mariquita. Las puertas se cerraron. Afuera hacía un sol calientísimo. El hombre se limpió el puño derecho con un pañuelo de seda roja. Llevaba un anillo de acero. Caminaron a la esquina. La mujer de Julio sacó del bolso cien pesos y se los dio al hombre. El hombre los tomó, sonrió, los guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y se marchó. Antes de salir del campo de visión de la mujer de Julio encendió un cigarrillo. La mujer de Julio miró como le salía humo por la cabeza y cómo se tocaba los huevos.


2

Al llegar a casa se echó en el sofá. Encendió el televisor. Antes de que pudiera sintonizar las noticias escuchó al niño llorar. Era Julito, el primogénito. Año y medio. Fue a la habitación a acallar al nene. Se lo puso en los brazos y lo arrulló. Pero siguió chillando. Se lo puso al frente. Se sacó un seno de entre la blusa y lo amamantó. Y lo miró. Y recordó a su marido. Tenía toda la cara de ese hijo de puta. Sintió calofríos al recordar el sonido de los golpes. Recordó el diente volar y pensó que ahora era él el que se parecería a Julito. Sonrió. Casi sintió ternura por Julio. Nuca había sido un hombre violento. Perdió el control, es todo, se dijo. Julio trabajaba de nueve a nueve en la fábrica de café. No era culpa suya, todos estaban jodidos. No podía decirse de Julio que fuese un huevón. A veces cogía el trago, pero… vamos… ¿qué hombre no echa trago de vez en cuando? Para eso, te hubieras casado con una mujer, pensó. Ya ni me duele, pensó. Con habilidad hizo un movimiento de brazos para tocarse la mejilla sin soltar al niño. Aún dolía si se presionaba. Pero a Julio debe dolerle más, pensó. Contratar un hombre para pagar a Julio, se dijo, creo que me he pasado. Luego recordó a la mujer de los tacones. Sintió la sangre subírsele a la cabeza.

      Dejó  al niño en cama. Ya no lloraba. Se recogió el cabello y se abanicó el calor con la mano. Se miró al espejo. Se untó labial. Apretó los labios frente al espejo y salió de casa.


3

Las puertas del bar se abrieron estrepitosamente. Era la mujer de Julio. Julio estaba sentado en un taburete. La mujer de tacones le limpiaba la cara con una servilleta de tela y le pasaba un pedazo de hielo por las heridas. El vestido se le subía cuando se estiraba para pasar la servilleta por la cara de Julio.

      La mujer de Julio se acercó hasta ellos. La mujer de tacones le miró asombrada. ¿Qué!, preguntó la mujer de Julio. La mujer de tacones le dio la servilleta y el hielo y se fue. Antes de ponerse a caminar se bajó el vestido. Luego se fue dando saltitos hasta la barra.

      ¿Cariño?, susurró la mujer de Julio. Julio no respondió. Cariño, ¿estás bien? Julio continuó mudo. Vamos, cariño, lo siento, perdí el control, no sé en qué pensaba cuando… ¡Bruja!, exclamó Julio. Fue un casi un gemido. Un pellejo desprendido por el golpe del labio vibró. Anda, cariño, perdóname, pidió la mujer de Julio mientras le pasaba el hielo por las heridas. Vamos a casa, ¿quieres?, te haré café y llamaré por ti a la fábrica para reportarte enfermo, ¿sí? Es más, pagaré la cuenta por ti, dijo. Acto seguido, fue a la barra y preguntó al cantinero cuánto debía Julio. Antes de que el cantinero contestara rogó a Dios que no fuera mucho. Dos cervezas, dijo. Pagó las cervezas y regresó por su marido. Anda, Julio, vamos. Lo cargó como puedo y se lo llevó tambaleando.

      En casa le pidió perdón desesperadamente mientras le ponía más hielo en la cara y le decía que llamaría a la fábrica por la mañana y que podría estarse todo el día echado si quería y que ella encontraría el modo de vender unos vestidos viejos, y le quitaba los zapatos y lo acomodaba en cama y le aflojaba los pantalones y le prometía hacer café y menearle los huevos toda la noche.

      Julio se dejaba consentir mientras pensaba en lo curioso que es dar y recibir golpes. Hay gente que dice que las palabras hieren más. Tienen razón, pensó Julio mientras probaba mover la nariz a ver si le dolía. No estaba rota, pero dolía. Su mujer ya no se quejaba de la bofetada. 







domingo, 19 de julio de 2015

Escritor en jefe.


El señor Ibáñez quedó de pasar hoy por la mañana para pactar sobre mi nuevo libro. El señor Ibáñez es el Editor en jefe de la Editorial. El mes pasado escribí al señor Ibáñez que un nuevo libro mío está por salírseme. Se interesó; mi último libro vendió mucho más de lo esperado y ahora el señor Ibáñez me respeta y me trata como a un escritor de verdad. Así lo dijo durante la entrega de mi primera regalía. Dijo: ahora eres un escritor de verdad, Horacio. Y yo pensé que él era un Editor en jefe de verdad, aunque jamás he conocido a uno que lo sea de mentira. Para los editores en jefe no hay ambigüedades, se es o no se es. Los escritores somos un caso aparte; nunca se sabe qué se es cuando se es escritor. Pongamos que usted va por ahí y conoce a alguno que le dice: soy escritor. Usted supone algo, no sé, que ese hombre escribe libros y sus libros se venden en librerías. Que da conferencias. Que es entrevistado en radio y tevé. Que es famoso. Que es una persona muy inteligentes (?). Sin embargo, nada de esto es necesariamente así. Conozco a un montón de escritores que no venden libros. Que no son famosos. Que ni siquiera son inteligentes. Yo mismo era uno, hasta que el señor Ibáñez me otorgó el título de Escritor de verdad. También los hay que no han escrito un solo libro. Incluso hay escritores que jamás escriben. Cosa rara es el escritor. Lo que nunca puse a juicio es si yo era escritor de verdad o de mentira. A Dios gracias el señor Ibáñez lo zanjó.

      Pero son las diez de la mañana y no ha llegado. Ya lo veo venir hacia acá en su coche último modelo, presionando los pedales con sus zapatos negros. Desde que le conocí, hace ya casi dos años y medio, no he podido sacarme la idea de que al señor Ibáñez no le calzan bien los zapatos. Debería comprarlos un número menos, pensé la primera vez. Ahora solo pienso que además de la curiosidad de los zapatos, el Editor en jefe no soporta beber leche entera. Lo supe una ocasión en que acordamos vernos para detallar los pormenores del lanzamiento de mi primer libro. Entramos a una cafetería. Yo ordené café con leche y él café con leche deslactosada. Se excusó comentando algo respecto a su intolerancia a la lactosa. Era una de las primeras veces que nos encontrábamos. Aún se esforzaba por recalcar su puesto en la Editorial: Editor en jefe. Al parecer era algo muy importante. Dijo que había leído mi libro hace cuatro meses y me halagaba y me llamaba señor Horacio. Hablaba de mí como si yo fuese Balzac. Por eso me sorprendió cuando, al entregarme mi primera regalía, me llamó escritor de verdad. ¿Es que Balzac no fue un escritor de verdad? ¿Ahora a quién me asemejaba?

      A las once sonó el teléfono. Pensé que sería el señor Ibáñez disculpándose por el retraso, pero no. Era mi ex mujer. Dijo que finalmente había leído mi libro (hace casi un año le obsequié una copia personalmente). ¿Y bien?, pregunté. ¡Es un asco!, ¡lo mismo que tú y todo lo que te rodea!, exclamó. Jamás esperé esa reacción de Martha. De nadie que preparase café con leche sumamente endulzado. Pero Martha siempre me reclamó que yo era muy distraído respecto a ella. En cuatro años de relación no has aprendido quién soy yo, me reprochó una vez. Es probable que tuviese razón; por aquel entonces pensaba en mi primer libro. Todo el tiempo andaba en la luna, como quien dice. De cualquier modo, ella tampoco supo quién era yo. De haberlo sabido hubiera comprendido que mi desinterés no era personal y que la amaba mucho más de lo que ella misma creía. Recuerdo que una vez enloqueció porque le nació una cana. Su primera cana. Inmediatamente compró tintes para el cabello. Luego me inspeccionó a mí y al ver que yo no tenía canas, lloró. No la consolé porque me pareció estúpido inquietarse por algo así y más aún envidiarme porque no envejecía del mismo modo que ella. ¡Compréndeme!, gritó, ¿qué harías tú si te saliera una cana? Ni siquiera conteste: es seguro que haría nada. Esto describe muy bien a mi ex mujer. La misma Martha que ahora llamaba, seguramente con los cabellos bien entintados, para decir que mi libro y yo y todo mi mundo… No quise discutir más con ella. Le di la razón y colgué el teléfono. Antes agregué que preparaba un próximo libro y no tendría tiempo de contestar sus llamadas. Me reclamó el nunca haber querido procrear hijos. Mucho menos tengo tiempo para eso, exclamé. Estuve seguro que llamaría la semana siguiente. Se reprendía a sí misma el no haber encontrado a otro hombre y tenía que joderme a mí. Desde lo de la cana dejó de ser ella misma. Se convirtió en una anciana. Quizá lo era, una anciana de verdad. Quizá se puede ser anciano de verdad a los cuarenta y siete años y no serlo a los sesenta. Creo que ser anciano y ser escritor es algo muy parecido: nunca queda claro. Ni las canas ni los libros son suficientes. Ojalá mi vida fuese más clara, ojalá pudiese estar seguro, sentirme seguro, levantarme frente al mundo y decir: soy Horacio Quintero, profesor de matemáticas desde el 87. Entonces todos sabrían que estudié en la Escuela Normal y enseño matemáticas… Recuerdo a Manuel González, un hombre muerto ya, quien me enseñó matemáticas en el colegio. Fue un profesor muy querido. Por mi parte olvidé su profesión por muchos años y le recordaba ocasionalmente como el hombre que siempre aplacaba sus estornudos. Jamás le vi estornudar. En clase, cuando le sobrevenía aun estornudo, miraba al cielo, se apretaba las narices y lo cebaba. Si le peguntaba a mi madre: ¿recuerdas a aquel hombre que se aguantaba los estornudos?, no lo recordaba. Debía decir: aquel que me instruyó en matemáticas. ¡Ah, exclamaba mi madre, Manuel, el profesor de matemáticas! Me pregunto si ese hombre se permitía estornudar aluna vez o llevaba su manía fuera de las aulas.

Al casi cuarto para las doce llamaron a la puerta. Era el Editor en jefe. Lo hice pasar. Le ofrecí asiento en el sofá y café con leche (deslactosada, lo sé, agregué). Se negó, tenía prisa. ¿Entonces para qué vino?, pensé. Ni siquiera se quitó el saco. Se sentó sobre el sofá y dijo: Horacio, ¿tienes algún avance de tu segundo libro? Asentí con la cabeza. Muéstrame, dijo. Fui al cuarto que destino como estudio u oficina. Prendí la computadora e imprimí las primeras cincuenta páginas del libro. Las metí todas en un folder y se las entregué en la mano al señor Ibáñez. Todo ello me llevó quince o veinte minutos. Mientras lo hice pensé en el atuendo del señor Ibáñez. Desde que lo conozco le he mirado más o menos el mismo atuendo: traje sastre, corbata flaca y zapatos negros. Debe ser práctico vivir así. Todas las mañanas saber exactamente qué vestir. Además, no puede decirse de él que alguien lo haya mirado en malas condiciones. En cambio yo sufro cada mañana porque no sé elegir mi atuendo. No hay alguien que me exija, como muy probablemente le exige al señor Ibáñez su profesión, un modo determinado de vestir. Martha solía gritarme que los pantalones de vestir no pueden usarse con playeras, o que el rojo no combina con el verde, o que la chaqueta de cuero no se usa con pans. Para mí era tortuoso. No importa lo que eligiera, Martha siempre tenía un comentario negativo. Ahora, sin ella, soy un poco más libre, sin embargo, no dejo de recordar todo lo que está mal al vestir. Aún así me pongo la chaqueta de cuero encima de los pans porque es la única chaqueta que tengo; no voy a pasar frío solo por la opinión de mi ex mujer, ¿o sí? Sea como fuere, es más sencillo tener un determinado modo de vestir. Por eso envidio a los docentes y a los editores en jefe: saben exactamente cómo vestir, cómo actuar, qué saber y qué desconocer. Por ejemplo, sería increíble que un Manuel González hubiese desconocido el modo de resolver una ecuación de tercer grado (cosa fácil para él), y lo mismo, que el señor Ibáñez supiese resolverla; o que Manuel González conociese los requisitos necesarios para considerar a un escritor un ser digo de la Editorial.  Cada cosa en su lugar, y un lugar para cada cosa, decía mi madre. Los profesores en el colegio, el colegio para los profesores; los editores en jefe en la Editorial, la Editorial para los editores en jefe. ¿Y los escritores?

      El señor Ibáñez recibió el manuscrito. Lo abrió y lo hojeó. Leyó algunos fragmentos mientras fruncía el ceño. A veces abría los labios como si fuera a decir algo, pero nada decía. Permanecí de pie frente a él que estaba sentado. En algún momento se removió la corbata con la zurda. Finalmente se levantó. Exclamó: ¡muy bien!, lo llevaré a la Editorial para que sea dictaminado. Y salió casi sin despedirse, excepto por un: arrivederci, Horacio. Ah, el trabajo de editor en jefe, un buen trabajo para un buen hombre, pensé. Siempre con total conocimiento de su arte, siempre a paso seguro: recoger manuscrito – llevar manuscrito a la Editorial – esperar dictamen – mandar a imprenta. ¡En cambio yo! No sé muy bien cómo me metí a esto de escritor. Ni siquiera sabía cómo continuar mi libro. Apenas le dije al señor Ibáñez que trabajaba en un segundo, vino y me arrancó las primeras cincuenta páginas. En total había escrito cincuenta y dos. La cosa se complicaba porque había un dilema en la trama: el hijo de Doña Ifigenia debía decidir entre asesinar a su prima Isabella, o quitarse la vida. No era un dilema moral. ¿Pero yo cómo iba a saber dónde acababa el asunto? Usted es el escritor, podría recriminárseme. No, amigo, no es tan fácil. Si fuera yo editor en jefe sabría muy bien dónde acabar el asunto: en suicidio no, porque se limita uno las segundas y las terceras partes que pueden servirnos para vender más libros si la obra gusta. Mejor que mate a su prima y así las muchachitas llorarán y comprarán más libros. Si el dilema no es moral, ¡hágalo moral!, para que la polémica se desate y se vendan más libros. Si puede, agregue un vampiro a la trama. Eso venderá más libros. Pero no me haga caso, Horacio, yo tan solo soy el Editor en jefe. ¡Y yo tan solo soy el escritor! Tal vez es por eso que la mayoría de los escritores están casi en la calle. Porque no pueden ni hacer que las cosas les salgan como ellos quieren. Hasta los personajes que crean se les salen de las manos. Sí, sí. Eso pensé. Así decidí hacerme Escritor en jefe.

      Cuando el señor Ibáñez se fue me fui directo a la habitación. Saqué mi mejor traje (sólo tenía dos) y me lo puse. Apenas me quedaba. Era de la época en que tenía quince años. No me importó. También me puse zapatos negros y corbata. Me fui a la máquina y dije: muy bien, hijos de puta, soy el Escritor en jefe. De ahora en adelante ustedes, hijos de puta, harán exactamente lo que YO les ordene, ¿okey? Nadie contestó una palabra. Puse los dedos sobre las teclas y los fui deslizando suavemente mientras el hijo de Doña Ifigenia se tocaba las bolas y se rebelaba. Fue hasta casa de su prima Isabella y se lo dijo derecho: ¡bájate las bragas, so zorra! ¡Cómo!, exclamó Isabella. Como lo oyes, golfa, contestó el hijo de Ifigenia. ¡Ni loca!, gritó Isabella. Dios, estaba pasando de nuevo. Tuve que asumir mi papel. ¡A ver, grité, ya escuchaste al hijo de Doña Ifigenia!, ¡o te bajas las bragas o te las bajo yo! ¿Y tú quién eres?, preguntó casi asustada. Soy el Escritor en jefe, dije. Ya oíste, se apresuró el hijo de Ifigenia. Isabella no tuvo más remedio: se bajó las bragas y se inclinó. Fue una relación sexual estupenda. Cuando terminó el hijo de Ifigenia la besó con suavidad y estuvo a punto de declararse enamorado. ¡Qué haces!, grité. La amo, respondió, tímido. Ni hablar, dije. Anda, huevón, levántate y sal de la habitación. Pero… pero…, titubeaba el hijo de Ifigenia. Isabella no decía palabra. ¡Desata polémica!, ordené. El hijo de Ifigenia no sabía qué hacer. Ya sé, dije, confiésale que eres su padre. ¡Qué!, gritó Isabella, ¡cómo!, ¡me he acostado con mi propio padre! Eso es inverosímil, explicó el hijo de Ifigenia, soy mayor que ella apenas dos años. Entonces proponle matrimonio. El hijo de Ifigenia se arrodillo, tomó la mano de su prima y le propuso matrimonio. Y ahora, tú, le dije a Isabella, declárate enamorada y preñada de otro hombre. ¿De quién?, preguntó extrañada. Da igual, dije, ya veremos a quien agarramos más adelante, ahora es cosa de crear polémica y atar nudos. Extraño al escritor, suspiró Isabella.

      Escribí el libro en dos semanas. Nunca antes había escrito tan aprisa. Todos los días me metía en mi traje sastre y me ponía a dar órdenes. Cuando terminé con todo eso llamé al señor Ibáñez.


2

El señor Ibáñez quedó de llamar hoy para dar el veredicto del dictamen de mi segundo libro. Mientras esperaba la llamada fumaba cigarrillos y jugaba con la corbata. Estaba metido en mi traje, sentado a la mesa, con la pierna cruzada. Ahora sabía muy bien quién era yo y qué debía hacer: escribir el libro – dar el manuscrito a Ibáñez – esperar dictamen – publicar el libro. Miraba por la ventana a las nubes y al sol hacer.

El teléfono sonó alrededor de las once de la mañana. Era el señor Ibáñez. Dijo: Horacio, tu libro fue rechazado, ¡qué te pasa!, escribiste una sarta de porquerías inverosímiles y decadentes, no es ni la mitad de bueno que tu primera obra, ¿consumiste drogas durante la creación de esta mierda? Si es así, dímelo, no serías el primero escritor en hacerlo, puedo recomendarte con Christina Mewlow; atendió a William Burroughs durante sus últimos años, ¿okey?, ¿o te volviste loco?, si es eso también me lo puedes decir, quizá tengamos tiempo de rectificarte y de salvar tu nombre de la tumba de los escritores olvidados, eh, ¿muchacho?, estás ahí, ¿estás escuchando, Horacio? Por amor a Dios no tomes Bencedrina, es algo pasado de moda, Dios… Horacio… Horacio, hombre, ¿me escuchas?... Horacio… Joder. ¡Clack!





domingo, 28 de junio de 2015

Dios santo.


Eran las doce del día cuando recibí la llamada. Era Germán. Ni siquiera dijo hola. P., Eva se ha ido, fue lo primero que dijo. Eva era su mujer. Ya, dije. Sí, como lo oíste, se ha marchado. No sé a dónde demonios. Reñimos anoche y cuando desperté no estaba. Dios, exclamé. Ya sabes, siguió Germán, suelo emborracharme y dormir como un jodido oso, y… Sí, entiendo, contesté. En fin. No sé qué hacer. Estoy desesperado. ¿Hace cuánto que se fue? No sé, quizá desde las diez o nueve u once, no tengo idea. Quizá desde la madrugada. De verdad, no sé qué hacer. ¿Se ha ido antes?, pregunté. No, nunca, es la primera vez en tres años. Siempre hay una primera vez, le consolé, quizá vuelva. No volverá, sentenció. ¿Cómo sabes?, pregunté. Lo sé, P., no sé cómo, pero lo sé. Sí, dije, esas cosas pueden saberse. He pensado en ir con su madre y rogarle que me ayude a encontrarla y a pedirle que vuelva conmigo. Encendí un cigarrillo. Tras la primera bocanada, contesté: mala idea, compadre, pésima idea. Nunca confíes en la madre de tu mujer. Nada personal. Sencillamente es su madre, estará de su lado, no del tuyo, hombre. Sería capaz de negarla aunque estuviese al lado suyo. Sí, sí, exclamó Germán, he pesando en ello. Di una chupada al cigarrillo y expulsé el humo. ¿Estás fumando, P.?  Sí. Jua, ojalá yo pudiera fumar. No puedo fumar, ¿sabes? Estoy muy nervioso, compadre; ojalá yo pudiera estarme por ahí echado en algún lugar de casa, fumando y todo eso, mientras Eva toma la ducha o prepara huevos. Ojalá no estuviera haciendo esta llamada. Ya, dije. Oye…. ¿Sí? ¿Puedo pasarme por tu casa? Necesito hablar con alguien. En serio. Lo necesito de verdad, P. Ya, dije. ¿Puedo? Sí, hombre, puedes. Pero… una cosa, Germán. ¿Qué? No llegues antes de media hora. ¿No?, ¿por qué? Quiero cagar y masturbarme antes. ¡Dios!, exclamó. Lo sé, viejo, pero lo hago cada mañana, así que… Okey, okey, dijo y colgó.

    A los veinte minutos llamaron a la puerta. Era Germán. Lo siento, P., lo siento, pero no pude esperar más. ¿Sabes? Llamé desde la esquina de tu casa. Sabía que no te negarías, aunque no contaba con… No hay problema, respondí, todo ha salido bien. Qué bueno, dijo. En fin. Compré esto antes de tocar, dijo y alzó una bolsa que tenía en la mano. Era una botella de whisky y cigarrillos. Bien, dije. Fui a la cocina por un par de vasos y un cenicero.

Nos instalamos en el comedor. Ante la mesa. Serví los vasos. Germán lucía verdaderamente nervioso. Llevaba las agujetas desanudadas, el pelo despeinado y parecía que había llorado. ¿Has llorado?, pregunté. No, dijo tímidamente. Bueno, sí, un poco, confesó. Caray, hombre, vamos a ver… ¿por qué riñeron? Lo de siempre, P. Me emborraché por la tarde y me reclamó llegar ebrio. Le insulté un poco, Dios, pero nada para que se largase, creo yo. ¿Lo haces con frecuencia?, interrogué. ¡P., soy Germán, me conoces, bebo con frecuencia, bebo contigo las más de las veces. Soy alcohólico, lo mismo que tú. ¿Qué clase de pregunta es esa? Quise decir, ¿la insultas con frecuencia? Ah, eso, no. No sé. Quizá. Con más frecuencia de la que quisiera, sí. ¡Pero, joder, me hace enojar! ¡Siempre reclamando que beba! Ella hace cosas peores, ¿sabes? Encendí un cigarrillo. Germán encendió uno también y siguió: sale con Durán. ¡Cree que no lo sé, pero lo sé! ¿Puedes creerlo? ¡Con ese poetrasto de mierda! ¿A qué te refieres con que sale con Durán?, ¿se acuesta con él? Dios, no lo sé; pero sale con él. Se citan y comen y hablan, no sé. Nunca he tenido valor para preguntárselo. Creo que soy demasiado débil para afrontar la verdad. A veces me dan ganas de largarla. Bueno, dije, el trabajo está hecho. Se ha ido. No te burles, contestó, hablo sinceramente. A veces me entran unas condenadas ganas de largarla, pero no tengo huevos. Sé que le rogaría volver al día siguiente. Entiendo, dije. Guarda un poema de Durán entre sus cosas. Se lo dedicó. Es un poema erótico. Cuando lo descubrí me decidí a dejarla. Pero no pude, P. No puedo. Di un sorbo al whisky. ¿Le has escrito un poema tú a ella? Sí. No. Al principió le dedicaba poemas todo el tiempo. Luego dejé de hacerlo. Ya, dije. ¡Ahora mismo podría escribirle cuatrocientos versos! Hazlo, alcé los hombros. Bueno, no ahora. Ahora no sé qué hacer. No sé a dónde haya podido ir. ¡Ya sé!, exclamó, llama a Durán, es posible que esté con él. Anda, P., hazme ese favor. Llama a Durán e interrógalo. Quizá haya hablado con él de nuestro asunto. Son íntimos. No sé, respondí, no creo que sea buena idea. No estoy en buenos términos con Durán. Insulté uno de sus poemas en un texto mío. Da igual, insistió Germán, sólo marca y pregunta qué hace o con quién está. No. Anda, P. No. Hazlo por un amigo, Dios, anda.

Me levanté a coger el teléfono. Maqué. ¿Sí?, ¿Durán? Hola, viejo, ¿qué tal? Habla P. Sí, hola. ¿Qué hay? Ya. Iré al grano, amigo... ¡No, no, no!, me susurró Germán. No le cuentes de lo nuestro, susurró. ¿Qué haces y con quién estás? Di una chupada al cigarrillo. No es que importe, hombre, sólo quiero saber si estás libre. Iré a beber con C. y O. y quizá… Entiendo. Muy bien. No pasa algo, amigo, todo bien. Sí. Okey. Adiós. ¿Y bien?, preguntó Germán, whisky en mano. Dio un sorbito. Alzó los ojos. Casi podría jurar que rezó. Nada, está solo, en casa, no quiso verme.

Germán suspiró. Inmediatamente, dijo: ¿podrías llamar a la madre de Eva? Dios, no, exclamé. Anda. No, hombre, no. Por favor, P. Hazlo por… No. Si lo haces haré cualquier cosa por ti. No. Cualquier cosa, P. Lo pensé un par de segundos. Okey, dije, dame tu libro de Espinoza. ¡Oh! Lo miré directo a los ojos. Está bien, dijo, está bien, maldito cabrón; no lo traigo ahora, pero cuenta con él. Cogí el teléfono. Dame el número, dije. Sí, es…. ¿Hola? Habla P. Un amigo de Eva, señora. Quisiera saber si puede comunicarme con ella, por favor. Entiendo. Gracias. Adiós. Bueno, dije, no está con su madre. Germán metió la cabeza entre los brazos. Pensé que se pondría a llorar. Nada de lloriquear, Germán, no soporto ver a la gente llorar, me enferma.

Bebimos toda la botella. En algún momento dejamos de hablar de Eva y hablamos de la poesía de Durán y de la poesía de O. y de las posibilidades de revolucionar el lenguaje y del expresionismo alemán y de los escritores contemporáneos y del atomismo. Luego, Germán dijo que era hora de irse. Se iría a casa. Lo acompañé a la puerta y le palmeé la espalda. Le aconsejé anudarse las agujetas. Alzó los hombros. Lo vi irse con el paso lento de un borracho deprimido. Di gracias a Dios. Regresé a mi habitación y me masturbé con videos pornográficos. En algún momento pensé en Eva. No  estaba nada mal la tal Eva.


2


P., ¿estás ahí? Dios santo, qué pregunta, claro que estás ahí. Soy Eva. Ya, dije por el auricular. Eran las ocho de la noche. ¿Sales esta noche? No. Excelente, mira, sé que no somos muy amigos ni nada de eso, pero… tengo un problema, ¿sabes? La escuché encender un cigarrillo, dar una calada y exhalar. ¿Podría verte para hablar? Me rasqué la entrepierna. Ya, dije, solo si vienes a mi casa, no pienso mover el culo del sofá. Está bien, P., muchas gracias. Dale, Eva. Oye… ¿Podrías…. darme tu dirección? Sí, es… ¡Espera!, iré por papel y pluma. Esperé. Listo, ahora sí, ¿cuál es?

   Pensé que no vendrías, dije cuando llamaron a la puerta y abrí y era Eva. Tardó casi dos horas. Lo siento, dijo, si quieres descansar, está bien. No, pasa. No hay problema. Sólo pensé que no vendrías. Pasó despacio. Miró todo alrededor. Miró los libros sobre los libreros. ¡Santo Dios, has leído todo esos libros!, exclamó. No, dije, los compro y los coloco ahí por manía. No contestó. Es broma, apunté, los he leído. Sonrió. Sí, dijo, perdón, no comprendí. Anda, siéntate. Le acomodé una silla ante la mesa. Gracias, dijo, y me sonrió. Fui a la cocina por un par de vasos. Los coloqué sobre la mesa. Fui al cuarto por una botella de whisky. Serví. Eva me miró extrañada. Es whisky, dije. Lo miró con repulsión. Santo Dios, exclamé imitándola, es whisky, no veneno. Anda, bebe. Cogió el vaso. Cogí el mío. Chocamos los vasos. Di un trago largo. Ella se pegó apenas el vaso a los labios e hizo muecas. ¿Y bien?, dije mientras encendía un cigarrillo.

    Eva se pegó otro traguito. Esta vez la mueca fue aún peor. No sé cómo pueden beber esto, Santo Dios. De algún modo es mejor que beber coca cola, dije. No contestó. Parecía deprimida o triste o angustiada o algo. Mira, comenzó, sé que no somos amigos, P., ni nada de eso, pero tú eres amigo de Germán y por ello he venido aquí. Ya, dije mientras daba una chupada al cigarrillo. La ceniza se acumuló. Me levanté por un cenicero. Sigue, sigue, te escucho, grité desde la cocina. Pero no habló hasta que estuve de regreso. Tuve un pleito con Germán. Ya, dije, ¿qué pasó? Bueno, titubeó, no es el primero que tenemos. Tenemos uno casi cada dos días, Santo Dios. Tú lo conoces, él es… alcohólico. ¡En serio!, exclamé, ¿Germán es alcohólico? No lo sabía. Me miró con saña. Lo sabes, P., bebe contigo y con C. y O. y todos ellos. Sí, dije, lo sé, pero no sabía que a eso se le llamase ser alcohólico. En ese caso, C. y O, y yo y todos lo somos también. Y te voy a decir una cosa, Eva: yo NO soy alcohólico. Todos ustedes LO SON, dijo, pero eso no es cosa mía, pueden beberse el mundo si quieren. Ya, dije. Pero no pienso soportarlo más. No de Germán. Entiendo, dije. Voy a dejarlo, sentenció mientras se pegaba un trago (muecas). ¡Ahhh!, ¡qué mal sabor!  El comentario me ofendió. Me levanté de un salto y corrí a la cocina. Traje una lata de cerveza Tecate. Ten, le dije, bebe esto, no soporto tu actitud; deja el whisky para mí. Destapé la lata y se la puse cerca. La cogió y bebió un trago. Hizo muecas. Esto sabe casi tan mal como meados de perro. No sé, Eva, dije, no he probado los meados de perro. De verdad estaba dándome en los huevos. No soporto a la gente que repudia al alcohol. Mira, dijo, no quiero beber, ¿vale? Ya, dije. Es igual, sólo no trates el alcohol como a tu culo, ¿quieres? ¡Santo Dios!, gritó, qué manera de hablar, P., eres casi tan barbaján como Germán. Y también tienes esa maldita manera de justificar el pedo. ¿El pedo?, no sabía que las muchachas bonitas como tú hablasen de ese modo; es el modo de Germán, ¿no? Se sonrojó. Cruzó la pierna. Calzaba sandalias. Miré sus pies. Eran unos pies blancos muy excitantes, joder. Llevaba falda blanca y blusa melón. Muy fresca. Muy, muy fresca, no sé.

    Mira, dijo cuando recuperó los ánimos, voy a dejar a Germán, ¿okey? ¿Y a mí qué?, pregunté. De eso quiero hablar, P., sé que no somos muy amigos ni nada de… Deja de decirlo, Eva, interrumpí, creo que es muy claro que no somos amigos; también es claro por qué. Cogió la cerveza y bebió un largo trago. Algo de cerveza se escurrió por las comisuras de sus labios. ¡Bahhhh!, exclamó. Se secó la boca con el brazo, un delgado y fresco brazo blanco y largo y bello. Cualquier puede emborracharse, dijo, no entiendo por qué hacen tanto alarde de ello, como si fueran héroes por llegar pedos a sus casas a insultar a sus mujeres y a escribir todas esas porquerías que escriben y a evitar el trabajo cada que pueden y todo eso. Di una calada al cigarrillo. Sí, dije, cualquiera puede emborracharse. Exhalé. También cualquiera puede ser una mojigata de mier… Me detuve. Su rostro se contrajo. Pensé que lloraría o enloquecería o se largaría o me pegaría o algo. Pero no. Lo que hizo fue lo siguiente: cogió el vaso de whisky que le había servido y se lo bebió de un trago. Acto seguido, cogió la lata de Tecate y comenzó a beberla de un gran sorbo. Me levanté y le arrebaté la lata. Cuando lo hice, estaba casi vacía. No tienes que demostrar nada, Eva, en serio. Si no bebes es asunto tuyo, pero, Santo Dios (imitación de Eva), deja de joder a los bebedores. Yo no voy a tu casa a quejarme de tus costumbres, ¿o sí? ¡Yo no llego acelerado a insultar a alguien!, ¿o sí?, contestó. Vale, dije. Me levanté y le sobé el hombro. Vale, está bien, Eva, no hay que acalorarnos por nada, tienes razón, Eva, no hay motivos para insultar a alguien. Si Germán lo haces es un hijo de puta, y punto, pero no te metas con los demás. No lo hago, dijo. Vale, contesté. Tomó mi mano, que descansaba sobre su hombro y se estuvo así unos segundos. Incluso acarició mi mano. Me senté de nuevo cuando la cosa fue obvia. Se sonrojó.

    Bebió el último sorbo de Tecate y cogió la botella y se sirvió en el vaso un whisky doble. ¿Quieres hielos?, pregunté. Na, dijo, así está bien. Cualquiera puede beber. Sí, sí, respondí, eso ya lo hablaste. Mira, P., reanudó el tema de Germán., voy a dejarlo, ¿okey? Sí, sí, dije, ya lo sé. Bueno, el punto es… quiero que lo sepas. Necesito pedirte un favor. Ya, dije. Conozco a Germán, Santo Dios, no va a tomarlo nada bien. ¿Aún no lo sabe?, pregunté. Alzó los hombros, debe sospecharlo, dijo, le abandoné hoy por la mañana. Ya, dije. Pero esta vez voy a dejarlo definitivamente, y… necesito que le cuides, P. ¿Cómo?, pregunté. Sí, dijo, le conozco demasiado bien y el muy hombre es capaz de cometer alguna estupidez. O varias, completó. No quiero que cometa una estupidez, ¿me entiendes? Ya, dije, ¿crees que se quitará la vida? ¡Santo Dios, no!, gritó, no creo. Lo pensó un segundo. No, no creo, no, eso no…. pero… quizá se vuelva loco y beba más de la cuenta y se meta en pleitos en bares o busque a mi madre y la incomode, ¿ves?, o quizá llore durante tres meses en la mesa de los bares a los que tanto le gusta ir, o acabe acostándose con una mujer que le pegue el sida, no sé; esas cosas que hacen los hombres cuando sus mujeres les abandona. Ya, dije, no te des tanta importancia, quizá no haga algo, quizá sigua bebiendo con nosotros y se olvide de ti y conozca a una buena chica y fin del cuento. Eva hizo una mueca. Alcánzame un cigarrillo, ¿sí? Le alcancé la cajetilla de cigarrillos. Cogió uno. Le alcancé el encendedor. Lo encendió y dio una chupada. Expulsó el humo en una delgada y prolongada y suave línea blanca y horizontal, torciendo los labios.

Serví whisky en mi vaso y di un trago. Tienes unos pies muy bonitos, ¿sabes?, dije en tono calmo, como quitando importancia a la cosa. Sonrió. Gracias, dijo y movió los dedos de los pies. Luego rió y comentó: nunca me han gustado del todo mis pies, en serio. Juntó las piernas y las estiró para que yo pudiese apreciarlos. A mí me gustan, dije. Son finos y estéticos. ¡Estéticos!, exclamó, ustedes siempre con sus palabras, ¡estéticos!, Santo Dios, si tengo un dedo más grande que el otro. Aquí, se dobló para tocarse el dedo del pie. ¿Ves? Toqué el dedo de su pie suavemente. No sé, dije, ¿quién dijo que un dedo más largo no es estético? Es lo que llaman pie griego. Se carcajeó. ¡Pie griego, Santo Dios! No paraba de reír. Dio un trago y luego una calada.

Regresó los pies a debajo de la mesa y dijo: ¿sabes, P.?, después de todo eres muy divertido. ¿Divertido? Sí, dijo riendo, tu modo de andar y de hacer sarcasmos y de proteger el alcohol y de decir que mis pies son… bonitos. Ya, dije. ¿Sabes?, siguió, esta cosa no está tan mal después de unos cuantos tragos. Alzó el vaso con whisky y lo puso frente a la luz y lo miró. Tiene un color que me recuerda a mi madre, no sé, a sus cabellos, ¿sabes? No te lo tomes muy en serio, dije, así se empieza a beber: un día descubres que el color del whisky te recuerda a tu madre y luego… Río. ¿A ti te recuerda algo el color del whisky?, preguntó con una sonrisa. No, contesté. ¿Entonces, por qué bebes? Suspiré. Bebo porque no soporto la vida. Santo Dios, exclamó, ¿por qué? Bueno, dije, por qué de algún modo no estoy hecho para vivir; es como si todo me costase más, no sé, trabajar, encajar, hacer vida social, el matrimonio, conducir en el tráfico, todo. Entiendo, dijo Eva muy calmadamente. Me ocurre algo parecido, continuó, soy… soy… rió. Soy un manojo de nervios, P. Todo en la vida me angustia demasiado. Temo dejar Germán, por ejemplo, aunque llevo casi siete meses desando dejarle. Me preocupa lo que pueda pasarle y antepongo la fecha definitiva en sacrificio a él. Pero ya no puedo más, P. Comprendo, dije.

Eva bebió un gran sorbo. Se levantó y se acercó a mí. Casi se cae cuando lo hizo. Me cogió por los hombros. Acercó su boca a mi oído y susurró: P., ¿dónde está el baño? Me levanté. La cogí de las manos. De ambas. La llevé despacio al baño. Todo tuyo, dije cuando abrí la puerta. Entró. Cerró la puerta. Me quedé ahí, detrás de la puerta. La escuché bajarse los calzones y orinar. La escuché eructar. La escuché tirarse un pedo. La escuche levantarse con dificultad y jalar la palanca. La escuché azotar la tapa del escusado. La escuché ir al lavabo y abrir las llaves y lavarse las manos. La escuché acercarse a la puerta y me alejé de prisa. ¿Estás bien?, le pregunté. Sí, dijo eructando, estoy bien. Solo un poco mareada. Quizá debas para, dije. Se fue a la mesa. No, dijo, está bien, cualquiera puede emborracharse.

Bebimos casi toda la noche. Para ser novata resistió bastante. Hablamos de Germán. Me lo contó todo sobre los insultos y las violaciones y las desfachateces. Nunca pensé que Germán pudiese ser tan hijo de puta. En una ocasión llegó pedísimo y le gritó que ella era una puta de mierda y se le fue encima y le rompió los calzones y se dispuso a cogerla por culo. Casi lo logra. Metió una parte, dijo Eva casi llorando. Luego la pegó en la cara con la mano abierta. Eva lloró. Germán se echó sobre la cama a dormir pero como Eva lloraba la pateó en el abdomen y la echó del cuarto. De verdad no podía creerlo ni justificarlo.

En algún momento más calmo, le pregunté a Eva por Durán. Eva se encontraba en un estado de confesión irremediable. Santo Dios, dijo, Durán es un amigo mío, es todo. Indague sin decirle que Germán estuvo por la mañana y me contó sobre un poema, pero  sin miedo a declararlo si preguntaba. No preguntó. Estaba ebria. No dedujo que yo no podía saber de ello. Es un poema que dedicó a su ex mujer, dijo, me lo regaló a mí porque lo leí y me gustó. La mujer de Durán se lo regresó cuando terminó con él. Ya, dije.

Eva casi se caía de sueño. Eran las cuatro de la mañana. Yo también me caía de sueño y de borracho. Le dije: Eva, creo que es mejor que te vayas. Eva asintió con la cabeza. Se levantó como pudo y se encaminó a la puerta. A penas podía sostenerse en pie. Antes de que llegase a la puerta la cogí. Cayó en mis brazos. A arrastras la llevé al cuarto y la recosté sobre la cama. Le quité las sandalias casi con religiosidad. Le aflojé la falda y la desfajé. La cubrí con una sábana limpia que saqué de la cómoda. Le planté un beso en los labios y le susurré: descansa, Eva.

Salí del cuarto y me recosté sobre el sofá.


3


Ya, ¿bueno? Eran las dos de la tarde. Eva aún dormía y yo lo seguiría haciendo de no ser por la llamada. Germán no me saludó. Fue al grano. Dijo: P., creo saber dónde está Eva. Ya, contesté. Sí, dijo, se ha ido a Guanajuato, con un tío suyo. Okeeeyyy, dije bostezando. Iré por ella, P., la amo y voy a recuperarla. Muy bien, Germán, qué bueno. Necesito que prestes mil pesos para hacer el viaje. ¡Cómo!, exclamé. Anda, P., necesito el dinero para ir por Eva. No, lo siento, no lo tengo, Germán.

   Y dejé que Germán se largara a Guanajuato sin dinero y sin posibilidad de recuperar a Eva.





Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com