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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Te lo cuento a ti, derecho, porque te quiero, cabrón.



Mira, te lo voy a contar porque te considero mi hermano, cabrón, y… porque ya estoy muy borracho. Y porque ya no quiero esconderlo más. ¿Okey?

         Bueno, mira… todo comenzó hace un año, cuando…

         No, fue hace como año y medio. Sí, como dos años a lo mucho.

         Fui a la fiesta de Javier Escamilla, el escritor. El que te caga la madre porque no te quiso saludar un día, creo que en la fiesta de Carlos, o en la de Pedro. No sé, chinga. Da igual.

         El chiste es que en la fiesta esa me dieron ganas de orinar. Normal, ¿no? Así que le pregunté a todos por Javier. Nadie sabía dónde estaba, o nadie me quiso decir; yo lo quería para preguntarle por el baño. No sé por qué no le pregunté a alguien más, o a uno de los que pregunté por Javier. A veces pasan cosas raras en esta vida. Más cuando está uno pedo. ¡Y yo estaba bien pedo! Más que ahorita, en serio. Creo que me bebí una botella de whisky yo solo antes de llegar a la fiesta, imagínate. Además ya sabes que cuando me empedo me pongo paranoico y no quiero hablar con desconocidos. No quiero que se burlen de mí porque cuando estoy pedo ya no sé ni lo que digo, me cae.

         Bueno, el caso es que me fui a buscar el baño yo solo. Me puse a pasear por los pasillos de la casa. Era una casa grande, en Xochimilco. Una casa de pueblo, de esas de una sola planta, pero bien pinche grande; con puertas que dan a habitaciones con puertas que dan a otras habitaciones. De esas puertas que interconectan habitaciones, pues.

         La casa me recordó a la de mi abuelo, la que tuvo mi abuelo, el padre de mi madre, en el pueblo de San Francisco Magú. De niño estaba chingón ir a su casa porque la habitación que nos daban a los primos conectaba con la habitación que les daban a las primas. No directamente. Pa que me entiendas, pues: en la habitación de los primos había un baño. Ese baño tenía otra puerta, que daba a la habitación de las primas. Y ya sabes, jajaja, los primos y las primas…

         Ahí andaba yo, pues, abriendo todas las puertas de la casa de Javier, que, creo, heredó de su padre, quien la recibió de su padre, o sea del abuelo de Javier; porque una casa de esas ya no la puedes comprar, ¡ya no hay!, ya valieron madre aquellos días donde uno decía: ¡este pinche pedazo de tierra es mío!, y construía ahí lo que le daba la gana. ¡Esas sí eran casas, chinga! ¡No como los pinches huevitos de caja de cartón que venden ahora en tres millones de mis pinches huevos!

         Carajo, bueno, abrí una puerta y entré a una habitación. A la cocina. Y de ahí, otra puerta me sacó al patio. Un patio grande con una fuente sin agua al centro. Pero como era de noche y hacía frío y lo que yo quería era llegar al baño, entré a otra puerta que estaba enfrente. Atravesé el patio, pues. Esa sí era una recámara. Supuse que era la de Javier porque además de la cama sólo había un escritorio de madera vieja y un montón de libros viejos encima.

         Y pa no hacerte el cuento largo, pinche Luis, el caso es que de puerta en puerta llegué al baño, a uno de los muchos que supuse habría, no sé. Todo bien hasta ahí. Descargué el tanque y todo y me dije: ay, ojalá hubiera traído tantita coca. Por pinche puto no llevé. Porque pensé que la gente de la fiesta de Javier sería muy mamona. Ya sabes, los selectos superamigos del superescritor Javier Escamilla. No quería hacer quedar mal a Javier con mis vicios delante de su gente. A mí al primer lineazo se me enchueca la mandíbula, caray, se me ponen los ojos rojos y comienzo a tartamudear. Además, no pensaba quedarme mucho tiempo. Fui porque el pinche Javier me cae a toda madre y me invitó de corazón, yo sé, aunque supiera que yo no encajo en su círculo de intelectuales. Siempre me invitaba a sus pinches fiestas en la casa de Xochimilco, pero nunca iba. Bueno, hasta esa vez nunca había ido. Digamos que ya se la debía. Siempre me contaba de lo chingona que se puso la fiesta en Xochi, y la chingada… ¿ves?

         Ah, sí, bueno, olvida eso… el chiste es que… ay, no mames, qué cagado, neta, qué pinche cagado… en el cuarto de baño había otra puerta. Como en la casa de mi abuelo, sí. No sé, de repente me entró algo así como un deyabú, o una epifanía, o un recuerdo cabrón cabrón, con la sensación y todo, de los días en que iba a casa de mi abuelo. De lo que te conté de los primos y las primas. No sé, te digo que ya iba pedísimo. Sentí como si esa casa y esa puerta fueran las mismas en que yo jugaba, y que si la abría encontraría la habitación llena de mis primas, como hace casi veinte años.
      
       Abrí la puerta. Daba a otra recamara, claro. Y bueno, pues… vi a una mujer.

Ahí adentro había una mujer sentada en un tocador rústico. Era una mujer muy rara. Vieja y regordeta, pero con un vestido rojo muy ajustado. Era rubia. Se maquillaba con delicadeza. Me miró por el espejo y me sonrió. ¡Ay, cabrón, estaba pedísimo y se me bajó la peda! me dijo: ven, no te voy a comer. ¡Era Javier!

¡Neta, te lo juro! ¡Era el pinche Javier Escamilla vestido de mujer!

Me salí en chinga. Corrí como pude por la casa hasta encontrar una salida al patio central. Ahí tomé aire. Estaba muy nervioso. Eso de los jotos a mí no se me da. Busqué la manera de regresar a la fiesta para encontrar la salida principal de la casa y largarme de ahí en putiza. Me subí a mi coche y ruuuunnn hasta mi casa, cabrón. Estaba impactado, de verdad. Yo nunca…

No volví a ver al joto de Javier nunca más. No lo he visto desde ese día. Ni él me ha llamado. Supongo que sabe que no lo voy a perdonar.

         Bueno, eso no importa. Lo que importa es… que…

         Mira, no sé muy bien cómo explicar esto, pero… ver a Javier así, vestido de mujer, sentado con naturalidad frente a un tocador y pintarse los labios... y decirme, ay, con esa voz de hombre que finge ser mujer, con su voz de puto, pues… y su risa. Y su frase: …no te voy a comer. Vale verga, Luis. No sabes lo que sentí. Javier era…

         Ya sé que vas a decir que cómo digo que no me gusta el ambiente gay si yo… pero… chinga, Luis, te lo voy a contar en serio porque eres mi hermano, canijo. Espero que tú sí puedas entenderlo. Confío en ti, cabrón. No te vayas a burlar…

Íralo, ya te estás riendo, culero. No, ya. En serio, puto, lo que te voy a decir es de cabrones. De cabrón a cabrón.

         Ver a Javier así me marcó. No sé cómo… me marcó mucho, Luis.

Javier era como un hermano mayor para mí, tú lo sabes. A pesar de que en nada nos parecemos él y yo. Además de que casi no lo veo ni entiendo su mundo intelectual de libros y novelas y cuentos y la mamada y media que hace… siempre sentí admiración por él, un cariño muy especial. Y verlo así me deshizo. Como si un vaso de cristal chocara contra  el suelo. Como dicen las pinches viejas cuando las ofendes y les pides perdón: ¡a ver, culero, deja caer un vaso de cristal al suelo y luego pídele perdón e intenta dejarlo como estaba antes! jajajaja.

Bueno, Luis, pues después de ese día me dio por pensar mucho en Javier. En su vida, en sus diversiones. Me dije: ¿entonces en sus fiestas de Xochi siempre se viste de mujer, el puñal? Ya sé que es raro, pero yo sé que no es puto. No se acuesta con hombres, estoy seguro. Nunca me lo dijo. No sé cómo lo sé, pero lo sé. Te lo apuesto, cabrón. No puede ser. Yo creo que más bien es una de esas excentricidades de escritor, de artista. Ya ves que esos canijos están bien chiflados. Bueno, así lo quise ver. Pensé que quizá se trataba del personaje de una novela, ¿no? Que vestirse de mujer era para él como encarnar a alguno de sus personajes femeninos. Quién sabe.

Me obsesioné. Primero con la imagen, luego con la idea. Sí, con la idea. Necesitaba saber por qué Javier se vestía de mujer.

¡Y no, cabrón, que no es por puto, chinga! ¡Yo sé que no! Antes lo sospechaba… ahora… lo sé, Luis. Lo sé porque… mira, esto es lo que trato de explicarte desde que te traje a esta pinche cantina: yo me visto de mujer. Sí, Luis, lo que se cuenta de mí es verdad. Aunque no es como se cuenta, no es tan pinche vulgar ni tan pinche exagerado. Sobre todo lo que cuenta Raúl; ese hijo de la chingada nomás quiere joderme la reputación.

Me obsesioné, como te digo, cabrón. ¡Tenía qué saber!

Las piernas peludas de Javier… el color artificial de las medias encima de las piernas… su trasero gordo empujando la tela roja con todas sus fuerzas… el cabello de la peluca cayéndole sobre el pecho descubierto… Imágenes, Luis, imágenes e ideas que no me podía sacar de la cabeza.

La primera vez lo hice en mi casa. Compré una botella, coca… oh, sí, ya antes había comprado la ropa. Compré medias y calzones de mujer y un vestido negro. Todo lo compré en la glorieta de Insurgentes. En el local que vende ropa pa putas, el que está del otro lado de la glorieta, donde ponen los maniquíes esos y venden disfraces pa estríper y la madre.

¿Qué cómo fue? Ja. ¿Sabes qué? Me sentí chingón, jajaja. No te rías, culero, ya sé que es vergonzoso, pero, neta, me sentí chido, me sentí bien. Hasta me dieron ganas de salirme a la calle a jotear. Pero no había comprado zapatos ni peluca ni nada. Sólo la ropa interior y el vestido. Claro que ahora ya tengo de todo. Zapatos, vestidos, blusas, tangas de todos colores y… ¡sabores!, jajaja no es cierto, y hasta tengo pelucas y maquillaje y dos bolsos.

Y bueno, un día sí me salí. Y pa colmo, ese pinche día, el único que me armé de valor pa salir, me encontré a Raúl en la calle. Sí me reconoció, eh. Y por eso corrió el chisme de mí. ¿Pero sabes qué? No me voy a detener por él, Luis. La neta no. Y hasta te voy a decir una cosa. De hombres, de canijos… de hombre a a hombre, cabrón: todos los hombres deberían vestirse de mujer al menos una vez en su vida.

Te lo cuento a ti, derecho, porque te quiero, cabrón. Porque eres como mi hermano. Y para que no te lo cuenten por otro lado, pues.






miércoles, 9 de noviembre de 2016

Tengo la ligera impresión de que Dios nos odia a todos, en especial a los negros de Haití.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.


A veces, cuando reflexiono y me pongo medio melancólico, creo que Dios nos odia. Imagino cosas así desde un tiempo para acá, antes era un tipo normal con problemas mundanos, o por lo menos hasta que se me acercó un Testigo de Jehová y me dio un folleto donde se afirmaba que la verdad estaba en la Biblia. Comencé por el libro de Job. El tipo era justo y buena vaina; Dios permitió que le sucedieran toda clase de calamidades por una apuesta con el Diablo. Al final Dios reprende a Job por haberse quejado, prohibiéndole el único placer de los oprimidos, pero le resarció todo lo perdido. Pienso que Job era buen tipo, y Dios, con toda su sabiduría y omnipotencia, no debió comer casquillo del Diablo ni hacer apuestas y confiar más en sus súbditos. Al final la moraleja de la historia es que debes amar a Dios porque él siempre tiene la razón.

Esta mañana leí el periódico. Lo primero que se me vino a la mente fue que Él no nos aniquila como cuando el diluvio o las siete plagas, sino que nos dejará a merced de las perversidades de su primogénito patotero para probarnos tal cual hizo con Job, y así ganarnos el paraíso. En todo caso, si en verdad existe ese lugar, estaría atestado de negros o por lo menos de morenitos e indios con un presidente negro con su respectiva esposa también negra. Es que han sufrido, a lo largo de la historia siempre han resultado jodidos, y a pesar de todo aún se les ve sonreír y festejar por las calles. Antes de Hitler, Napoleón, la invasión Europea a las Américas, César, incluso antes de Cristo, por allí andaban los negritos dando pingazos.  Y también la iglesia les ha dado duro, lo del hijo de Noé que lo vio desnudo, o algo así, y que de allí surgieron los negros no es del todo falso o resulta complicado de entender, pero esa teoría duró muchos siglos y justificó la esclavitud.


***


María Joaquina pertenecía a una de las familias más antiguas y ricas de Venezuela, era descendiente del Gran Mariscal de Ayacucho y recién había terminado su tesis en la Universidad de Central. Era atractiva en todo el sentido de la palabra, y de paso millonaria. Por aquel tiempo estaba de moda la iniciativa “Ayuda a un amigo”. Una familia con gran solvencia económica debía comprometerse en adoptar por cierto tiempo a un joven procedente de Haití. El joven debía cursar estudios superiores en el país y retornar al lugar de origen. Un chico llamado Ismael frecuentaba mi grupo de amigos de la universidad, fue uno de los primeros en llegar a Venezuela gracias a esa iniciativa.

Nunca le tuve mala idea al chico, durante el lapso en el que vivió en Venezuela mostró buenas aptitudes. Era agradable, tenía cierta afición por la literatura, terriblemente tímido y muchas veces despistado, eso le confería cierto aíre solitario que, durante algún tiempo, le resultó atractivo, o por lo menos interesante, a María. En muchos aspectos se podría decir que rompía los estereotipos que la televisión nos inculca acerca de los negros; no sabía bailar, no le gustaba el reguetón ni el rap, lacónico, tímido y sencillo en su manera de vestir. No usaba prendas de oro y sentía poco interés por los artículos electrónicos. Buen estudiante, amable educado y en sus modos mostraba un comportamiento que rayaba en lo esnob.


***


Llegó a eso de las 7:00 pm a la fiesta, lo primero que dijo al encontrarnos fue:
- Llamadme Ismael.- Entonces Nemo apretó la mandíbula y murmuró algo así: “Aquí viene este negro hijo de puta”.

- Nos trajeron al tipo equivocado.- Dije. En verdad mi intención era beber y pasarla bien, celebrábamos que al fin María Joaquina había terminado su tesis, y eso era gracias a la ayuda de Ismael con sus clases y todo eso. Pero a nadie le importaba lo que hizo o no hizo el negro, cuando ella presentó la tesis los viejos andaban de lo más contentos y organizaron una reunión.

- No importa, toditos son iguales.- Respondió Nemo. Al haitiano le gustaba la literatura, lo cual no era malo, sin embargo, después descubrí que se dejaba influenciar y que por esos días había leído “María” de Jorge Isaac.

- Epale José Alberto – Dijo Ismael. Estreché su mano y le di un par de palmadas en la espalda; él también había presentado su tesis, y con honores. Nemo le sonrió con esa arrechera contenida de mil demonios.

- Chamo, ya me está arrechando la guevonada.- Dijo Nemo. Te lo estoy advirtiendo, te me comportas hoy y ya sabes lo que hablamos.- En eso se apareció María Joaquina y le brincó encima a Ismael, lo besó en el cachete.
- Con bienvenidas como estas, cualquier negro se alegra.- Dijo Ismael.

- Pero tú no eres tan negro.- Respondió María, le limpió el lápiz labial del cachete y le pegó las tetas del hombro. Nemo ardía de la arrechera, entonces tomó por el brazo a María Joaquina y la llevó de golpe a su lado.

- Gracias. Supongo- Respondió Ismael. Fuimos a la sala. La tía Elda estaba atareada con lo de los tequeños e Ismael fue en su ayuda. Dejé a  Nemo y  María discutiendo.

Ninguno de la patota había llegado; Carlos andaba con Tahimy y no vendría hasta terminar de ayudarla con la decoración en la peluquería; David y Rodrigo compraban ron, eso quería decir que se iban a aparecer más tarde y borrachos con alguna sorpresa; El gordo estaba con Reina en su apartamento, posiblemente no vendría, además, Reina y María no se llevaban bien; y yo estaba de lo más ladillado, razón por la cual me fui a la concina para conversar un rato con la Nana y probar uno de sus famosos dulces.

- La niña María Joaquina, cuando era chiquitica, era gordita con cachetes rosados y el cabello castaño claro y largo. Corría y brincaba por todos lados, uno debía andar tras de ella para que no rompiera nada.- Y era verdad, por todos lados de la casa había fotos de María de pequeña. Escuchaba a la Nana y comía sus dulces, ella era la persona más linda del mundo. Había cuidado de María Joaquina y Jesús Alberto desde que eran unos bebés.  Al rato se apareció Rodrigo junto a su hermano David y me convidaron a fumar un rato en el patio, allí nos encontramos a Nemo que hablaba con el Gordo. Reina estaba sentada con las piernas cruzadas y una malicia en la mirada, apenas me vio soltó una risita. Nemo andaba obstinado y bebía ron a palo seco.  

-Ese maldito negro.- Entonces Rodrigo soltó una carcajada, le dio otro palo de ron. Y todos estábamos cagados de la risa por el asunto. -¿Quien se cree?- En eso se apareció Ismael.

- Epale gente.- Saludó Ismael.

- Epale nada.- Dijo Nemo.- Quiero que te dejes la guevonada de andarle escribiendo poemas a María.- Él chico palideció.

- No te lo lleves José Alberto. Él tiene que aprender a ser hombrecito desde ahora.- Replicó Nemo. Ismael sonreía, lo sostenía porque tenía la impresión de que se caería o se mearía encima- Mira, deja de andar escribiéndole poemas y diciéndole que la amas, porque mientras tú te la pasas escribiéndole poemitas ella me lo mama y se traga mi leche.-

- ¿Qué? – Dijo Reina – Nemo, no te pases de rata.

-Mi leche, y no la tuya negro el coño.- Entonces hizo un además de pegarle y todos lo contuvimos. Reina tomó por el brazo a Ismael y lo sacó de la casa.

- Coño, no te pases de rata.- Le dijo el gordo.- Eso no se hace.-
- El maldito negro se lo merecía.-
- No me refiero a eso, sino a lo que dijiste de María.-
- Coño, sí. Pero ese maldito me saca de quicio.- Le dimos un par de palos de ron y cambiamos el tema. Reina se había llevado a Ismael a su casa. Ya Nemo estaba más tranquilo, hasta empezó a sentir un poco de remordimiento. En el fondo él sabía que estaba mal, Ismael era apenas un chico que se enamoró de la única persona que lo aceptó en un país desconocido y en cierta forma lo usó. Entonces me empecé a sentir un poco saturado del asunto de María y Nemo, fui a la sala a ver si llegaban otros invitados con quien joder. Se decía que vendrían Travolta y El King, con ellos de verdad se la pasaba bien y se hacían fiestas sin malos rollos.

- Menos mal te veo, tengo que comentarte algo.- Dijo María justo cuando me vio en la sala hurgando entre los quesos.
- ¿Qué será?
- Reina se acaba de ir con Ismael no sé para dónde. No le vayas a decir al gordo que se puede poner más insoportable que el mismo Nemo.-
- Ok. Permíteme ir al baño.- La dejé en la sala, estaba buena pero hartaba. No quería enrollarme, la culpable de todo ese embrollo era ella por no hablar claro, después pensé, mientras orinaba, que mi prima no era mala persona, sólo era puta por naturaleza y no lo sabía. En eso escuché la voz de Reina, ella y María intercambiaron palabras. No sé qué pasó, pero algo me decía que no era bueno y fui al patio donde estaban todos reunidos. Allí me encontré a los del grupo como si nada; bebían y hablaban las mismas pendejadas de siempre. Al rato se aparecieron María y Reina, y todo fue como antes. Nemo estaba de buen humor y cuando eso pasaba todos reíamos, era un tipo agradable cuando quería.

A eso de las 3:30 am andaba con una chiquita de limpieza que estaba de lo más rico, pero se apareció la Nana y me agarró con las manos en la masa, me sacó de la cocina con un buen sermón. Entonces me fui de nuevo a la mesa en dónde estaba reunido el grupo. Apenas llegué, Reina hizo un comentario:

- ¿Escuchan? alguien como que está gritando.
- No escucho nada.- Dijo María.
- Es como la voz del negro Ismael.- Agregó Rodrigo.
- Coño sí. Se escucha como un “Te amo maría Joaquina”.- Dijo David, y se echó a reír.
- Dejen la jodedera. Dejen a ese niño en paz.- Dijo María. Nemo asomó una sonrisa, pero se le borró cuando acabó la canción que sonaba y el hueco entre canción y canción se llenó con la voz post adolescente de un negrito haitiano enamorado. Entonces se levantó y corrió hasta la entrada, le seguimos el Gordo, Reina, María, David y Rodrigo; y los invitados a nosotros. Llegué un poco tarde porque me tropecé con un mesón y me eché un batacazo que me hizo recordar mi nacimiento. Al llegar a la entrada tuve que abrirme paso entre la gente para darme cuenta de que la puerta del pórtico estaba trancada con llave. Sin embargo, se veía como el negro Ismael luchaba contra Nemo o cómo recibía los coñazos. María gritaba “Basta, Basta…”. Reina y el Gordo estaban cagados de la risa, David aupaba a Ismael y Rodrigo me miró, se racó la barba como preguntándome: “¿Araque, qué hacemos con estos locos?”

 De allí que le pedí ayuda a David para saltar la cerca, él me empujó muy fuerte y me di un segundo batacazo cuando caí del otro lado. Cuando me incorporé logré separarlos, pero no pude evitar que el negro recibiera una docena de coñazos en la cara. Entonces vi el rostro de Ismael bañado en sangre y con lágrimas en los ojos.

- Te amo María Joaquina.- Él retomó la senda indescriptible de la fatalidad que lo arrastraba al fracaso al seguir, y seguir, insistiendo en algo que no estaba bien y atentaba contra su autoestima. Gritó, y gritó con fuerza, todos escucharon. Hasta se arrodilló y le pidió matrimonio a María, mientras todos los presentes, incluso Nemo, reían. Respiré y medité por unos instantes, ahora reflexiono y pienso que si existen dos cosas en esta vida que no quiero repetir son: Ver a mi mamá desnuda y a un negro llorar. Los hombres no deberían llorar, y si son negros menos.

- Vete a la mierda negro el coño, esto nunca te lo perdonaré.- Replicó María. – Se supone que te lo habías llevado.- Le gritó a Reina, y ésta se encogió de hombros con una sonrisa en su rostro. María entró. Ismael se quedó tieso. En eso Carlos se apareció con unas llaves que sacó de no sé dónde y abrió la puerta, terminó de meter a Nemo a la casa. Luego fue al estacionamiento y regresó con la camioneta. Se detuvo a un lado, abrió las puertas y esperó por nosotros.

- Vente Ismael, vámonos.- Le dije. Lo monté a trompicones en el carro. Nemo estaba tipo macho vernáculo que defiende el honor de su dama, se había lastimado el brazo de tanto darle coñazo al negro. Entonces María fue a curarle, todavía no recuerdo porque no trasladamos al negro a un hospital. Llevé al negro Ismael a su casa y no nos marchamos hasta cerciorarnos de que no saldría de nuevo. Carlos sacó un par de cervezas mientras vigilábamos.

- Coño, todas las mujeres son putas.-
-Araque, deja de hablar así.- Respondió Carlos.
- Pero no viste como lo abrazó y lo beso con todo y el peo que Nemo le formó al negro por lo de las cartas y que ella había escuchado.-
- Araque. Todas las mujeres son putas como tú dices, pero no con todo el mundo, sino con quién a ellas les da la gana. Y están en su derecho.- Lo dijo como regañándome. Luego bajó el tono y agregó:
- A veces uno se confunde. Eso es lo que pasa.- Hablamos otras cosas más que no recuerdo. Regresamos de madrugada a la casa, ya la mayoría de los invitados se habían marchado. Sólo estaban los muchachos; David haciendo de que tocaba la guitarra, pero estaba hecho mierda de la borrachera; Rodrigo encerrado con la chiquita de limpieza que yo había apartado temprano; Reina conversaba con María, parecía estar aconsejándola; y el Gordo y Nemo se fumaban un porro, miraban el amanecer. Apenas se dieron cuenta de que habíamos regresado nos invitaron a ver el nuevo día. Fue una linda mañana, el sol apareció suave con tonalidades verdosas y, a lo lejos, se veía la playa.
Pasó el tiempo y no había vuelto a pensar en Ismael hasta el día en el que un testigo de Jehova se me acercó y me dio un folleto. Y esta mañana, después de leer en el periódico algo de un huracán que pasó por Haití y mató como a 400 personas, me di cuenta de que entre las victimas estaba él negro Ismael.


María y Nemo, se reconciliaron a las pocas semanas y aún están casados, viven en Francia. Carlos, se casó con Tahimy y aún atiende la peluquería. El gordo y Reina montaron una posada en Margarita. Rodrigo, David y yo aún nos reunimos de vez en cuando para hablar de pendejadas. 




Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

domingo, 23 de octubre de 2016

Fotorafía 1: La pelusa de la Roma. Días de 2016




Se decía que la casa estaba embrujada, pero… por amor a Dios, en 2016 nadie creía en eso. No estaba embrujada. La tomaron unos hijos de puta, unos paracaidistas, unos okupa, o como les llames tú. Y se pusieron a vender tacos. Todo el mundo los conocía como los tacos de Obregón y Monterrey. U Obregón e Insurgentes. No quedaba claro; no lo recuerdo con exactitud. Muchas veces fuimos a comer ahí Erín, Leo, Portillo y yo. Siempre arrastrados por Leo, que era una máquina de beber y comer. Prendía el motor de comer más o menos a las dos y media de la madrugada, después de haber bebido en Tres Gallos, en el 12:51 o en mi casa. Era imparable. Se acababa dos órdenes de tacos, o una torta de pastor con queso y una orden de tacos. Lo que sea. Y no engordaba. Era una lombriz paliducha de uno con ochenta metros. Portillo le hacía segunda, eh; aunque su máquina de masticar y tragar era del 76 o algo porque se demoraba en comer siglos y siglos. Los miraba desesperado y enojado con ellos por cortar el trago. Aunque para las dos y media ya estaba borracho. Si no fuera por la cocaína… Erín los acompañaba con un taco. Un solo taco. Me recargaba en la pared de la casa y los miraba hacer su circo de media madrugada. Y después, Erín y Portillo querrían ir al Jacalito.


            El problema con el Jacalito era que a mí no me gustaba bailar.

            Bebíamos desde las cinco de la tarde. Primero Erín y yo solos. En bar de Sanborns. Desde antes de casarme con ella la llevé ahí y le gustó tanto como a mí. Luego, más o menos a las ocho o nueve, Leo me mandaba un whatsapp para decirme que recién salía del trabajo y preguntar si tenía un plan. Un plan de acción. Pero nosotros nunca teníamos plan. Nos adaptábamos a lo que viniera. Sobretodo ellos: Erín, Portillo y Leo. A mí me gustaba la rutina. Mis bares de siempre. Mis meseros de siempre. Mis bebidas de siempre. Pero a las nueve de la noche ya estaba a punto de estar bien borracho y soltaba el timón de mi vida. Le contestaba a Leo que no, que no tenía plan, y que podía caer a bar de Sanborns. Leo trabajaba en el centro de la ciudad, en un restaurante tailandés. Creo que en avenida Juárez. Así que llegaba a nuestra mesa en treinta minutos. Tomaba el metro hasta Insurgentes y de ahí caminaba hasta San Luis. Se sacaba la mochila de una correa y se sentaba. Se quejaba del trabajo o del clima o del gentío en el metro, bufaba y alzaba la mano para ordenar a Hugo un negra modelo. Erín y yo bebíamos Tecate light michelada. Al principio se burlaban de mí por beber ligth, pero luego se acostumbraron. Y yo también.

            A las doce de la noche, más o menos, Erín y yo estábamos a punto de caernos de borrachos. Pagábamos la cuenta y nos íbamos a casa. Nuestra casa, en ese entonces, estaba a dos cuadras. Leo se iba con nosotros. La cosa no terminaba ahí. Apenas comenzaba.

            Portillo llamaba siempre a esa hora. Le comunicaba lo que sea que estuviésemos haciendo y nos alcanzaba donde sea que estuviésemos. Generalmente en mi casa. A veces nos aventurábamos en busca de nuevos bares. Antes de que llegara Portillo llamaba a nuestro proveedor. Le encargaba unos cuantos cientos de pesos de cocaína. De otro modo no aguantaría estarme con ellos hasta bien entrada la mañana del otro día.

            La cocaína es un vicio muy engañoso. Nunca sabes cuando has inhalado suficiente. No hay nada que te indique que te has pasado. Puedes meterte y meterte líneas y nada dentro de ti te avisará que pares. Y cuando la señal llegué… será demasiado tarde. Además, también bloquea tus alarmas de alcohol. A la media noche mi cuerpo necesitaba vomitar todo el alcohol que me había bebido. Pero la coca cortaba el efecto del malestar y podía beberme el doble de alcohol. Eran increíbles las cantidades de alcohol que ingería de las cinco de la tarde de un día cualquiera, hasta las dos o tres de la tarde del otro día. Y mantenerse despierto en tan mal estado tantas horas… vaya que te jode. Aún así, cómo le tenía cariñó a la coca, caray. Mi gran amiga, la coca. Mi salvadora.

            Si nos quedábamos en casa, en mi casa, jugábamos Maratón. Lo tomábamos tan en serio como al box. Muchas veces salimos peleados por ese maldito juego. Hasta Portillo, que era el menos colérico, una vez nos corrió a todos de su casa con su actitud respecto al juego. Y con todo ese alcohol y esa coca encima, me sorprende que no nos hubiésemos partido la cara nunca. Erín se incomodaba. No le gustaba jugar. Le parecía demasiado agresivo nuestro modo de anhelar la victoria, demasiado vulgar nuestra manera de afrontar la victoria, demasiado lastimera y poco ética, hasta pusilánime, nuestra manera de encarar la derrota. Una vez comenzado el juego, ya nada podía detenernos. Íbamos hasta el final. Jugábamos a ida y vuelta. Luego, a muerte súbita. Cara a cara. Era muy importante para nosotros conocer todas las respuestas. Particularmente Portillo y yo hacíamos del juego un duelo a muerte.

            Si salíamos a algún bar, inhalábamos la coca en los sanitarios.  






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