Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

domingo, 19 de abril de 2015

Una copa o dos solamente.


Cubierto por el manto de la oscuridad, sirvo whisky en un vaso y lo bebo. E. duerme bajo el mismo manto, a mi lado, sobre la cama. Son las dos de la madrugada del martes. No concilio el sueño. Beber antes de dormir ya no es suficiente. No hacerlo, continúa provocando la urticaria. Al menos podré dormir alrededor de las tres de la mañana. En dos meses más quizá no pueda hacerlo sino hasta las cuatro o cinco de la mañana. Escuchar la respiración de E. me tranquiliza. No he contado de esto a C. ni a R. Ni siquiera a O. Me pregunto si sufren del mismo insomnio. No los imagino a las dos de la madrugada, sentados sobre sillas arrimadas a la ventana, fumando cigarrillos, pegándose chupetes de whisky porque de no hacerlo no podrán dormir y la picazón les hará hacerse heridas en los brazos, en las piernas, en el cuello. Soy muy cuidadoso. Después de la primera vez que herí mi cuello al rascarme, no volví a caer en ello. Prefiero beber una botella cada noche, antes que dejar asomar a las figuras del alcoholismo. A pesar de ello me conocen en todos los bares de la colonia. No hay uno donde no me reciban con una sonrisa. Pago la mitad del alquiler de sus locales, probablemente. Los meseros me atienden bien. A su vez, les dejo propinas. No me excedo en ello; doy ligeramente algo más de lo justo. Ellos hacen lo mismo: algo ligeramente por encima de lo merecido. Bebo en lugares baratos; de otro modo, estaría en la calle. A veces pienso que, gradualmente, acabaré en la calle. He visto casos. Desde la riqueza hasta la pobreza. De cualquier modo siempre he estado más cerca de la pobreza. ¿Qué será de E.? Encontrará a otro, pienso mientras la miro dormir. Se ha dormido hace tres cuartos de hora. También bebe. Un envase vacío de cerveza reposa sobre el buró, del lado de la cama de E. También debe beber para poder dormir. A ella aún le basta litro y medio de cerveza. Si no se deteriora demasiado por la bebida, es muy probable que consiga a otro hombre y se deteriore con él. Soy ocho años mayor que E. En fin, sólo especulo. Todos los hombres vamos a morir y muy pocos especulamos sobre nuestra muerte. ¿Por qué especulamos más sobre el deterioro del alcohol, o del cáncer, o de lo que sea, si tenemos encima una enfermedad aún más atroz e incurable que es la vida? Incluso si dejara el trago en este mismo instante, o si nunca lo hubiese probado, me mataría la vida. E. envejecerá. E. morirá. Espero estar en pie para cuando eso suceda. Suele decirme: por favor, P., no mueras antes que yo; no me dejes sola. Es muy probable que yo pueda soportar mejor la soledad, por lo que he dicho que sí a E., e incluso se lo he prometido: te lo prometo, nena, no moriré antes que tú, seré yo quien te entierre a ti. No, no, dice, de eso nada, a mí me van a incinerar… Por mi parte no me hago ideas. Me conformo con que caven un hoyo, durante la noche, en un pedazo de tierra fresca, si es posible a los pies de un árbol, y echen mis restos ahí, sin algún tipo de ceremonia o ritual.

Durante la noche los ruidos son muy fuertes. Basta que un lápiz caiga del escritorio del departamento contiguo para que lo escuche caer. Durante el día sería imposible escucharlo. El piso de abajo es utilizado como oficina. Es bueno. Así no hay alguien durante las noches. Un cretino menos que dé la lata. Puedo brincar en mi piso y nadie vendrá a echármelo en cara. Mi piso es el último. Tampoco brincarán sobre mi cabeza. Puedo decir que hay paz en la habitación. Envidio a la gente que puede dormir incluso con ruidos. Envidio a la gente que puede dormir, que puede pasarse la noche sin trago, que no lidia con insectos caminándole debajo de la piel, que no piensa en la muerte.

Una de las gatas duerme. Lo hace sobre los pies de E. Si E. se mueve, la tirará. Yo mismo he catapultado a las gatas muchas veces. Lo sé porque siento un peso en el pie y luego escucho un bulto pegar contra la duela. Todo entre sueños. La otra se pasea sigilosamente. Viene a mí. Escala por mis piernas. Es María. Alza la cabeza hasta mi barbilla. Quiere olisquear el whisky. La dejo hacer. Hay gente que tiene pavor a los gatos. Los consideran fuente de todo mal. Yo dejo olisquear a mis gatas mi comida, subirse a la mesa, a la cocina, a la cama. A veces le hago el amor a E. mientras las gatas olisquean nuestros cuerpos. Han olisqueado nuestro coito. Jamás nos han pegado alguna enfermedad. Encuentro pelo de gato hasta en mi trasero. Pero ahí  hay cosas peores, así que no me infarto. Enciendo un cigarrillo. E. es la única mujer con la que he estado que me permite fumar dentro del cuarto. E. es desinteresada. Me deja hacer. A veces entro a la ducha con ella, me siento sobre el retrete y la miro ducharse mientras fumo un cigarrillo y le hablo sobre Michel de Montaigne. Es respetable porque E. padece asma. A pesar de ello, deja a las gatas hacer y a mí fumar. Las narices de E. reaccionan. Sonríe. Estiro el brazo para abrir aún más la ventana. Echo el humo afuera. Tiro la ceniza en el cenicero. Es un cenicero con forma de cráneo. Tengo al menos siete diferentes. Los compré todos cuando E. se mudó a conmigo. También es la única mujer que no grita cuando quiero comprar algo con forma de cráneo. Tengo los ceniceros, una licorera, un par de vasos para caballitos, un teléfono. Uno de los ceniceros, el que más aprecio, me lo regaló ella. Es un cráneo partido transversalmente por la mitad. Representa la parte inferior del corte. Echo la ceniza en la sesera y pienso un montón de cosas sobre ello. E. es un ángel. Además, tiene carácter. Cuando se emborracha es capaz de gritarme públicamente si la ofendo. En ocasiones la ofendo. Cuando estoy borracho. Delante de C. o R. u O. Si la cosa se agrava, vamos a la cama peleados. No importa. Durante el sueño nos abrazamos y al amanecer lo hemos olvidado todo y perdonado todo. A lo más, dice: ¿P., por qué eres tan grosero conmigo, si te amo? No le respondo. Yo, en cambio, le digo: E., no quiero que vuelvas a hablarme de ese modo delante de los chicos. E. promete que no volverá a suceder.

Las cortinas las eligió E. Son rojas, gruesas y largas. Con ellas el cuarto luce como un cabaret. Detrás de las cortinas hay una persiana de madera. La combinación es extraña. De día, el sol se filtra de una manera preciosa. No suelo expresarme de este modo, pero no encuentro otro adjetivo que describa mejor el cómo el sol se filtra. Yo también la dejo hacer. A E. La dejo elegir objetos y colocarlos a su gusto. Pero como es desinteresada no ha hecho gran cosa. La mayoría de los muebles pertenecen a mi ex mujer. Los hemos impregnado de nosotros. Vivo en una transición. Poco a poco, objeto a objeto, ya sea sumado o sustraído, la habitación y todo el departamento se parce menos a lo que fue hace apenas ocho meses. Es curioso cómo la mera configuración de objetos puede cambiar toda una realidad. Mueve un poco la silla; no será el mismo cuarto. Los cambios generales son: más libros; menos chucherías. Con E. he tenido que comprar tres libreros más. El hábito de lectura de E. es impresionante. Estoy por comprar el cuarto. Eso sumaría seis libreros grandes, un medio librero, un librero pequeño, y libracos desperdigados por toda la habitación, sobre el buró, la cómoda, la mesita, el suelo. A cambio se han ido las macetas, el árbol de Navidad, el portadiscos (con discos). Ya no recuerdo a mi ex mujer. E. la ha superado en todo. No debo hablar así; es un modo de decir que amo a E. Hace cinco años amaba a S. y ella había superado en todo a K. K. superó en todo a N. A veces pienso que todos somos hombres de una sola mujer que cambia de forma, o de formas. Cuando tu ex mujer madura, muere y renace en otra, como las crisálidas. Es una manera de madurar juntos. Es probable que tú también transmutes. Es probable que nada sea cierto… el cambio de K. a S. y de S. a E. fue tan abrupto que mi mente exige explicaciones filosóficas. Si hiciera cuentas de todos los años que llevo emparejado con alguna mujer, podría decir que llevo toda la vida casado. Sin descansos. En fin, son pensamientos de borracho. Cuando bebo pienso muchas cosas, unas encima de otras; casi no me dejan en paz. Sobrio no. Sobrio permanezco en un estado similar al letargo o al automatismo. Cuando bebo, soy. Ese debería ser el lema de los alcohólicos.

Arrimo un taburete. Subo los pies al taburete y me saco los zapatos. Los dejo caer. Hacen ruido. E. se estremece. Lamento haber hecho ruido. E. se alza. Con los ojos entrecerrados y la voz pastosa, mirando a la pared, dice: ¿Sigues ahí?, ven ya a dormir, P. La miro sin decir algo. ¿P.?, exclama asombrada. ¿P., estás ahí? Tienta mi lado de la cama. Lleva puesta una blusa muy grande que usa de pijama. ¿P.? Joder, P., sé que estás ahí, huele a cigarrillos recién fumados. Duerme ya, P., vas a matarte a ese ritmo. Ya voy, contesto. Sí, dice E. Vuelve a acostarse. Cuando lo hace, la blusa se corre y deja ver un seno desnudo. Cojo la botella y me sirvo un chorro más. Los hielos se han derretido casi por completo. Son apenas unos pedacitos. Me lo zampo de un trago. Sirvo de nuevo. Esta vez no es un chorro, sirvo bien, hasta muy arriba del vaso. Este lo beberé despacio. Suelo beber así. Un caballito cada tres copas. Comencé a hacerlo así a los veinticinco años. ¿Por qué? No sé, curiosidades de uno; cada quien tiene las suyas. También suelo beber cerveza en medio de una noche de whisky. Una cerveza cada tres o cuatro copas. Si me preguntan digo que es para asentar. Mentira. Yo mismo no sé por qué lo hago. La gente queda satisfecha. Algunos hasta comienzan a adoptar mis modos, para asentar. ¿Asentar qué? Idiotas. Enciendo un cigarrillo. Pienso en ellos, en los idiotas. Llevo muchos años considerándolos idiotas. ¿En el fondo todos consideran idiotas a todos?

Hay un esquinero en la esquina del lado de E. Lo compré usado cuando se mudó. Se lo regalé; fue el primer mueble metafísicamente suyo. Lo llenó de cosas ipso facto. Entre las cosas, una botella de vino, vacía, recuerdo de una noche en que fuimos al Zinco, un bar de jazz, de dónde sacó la idea de las cortinas rojas. Fue una noche significativa. Me confesé enamorado de ella. Nos besamos toda la noche. Bebimos dos botellas. La primera se la llevó el servicio del bar. La otra, la sacamos a medio terminar; la bebimos en la calle. E. se rehusó a tirar la botella. Ahora esa botella duerme con nosotros todas las noches. María ha subido al esquinero. Es un mueble pequeño. Apenas cabe la gata encima. La miro. Es un temor constate que tire la botella; he dicho a E. que la cambie de sitio o algún día María o Mariana la tirarán. La maldita gata me mira a los ojos. Es muy capaz de tirar la botella con la cola. Mueve la cola lentamente. Dejo el cigarrillo en el cenicero, acerco el cuerpo y le susurro: ¡eit, shhh, quita de ahí! La muy hija de puta lo entiende, estoy seguro. No hace caso. Mueve la cola más cerca de la botella. La mueve más aprisa. ¡Shhh, María!, ¡ven, gato, shhh! Me levantó con mucho cuidado. No quiero hacer ruido o alterar a la gata y que brinque y todo se caiga. Ha sucedido en otros muebles: pega un brindo y al hacerlo lo tira todo. Es una hija del Diablo. Me acercó de puntillas, doblado por la cintura, vaso en mano. No deja de mirarme. Sabe, la muy hija de puta. Cuando estoy cerca, a punto de cogerla por el cuello, ¡salta! Las cosas sobre la mesa se tambalean. La botella se tambalea. Apenas la cojo por la boquilla. Ufff. Aún así, el estropicio despierta a E. Pega un brinco, exclama: ¡P., es que no puedes dormir! Me hace espacio y me siento a su lado. Mariana maúlla y se avienta al suelo, le han movido la almohada. Dejo el vaso en el buró. Me soba el pecho. Descansa, P., descansa, me dice. Me acomodo en la cama. Doy tragos mientras E. me soba el pecho. Me tranquiliza. Me recuesta. Dice: deja eso, ya has bebido más de media botella; se supone que debes beber una copa o dos solamente. Sí, digo. Bebo al hilo el resto del vaso. Entro a las cobijas. Lo intento. No hay comezón. Siento la cama moverse, dar vueltas. Lo he sentido infinidad de veces. No me molesta. Me entrego a las sensaciones mientras pienso en E., a la que escucho susurrarme al oído: duerme, P., duerme.






viernes, 17 de abril de 2015

Bucando a Cuatro.

Texto por: Axel Blanco Castillo
Sitio del autor, aquí


-¿QUIÉN A OIDO HABLAR DE UN TIPO LLAMADO CUATRO?-Nadie, dice uno. Otro dice que no sabe quién es. Los demás no contestan, pero sus ojos delatan que sí saben. Me quedo detallando sus miradas, la dirección que toman sus cabezas al girarlas con lentitud temblorosa. Me doy cuenta que algunas miradas apuntan a un sujeto volteado hacia la pared de la celda en posición fetal. Imaginaba a Cuatro más temible, por detrás su espalda era tan estrecha que podía pasar por un fideo gigante. – ¡Oiga, oiga Cuatro levántese, que va a ser trasladado! Cuando lo vi seguía pensando igual sobre su aspecto. Supe también al verlo por qué le apodaban Cuatro, tenía lentes con aumentos muy potentes. Un cuatro ojos sin lugar a dudas. Realmente no parecía un tipo tan peligroso sino otro tonto. Mis agentes lo metieron a la patrulla sin dejar de apuntarle aún esposado. No dejaba de verme ni un instante, como si estudiara todos mis movimientos. Las malas lenguas o tal vez las lenguas que solían inventar más de la cuenta, decían que era capaz de matar hasta con un alfiler. Yo tendía al escepticismo desde que me inicié como agente hacía treinta y cinco años. Había escuchado tanta patraña que no me causó curiosidad ver a Cuatro. Aunque en realidad, sí, pero no una curiosidad al extremo de creer que estaba frente a un tipo escapado de los comics de Marvel. Para asegurarme de que mis agentes hicieran las cosas como se trazaron, me introduje en la patrulla donde estaba Cuatro. Era una caravana de tres autos llenos de agentes y todo estaba monitoreado. Un helicóptero custodiaba desde arriba. Pero más allá de todo el control que tenia de la situación, me incomodaba mucho la mirada de Cuatro. Era una mirada de odio muy peculiar, no como las de un preso común, ésta tenía un poder de sugestión inexplicable…

     La intercomunal Guarenas-Guatire estaba bloqueada por una cola interminable de carros. El sonido de las mariposas pretendía abrir un camino posible pero lento, hasta que llegó un punto que ni siquiera eso: -¡APÁRTENSE CARAJO! ¡APÁRTENSE!, dije por el altavoz, fue cuando se abrió una ruta zigzagueante entre aquellos fierros calientes por el sol. Aumentamos la velocidad al salir del estanco, pero una de las patrullas se recalentó y nos estacionamos mientras gato trataba de enfriar el motor. – ¡LLENA COMPLETO ESE RADIADOR!  ¡EL HUMO SE VE DESDE AQUÍ! ¡AH, Y EL ACEITE… REVISA TAMBIÉN EL ACEITE DEL CARBURADOR!Cuatro quería orinar y le pusimos en la vía, todos le apuntaban sin perder un detalle de sus movimientos. Pidió que alguien le bajara la bragueta porque tenía las manos detrás de la espalda esposadas. Mandé a Johnny y sus manos temblaron al hacerlo. Cuatro sonreía.Parecía regodearse con el miedo de los demás. Le mojó las manos a Johnny al mover su cosa cuando este se le acercó para subirle la bragueta. Lanzó una carcajada porque creyó que nadie tenía las agallas para golpearle. Entonces le di uno en la boca del estómago y más atrás le dio Johnny que cobró valor. Escupió un buche de sangre y nos maldijo. Lo montamos a patadas en la patrulla y seguimos al Rodeo. Pasarían treinta años para que pudiera salir a vengarse de nosotrossi no lo mataban adentro. Eso último sería una mejor solución al problema. Desaparecer una escoria como esa nos daría una habitación en el cielo. Aunque lo más seguro es que los otros presos lo tuvieran como héroe por los policías que se había echado. Aunque…qué tal si Cuatro no llegaba al penal… qué si de pronto ocurría un accidente lamentable… Por radio dije a Alberto que se adelantara con el helicóptero, igual hice con las patrullas custodias. ¡MÁRCHENSE YA NOJODA!, les dije, acostumbrado a que nadie me llevara la contraria. Cuatro miraba mis ojos con suspicacia, olfateaba el peligro tanto como yo. Si tenía los mismos poderes de las historietas ya habría descifrado mi plan. Pero qué habilidades podría tener una alimaña como esa. Sonreí. Pedí al gato que se desviara. Estacionó a mi señal. Me bajé del auto y caminé largo hasta un terreno donde ya no se distinguía la patrulla. Miré alrededor, los ranchos enquistados en los cerros estaban muy lejos para que apareciera algún pendejo imprudente. Un sol caliente, tan caliente, encandilaba reduciendo quizás el cincuenta por ciento de mi visión. Miré el terreno polvoriento lleno de basura y moscas, el lugar ideal para la muerte de una escoria. Calculé el sitio exacto donde caería su humanidad producto de los tiros. Pobre infeliz, pero debió haberlo pensado antes de convertirse en un enemigo público tan peligroso. La muerte debía ser limpia y sin cabos sueltos. –Traigan a Cuatro, dije por radio.
Construía los hechos como una proyección holográfica de mi mente sobre el terreno. Cosas que da la experiencia. Miré nuevamente a mí alrededor hasta el punto más alto de los cerros. Pero como dije antes, los ranchos estaban muy distantes y no había un alma en todo el perímetro. Los dos únicos testigos de lo que sucedería estaban en el carro y posiblemente ya se aproximaban con Cuatro. Por cierto, noté que se tardaban. -¡COÑO QUÉ PASA OFICIALES, QUÉ PASA..!Metí mi mano en la parte izquierda de la chaqueta y palpé la Mágnum cañón corto, estaba allí dispuesta a cumplir todos mis deseos. No era como el reglamentado por la división, un calibre 45 olvidado dentro de una cajuela de la patrulla. Mojé la punta de mi dedo y lo alcé, no había viento. Mejor, la bala no se desviaría de su objetivo. La frente lisa y amplia de Cuatro sería perforada hasta el otro lado. Imaginaba sus sesos esparcidos en el terreno picoteado por aves carroñeras.  Escupí a un punto impreciso del suelo y lo froté con el pie, aquí caería la cabeza del interfecto. -¡Traigan a cuatro!¡RESPONDA SARGENTO! ¡RESPONDAAA! La radio estaba apagada, otra razón para sospechar. Otra razón para que se le ocurran a uno ideas locas. Desenfundé la Mágnum. Mis pasos avanzaron decididos hacia donde alguna vez estuvo una patrulla color gris. Sobre el suelo, dos huellas impresas de neumáticos y, un poco más allá, cerca de la orilla de la carretera, dos cuerpos inertes con heridas del tamaño de un alfiler.

Texto publicado en el libro “Al Borde del Caos” por el Perro y la Rana. Colección Páginas Venezolanas.



Texto por: Axel Blanco Castillo
Sitio del autor, aquí

domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué harías tú?


Habría bebido unas siete o nueve cervezas antes de coger a la chica por las tetas. No recuerdo su nombre. Al menos suficientemente bonita para que despertara instintos sexuales a mi borrachera. Lo hice delante de la gente: le sobé las tetas. Continué hasta que las peras se salieron del vestido y todos se las miraron. Cuchicheaban. Hubo uno que silbó. Las chicas volteaban la cara y decían que no podía ser. Pero era muy posible. Le bajé el vestido hasta la cintura. La sobé a gusto. Ella echaba la cabeza atrás y sonreía. Estaba por mucho más borracha que yo. Paramos cuando T. nos separó. Dijo: ya es suficiente, P. Hubo un par de segundos de silencio. Me quité a la chica de encima de las piernas y me salí del bar. Poco después la vi correr hacía mí, subiéndose como podía el vestido, con rabia, abriéndose paso entre la multitud de risas y exclamaciones. La realidad. Caminé hacia la Glorieta y me largué. Me perdí entre la multitud. No deseaba volver a verla.


2

O. no había presenciado nada de lo ocurrido; se enteró porque dos días después me vistió y fuimos a beber al bar de T. T. se rió nada más verme llegar. O. preguntó de qué reía y T. contó con delirio el espectáculo que había dado. O. se entusiasmó. T. dijo que la chica no era del todo fea. Un poco gorda, dijo, pero nada más. Yo no dije absolutamente nada. Jamás conté mi versión. Dejé que las cosas se dieran por sí solas. Al cabo de tres días más, todos hablaban de lo ocurrido. En el bar me conocían de sobra por ciertas excentricidades, pero jamás por algo así.


3

Invité a S a salir. S. era mi ex mujer. Por aquel entonces yo deseaba volver con S. y había emprendido una campaña intensiva de salutaciones, deseos, invitaciones y ruegos. Finalmente aceptó. Quedamos de comer en Sanborns.

      S. conocía mi viejo truco del dos por uno y botana gratis. Era el modo en que solía comer de una a cinco de la tarde pagando las cervezas a mitad de precio y botaneando caldos de camarón, molletes, tacos de pollo y res, cacahuetes salados o enchilados, chicharrón de cerdo, jamón y queso, salchichas en chipotle y sopes. Todos los meseros del bar de Sanborns me conocían y me consentían porque era un cliente de lunes a jueves y de domingos. Le propuse comer ahí en vez de hacerlo en el restaurante. Con una mueca, aceptó. Una de las cosas por las que se separó de mí fue por mi modo de beber. Me gritaba que yo no sabía hacer otra cosa que beber y que no concebía la vida sin beber y que todo mi pensamiento giraba en torno a beber. Jamás negué que fuese verdad.

      Hablamos demasiado poco. Otro factor que impedía un reencuentro era el hecho de que S. salía con otro, y de que se rumoraba que yo salía con una rubita de veintidós años. En algún momento, S. se puso violenta y me preguntó si hacía el amor con esa niña en su cama. La cama de mi apartamento era la cama de S., la que fue nuestra cama (ella la compró). Le pedí que no insistiera sobre el tema. Bebimos cuatro cervezas. Durante la quinta, S. se tranquilizó y comenzó a tratarme con más soltura. Pude rosar el dorso de su mano con la palma de la mía. Pude mirarla a los ojos sin encontrar en ellos odio. Pude acercar mi boca a su oído. Pude colocar mi mano sobre su muslo. Pude echarle una ojeada a su escote.

      A las cinco de la tarde mandé cortar cuenta. S. había renunciado a ir a trabajar por verme, así que tenía toda la tarde libre.  Le propuse dar un paseo por la colonia.

      Caminamos sin rumbo, hablando de las cosas que nos hacían enfadar, como la estupidez humana. En ese tema soy experto, dije, conozco la estupidez humana más que alguno otro. S. río. Asintió con la cabeza.

      Encontramos a R. en la esquina de Colima e Insurgentes. Nos saludó y nos felicitó. No quedó claro el por qué nos felicitó, pero lo hizo. Luego dijo que iría a con T. y preguntó si queríamos acompañarlo. Yo sí, dije. S. dudó un segundo, pero aceptó porque estaba ebria. Durante nuestra relación de cuatro años, muy pocas veces aceptó beber conmigo.


4

T. me miró llegar con S. y se calló la boca. Sin embargo, dejó escapar pequeñas señales gesticulares que delataban complicidad. S. lo notó. Pensó que se trataba de la rubita, de que T. y todos, porque R. también participó de dicho código secreto, sabían que yo salía con alguien más. No es la rubita, pensé. Es otra, una a la que hace una semana saqué las tetas delante de todos. Ah, S., esas cosas que jamás me perdonaste jamás tuvieron que ver con mi amor por ti. Hago cosas de borracho, es todo. En fin. Luego, dije: S., sales con un hombre, ¿no?, cuéntame. Esto distrajo su atención, su pensamiento. Me bajé del escenario y la aventé a ella a luz de los reflectores. Se negó a soltar una sola palabra al respecto. Bebimos en paz treinta o cuarenta minutos.

      De la nada llegó C. Lo miramos desde que venía en la esquina y lo reconocimos por su modo de caminar tambaleante y su vestir. Entró al bar, echó una mirada alrededor y nos miró. Alzó la mano en salutación. R. y yo alzamos las cervezas. Se vino a nuestra mesa. Lo primero que me dijo, como si no mirase que S. estaba sentada al lado mío, fue: qué hay, P., qué dices, ¿ahora no trajiste a la rubita? R. le miró y luego miró a S. C. lo comprendió y se rió. A tu amiga la rubita, corrigió malamente. S. me enfocó con los ojos. C. tomó asiento a nuestra mesa y habló de la vez que me emborraché y me caí encima de una chica y le tiré la cerveza en el busto y se le transparentaron los pezones. Fue sin querer, dijo, pero muy acertado, sí, ese es P., muy acertado en todo. R. y yo nos pusimos rojos. R. comprendía mi situación. No era saludable para mis intenciones que C. contara todo ello.

      S. me sacó de la mano. Encendí un cigarrillo. Sabía lo que se avecinaba. Los reclamos de S. fueron parte del acabose. Lo que me decidió a dejarla partir. No puedo decir que yo tomé la decisión de que se fuera, o de que si yo no hubiese querido no se hubiese ido. En algún punto de la relación estuve dispuesto a que se marchara y me dejara en paz con mi vida y mi cosmovisión.  Me echó el rollo de siempre. Exclamó: ¡¿por qué me has traído con tu panda de borrachos?! ¡No me respetas! ¡Te importa un pito mi sentimiento! Anunció que lloraría con un puchero. Dios, Dios, Dios, me dije, pedí un día más con S. y lo he cagado bien.

      Bueno, si uno ya no puede cagarla más, Dios sí.

La chica de las tetas apareció por ahí. Me tocó el hombro por detrás. Cuando volteé me abofeteó. Fue una bofetada bien puesta. Pasados tres segundos (el dolor de las bofetadas bien puestas es precedido siempre por dos a tres segundos de silencio absoluto, ausencia de dolor, enfriamiento y luego acaloramiento) sentí los vasos capilares de la cara hincarse y  ruborizarse. Había un círculo de amigos suyos mirando la escena. Un círculo de mirones se acercó y exclamaron y chiflaron. R. y C. y T. salieron a mirar. Se acercaron a mí. C. gritó a la chica que por qué demonios había hecho aquello. Uno de los amigos de la chica le plantó cara a C. y le explicó, en un discurso que exageraba las cosas y sembraba la semilla de una falsa malicia mía, de una alevosía y ventaja sobre la ebriedad de la chica. Me hizo ver delante de todos como un abusador. Hubo abucheos y gritos de hombres dispuestos a defender a la chica. T., que lo miró todo, me excusó públicamente diciendo que ella era la que estuvo borracha y ella sola se había subido a mis piernas. Eso era realmente probable porque yo no recordaba ni su nombre; de haberla ligado le habría preguntado el nombre en algún jodido momento. C. levantó los puños contra uno que continuaba mancillando mi honor y mi dignidad. C. y ese chico se pegaron y luego T. pegó a otro, con el que discutía en solitario, y alguien pegó a R. y yo tuve que ir a pegarme con alguno, porque no iba a quedarme ahí parado. Todos nos pegamos contra todos. Las chicas gritaban y se hacían a un lado cada que un par de peleadores se acercaba a su persona. S. lloraba en una esquina. La escuché gritar en algún momento: ¡cuidado, P., detrás de ti! Otras mujeres también auxiliaban a sus hombres.

La policía separó a todos como pudo. Eran cuatro o cinco policías. Nos separó en dos grupos. No entiendo cómo llegan ni cómo saben separar a la gente. En uno, C., T., R., S., y yo. En el otro, todos los demás. Nos cuestionó. Uno de los enemigos contó la historia de que yo abusé de la chica y me interrogaron a parte. A S. la interrogaron también. Le preguntaron si era mi mujer. No sé cómo saben ciertas cosas. Lo negó con saña. Dijo que me conocía recién hoy, en el bar. Que no sabía de mí más nada. Que no traté de abusar de ella y no le parecía un hombre capaz de hacerlo, pero que no me reconocía de ningún lado, etc. La dejaron ir. Me echó una mirada de lástima antes de irse caminando por la calle de Jalapa, mientras yo era acosado por un par de policías que querían extorsionarme o pegarme o llevarme al MP. Casi me habían roto la nariz y tumbado un diente en la trifulca.

T. sacó dinero de la caja y pagó para que nos dejasen en paz y para que se llevaran al otro grupo. Se lo agradecí personalmente. Dijo: esto me lo vas a pagar, P., centavo a centavo, si no hubieras manoseado a esa pobre chica…


5

Dos días después me vi von O., C. y R., en el bar de T. Reímos y bebimos y hablamos de la pelea como de una guerra médica y nos vanagloriamos de haber ganado, según nuestra perspectiva, porque ellos eran muchos más y porque a ninguno de nosotros nos rompieron algo; C. aseguraba haber roto al menos dos narices y quebrado un brazo. Nuestras caras apenas tenían los moretones comunes a estas situaciones. T. contó a O. la parte de la cachetada. O. se entusiasmó.

Una semana después, cada que entraba al bar de T. alguien me miraba y cuchicheaba. Me había ganado el respeto de los borrachos. Era el rey de los borrachos. Me emborrachaba de miércoles a sábado en bar de T., manoseaba a las chicas y casi las desnudaba y las follaba ahí delante de todos, y si alguien reclamaba, entre todos, incluido el dueño del bar, le dábamos una paliza. Mi voluntad era ley en bar de T. Tenía cuenta abierta. Me daban fiado. Hacían sonar las canciones que yo deseaba. Además, me habían visto muchas veces con una rubita de veintitantos años pegada al brazo. Esos eran, más o menos, los rumores. Todo ello me sentó muy bien y pude olvidarme de S. y enfocarme a gobernar el barrio y el bar con mi buena reputación, y en liarme con la rubita.  ¿Qué harías tú?





Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com