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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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viernes, 19 de septiembre de 2014

La muerte del Pico Mocho.

Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

-¿Cuál gallo?-
-El Pico Mocho.-
-Y que lo operaron y todo. El señor Daniel me dijo: Man, hasta le puse suero y no aguantó, aquí cargo la placa. Lo cargo en el carro.- Él aún sostenía el celular y miró a su padre como si un rayo lo hubiese atravesado desde la raíz de todas sus sienes hasta el infinito de su pensamiento, y mucho más.
-¡Lo matamos toditos!- Sentenció el padre.
-Lo llevo ahorita en el carro, me dijo.- Y sus ojos,  aunque secos,  no dejaban de lamentarse.
-Lo matamos toditos porque casi todos los días hablamos de ese gallo. Jesús Román, la última vez que lo vio que estuvo en Puerto La Cruz, me dijo: Papá, no he visto gallo más arrecho que ese.- Realizó una pausa, aspiró la penúltima bocanada de un cigarrillo y agregó:
-De los gallos que tenemos como padrote…-
-Había un gallero bueno por estos lares, y me disculpa que lo interrumpa, él me decía que de los gallos padrote, me refiero a gallos buenos de verdad, no se tiene que hablar.- Seguidamente echó un escupitajo y, por un instante, miró al viejo con un gesto aleccionador y comprensivo hasta que volvió su mirada al suelo y, con la punta  de sus botas, estrujó la saliva y la deshizo en la tierra. Sólo entonces con harto orgullo complementó:
-…Mientras estén vivos.-
-…Y es verdad.- Afirmó el padre. Le correspondió con los ojos saltones, titilantes de angustia, e inhaló el cigarrillo con una ansiedad que, ausente minutos antes, ennegrecía su habitual amabilidad.
-Él me dijo que era así. A ese viejo, que Dios lo tenga en su gloria, le pasó con un Marañón y un Canagüey. Y cuando le pasó la segunda, con el Canagüey, me lo dijo llorando.- Seguía con el ojo puesto en donde, segundos antes, yacía el escupitajo y, como hurgando en su mente la respuesta correcta a todo lo que había escuchado, calló.
-Es que a mí me ha pasado ya, pero con gallinas. Nunca con un padrote…-Repuso el viejo.
-Yo nunca le veo una placa a un gallo. Es que estaba alegre porque descubrimos que éste es hermanito hermanito del Pico Mocho.- Señaló con la mirada al hermano del gallo.- Entonces llamé al señor Daniel para decirle que hay otro y… - Realizó una pausa, miró el suelo y afirmó -es que lo maté, lo maté yo porque fui el último que lo había visto;¡lo maté!- Estaba sentado sobre un costal de maíz, sostenía el celular con su mano derecha, la otra descansaba sobre su rodilla y giró su vista hacía su padre en la búsqueda de sus facciones apaciguadoras, y las encontró ausentes.
-…La vista es muy arrecha.- Remató el gallero.
-Usted lo ha dicho.- Respondió el padre. -Ese gallo, ese gallo era jodido. Los hijos de ese gallo donde han puesto el culo han levantado unos peleones.-Y como si el pensamiento y su lamento se escapasen por su lengua el muchacho añadió:
-…Ya El Tigre no pisa.-
-Está ciego. Está pisando, pero...- Confesó el padre con cierto ademán aclarativo. Después sacó otro cigarrillo de su cajetilla y adicionó:
-Pisa, pero ya no le puedo meter seis gallinas. La vaina es que él la vea…- Mientras más hablaba su voz se volvía trémula y piadosa como si entre él animal y él hubiese una verdad, una confesión; algo propio de una amistad sincera. Y su narración estuvo acompañada de una pantomima del gallo entre sus manos, acomodándolo, como un bebé de cuna,  sobre una gallina imaginaria y dispuesta.
-…Y hubo una gallina que él pisó, pero no sacó.-Expresó el joven y después añadió:
 -Ayer pisó bien, pero con lo de esa gallina…eso me tiene preocupado.-
-¡Yo sé qué gallina era esa! Esa gallina era la que acomodamos en la última jaula, entrando a mano derecha; La Negra Pata Verde. Esa mierda ponía un huevo aquí, después uno allá y otro pa’ acá…, ponía huevos donde le daba la gana.-
-Riega los huevo.- Aseveró el gallero.
-Regaba.- Corrigió el joven con un tono de voz que dejaba colgado cierto hálito de frustración.
- Tú no viste que yo me quedé callado.- Inhaló el cigarrillo- ¿Tú me has visto preocupado? – Miró a su muchacho, aunque muy tiernamente, como desafiándolo a que dijese que El Tigre no podía ni pisar a una gallina más- Desordenada y no le había hecho nido. La gallina ponía un huevo aquí…Después, antes de que tú vinieras de vacaciones, Fanio le acomodó los huevos en un nido que le hicimos…-
-Tú vas a ver… te vas a acordar de mí, por allí viene otro hijo del Tigre- Aseveró el padre, aunque el joven lo veía con desconfianza.
-Yo vi un huevo aquí, otro allá… y los puse toditos en el nido, pero no me consta que sean de esa gallina porque está La Marrana Flaca que también es así de desordenada-
- ¿Y a esa gallina quién la pisó?-
-El sobrino de Siete segundos.- Respondió el gallero.
- Si es que no son del Tigre, los pollos no van a salir tan malos. Ese sobrino de Siete Segundos era un gallo bueno, regular mejor dicho,  y la Marrana Flaca es hija del Pinto Trinitario, media hermana de la Negra Pata Verde. No van a salir unos gallos de primera, pero puede que salga alguito bueno. Pero, óyeme Fanio, tengo una sospecha. Ojalá esté en lo cierto.Creo, estoy casi seguro de que por lo menos hay un hijo del Tigre y la gallina Pata Verde por ahí. Sospecho de uno, todavía es un pollito, pero le tengo el ojo puesto.- El viejo cierra un ojo, arruga el rostro y lo señala con el dedo índice de su mano izquierda mientras inhala el cigarrillo. Si fuese un juez su mirada estaría condenando al animal, pero no lo era así que lo bendecía a su manera; en el pollito estaban depositándose las esperanzas de cuatro generaciones de hombres y el animalito, sin saber lo que tenía encima, sólo picoteaba y rasgaba la tierra de vez en cuando.- Es que lo veo y hasta se parece al Pico Mocho; ¡Míralo! ¡Míralo Fanio! las patas verdes y los muslos gruesos, igualito al Pico Mocho,y el tamaño, para lo que lleva de nacido está bien.- Ya la mirada de los tres estaban posadas sobre el animal, y esté escarbaba y pinchaba la tierra.- Ese tiene que ser una fiera.- Había esperanza en su mirada, más que eso; una fe, y además de fe, ciega. Era un gesto loco, como de desespero, y al gallero no se le escapó; había visto eso antes en infinidades de partidas, en hombres que colocan la casa, la mujer, los hijos y el culo bajo las patas de un animalito que, al fin y al cabo, sólo sabe que por cuestiones de la vida tuvo la suerte de no terminar en una beneficiadora avícola, en cambio obtuvo la oportunidad de morir luchando.
- Podría ser, aunque él es como Zambo. Pero todavía no ha plumado bien.- Giró su rostro al viejo y dijo:
-Chucho, detrás de una mala viene una buena; tenemos al hermano y el pollito que tú dices que es hijo del viejo Tigre y la Pata Verde.- El gallero observó de reojo al viejo, y éste, con un ligero movimiento, le entregó un cigarrillo y un encendedor.  
-A ese pollo, al que es como Zambo, en Septiembre lo topamos y si se le ve sangre lo llevamos para una partida buena. Si gana lo agarro pa´ padrote.-Extendió  el brazo para entregar el yesquero, miró su acabado y dijo:
-Este yesquero me lo regaló la Nena…-
-Pero qué vaina con lo de Pico Mocho. Y es que se veía sano y fuerte... todo un cuarto bate- Murmuró el joven como tratándose de explicar lo sucedido y sin prestar atención a lo que dijo su padre acerca de su encendedor.
-Por eso uno no tiene que enamorarse mucho de las cosas…- Le respondió el gallero con un mueca que quizás intentó tener un matiz apaciguador, sin embargo, intimidó al joven. Después preguntó:
-¿Chucho y qué es lo que dice la talla en el yesquero?-
-“No fumes…”. Eso es lo que dice…, es que la Nena tenía unas vainas.- Por unos instantes se quedó como dubitativo, miró a su hijo y volvió con lo de los gallos:
-En los últimos años hemos tenido gallos bonitos de esa línea, y toditos se nos han muerto. Les da una vaina, como si les faltara el aire o un ataque.- suspiró, se acongojó…, pero continuó:
-Y han echado unos peleones, ninguno ha perdido. Hasta El Personalidad que era medio topocho y choto, se echó un peleón con el Marañón aquél ¿Te Acuerdas Man?- El viejo aspiró su cigarrillo y miró a su hijo como esperando que el muchacho dijera algo.
-Ese era un Gallo, pero un ¡Gallo! Le llevaba veinticinco gramos al Personalidad.-Aseveró el joven en tanto se escuchaba el silbido del aire que los cobijó con frescura mientras el viejo,bajo la sombra de una mata de Pumalaca, recordaba.
- Lo que pasó ese día se cuenta y no se cree…La pelea estuvo buena, buena y arrecha.El Marañón era un gallo bravo, de los gallos bravos de verdad, pero El Personalidad entrandito lo dejó ciego y cojo, y con todo y eso el coño’e madre iba pa’lante. Lo puso a  Tres Bolívares, ¡imagínate tú...!Fanio, es que si hubieses estado allí te da un infarto.- Realizó una pausa y, con la mirada, buscó donde sentarse. Encontró un tambor, lo volteó y, con un movimiento muy comedido, se sentó.- Cuando veníamos para acá, justamente hablábamos de eso; nos acordábamos del peleón del Personalidad y le decía a Jesús Román que con El Tigre, El Pico Mocho y el hermano menor había gallos para aguantar la vaina por un tiempo. Eso sin contar con los hijos del Tigre que deben andar regados por ahí, no estoy contando el pollito que es medio Zambo porque puede que sí, pero también puede que no sea.-Seguidamente colocó su mano sobre la frente, aún sin soltar el cigarrillo, y agregó:
-… Y ahora se nos muere El Pico Mocho.- Colocó una mano sobre su rodilla derecha, la sobó y dejó escapar otro suspiro.-
- ¿Y qué pasó con El Personalidad?- Preguntó el gallero.
- Un día estaba fino, medio tristón pero sano. Por la tarde yo lo veo y le digo a papá: Viejo Chucho, ese gallo tiene algo. Lo revisamos. Estaba bien, pero medio apagadito. El viejo Chucho me dijo que esas eran marisqueras del gallo, pero había que tenerlo vigilado. Entonces lo dejamos en la jaula y nos fuimos. En la mañana, cuando regresamos, lo primero que hicimos fue ir a ver al gallo…-
- …Y allí lo encontramos, en la jaula echado. Parecía un niñito dormido; acurrucado como si tuviera frío y muerto.- Interrumpió el viejo.
-¡Muerto, muerto’e bola!- Exclamó el joven.
- Lo arrecho de ese gallo es que no tenía nada, ni embuchado ni paro ni nada; estaba completamente sano. Y viejo no estaba, casi era un pollo. La última pelea que se echó fue con un Zambo puerto riqueño hace como tres meses antes de morirse.Ese Zambo venía de matar a otro. El Personalidad como era pequeño lo voltearon con ese gallo que era más grande. En la pelea El Personalidad no se vio bien, pero ganó. Aunque yo pensé que le iba a dar un paseo al Zambo como al de la otra pelea, y no.Le aguantó varios hachazos que me asustaron, pero ganó. Cuando traemos al gallo le dije a Jesús Román: El Personalidad no me pelea más, vamos a sacarle cría y después vemos como lo acomodamos por allí.
- Y eso que lo abrimos y todo. Hasta el sol de hoy no sabemos de qué murió- Repitió el joven.
- El gallito era bueno, lo único que le faltaba era tamaño. En la última pelease echó 3:33 minutos, nos ganamos el tercer premio. El Personalidad, ¡Qué gallo más picaron en la vida! Y caminaba con aquella elegancia. Se veía hasta cómico con lo chiquito que era y la altanería cuando andaba por ahí como si fuera de la realeza.- El viejo posó nuevamente su mano sobre su rodilla y dijo:
- Este dolorcito que me da en la rodilla es lo que llaman el mal aristocrático.-
- ¿Y cómo es eso Chucho?-
-La Gota mi amigo, la Gota...-
-Coño, allí sí está jodía la vaina. Y yo que te iba a invitar a un asado. El viejo carcajeó, disimuló lo mejor que pudo el dolor y dijo:
-…Cuando tú veías al Personalidad andando por el corral lo que daba eran ganas de cagarse de la risa- Concluyó el viejo en tanto que imitaba, aun sentado y con el dolor en su rodilla, el andar del ave. Sus ojos, como rememorando lo vivido, exhalaban un aire juvenil, sin embargo, inmediatamente su faz tomó un matiz obscuro y agregó:
- Es que no sé si fue una culebra, un golpe, un parásito o no sé qué si la luna o una vaina rara, pero El Personalidad se nos murió. Y todas las crías que le sacamos se murieron sin echar una partida.-
- Varios gallos se nos han muerto así. Y ahora El Pico Mocho. - Sostuvo el joven.
-Después de una mala viene una buena.-Insistió el gallero.
-No, después de una mala viene una buena y después una peor.- Corrigió el Padre.
-Así es. ¿Y qué se le va a hacer?- Se resignó el gallero.
-Es que lo matamos entre todos. Es que un gallo de esos cuesta criarlo. Chico, hasta uno le agarra cariño a los animalitos. Mira, es que si se me muere peleando, coño no te lo voy a negar, da tristeza, pero se muere en lo suyo; como un varoncito, pero que se me muera así, coño, eso si da vaina.-
-Y justamente yo llamé al señor Daniel para hacerle el comentario de que hay, por lo menos, un hijo del Tigre.-
-Pero al Pico Mocho lo matamos entre todos, entre todos. Jesús Román me decía a cada rato que no había visto gallo más arrecho.-
-…Y a mí no se me había ocurrido revisar la placa de un gallo, y casualmente hoy se me antojó.- Confesó el joven.
-La casualidad es que son hermanitos, de padre y madre. – Dijo el gallero.
-El Señor Daniel me dijo que le metió suero, lo operó y le dio bicarbonato con aceite de Oliva.- Añadió el joven.
-Es que eso es lo que se le hace cuando un gallo se embucha. Ese gallo debía tener otra vaina más…- Aseveró, indefectiblemente, el gallero.
-Él me contó que el gallo estaba embuchado, decidió abrirlo. Lo limpió y lo cerró. El gallo aguantó su operación y al otro día se murió.-
-A mí me pasó igualito con un gallo Jiro que tenía. A mí me pasó,y el gallo bota y bota agua…lo limpié y le abrí el pico, vi que había como una vaina amarilla. Cuando le eché el bicarbonato y el aceite, botó la vaina amarilla esa que era como un pus que tenía acumulado en el buche.-Sus ojos ya no estaban en el presente, sino en algún sitio distante y triste, y su voz se escuchaba como un susurro en una noche sin luna. Seguidamente se recostó sobre el muro que franqueaba la gallera, su codo izquierdo se posó sobre el borde y con su mano derecha metió el cigarrillo en la boca y continuó:
- …El gallo botó su vaina y parecía que se recuperaba…A los tres días se me murió.- Se lamentó el gallero.
- Es que es así, cuando menos te lo esperas te viene el coñazo…y duro.- Complementó el joven, luego agregó:
-Pero es que la vida es una vaina jodía; venir hoy, decir que vamos a revisar ese gallo y llamo al señor Daniel para contarle de que hay un hermanito hermanito, de padre y madre, del Pico Mocho y él me dice que se murió.- Permanece en silencio un rato, observó al gallero y adicionó:
-A lo mejor se cuenta, uno cuenta esa vaina y la gente dice; Coño, man, si eres hablador de paja.- Dijo el joven.
-Chucho, es que son animales tan nobles, pero tan nobles, que hasta muriéndose te dejan algo; es como quién dice me fui, pero quedó otro allí también.- Respondió el gallero. Luego añadió:
- Por ahí tengo otro hijo del Tigre Es hermanito del Picho Mocho, pero de otra flaca y nada que ver. Los buenos ¡buenos!, son los hijos del Tigre y la Pata Verde o La Marrana Flaca.-
- Es que la madre es importante. Si tú, Fanio, crías a un gallo sin la madre o con una madre mala, el gallo te sale mariscón. ¡Júralo, es así y vuélvelo a jurar!  Es arrecho, pero quien pone el carácter es la madre.-
- Y es verdad Chucho, nada más verdadero que la misma verdad. Te doy toda la razón; muchacho sin madre es muchacho descarriado.-
- Y para colmo se nos muere, también, La Pata Verde.- Se lamentó el chico.
-Lo de la Pata Verde se puede arreglar, le ponemos los huevos a la Marrana Flaca y que haga de madre sustituta. Esa gallina ya estaba vieja ¿Cuantos años es que tenía?- Preguntó el viejo.
- Ya estaba pasada.-Respondió el gallero.
- Ve lo que vamos a hacer…- Miró a su hijo, posó su mano sobre su hombro y le dijo pausadamente:
- Man, llama a Daniel. Dile que aquí tenemos a otro hijo del Tigre con la Pata Verde, pero no le vayas a decir que se murió la gallina; eso lo va a poner peor. Dile que tenemos otro hijo del Tigre y que es igualito al Pico Mocho. Dile así porque, coño, yo sé cómo es él; ese va a andar mal y por pena no se va a querer aparecer el viernes por la casa. Le dices como para que se sienta un poco más aliviado, porque él sabe lo que significa… lo que significan esos gallos para nosotros. Para que no se mortifique tanto ni ande ofreciendo dinero. Yo sé que hizo lo que pudo, pero es que esa línea de gallos es arrecha; salen gallos buenos, buenos de verdad, pero se nos mueren y no sabemos de qué.- En eso le echó una mirada al gallero, quizás indagando por una respuesta y obtuvo una negación muda.
-Ahora esos dos, los dos que quería de verdad. Uno se murió y el viejo; el Tigre aún le queda, pero…- Intervino el muchacho.
-Sí, Los dos gallos que son para él la panacea.- Agregó el viejo. Luego dijo:
-Daniel para llamarme a mí, para decirme, estando el Tigre aquí, el papá, y decirme: Estoy llamando porque no quiero molestarlo, pero ese gallo me sirve pa´padrote ¿Cómo le gustaría ese gallo? ¿Cómo le gustaría? Que se lo llevó, aun con el pico chato. Y no lo agarró para padrote sino que lo metió en una partida grande ¿Cómo le gustaría el gallo? y  cazarlo en una pelea con 30 gramos menos y tener la seguridad de que iba a ganar.-
-¿Cómo fue qué te dijo viejo Chucho?-Preguntó el joven con una sonrisa apenas visible,y anegada por la tristeza, en su rostro.
- Me dijo: Primero se disculpó, coño yo le dije que no se disculpara, pero ya sabía que venía con una vaina.- Tomó una bocanada de aire y continuó:
-Después, me habló del gallo y que le iba a sacar cría.- Detuvo la narración, aspiró su cigarrillo y exhaló el humo con tal delicadeza que parecía no querer lastimar al aire y prosiguió:
- Después de hablar del gallo y de lo arrecho que se veía, lanzó la bomba: Lo había metido en una partida grande, en una encerrona con gente de real, real de verdad. Te voy a decir Fanio, yo sabía que ese era un gallo, y bueno, pero la razón por la que no lo había metido en una partida es porque de pollito, el mismo papá, le partió el pico. Eso es una desventaja grande, y más en esas partidas que lo que llevan son gallos finos; animales de casta. Aconsejé a Daniel, pero, el muy coño’e madre, estaba enamorado del gallo. ¿Qué más podía hacer?-
- Y no se peló. Ese le ganó a un gallo Jabado¿Cómo que era?-
- Un gallo Jabado de la gente de los Franes de México, de esa gente...- Dijo el muchacho.
-Allí se jugaron los millones del mundo. – Afirmó el viejo.-
-Sí, de los Franes. De la gente que no les importa los millones.- Confirmó el gallero.Luego dijo:
- Esa gente pierden millones y como si no les importara.-
-Porque no se los sudan, por eso.- Respondió el viejo, seguidamente dijo:
-Ese gallo, a dos bolívares, le echó una picada y le pegó un cielo y boca. El Señor Daniel se paró y me dijo; El Pico Mocho, ese gallo con el cielo y boca encima,escupía la sangre como si nada; con arrechera. Es que era un varón y siguió, y siguió…, en una lo agarró y luego; pam, pam y ¡Pam! Y cayó el Jabado arrodillado. Y la gente se lanzó dentro de la gallera y se tiraron para levantarlo, pero el galló picó y no se dejó. Y sacaron a la gente de la encerrona y El Pico Mocho le siguió dándole machetazos al Jabado porque el coño seguía, y acostado, lanzando machete como loco. El Pico Mocho botó lo que le quedaba de pico, no tenía pico; nadita de nada. Es que le daba, y le daba, pero no tenía pico…lo tenía listo, hasta que el Jabado en una de esa dejó de lanzar machetazos y el Pico Mocho le puso la pata encima del pescuezo, y así lo mató.-
-Yo digo: cuando los gallos son buenos se nota cuando están caminando; lo hacen como con arrechera. A lo mejor fue eso lo que vio Daniel.-
- A lo mejor eso sea verdad. Yo soy más a lo práctico; prefiero toparlos, ver cómo andan de peso y los padres.También el tamaño y como lanzan los machetazos y los hachazos. Fanio, en esto de los gallos soy más cuidadoso que Daniel. Él es muy impulsivo.-
- Un día de estos le van a echar una vaina.- Añadió el muchacho.
- Bueno Chucho, al hermanito aquí le vamos a coger bastante y allá también. Ponte que salgan tres gallos buenos.-Dijo el gallero, después pidió:
-Deja que yo le coja y después se lo lleva a Daniel.-
- Sí, eso sirve, por lo menos, para dejarlo un poco más aliviado. Él sabe lo que significan esos gallos para nosotros. Y sobre todo El Tigre que en sus tiempos le ganó a un gallo, pero a un ¡gallo!,en el mundial de Puerto Ordaz que, a según, había matado a nueve en fila.El Tigre caminaba engatillado y por eso al principio no me convencía mucho. Ahorita es una flecha, pero ya está viejo. En sus tiempos no había gallo que se le parara. Y con uno mansito.
-Esos gallos que son bravos, cuando uno los agarra tranquilito…pero en cuanto ve a otro gallo, ese es otro cantar.- Dijo el gallero.
-Ver ese gallo en sus tiempos era un espectáculo.- Recordó el viejo.
-¿Y a cuántos había matado ese gallo?-Después de contar mentalmente, y con ayuda de los dedos, el número de peleas dijo:
- Conmigo ganó cinco peleas y con papá, que en paz descanse, mató a cuatro.-Reflexionó un tanto, como meditando, y adicionó:
-Mi papá le tenía un cariño a ese gallo, pero un amor, una vaina de otro mundo.Recuerdo que en la última pelea del Tigre, y desde el hospital y enfermo de a bolas con cáncer, el viejito Pancho me llamó. Me acuerdo de que estaba en Maturín, y me llamó el viejo para preguntarme que si había ganado en el mundial¿y cómo estaba el gallo? ¿Y cómo echó los machetazos? ¿Y los hachazos? ¿Y en cuánto tiempo mató? Cuando le dije que nos llevamos el segundo premio se echó a reír y empezó a decir: ¡Te lo dije, te lo dije! Después siguió con la preguntadera: ¿Y cómo lo había curado? ¿Y con cuál gallo había peleado?  Y por cada vaina que le respondía se echaba a reír. Es que me lo imagino; mascando saliva y riéndose. Lo último que me preguntó que cuando se lo iba a llevar para él echarle unas oraciones de protección.-
- Se preocupaba por los gallos.-El gallero sacó una sonrisa tosca y de medio lado, luego echó otro escupitajo.
- Coño, lo de él y los gallos era una vaina casi religiosa. Cuando los preparaba era una cuestión seria. Él mismo le montaba las espuelas, no dejaba que nadie tocara sus gallos. Pero lo de él y El Tigre era especial, era algo más y no porque haya sido un campeón en sus tiempos. Es que desde que era chiquito el viejo me dijo: Chucho, ponle cuidado a ese.-
-Mi abuelo sabía su vaina.- Afirmó el muchacho. Luego adicionó:
-Él se guiaba mucho por lo de la luna ¿Cómo es que era la vaina viejo Chucho?-
-Coño Man, yo no sé bien cómo es la vaina. Pero eso depende mucho de cuando plume el gallo y otras vainas más; supersticiones de la gente.-
-Pero mi abuelo tenía un buen ojo pa´ los gallos.-
-Es que hijo, tantos años. Él ya se conocía a los gallos, a los papás y abuelos. Sabía qué gallo era bueno y cuál había que sacar de la escuadra. –Realizó una pausa. Miró las jaulas; a la generación anterior de cada uno de los gallos que las ocupaba su padre había alimentado y cuidado, y la misma gallera que construyó el padre de su padre con unos indios y ahora le pertenecía a él, y en un futuro a su hijo-El viejo Pancho amaba a sus gallos, los adoraba. Cuando un gallo ganaba él se lo traía. Lo traía contento, parecía el propio guarichito un 25 de Diciembre. Se lo mostraba a todo el mundo, pero cuidaba de que no lo tocaran mucho por la vaina del mal de ojo. Y cuando llegaba a la casa se encerraba en el galpón, agarraba una botellita de ron,  suero,un poquito de algodón, hilo…, agujas y se ponía, él mismo, a curar al gallo. Tenía una cajita especial. Eso para él era un ritual, y nadie podía molestarlo. Le hablaba al gallo y lo consentía, le molía el maíz y hervía, y luego la enfriaba, el agua que el gallo iba a tomar.-
- Viejo Chucho, ¿Cómo era que decía mi abuelo cuando un gallo ganaba?-
- El agarraba al gallo, lo miraba a los ojos y decía: ¡Gaño pa’ ueno, carajo!- Imitó el viejo la voz de su padre de una forma casi cantada y muy pueblerina. Echó una sonrisa y continuó:
-Pero cuando se le moría un gallo o entablaba, o ganaba pero venía medio malito. Le veías la tristeza en la cara. Acurrucaba al gallo como si fuera un bebé y nadie podía tocarlo ¡Nadie, nadie tocaba su animal muerto o moribundo! Ese, cuando llegaba a la casa, le limpiaba la sangre, le curaba las heridas, le enjuagaba las patas, y, pluma por pluma, le quitaba el polvo y cualquier vainita que tuviera. Después le echaba una oración y unos palos de ron. Si se moría, él mismo le cavaba la tumba en el patio y lo enterraba, buscaba piedras para que los perros no le hicieran una coño’ e madrada.-
- Lo opuesto a Luis Fernández. – Dijo el gallero.
- Me suena, ese nombre me suena ¿Ese no será de Carúpano, Cariaco o de por esos lares?-
-El mismito. Ese tenía un gallo bonito. Lo llaman El Costa…bueno, lo llamaban El Costa, perdió en el Lechón. Peleó aquí, después en tres encerronas con mil cada uno, y cuatro veces más, y al final perdió con un gallo pataruco en el Lechón.-
-No Fanio. Corrígeme si me equivoco. ¿Pero ese no fue al mundial y ganó el primer premio?-
-Sí, sí.  Es verdad, peleó aquí, después tres encerronas, cuatro veces más, el mundial y peleó con un güevón en el Lechón, y perdió.- Chucho le extendió otro cigarrillo y se encendió el yesquero, el gallero acercó su rostro a la lumbre y mientras prendía su cigarrillo, de refilón, pudo leer la inscripción.
-Pero el gallo no era malo, el peo es que cuando estaban montando los gallos, yo le digo compadre este gallo está sentido. Él me dice que no le pare bolas y que lo arregle. Coño, yo lo arreglo, pero veo al gallito como apagado.
-…Es que eso es mucho ¿Cuantas peleas se echó? –
-Diez peleas. Y cuando perdió, lo tiró en la carretera.-
-Un gallo a lo máximo le doy cinco peleas y dependiendo de cómo gane. Porque si lo veo sentido, o si no ha curado bien…entonces no. Si es bueno pa’ padrote, si me sale regular lo regalo por allí; a la gente de Pararí. La única excepción fue El Tigre, pero es que ese era uno fuera de serie.- Aclaró el viejo.
- Desde ese día no le hablo más, eso no se hace.- Repuso el gallero. Luego preguntó:
-¿Usted no mata?-
-No, yo no mato. No es porque no quiera, a veces, cuando un gallo se huye, a uno le da como una arrechera. Pero  es que, coño, esos animalitos son como hijos de uno; uno los cría, los alimenta, los ve pollito, los cura y los manda a pelear…coño, es mucha maldad matarlos cuando te pierden y quedan medio vivitos.-
-Matarlos es una maldad, que se mueran en la gallera; así sí.- Interrumpió el gallero.
- Yo lo que hago es que se los regalo a los muchachitos de por allí si se me huyen, si pierden los curo y trato por todos los medios de salvarlos. Porque eso pasa; a cada gallo arrecho siempre le sale uno más ¡arrecho!
-Eso es verdad, verdaita.-
-En estos días un muchachito se pasa por el galpón preguntando si no tengo gallo malo que le regale.Y le pregunto para qué…me respondió que el último que me dio le ganó a uno en los Dantes.-
-Entonces el gallo no era malo.-
- Es que no era malo, es como te digo Fanio; a veces le sale uno más arrecho…, y joven…, y fuerte… Entonces lo jode. Es como todo, a todos nos toca.-
- También lo que sucede es que no son gallos malos…sino que para ese nivel de partidas hace falta gallos recios y de casta, sobretodo, recios de verdad. Y en los Dantes, es una gallera pequeña. Allá la gente se reúne, hacen sancocho y juegan sus gallitos. Tampoco es una vaina del otro mundo.- Dijo el muchacho mientras el sol, el mismo que despertó rozagante y en su momento altanero, enmudeció no sin antes dejar su rastro dibujado en el horizonte como el quejido mudo, y enamorado, de un náufrago sin su orilla. Entonces el viejo se percató que ya era tarde y con una de esas miradas que lo dicen todo, pero a la vez nada,dijo que ya debían coger camino.
-¿Entonces quedamos así?- Preguntó el gallero.
-La Marrana Flaca a madre sustituta, no se le dice nada a Daniel hasta el viernes que llegue a la casa, El Tigre como a una señorita y el ojo puesto al hermano y al pollito que se parece al Pico Mocho.-
-Eso es correcto.- Extendió su mano al gallero, luego se dirigió a su hijo:
-Man. Acuérdame, mañana temprano antes de venir a la gallera, de ir a comprar unas lauritas y jazmines para la Nena.-
-Lirios, viejo Chucho, lirios; Se llaman Lirios no Lauritas¡qué vaina contigo, ya estás Chocho!-
- Como sea, acuérdame y le decimos a Ednia. –
-Sí, de paso limpiamos la vaina. En estos días fui y estaba medio sucia; el monte estaba quemando la grama y había mierda de pájaro por los lados... y también se había robado las flores que tú y mamá le dejaron la vez pasada. Le formé un peo al administrador, uno paga para qué…-
-Bueno Man, tú sabes que como no es de ellos no les duele.- Miró al gallero y continuó:
-No sé a dónde iremos a parar, la gente ya no respeta ni a…- El viejo calló y como pudo, y con la ayuda del gallero, se puso en pie. El muchacho también, dispuso el saco de maíz junto a los otros que habían comprado. Se estrecharon las manos, se despidieron y el viejo dijo:
-No te descuides con el hermano y el pollito.-
-Y a todas estas Chucho ¿Qué nombre le pondremos al pollito?-
-Será El Mesías- Intervino el muchacho.-
-Pues será. Aunque lo vi echándole machete al suelo, como que le picaba el pico- Dijo Chucho.
- Coño sí, también me di cuenta. Será El picoso- Sentenció el hijo y acompañó a su padre a la salida. Apenas se marcharon el gallero comenzó su faena: regó los envases de agua en cada jaula, revisó a los gallos por si alguno estaba medio enfermo, molió el maíz y a cada gallo le dio su porción, además, revisó que no faltara ningún pollito, armó la trampa para ratas y echó veneno para los rabipelados, contó los huevos de todas las gallinas y pesó a dos pollos que estaban listos para ser topados. Entonces, ya entrada la noche y justo antes de apagar las luces del galpón, le echó una última ojeada a todo; observó a los pollos acurrucados en la mata de Pumalaca, a las gallinas con sus huevos en sus nidos, a los padrotes y los pollos que faltaban por plumar en sus jaulas y, cuando se cercioró de que todo estaba en orden, cerró la puerta.



Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.



sábado, 13 de septiembre de 2014

Tres borrachos en una habitación.


Tres borrachos. Sufrimientos de P. y M. Víctimas de una reciente separación. Consejos inútiles. Trucos mentales para olvidar a un amor. Acordamos que hemos bebido demasiado y necesitamos descanso. ¿Veinte horas bebiendo cerveza, whisky y ron? M. sugiere el vómito. P. presenta una objeción. Noción original aprobada por razón de dos a uno. Estamos sentados en mi habitación, charlando de lo malo que nos encontramos. Malos desde un punto de vista moral, naturalmente (ha habido riñas, actos vergonzosos, rechazos).

      Todos nos sentimos enfermos, lo que nos pone bastante nerviosos. P. dice que a veces le vienen mareos tan extraordinarios que apenas sabe dónde está, y después M. dice que él también sufre mareos extraordinarios y apenas sabe dónde está. En mi caso, lo que no funciona es el hígado. Lo sé porque acabo de leer una prescripción médica y los síntomas que se describen sobre el mal funcionamiento del hígado son exactamente los que yo sufro. Aunque parezca extraordinario, jamás he leído una prescripción médica sin que me convenza de que yo sufro los síntomas y padezco la enfermedad. El diagnóstico parece coincidir, sin excepción y exactamente, con todas las sensaciones que he sentido alguna vez en la vida.  Recuerdo una ocasión en que, estando en la sección médica de una biblioteca, cogí un tomo y abrí al azar en la descripción de una enfermedad, pongamos la fiebre del heno (no recuerdo el nombre exacto de la enfermedad). Antes de llegar al final supe, irremediablemente, que la había contraído y me fui a casa a recostarme y a pensar en cómo sería mi vida ahora en adelante, y en qué y cómo se lo diría a mi madre. En si tendrían que internarme, si Madre podría pagar los cuidados médicos o debería sufrir como perro de calle la enfermedad, sin ningún tipo de cuidado clínico; en si Madre podría soportarlo y cuidarme hasta el día de mi inevitable muerte. Entones me pregunté cuánto tiempo me quedaría de vida y qué debía hacer en ese tiempo. Traté de examinarme. Me tomé el pulso. Al principio no sentí ningún pulso. Después, de pronto, me pareció que echaba a andar. Saqué el reloj y lo medí. Ciento cuarenta y siete pulsaciones por minuto. Traté de sentirme el corazón. No sentí el corazón. Había dejado de latir. Con el paso del tiempo fui inducido a la opinión de que tenía que estar ahí y de que tenía que estar latiendo, pero no puedo asegurarlo. Me palpé todo el frente, desde la cintura hasta la cabeza, un poquito por cada lado y un poquito por la espalda. Pero no oí ni sentí nada. Traté de mirarme la lengua. La saqué todo lo que pude, cerré un ojo y traté de examinarla con el otro. Sólo alcancé a ver la punta, y lo único que saqué en limpio fue convencerme con mayor seguridad que antes de que tenía escarlatina, una enfermedad de la que había escuchado hablar dos días antes en un anuncio de televisión preventivo sobre la escarlatina. 

     Había entrado a aquella sala de lectura como un hombre sano. Salí de ella como un hombre deprimido y decrépito, con enfermedades.


2

El primero en vomitar es M. El segundo yo. P. se resiste al principio, pero lo hace, y cuando termina de hacerlo dice que se siente liberado. M. dice que él también se siente liberado.

Para hacerlo, hubo que ir por un cubo a la azotea. Ni M. ni yo quisimos ir. P. dijo: iré yo. Luego dijo: M., quítate la chaqueta y dámela. A mí me dijo: tú sostendrás la puerta para que no se cierre mientras estoy fuera.

Así es P. Siempre dispuesto a aceptar personalmente el peso de todo el trabajo para depositarlo después sobre las espaldas de los demás. Me recordó a mi tío K. K. era un hombre que hacía girar el mundo a su alrededor cada que él aceptaba la responsabilidad de algo. Por ejemplo, si llegaba a casa un cuadro nuevo y había que colgarlo, decía: "yo me encargo". Lo primero que hacía era mandar a mi tía L. a la tlapalería a por clavos. Luego, tras examinar mejor el cuadro, su peso y tamaño, mandaba a mi primo N. a alcanzar a su madre y decirle que los clavos debían ser de tal medida y no de otra. A mí me decía: hijo, creo que será necesario usar la escalera; me enviaba por ella a la azotea, pero cuando caía en cuenta que yo era demasiado pequeño para hacerlo pedía que le sostuviera el cuadro mientras se acercaba al pasillo de las alcobas a gritar a mi otro primo, el mayor de sus hijos, que trajese la escalera con urgencia. Entonces, tras mirarme un par de segundos, encontraba algo qué hacer para mí: en el segundo cajón de la izquierda, en el garaje, me decía, hay un martillo. Tráelo. Y se quedaba allí, en mitad de la sala de estar, observando el cuadro y el sitio donde lo pondría mientras se sobaba la barbilla y hacía conjeturas. Al final debíamos agradecer al tío K. que haya puesto el cuadro y que gracias a sus habilidades podamos gozar de él. Si otro tío o cualquier otro adulto le preguntaba, se esmeraba en recrear lo complicado que le fue colgar el cuadro y lo mucho que tuvo que hacer para lograrlo. No daba crédito a nadie.

M. cede la chaqueta a P. y yo sostengo la puerta. P. está a punto de salir. Antes, pregunta dónde está exactamente el cubo y se lo digo. Duda. M., dice, tú sostén la puerta. Me hace un ademán para que le siga. Guíame, exclama. Subo las escaleras delante de él. Antes de llegar a la azotea, se detiene. Espera, dice, ahora vuelvo. Le veo bajar. No le espero, el cubo está cerca, no vale la pena, voy hasta él. Cuando regreso, P. ha encendido un cigarrillo. Para el frío, dice, pero ya es tarde. He subido yo mismo por el cubo, sin chaqueta y sin cigarrillo. P. alza los hombros. Exclama: bueno, aquí tienen su maldito cubo. Como si él…

Entramos a la habitación y vomitamos por turnos. Es una suerte que haya traído el cubo, exclama P. una vez satisfecho. Le miro de reojo sin decir nada. No ha devuelto la chaqueta a M. y ya no lo hará en toda la noche.


3

Decidimos salir de la habitación a la apertura del transporte público e irnos a casa de S. y T., un par de chicas que conocimos anoche mismo y nos invitaron a una ida a acampar. Partirían de su casa muy por la mañana, así que debíamos llegar lo antes posible y partir con ellas en su automóvil.

M. propone tomar un pesero en la esquina de la calle, hasta el metro, coger el metro, transbordar y coger un pesero más. P. y yo no estamos de acuerdo, preferimos caminar al metro y caminar saliendo de él. Las distancias son medianas, pero M. no quiere perder un segundo, le aterra la idea de ir hasta allá y no encontrarnos con las chicas. Le gusta S. ¿Qué pasa si no están?, pregunta. P. alza los hombros. Dice: conozco un lugar barato a la vuelta de la esquina de casa de S. y T. P. siempre conoce un lugar a la vuelta de la esquina donde se puede conseguir algo económico en materia de bebida. Me supongo que si uno se encontrase a P. en el paraíso (si eso fuese posible), P. le saludaría inmediatamente diciendo: me alegra verte por aquí, camarada. He encontrado un lugar a la vuelta de la esquina donde ponen la cerveza a quince pesos. En este caso, la solución de P. no satisfacía a M. Llegamos a un acuerdo: P. y yo abordaríamos peseros si M. pagaba nuestros traslados. M., de mala gana, aceptó.

Una vez arreglado el asunto, sólo faltaba determinar quien iría con cuál chica. P. deseaba a S., lo mismo que M., aunque no lo suficiente para molestarse si no la veía y debía, en vez de ello, beber en algún sitio, sin mujeres. A mí también me gustaba S., porque era, de ambas, la hermana más bonita. P. aceptó dejar camino libre a M. si éste aceptaba pagar sus cervezas una vez llegados al campamento. M. tuvo que estrechar la mano de P. porque sabía que P. era mucho más envalentonado con las mujeres y llevaba las de ganar en un enfrentamiento de este tipo. Yo no quise discutir. Me contenté pensando que S. y T. llevarían a otros chicos y chicas y alguna de ellas habría de gustarme. Frecuentemente lo hacía: ceder las chicas más guapas a alguien más y contentarme con las chicas solitarias, con las que nadie quiere acostarse. Entre ellas descubrí que pueden llegar a ser personas maravillosas y uno podría enamorarse de ellas de no ser por su poca aceptación social.


4

Empecemos por el desayuno, dice M. P. sugiere comer un par de chocolates en barra que miró en mi habitación la semana pasada cuando se quedó aquí tras la borrachera que cogimos en casa de E. Nada de chocolate, sentenció M. Estuve acuerdo. En una ocasión M. y yo comimos chocolate en un estado similar al que nos encontramos ahora y no paramos de vomitar y de gemir y de cagar. Aquella vez me convencí que yo era alérgico al chocolate y me vi morir en poco menos de dos horas. Los síntomas del envenenamiento, en general, son vómito y diarrea. Me había envenenado. Se lo dije a M. junto con mis últimos deseos y se burló de mí mientras se apretaba la panza, tirado sobre el suelo, como un hombre que está a punto de parir por la boca, y gemía y reía al mismo tiempo. Aprendimos a no ingerir chocolate como desayuno tras una borrachera.

      En cuanto a otras opciones, M. sugiere huevos con jamón, que son fáciles de preparar y no hacen daño, y poder acompañarlos con salsa o cebolla o jitomate, pero no con queso, porque el queso, lo mismo que el chocolate es demasiado exigente, contiene lácteos y te hace vaciar el estómago por todos lados. Les advierto que no hay comida en el refrigerador. Ninguno quiere salir y comprobarlo.

      Retoman el tema de sus mujeres. Intercambian impresiones sobre lo que es tener una relación formal con una mujer. Se quejan. Se consuelan. Les escucho sin decir nada porque nunca he tenido una relación formal. Mientras hablan me dejo llevar por el sueño.


5

Fue la señora R. quien nos despertó al día siguiente. La Señora R. es mi madre. ¿Sabe usted que son la una de la tarde en  punto, señor? Me dijo con los brazos en jarra, desde la puerta. ¡La una en qué!, grité incorporándome sobresaltado. La una en punto, repitió, creo que se les han pegado las sábanas. Acto seguido, se fue.

Desperté a P. y le informé. Me dijo: ¿no pretendías partir a la apertura del transporte público? Claro que sí, respondí. ¿Por qué me has despertado? Ahora no vamos a llegar al campamento de S. y T., no comprendo para qué te molestas en despertarme. Suerte has tenido de que te haya despertado, contesté, si no lo hubiese hecho hubieses dormido quince días. Dedicamos los siguientes cinco minutos a escupirnos lindezas de ese estilo hasta escuchar un ronquido de M. y caer en cuenta de su existencia. Él, el más interesado en ver a S. roncaba sobre el suelo como un puerco.

Por alguna razón que no alcanzo a comprender, la visión de otra persona dormida cuando yo estoy despierto me pone furioso. Me parece vergonzoso ser testigo del desperdicio de las preciosas horas de la vida de un hombre, esos momentos inapreciables que nunca recuperará, dedicados al sueño embrutecedor. Y allí estaba M., dilapidando con horrenda pereza los dones inestimables del tiempo, malgastando su valiosa vida sin utilizar los innumerables segundos de que tendría en su momento que dar cuenta, sin ocasión de atiborrarse de huevos con jamón, de molestar al perro, de flirtear con la vecina, allí tumbado y sumergido en un olvido que atenazaba el alma. Temblé de sólo pensarlo, y parece que P. pensó lo mismo que yo. Nos dispusimos a salvarle, y nuestra noble decisión nos hizo olvidar nuestras rencillas. Nos lanzamos sobre él, le jalamos los cabellos, P. le golpeó con una zapatilla, yo grité con la boca pegada a su oreja y M. se despertó. ¿Qué demonios pasa?, preguntó M. incorporándose. Levántate, pedazo de alcornoque, dijo P., son la una y cuarto. ¡Cómo es posible!, chilló M.

Fuimos a desayunar la comida que la señora R. compró para nosotros. Aún podemos alcanzar a S., decía M. Sé dónde está la zona de acampar a la que fueron, una vez mi padre y mi madre me llevaron cuando niño, no es complicado encontrarlas una vez estando en la zona de acampar. La comida era pollo asado. Ya déjalo, decía P., no importa, ahora podemos ir al bar de Ruíz, en la calle 52. Está abierto desde las diez de la mañana y… No, no, decía M., no hace falta más que coger un camión en la central, nos dejará muy cerca de la zona de acampar; llegaremos en menos de tres horas y podremos pasar el fin de semana con S. y T. P. y yo nos miramos un segundo. Bueno, dijo P., ¿sabes?, la idea no es mala, ¿ves?, sin embargo, lo que es yo (aquí me echó una mirada), no cuento con dinero suficiente para pagar esa transportación y la bebida que supondría ir a acampar tres días con las chicas y… Ni yo, interrumpí abruptamente. M. nos miró a uno y a otro intermitentemente. P. comía su pollo con calma, como quien conoce la certeza de un cambio positivo en su vida. M. detuvo la mirada en mí. Alcé los hombros. Lo siento, dije, es así, yo no…

M. tampoco tenía dinero suficiente para pagar los gastos de todos, quizá, ni siquiera para completar los suyos.

  Terminando la comida nos fuimos a la vuelta de la esquina, a un bar que conocía P. donde le daban fiado el ron y el vodka.





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