Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

domingo, 25 de enero de 2015

Y de la vez que S. echó agua en la cara a C.


Eran las doce de la noche. Quizá un poco más tarde. Dormía. Era la única noche en que podría hacerlo: S. había salido a con su madre y pasaría la noche con ella. Ahora no tendría que beber y que follar. Beber y follar estaba bien, pero a veces hay que darse un respiro. Los respiros son lo más importante. Son lo único que hace que el sexo sea algo bueno. Una vez me di un respiro de siete meses. Dios, después de ello tuve el mejor sexo de mi vida. En fin. Eran las doce de la noche cuando sonó el timbre. Bajé a abrir porque pensé que podría ser S. Solía pelearse con su madre. También solía olvidar las llaves en la cocina.

      Bueno, era C. Venía hecho una cuba. Venía con dos colegas más y con una mujer. La mujer estaba buena. Hola, le dije. C. me presentó a los chicos y a la chica y preguntó si podían subir a estarse en mi casa. Traigo bebida, dijo C. Hizo asomar una botella de su maletín. La chica sonrió. Vale, dije. Subimos en caravana. Primero la chica, seguida de C. y de los chicos y al final yo. Iba en bata, no deseaba que me viesen el culo; les hice pasar primero. Una vez dentro, se acomodaron en sillas. No tenía tantas sillas, así que tuve que estar de pie. Entraré al cuarto a ponerme pantalones, dije, mientras tanto podrían coger vasos de la alacena y servir de esa botella, y… C., dijo: sí, sí.

      Regresé a la estancia con pantalones y zapatos. C. me ofreció un vaso con whisky. Lo tomé y me instalé sobre la ventana. C. me ofreció un cigarrillo. Lo acepté. Uno de los chicos me ofreció fuego. La chica me sonrió. Estaban agradecidos de que les rescatara de la fría noche ahora que no tenían a dónde ir. C. y todo lo que tocaba C. era un desastre.

Otra cosa que hicieron por mí fue decir que yo era un escritor estupendo. C. nos contó de ti, dijo el otro chico. Yo asentí con la cabeza y miré a C. C. sonrió. Les dije que eres un escritor hijo de puta y un borracho. La chica rió. Dijo que eres un maldito cabrón, dijo la chica mientras se reía con muchas ganas. Todos reían y decían lo hijo de puta que C. había dicho que yo era. Nos contó de la vez que te emborrachaste tanto que quisiste besar a una chica enfrente de tu mujer, dijo alguno de los chicos y todos rieron. La chica comenzó a patalear. Bueno, dije, no supe lo que hacía exactamente. Y de cuando te caíste en la fuente de Cabrera, dijo el otro. Y de la vez que una chica te abofeteó porque le tocaste el culo. Sí, sí, decía C. mientras reía. Comencé a sentirme humillado. No eran risas fraternales. Y de la vez que quisiste beber vidrios de una botella rota de cerveza. Ya, dije, eso no fue exactamente así, pero… Y de la vez que llegaste a casa cagado en los pantalones de tan borracho. Bueno, dije sonrojado, no creo que eso sea algo de lo que se deba hablar. Y de la vez…

En algún momento pararon. Comenzaron a hablar de lo hijo de puta que era C. Contaron de la vez que se peleó con un perro de tan borracho que iba, y de la vez que vomitó encima de un chico en un bar y le echaron, y de la vez que se bajó los pantalones para mostrar el culo a un par de mamarrachos que le insultaron. Todos reían mucho. Los chicos también contaron historias de ellos mismos. Decían cosas, como: una vez me emborraché tanto que…, y así. Bebían deprisa. Incluso la chica bebía deprisa y pensé que si continuaba así no habría modo de follarla por la buena. En todo caso, no me había insinuado a ella ni nada. No había modo de que viera a una mujer y no pensara en acostarme con ella, en el modo de llegar a hacerlo o en las posibilidades de hacerlo. Aunque no me insinuase, siempre pensaba en ello.

Oye, P., ¿sabes qué ha pasado con R.?, me preguntó C. Alcé los hombros. No, dije. ¿Quién es R., C., no me has contado de él, quién es?, preguntó la chica, entusiasmada. ¡Es un maldito borracho hijo de puta!, exclamó C., y contó, para que supieran quién era R., de la vez que R. le pegó a una columna de concreto, pensando que peleaba contra uno que le había llamado idiota. Y de la vez que lloró porque una mujer le dejó. Y de la vez que confundió a su madre con una prostituta. Ese era R. Había desaparecido hace dos meses o así. Nadie sabía adónde había ido. Probablemente no había ido a ninguna parte. Lo más seguro es que estuviese encerrado en la habitación de su casa, sin dinero, sin ánimo, sin esperanzas, sin nada para escribir en el seso, y que volviera de repente, como solía hacer, a contarnos de todas las chicas con quienes se acostó durante su ausencia. Era imposible de creer porque R. era el hombre más feo que cualquier chica hubiese mirado. Tenía buen corazón, además de ello. Pero era un escritor borracho e hijo de puta.

La botella no duraría mucho. Uno de los chicos lo notó y propuso comprar cerveza. Todos lo aceptaron, pero nadie tenía dinero ni ánimos para salir y comprar. La chica dijo: C., llama a T., dile que estamos en casa de P., invítalo a venir y pídele que traiga cigarrillos y cerveza. Cigarrillos, exclamé, bien pensado. C. sacó un papel de la billetera, donde tenía anotado el número de T. y de algunos más (supongo que de ahí sacaba mi número cada que llamaba). Me pidió permiso para usar el teléfono. Vamos, dije, llama. Antes de que se levantara al teléfono, uno de los chicos preguntó quién era T. ¡Que quién es T.!, gritó C. Dios, dijo, T. es dramaturgo, un escritor de teatro. Es un cabrón hijo de puta y un maldito borracho. Una vez se emborrachó tanto que acabó dormido en una banca de parque… Todos rieron. P., me dijo, C., ¿recuerdas cuando T. se puso a imitar a su profesor de clase hasta el amanecer y no dejó dormir a O.? Ya, dije, sí que lo recuerdo. Y una vez, continuó C., T. estaba tan desesperado de follar que se ligó a una mujer horrible y la besó y todo. Risas, muchas risas.

C. llamó a T. y le invitó a venir. Yo había bebido lo suficiente para que ya no me importase dormir. Lo que más deseaba era que viniese T. y les contara a estos chicos de cuando nos emborrachamos en casa de H. y me caí por las escaleras. Dios, que buena estuvo ésa. 

Al cabo de media hora llegó T. Venía con O. y traían cervezas y cigarrillos. Los abrazamos y les recibimos como a profetas. Todos reíamos, sin saber exactamente de qué. C. los presentó con los chicos y la chica. T. y O. se acomodaron sobre otra de las ventanas. Encendieron cigarrillos y bebieron directo de las botellas de cerveza. C. dijo: oigan, muchachos, les estaba contando a todos de la vez que ustedes dos recitaron poemas de Baudelaire en una fiesta de quince años a la que entramos sin ser invitados. Risas. Y de cómo nos corrieron. Risas. Y de cómo O. dijo: es la quinceañera más fea que he visto en mi vida. Risas. Y del padre de la quinceañera, que amenazó con partir la cara a T. porque se creyó que fue él quien dijo lo de su hija. Risas. Y T., el muy cobarde, dijo: pero yo no fui, señor, se lo juro. Risas. O., dijo: Dios, nunca olvidaré la cara de susto de T. Risas. Bueno, dijo T., estaba borracho, hombre, ¿qué iba a hacer?

Hubo un momento de silencio. Luego, O. dijo: ¿recuerdan la vez que P. se cayó de las escaleras? Ya, dije, eso pensaba antes que entraras a casa, O. Aún recuerdo que S. no me creyó que me hubiese caído; pensó que una mujer me había dejado chupetes, Dios. Risas. Sí, dijo C., chupetes en la espalda y en las caderas, ¡cómo no! Vamos, P., yo también lo hubiese creído si fuese S., eres un maldito infiel. Risas. ¡Es un cabrón hijo de puta!, gritó C. Risas. No sé cómo una mujer puede soportar a hombres como ustedes, son unos borrachos hijos de puta, dijo la chica. Risas. ¡Yo tampoco lo sé!, exclamé. Risas.

Después de las doce de la noche, el tiempo corre más rápido. En algún momento la habitación comenzó a clarear. La luz del día entró por las ventanas. Uno de los chicos dormitaba, sentado. El otro apenas hablaba y ya no reía. La chica tenía los ojos rojos y a la luz de la mañana no me pareció apetecible. Daba la impresión de que se desvelaba continuamente y de que bebía y follaba con cualquiera. Hace tres horas ello no me hubiese importado, pero ahora era despreciable. C. tampoco hablaba ya. T. y O. fumaban en silencio. Bueno, dije, me marcho. Nadie contestó. Entre a mi habitación y me dormí.

Poco más tarde, escuché a S. gritar. Me gritaba a mí. Eso fue lo que me despertó. Vale, dije, ¿qué hay? ¡Qué hay!, gritó. Una panda de borrachos, eso es lo que hay ¡en la sala de MI casa! Ya, dije, solo son C., y T. y O. y un par de chicos, no sé. ¡Sácalos ahora mismo, P., sácalos! Joder, murmuré, ¿por qué no simplemente te echas a dormir y me dejas dormir a mí y a todos? ¡Qué por qué no me echo a dormir!, gritó S., ¡quizá porque son las dos de la tarde, hijo de puta! Vaaaaleee, dije, voy, voy.

Me levanté de cama. Salí a la estancia. En calzoncillos. Bueno, dije en voz alta, muchachos, es hora de irse, anden, es hora de mover el culo, so cabrones. T. y O. estaban despiertos. Vamos, P., acaba de llamar R. dice que están bebiendo en casa de J., iremos para allá ahora mismo, ¿te vienes? No, dije. Los chicos y la chica despertaron. Se disculparon y se fueron casi de inmediato. Cuando me despedí de la chica, le pellizqué el culo. Soltó una risita. Dijo: no creo que a tu mujer le guste que pellizques el culo de otras mujeres. Ya, dije, no lo tomes en serio, era un cumplido, ahora vete, S. está furiosa. Le cerré la puerta en las narices.

T. y O. insistían en ir a casa de J. C. dormía como un tronco. ¿Por qué no me ayudan a levantar a C., en vez de joder?, dije. Movimos a C. pero no se levantaba. Le gritamos al oído. Le abofeteamos. Dios, dijo O., creo que está muerto. Vamos, O., dije, eso no puede ser, esas cosas no pasan en la vida real. Yo también creo que está muerto, opinó T. Dios, C., dije, ¡levántante y anda! Nada. En eso, cayó un litro de agua sobre la cara de C. C. se levantó de inmediato. ¡Fuera!, gritó S. S. le había echado un balde de agua fría en la cara. C. salió de allí, corriendo como un perro mojado. T. y O. se cagaron de la risa. S. les miró. Dejaron de reír y se encaminaron a la puerta. Bueno, dije mientras les abría, nos vemos luego, chicos, adiós, adiós, adiós. C. dijo: tu mujer es una jodida bruja, déjala. Pensaré en ello, dije. Adiós. Adiós.

Volví a la habitación. Dentro estaba S. Dijo: ¿quieres dormir una hora más, amor? ¿Hago café? Ya, dije, dormiré una hora más y luego puedes hacer café. Muy bien, dijo. Oye, S., dije, mientras tanto, ¿podrías masajearme las sienes?, van a explotarme. Claro, bebé. Gracias, S., eres una mujer estupenda; en cuanto me levante te haré el amor y luego te llevaré a ver a tu madre. S. sonrió. Dijo: okey.





jueves, 22 de enero de 2015

Tres horas y media.



Pasé toda la mañana con un presentimiento inexplicable que me impidió almorzar, un temor extraño que me producía un dolor pulsátil en la cabeza y la extraña sensación de tener un clavo en el estómago. Según iba camino a casa los dolores se intensificaron.

    Por fin llegué a casa y al entrar lo descubrí. Había sucedido. Se lo había llevado todo. Todo, excepto una crema de manos desparramada en el lavabo y su perfume inundando el ambiente de manera insoportable. Se había cansado de mis locuras y había decidido despedirse a la francesa, ¡maldita sea! No podía asimilarlo. ¡Ni siquiera había tenido la decencia de escribirme una nota! Ella, tan perezosa para algunas cosas, tan expeditiva para otras (para esta, por ejemplo), había arramplado con todo en apenas tres horas y media, justo el tiempo que le sobraba hasta que yo volviera del trabajo. Ella, a la que conocía a la perfección, había vaciado las habitaciones de los objetos que daban calor a la casa (los suyos) y me había dejado solo en mitad de este infierno helado. Ella, a la que seguramente le habría sobrado tiempo de esas tres horas y media para salir por el portal dando zancadas de avestruz. No pude hacer nada salvo desesperarme. En tres horas y media (o menos) había vaciado la casa y rematado nuestra historia.

    Lo cierto es que, a pesar de la sorpresa, conseguía entenderla de alguna forma. últimamente su corazón se había vuelto una piedra y ya nada podía devolverle su calor. Había perdido sus impulsos generosos y su humor inglés, y ya nada le hacía la más mínima gracia. Supongo que nunca llegamos a comprendernos del todo pero, ¿acaso no merecíamos un último diálogo, un último abrazo cordial, un final más amistoso?

    Necesitaba escaparme de aquella casa, necesitaba un poco de aire, el ambiente de la casa me estaba asesinando.

    Puse pies en polvorosa y anduve lo suficiente hasta llegar a La Castellana. Esta calle, siempre tan amada por mí, tan sólo unos días antes, electrizante y repleta de vida, ahora me parecía sucia y gris. Mientras caminaba evitaba alzar la vista, cualquier contacto con conocidos me hubiera resultado penoso. Apenas me acompañaban las fuerzas y andaba como si arrastrara un cadáver. Por unos instantes me asusté y tuve que buscar un banco para sentarme, sentía unos pinchazos agudos cruzándome el corazón y las piernas me temblaban hasta el punto que creí perder el equilibrio por un momento.

    Entré a un bar y pedí una copa que, aunque no me apetecía, me bebí de un trago sin rechistar. Después una segunda y una tercera y una cuarta y alguna más. Bebí como los antiguos poetas malditos, hasta que mi diálogo interno se detuvo y dejé de pensar.

   No sé muy bien cómo ocurrió, pero terminé hablando con una mujer madura. No era guapa en el sentido clásico pero se podría decir que el conjunto funcionaba de alguna manera. Movía las manos de una forma muy cinematográfica y se esforzaba mucho por parecer graciosa. Llevaba un vestido absurdo con brillantes de plástico en las hombreras, totalmente inapropiado para estas horas de la tarde. Y  un tatuaje en el antebrazo que decía "me gusta meterle mano a la vida", que a pesar de estar bajo aquellas circunstancias me extasió. De repente me estaba besando, con su boca amplia y fuerte, como si fuera a comerme, mientras se colgaba de mi cuello. No recuerdo mucho más.

    Desperté. Solo. En una sucia habitación de hotel, con las luces encendidas. Había estado durmiendo aproximadamente tres horas y media y sólo tenía el pantalón puesto. Mi camisa y mi cinturón no aparecían por ningún lado, mi cartera reposaba encima de la cama, más delgada que el papel. Me había robado pero, ¿cómo? Siempre recordaba las cosas, por mucho que bebiera. Seguramente me habría echado algún tipo de somnífero en la bebida, ya que sentía los vértigos característicos.

    ¿Qué Dios, qué karma, qué capricho del destino, qué cambalache, qué rueda de la suerte, qué azar, qué venganza del pasado, qué espíritu justiciero me estaba haciendo todo esto?

    No tenía dinero, me faltaba la mitad de la ropa, era de noche y seguramente estaba muy lejos de mi casa. Lo resolví metiéndome en la cama y echándome a dormir.




domingo, 18 de enero de 2015

Aunque fuese verdad.


En noviembre, C. y yo nos fuimos a conocer a P. y fracasamos; le buscamos en el 12:51, un bar sobre la Glorieta de los Insurgentes donde se rumoraba que asistía casi cada viernes y cada sábado; no había algo que nos asegurase que ése sábado iría, pero aún así fuimos desde nuestras casas (un recorrido de casi una hora) porque éramos (somos) fanáticas de sus textos y deseábamos conocerlo, hablar con él, beber con él, ser parte de sus cuentos, no sé; nuestras expectativas eran altas, demasiado altas, casi al grado de ensoñar que P. se enamoraría de nosotras y nos llevaría a vivir su vida, la vida de un escritor borracho y sin moral, y saldríamos en las portadas de sus libros y… en fin, teníamos veinte años y sed de vivir: los textos de P. saciaban nuestra sed, pero había que probarlo en carne viva, o, al menos, así lo exclamó C. cuando le vino la idea de buscar a P. a costa de todo, dijo: B., tenemos que vivirlo en carne viva; signifique lo que signifique, C. deseaba vivir a P. en carne viva y yo no iba a quedarme atrás, no cuando fui yo quien leyó a P. primero, quien le dijo a C.: C., debes leer esto, por Dios, debes leer a P., y menos cuando fui yo la primera en decir que me gustaría conocerlo y todo; no, señor, no iba a quedarme atrás: emprendería con C. la aventura, cosa que ya era, en sí, vivir a P. en carne viva, aunque no lo supiéramos ni lo sospecháramos, y aunque al final fracasáramos, como hicimos, a pesar de que vimos a P. (lo que más nos duele), porque, de verdad, ¡vimos a P. en el bar!: sentado, con una chica rubia a su lado: eso fue lo que nos intimidó, que estuviera con una rubia de ojos verdes, bebiendo, riendo y… ¡besándose!, cosa que nos pegó duro a pesar que fuese predecible, porque P. siempre escribía sobre sus mujeres y sus amantes y sus prostitutas y su cerveza, es que... ¿esperábamos encontrarlo solo y con los brazos abiertos para nosotras, de las que desconocía la existencia?, vaya si una es imbécil a los veinte años, pensé, pero luego caí en cuenta que la chica con la que estaba tenía alrededor de veinte años, aunque lucía un poco mayor; le dije a C.: apuesto que no tiene más de veinticinco; C. asintió mientras bebía cerveza y la miraba con cierto odio, casi como si le hubiese robado algo suyo, como si P., o algo de P. fuese suyo sólo porque había leído algunos de sus textos y mirado poco más de un par de fotografías suyas, las que había en la web, ni siquiera fotografías personales, ni nada; no la culpo, de algún modo yo también sentía que algo de P. nos correspondía, se nos debía a nosotras por haberlo leído con tanta fe y por seguirla la pista con ahínco, hasta llegar aquí, al 12:51, al que habíamos venido cada fin de semana durante un mes y medio sin encontrar a P. y aún así no habíamos renunciado, e, incluso, habíamos rondado por las calle de la colonia Roma, donde se decía, o se suponía (no me queda claro de dónde sacábamos la información), que vivía y recorría con sus amigos, un grupo de escritores borrachos como él, por las noche y las madrugadas, entrando a bares y a hoteles a follar con sus conquistas: ahí lo teníamos, frente a nuestras narices: P. rondando las calles, entrando a bares y a hoteles con sus conquistas, en este caso, con la rubita veintiañera que se reía y se apretujaba contra P., y éste la miraba con lujuria y la abrazaba y la sobaba y le hablaba al oído mientras todos a su alrededor reían y brindaban: P. no iba solo, no en exclusiva con la chica, iba con un grupo de gente, entre ellos hombres y mujeres (más hombres que mujeres) que conjeturamos debían de ser los amigos escritores de él, u, ¿otros lectores más atrevidos?, Dios, es que C. y yo éramos unas tímidas, algo de verse; atrevidas para seguir la pista, investigar, espiar, casi acosar a P. (le habíamos enviado ya correos electrónicos y mensajes de Facebook que nunca contestaba), y temerosas de plantarnos frente a él en la vida real y decirle: hola, somos B. y C., somos lectoras tuyas, etc., como si fuera a comernos o… Sí, eso era hasta cierto punto lo que temíamos: que nos comiera, por decir de algún modo, ya que, como he dicho antes, P. era un escritor borracho y sin moral, un lobo, un comeniñas, un pervertido sexual (sic), lo que nos atraía y al mismo tiempo nos atemorizaba, ya que, a decir verdad, C. y yo no éramos precisamente las Lolitas que P. esperaría, no señor, no, esa Lolita era la rubia que tenía entre brazos aquella noche; nosotras tan sólo éramos unas niñas cachondas que se masturbaban con sus textos (mentira, no, no nos masturbábamos literalmente, ni siquiera a ello llegábamos porque nos daba pena hacerlo, pena con nosotras mismas, educadas bajo preceptos morales a los que añorábamos deshacer, pero no nos atrevíamos, no aún, no, ni siquiera con P. al lado de nosotras, en la mesa de al lado, y ni siquiera cuando P. nos miró, Dios, ¡nos miró!, y nos saludó con la cabeza, quizá porque notó que lo mirábamos demasiado y olió lo que deseábamos, no sé; el caso es que no pudimos hacer algo más que reírnos cuando se levantó de su mesa, dejando a todos sus acompañantes, incluida a la rubita, y se paró frente a nosotras (iba muy borracho, casi al grado de caerse estando de pie) y preguntó nuestros nombres, nos halagó y nos invitó a sentarse con ellos, con él y sus amigos, a lo que contestamos con risitas estúpidas (también estábamos borrachas, creo, porque la bebida no era lo nuestro y no estábamos seguras de estar borrachas o emocionadas) y mejillas sonrojadas y dijimos, finalmente y casi entre balbuceos: sí, sí, en un momento vamos… ¡y no fuimos!, nunca fuimos, nos sentimos intimidadas ante lo que más deseábamos; le vimos irse al sanitario y regresar, agarrándose de las paredes, a su mesa, antes de lo cual pasó por la nuestra y nos sonrió, y sentarse junto a su chica, que le esperaba y le sujetaba para que no fuese a caer) y que tenían la ilusión de salir con él una noche a platicar… Dios, sí, a platicar, ¡con P.!, el viejo borracho comeniñás; si él lo supiera no lo perdonaría: hacerlo venir a nuestra mesa, o ir a la suya… ¡sólo para platicar!, como si él quisiese platicar con dos niñas que no han leído gran cosa, ni vivido gran cosa, ni bebido gran cosa, con dos niñas que no tienen el valor de acercarse a él aunque se las coma… vamos, en definitiva P. se decepcionaría de nosotras inmediatamente abriésemos la boca para preguntar sobre uno u otro de sus textos y decir, suspirando: señor, P., ¿sería tan amable de firmar mi libreta?, cuando él, si acaso, querría firmarnos las nalgas ahí mismo, a los ojos de todos y asentar así su existencia y su fama y reputación de escritor borracho y loco y perseguido por jovencitas hasta los bares que frecuenta, y muy probablemente, después de ello, llevarnos a su casa o a un motel y hacer un trío con nosotras, o un cuarteto con nosotras y su rubita, o ve tú a saber qué otra perversión: pegarnos, orinarnos las caras, defecarnos encima, hacernos tragar su semen, inyectarnos heroína contra nuestra voluntad, azotarnos con un látigo de nueve colas, colocarnos pinzas en los pezones o penetrarnos por detrás y llamar a sus amigos para que nos obliguen a realizarles orales mientras él nos penetra por detrás y su chica nos azota las espaldas, o algo mucho peor, no sé, algo que sólo la mente del retorcido P. podría elucubrar, y luego escribir a modo de cuento risible haciendo pensar a la gente (los lectores) que algo así no podría ser posible, que P. exagera y ensueña y nunca pasó, y no se investigue jamás, debido al modo satírico, irónico o hilarante en que P. describiría lo sucedido, sobre nuestra temprana muerte, ni se sospeche de nuestros cadáveres en el fondo de un río de aguas puercas, muerte merecida por la malsana curiosidad de entablar relación con un escritor maldito, aunque C. se burle de mis pensamientos y los llame exagerados, sin saber que con ello colabora a la supuesta inocencia de P., sin saber que la rubita es la próxima víctima de una serie de muertes causadas por la intriga de conocer a quien ofrece dulces a las niñas, y… en fin, por el miedo o la pena, aquella noche de sábado perdimos nuestra oportunidad, la oportunidad de conocer a nuestro escritor predilecto y del que estábamos enamoradas malsanamente: le vimos ser avisado por alguno de su grupo de que le dueño del bar cerraría y le había mandado decir que cerraría para que fuese saliendo de ahí con toda su manada y su hembra y se largase; también fuimos avisadas nosotras y no supimos qué hacer, si salir de inmediato, o esperar a P. (como si viniese con nosotras), y sobre todo, qué hacer una vez fuera porque el Metro estaría cerrado y no habría modo de regresar a casa (eran las dos de la madrugada) aunque deseáramos, situación que nos obligó, o nos envalentonó para pagar nuestra cerveza, salir, esperar a P. y, con mucha verguenza, decirle: P., hemos leído tus textos, ¿podemos ir con ustedes a donde sea que vayan a ir?, sin pensar en que el pobre de P. estaba borracho, muy borracho, al grado de ser sacado casi a rastras por su chica y un amigo y al escuchar nuestras palabras no podría decir absolutamente nada, y en lugar suyo, la chica rubia, mirándonos de arriba abajo (íbamos con falda y escote), defendiendo lo que sí era suyo, diría: NO, con voz alta, decidida y llena de furia; a pesar que los amigos de P. se acercaran a nosotras y nos saludaran y nos halagaran y miraran con ganas de tumbarnos ahí mismo y le dijeran a P. que dos lindas niñas querían venirse con él a su apartamento; la rubita seguía diciendo NO, NO, NO, y por algún motivo los hombres se alzaran de hombros y nos dejaran de pie, solas, en medio del callejón oscuro donde estaba el bar y se fueran gritando y cantando y diciendo a P. que había dos niñas allá a atrás y que si él lo permitía irían a por ellas y las llevarían con ellos al apartamento de P.; pero P. no podía ni hablar, así que la rubita negaba con la cabeza y decía: ya, malditos perros, dejen a esas niñas en paz, y los perros le riñeran diciendo: por favor, E., déjanos llevar a las niñas a casa, y ahí terminara nuestro fatal encuentro con P., mismo que contamos a la escritora Verónica Pinciotti, a la que escribimos por Internet y le relatamos las cosas y se ofreció a ayudarnos a escribirlo todo y a publicarlo en el sitio de P. para que se enterara de que por su borrachera se perdió de nos niñas de veinte años y diga: ¡Verónica, eso no es verdad, no me jodas, y aunque fuese verdad...!




Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com