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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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lunes, 21 de julio de 2014

Todo respecto al sexo.


Una mujer llamada Ele dijo que me lo enseñaría todo respecto al sexo y la creí. Me fui con ella por trescientos pesos mexicanos. Inmediatamente en el cuarto me bajó los calzones y se llevó a la boca mi virilidad erecta. La chupó unos buenos minutos,  hasta que me corrí. Después de ello me recostó como a un bebé sobre la cama y me arrulló. Metió mi cabeza en su regazo y estuvo dándome palmaditas en la espalda y repitiendo cosas a mi oído, como: no pasa nada, hijo. Todo está bien, etc. Podía escuchar el latir de su corazón y un olor opaco y maduro entraba por mis fosas nasales. Comencé a llorar en silencio y creí en ella como en una santa. De pronto miró la hora. Se levantó y se fue. Ni siquiera tuvo que vestirse.

      Cuando salió de la habitación me sentí tonto y estafado. Sin embargo, en el transcurso de la semana tuve una depresión y la semana siguiente volví con ella. Esta vez ni siquiera me lo hizo con la boca. Me desnudó y me recostó en cama. Se tumbó a mi lado y mientras me repetía al oído todas esas cosas, con una mano me acariciaba los cabellos y con la otra me masturbaba tiernamente. Yo mantenía los ojos cerrados, recostado boca arriba, como un muerto. Cuando me corrí, me pareció que un río de maldad salía de mí y me liberaba. Cuando dejó la habitación la bendije mentalmente y creí en ella, esta vez para siempre; la llamaba la Santa Ele. Pensaba en cómo sería su vida y todo eso; podría decirse que me enamoraba aunque no era verdad, sencillamente, ella era una prostituta y yo un cliente. ¿Cuántos devotos tendrá la santa Ele?, me preguntaba en ocasiones, pero lo olvidaba en seguida porque prefería engañarme y pensar que era sólo mía, aunque eso fuese estúpido e imposible.

      En cierta ocasión bebí más de la cuenta en un bar de la calle de Allende y sentí necesidad de fornicar. En el bar había un par o más de buenas chicas, pero yo había ido solo a aquel bar y durante todo el tiempo estuve solo y las chicas me miraron y yo no les contesté las miradas ni hablé con ellas ni brindé con ellas y sus amigos cuando, gracias a los efectos del alcohol, hubo un momento de hermandad entre todos los briagos. Ahora no podía levantarme e iniciar con ellas un lazo, un vínculo, una conversación. Se pensaron de mí que era raro, solitario y, quizá, peligroso. Si iba a hacerlo sería con una prostituta. Pagué la cuenta y salí del bar.

Caminé hasta la calle de San Pablo, en el barrio de la Merced. Allí se paraba Ele, pero aquella tarde no estaba, o no la vi. No me importó. Estaba borracho y deseaba hacerlo con una chica más carnal. El sexo espiritual de la Santa Ele es bueno, pero a veces uno tiene ganas de mancharse con el lodo, pensé. Me fui al cuarto con una niña de dieciocho años. Me cobró ciento sesenta pesos, la tarifa normal. Ele cobraba casi el doble y hacía mucho menos; al mismo tiempo hacía mucho más: era más barato que ir a la iglesia o al psicólogo y además te masturbaba con la mano o con la boca, como una cortesía. Debería cobrar miles de pesos, curaría a un montón de gente rica y necesitada. Podría incluso curar al hombre más rico y vacío del mundo; hacerse rica ella también, pensé.

La adolescente se llamaba Diana. Solía preguntar el nombre de mis cortesanas, era muy importante para mí. No importa si mentían, lo importante era poder llamarlas de algún modo en mis ensoñaciones, distinguirlas a unas de otras. Diana era una chica estupenda, podías hacerlo con ella e incluso bromear y reír. Entablamos cierta amistad: hasta donde su oficio puede permitir una amistad con un cliente, no más. El sexo con Diana era reconfortante porque me hacía sentir como un hombre que sabe acostarse con una mujer (aunque fuese mentira). La mayoría de las prostitutas con que me acostaba no sabían absolutamente nada de su oficio. No basta con abrir las piernas, hay que crear sensaciones en los clientes. De superioridad, principalmente, de amor, de afinidad, no sé. Si no lo hacen dejan un amargo sabor de boca, un sabor a vacío y soledad muy fuertes y uno se jura que jamás volverá (aunque vuelva). Con Diana podías creerte que te quería de un modo casi secreto y prohibido. Le saqué su número y la llamaba por las tardes. Me contaba algunas cosas, nada serio. Reíamos y prometíamos que un día saldríamos y comeríamos helados e iríamos tomados de la mano por las calles de la colonia Roma. Sin embargo, nunca pudimos hacerlo porque su horario de trabajo la mataba y siempre tenía encima a sus padrotes y a su novio (tenía novio y éste no sabía del oficio de Diana, según ella). No importa, en el fondo ambos sabíamos que todo eso era mentira, nunca saldríamos ni nos interesaba hacerlo realmente. A eso me refiero cuando digo que una prostituta debe ofrecer algo más que sexo a sus clientes. La Santa Ele y Diana eran un par de prostitutas excelentes. Apuesto que tenían clientes fieles y todo eso. Es casi como si con ellas el sexo quedase en segundo plano. Una cosa muy difícil de lograr en este ambiente. Sin embargo, yo hubiese salido con Diana a pesar de su oficio y me hubiese encantado poder decir: mi chica es prostituta, a los colegas. Se volverían locos. Las posibilidades que ofrecía una relación así me eran atractivas. Me excitaba pensar en ello.

En adelante me dije que no me acostaría con nadie más, excepto con mis dos damas. No fue posible. A pesar del vínculo que yo presumía tener con ellas, a pesar de mi fidelidad, ellas no me eran fieles y no siempre las encontraba en sus esquinas. Ya sea porque no estaban o porque estaban con otro. Las extrañaba, por supuesto. Las extrañaba según mis necesidades. Si estaba deprimido añoraba las caricias maternales de Ele; si me encontraba bebido y excitado, extrañaba el sexo de Diana.

Me acostaba con alguna otra chica con tal que estuviese buena. Ninguna tenía la magia de aquellas dos. De todas, recuerdo a Mariana, una chica que usaba pantalones. Se lo dije aquella vez en el cuarto, le dije: ¿acaso no es incómodo usar pantalones para este oficio? Eran unos pantalones pegados y los debía arrancar como a la piel para sacárselos y luego meterse en ellos como quien se mete en una tripa de cerdo. No, ya me acostumbré, dijo. Después de todo no es problema mío, pensé. La dejé hacer lo que quisiera. Me lo chupó un poco y luego me montó. Se movía muy aprisa. En algún momento la escuché rogar que me corriera ya. Eso es lo que odiaba de ellas: su maldita prisa por sacarte el jugo y los billetes. ¿Quieres dinero? ¡Gánatelo! ¿No te satisfacen ciento sesenta pesos? Ele cobra trescientos y los hombres volvemos con ella, ¿tú por qué crees? Porque Ele tiene alma, aún tiene alma, Dios, y la mayoría de ustedes sólo son pieles de víbora muerta, ya sin víbora. Fuera de Ele y Diana el sexo con prostitutas me enfadaba y me dejaba malhecho, deprimido, con una sensación de desear la muerte de todo el género humano. Si pensaba en las chicas me deprimía aún más. Lloraba en silencio por ellas y por el mundo hostil en que me encontraba vivo. No importa si huía de aquel mundo de prostitución, no importa si me enfocaba a trabajar y a formar una familia, de cualquier modo ese mundo siempre estaría ahí, lo viese o no, y eso implicaba que cualquier otro mundo rosa que pudiese construir fuese falso, tocado a lo lejos por otros mundos oscuros. Eso es el problema: todos estamos tocados por todos los mundos, y hay mundos horribles que envilecen a todo el género humano.

2

La tercera vez que pagué los servicios de Ele, me acomodó en la cama, me lo hizo con la boca, desde el pene hasta los testículos y el ano, y me metió el dedo al ano y sentí una sensación de miedo y placer insólito. No dejaba de masturbarme mientras removía el dedo dentro de mí, y me decía: el sexo debe curarhijo mío, si no cura no sirve. Yo asentía con la cabeza mientras apretaba los ojos y los labios y me dejaba hacer, confiado plenamente de mi dama y curadora. Estando así, a gatas sobre la cama y con Ele tocando mi cuerpo de un modo ignorado por mí hasta entonces, me sentí renovar. Sentí crecer dentro de mí nuevas posibilidades. Me corrí más fuerte que nunca antes y el orgasmo me duró varios minutos. Estaba claro: podía confiar en Ele.

      En otra ocasión me hizo que le chupase el coño y poco antes de correrse se orinó sobre mí. Dijo que aquella lluvia dorada me lavaría de envidias y del mal de ojo, entre otras cosas. Luego me lavó en la ducha con vapor y un ramo de santera. Traía el ramo en su bolso y no lo noté hasta que lo usó. Lo pasó por mi cabeza y por todo mi cuerpo. También pasó un huevo que sacó de un bolso más pequeño. Lo frotó contra ciertas partes de mí, desde la coronilla hasta los pies. Lo partió y lo echó a un vaso que había en la ducha. Lo inspeccionó. Nunca le pedí que hiciera nada de esto, ella hacía, supuestamente, lo que yo necesitaba. Me dijo: hay dos seres oscuros aprisionándote. Debes sacártelos. Le pregunté cómo, pero mi tiempo se había agotado y aunque traté de darle más dinero dijo que jamás excedía las citas porque el tiempo es sagrado y debe respetarse y cada cosa llega a su debido tiempo: ahora era tiempo de que yo pensase quienes eran aquellos seres oscuros y cómo podía librarme de ellos. Debía hacerlo por mi propia mano. Quedamos de vernos el sábado siguiente. Aquella vez no me corrí. Probablemente me estaba estafando, pero era una estafa sagrada.

      Los días siguientes no pensé en mis seres de oscuridad porque mientras no estuviese con Ele todo ese rollo me importaba poco, no me lo creía y me daba risa ser tan pusilánime y dejarme estafar por una prostituta santera o lo que sea, aunque me gustaba y me divertía; lo creía realmente cuando estábamos en el cuarto.

Antes del sábado hice una visita a Diana. La encontré a las seis de la tarde en su esquina, metida en un vestido azul, cortísimo, que incitaba a mirarle el culo, un culo respingado y bien formado que atrapaba muchos peces en el mar del sexo. La saludé y le dije que estaba guapísima. Sonrió y dijo que ya lo sabía. Dio una vuelta para que pudiera apreciarla mejor. Se lo repetí y rió. Luego dijo: ay, ven, ven, me hizo seguirla hasta doblar la esquina. Ella se colocó sobre la calle de San Pablo y yo sobre Las cruces, para que su padrote no la encontrara perdiendo el tiempo. Era así porque no había ido para acostarme con ella. No había bebido; no había necesidad. Hablamos un cuarto de hora o así. Me contó que su novio la había cortado por el poco tiempo que podía dedicarle. Le dije que estaba bien. Dijo que ahora podría regalarme un domingo. Dije que eso estaba bien, también. Sonreímos mientras nos miramos a los ojos, como si estuviéramos enamorados o algo (no lo estábamos ni lo creíamos). Luego me despedí de ella. Le dije que iría a por unas cervezas a un bar, cerca, y cuando fuese más tarde volvería para ir al cuarto. Asintió con la cabeza y se despidió de mí agitando la mano muy rápido, como una niña. Hice lo mismo y le mandé un beso mientras me alejaba por la calle, hacia Jesús María. Sentí mi pecho ensancharse y suspirar. Era lo más cercano que tenía a una relación amorosa de verdad en aquel entonces. Me sentía bien, me sentía feliz. Sobre todo antes de ir a beber se apoderaba de mí una felicidad. La felicidad del perro, la llamaba. Una felicidad boba e incondicional. La felicidad de saber que poco más adelante hay un hueso.

Bebí unas cuantas cervezas, no sé, hasta sentirme caliente. Me fui a buscar a Diana. No la encontré. En su lugar me metí con Brenda. De ella no hay mucho que hablar, era un chica como cualquier otra. Deseaba que me corriese rápido y me llamaba amor, como si eso bastara para excitar a un hombre. La escogí porque le miré una cara bonita, pero en el cuarto, a la luz eléctrica, me decepcioné. Era demasiado vieja y estaba un poco amargada. Es un trabajo duro para estar de buenas, pensé y me olvidé del asunto. La monté, cerré los ojos y pensé en C., una chica que me gustaba desde hace tiempo a la que no había logrado desvirgar (era menor de edad). Pude correrme dentro de mis minutos de tolerancia y Brenda me perdonó la insensatez de haberle comprado a ella el sexo, a ella que tiene tanta prisa, pensé.

Cuando salí de con Brenda, encontré a Diana. Me miró venir con Brenda y dijo: ¡no lo puedo creer! Cuando estuve cerca de ella, repitió: de verdad, no puedo creer que lo hayas hecho con Brenda, ¡es una vieja! Ya lo sé, dije. Brenda no se despidió de mí, continuó caminando hasta su esquina sin dedicarme un guiño, un saludo, cualquier cosa. Este era el tipo de prostitutas que podías encontrar en la Merced. Por ciento sesenta pesos, incluido el hotel, supongo que no podía esperar más. Eran malas incluso para granjearse clientes frecuentes. Bueno, suspiró Diana, supongo que ya no querrás entrar conmigo, ¿no? Sí quiero, dije. Me cogió de la mano y me llevó. No me dejé mover. Antes, dije: el problema es que no puedo… Me miró a los ojos. No tengo dinero, aclaré. Me soltó la mano. Bueno, ya será la próxima…, exclamó Diana. Ahora vete, ¡es una buena hora y si me ven contigo sin subir…! Esta era la buena de Diana. Me despedí de ella mientras avanzaba por la calle, hacia el metro, pensando en Diana y su vida, en Diana y su padrote y todo el infierno que debía sufrir. Era una chica muy risueña para vivir en un infierno. Quizá apenas comenzaba a quemarse.

3

El sábado me puse loción y fui a ver a Ele. No había necesidad de usar loción pero me gustaba causar una impresión buena en Ele. Era una mujer de poco más de treinta años, con una cara fina y elegante y un cuerpo esbelto y bien formado. La primera vez que me metí con ella fue un sábado de hace dos o tres meses. Era de tarde, poco antes de la noche y me sorprendió ver a una mujer tan guapa haciendo la calle tan temprano. Iba vestida con una blusa y una falda, pero no lucía como una prostituta, aunque lo era y los sabías; quiero decir que su ropa no era vulgar ni escandalosa. Tenía cierta clase y te preguntabas ¿qué hace una mujer como ésta parada en una esquina?, cuando la encontrabas en Las cruces. Caminé hacia ella, sin decidirme. Cuando estuve cerca, se interpuso en mi camino y dijo: ¿buscas algo? Yo dije: busco sexo, querida. Ella respondió: vamos, voy a enseñártelo todo respecto al sexo. Acto seguido, me tomó de la mano y me llevó al hotel Las Cruces, donde me dejé hacer por ella y lloré y volví a la semana siguiente.


      Entramos al cuarto y le di tres billetes de cien pesos. Lo primero que hizo fue sacar de su bolso una veladora, encenderla y apagar la luz eléctrica. Me preguntó por mis seres de oscuridad o lo que sea. Le mentí que ya los tenía descubiertos. Uno era mi padre y el otro yo mismo, una parte oscura de mí que intentaba autodestruirse. Dijo que eso era una estupidez, los seres oscuros no son mi padre ni yo mismo, los seres oscuros son seres de otras realidades, impersonales, que buscan la luz del alma de los seres humanos. Entonces dije: okey. Ele asintió. ¿Qué música sueles escuchar?, me preguntó. Contesté que heavy metal (por aquel entonces era verdad) y dijo que de ahí los había cogido; se me colgaron en algún concierto o llegaron a mí a través de las ondas de aquella música satánica. No me reí porque se estaba desnudando y era muy guapa como para reírte de ella mientras te mostraba las tetas y el pubis. Asentí con la cabeza. Dije: todo puede ser, tú eres la experta. Desnuda, se acercó a mí y me quitó la ropa. Me tiró sobre la cama. Comenzó por besarme el cuello, la boca (quien diga que las prostitutas no dan besos está generalizando demasiado), el pecho, el abdomen, los huevos. Entonces me tocó el pene y me untó una pomada o algo, no estoy seguro, y me sobó y me untó hasta que el pito comenzó a arderme y ella me lo soplaba y yo sentía fuego en mis genitales. Poco después me montó e hicimos un sexo rico, suave y gozoso. Le avisé antes de correrme y pudo tragarse mi semen. Lo hacía despacio. Lo tragaba y lo regresaba y se lo untaba en los senos y se lo volvía a tragar mientras movía la lengua como un demonio y decía: yo voy a enseñártelo todo respecto al sexo y yo sentía con la cabeza, mirándola a los ojos, hipnotizado, y le creía todo, Dios, le creía que ella era santa y conocía todos los secretos de una sexualidad curandera, o lo que sea. Hacía el amor con ella y pensaba en mi madre y en todo el cariño del que carecí en mi infancia; en todas las chicas que me habían rechazado, a las que había amado en secreto y a las que deseaba conocer mejor; en mis vida solitaria; en mí relación con mi prima A., en Carolina, la mujer que más había amado hasta entonces; en los astros: la Luna, el Sol; en las gentes pobres, en los gobiernos; en mi deseo de morir joven; en los gritos de las muchachas cuando hacen el amor, en los cabellos de Ele; en Dios, aunque era ateo pero pensaba en el dios que el hombre ha creado y en cómo hemos comido de esa mierda tanto tiempo, y en cómo el miedo puede acabarnos al grado de rezar ante nuestra impotencia; en los animales, en el mar, en las flores bajo el sol de un día hermoso. En tantas cosas que no podría enlistarlas todas ni podría explicarme mejor que diciendo que Ele tenía, verdaderamente, un sexo sanador, lo que eso signifique, y en adelante pude hacer una vida mucho mejor en el sentido de ser menos pusilánime en mis relaciones con mujeres y darles libertad (aunque muchas tengan miedo a la libertad).      




domingo, 20 de julio de 2014

Infancia: Colegio del tepetac.



No he hablado de mi padre, pero tenía un padre que vivía con nosotros. Su historia es un caso de éxito, o fue un caso de éxito, hasta 1994, año en que sobrevino la devaluación en México, al finalizar el gobierno de Carlos salinas de Gortari, y ocurrió la separación entre mi padre y su hermano, socios empresariales. Mi padre y su hermano eran, antes de aquel año, un par de exitosos empresarios, importadores de maquinaria para las artes gráficas. Importaban de Estados Unidos a México. Generaban cuantiosas utilidades comprando a los estadounidenses maquinaria usada y vendiéndosela a los mexicanos. Me refiero a la historia de mi padre como una historia de éxito porque no siempre fue rico. Comenzó a los diecinueve años, edad que se convirtió en padre de mí, con la venta de una lavadora de ropa que compró mi madre con los esfuerzos de su trabajo como Educadora. En aquel entonces, estoy hablando de 1984, mi padre se vio forzado, gracias a mi nacimiento, a abandonar los estudios en Derecho Civil, estudios que solventaba mi madre, adelantándose a la época en que la mujer trabajara. Vendió la lavadora e invirtió el dinero en su primer Davidson 501, una máquina de imprenta offset, que compró a dos pagos a un tío suyo, metido en el negocio de las artes gráficas.

Esto es todo el conocimiento que poseo respecto al negocio de mi padre. Todo se resume a que, en adelante, después de aquella transacción, labró camino al éxito. Mi madre sufrió las acusaciones de una sociedad machista, de que una mujer no podía sostener a un hombre. Tres años después, mi padre limpió el nombre de mi madre y demostró que ella no se había equivocado; su loca apuesta había sido favorable. Ahora, aquel hombre, alguna vez mantenido por una mujer, pagaba con creces el esfuerzo a él brindado. Era dueño de una empresa proliferante: GRÁFICA MAQUINARIA S.A. DE C.V. ¿Quieren saber hasta dónde llegó? Busquen su nombre en la historia de las artes gráficas en México. Comprenderán su alcoholismo y su depresión después de 1994. Les ayudaré a darse una idea: imaginen que son el dueño de Coca-Cola, y un buen día, se declaran en quiebra. Es un milagro que saliese vivo. Es un milagro que no se pegase un tiro.

      En la época del Colegio de la Vera Cruz, mi padre apenas comenzaba su carrera. El colegio era privado y se pagaba gracias al esfuerzo de mi madre, a un descuento de empleados al que accedía, y a los mengues ingresos de las transacciones de mi padre. Significaba un enorme sacrificio que yo cursase los estudios en aquel colegio, y yo me negaba. ¿Era culpable? No. Yo era vida en ebullición, y ellos, mis padres, culpables de esa vida. Si mis padres me concibieron planeado o no, no es un secreto.  Yo fui un accidente. ¿Me duele saberlo? No. Mi rebeldía viene desde el espermatozoide. Yo fui aquel espermatozoide maldito que cambió la vida de dos adolescentes. Dime, Dios, si podía esperarse de mí la sumisión. Un espermatozoide así no iba a arrodillarse.

      Mi padre fue un hombre cariñoso y honorable, según cuenta mi madre, aunque no tengo ningún recuerdo de ello. Los recuerdos infantiles que poseo son que solía pegarme con el cinturón que le sujetaba los pantalones, y eso es muy poco cariñoso y honorable. Antes de adentrarnos a terrenos tan oscuros, voy a esbozar un recuerdo cariñoso de mi padre, el único recuerdo cariñoso que tengo de mi padre: se trata de un recuerdo que no me incumbe. El recuerdo es el siguiente: Padre está en cama con el último de mis hermanos menores (es un bebé de menos de un año), elevándolo por los aires y soplando al bajar en su pequeña barriga. Los pies del bebé se mueven rápidamente y ríe a carcajadas. No me pregunten por qué; en el fondo de mi alma sé que mi padre me dio la misma felicidad cuando yo era bebé. Es un recuerdo falso, algo que probablemente nunca pasó, pero es el mejor recuerdo infantil que tengo de mi padre. Padre, ¿me alzaste por los aires como lo hiciste con mi hermano aquella tarde? Si no lo hiciste, por favor, dime que sí. Dímelo, y te perdonaré al instante todo el daño que me hiciste. Madre, ¿por qué lo permitiste? Sé que tu amor por mí fue bueno y sincero, aunque tu sumisión ante mi padre fue más grande.

      A la edad de seis años me convertí en esclavo de mis padres. Si a alguno se le ocurría comprar alguna cosa, era a mí a quien mandaban al mercado. No importa si yo estaba haciendo mis  cosas. No importa si me mandaban cinco o siete veces al día, o si me mandaban apenas regresaba de otro mandado. No les importaba nada. Podían pedir y pedir y yo no podía negarme. Si me negaba, padre me daba una golpiza. Cualquier golpe, a la edad de seis años, venido de tu padre, es una golpiza. Le odiaba. También odiaba a mi madre porque no me defendía, y porque, las más de las veces, era ella quien hacía los encargos. Una vez dije a mi padre: no quiero ir, no soy tu esclavo. Contestó: yo soy el padre y tú eres el hijo. Ya tendrás tus propios hijos. Lloré aquella tarde. Deseaba tener mis propios hijos y pegarles y enviarlos al mercado en lugar mío. También deseaba crecer para matar a mi padre. Era un niño con los genes malditos.

     Más tarde me enteré en el colegio (ahora cursaba los estudios primarios) que otros niños también eran esclavos de sus padres. Había algunos que lo llevaban peor que yo: les hacían limpiar los pisos y sus habitaciones. Si no lo hacían les bajaban los pantalones y les pegaban en el culo. Prometí que no tendría hijos porque no deseaba tener que pegarles. También prometí que un día mataría a mi padre, y, si se interponía, también a mi madre. Tenía once años y no tenía escrúpulos. Mis padres tampoco tenían escrúpulos  para privarme de mi libertad y pegarme. Padre solía usar un cinturón o un cable. Era mucho mayor que yo; miraba su brazo tomar vuelo y al instante siguiente sentía arder la carne. Me pegaba en las piernas. Sin pantalones. Tenía los muslos marcados casi todo el tiempo porque a pesar de sufrir los golpes, me rebelaba y no quería ir al mercado. Sobre todo cuando estaba jugando. Odiaba que me enviasen en medio de un juego, o cuando leía Los viajes de Gulliver. Deseaba ser un gigante y aplastar a mi padre como a una maldita cucaracha. Mi madre no debía interponerse. Nunca se interponía cuando por culpa suya (me negaba a ayudar en casa) padre se quitaba el cinturón y me zurraba. Jamás interfirió a pesar que ella lloraba cuando padre me hacía aquello. Era un pobre vieja sumisa. Apuesto que en sus imaginaciones me ayudaba. Apuesto que rogaba a Dios para que yo no me negase a hacer el mandado, en vez de rogar para que padre no me pegase. ¿Dónde estaba aquella buena madre que solapaba mi relación con Marisol y me permitía vivir mi vida lo mejor posible? Claro, tenía tres años y no podía hacer mandados, ¿para qué torturarle?

En aquella época asistía al Colegio del Tepeyac, en la colonia Lindavista. Era un colegio enorme y el primer día de clases perdí de vista la fila de mi grupo. Mi grupo era el 11. Los grupos se dividían en decenas, según el grado. Del 10 al 19, los de primer grado. Del 20 al 29, los de segundo grado, y así sucesivamente hasta el 69. Era un colegio de chicos ricos. No era un colegio de alumnado mixto. Los chicos en un lado y las chicas en otro, alejadas del despertar de nuestros instintos. En teoría, era un colegio laico. No había monjas. Había frailes. No se nos obligaba a ir a la capilla, pero había una capilla. En 1989 todo mundo daba por sentado que uno era católico. La segunda religión socialmente aceptada era el cristianismo. Yo no era católico ni cristiano. Era Testigo de Jehová, algo mucho peor. Nos volvimos Testigos de Jehová gracias a la influencia de la familia de mi padre, sin importar la opinión de mi madre, procedente de una familia católica. Teníamos prohibido celebrar la Navidad y los cumpleaños, pero más prohibido aún, hablar de ello en el colegio. Si se me cuestionaba, debía declararme católico o cristiano, según los deseos de mi interlocutor. Ser católico era de una relevancia inaudita. Se estaba con ellos, o en contra de ellos, pero nunca ajeno a ellos. Los cristianos ganaban fuerza; eran la secta religiosa más aceptada. Toda esta polémica me confundía. Recibíamos a los Testigos de Jehová todos los jueves a las cinco de la tarde, para estudiar la Biblia, y debía creer en ello, pero tenía prohibido confesarlo en el colegio. Personalmente me importaba poco, todo lo que me interesaba de los estudios bíblicos eran los dibujos de mujeres desnudas en la época de Adán y Eva, y los ojos azules de Celeste, la hija de los señores que nos daban el estudio. Sería una niña de catorce o quince años, no sé, rubia como el oro y con los ojos bellísimos, de un azul intenso y radiante. Yo deseaba acostarme con ella, aunque, en aquel entonces, no sabía muy bien lo que significaba acostarse con alguien. Sus ojos eran todo mi universo de cinco a seis de la tarde. Después de eso, por las noches, pensaba en ella y me tocaba. En ese sentido era un niño muy precoz. 

      En aquel colegio conocí al niño que podría considerar mi primer verdadero amigo: Andrés Cuenca. Le conocí en segundo grado. Nuestro grupo era el 21. Los números de los grupos estaban pintados en el suelo del patio con pintura de color amarillo.

      Cuenca y yo entablamos el tipo de amistad que entablan los desadaptados: un poco porque no hay otra opción, un poco porque realmente congeniamos. Teníamos la misma edad: cinco o seis años. A esa edad, Cuenca era un asesino. Lo digo en serio. La historia es la siguiente: hijo de padres separados (no divorciados, divorciarse era muy complicado en aquel entonces) vivía en casa con su madre y el novio de su madre, padrastro de Cuenca. Poco antes del ingreso de Cuenca al Colegio del Tepeyac, su madre se embarazó. Cuenca lo odiaba y odiaba a su padrastro y ahora a su hermanastro; se oponía al nacimiento de aquella creatura. Era totalmente consciente de su odio y deseaba la interrupción del parto. En una ocasión, en que su familia le llevó al campo, jugando con una bola de béisbol, la arrojó, a propósito, hacia el vientre hinchado de su madre, dando de lleno en el blanco. El golpe provocó la muerte del producto. Nadie juzgó el acto de Cuenca porque lo consideraron un accidente. La madre tuvo un aborto. Cuenca lo sabía, me lo contó orgulloso de haber dado muerte a su hermanastro. ¡Qué secretos tan terribles puede esconder un niño de seis años! Cuenca, ¿aún sientes orgullo de tu acto, amigo mío? ¿No pesa sobre tu alma la muerte de un ser humano? Sabías lo que hacías, Cuenca, eras un asesino y lo sabía y me lo contabas y reías con esa cara tuya, una cara llena de pecas, y sonreías con tus dientes totalmente amarillos y llenos de comida muerta. Eras un apestado en todos los sentidos, Cuenca, y yo era amigo tuyo, y compartía tu odio, y tus ganas ansias de estar en el colegio, y tus deseos de matar a tus padres y a todo mundo. ¿Por qué? A veces pienso en ti y en tu hermanastro muerto. ¿Qué ha sido de ti, amigo? ¿Dios te ha castigado, o te ha dejado impune, como a todos los hijos de puta? Si te ha castigado, es que eres bueno. Tú, Cuenca, eras malo. Lo sabías y reías. Eras mi amigo y creía en ti. ¿Yo también era malo? ¿Debí pegarte a ti, acusarte a ti, y no a Rodrigo? Pero, ¿cómo iba a delatarte? ¿Quién creería en la voz de un niño de seis años?

      En una ocasión, mi padre olvidó ir por mí al terminar las clases en el colegio. Lo esperé tres horas pasada la hora de salida. Me acerqué al área administrativa y expuse mi caso. Me solicitaron el número telefónico de mi padre. Se los di. Lo marcaron, pero nadie contestó. Buscaron en el registro; encontraron el número de mi abuela paterna y le llamaron. Luego de una hora me recogió. Eran las siete de la noche. El colegio estaba vacío. Me sacaron afuera. Esperé sentado sobre mi maleta. Mi abuela y yo esperamos a mi padre a la entrada de la puerta 4. Aquel día quedó claro: los negocios eran más importantes que yo.


      Había historias de terror en el colegio. Historias sobre un fraile loco, que mataba niños. Eran cuentos pobres, suficientes para intrigar la imaginación de un niño de seis años. Aquella tarde, antes de la llegada de mi abuela, yo, Dios, había visto al fraile loco asomarse desde lo alto de la torre del reloj. Era una fantasía verdadera. Había comprobado el mito: el fraile loco existía realmente y yo mismo lo había mirado. Los chicos enloquecieron cundo se enteraron. Petrozza, el niño solitario que a lo más se hablaba con Cuenca, había sido tocado por la visión de un fantasma. Me convertí en un maldito por mi soledad y mi fantasía. Una silueta negra, la sombra de un ave, un juego de luz y sombra, no sé, me habían dotado de fama y de misterio. Si alguno dudaba de la veracidad de las historias sobre el monstruo, no había más que ir con el viejo Petrozza y él mismo te lo contaría con lujo de detalle (a cada narración, más y más detalles), e ibas a creerle porque nadie duda de un niño loco que además esa migo de un niño asesino, y que es lo suficientemente solitario para que se le aparezca el Diablo, y lo suficientemente solitario para tener una imaginación capaz de hacerte creer cualquier cosa. 


      Mi padre se disculpó conmigo por olvidarme. Fue en vano. Mi vida había cambiado desde entonces: creía en los fantasmas; nunca había visto a Dios, pero sí al Diablo. Los testigos de Jehová podían irse al carajo. Esto era mucho más emocionante, ellos mismos eran niños creyendo en fantasmas. Yo, en cambio, había experimentado. Nadie podría arrancarme mi verdad: Cuenca era un asesino, el fraile loco, el Diablo, existían. ¿Verdad, padre, que todos esos juegos hacen mucho daño? Luego habrían de culparme de invocar a Satanás según la literatura de LaVey. Si es verdad lo que la Biblia dice, El Diablo es rey; perdemos el tiempo rezando.



viernes, 18 de julio de 2014

El Anti-Mess.

Texto por: Daniel Acevedo
Sitio del autor, aquí.

Al fin. La había terminado. El mejor de todos los inventos desde la rueda. Aquello que partiría la historia del hombre en dos, que dejaría en claro quienes están arriba y quienes están abajo. El primer paso para la construcción de una comunidad de mentes ilustres y avanzadas. Ya Marx había hablado de la lucha de dos clases antagónicas. Pero se había equivocado al pensar que todo se resumía en términos de adquisición de capital y el abuso de la plusvalía. No, esa no era la división. La dualidad estaba marcada por otros criterios y el principal de todos era: el futbol.

Para Marcos Lender la sociedad se dividía entre los que le gustaban el futbol y los que no. Con base a este criterio había creado toda una teoría y un sistema que consideraba infalible. Creía firmemente que había encontrado la solución de todos los problemas de la humanidad: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la violencia y la guerra. Esta solución final, un poco al sentido nacionalsocialista, consistía en la erradicación y exterminio de todos los apasionados del futbol. Sabía que esto implicaba la erradicación de más de un cuarto de la población humana. Pero no le importaba.

No obstante, Marcos había decidido que era pertinente empezar a ejercer de alguna forma una praxis de la teoría que había formulado. Ya de por sí, se alejaba de aquellos que predicaban alguna pasión o interés por los temas futboleros, lo que ya lo dejaba con pocos amigos. Pero, en su papel de ingeniero electrónico reconocido pensó que podría llevar las cosas más lejos.

Durante seis meses Marcos se encerró a trabajar en una ambiciosa invención. Marcos dedicaba todo su tiempo  libre en la consecución de su proyecto. No dormía, no comía, no tenía novia. No tenía tiempo para ningún otro menester que no fuera la construcción de la máquina que había diseñado en su mente obnubilada. 

Estuvo varios meses leyendo sólo prensa deportiva, mirando videos de futbolistas y aficionados en youtube, y escuchando a comentaristas radiales. No era un acto de masoquismo, él se implantaba este sufrimiento para reconocer cuales eran las palabras más fuertes dentro del argot futbolero. Pronto tuvo una lista con varias palabras fuertes y de alta carga futbolera como: “Balón”, “Tiro de esquina”, “penalti”, “arbitro”, “gol”, “Cristiano Ronaldo” “Tevez” “Real Madrid” “Piqué” “Shakira”. Cuando determinó que tenía clasificadas todas las palabras necesarias, creó un chip electrónico que las reconocía. Metió el chip en una cajilla pequeña y le conecto unos audífonos pequeños pero potentes. Configuró el aparato para que cuando alguien hablara de futbol transformara las ondas de sonido, aquellas desagradables palabras, en música de Chopin, Beethoven y Lizst.

Pero aquello era sólo la primera de sus funciones. El aparato también dejaba un registro en una base de datos con información de la persona que se había hablado de ese deporte negro. Así dejaba constancia de todas las posibles víctimas de un holocausto futbolero.  Marcos sintió que una llama de felicidad recorría su cuerpo, pero no era sólo la felicidad de una tarea bien hecha, sino la de un preámbulo, la del niño que se dispone a ver como se abre el telón de su obra favorita. Sólo le faltaba un nombre para bautizar su invento. Prendió la televisión, últimamente sólo transmitían partidos del mundial. Vio como Messi en un remate de fuera del área metía un gol que sentenciaba el partido Argentina-Iran. Messi gritaba eufórico y alzaba las manos en son de victoria. El público gritaba furibundo su nombre: ¡MESSI! ¡MESSI! ¡MESSI!. Entonces Marcos se dio cuenta que aquel enano representaba todo lo que él detestaba. Escupió a un lado con repugnancia. Ya tenía el nombre de su aparato: El Anti-Messi. No, mejor más cortó. El AntiMess 3.7.

Marcos decidió probarlo inmediatamente y al otro día se puso los pequeños audífonos para ir al trabajo. Era la hora de probar su invento desempeñándose en la cotidianidad. Llego a la oficina confiado, saludo a todos. Trabajaba en una empresa de importación y adaptación de hardware japonés. Pidió dos o tres informes a la secretaría y se puso a revisarlos. Luego al mediodía se acercó a la cafetería donde intentó actuar normalmente. Pidió un café con leche y dos medialunas y se sentó en una de las mesas. Allí se le acercó uno de sus colegas de trabajo que intento montarle conversación. Al principio le pregunto por el trabajo, por su vida, por la esposa que hace un año le había dejado. Marcos respondió cortésmente. Entonces surgió el tema inevitable. Su colega empezó a hablar de futbol. Justo en ese momento el mecanismo se activó y empezó a sonar uno de los nocturnos de Chopin. Marcos sonrió y se relajó. Sólo percibía como su amigo movía las manos enérgica y apasionadamente.  Ya tenía preparadas algunas respuestas automáticas a su discurso. “Sí”, “tienes razón”, “no lo había pensado” “definitivamente las cosas del futbol son así” “¿Y qué pensará el Diego de todo esto?”. Entonces a veces se burlaba y cerraba los ojos, se dejaba llevar por las melancólicas notas.  Así seguía hasta que la música dejaba de sonar, lo cual pasaba en dos circunstancias: cuando el otro se percataba de la falta de interés de Marcos o cuando algún incidente exterior (una llamada de celular o la llegada de otra persona por ejemplo) le obligaba a interrumpir su discurso. Marcos retomaba entonces la conversación y sonreía complaciente. Al final, solamente algunos se percataban que detrás de esa sonrisa, estaba la satisfacción del niño que acaba de saborear el mejor de los chocolates.

Entonces Marcos llegaba a su casa y examinaba los resultados que había obtenido en el día. Luego de tener una buena base de datos, (había recogido información en toda clase de lugares: restaurantes, discotecas, cinemas) decidió que era momento de arriesgarse un poco más. Era momento deprobar su invento en un contexto más complejo. Por ello, espero el día que jugaba la selección de su país. En medio del tiempo del partido se acercó a la zona del estadio, donde una multitud de fanáticos veía el partido en pantallas gigantes. Caminaba tranquilo, como quien pasea por un jardín japonés, rodeado nada más por la música que lo llevaba lejos, a ese lugar secreto que sólo le pertenecía a él: Una superficie sin balones, ni canchas, con un aire nuevo, con palabras que recreaban sueños y utopías, la civilización humana moviéndose al ritmo de chelos y trompetas de la auténtica modernidad. Hubo un gol, los fanáticos se pararon de sus puestos emocionados. Se abrazaron, lloraron. Pero Marcos no percibía un gol, sino la caída de una especie maldita, el último grito antes del fin, las lágrimas que salen de un balón. Todos debían morir y caer en las puertas del olvido. Él lo sabía. Aquella música se lo prometía, un mundo mejor.

Luego Marcos retornó a su casa y se encerró. Había reunido valiosos datos. Pronto tendría una base de datos lo suficientemente buena. No le importaba que en ella se encontraran nombres de antiguos amigos y conocidos, nadie que le diera valor a una pelota en medio de una malla de cuerdas podía considerarse su amigo. Ahora venía el siguiente problema del plan, ¿cómo les mataría? ¿cómo hacer para eliminarlos a todos? Se dio cuenta de algo obvio. La sola tarea de exterminio era algo demasiado grande para un único sujeto. Necesitaba tomar el poder de alguna forma, dirigir sus redes para exterminar a cada uno de los fanáticos. Pero Marcos era tan sólo un ingeniero electrónico, no un experto en teoría de masas. Pronto empezó a darse cuenta de las falencias de su plan y se deprimió. No era idiota. Sabía que las posibilidades jugaban en su contra y que hacerse con el poder político y económico de una sociedad no era tarea fácil.

Se encerró en su laboratorio, desarrollo toda serie de fórmulas, intentó encontrar aquella que le permitiera subir a los más altos estratos del poder. Se dedicó a leer psicoanálisis, a Freud, Lacan y Roudinesco, también a Bordieu y Bauman, buscando la forma de encontrar una receta, algo que le dijera como seducir a la gente bruta y subir al poder. Pero todo lo que leía lo deprimía, pues le parecía que todos esos autores lo que hacían era complicar y no dar solución a la pregunta por una fórmula para manipular las masas. Marcos maldijo, lanzo sus libros con rabia contra la pared.

Fue al súpermercado y se compró una sobredosis de cafeína. Él tenía que dar con la formula, no podía fallar ahora. El porvenir de la humanidad dependía de su investigación. Se puso las manos en su rostro, buscando agitar su cabeza para dar con alguna idea. Era momento de aprovechar cada minuto, cada segundo. Decidió renunciar al trabajo y encerrarse como el topo en su madriguera, en medio de un laberinto de ideas y frustraciones constantes.

           Afuera, en el trabajo, en sus círculos más cercanos empezaron a preguntarse qué había pasado con Marcos. Lo llamaban. Lo buscaban. Pero no obtenía respuesta. No respondía a su celular. No abría la puerta de su apartamento. Algunos llamaron a la policía, pero estos aseguraban que Marcos estaba vivo, que él tenía la potestad de escoger esa vida de encierro y ascetismo. Los compañeros entonces se despreocuparon y enfocaron su pensamiento en otras cosas, como la final del mundial que se acercaba. La selección había llegado a la final del mundial y se enfrentaría contra la invencible naranja mecánica. Toda la atención del país estaba puesta en este evento. Los carros se habían paralizado. Las pantallas se extendían por toda la urbe como parásitos de vidrio. Las familias, los grupos de amigos, los novios, los grupos barriales unidos expectantes esperando un gol. También se multiplicaban las banderas que unían un país, más por un balón que por alguna ideología política, como si ese fuera el campo de valía donde se demostraba cuál de todas las naciones de esta tierra era mejor. 

Empezó el partido y los nervios estaban tensos. Empezaron los tiros, las correrías de cancha a cancha. Los minutos pasaban. Dos goles de la selección, otros dos del rival. Los gritos de gol se escucharon en toda la ciudad. Así pasaron los dos tiempos y se acercaba el minuto final. Pero el empate ponía a sufrir a todos. Todos se tomaron de las manos y las apretaron, se quedaron quietos esperando la resolución final. De repente un tiro de esquina, un cabezazo del jugador más alto. Un grito furibundo: GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL, se escuchó por toda la ciudad. Todas las voces se unieron en un coro perfecto, era la armonía universal. Entonces vino la fiesta, vino la parranda, el bullicio y el alcohol, vinieron los fuegos artificiales, los carros pitando y la gente gritando una y otra vez: CAMPEÓN, CAMPEÓN.


En medio de la emoción nadie se percató, que en el sótano de una casa el cadáver de Marcos Lender estaba acostado contra su escritorio. Tenía en su rostro el gesto de quien había vivido la peor de sus pesadillas, el peor dolor. Sus oídos sangraban, la maquina explotó y en el papel escrito en sangre decía: Gooooooooooooooooooooooooooool. 




Texto por: Daniel Acevedo

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