Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

domingo, 22 de mayo de 2016

Luz y mi problema


Comencé a salir con Luz si saber muy bien cómo, por qué o desde cuándo. Nuestra relación siempre marchó en el tiempo de una forma vaga. En realidad, nunca nos declaramos ni nos dimos el sí. Podría decirse que todo ocurrió de manera natural.


            El caso es que una noche estábamos metidos en la cama, su cama, en su casa, haciéndolo. Y ella, de repente, dijo: no puedo creer que estemos haciendo esto. Me detuve un momento. ¿Cómo?, exclamé. , continuó, no puedo creer que estemos haciendo esto. ¿Puedes creerlo tú?
            

           Pensé en Luz. En cómo nos conocimos. En todo lo que nos dijimos antes de encontrarnos aquí, en esta situación. ¿Cuántas palabras habremos utilizado antes de llegar a esto? ¿Cómo debieron sucederse esas palabras para llegar a esto? ¿Una sola palabra lo habría cambiado todo? Quizá. Una palabra pudo arrojarnos a un McDonalds, a un bar, a una despedida, a un salón. O a la cama, su cama, en su casa, como lo hizo la cadena de palabras que entablamos desde que nos conocimos. ¿Qué fue exactamente lo que dije para llegar hasta aquí? ¿Por qué no funciona con todas las chicas? El lenguaje es como un juego de cartas. Estrategia y azar. ¿Azar? Pensándolo bien, yo tampoco podía creerlo. Es raro. Un día conoces a una mujer y al otro estás con su lengua en tu sexo.


            No contesté. La puse de lado y se la metí. Ella gimió. Y pensar que cuando la miré por primera vez ni siquiera me gustó. Me pareció demasiado vulgar. ¿Y si la embarazo?, pensé mientras se lo hacía. Qué jodido. ¿Cuántas personas habrán nacido así, sin amor, sin ganas? Sus nalgas estaban bien, aunque eran muy morenas. La negrura de su región anal no sugería higiene. Sus cabellos eran demasiado gruesos y olían a spray. Nunca me ha gustado el olor a spray. Es demasiado vulgar. Si alguien, señalándome a Luz me hubiese dicho: oye, ¿te quieres acostar con ella? hubiera contestado que no, que ni en pedo. Luz tenía razón: no podía creerlo. Esto no era real. Esto no estaba pasando. No, no.


Perdí la erección. ¿Qué pasa?, me preguntó Luz, echando la cara atrás, para verme a la cara. Yo estaba detrás de ella; recostados de lado. Oh, lo siento, dije y me quité a Luz de encima y me levanté. Ella me miró desde la cama. Una mirada de admiración. Yo realmente le gustaba a esta mujer. Dijo: ven acá, no pasa nada, ven, ven… me tomó de las manos, ella sentada sobre el borde de la cama, yo de pie. Se metió mi verga a la boca. Si alguna virtud tenía Luz, era la del sexo oral. Lo hacía muy bien. Pude terminar en su boca. Es más fácil así. Puedes pensar con libertad en cualquier otra mujer.


Esa fue nuestra primera relación sexual. Dejó mucho que desear. Luz lo pasó todo por alto. No pasa nada por una noche de mal sexo, ¿no? Yo ni siquiera pensé en ello. Tuve mi orgasmo y salí airoso. No hubo reclamos. Todo bien. Luz era maternal en ese sentido.



2


Todas las noches Luz me esperaba afuera de mi trabajo. Salía más o menos a las diez. No quedaba mucho tiempo antes del cese de actividades del transporte público. A veces bebíamos una cerveza en algún sitio cercano y después cada quien se iba a su casa. Yo vivía al sur. Al otro lado de la ciudad. El recorrido era cansino y tortuoso. Ella vivía al norte, mucho más cerca. Un día me propuso ir a su casa y tomarnos las cervezas ahí. Podía quedarme a dormir si quería.


Al principio fue cosa de viernes y sábados.


Primero llevé sólo lo necesario, lo elemental, lo estrictamente útil. Pero un día acabé por tener más cosas necesarias, elementales, estrictamente útiles en casa de Luz que en mi casa. Y de a poco, terminé llevando las cosas menos esenciales, como las chanclas que nunca usaba, pero que llevaba por si un día las necesitaba, o el talco para los pies, que tampoco usaba nunca, pero me hacía sentir seguro el verlo ahí junto a la cama, junto a los zapatos.


Sin saber muy bien cómo, por qué o cuándo, acabamos metidos en una relación de pareja. Monótona. Aburrida. Fría y cruel.


Luz continuó recogiéndome afuera de mi trabajo. Ya no íbamos por ahí a beber cerveza, ni comprábamos cerveza para beberla en su casa. Inmediatamente abordábamos el metro e íbamos a su casa. Hacíamos el recorrido casi sin hablar. En el fondo yo odiaba a Luz. Aunque ella se esforzaba por agradarme. Me contaba cosas. Pero yo no escuchaba esas cosas. No me interesaban. Ni siquiera las recuerdo. Cosas sobre su madre o sus amigos de la infancia. Sobre su pasado. Sobre las cosas que pensaba. 


Si era viernes comprábamos pizza en Julios Pizza. La comíamos en el restaurante. La acompañábamos con una cerveza. Luz se mareaba con una cerveza, eh. Y al terminar caminábamos a casa. Nos metíamos a la cama, y… Luz deseaba hacer el amor. Yo también deseaba hacer el amor. ¡Pero no con ella! Jamás logré hacerla tener un orgasmo. Simplemente no podía. No podía, de verdad. Su cabello, su olor, su piel, su sexo y el modo en que gemía... 


Hablamos sobre ello. Luz dijo: dime la verdad, ¿es problema tuyo o mío? Traté de calmarla. Le mentí. Le dije que era problema mío. Lo era en realidad. No era culpa suya. No me gustaba. Pero eso no era su culpa. Tampoco mía, ¿no? 

Oh, sí, claro, si no me gustaba, ¿para qué me fui a vivir con ella? Bueno, el recorrido trabajo-casa era más sencillo en su casa. Y a veces me caía bien. Si no fuera tan insistente. Si no quisiera hacerme el amor religiosamente, cada noche en punto de las once. Si no le diera tanta importancia al sexo, quizá… Supongo que esto es lo que sienten las señoras que están casadas con unos patanes panzones y borrachos. O las prostitutas. Bueno, al menos a las primeras las mantienen y a las segundas les pagan dinero. Llegué a pensar en sincerarme con ella. En decirle oye, mejor seamos amigos. Puedo pagar el gas si me dejas vivir contigo. Eso, ja, eso. Su casa era buena, grande, acogedora y de fácil acceso. Todo lo contrario a ella, a Luz. Me interesaba su casa. Estaba dispuesto a pagar renta por vivir en su casa, siempre y cuando esa renta no se pagase con sexo ni con cariño.


Una de esas noches en que Luz se empeñaba en levantarme los ánimos, y en que acababa en su boca, como cada noche, me preguntó y me obligó a responder francamente si había algo que ella pudiera hacer por mi problema. Ahora lo consideraba un problema, eh. Y estaba bien segura que el problema era mío.


Fue la noche en que se lo dije directo. Le dije sí, hay algo que tú puedes hacer: bajar de peso. No sé si lo mencioné, pero Luz era una chica regordeta.


Se puso como loca. Primero, calmada, murmuró no debiste decir eso. Casi siento lástima. Pero luego, se puso a hablar y a hablar y a hablar. Acabó gritando que yo era un maricón impotente de mierda, un bueno para nada, un vividor, un traidor, un puto.


Mira, Luz, yo me voy, ¿okey?, es claro que yo no soy el hombre de tu vida, dije mientras me levantaba y me vestía. Luz me miraba, recostada en la cama, cubierta con las sábanas, como una niña asustada. Y yo lo siento, muñeca, pero no soy ese hombre, ¿okey?, si tú no estás dispuesta a bajar de peso, yo no tengo por qué soportarlo, ¿ves? Luz no decía nada. Yo me ponía los calzones, los calcetines, la playera interior. Todo de prisa. Y exclamaba ¡siento que te hayas tomado esto muy en serio, eh, pero no somos nada, apenas dos que se acuestan… el pantalón… y eso de maricón, ja, no tienes ni idea… la camisa… yo puedo estar con una mujer como Dios manda, eh, siempre y cuando la mujer tenga un cuerpo como Dios manda!... los zapatos… no, no tengo por qué soportar que me humilles solo porque mi cuerpo no reacciona a… a… al tuyo… listo, estaba vestido, de pie, con todas las posibilidades de irme de ahí. Y Luz no decía absolutamente nada. Me miraba como una niña a un padre. Le dije: me largo, eh, me largo. Hubo un silencio. Y de pronto, el ridículo. Suelo caer mucho en ello. Yo, de pie, vestido, amenazando con irme, pero sin irme, y ella, recostada, sin detenerme ni nada. Di media vuelta y salí del cuarto.


3


Pasé el resto de la noche en el sofá. ¿A dónde iba a ir? ¡Y qué flojera salir!


Al amanecer, Luz me despertó. Me dijo: ¿no que te irías, cobarde? Oh, oh, oh, me defendí, Luz, ¿estás loca?, eran las dos de la madrugada, ¿cómo iba a irme? Luz estaba desnuda. Se le miraban todas las carnes. Contestó ¿también le temes a la noche, marica? ¡Oh, suficiente, Luz, me largo!, exclamé.


Me levanté del sofá y me fui a recoger algunas cosas y a meterlas en mi maleta. Cogí cosas al azar. Creo que cogí el desodorante, un zapato, una corbata, dos camisas, cosas, cosas sin importancia. Y cuando tuve todo hecho me encaminé a la puerta, decidido a largarme de una vez y a no volver nunca. Además, se hacía tarde para ir al trabajo. En todo caso tendría todas esas horas para calmarme y dejar que Luz se calmara y regresar con ella, hasta que otra vez sucediera.


Pero en la puerta estaba Luz. Y seguía desnuda. Y tenía otra actitud. Oh, sí. Me detuvo. Por fin, pensé, aunque en un momento muy inapropiado, eh. Nos miramos a los ojos. Nos sostuvimos la mirada. Di un paso más. Luz no se quitó de la puerta. Di otro. Le dije anda, quítate, me voy. No contestó. Sonrió. Oh, no, pensé, nada de sonrisitas, foca, nada de perdonar y olvidar, nada de no volverá a pasar. No. Di otro paso.

Luz se me fue encima, ja. En serio. Se dejó caer de rodillas y me agarró bien duro con las manos y me la mamó desesperadamente. Yo le decía oye, calma, así no, así no, al menos deja me quito los pantalones. Quería sacarme la verga por el cierre.


Terminamos en el suelo. Ella pesaba más que yo, imagínate. Al final me vine en su cara.


Luego me levanté y la miré. Era una pobre chica de treinta y dos años desesperada por encontrar a su hombre. Yo tenía veinticinco. Ella seguía en el suelo, desparramada, llena de semen. Estaba claro: sería capaz de humillarse si yo me quedaba. Y yo necesitaba una casa. Y no podía correr a Luz de su casa, era su casa. ¿Ya ves cómo la vida juega con uno cruelmente? 


Deshice la maleta.







jueves, 19 de mayo de 2016

Dialéctica del deseo

Texto por: Adrián Silva 



I

Pra... "Aquila desconhecida"

Fiquei com o coraçao ferido...



Me pregunto si querer
desdibujar tus palabras
sea un quisiera
que querrá
lo que en verdad
quiero.


Porque lo que
quiero
no es más que
querer
gestar ilusorios,
que a su vez
querrán
un
quisiera
disfrazado de
abrazos sueltos y
andamios
corroídos.



Sin embargo,
quiero,
así es,
quiero
un
no-quiero.



Negación insistente
de aquél
quisiera
que
querrá
desbordar
ambiguos quereres,
ajenos,
efímeros,
temporales,
enmascarados.



No-quiero,
quiero
sin quisieras
ni querrés;
simplemente
no-senderos.



Porque negando
afirmamos lo
maravillosamente novedoso,
que
quiere y
no-quiere.



Pero, en el devenir de mí
querer
muere
y
surge
el
querer
no-querer
Eterno y Finito.


II


Pulsares ausentes,
ausencias persistentes,
presencia,
portal,
laberinto.


Cruzaste sosegada
huiste agazapada,
poseedora,
lider,
sendero.



Temo con intermitencia
mientras consumimos
trozo a trozo,
cuerpo a cuerpo
los persistentes pulsares 
de las ausencias ausentes.



Grito y callo
mastico y resisto
me pulverizo
me desdibujas
corro
me reintegras,
no temas, afirmas;
no temo, no-afirmo.



Despuès de todo
somos bocados
tú en mi boca
y tu boca en mi no-ser.



Ahora comprendo que
bajo nuestros cielos,
no-senderos,
sortilegios,
sorbetes,
sondeos,
sonoridades,
solvencias,
SOMOS y NO-SOMOS
SIENDO...







Texto por: Adrián Silva 



domingo, 8 de mayo de 2016

¡Ahí te va, papito!


Ya ni siquiera recuerdo si alguna vez tuve vergüenza.

                Cuando me preguntan cuándo fue mi primera vez… no me acuerdo, caray. Habrá sido en alguna fiesta. Seguro estaba borracha y algún borrachito se aprovechó de mí, jijiji. Me da igual, ni empieces con tus sermones. Yo también me he aprovechado de algunos borrachitos, jajaja. ¡Los empedo yo misma! Y me los cojo casi a la fuerza.

                Es lo malo de ser trans. Siempre hacemos el amor a la fuerza. Ya sea porque nos pagan, o porque los hombres de verdad no se quieren acostar con una y hay que emborracharlos a la fuerza. Jum. Y sacarles los pantalones a la fuerza. Y pararles el pito a la fuerza. Y ensartarnos a la fuerza. Nosotras mismas. Es como coger con muertos, caracho. Pero no pongas esa cara, a todo se acostumbra una, pues. No es tan malo.

                Y la verdad, la verdad, yo nunca he hecho el amor. Nunca me he enamorado.

                Y la verdad, la verdad, sí recuerdo mi primera vez. Lo voy a soltar ahora, por primera vez. ¿Sí quieres que te lo cuente, papi? ¡Pues aprieta bien los dientes, culero! ¡Ahí te va toda la piche verdad, carajo!

                Fue en el estacionamiento público de al lado de mi casa, de la casa donde vivía cuando era niño, de nuestra casa, pues. Me violó el guarda. ¡JAAAAAA! pero que sustote te metí, ¿no? Sí, sí, el guarda ese, al que le decían el Chato. Al que dabas propinas por dejarte guardar el coche todo el día y al que le regalabas sus botellas de tequila en Navidad.

                Primero me sedujo con dulces, con juguetitos. Cada que pasaba solo por ahí, por el estacionamiento, me llamaba, me acariciaba el pelo y me regalaba algo. Poco a poco le agarré confianza. Comencé a entrar más y más a las profundidades del estacionamiento. Hasta que un día, ¡tómala, cabrón! ¡Me metió la verga el desgraciado! Era una verga pequeñita, toda retorcida, como chile seco, jajajaja. Ahora me da risa, pero, ¡Ay, aquella vez casi me desmayo! Me la metió bien duro, ¡carajo! Y tú, papi, ¿qué hiciste? ¿Sí te acuerdas? ¡Me dijiste que me callara la boca y que no anduviera diciendo pendejadas y cochinadas o me ibas a surtir! ¡Y cuando le enseñé el culo, todo sangrentado y cagado a Laura, mi madrastra, tu segunda ex mujer, pues! ¿No fuiste a decirle que no dijera nada, que de seguro me había lastimado yo solito jugando a mis pendejadas? "Se habrá caído de la resbaladilla, el güey", dijiste. Sí me caí. Sobre la verga del Chato.  

Jamás entendí por qué lo defendiste. ¿Por qué lo defendiste? He llegado a pensar que tú no eres mi padre. Mi padre biológico. Porque un padre, ¡óyelo bien, culero!, ¡un padre jamás le haría algo así a su hijo! jajaja, no te asustes, si no te maté en la adolescencia no te voy a matar ahora, que soy una mujer hecha y derecha, que vivo mi vida de lo lindo y que estoy convencida de que nací mujer. Ya ni siquiera te culpo. Ahora me digo: bueno, hazte de cuenta que eras una niña. Y que te violó el guarda ese, el maldito Chato, desgraciado. Lo mismo seguirías siendo niña, ¿no? Pues más o menos así me pasó a mí. Nací en el cuerpo de un hombre, pero soy mujer. Y luego, pa colmo de males, me la dejaron ir a los siete añitos. Y por si fuera poco mi padre, mi disque padre, se puso a defender a su amigo el Chato. Como si de verdad, papá, como si de verdad hubiesen sido amigos tú y el Chato. Digo, te cobraba menos la tarifa de la pensión, pero no era para que le pagaras con el culo de tu hijo, ¿o sí? Eso es lo que me sorprende, chinga, que defendieras tanto a un pobre pendejo. Hasta llegué a creer que tú también eras joto y que el Chato fue tu amante. A lo mejor a ti también de daba pa tus tunas. Aunque, claro, tú ya tenías edad para decidir. No como yo. Pero no, no, ya sé que tú eres re hombre, re macho.

                Esa tarde Laura me mandó a comprar un refresco para la merienda. La tienda, como ya sabes, estaba a dos cuadras nomás. Cómo a ti te daba hueva salir, me mandaban a mí, en plena colonia Morelos. Yo no sabía que la colonia era peligrosa, ¡pero tú sí! Y ahí voy yo de pendejo, ¿cómo iba a ser de otro modo? Compré la pinche cocacola esa, la familiar, en botella de vidrio, como las hacían antes. ¿Sabes que desde entonces le agarré un odio tremendo a la cocacola? No la tomo ni por error. Es lo único bueno que me dejo el incidente, como lo llamaste tú. Decías: "no hablemos más del incidente". Ay, en fin. De regreso pasé por el estacionamiento. El chato estaba ahí, como siempre, mirando a la gente pasar. Me dijo "eit, Gumarito, ven". Primero no quise ir. Debía cumplir con mi deber, el del mandado. Pero se llevó la mano a la bolsa y sacó un dulce, un caramelo en barra. Me lo ofreció. Ahora que lo pienso, no creo que yo haya sido el único. Ese Chato sabía tratar con niños. ¿Por qué siempre tenía dulces, el cabrón? Bueno, a estas alturas no la voy a hacer de detective, no lo voy a demandar. Quién sabe si siga vivo pa empezar, ¿no? Me acerqué para coger el dulce, pero el Chato se hizo para atrás. Al ver mi cara de decepción, me dijo "¿entonces sí lo quieres?" y yo, tímido, le contesté con un movimiento de cabeza. Y que avienta el dulce. Lo aventó, sí, lo aventó. Cayó atrás de unos coches, donde estaba muy oscuro. Y me dijo "Ay, se me cayó". Me quedé ahí, paradito como el niño bueno y tímido que era. "¡Ve por él!", exclamó. Ay, papá, no me salgas ahora con que no me crees. ¿No me ves? Las tetas no me salieron solas, papito. Me las pagué yo, con el sudor de mis nalgas, eso sí. Es verdad lo que te digo. Me eché a correr por el dulce. Me agaché a buscarlo entre las llantas de los coches. Lo tomé y cuando me volteé para irme... ahí estaba el Chato, detrás de mí, con los pantalones abajo y su chile seco bien parado. Me asusté, no creas que no; ahora soy puto, pero a los siete años... Sí, sí, ahora yo solita me lo comería todito, yomi, yomi, pero a esa edad, papá... Se me cayó la coca del susto. Se quebró el envase. El chato se rió. Me dijo, "qué, ¿nunca has visto una verga, Gumarito?". No, no fue una cogida rica, como las que me doy ahora. De la nada me agarró de las greñas. Me volteó, me empinó y… ¡saz! Pa dentro, cabrón. Si al menos me hubiera violado despacito, como a mi amiguis la Pera, cuando la violó el cura de su iglesia... La Pera tuvo suerte, me cae. Dice que primero lo manipularon por medio de juegos para masturbar al cura, sin que él sufriera ni se quejara. Dice que el cura se la chupa a él, imagínate. Al menos eso es rico, ¿no? Dice que su primera vez le echaron lubricante. Dice que hasta medio le gustó, jajaja. ¡Qué envidia! A mí me lo tronaron gacho, así nomás, así como va.
               
                No sé cuánto duró todo, pero a mí me pareció eterno. Pon tú que me la haya metido unas quince o veinte veces antes de venirse. Hasta eso no fue tanto. Aún tengo la sensación en el recto de cuando se escurrió en mí. ¿Te confieso algo? Aún hoy, cuando me ensartan, pienso en el Chato. A veces hasta siento que lo quiero, caray. ¿Ves cómo es una? Con decirte que a veces (bueno, ya no) me daban ganas de ir a buscarlo al estacionamiento. A ver si todavía me quiere, jajajajaja.

                El resto de la historia ya lo conoces. Llegué a la casa todo espantado, llorando, temblando. Laura creyó que estaba asustado porque se me había caído el refresco. Tú me cagaste por eso, y luego saliste con tu mamada de que por andar jugando me rompí el culo. Qué huevos del Chato, ¿no? Violar al hijo del vecino. ¿Nunca pensó que yo iba a hablar, a decir la neta, que tú le podías ir a rajar la madre, como debiste hacer, a demandarlo, a ponerlo tras las rejas? Eso es lo que más me sorprende y más me duele. Ya dime la verdad, papito, ¿tú sabías lo del Chato?, ¿Sabías que violaba niños? ¿Te pusiste de acuerdo con él para no decir nada? En buen plan, Javier, dime la neta, derecho, ¡de hombres! ¿Cómo es que un padre se queda así sin hacer nada? ¿De verdad te creíste tu pendejada de que yo solito....

                ¡Ay, carajo, ya se me salió una lágrima! Se me va a correr el rímel, chingada madre. Perdóname, caray. No era mi intensión que me vieras llorar.  

¿Cuál es mi intención? Ja. Bueno, sí, es normal, ¿no? Te preguntarás por qué mierda te mandé agarrar y amordazar. ¿Para obligarte a oír mi versión? No, no te espantes, papito, no te voy a matar, ya te dije. No tiene caso. De todos modos, de esta vida nadie sale vivo. Nomás quiero que me entiendas. Que te hagas una idea muy clara de qué se siente, ¡culero! ¡De que se siente que un hijo de la chingada te meta la verga! No, no, no, por favor, no supliques. No vas a ganar nada y nomás lo haces más difícil. Y no me llames culero, culero. No soy culero. Te prometo que seré suave. Um, bueno... quizá no tan suave. Pero al menos, Javier, yo si te voy a lubricar. No quiero que te me vayas a morir desangrado. ¿Qué le voy a decir a la policía, que maté a mi padre por violarlo? Ay, papá, no llores, de verdad, ¿no que muy macho? ya estás grandecito. ¿Qué cómo voy a ser capaz? ¿Violar a mi propio padre? No digas eso, no digas tu propio padre. Para mí tú no eres mi padre. Y ya te dije que no estoy segura si alguna vez tuve vergüenza. Ay, no, no cierres los ojos de ese modo, pa. Anda, mírame. Mira mi pistolón. ¡Orgulloso deberías de estar, caracho! Ni con las hormonas se me achica, ¿tú crees? Tú me lo heredaste. ¿Qué le vas a decir a Sofía? no sé, déjame pensar… ¡ya sé!, le decimos que como ya estás viejo, te caíste y te rompiste el culo, jajajajajajajajaja. Esa siempre aplica, ¿no?

Bueno, ya... ¡ahí te va, papito! 




Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com