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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

jueves, 29 de septiembre de 2016

De locas y celotipia.


Texto por: Adrián Silva 


Pensé que jamás volvería a pasar por una de esas típicas escenas de celotipia. Ingenuo. Me equivoqué…

Ya habían pasado varios años desde que, por fin, pude superar un problema de apego patológico. ¡Vaya que me costó trabajo!  A veces uno se encuentra tan enfermo que ya no sabe qué diablos es lo que le ata a una persona. Es aquí donde aparece el recuerdo de Patricia. El problema fue que nos conocimos muy jóvenes. Ambos teníamos 15 años (yo me encontraba en vísperas de los 16). Honestamente, pensé que se trataría de una aventura más, de esas que se suscitan en plena adolescencia, pero no fue así. Nuestros primeros encuentros, ni se quedaron en primeros ni en últimos, sino que se extendieron más de una década. Ahora me pregunto cómo pudo ser posible. ¡Quién no se lo preguntaría!

Dado que mi propósito no se trata de exponer una radiografía de nuestra absurda (y nada interesante) relación amorosa, únicamente me remitiré a destacar un caso sumamente incómodo y gracioso de sus tan típicas escenas de celos (porque, aunque nuestras, se distinguieron por ser muy suyas).

En cierta ocasión asistimos al cine. Ella prefería las películas de acción. En mi caso, me daba igual, al final si yo decidía qué película ir a ver de inmediato recibía una mueca, así que mejor, sumiso, aceptaba su decisión.  A veces uno prefiere ceder a discutir por casi cuatro desgastantes horas (o quizás, días).
Jamás creí posible que alguien pudiese sentir celos de una mujer ficticia, pero es real.

Noté que Patricia estaba encabronada, claro, no era nada atípico, sin embargo, solía estar así en plena conversación y/o interacción (de cualquier naturaleza), pero ¿en plena estaticidad y silencio? ¿viendo una película? De verdad no lo pude comprender de inmediato. Pues sucede que estaba así porque sintió celos de un maldito personaje de la película. Increíble, pero cierto. Por supuesto tuve que preguntar el porqué de su característica jeta. Típico, hubo un silencio largo y prolongado, acompañado de una extraña rigidez corporal. Luego respondió:

-Te haces pendejo…

A lo que respondí que, por supuesto, a veces nos hacemos pendejos, pero que propiamente ese día no era mi intención. Incluso me imaginé que había descuidado un poco otorgarle mi atención, ya que, a veces, tenemos que tomarlas de la mano para que “sientan tu compañía y cercanía”. (¿en el cine? ¡Merde!). Particularmente, eso sí me parece hacerse pendejo, pero bueno…

Luego, como ya comenté, evidenció una expresión inédita de los celos, ¿encelarse de un personaje de una película? ¿es en serio? ¿cómo puede ser posible? Pues ella insistió en que yo no dejaba de mirarla (esto sí que es de cagarse de risa) ¡no mames! ¡Es una película! La experiencia es ¡audiovisual!

Nos retiramos del cine. En ese momento fingí estar sordo y ser una transparencia. Creo que ella dijo cosas, no las tomé en cuenta. De hecho, irme del cine no me perturbó en ningún sentido, de todos modos, ella elegía las películas y nunca me gustaban. Lo perturbador de la situación fue soportarla, desde su rostro fruncido hasta las arduas horas de alegatos sin sentido. E, insisto, fingía ser una transparencia, pero obvio, aunque tratase de omitir sus arrebatos soñando despierto, la padecía.

A partir de ese día lo volvió a hacer y en múltiples ocasiones. Incluso ya no le importaba interrumpir a los asistentes de la sala. Muchas veces enloqueció por completo. Bajo esas circunstancias me colocaba unos audífonos simbólicos y me la imaginaba en camisa de fuerza, encerrada en un pozo y tres metros bajo tierra.


II

Después de esa particular e insólita experiencia pensé que ya no experimentaría algo parecido. Ingenuo. Me equivoqué…

Hace unos días, mi carnal, Dani, “el lanoso”, me invitó a su comida de graduación. Asistí con Elizabeth. Ellaya había manifestado un par de escenas muy particulares de celos, pero en esta ocasión “se voló la barda”.

Parecía que esa tarde todo transcurría en plena tranquilidad. Ricas carnitas, chelas, buena conversación. Sin embargo, Elizabeth, comenzó a beber. ¿Qué significa eso? Ah, pues anteriormente, le prohibí beber, pero no fue por macho, ni mucho menos por autoritario, sino porque cada que comenzaba a beber realmente me preocupaba. Solía ponerse agresiva, o sea malacopa, en serio, muy malacopa.

Bebió. Todo comenzó con la típica mueca, rigidez y seriedad absoluta. Por supuesto, supe que ya había valido madre. ¿Qué hice? Según yo, nada para faltarle al respeto; según ella, le estuve coqueteando a dos chicas. A una porque le serví un vaso de refresco; a otra porque no dejaba de observarla.

Me valió madre (pues alucinó por completo). Seguí bebiendo, conversando e interactuando con todo el que se me cruzara. Supuse que entre menos la tomara en cuenta todo menguaría significativamente. ¡Qué pendejo! ¡se trataba de una mujer peda, celosa, ignorada y malacopa!

En efecto, intensificó terriblemente su enojo y se convirtió en performance, todo mundo se percató de la “parejita peleándose”. Incómodo muy, pero muy incómodo. ¿Qué cómo lo resolví? La enfrenté con comicidad, ironicé y reí, seguí bebiendo. Aproveché la situación para hacer nuevos amigos. Me di cuenta de que todos habían o seguían teniendo problemas similares. Alevoso, lo utilicé a mi favor.

Todos se dieron cuenta de la verdadera situación, pero, además, ella no se mesuró, por lo que la bandera de loca fue ondeada por su propia voluntad…





Texto por: Adrián Silva 


domingo, 11 de septiembre de 2016

Morir tomado


Lo único que quiero en la vida es morir tomado. No quiero que la muerte me alcance sobrio. No lo soportaría. El morir. De este modo, quizá, me sea leve la muerte y la disfrute.


         El chico del Tiki Bar, el mesero, murió de un pario cardiaco. Tenía veintiocho años. Era un adicto.

Di la vuelta en Medellín; yo venía por Coahuila. Había una muchedumbre sobre la calle. Era medio día. Nuca me ha gustado detenerme a mirar. Pasé de frente; miré de reojo. Un muerto. No le vi la cara. Estaba cubierto con una tela blanca. Gente lloraba. Gente iba de aquí para allá. Gente se quedaba quieta, de pie, mirando al muerto. Había patrullas. Policías. Gente rica, de traje, con las manos en los bolsillos, sin expresión. Había meseros del Mamarumba. También había una chica buena. Estaba parada en la esquina de Medellín y Chiapas. Hacía puchero. Tenía un par de tetas bien puesta. Un policía colocaba conos sobre el carril para que los coches no fueran a despanzurrar al cadáver. Otro policía desviaba a los coches. Otro llamaba por radio. Otro alejaba a los mirones. Seguí.
       
Lo conocí una ocasión en que salía de casa, bien tieso, a buscar un bar. Me llamó con un silbido. Oye, me dijo, ¿puedes correrme perico? No sé cómo lo supo. Seguí de largo, sin voltear a verlo si quiera.

 En la puerta de mi edificio estaba una señora, una vecina, llorando. Me miró venir. Me dijo: ¡ay, hijo, ay, hijo, era muy joven para morir! Nunca antes me había hablado. Ahora me decía hijo y me tocaba el hombro. ¡Era un joven muy trabajador! Se trataba de un mesero del Tikibar. Pero eso lo supe después. Paro cardiaco. Era un pobre muchacho estupendo, trabajador, buen hijo, buen amigo. Un pan de Dios de veintiocho años. Además de eso era adicto a la cocaína y manoseaba a las meseras. Todos somos buenas personas cuando estamos muertos. A los vivos nadie nos quiere.

         Cuando le pasa a otro no importa, peroa veces uno piensa en su propia muerte. Veintiocho años. Y de la nada, ¡pum!, el corazón. Aquella vez, en Tres Gallos, con mi caguama en la mesa, pensé: ¿qué dirá de mi la gente cuando muera? Sergio me preguntó si querría otra cerveza porque iba a cerrar en diez minutos. Le contesté que no y me salí por la puerta de emergencia, la que da al callejón. Me di un jale de coca. Regresé a la mesa. Terminé con lo mío. Me despedí de Sergio antes de que se pusiera pesado.

Caminé hasta el casino de Génova. Todo el camino a allá me toqué el pecho, para asegurarme de que mi corazón siguiera latiendo. Me metí al casino y me senté en la barra del bar. Ordene un whisky en las rocas. Me lo trajo Diana. Y pensé: date prisa, embriágate. Si hoy es tu día, más vale estar bien borracho.

         Le dije a Diana que me llevara al 33, un bar, un after. Le dije que si me llevaba, yo la invitaría. Pero Diana nunca quiso salir conmigo. Creo que era lesbiana. No por mí, lo digo sinceramente. De todos modos yo siempre me le insinuaba. Después del tercer whisky le decía cochinadas al oído. Le daba risa. Quizá me tenía lástima. Oye, bonita, ¿y si bebemos desnudos en mi departamento? Tú te dejas el moñito (del uniforme) nada más, y yo la corbata. Te la meto rico por el culo y me masturbas con la garganta, ¿eh? Oye, muñeca, ¿Sabes lo que es un chancro? Yo sí. Me pegaron uno el mes pasado. ¿Quieres verlo? Y una vez, Carlos, el gerente, me la aplicó. Pedí un whisky en las rocas y dijo: éste te lo sirvo yo. Se fue a la trastienda y regresó en diez minutos con mi whisky. Estaba de un color pálido. Me dijo: es un whisky especial. Es un afrodisiaco. Se fue con una sonrisa en la cara. Antes de que diera el primer trago, Diana me detuvo: le echó sus mecos, me dijo. Me lo quitó de las manos y lo echó al fregadero. Me puso otro, en otro vaso. Tendrás que pagar los dos, pero te he salvado, dijo. Le sonreí. Gracias, mamita. Carlos me odiaba. Nunca le pregunté por qué. Mis sospechas: él medía 1.90 metros, tenía la voz grave, era bien parecido… pero… bueno… tenía que trabajar en el casino. Yo medía 1.70 metros, era un desfachatado y podía estarme a las dos de la madrugada, mientras él me servía las copas y me hacía los mandados, bebiendo y jalando coca y manoseando a las meseras del casino y acostándome con algunas de ellas. Y además podía irme en cualquier momento. Él debía quedarse hasta terminar su turno. Carlos no podía soportar que yo tuviese más libertad y más suerte. Y que no debiera vestirme con un horrible traje sastre.  

            Para quitarme la cruda me tomé dos aspirinas, me bañé, me bebí una cerveza y me di un jalecito de coca. A la una ya estaba como nuevo, recargado, con ganas de más. Vendría Andrea, mi última conquista. La saqué de un bar en Génova, no recuerdo el nombre. Enfrente del Cueva de Lobos.
           
            Sonó el timbre. Me toqué el pecho. No quería que el corazón se me detuviera mientras me acostaba con Andrea.

            Una vez, mientras lo hacía con una chica, me sentí muy mal y no pude terminar. Afortunadamente la chica no era muy exigente, y me lo pasó por alto. Pero pensé que si hubiera sido una chica que de verdad me gustase, me hubiera desmoralizado. Aquella vez no pensé en un paro cardiaco. Nunca pensé que pudiera morir encima de mi última conquista.

            Andrea entró bufando. Venía muy acelerada. Según ella tuvo una audición de teatro antes de venir aquí conmigo. Creo que era actriz, o estudiante de actuación, o de canto. Me lo contó, pero por supuesto no la escuché, y además, me importaba poco. Era una chica atractiva, aunque su autoestima era el de un perro cojo. Eso me beneficiaba. Tenía un detector en los huevos para este tipo de chicas. Las conquistaba en dos minutos. Son el tipo de chica que siempre elige mal a sus parejas. Se desparramó en el sofá, bufó y dijo: dame una cerveza por amor a dios; me quiero matar; necesito beber, beber!!! ¿Tienes coca?, por favor di que sí o no lo soportaré. Sí, le respondí. Oh, cierto: mi tipo de chica: adicta a la cocaína. Es más fácil así. No tienes que ser guapo. Basta con llevar siempre un poco de coca para ellas. ¡Gracias a Dios, te amo, cabrón, te amo!!! La besé en los labios. Fui a la cocina por una cerveza y se la di. Luego fui al cuarto por un papel. Me senté a la mesa de la sala y piqué la coca. Andrea me contó todo sobre su mañana. No la escuché. En vez de eso pensé en que la coca se me acabaría muy pronto y tendría que conseguir más. Y eso significaba conseguir más dinero. No estaba seguro de lograrlo. No al menos para esta misma tarde, para la noche a más tardar.

            Dinero.

            La pasé el polvo a Andrea. Inhaló su parte como una desesperada. Luego yo hice lo mismo. Pensé: ya te preocuparás por dinero después. Ahora cógete a esta pinche vieja hasta que se te ponga el pito rojo y córrela de tu casa antes de que anochezca y quiera beber y drogarse más.

            Bueno, me bajé los pantalones. Ella ya no era una niña y sabía qué clase de hombre era yo y que quería de ella. Abrió la boca. La mayoría de la gente dirá que coger no se compara con hacer el amor. Pondrán en la cúspide al amor. Pero hay un placer en coger, en dominar, en humillar, en pensar: no me ama, solo quiere mi cerveza y mi coca. Hay un placer en cosificar mucho más grande que el placer del amor. Amé y todo, soy divorciado. No hablo por hablar. Cuando hacía el amor con mi mujer creía que no existía placer más grande. Pero el amor es sumisión, y no hay placer más grande que el de atropellar, el de traicionar y pasar por sobre otro. El de vencer. El de ganar. Sí, ganar. Cada que terminaba de cogerme como a una puta a una mujer, sentía que había ganado algo.Cada que negociaba sexo por droga, o sexo por comida, por alcohol, por compañía, por protección. Y todos queremos ganar.Si le preguntan a Andrea, muy probablemente pensará que ella ganaba, que ella me sobre pasaba al intercambiar sexo por coca. Después de todo el sexo no cuesta nada es gratis. 

            Aunque Diana nunca quiso salir conmigo, Ana sí lo hizo. Ana era su compañera, otra mesera. Al principio no le caí bien. Se notaba en su cara. Pero un día fui y estaba sola, Diana no había ido a trabajar. Tuvo que atenderme toda la noche. Esa noche venía de Tres Gallos y estaba muy borracho. Le pedí una cerveza y un café americano. Luego, otra cerveza, otro café americano y unas enchiladas. Y ordené unas papas francesas para ella. Eso la contentó muchísimo. Es increíble lo que un pequeño detalle puede hacer. A partir de ese momento me atendió con una sonrisa. Me sirvió todos los café que quise y hasta cocacolas. Todo gratis. Y a las tres y media de la noche, le dije: ¿qué harás?, ¿a dónde irás? Su turno había terminado. No sé, dijo. ¿Quieres ir conmigo por ahí?, yo invito. Bueno, contestó. Me la llevé así, tan fácil como llevarte a un gatito pobre de la calle. Pagué la cuenta y salí. La esperé afuera, por la parte de atrás del casino. Venía cambiada de ropa.

            En mi casa le dije: oye, ¿puedes ponerte el uniforme? Lo entendió todo. Fue al baño a cambiarse. Salió en tanga. Solo se puso la camisa y el moño. No pude más. Le pegué dos cachetadas y la cogí. Gritó como una loca. Le agarré bien fuerte las nalgas; casi le entierro los dedos. Le escupí en el pecho. Le mordí las tetas. Le di nalgadas. Le comí el culo. Se la metí por el culo. Gracias a Dios siempre me tocan mujeres que pueden soportarlo todo. Creo que es la fuerza de atracción. Hay algo en nosotros que nos reconoce.

Al día siguiente le di doscientos pesos. Me los agradeció mucho. Sí, sí, le dije, no es nada, luego paso a verte al casino, anda, ya vete. Y ella, sí, muchas gracias, de verdad, gracias, espero verte pronto… Y yo pensé: ja, ahora eres una prostituta barata. Si no hubieras aceptado el dinero te guardaría cierto respeto, pero ahora no. En adelante harás todo lo que yo quiera. Puedo darte más dinero si te niegas.

Y Andrea no me cobraba con dinero, pero sí con droga. ¿Saben cómo me la llevé a casa a ella? La vi en el bar. La estuve observando un buen rato. Ella iba con amigos, yo iba solo. Había algo en ella, quizá esa fuerza de atracción de que  hablo. Le hice una seña. Me llevé el pulgar a la nariz y jalé aire. Ella lo captó en seguida. A los pocos minutos se acercó a mi mesa y me dijo: ¿entonces qué, tienes polvo? Sí, le dije, ¿cuánto quieres? ¿A cómo está? A doscientos la grapa. Dame una, dijo. Se la di y se fue. Era un volado. Si todo salía como lo planeado, regresaría. Y regresó. A la hora o así, regresó y me dijo, oye, ¿tienes más?, es para una amiga. Oh, no, le dije, yo no vendo, yo te ofrecí a ti porque me gustaste. Sonrió. Dijo: ¿entonces no tienes más? Sí tengo, pero solo si es para ti. Sonrió aún más. Vente conmigo, le dije, siéntate en mi mesa, bebe aquí y luego te llevó a donde hay más. Se instaló en mi mesa y me contó todo sobre su vida de actriz o cantante o lo que sea que haga. A las tres de la mañana se despidió de sus amigos para irse conmigo. Ya iba muy peda. Me la cogí en el sillón.

 Terminamos a las siete de la tarde. Lo hicimos tres o cuatro veces. Por mi parte era todo. Mi cuerpo no podía ofrece más. Ya no había cerveza ni coca. Andrea estaba en el suelo, tirada. Yo sentado en el sillón. Otra vez el maldito pensamiento: dinero. Le dije a Andrea que debía irse, yo saldría y no podía llevarla conmigo. No le importó, ya tenía lo que quería: ya estaba bien borracha y bien tiesa al mismo tiempo. Dijo algo de ir a un bar con amigos suyos, algo sobre que iría a un bar en la Condesa con algunos amigos suyos, algo sobre invitarme a ir con ellos, algo sobre un bar e ir, sobre llevar coca e ir. Me negué definitivamente.


Cuando se fue, por fin, entré a mi habitación. Estaba muy cansado y muy asustado porque el corazón me latía muy de prisa. Desde lo del mesero del Tiki bar no podía estarme en paz. Antes ni siquiera notaba que el corazón me latía de prisa. Ahora estaba alerta al menor síntoma, al menor dolor, al menor enrojecimiento del pecho o al menor cambio en el ritmo cardíaco. Saqué del ropero una botella de whisky medio vacía. Me acosté en la cama y me di traguitos de whisky mientras pensaba en cómo conseguir más dinero. Ya estaba muy quemado como estafador en el medio inmobiliario. Debía hacerme de nuevos clientes, quizá en otro Estado. El dinero que quedaba quizá me alcanzaría para un mes más, con trabajos. Y también pensé que era un buen momento para morir. Ahora que estaba borracho, recién cogido y puesto de coca. Ahora que ya no tenía dinero ni cerebro para hacer más. 





domingo, 28 de agosto de 2016

USTED ES EL ÚNICO RESPONSABLE DE SU VIDA


Hace tiempo tenía la intención y la seguridad de escribir un libro. Pero me bebí una botella entera y ya no lo hice.

En eso puede resumirse toda mi carrera literaria. Toda mi vida. Esa botella es interminable. Aún bebo de ella. Estoy colgado a ella. 

Otra cosa que tuve la intensión de hacer es tener hijos. Pero claro que no, con mis maneras y mis costumbres, ja, ¡imposible! Mejor así. Soy el único responsable de mi vida.

Bueno, eso dijo mi psicólogo: que YO soy el único responsable de mi vida. Y yo le contesté, la vez que lo dijo: oiga, ¿usted es psicólogo o cura o gurú de superación personal? Usted como psicólogo debería saber que YO NO SOY el único responsable de mi vida. Nadie es el único responsable de su vida. En ningún sentido. Ni abstracto ni literal. Y él dijo: quiero decir… Y yo interrumpí: lo que quiere usted decir es que yo soy el único culpable de mi vida. Y eso sí que no se lo voy a aceptar. No le pago para que además de aburrirme cada semana, me culpe a mí de mi vida; ¡culpe a mis padres! Y él se defendió: no, no es eso, es que… Me levanté y no volví a visitar a ningún psicólogo. No vale la pena.

Ahora ya no tengo la intención de nada. Escribeteo solo por diversión. ¿Sabes cuántas personas han dejado al lado sus metas por una botella? Y además, no solo está la botella. Están las noches, los amigos, las otras drogas. Y las mujeres. Quise dejarlas al último porque las mujeres dan para todo un buen libro sobre las cosas que pueden arruinar tu vida. USTED ES EL ÚNICO RESPONSABLE DE SU VIDA. Ah, ¿sí? ¿Y quién puso a tope mis tarjetas de crédito, ah? Una mujer, por supuesto. Y mientras ella goza con todo lo que se robó, nadie va y le dice que ella es la única responsable de su vida. Al menos ella sabe que ella no es la única responsable de su buena vida. Sabe que me saboteó y que yo soy el único al que debería agradecer su suerte. Por no reportar como robadas las tarjetas. Mira, tú... ella no tiene que ir al psicólogo. Claro está, tiene que ir a la cárcel.  Pero eso no va a pasar. No pasó nunca.



      Iba a pagar mis tarjetas a pesar de todo. Eso tampoco pasó nunca. Es que… es que… No, yo no soy culpable de eso tampoco. Me echaron del trabajo. Por faltista. No se puede trabajar, no se puede vivir con una mujer como la mía. Todo el tiempo dando la lata. Lo único que traía a casa eran problemas. Problemas con el vecino. Problemas con la cañería. Problemas con su madre. Problemas con la gata. La bendita gata. Nunca agarres una gata de la calle. No sabes lo que significa hacerte cargo de un animal por veinte años. Al principio parece fácil; hasta te sientes buena persona, superior a todos esos que pasan de largo. Quizá se trate de eso: del sentimiento de superioridad con respecto a los otros. Quizá todo se trate de eso en esta vida. Del sentimiento de superioridad y del sentimiento de inferioridad. Es probable que todas nuestras decisiones estén basadas en esos dos sentimientos. Nadie puede mantenerse de un solo lado. Todo es relativo. En mi trabajo soy un peón, un esclavo; con mi mujer, el jefe. Mi mujer, bueno, era una fiera conmigo y una dejada con los otros. Pero ahí va uno, con su sentimiento de inferioridad, buscando el sentimiento de superioridad, a agarrar a una pobre gatita desvalida, asustada y cagada en medio de la calle oscura. Y sin saberlo: VEINTE AÑOS. Condenado a veinte años de esclavitud felina. La próxima vez que veas a una gatita cachorra en la calle, písala. Es mejor así. Y si no me crees, ve a Rescate Animal, en Tonalá casi esquina con Insurgentes. Yo llevé cuatro gatitos ahí. ¿Sabes qué me dijeron? Que lo mejor era darles muerte.

      No sé quién llamaba más. Si mi mujer, para decirme lo mierda que fui al recibirla en mi casa y darle toda mi vida (sarcasmo), o los cobradores de American Express. No me intimidaban. Entrené lo suficiente con mis padres, con mi jefe y con mi mujer. Entrené lo suficiente conmigo mismo. En mis juergas. En mis droguerías. En las casas de citas. No importa con qué te amenacen: nadie puede hacerte nada. Nadie quiere en realidad hacerte nada. Representa un esfuerzo muy costoso para ellos. Y están acostumbrados. No eres el único idiota casado con una bruja que lo lleve a la quiebra. Nadie va a romperte las piernas, chico.

      Con todo eso, nunca tuve tiempo para escribir mi libro. Siempre borracho, siempre drogado, ya sea por la coca o por el veneno de mi mujer. Yo no era yo. Así que no podía ser el único responsable de mi vida.

       Voy por la calle, todo tieso y borracho y una señora me mira. Son las siete de la mañana. Yo apenas acabo. Ella apenas empieza. Me ve y me dice: hijo, ya no se drogue tanto. Ni le respondo. No vale la pena. Ella no hará nada por mí. Lo mismo que nadie. Ni siquiera los cobradores. Todo mundo ladra. Luego me entero que la pobre señora es adicta al Cortisol, un esteroide suprarrenal que le controla el azúcar. Nunca juzgues a un drogadicto. Su droga puede ser más evidente que la tuya, pero solo eso. Y visto desde cierto ángulo, es más libre. Aunque no sea libre; no estoy diciendo que lo sea. ¿Pero quién es libre? Al menos ha tenido las agallas de sumergirse en el ilusorio mundo de las drogas. Es más cobarde sentarse a ver el televisor. Otra vez el complejo. Inferior / Superior. Nadie quiere ser inferior. Incluso los que buscan hundirse, en realidad buscan subir. Como el Dalai Lama, por ejemplo. Lo gracioso viene cuando se busca subir sinceramente; también se acaba bajando. Pero nada de equívocos, hasta ahora he sido muy claro. La cosa es así: si quieres ser un hijo de puta, no tengas miedo a ser un hijo de puta. Pero no nos vengas con hipocresías. Si quieres ser buena persona, jódete. A ver si puedes. No se puede. De verdad. Es como intentar meter la mano al caño y no ensuciarse. El caño es esto, es el mundo. El caño somos tú y yo. Estamos en una cubeta donde no cabemos e inevitablemente hay que pisar a alguien. 

      Poco a poco te das cuenta de que eres un… Pon tú el adjetivo. Un día, en una cruda, te dices: NO MÁS. Y lo crees. Lo crees con sinceridad. Te inventas castigos a tu futura desobediencia. La primera hora todo parece marchar. No es culpa tuya. Gradualmente tus células exigen su dosis. No, no eres tú. Tú no eres el único responsable de tu vida. No, no. Las células, las malditas células tienen inteligencia propia, son listas, aprenden y exigen. Y todo coincide: tu mejor amigo de borracheras te llama, te dice, oye, canijo, ¿dónde estás?, hay fiesta en casa de la loca de Gaby. Entonces entra en juego otra parte de ti. Tu pene se levanta, alza oído: ¿Gaby? ¿La chica que vimos el fin pasado, la de las piernas largas y las nalgas carnosas? Tu pene ya lo captó todo para cuando tú comienzas a cavilar: oh, sí, Gaby, la chica bonita, ¿no? Sí, sí, sí, paso por ti, hermano, estoy cerca de tu casa. Y piensas: bueno, no tengo por qué beber. Puedo ir y no beber. No necesito al alcohol para divertirme.  Y tu otro yo: no señor, eso no pasará, claro que iremos a la fiesta y beberemos hasta que tengas el valor de acercarte a Gaby y decirle lo mucho que alborota a nuestro amigo el pene. Y tú, ingenuamente, te defiendes: okey, pero al menos no tengo por qué drogarme. SILENCIO. Nadie dice nada. Tu sangre, adicta, se queda callada, sonríe por dentro y piensa: a mí me dejas sin mi droga, y yo te dejo sin respirar, te provoco ansiedad y vómito, te mareo, te obligo a esnifarte la coca de tu mejor amigo y a enemistarte con él.  Sales muy seguro de ti. Gaby es una mujer, pero a ti ya se te olvidó eso. Quiero decir, que las mujeres son la peor de las drogas.

      En mi caso no se llamaba Gaby, eso fue un ejemplo. Su nombre era Poly.  Sí, así. Hay madres con complejo de inferioridad que nombran a sus hijas con nombres extranjeros para que ellas tengan superioridad (aunque acaben pero que las que se llaman María o Mariana). Esa noche acabé muy mal. Creo que llamaron a la policía porque quise violar a Poly. Ella misma llamó a la policía. Gracias a Dios no hubo pruebas y nadie quiso atestiguar. Dos meses después del incidente, me casé con Poly.

      Si no son los amigos, es la soledad. Estás en tu casa, leyendo un libraco o masturbándote, y de pronto surge dentro de ti la cosquilla de pegarte un trago. Tus amigos no han llamado, así que puedes estar seguro de que no te meterás en problemas. Además, ya llevas dos días sin tomar. Ya es algo. Récord. Y un trago, nomás uno, no hace daño a nadie, ¿no? Sales a comprar un six, total. Y en el camino… tus ojos vislumbran a toda esa juventud saliendo de noche. El Oxxo está lleno de gente joven divirtiéndose. De chicas buenas riendo y acomodándose el pelo. Y tu cerebro te dice: tú ya estás viejo, tú ya viviste eso, hombre. Pero tu pito y tu corazón quieren un poco más antes de morir. Intentas hacer conversación con la chica en la cola delante de ti. No, ni en pedo. No hay señal de apareamiento. Puedes con eso. Regresas a casa orgullos de ti. Pudiste decir NO. Aunque, dado el primer trago, empiezan las justificaciones. No es que seas un ser despreciable con el que ya nadie quiera beber, no. De hecho, hace dos meses estabas casado con tu mujer y si estás solo ahora es porque se ha ido, ya sabes: las cosas no salieron bien, no nos entendimos, es mejor así: que cada quien siga su camino en santa paz y libertad, que vivir el resto de tu vida con alguien a quien odias. Y si los amigos no te llaman es porque seguro les surgió algo, algo importante para ellos, cosas personales: llevar a sus madres al hospital o llevar a los perros de sus hijas a castrar a la campaña de vacunación y castramiento gratuita. ¿En la noche? Bueno, quizá lo último no. No importa. Además, ya tienes edad suficiente para beber solo sin que ello signifique… lo que verdaderamente significa: miedo y soledad. Y eres suficientemente grande para soportar la soledad. Vamos a disfrazarlo: ayer me quedé en casa, eché una chela o dos y ya; no tenía ganas de salir. Ya aburre. Con todos esos jóvenes allá afuera, echando su desmadre. Es mejor dormir temprano y descansar. Trago tras trago, quieres más. Hasta que no lo soportas y mandas todo al Diablo y sales al primer bar que encuentras que aún te recibe. Y acabas drogándote en los sanitarios más sucios y apestosos de tu colonia. Y regresas solo a casa. No hay a quién decirle: qué buena estuvo, ¿no, amigo?

      Y cada que puedes, como puedes, escribeteas algo. Para al menos decir que eres escritor. 


      Bueno, ese es mi caso. ¿Y el tuyo?




      

 Martin Petrozza

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