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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 22 de febrero de 2015

Era una mala noche.


Era una mala noche incluso para T. El bar estaba vacío. Yo tenía veinte pesos en el bolsillo de la camisa. Pedí a T. fiado. Movió la cabeza negativamente. Vamos, T., le dije, vengo a este puñetero bar cada viernes y cada sábado con más religiosidad que los católicos van a misa. T. me puso una cerveza. Di un trago. T. dijo: ¿sabes, P.?, cerraré temprano, esto no marchará. Di otro trago. Dije: ¿por qué no me dejas a cargo? T. sonrió. Ni siquiera pensó en ello como una posibilidad. Una mosca pasó volando enfrente de mí. La soplé. T., dije, ¿por qué no contratas mujeres animadoras?, las mujeres siempre atraen a los borrachos. No puedo pagarlas, P. Ya. La mosca seguía dando la lata. T. la espantó con un trapo.

Le pedí a T. otra cerveza. Me la puso de mala gana. Le dije: si te molesta tanto, puedo quedarme aquí a verte la cara, sin beber, pero no lo vas a soportar, T.; si borracho te parezco desagradable, créeme, no querrás aguantarme sobrio. T. dio un trapazo al aire. Vamos, T., deja en paz a la mosca. T. me miró con odio. Bueno, entonces asesínala, anda, incrementa tu karma. No creo en eso, rezongó T. mientras daba trapazos al aire. No importa si lo crees o no, T., es ley de vida: si matas, te jodes. Es sólo una mosca, P., ya cállate. No importa, T., la vida es vida, no tiene tamaño; la vida de un elefante o de una mosca, es igual, es vida, ¿ves? T. dio al fin a la mosca. Quedó en el mostrador, despanzurrada. Bueno, dije, allá tú. Sí, sí, dijo T., bueno, es hora de cerrar, P., adiós. Vamos, hombre, si aún no termino con mi… Puedes terminar mientras guardo los trastos. ¡Qué carácter, T.!, por eso tienes el sitio vacío, joder. ¡Por eso y por matar moscas!

T. acabó con los trastos. Se sacó el delantal. Lo colgó en un clavo clavado a la pared, junto al mostrador. Bueno, P. es hora de mover el culo. Ya, dije.

De repente comenzó a llover. T. no podría irse ahora. Yo mismo no podría irme ahora. Bueno, T., le dije mientras ambos mirábamos las nubes, has desatado la ira de Dios matando a una de sus creaturas, ¿aún tienes dudas respecto al karma? Yo puedo ayudarte a limpiar tu karma. Ah, sí, refunfuñó, T., ¿y cómo? Bueno, ponme otra cerveza y te lo diré. T. volvió detrás del mostrador. Se colocó el delantal. Cogió una Tecate y me la puso. Iba a decir todo respecto al karma… Si abres la boca, te largo, P., no quiero escuchar nada respecto al karma. Vale, T., como quieras.

Deberías ponerte una cerveza, T. No contestó. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y lo encendí. T. me señaló. Desde que a la ley le dio por cuidar los pulmones de la ciudadanía, prohibió fumar dentro de bares cerrados. Vamos, T., le dije, no hay nadie, nadie vendrá, es casi como estar en casa… Movió la cabeza negativamente. Bufó. Se sacó el delantal. Lo aventó debajo a un banco. Se puso una cerveza y se instaló de su lado de la barra, frente a mí. Bueno, P., tú ganas. Dejaré de ser el dueño de este cuchitril y seré tu amigo. ¿De qué quieres hablar, so cabrón? No importa cuántas ganas tengas de hablar o de hacer algo, si alguien te pregunta directamente de qué quieres hablar o qué quieres hacer, no hay nada qué hablar o qué hacer. Bueno, dije, si lo pones así, quizá sea mejor que vistas el delantal y me sirvas cervezas.

¿Sabes?, exclamó T. en algún momento, creo que esta vez es definitivo: cerraré el negocio. Estoy quebrado. Dios, T., no pensé que fuera tan grave. Lo es. A penas cubro el alquiler. Tú y tus amigos son la única panda de borrachos que vienen a beber aquí. Las más de las veces les fío. No se puede, P., no se puede. Ya. T. había entrado a esa zona melancólica que provoca el alcohol mezclado con penas a la primera cerveza. Esto no iba a ser bueno. Ahora sería yo quien tendría que soportar a T. Me gustaba más joder a T. ¿Cómo es que te hiciste alcohólico, P.? Estoy pensando seriamente en hacerme alcohólico luego de cerrar el bar. No es fácil ser alcohólico, T., no lo recomiendo a nadie. Desde mi lado del mostrador las cosas parecen muy sencillas: vienen por aquí en jueves o viernes, algún sábado, en martes; no los hveo en lunes porque no abro. En fin. ¿Cómo hacen para vivir de ese modo? Nunca lucen preocupados por algo, Jesús. Bueno, dije, en primer lugar, no matamos moscas, ¿ves? T. frunció el ceño. En segundo lugar, T., ¿quién dice que mi vida es fácil? Bueno, alzó los hombros en respuesta, siempre te miro aquí, despreocupado por absolutamente todo, bebiendo cerveza, hablando con la gente, pellizcando a las chicas, no sé, no pareces un hombre con responsabilidades, P. Quizá no las tengo, T., mi única responsabilidad es conmigo mismo. ¿Tienes mujer, P.? Dios, sí que la tengo. ¿Dónde está? En casa. ¿Qué hace? No lo sé, T., espero que nada malo. ¿Es que no te riñe por ser un borracho? Todo el tiempo, T., todo el maldito tiempo ¿Cómo es que siguen juntos? No lo sé, T., nos amamos. De algún modo nos amamos. ¿Cómo pagan los gastos? Tengo un trabajo, T., soy escritor. Vaya, eso ya lo sé, P., todo el barrio lo sabe: eres P., el escritor, ¿y luego? ¿Quién te paga por ser escritor? Bueno, a veces vendo algún libro. T. hizo una mueca. ¿Y los demás? Nunca había pensado en ello, T., no sé cómo viven. R. vende obras, o algo, no sé, escribe obras de teatro; O. tira un poco en un trabajo, luego en otro, según la necesidad. Bueno, P., yo trabajé treinta años de mi vida, monté un bar… y ve, casi estoy como al principio: no tengo nada, no tengo casa, no tengo mujer, no tengo hijos, no tengo plata: soy un crío de quince años, pero tengo cuarenta y cinco. A veces quisiera pegarme un tiro. Bueno, eso explica tu jodido humor, T. T. agachó la cabeza.

Otra mosca se crió gracias a la generación espontánea, voló frente a nosotros y se posó en el dorso de mi mano. T la miró. Mira, dije, mueve las patas como si se frotara las manos. Sí, asintió C., he visto a muchas moscas hacer eso. Sí, dije. Luego, emprendió el vuelo. No sé, T., si me lo preguntasen a mí, quisiera ser dueño de mi propio bar, ya sabes, abrir las puertas a las seis de la mañana, dejar al bello sol entrar y servirme una copa para desentumir los músculos, sí; ver llegar a la gente, sobre todo a las chicas; adoro la gente que bebe, es siempre más honesta. No tienes idea, P., quebrarías en dos semanas. Bueno, a diferencia de ti, T., me haría amigo de los borrachos, no pondría cara al entregar las bebidas y cobrarlas, y no les daría fiado. Quizá deba comenzar por lo último, dijo, ¿cuándo pagarás tu deuda? Ya lo veremos, T., yo mismo no lo sé, puede que la otra semana reciba dinero, puede que no; ¿lo ves?, mi vida es más complicada que la tuya: tú al menos tienes un bar, en mi vida no hay algo seguro, excepto la locura y la muerte, aunque la locura es prescindible. Exageras, dijo T., eres un holgazán, es todo, tu rollo literario no justifica tu pobreza, hay escritores ricos y todo eso. También hay dueños de bares ricos, T., fracasar en la literatura es algo casi seguro, pero, Dios, ¿cómo haces para fracasar un negocio seguro?, deberías dar clases. T. se levantó del banco. Caminó afuera. Ha dejado de llover, P. Bebí el último trago de mi cerveza. Me levanté y fui a con T. Miramos al cielo. Hacía un aire frío y húmedo. Bueno, T., supongo que es hora de mover el culo, ¿no? T. asintió con la cabeza. Bien, dije. T. regresó al mostrador. Hizo cosas, no sé. Trajo candados. Bajó la luz. Salimos. Bajó la cortina. Echó los candados. Encendí un cigarrillo.

      T., le dije, ven conmigo, quiero que mires algo. Vamos, P., déjame en paz. No, en serio, quiero llevarte a un bar cerca de aquí, es un sitio estupendo: hay meseras con culos enormes y animadoras y música alta y buen ambiente; no hay moscas. T. bufó. No quieras joder más de la cuenta, P. No es por joder, T., vamos, anda, te demostraré por qué mis amigos y yo venimos contigo: tu local es estupendo, T.: no hay música, no hay gente, no hay animadoras. Es un sitio realmente estupendo, T., no quiero que cierres, hombre. T. escupió al suelo y dijo: vale, vamos al bar. Ya, dije, bueno, pero, ¿sabes?, tendrás que fiarme también en aquel sitio, porque…  Joder, P., eres un hijo de puta, no pienso pagarte la borrachera en otro sitio, ¡cabrón!, por un momento creí tus mentiras, lo que te apetece es seguir tomando, sí, vas a echarme el rollo de que mi sitio es mejor, pero… ¿y?, al final te habré pagado la peda yo cerraré de todos modos.

      C. llegó por la esquina. Mira, le dije, el viejo C., ¿qué hay C.? Hola, dijo C. Miró la cortina del bar echada abajo. Joder, T., ¿has cerrado? T. no contestó. C., dije, ¿tienes dinero? C. asintió con la cabeza. Vamos, le dije, conozco un sitio estupendo, ¿sabes?, con animadoras y meseras buenas y todo eso. C. se alegró. Sí, anda, vamos. T. hizo una mueca. Bueno, esperen, aún no me he ido, ¿no? C. volteó a ver a T. ¿Abrirás?, preguntó. T. comenzó a abrir los candados. Vaya, T., dije, nos salvas de caer en manos de la música de moda. C. dijo: llamaré a R. y a O., quedé de hacerlo en cuanto llegase al bar. Sí, dije, anda, llama a esos borrachos. Bueno, dijo T. con la cortina alzada, espero que esos hijos de puta sí traigan dinero. Es igual, T., dije, hoy es hoy, mañana será mañana. Sí, pero tú no pagas el alquiler, huevón. Entramos. Nos instalamos en la barra. Pon dos cervezas, dijo C., yo invito esta noche. Buuueeenooo, exclamó T., puedes comenzar por invitar lo que se ha bebido P. antes de tu llegada, ¿sabes?, he tenido que fiarle siete cervezas; siete cervezas a diecisiete la pieza, son…

      Bueno, T. volvía a ser T., el bar volvía a abrir sus puertas, y C. y R. y O. volvían a emborracharse conmigo. Me había costado escuchar a T., y todo eso, pero valía la pena. La vida sigue. 





domingo, 15 de febrero de 2015

Extrañar a B.


Dejé de salir con B. porque me abandonó. No hay más de qué hablar sobre el asunto. Se enfadó y me abandonó y se acabó y dejé de salir con B., de vivir con ella, de reñirla, de besarla, de hacer el amor con ella, de hablar, de reír, de ducharme con ella, y todo el mundo se enteró de ello. Cuando iba al bar, la gente solía acercarse a mí y palmearme. Mierda, no había necesidad de palmearme. Me decían: venga, P., todo irá mejor algún día. Las mujeres van y vienen. Allá afuera hay un mundo de posibilidades. Asentía con la cabeza a todas las chorradas que me echaban encima y bebía mi cerveza en silencio, sin ánimo de contrariar a nadie ni de discutir las ventajas de la soledad. En fin. No deseaba absolutamente algo en la vida. Ni siquiera regresar con B. Estaba dispuesto a pasar unos buenos años solo. A regresar a los barrios de las prostitutas, a jalarme la pija en los excusados públicos y a hacer propuestas indecorosas a las chicas en bares, pero sin involucrar sentimientos. Francamente se apoderaba de mí un sentimiento de libertad, un sentimiento bienhechor. Entusiasmo. Supongo que es lo que llaman ganas de vivir la vida. Pensé: al próximo que me consuele por B. le voy a patear el culo. Yo soy P. Y todos van a saber quién es P. P. no es uno que se detiene por un desamor. P. es un Casanova. P. y su récord de mujeres folladas. Las gatitas de P. P. se follar a todo el barrio. No hay una que sobreviva. Sí, señor. P. P. P. Bueno, después de doce cervezas comienzas a sentirte grande.

      Entonces entró una morena y se sentó a mi lado. La miré de reojo. Me dije: comienza tu reinado de follería, so cabrón. Le sonreí. No me contestó la sonrisa. Me levanté de la barra y me llevé mi cerveza a otro lado. No era tan bueno después de todo. Además, me dije, ahora estás muy borracho. Mañana comenzarás a levantar chicas por los bares. Sí, eso es. Quizá debas afinarte un poco con las prostitutas, no sé, calentar motores, para estar al punto cuando tengas que desenvolverte con alguna mujercita que se crea todas tus mentiras de amor. No, no, de amor nada; no volveré a enamorarme, ni falsa ni verdaderamente: se los diré directo: nena, P. quiere follar, olvida las rosas, olvida los versos, los regalitos, el chantaje emocional: ¡bájate las pantaletas!

      La morena estaba muy bien. De pronto ya no estaba sola. Supongo que ocurrió mientras yo me pensaba todas esas cosas. Supongo que desde fuera tendría la cara de un idiota, ensoñando sobre follar. Charlaba con un hombre. Los observé un tiempo, cazando el momento adecuado, en que la morena estuviese sola de nuevo. El momento llegó pasados algunos minutos. Cuando estuvo sola, me encomendé a mi santo patrono, San Urbano I, y me levanté y me fui a por ella. Me paré a su lado y le dije: Me gustas. Quiero acostarme contigo. Esta noche. Dios, hizo una mueca y se alejó, casi corriendo. No quise esperar a que se lo contara a su amiguito y me partiera la cara. Me salí afuera a fumar un cigarrillo. Me dije: vamos, es cuestión de calentar, ¿hace cuánto que no lo haces? Pasé cuatro años bajo el yugo de B. Había perdido el toque. Es lo único que lamentaba.

      C. se apareció por ahí. Me miró y se vino conmigo. Hola, P., ¿qué hay? Hola, C., nada, todo marcha, ¿qué te trae por aquí? Vine a encontrarme con un par de amigas, P., ¿no las has visto por aquí? No lo sé, ¿quiénes son tus amigas? Una morena y un marica, dijo C. y se cagó de la risa. Dios, no, C., no he visto a ningún marica. Dame una chupada, dijo C. y me arrebató el cigarrillo. Hay una morena allá dentro, C., pero no me he entendido con ella, espero que no sea la tuya porque… C. saludó a la morena a través del cristal. Dios, sí es, dije. ¿Qué?, dijo C. devolviéndome el cigarrillo para entrar a con su amiga. Nada, ya lo verás, dije antes de que entrara al bar.

      Terminé el cigarrillo. Entré. Ahí estaba C., sentado a una mesa, con la morena y con el marica. Me miró y me hizo señas para que les acompañase. Bueno, pensé, qué más da, ahí voy. Me paré frente a su mesa. C. dijo, G., este es mi amigo P., es escritor. El marica sonrió y me estiró la mano. Yo dije: hola, G., un gusto. Luego: Kay, él es P., es escritor. Bueno, supuse que aquí se armaría, pero no. La morena me estiró la mano, sonrió sugestivamente y me dijo: hola, P., un gusto, ¿por qué no te sientas aquí? Palmeó un espacio junto a ella. Ya, dije, está muy bien. Me senté junto a ella y durante un segundo nos miramos las caras. No era tan bonita de cerca, pero estaba bien. C. dijo: brindemos. Brindamos. Reímos. C. dijo: P., me enteré sobre tu abandono, qué hija de puta B., espero que no te afecte demasiado. Ya, dije, no pasa nada. ¿Sabes?, a veces es mejor estar solo. Sí (Dios, C. lleva solo más de cinco años, si hay alguien que debe saber eso es él). No hay nada como la libertad. Sí. Nadie que te diga qué hacer y te dé la lata. Ajá. Sólo tú y tu libertad, P., si quieres hacer algo, lo haces, sin más, no das explicaciones a nadie. Lo sé, C., entiendo. En algún momento el marica dijo: C. tiene mucha razón, la libertad puede ser muy interesante. Yo no dije algo. Kay preguntó quién era B. y por qué C. me consolaba. B. es mi ex mujer, dije. Sí, dijo C., le abandonó hace un par de semanas; caray, qué hija de puta, abandonar así a P., no, no, P. es un hombre impecable, Kay, tú no lo sabes, pero P. es un… Sí, interrumpió Kay, sé qué clase de hombre es P. Sonrió maliciosamente. Le pellizqué la pierna. Sonrió. Me susurró al oído: ya vamos a ver si cumple lo que promete… o es por ello que le abandonan. Sonreí y dije: C., hazme un favor, no menciones a B. en esta mesa, ¿quieres?

      C. comenzó a hablar sobre un proyecto literario al que deseaba incluirme. Algo sobre un fanzine. Bueno, dije, está muy bien C. G. dijo que alguna vez participó en un fanzine. Era diseñador gráfico, o algo. Ya, dijo C., me alegro. Luego, se dirigió a mí: podrías escribir una columna, P. Sí, dije, estaría bien. Conozco a un chico que puede ayudarnos con la ilustración. G. dijo: yo hago ilustración digital, para todo tipo de medios impresos. Sí, G., qué interesante, dijo C. y se echó un tragó al cogote. Kay dijo: G. es un ilustrador estupendo, deberían incluirlo en su proyecto, C. C. contestó: estamos cubiertos, Kay, ya tenemos ilustrador. Yo dije: si aquel chico llega a fallar, conozco un par que pueden hacerse cargo, C. C. asintió. Kay me pisó el pie. Vamos, ¿qué pasa?, le pregunté al oído. ¿Tienes cigarrillos?, preguntó. Sí. Vamos fuera, anda. Me excusé para salir con Kay. C. dijo: sí, sí, anden a fumar; mientras tanto yo iré al sanitario. Todos nos levantamos excepto G.

      Así que eres escritor, me dijo Kay una vez con los cigarrillos encendidos. Sí, bueno… ¿Eres un escritor famoso? No. ¿Entonces? Soy un escritor, es todo; escribo. Yo también soy escritora, ¿sabes? ¿En serio? Sí, escribo todos los días. ¿Qué escribes? ¡Las cuentas! Se cagó de risa. Soy contadora, dijo. Ya, dije, eres una gracia. Sí, dijo aún riendo. Y además tienes un culo precioso, ¿quieres acostarte conmigo? Dejó de reír. Ay, P., dijo, ¿siempre eres así con las mujeres? Qué te importa, te he hecho una pregunta; anda, di que no y acabemos con esto, ¿vale? Le toqué el culo con la palma abierta. Suspiró. No, dijo. Retiré la mano. Ya, dije. ¿Por qué quieres acostarte conmigo? Tienes un culo… yo tengo una polla… no es tan complicado, Kay, quiero acostarme contigo porque me gustas. No puedo creer que hayas durado cuatro años con una mujer. No puedo creer que te tomes tan en serio aquello de acostarte conmigo llevando esa falda. ¡Ey, una puede vestirse como le dé la gana y no por eso… Sí, sí, el rollo de siempre: quieren vestirse como putas pero no que las traten como tal; hipócritas: ¿para que desean mostrar su cuerpo si no lo van a dar? Lo damos, P., pero no al primero que se nos plante enfrente. Es igual; guárdate el sexo, eres la punto cinco por cien, aún me quedan diecinueve intentos. ¿Qué?

      Aplasté la colilla del cigarrillo con la suela del zapato y entré al bar. Miré a una chica. Estaba bien. Casi todas las mujeres estaban bien para mí. Me acerqué a ella por detrás. Muy de cerca. Le susurré hola. Volteó. Asustada, dijo: ¿qué quieres? Acostarme contigo. Esta noche. Debajo del puente. Dio un grito y corrió. Un hombre vino a ver qué pasaba. Se me plantó enfrente. Ella, detrás de él, dijo: ¡es un pervertido! ¡Me propuso acostarme con él debajo del puente! Vi venir el golpe pero no lo sentí. C. se interpuso. Cogió al hombre (C. era muy alto y corpulento), lo arrinconó contra una de las esquinas del bar. Yo dije: C., déjalo, déjalo que me parta la cara. C. gritaba: P., anda, pégale. Lo tenía bien sujeto. Vamos, C., ha sido culpa mía, suelta a ese hombre. La gente hizo alboroto. Un par de hombres vinieron a por C. y el hombre. Los separaron. C. gritaba: ¡le voy a partir la cara! El hombre no decía absolutamente nada. G. y Kay estaban detrás de mí. ¿La uno de diecinueve?, preguntó Kay mientras mirábamos cómo lanzaban a C. y al hombre. Asentí con la cabeza. Ay, P., eres un caso, ¿no? G. dijo: qué pasa, de qué hablan, ¿por qué es un caso?, ¿¡qué ha pasado?!

      Separaron a C. y al hombre y los echaron a la calle. G., Kay y yo salimos a buscar a C. Lo encontramos hablando con el hombre. C. decía: P. es mi hermano. El hombre decía: lo siento, C., perdí la calma, Dios. Cuando nos vieron llegar callaron. C. dijo: P., ven, da la mano a este hombre, es un hermano. El hombre se echó a mí. Dijo: lo siento, hermano, un hermano de C. es un hermano mío. Nos abrazamos. No pasa algo, dije. Kay dijo: P., eres un maldito cabrón con suerte.

De pronto salió la chica. Nos miró a todos hablar y estrecharnos las manos y reír. Se quedó de pie frente a la escena. El hombre le dijo: Ara, ven, acércate, estos hombres son mis hermanos. La chica dio media vuelta y se largó. Antes de desaparecer, gritó: ¡me largo, J., no pienso irme contigo a ningún lado! J. alzó el brazo y exclamó: ¡qué te den, so zorra! Luego, nos confesó: llevo dos meses pagándole la borrachera y no cede a acostarse conmigo. C. rió. Dijo: hermano, es mejor estar solo. Yo dije: sí. Kay dijo: dos meses, P., dos meses… ¿y tú la quieres en una noche?, ¿sabes?, tienes una autoestima que, joder, me estás convenciendo: P., el hombre de una noche, ja ja ja. Bueno, kay, respondí, si es así, vamos, conozco un puente debajo del cual podemos… Es broma, P., no voy a acostarme contigo, puedes pasar a la uno punto cinco. Bueno. Las estadísticas dicen que una de cada veinte chicas ceden a la primera noche, pensé, ¿dónde está esa mujer cuando más la necesitas? 

Entonces comencé a extrañar a B.


  

viernes, 13 de febrero de 2015

Los viajantes del tiempo.


Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.

Recientemente un hombre se apareció en un transitado aeropuerto de Buenos Aires,  Argentina, y dijo provenir del futuro. Su sorpresiva llegada creó gran expectativa entre los presentes, sin embargo, lo único que expresó fue algo relacionado con el Iphone 27:

    “Los gráficos son una porquería y los hologramas parecen de cartón.”
No dijo nada más, pero eso bastó para que el ambiente estuviese tenso por varias horas. Durante la jornada fueron suspendidos algunos vuelos debido a la llegada de un sinnúmero de personas ansiosas por conocer la estrategia del fabricante de la mencionada línea de productos. La autoridad pública también se hizo presente y el hombre del futuro fue arrestado bajo los cargos de instigación a delinquir y alteración del orden público. La abrupta detención del ciudadano creó suspicacia y descontento entre los asistentes quienes no permitieron que lo trasladasen a un centro penitenciario. En vista de eso un comisario de la policía, en una improvisada conferencia de prensa, aseveró:

    -Me importa un huevo que venga del futuro, del presente, pasado o del pretérito perfecto, pero tenemos que saber si las siguientes generaciones van a poder tener un iPhone mejor que el nuestro.- Realizó una pausa, carraspeó y continuó.- El ciudadano estará bajo custodia de las autoridades mientras se aclara la situación, más adelante daremos detalles…- Eso calmó a los asistentes quienes permitieron el traslado del hombre a un centro de reclusión con la esperanza de que las autoridades lograsen dilucidar lo que realmente sucederá con los próximos Iphones.

    Hasta ahora no se ha sabido nada del paradero del misterioso hombre del futuro, sin embargo, por medio de fuentes extraoficiales se pudo conocer que el hombre había viajado a través de un agujero en el tiempo procedente del año 2036 y perdió la mayor parte de sus aparatos futuristas en el trayecto. Además, el iPhone 27 que ha traído el “hombre del futuro” no tiene linterna ni reproductor de audio.

    Tambien, como se ha de recordar, el tribunal de segunda instancia en lo civil, mercantil del niño, niña y adolescente remitió una demanda de paternidad a la máxima instancia judicial del país. A pesar de que en un principio era calificadocomo una demanda por inquisición de paternidad en la actualidad esuna paradoja judicial; el demandadoapeló el fallo basándose en el hecho de que en un futuro no muy lejano viajó en el tiempoy sostuvo relaciones sexuales con la demandante unas semanas antes de conocerla. La demandante indica que el Señor Rodríguez Sarti también debería ser condenado por violación y agresión  ya quefueron relaciones íntimas no consentidas bajo el efecto de algún estupefaciente. No obstante, la defensa alega que, a pesar de que nunca han negado el hecho de que el demandado posiblemente violó a la demandante, no puede culparse ni enjuiciarse a un ciudadano por un crimen que no ha cometido, tampoco se le puede otorgar la paternidad al hombre porque aún no ha sostenido relaciones sexuales con la agraviada. El dilema acerca del posible crimen se basa en que  la defensa alega que no ha sido consumado  y los demandantes lo contrario al demostrarse que el Señor Rodríguez padre Biológico del infante. Por otro lado, juristas indican que si se envía una comisión al pasado para evitar la supuesta violación de la señora Bello Mejías se estaría cometiendo el equivalente a un asesinato en primer grado y diversas organizaciones políticas han fijado posición acerca del tema en cuestión; algunos a favor de una pena severa. Otros expertos precisan que el Señor Rodríguez deberá ser juzgado por los crímenes que cometerá después de su viaje en el tiempo y no antes como precisan los demandantes, pero no se tiene idea cuándo ni dónde lo hará. Tampoco existe una orden de vigilancia ni presentación en los tribunales porque atentan contra el derecho a la privacidad y libre tránsito del demandado, pero sí una medida de alejamiento y presentación mensual en los tribunales de control.


    Por otro lado, Científicos de todo el mundo manifiestan su preocupación acerca del aumento de este tipo de hechos; de mantener la tendencia podrían desencadenar el colapso del universo o una brecha en el umbral espacio-tiempo con consecuencias aún desconocidas. Lamentablemente lo único cierto es que un niño tiene un padre que no lo reconoce, una mujer fue ultrajada y el agresor es en gran parte “inocente” de los crímenes cometidos. Y lo peor es que nadie a ciencia cierta sabe el destino del Iphone, las acciones de la compañía se desplomaron al conocerse los comentarios del misterioso hombre del futuro.





Texto por: Roberto Araque
Sitio del autor, aquí.
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