Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

lunes, 20 de junio de 2016

alejandra


bueno, mi ex mujer se va a cagar, pero ya tengo que soltarlo. ah, no, es verdad: mi ex mujer no le mis textos. dejó de hacerlo hace mucho, cuando descubrió que yo realmente era martin petrozza y ella no tenía nada que hacer con un pinche petrozza cualquiera, no? hace bien mi ex mujer. leer los textos de petrozza es perder el tiempo.

saben qué me gustó de alejandra? que era una mujer inteligente. jamás leyó uno solo de mis textos, ni un renglón. es más, ni siquiera se enteró de que yo escribía. un verdadero acierto de su parte. mejor así. que haya conocido solo mi parte más superficial.

por supuesto, la conocí en un bar. dónde si no? la vi y pensé: dios, si me la echas al plato prometo dejar a mi mujer y rehacer mi vida; hacer arder un cordero en tu honor. hasta podría asesinar al hijo que aún no tengo si haces que salga del vientre de esa chica. y bueno… dios y yo siempre hemos sido amigos, eh. apenas me acerqué a ella, me sonrió. le devolví la sonrisa y la tomé de la mano. así, sin más. les guste o no. la jalé despacio, le dije: oye, vámonos de aquí, hay mucho ruido y mucho humo. asintió con la cabeza.

      afuera reímos. no supimos de qué. o quizá sí. dejamos a los amigos de alejandra y a los míos. mi departamento estaba a cuatro cuadras del bar. mi mujer había salid de viaje. alejandra llevaba un vestido negro muy ajustado. hicimos el recorrido a pie. soltamos risitas y nos dimos abrazos y manoseadas de vez en cuando. me gusta, me gusta, pensé mientras dejé que se adelantara unos pasos para mirarle el culo. abrí el zaguán y le indiqué las escaleras, el piso, el número de departamento. yo iba detrás, olisqueándole los muslos y las nalgas.

      entramos. no llegamos al cuarto. no, definitivamente no. apenas vio el sillón de la sala, se echó en él y me jaló a ella para que la montara. ella misma se subió el vestido; yo le bajé los calzones. ella me sacó la pinga, yo la guié para metérsela.

      cuando acabamos bufé. le dije, amor, cásate conmigo. ella rió, me sobó la cabeza, contestó: desde que te vi en el bar supe que pasaría. era un mujer muy inteligente. quiero decir, al menos no me hizo preguntas estúpidas. cómo te llamas? / dónde vives? / es tuyo el departamento? / con quién vives? / a qué te dedicas? la miré a los ojos, unos ojos negros muy penetrantes, y le pregunté (porque yo sí soy un imbécil): cómo te llamas? antes de que contestara sonó el timbre. generalmente lo ignoro, pero sabía que esta vez sí me buscaban en serio. como pude me subí los pantalones y corrí a la azotea del edificio, desde donde suelo espiar a quién toca. sí, eran ellos: mis amigos y los de alejandra. bajé al departamento. alejandra seguía con el vestido arriba y los calzones abajo. recostada de lado. son ellos. sería mejor que te cubrieras, no? Alejandra hizo un gesto de indiferencia. es que nunca han visto a una mujer con los calzones abajo? alcé los hombros y bajé a abrir. Dios santísimo, está mujer era mi clase de mujer, era una petrozza cualquiera. cuando subimos todos, alejandra no estaba. salió del baño poco después. cuando ya estaban todos instalados en las sillas y el sofá y las cervezas en la mesa. la luz prendida. los ceniceros con ceniza. las ventanas abiertas. perturbaron lo más hermoso que me había pasado nunca. sentí odio por ellos. una de las amigas de alejandra, exclamó, al ver a alejandra salir del baño: güey, qué pedo!!!???

      entre esa y otra amiga la llevaron aparte y la riñeron por haberse ido así conmigo. mis amigos me llevaron a mí aparte y me pidieron que les contara todo. estaban excitados. aunque se quejaron de que por mi culpa tuvieron que traer a esas viejas con ellos. las amigas de alejandra no eran guapas. cogieron cervezas y encendieron cigarrillos y me lo contaron todo: ellas les obligaron a ir en busca de su amiga, de mí, de nosotros. mis amigos no querían salir del bar. eso también les molestó. pero las chicas se ofrecieron a comprar cerveza si las llevaban a mi casa en busca de su amiga. mis amigos no pudieron negarse a esa oferta. el problema de las amigas de alejandra, además de que no eran guapas, era que se pusieron en un plan muy maternal. nos le pareció moral mi actitud. sí, la mía. dijeron que yo era un pervertidor de chicas. eran unas pendejas, definitivamente. una de ellas era gorda. eso podía explicarlo todo. y la otra, bueno, quizá se dejaba contagiar de la mierda de la gorda, de la envidia de la gorda. las escuchamos gritarle a alejandra tú no has superado lo de héctor, no hagas pendejadas!!!; eso que hiciste está muy mal, ale!!! mis amigos movieron la cabeza negativamente. era insoportable ver a mujeres aplacar a una mujer.

      de la nada salieron las arpías esas. se llevaban a alejandra. la sacaron a arrastras. antes de salir alejandra me guiñó el ojo y las brujas me gritaron algo, pero no entendí qué.

      mis amigos y yo nos pusimos a beber. les conté todo, con lujo de detalle. ellos fueron los que me dijeron que la chica se llamaba alejandra, que tenía diecinueve años y que recién había cortado con un novio suyo, un tal héctor. todo eso les contaron las amigas de alejandra. según ellas la ruptura le había afectado. los síntomas: se volvió puta, pues. y ellas, tan nobles, trataban de salvarla cada noche de bar.

mis amigos se fueron al amanecer. pocas horas después llegó mi mujer. me encontró en cama, crudo, como siempre. se quejó, como siempre. pero esta vez había tenido un encuentro sexual con una niña de diecinueve años, preciosa, y no me importó. la dejé hablar y gritar todo lo que quiso. 


luego me fui al baño a pensar en alejandra




lunes, 6 de junio de 2016

Carta abierta a mi vecino.


Estimado Sr. Molina,

Le voy a decir una cosa: YO NO ROBO SU SEÑAL DE CABLEVISIÓN. 

Es ilógico. Absurdo. 

Usted no lo sabe, pero yo ni siquiera tengo televisor. 

Si lo tuviera, lo utilizaría para todo excepto para sintonizarlo. Le pondría tiliches encima. Lo usaría como mesita de centro. Como reposapiés. Como maceta. ¡Como nada! Pero nunca lo encendería ni sintonizaría esa mierda televisiva. Si lo hiciera, no pagaría para traer a mi humilde hogar más mierda, con ese servicio suyo, que según usted le robo, el de Cablevisión. 

Y con todo respeto, me parce usted un completo imbécil. Mejor sería que le robaran todo, el Cablevisión y el televisor. Le harían un favor a usted y a su horrible familia. ¿Ya notó que sus hijos son medio retardados? Y su esposa es tan fea que usted también deber serlo. ¿Quién se casaría con ella? Pero usted no se queda atrás, ¿no? Así que están a mano. Una elefante para un mamut. Y sus hijos, ni hablar. No paran de aventar pelotas a mi patio. ¿Es que son estúpidos? Ya deberían saber que la barda que separa nuestras casa es de una altura muy franqueable. Lo único que demuestran es que no aprenden de sus errores. ¿Y de ahí va a salir el futuro de nuestro país? Antes de traer hijos al mundo, analícese el esperma, señor Molina. Es posible que lo tenga echado a perder. Quizá por eso su hijo de en medio es tan feo que la vez que tocó mi puerta para pedirme su maldita pelota, le di dulces pensando que era 31 de octubre. 

¿Cómo se le ocurrió que yo pudiera robar su maldito Cablevisión? Ya sé que hay un cable que aparentemente sale de su casa y va hacia a mi casa. Pero no soy un ladrón. Si tuviera el seso retorcido como usted para estarme frente al televisor todo el santo día, al menos tendría la decencia de pagar por los servicios que ocupo. No como su hijo, el menor, que me roba los botes de basura. Además de procrear una serie de payasos, usted los educa para el hurto. ¿Y me llama a mí ladrón? La próxima vez voy a matar a su perro. Oh, no, el qué culpa tiene, ¿no? ¡Es hijo de Mussolini, ese demonio! Me gruñe todas las mañanas cuando salgo al trabajo. Y usted no le dice ni pio. Lo deja suelto. Para que nadie se acerque a su cochina casa. ¿A usted qué le van a robar? Si tiene puras baratijas chinas o piratas. Hasta el cuadro del santo que tiene en su puerta es chino. Y si le roban un hijo para sacarle los riñones, seguro vienen malos sus riñoncitos. Apócrifos, hechizos. Hijos de fayuca es lo que usted tiene.

Un día amanecerá muerto ese cancerbero. ¿Un rottweiler? Solo un degenerado sería capaz de tener un rottweiler suelto afuera de su casa, con todos esos niños yendo y viniendo por la calle (aunque tampoco valen mucho; pensándolo bien sería agradable que el perro se zampara a unos cuantos). Porque los demás vecinos no se quedan atrás: se acuestan con sus mujeres y procrean como si el mundo necesitara más delincuencia. Sí, delincuencia es lo único que sale de esas grasosas vaginas. Un ejército de delincuentes malparidos desperdigados por el barrio.

Fue su maldito perro el que mordió el cable ese, señor Molina. Sépalo de una vez. Por eso no tiene señal de Cablevisión. No porque yo se la robe. ¿Por quién me toma? Soy el único que usa corbata en este barrio y aún así le pasa por su podrida mente que yo, YO… No cabe duda que es usted un Barrabás, un Judas y un Pilatos. Ya sé que Dios no existe, Sr. Molina. La prueba es usted y los demás vecinos. Si Dios existiese ya hubiera encontrado el modo de borrarlos a todos de la Tierra. Un diluvio. Fuego. Qué sé yo, alguno de esos castigos divinos. Plagas. Ríos de sangre. Por mucho menos acabó con Sodoma y Gomorra. Y entre todos ellos, yo, el único siervo decente. Acusado de hurtar un maldito cable que no trae sino mierda a casa; una cable más sucio que el drenaje (al menos el drenaje se lleva la caca, no la trae). No, no, no.

Mejor dígame dónde está el rastrillo para césped que dejé en mi patio. ¿O se lo preguntamos a su hijo? ¿Y ese pelmazo para qué quiere un rastrillo? Solo para fastidiar. Roba por placer; para satisfacer instintos satánicos únicamente. Si me robara el pan, Sr. Molina, no le reclamaría en lo absoluto. El pobre está tan flaco que lo único que ha de comer es televisión. No me explico cómo su mujer y usted pueden ser tan obesos y sus hijos tan flacos. No me sorprendería que ya se hayan comido a otro hijo, alguno al que no tuve la desgracia de conocer. No sé. Serán los tacos de perro que cenan cada noche con Don Chente, el taquero ganador del premio mundial a la insalubridad. Sus estómagos han de estar llenos de vida bacteriana y fauna intestinal. Quizá el cerebro de usted esté en su estómago. Eso aclararía unas cuantas cosas. Por ejemplo, su reclamo sobre Cablevisión. 

Otro motivo por el que no tiene señal, además de que su perro mordió el cable, es que su hijo, el hijorata que tiene, el menor, el que me "escondió" el rastrillo y los botes de basura, le robó el conector del cable. Lo sé porque el muy idiota lo aventó a mi patio cuando su madre, la mujer de usted, le dio un aletazo (es un fócido, no mienta, Sr. Molina, usted sabe muy bien que se casó con una foca, ¡pervertido!) en la cara y le gritó: ¡tu padre se va a emputar cuando no pueda ver su televisión! Y el engendrito, encolerizado por ser víctima de un mamífero pinnípedo marino, arrojó sin pensarlo (nunca piensa, ya sé) el conector. Voló por los aires y cayó en mi patio. ¡Cuántas chucherías más seguirán cayéndome encima! Sí, yo tengo su conector. Es un rectángulo de metal con una entrada y dos salidas, ¿no? Si no me cree, revise. Revise detrás de su caja de Pandora y verá que el conector no está. Revise su cable y verá que su perro lo mordió. No le miento; yo no miento. ¿Por qué no se cerciora de estos detalles antes de juzgar a su vecino, el único con corbata, y acusarlo de robo?

Otra cosa, Sr. Molina, otra cosa: antes de acusar, investigue: la señal de Cablevisión no es algo que se pueda robar. No como usted piensa. No como un objeto, pelmazo. Si yo le robara la señal, ¡usted ni lo notaría! A quien le incumbiría es a la empresa, quien estaría perdiendo dinero porque un hombre recibe su mierda gratis. Oh, sí, es cierto. Antes de que lo olvide. Otra cosa, antes de que repare el cable mordido y consiga otro conector (ni crea que le regresaré el que su hijo aventó a mi patio), ¡pague las facturas del servicio! El cartero las echa todas a mi patio porque usted tuvo la maquiavélica idea de borrar su número de casa; seguramente para evitar a los cobradores (mi patio es, al parecer, victimizado). Cobros, amenazas, es todo lo que usted recibe. Es casi seguro que le nieguen el servicio de Cablevisión. ¡Usted es el que roba Cablevisión!



domingo, 22 de mayo de 2016

Luz y mi problema


Comencé a salir con Luz si saber muy bien cómo, por qué o desde cuándo. Nuestra relación siempre marchó en el tiempo de una forma vaga. En realidad, nunca nos declaramos ni nos dimos el sí. Podría decirse que todo ocurrió de manera natural.


            El caso es que una noche estábamos metidos en la cama, su cama, en su casa, haciéndolo. Y ella, de repente, dijo: no puedo creer que estemos haciendo esto. Me detuve un momento. ¿Cómo?, exclamé. , continuó, no puedo creer que estemos haciendo esto. ¿Puedes creerlo tú?
            

           Pensé en Luz. En cómo nos conocimos. En todo lo que nos dijimos antes de encontrarnos aquí, en esta situación. ¿Cuántas palabras habremos utilizado antes de llegar a esto? ¿Cómo debieron sucederse esas palabras para llegar a esto? ¿Una sola palabra lo habría cambiado todo? Quizá. Una palabra pudo arrojarnos a un McDonalds, a un bar, a una despedida, a un salón. O a la cama, su cama, en su casa, como lo hizo la cadena de palabras que entablamos desde que nos conocimos. ¿Qué fue exactamente lo que dije para llegar hasta aquí? ¿Por qué no funciona con todas las chicas? El lenguaje es como un juego de cartas. Estrategia y azar. ¿Azar? Pensándolo bien, yo tampoco podía creerlo. Es raro. Un día conoces a una mujer y al otro estás con su lengua en tu sexo.


            No contesté. La puse de lado y se la metí. Ella gimió. Y pensar que cuando la miré por primera vez ni siquiera me gustó. Me pareció demasiado vulgar. ¿Y si la embarazo?, pensé mientras se lo hacía. Qué jodido. ¿Cuántas personas habrán nacido así, sin amor, sin ganas? Sus nalgas estaban bien, aunque eran muy morenas. La negrura de su región anal no sugería higiene. Sus cabellos eran demasiado gruesos y olían a spray. Nunca me ha gustado el olor a spray. Es demasiado vulgar. Si alguien, señalándome a Luz me hubiese dicho: oye, ¿te quieres acostar con ella? hubiera contestado que no, que ni en pedo. Luz tenía razón: no podía creerlo. Esto no era real. Esto no estaba pasando. No, no.


Perdí la erección. ¿Qué pasa?, me preguntó Luz, echando la cara atrás, para verme a la cara. Yo estaba detrás de ella; recostados de lado. Oh, lo siento, dije y me quité a Luz de encima y me levanté. Ella me miró desde la cama. Una mirada de admiración. Yo realmente le gustaba a esta mujer. Dijo: ven acá, no pasa nada, ven, ven… me tomó de las manos, ella sentada sobre el borde de la cama, yo de pie. Se metió mi verga a la boca. Si alguna virtud tenía Luz, era la del sexo oral. Lo hacía muy bien. Pude terminar en su boca. Es más fácil así. Puedes pensar con libertad en cualquier otra mujer.


Esa fue nuestra primera relación sexual. Dejó mucho que desear. Luz lo pasó todo por alto. No pasa nada por una noche de mal sexo, ¿no? Yo ni siquiera pensé en ello. Tuve mi orgasmo y salí airoso. No hubo reclamos. Todo bien. Luz era maternal en ese sentido.



2


Todas las noches Luz me esperaba afuera de mi trabajo. Salía más o menos a las diez. No quedaba mucho tiempo antes del cese de actividades del transporte público. A veces bebíamos una cerveza en algún sitio cercano y después cada quien se iba a su casa. Yo vivía al sur. Al otro lado de la ciudad. El recorrido era cansino y tortuoso. Ella vivía al norte, mucho más cerca. Un día me propuso ir a su casa y tomarnos las cervezas ahí. Podía quedarme a dormir si quería.


Al principio fue cosa de viernes y sábados.


Primero llevé sólo lo necesario, lo elemental, lo estrictamente útil. Pero un día acabé por tener más cosas necesarias, elementales, estrictamente útiles en casa de Luz que en mi casa. Y de a poco, terminé llevando las cosas menos esenciales, como las chanclas que nunca usaba, pero que llevaba por si un día las necesitaba, o el talco para los pies, que tampoco usaba nunca, pero me hacía sentir seguro el verlo ahí junto a la cama, junto a los zapatos.


Sin saber muy bien cómo, por qué o cuándo, acabamos metidos en una relación de pareja. Monótona. Aburrida. Fría y cruel.


Luz continuó recogiéndome afuera de mi trabajo. Ya no íbamos por ahí a beber cerveza, ni comprábamos cerveza para beberla en su casa. Inmediatamente abordábamos el metro e íbamos a su casa. Hacíamos el recorrido casi sin hablar. En el fondo yo odiaba a Luz. Aunque ella se esforzaba por agradarme. Me contaba cosas. Pero yo no escuchaba esas cosas. No me interesaban. Ni siquiera las recuerdo. Cosas sobre su madre o sus amigos de la infancia. Sobre su pasado. Sobre las cosas que pensaba. 


Si era viernes comprábamos pizza en Julios Pizza. La comíamos en el restaurante. La acompañábamos con una cerveza. Luz se mareaba con una cerveza, eh. Y al terminar caminábamos a casa. Nos metíamos a la cama, y… Luz deseaba hacer el amor. Yo también deseaba hacer el amor. ¡Pero no con ella! Jamás logré hacerla tener un orgasmo. Simplemente no podía. No podía, de verdad. Su cabello, su olor, su piel, su sexo y el modo en que gemía... 


Hablamos sobre ello. Luz dijo: dime la verdad, ¿es problema tuyo o mío? Traté de calmarla. Le mentí. Le dije que era problema mío. Lo era en realidad. No era culpa suya. No me gustaba. Pero eso no era su culpa. Tampoco mía, ¿no? 

Oh, sí, claro, si no me gustaba, ¿para qué me fui a vivir con ella? Bueno, el recorrido trabajo-casa era más sencillo en su casa. Y a veces me caía bien. Si no fuera tan insistente. Si no quisiera hacerme el amor religiosamente, cada noche en punto de las once. Si no le diera tanta importancia al sexo, quizá… Supongo que esto es lo que sienten las señoras que están casadas con unos patanes panzones y borrachos. O las prostitutas. Bueno, al menos a las primeras las mantienen y a las segundas les pagan dinero. Llegué a pensar en sincerarme con ella. En decirle oye, mejor seamos amigos. Puedo pagar el gas si me dejas vivir contigo. Eso, ja, eso. Su casa era buena, grande, acogedora y de fácil acceso. Todo lo contrario a ella, a Luz. Me interesaba su casa. Estaba dispuesto a pagar renta por vivir en su casa, siempre y cuando esa renta no se pagase con sexo ni con cariño.


Una de esas noches en que Luz se empeñaba en levantarme los ánimos, y en que acababa en su boca, como cada noche, me preguntó y me obligó a responder francamente si había algo que ella pudiera hacer por mi problema. Ahora lo consideraba un problema, eh. Y estaba bien segura que el problema era mío.


Fue la noche en que se lo dije directo. Le dije sí, hay algo que tú puedes hacer: bajar de peso. No sé si lo mencioné, pero Luz era una chica regordeta.


Se puso como loca. Primero, calmada, murmuró no debiste decir eso. Casi siento lástima. Pero luego, se puso a hablar y a hablar y a hablar. Acabó gritando que yo era un maricón impotente de mierda, un bueno para nada, un vividor, un traidor, un puto.


Mira, Luz, yo me voy, ¿okey?, es claro que yo no soy el hombre de tu vida, dije mientras me levantaba y me vestía. Luz me miraba, recostada en la cama, cubierta con las sábanas, como una niña asustada. Y yo lo siento, muñeca, pero no soy ese hombre, ¿okey?, si tú no estás dispuesta a bajar de peso, yo no tengo por qué soportarlo, ¿ves? Luz no decía nada. Yo me ponía los calzones, los calcetines, la playera interior. Todo de prisa. Y exclamaba ¡siento que te hayas tomado esto muy en serio, eh, pero no somos nada, apenas dos que se acuestan… el pantalón… y eso de maricón, ja, no tienes ni idea… la camisa… yo puedo estar con una mujer como Dios manda, eh, siempre y cuando la mujer tenga un cuerpo como Dios manda!... los zapatos… no, no tengo por qué soportar que me humilles solo porque mi cuerpo no reacciona a… a… al tuyo… listo, estaba vestido, de pie, con todas las posibilidades de irme de ahí. Y Luz no decía absolutamente nada. Me miraba como una niña a un padre. Le dije: me largo, eh, me largo. Hubo un silencio. Y de pronto, el ridículo. Suelo caer mucho en ello. Yo, de pie, vestido, amenazando con irme, pero sin irme, y ella, recostada, sin detenerme ni nada. Di media vuelta y salí del cuarto.


3


Pasé el resto de la noche en el sofá. ¿A dónde iba a ir? ¡Y qué flojera salir!


Al amanecer, Luz me despertó. Me dijo: ¿no que te irías, cobarde? Oh, oh, oh, me defendí, Luz, ¿estás loca?, eran las dos de la madrugada, ¿cómo iba a irme? Luz estaba desnuda. Se le miraban todas las carnes. Contestó ¿también le temes a la noche, marica? ¡Oh, suficiente, Luz, me largo!, exclamé.


Me levanté del sofá y me fui a recoger algunas cosas y a meterlas en mi maleta. Cogí cosas al azar. Creo que cogí el desodorante, un zapato, una corbata, dos camisas, cosas, cosas sin importancia. Y cuando tuve todo hecho me encaminé a la puerta, decidido a largarme de una vez y a no volver nunca. Además, se hacía tarde para ir al trabajo. En todo caso tendría todas esas horas para calmarme y dejar que Luz se calmara y regresar con ella, hasta que otra vez sucediera.


Pero en la puerta estaba Luz. Y seguía desnuda. Y tenía otra actitud. Oh, sí. Me detuvo. Por fin, pensé, aunque en un momento muy inapropiado, eh. Nos miramos a los ojos. Nos sostuvimos la mirada. Di un paso más. Luz no se quitó de la puerta. Di otro. Le dije anda, quítate, me voy. No contestó. Sonrió. Oh, no, pensé, nada de sonrisitas, foca, nada de perdonar y olvidar, nada de no volverá a pasar. No. Di otro paso.

Luz se me fue encima, ja. En serio. Se dejó caer de rodillas y me agarró bien duro con las manos y me la mamó desesperadamente. Yo le decía oye, calma, así no, así no, al menos deja me quito los pantalones. Quería sacarme la verga por el cierre.


Terminamos en el suelo. Ella pesaba más que yo, imagínate. Al final me vine en su cara.


Luego me levanté y la miré. Era una pobre chica de treinta y dos años desesperada por encontrar a su hombre. Yo tenía veinticinco. Ella seguía en el suelo, desparramada, llena de semen. Estaba claro: sería capaz de humillarse si yo me quedaba. Y yo necesitaba una casa. Y no podía correr a Luz de su casa, era su casa. ¿Ya ves cómo la vida juega con uno cruelmente? 


Deshice la maleta.







Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com