miércoles, 4 de octubre de 2017

Ese día


Te despiertas en medio de la calle. Haz pasado la noche ahí, bebido hasta el culo. Te preguntas cómo has llegado a algo así. Sabes que es tu culpa. De nadie más. Pero no puedes evitar culpar a todos los demás. A tu ex mujer, sobre todo.

Una mujer bonita pasa y te mira con una mueca. Ahora no estás al alcance de ninguna mujer; ni siquiera de tu ex esposa, la que te amó y te acogió cuando más lo necesitabas. La que te alimentó hasta dejarte hecho un barril de ego. Ego que usaste para humillarla y caer más bajo que cuando la conociste y no eras más que el escritor fracasado que aún tiene huevos para enviar su basura a las editoriales y afrontar los rechazos con orgullo, como si ellos, los editores de una gran editorial, no supieran nada de literatura y estuvieran locos, idiotas, por no publicar tu trabajo, que es, por supuesto, el mejor trabajo literario que jamás se haya escrito y que jamás hayas escrito tú, etc. Y tu mujer, esa pobre jovencita ingenua que te levantaste de un grupo de lectores de café, fue la única persona sobre la faz de la tierra que creyó en ti. La engatusaste. A eso ibas a los grupos de lectores de café, ¿no?, a levantarte mujercitas ingenuas que no sabrían diferenciar entre el Ulises y una mierda. ¿Quién puede? Pero sabes de qué hablo.

Fue una noche muy larga. De haber sabido que acabarías así… Pero no te hubieras escuchado ni a ti mismo. No escuchaste a tu instinto de bestia, el que te decía: para, no insultes más a esta mujer, la que te abre las piernas cada noche a pesar que llegas borracho y maloliente. La que pagó para que un seudoeditor (otro que la impresionó y la timó) leyera tu novela y dijera que, a pesar de ciertos altibajos, fluía y podría ser publicable si tan solo cambiaras un par de groserías por aquí y por allá, que le dieras un tono menos vulgar, y que cambiaras el título. ¡Ah, pero no! ¡Qué iba a saber ese hijo de las mil perras lo que es vulgar si él mismo no era capaz ni de comer sin ensuciarse, y qué iba a saber de buena o mala literatura si no conocía el nombre completo de Salinger! Sí, eso le dijiste a tu ex mujer, que aquel imbécil no podía juzgar tu novela porque si no estaba enterado de que la J. Y la D. eran por Jerom y David, no sabía ni una mierda sobre literatura.

A veces no puedes creer todo lo que aquella mujer era capaz de tragarse. Mentías con tanto descaro y tanta seguridad que hubieras impresionado al mismísimo Herralde (según tú). Si tan sólo tuvieras la oportunidad de hablar con él. De explicarle porqué tu novela… Pero…, claro, tú no estás en España. E ir es muy caro. A menos que… Y pensar que estuviste a punto de sacarle un viaje a España a esa pobre infeliz. Lo único que la detuvo fue la cordura de su madre. Oh, sí, odias a esa mujer. La madre de la mujer que te chupa el pito pensando que eres un gran hombre, un gran escritor, un gran amigo y compañero. ¿De verdad creíste que soportarías hasta el final? ¿Fingir? Bueno, cinco años no es un juego de niños. Si en algo eres bueno es en eso. No cabe duda. Pero ya no tienes veintitantos años. Las mujeres de tu edad ya no se creen pendejadas. Ya han pasado por eso. Ya se han enamorado de otro como tú y ya han sufrido y pagado el precio de ser idiotas. Ahora son como tu ex esposa: una mujer fuerte y segura, que sabe exactamente lo que no quiere de un hombre. Tú eres todo lo que las mujeres saben exactamente que no quieren de un hombre. Fuiste demasiado lejos.

¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te acostaste con… un hombre? ¡Anoche! ¡Eso fue lo que pasó! ¿Por qué le contaste tus penas si sabías que era homosexual y que sentía por ti el mismo extraño deseo que sintió tu ex mujer, y que, además, no podrías sacarle nada, ni siquiera una copa; era evidente que estaba a un paso de la indigencia? Pero ya te conformas con la mínima muestra de cariñó. A cualquiera que te muestre la mínima atención… te lo chingas. Eres como te gritó ella, una de tantas noches: un hijo de la chingada al que le dan la mano y se coge las nalgas. Un enfermo metal. Un descarado, un traidor, un llorón por atención, un hijo de puta, en pocas palabras, un rastrero y mezquino hijo de puta que es capaz de asesinar a lo que ama con sus propias manos, lentamente, como una boa constrictor que te succiona y te come vivo, lentamente, en un abrazo de falso cariño.

Oh, oh, oh, pero esta vez… ¡esta vez te comieron y te escupieron a ti! ¡Y te cogieron! y piensas en tu ex mujer en estos momentos, como el ateo que reniega de Dios pero le implora cuando se siente perdido. Estás borracho, cogido y tirado a una cuadra de su casa. En tu dolor, en tu infierno, te arrastraste hasta la calle donde te despedías de ella cada noche, cuando aún eran novios, y le decías que la amabas por sobre todas las cosas y que un día le pagarías todas las comidas que te ha invitado, todo el dinero que te ha prestado para solventar tus borracheras y todo el amor… el amor… que te ha dado. Un día. El día en que tu nombre se alce por sobre todos los demás escritores. Aunque sabías que si ese día llegaba, la dejarías. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas que pensabas en dejarla a penas tuvieras el mínimo éxito? Pensabas: si alcanzo el éxito necesitaré a otra mujer. A una que esté más a mi altura. A una que sepa recitar pasajes de Vallejo de memoria y que tenga un poco más de culo. A una que no tenga mamitis y con la que pueda viajar y fumar marihuana. Todavía no llegabas a la cima y ya tenías planes para cuando eso pasara. ¿Quién fue más ciego? ¿Ella por creer en ti, o tú por creer en ti?

Aceptaste irte con él porque tu instinto de reptil te susurró al oído que era el único en aquel bar que estaría dispuesto a dejarte pasar la noche en su casa. Supusiste que tendría una casa. Quisiste considerar la situación como un encuentro de amigos, o de borrachos; de hermanos, de carnales, de un hombre ebrio que invita a pasar la noche en su casa a otro hombre ebrio tan solo porque uno de ellos no tiene donde quedarse. Sí, fuiste tan ingenuo como ella. Creíste que no mentía cuando te decía que tú le gustabas, pero no por puto, sino por algo más, algo que sólo él era capaz de ver, de sentir, algo que ningún otro ser humano podría ver en ti: tu éxito como novelista. ¡Te dio en el talón de tu Aquiles personal! Te fuiste con él a pesar de que en dos ocasiones dejó caer su mano sobre tu pierna y te sobó de un modo extraño. A pesar de que se acercó muchísimo a ti para decirte que tienes un cabello hermoso. Pensaste: si se quiere propasar, le parto la cara. Pero ya estabas muy borracho como para mantenerte en pie si quiera. Te fuiste con él a pesar de que te miró el pene mientras orinaban en los mingitorios del bar y se relamió los labios y susurró algo ininteligible. Ambos soltaron una carcajada. Tú seguías pensando que era una risa de fraternidad, de dos borrachos jugando ser jotos o algo así. Tú mismo habías joteado en broma tantas veces…

Es probable que tu ex mujer ya no viva aquí. Sin embargo, aquí estás. En el peor de los estados. En tu humillación más grande. Derrotado. Acabado. Implorando a todos los dioses que rechazaste en discursos ateos, en ensayos y hasta en poemas, que por favor te permitan verla una vez más, una última vez. Únicamente para saber si aún es capaz de tenderte la mano, de auxiliarte, de perdonarte ahora que eres menos que nada. De amarte. Aún queda en ti la soberbia suficiente para creer que ella es capaz de amarte, de creer que te dirá que nunca dejó de amarte y que esperaba tu regreso a pesar de su orgullo y rechazo. De sentir lástima por ti. A eso vienes: a dar lástima. Este es tu último pensamiento: vienes a dar lástima. En cuanto lo concibes sabes que no mereces verla una vez más. No mereces nada. Lo sabes desde que eras niño. Tú no mereces nada. Quizá por ello te empeñas en merecerlo todo: la fama y el dinero, el reconocimiento social, que la gente te llame Señor y que hablen sobre tus novelas. ¿Qué escritor no desea todo eso? No eres tan diferente a los demás. Probablemente el éxito sea la cura de tanto mal. Si llegaras a ser famoso es posible que aprendieras a ser humilde.

Cuando anunciaron que cerrarían el bar y que ésta sería la última copa no dudaste ni un segundo en que te irías con él, en que él mismo te ofrecería pasar la noche en su casa. En que irían a su casa y te ofrecería más alcohol y más oídos para tus charlas sobre lo cerca que has estado de la fama y lo buena que será tu próxima novela. No te pasó por la mente que sólo te quería coger. No imaginaste que él era más diestro que tú en este juego. El mismo juego que has jugado toda tu vida, pero… esta vez tú eras la mujer. Porque no era un joto normal. No era de esos que parecen jotos y que les gusta acostarse con otros jotos. Era, más bien, uno de esos pocos jotos que no lucen como tal y que no sabes que mientras les hablas sobre tu estilo narrativo, están pensando en lamerte el ano y meterte la verga mientras te retuerces de dolor: eso es lo que les gusta: que te retuerzas mientras te tienen bien ensartado para que los estimules más. Pero no te mientas: tú sabías que era homosexual. Aún así, no creíste que fuera capaz…

Lo mismo le hiciste a tu ex mujer, ¿verdad? La obligaste a tener relaciones sexuales por el ano. Ella te dijo que no, que eso no iba con ella. Pero un día, mientras hacían el amor, mientras ella abría su alma y se entregaba a ti de la manera más noble, te pareció buena idea sorprenderla. Y chilló. Vaya que chilló. A pesar de todo se quedó contigo. Lograste convencerla de que era normal, de que era por amor. A pesar del sangrado y el dolor de tres días, a pesar de la posible hemorroide y de que en adelante te tomaste la libertad de penetrarla así apenas se recuperaba, se quedó contigo. Te vanagloriabas de hacer con ella lo que querías. En el fondo sabías que algún día pagarías por ello. No querías creerlo, como no quisiste creer que corrías peligro yéndote con un desconocido.

No recuerdas nada después el último trago. Sacó una licorera de su chamarra, te invitó un trago de esa cosa y luego… Te llevó a un puente a desnivel sobre calzada de Tlalpan y te violó. Qué fácil es decirlo, ¿no? Qué fácil es deducir lo que pasó, aunque no recuerdes nada. No recuerdas el momento exacto en que salieron del bar, ni el momento en que caminaron hacia allá, ni cómo llegaron o cómo acabaron así. No recuerdas ni su nombre ni su cara. Fue como un sueño. Como una pesadilla. Recuerdas el dolor. Recuerdas haber dicho que no, que no por favor, que tú no… Recuerdas su voz. Recuerdas su aliento en tu nuca y cómo te jaló el cabello. Recuerdas el sentimiento de esa cosa entrando en ti por la fuerza. En algún momento dejaste de sentir. Tu sistema se bloqueó y te convertiste en un muñeco de trapo dejado y manso. Y el muy hijo de puta te pegó en la cara para que despertaras y volvieras a sentir. Lo sabes porque te duele la nariz, porque tienes la nariz ensangrentada y porque después del golpe cobraste conciencia y supiste que estabas siendo violado por un desconocido de bar, en la calle, de la manera más grotesca e inverosimil. A tu ex mujer le dijiste: no te preocupes, amor, después de un poco de dolor viene el placer. ¿Es verdad?

No  sabes cuánto duró, pero te pareció eterno. Sí, lo de siempre. Las víctimas de violación siempre cuentan más o menos la misma historia. ¿Y luego? Despertaste. ¿En dónde? En la calle dónde vivía tu ex esposa antes de casarse contigo. ¿Cómo llegaste hasta ahí? No lo sabes, no, claro. ¿Cómo pudiste caminar tanto después de haber sido violado? No quieres ni imaginarlo. ¿Te arrastraste? Bueno, un día ella te gritó que un día volverías arrastrándote y ese día ella ya no estaría ahí. A eso has venido, ¿no? A ver si hoy es ese día. El día en que ella ya no estará para aliviar tu vida.





sábado, 3 de diciembre de 2016

Dulces sueños de borracho.



Una noche, en bar de Sanborns, me emborraché hasta cagarme en lo calzones. Ni yo lo creo.

Estaba entre un grupo de amigos del trabajo y de repente lo sentí: un pedo. No muy sonoro, pero si muy... ¡jugoso! Y para colmo, en medio de un ligue. Y la mujer me dijo: oye, ¿no te parece que algo huele mal? Y yo, olfateando (y oliendo mi pestilencia), naaaa, nada, ¿de qué hablas? Acto seguido, me disculpé para ir por otra copa y me fui directo a casa. Nota: mi casa queda a cuadra y media del Sanborns.

      Bueno, entré lo más rápido que pude, hasta mi habitación, donde yacía dormida mi esposa. Ah, mi esposa. Mi ex esposa, mejor dicho. Me saqué los pantalanes con todo y calzonesy corrí al lavabo a echarme agua al culo y a frefgarme con la mano. Iba muy borracho, sí, ya lo dije. Tanto… ¡que me cagué! Regresé a la habitación, me puse otros pantalones cualesquiera; corrí al bar de Sanborns. Desesperado. Con la ilusión de que mi ligue (una señora de casi cincuenta años cuya silueta, bajo la sombra, aparentaba juventud) siguiera ahí.

      Y para los que hacen deducciones: no, no pagué mi cuenta para irme a cambiar. Era un cliente asiduo y podía darme libertades. No sé, salir a fumar, ir al baño, obtener dos por uno fuera de la hora feliz. Daba buenas propinas a los meseros y ellos lo sabían. Y a pesar de haber podido, como esa vez, jamás me había ido sin regresar a pagar.

      Sí, sí, sí, mi ligue seguía ahí. Me abrí paso entre la multitud de borrachos que eran mis amigos del trabajo y me acerqué a ella. Estaba en la barra, justo donde nos quedamos. Le dije: bueno, ¿y qué más? Contestó: ¿Te has cambiado los pantalones? y yo: Oh, sí, ¡lo notaste, eh! y ella: ¿por qué lo hiciste? y yo, titubeando y temblando… ah, porque no me sentaban bien los anteriores, ¿ya? Hubo un par de segundos de silencio durante los cuales, estoy seguro, tanto ella como yo vinculamos el olor de hace rato, mis pantalones, mi desaparición… De la nada, un compadre me abrazó y me dijo: oye, Petro, ¿esmmm miii imaginaciónnn… hip… ooooo… hip… traíassss… oootrosss… ¡pannntalonesss!?

      Todos notaron que me cambié los pantalones. Hasta los meseros. Y todos hablaban de algún olor raro y de mis pantalones. Yo estaba muy borracho para defenderme con razonamientos.

A la hora de pagar la cuenta no encontré mi cartera. Le dije a Federico: la olvidé en mis otros pantalones. No se lo tomó a broma. Me dejó ir a casa a coger mi cartera. Cuando regresé con el dinero, ya no había nadie. Ni mis amigos ni mi ligue. Fue una noche vergonzosa. Pero hay que vivir y hay que seguir adelante, ¿no? ¿Ya leyeron lo que dicen los estoicos sobre la vergüenza?

Desilusionado, pagué la cuenta. Le pedí a Federico que me disculpara por haber olvidado mi cartera. No importa, me dijo. Sonrió de un modo muy raro. Hay muchas cosas que los meseros del bar saben de mí que yo no sé. Es probable que ellos me conozcan mejor que yo mismo. Que conozcan mis secretos más oscuros. Ellos me han visto borracho; yo nunca me he visto borracho. Lo olvido todo al día siguiente.

Bueno, regresé a casa. Mi mujer ya no estaba dormida. Me esperaba, recostada, con ganas de matarme ahí mismo. Me dijo: ¡¿qué hiciste?! No sabía de qué hablaba. Pero señaló una cubeta con agua y jabón y mis pantalones dentro. Ah, eso, le dije. Pues creo que me cagué. Fue por los cacahuates del Sanborns. Me engrasan los intestinos. Ja, ¡qué cosas pasan a veces en esta vida!, ¿verdad, mi amor? Esa noche dormí en la sala.

Al día siguiente me levanté y ya no recordaba nada.

Pero mi mujer sí lo recordaba. Había hecho las maletas. Y me dijo: lo siento, ya estoy cansada. No me respetas. Y se fue.

Fue injusto dejarme en ese momento: estaba crudo. No tenía la capacidad de pensar con claridad. Creo que se aprovechó de eso. De otro modo la hubiera detenido, o me hubiera disculpado. No hice nada. Me quedé en el sofá, mirando cómo mi mujer se iba para siempre. Y tratando de recordar si la mujer de ayer, la del Sanborns, me había dado su número o no.

Cuando se me pasó la cruda llamé a mi ex mujer. Le pedí que volviera. Para mí no era grave haberme cagado en los calzones. Total, a veces pasa (supongo). No quiso volver a saber nada más de mí. Para colmo, se puso a contarle a todo mundo lo que había pasado. Recibía llamadas de parientes y amigos preguntando si era verdad que yo… Mi respuesta era siempre la misma: sí, bueno, creo que sí, pero… no me consta. Estaba muy borracho. Por momentos me decía: ¿y si no pasó en realidad?  Había pasado. La cubeta con los pantalones dentro seguía en el cuarto.

Bueno, lentamente volví en mí. Me preparé el desayuno. No sé por qué, pero no sentía que mi mujer me hubiese dejado. Nunca lo sentí. La ruptura con mi ex mujer fue como un dulce sueño de borracho.


2

Mira, dos años después, mi ex esposa continúa enojada por el incidente. Ayer recibí una caja con un pájaro muerto dentro y una nota. La letra era inconfundible. Ponía: jódete, Petrozza.

      Me sorprendió lo del pájaro. Hasta donde recuerdo mi ex esposa era una de esas locas protectora de los derechos de los animales. No pensé que terminaría haciendo… ¿brujería? ¿Y sólo porque hace cinco años me cagué en los calzones mató a un pobre pájaro inocente?

Le llamé por teléfono y le dije: oye, qué necedad. ¡Ya supéralo! Pero ella no sabía de qué hablaba. Lo del pajarito, le dije. No, ella no sabía nada. ¿Entonces ya no estás molesta por… Sí lo estoy, interrumpió, pero yo no mataría a un pájaro para enviártelo a tu casa; yo no hago brujería.

Volví a inspeccionar la caja con el pájaro y la nota. Bueno, ya ni me acordaba de cómo era la letra de mi ex mujer, así que eso de que la letra era inconfundible era mentira. La nota iba dirigida a mí, eso seguro: jódete, Petrozza.

Me esforcé por recordar a todos mis enemigos. A las mujeres a las que había cansado con mi forma de ser. Nunca creí que una fuese capaz de… Hay que odiar mucho para hacer algo así.

Dejé de darle importancia. Me fui al bar de Sanborns y me emborraché. Ya cargado, le conté a Federico sobre el incidente del pájaro. Oh, dijo, debió ser la señora Esther. Hace dos meses te pusiste pesado con ella. La llamaste vieja bruja y ella contestó: ya verás si lo soy.

De verdad me sorprenden todas las cosas que saben de mí en el bar. Bueno, Federico, le dije, si la ves, hazme el favor de decirle que cociné a su pajarito y me lo comí; que muchas gracias. Espero que continúe enviando más volatería, por favor. Federico rió y fue a traerme más cerveza.






domingo, 13 de noviembre de 2016

Te lo cuento a ti, derecho, porque te quiero, cabrón.



Mira, te lo voy a contar porque te considero mi hermano, cabrón, y… porque ya estoy muy borracho. Y porque ya no quiero esconderlo más. ¿Okey?

         Bueno, mira… todo comenzó hace un año, cuando…

         No, fue hace como año y medio. Sí, como dos años a lo mucho.

         Fui a la fiesta de Javier Escamilla, el escritor. El que te caga la madre porque no te quiso saludar un día, creo que en la fiesta de Carlos, o en la de Pedro. No sé, chinga. Da igual.

         El chiste es que en la fiesta esa me dieron ganas de orinar. Normal, ¿no? Así que le pregunté a todos por Javier. Nadie sabía dónde estaba, o nadie me quiso decir; yo lo quería para preguntarle por el baño. No sé por qué no le pregunté a alguien más, o a uno de los que pregunté por Javier. A veces pasan cosas raras en esta vida. Más cuando está uno pedo. ¡Y yo estaba bien pedo! Más que ahorita, en serio. Creo que me bebí una botella de whisky yo solo antes de llegar a la fiesta, imagínate. Además ya sabes que cuando me empedo me pongo paranoico y no quiero hablar con desconocidos. No quiero que se burlen de mí porque cuando estoy pedo ya no sé ni lo que digo, me cae.

         Bueno, el caso es que me fui a buscar el baño yo solo. Me puse a pasear por los pasillos de la casa. Era una casa grande, en Xochimilco. Una casa de pueblo, de esas de una sola planta, pero bien pinche grande; con puertas que dan a habitaciones con puertas que dan a otras habitaciones. De esas puertas que interconectan habitaciones, pues.

         La casa me recordó a la de mi abuelo, la que tuvo mi abuelo, el padre de mi madre, en el pueblo de San Francisco Magú. De niño estaba chingón ir a su casa porque la habitación que nos daban a los primos conectaba con la habitación que les daban a las primas. No directamente. Pa que me entiendas, pues: en la habitación de los primos había un baño. Ese baño tenía otra puerta, que daba a la habitación de las primas. Y ya sabes, jajaja, los primos y las primas…

         Ahí andaba yo, pues, abriendo todas las puertas de la casa de Javier, que, creo, heredó de su padre, quien la recibió de su padre, o sea del abuelo de Javier; porque una casa de esas ya no la puedes comprar, ¡ya no hay!, ya valieron madre aquellos días donde uno decía: ¡este pinche pedazo de tierra es mío!, y construía ahí lo que le daba la gana. ¡Esas sí eran casas, chinga! ¡No como los pinches huevitos de caja de cartón que venden ahora en tres millones de mis pinches huevos!

         Carajo, bueno, abrí una puerta y entré a una habitación. A la cocina. Y de ahí, otra puerta me sacó al patio. Un patio grande con una fuente sin agua al centro. Pero como era de noche y hacía frío y lo que yo quería era llegar al baño, entré a otra puerta que estaba enfrente. Atravesé el patio, pues. Esa sí era una recámara. Supuse que era la de Javier porque además de la cama sólo había un escritorio de madera vieja y un montón de libros viejos encima.

         Y pa no hacerte el cuento largo, pinche Luis, el caso es que de puerta en puerta llegué al baño, a uno de los muchos que supuse habría, no sé. Todo bien hasta ahí. Descargué el tanque y todo y me dije: ay, ojalá hubiera traído tantita coca. Por pinche puto no llevé. Porque pensé que la gente de la fiesta de Javier sería muy mamona. Ya sabes, los selectos superamigos del superescritor Javier Escamilla. No quería hacer quedar mal a Javier con mis vicios delante de su gente. A mí al primer lineazo se me enchueca la mandíbula, caray, se me ponen los ojos rojos y comienzo a tartamudear. Además, no pensaba quedarme mucho tiempo. Fui porque el pinche Javier me cae a toda madre y me invitó de corazón, yo sé, aunque supiera que yo no encajo en su círculo de intelectuales. Siempre me invitaba a sus pinches fiestas en la casa de Xochimilco, pero nunca iba. Bueno, hasta esa vez nunca había ido. Digamos que ya se la debía. Siempre me contaba de lo chingona que se puso la fiesta en Xochi, y la chingada… ¿ves?

         Ah, sí, bueno, olvida eso… el chiste es que… ay, no mames, qué cagado, neta, qué pinche cagado… en el cuarto de baño había otra puerta. Como en la casa de mi abuelo, sí. No sé, de repente me entró algo así como un deyabú, o una epifanía, o un recuerdo cabrón cabrón, con la sensación y todo, de los días en que iba a casa de mi abuelo. De lo que te conté de los primos y las primas. No sé, te digo que ya iba pedísimo. Sentí como si esa casa y esa puerta fueran las mismas en que yo jugaba, y que si la abría encontraría la habitación llena de mis primas, como hace casi veinte años.
      
       Abrí la puerta. Daba a otra recamara, claro. Y bueno, pues… vi a una mujer.

Ahí adentro había una mujer sentada en un tocador rústico. Era una mujer muy rara. Vieja y regordeta, pero con un vestido rojo muy ajustado. Era rubia. Se maquillaba con delicadeza. Me miró por el espejo y me sonrió. ¡Ay, cabrón, estaba pedísimo y se me bajó la peda! me dijo: ven, no te voy a comer. ¡Era Javier!

¡Neta, te lo juro! ¡Era el pinche Javier Escamilla vestido de mujer!

Me salí en chinga. Corrí como pude por la casa hasta encontrar una salida al patio central. Ahí tomé aire. Estaba muy nervioso. Eso de los jotos a mí no se me da. Busqué la manera de regresar a la fiesta para encontrar la salida principal de la casa y largarme de ahí en putiza. Me subí a mi coche y ruuuunnn hasta mi casa, cabrón. Estaba impactado, de verdad. Yo nunca…

No volví a ver al joto de Javier nunca más. No lo he visto desde ese día. Ni él me ha llamado. Supongo que sabe que no lo voy a perdonar.

         Bueno, eso no importa. Lo que importa es… que…

         Mira, no sé muy bien cómo explicar esto, pero… ver a Javier así, vestido de mujer, sentado con naturalidad frente a un tocador y pintarse los labios... y decirme, ay, con esa voz de hombre que finge ser mujer, con su voz de puto, pues… y su risa. Y su frase: …no te voy a comer. Vale verga, Luis. No sabes lo que sentí. Javier era…

         Ya sé que vas a decir que cómo digo que no me gusta el ambiente gay si yo… pero… chinga, Luis, te lo voy a contar en serio porque eres mi hermano, canijo. Espero que tú sí puedas entenderlo. Confío en ti, cabrón. No te vayas a burlar…

Íralo, ya te estás riendo, culero. No, ya. En serio, puto, lo que te voy a decir es de cabrones. De cabrón a cabrón.

         Ver a Javier así me marcó. No sé cómo… me marcó mucho, Luis.

Javier era como un hermano mayor para mí, tú lo sabes. A pesar de que en nada nos parecemos él y yo. Además de que casi no lo veo ni entiendo su mundo intelectual de libros y novelas y cuentos y la mamada y media que hace… siempre sentí admiración por él, un cariño muy especial. Y verlo así me deshizo. Como si un vaso de cristal chocara contra  el suelo. Como dicen las pinches viejas cuando las ofendes y les pides perdón: ¡a ver, culero, deja caer un vaso de cristal al suelo y luego pídele perdón e intenta dejarlo como estaba antes! jajajaja.

Bueno, Luis, pues después de ese día me dio por pensar mucho en Javier. En su vida, en sus diversiones. Me dije: ¿entonces en sus fiestas de Xochi siempre se viste de mujer, el puñal? Ya sé que es raro, pero yo sé que no es puto. No se acuesta con hombres, estoy seguro. Nunca me lo dijo. No sé cómo lo sé, pero lo sé. Te lo apuesto, cabrón. No puede ser. Yo creo que más bien es una de esas excentricidades de escritor, de artista. Ya ves que esos canijos están bien chiflados. Bueno, así lo quise ver. Pensé que quizá se trataba del personaje de una novela, ¿no? Que vestirse de mujer era para él como encarnar a alguno de sus personajes femeninos. Quién sabe.

Me obsesioné. Primero con la imagen, luego con la idea. Sí, con la idea. Necesitaba saber por qué Javier se vestía de mujer.

¡Y no, cabrón, que no es por puto, chinga! ¡Yo sé que no! Antes lo sospechaba… ahora… lo sé, Luis. Lo sé porque… mira, esto es lo que trato de explicarte desde que te traje a esta pinche cantina: yo me visto de mujer. Sí, Luis, lo que se cuenta de mí es verdad. Aunque no es como se cuenta, no es tan pinche vulgar ni tan pinche exagerado. Sobre todo lo que cuenta Raúl; ese hijo de la chingada nomás quiere joderme la reputación.

Me obsesioné, como te digo, cabrón. ¡Tenía qué saber!

Las piernas peludas de Javier… el color artificial de las medias encima de las piernas… su trasero gordo empujando la tela roja con todas sus fuerzas… el cabello de la peluca cayéndole sobre el pecho descubierto… Imágenes, Luis, imágenes e ideas que no me podía sacar de la cabeza.

La primera vez lo hice en mi casa. Compré una botella, coca… oh, sí, ya antes había comprado la ropa. Compré medias y calzones de mujer y un vestido negro. Todo lo compré en la glorieta de Insurgentes. En el local que vende ropa pa putas, el que está del otro lado de la glorieta, donde ponen los maniquíes esos y venden disfraces pa estríper y la madre.

¿Qué cómo fue? Ja. ¿Sabes qué? Me sentí chingón, jajaja. No te rías, culero, ya sé que es vergonzoso, pero, neta, me sentí chido, me sentí bien. Hasta me dieron ganas de salirme a la calle a jotear. Pero no había comprado zapatos ni peluca ni nada. Sólo la ropa interior y el vestido. Claro que ahora ya tengo de todo. Zapatos, vestidos, blusas, tangas de todos colores y… ¡sabores!, jajaja no es cierto, y hasta tengo pelucas y maquillaje y dos bolsos.

Y bueno, un día sí me salí. Y pa colmo, ese pinche día, el único que me armé de valor pa salir, me encontré a Raúl en la calle. Sí me reconoció, eh. Y por eso corrió el chisme de mí. ¿Pero sabes qué? No me voy a detener por él, Luis. La neta no. Y hasta te voy a decir una cosa. De hombres, de canijos… de hombre a a hombre, cabrón: todos los hombres deberían vestirse de mujer al menos una vez en su vida.

Te lo cuento a ti, derecho, porque te quiero, cabrón. Porque eres como mi hermano. Y para que no te lo cuenten por otro lado, pues.






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