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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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lunes, 4 de junio de 2012

Barrio plateado por la luna.


I
Si eres un puto gordo tienes que soltar tu dinero para que te mire el endocrino y te haga una reducción de estómago. Pero si quieres tener novia y quieres mojar desde la primera noche tienes que pagarle todas las copas hasta que la tengas cocidita, en su punto de maceramiento, ni mucho ni poco, pero desde luego, tienes que soltar la viruta y comprarle rosas a la vendedora china que más tarde o más temprano pasará por tu mesa. Si desde que eras pequeño no te dio la gana de lavarte los dientes como te decían tus viejos ahora tendrás que untar a un sacamuelas que te sacará hasta las tripas y querrá acostarse con tu hermana. Puedes pretender  tener un buen piso y meterte en una hipoteca que te esclavizará toda tu vida y la de tus hijos y nietos y joder tres generaciones de una tacada o puedes ser un delincuente. En tal caso en el trullo no pagarás ni alquiler ni alimentos. Pero te darán por culo los negros mandingos, los vigilantes y hasta el alcaide. En cualquier caso estarás jodido porque hemos entrado en el siglo xxi, el siglo que limita con el Apocalipsis y Dios, que es el peor casero que existe, está preparando ya la factura por habernos alquilado este planetucho durante una temporada. Y mientras todo eso llega, el sector financiero y los políticos se han confabulado para convertirnos en sus esclavos. Y lo somos. Nos la van enroscando lentamente y no nos damos cuenta pero… lo somos. Y lo peor está por llegar. Entonces le preguntas a esa chica a la que acabas de conocer y que te quieres ventilar sin más prolegómenos: ¿qué es lo que más te cabrea de este mundo, cariño, lo que más te jode realmente?

 Me llamo Nelson. No estoy gordo, no tengo novia porque la última me dejó colgado el día que no me soportó más, tengo caries de las que se encarga un peluquero amigo mío que en sus ratos libres ejerce de dentista a razón de veinte pavos la muela y puedo afirmar con orgullo que soy más pobre que las ratas. He pasado de los cuarenta y he tapiado la ventana de las grandes expectativas: una cerveza y hacerme una paja son, en mi vida, la metáfora del alcohol y las mujeres. No hay más. He comprobado que el orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. Lo que ocurre es que el primero dura un instante; el segundo dura una vida y tras llegar a esa conclusión creo que sólo  escribir me divierte. Escribir y jugar al ajedrez. Por las tardes bajo al boulevard de mi barrio y allí me quedo hasta el anochecer. Se trata de una zona arbolada y amplia donde los emigrantes de todo el mundo se juntan para beber cerveza, para hacer sus trapicheos de costo y hachís, sacar a los niños o a los perros a pasear y que echen una meadita o escuchar alguna emisora colombiana o musulmana. A veces los moritos la escuchan y les preguntas si están cantando o si están diciendo una misa. Una misa, te contestan. ¿Y qué dicen? Muchas cosas, te dicen con solemnidad.

 En el boulevard me siento a gusto. Con el paso del tiempo me he convertido en uno de ellos y ni el color de mi piel ni mi acento parece importarles. Ellos no son racistas y me aceptan como una singularidad pero al menos me invitan a los licores de su tierra. En el boulevard me siento bien, no tengo pretensiones y, sobre todo…  juego al ajedrez. Varios de los vagos que siempre andamos por ahí hemos confraternizado en torno al tablero y las piezas  y nos sentamos alrededor de una mesa donde da la sombra y jugamos al rey del tablero. El que pierde se levanta y el que gana permanece sentado y no paga los botellines de esa ronda,  que van rulando durante toda la velada. Priva barata si eres capaz de permanecer con el culo pegado a la silla unas cuantas partidas seguidas pero una ruina cuando no haces más que perder, como es mi caso. Hay dos cubanos que juegan de puta madre pero es Emil, el rumano, el que domina el cotarro. Cuando Emil no está porque le ha salido una chapuza en una obra los cubanos se reparten el tablero la mayor parte del tiempo y prácticamente no pagan nada durante toda la tarde. A mí me ganan en una proporción de una a quinientas partidas pero cuando llega Emil las cosas cambian. Los dos cubanos se miran entre sí como diciendo “se acabó el chollo, viejo” y entonces Emil se sienta y, como un prestidigitador comienza a ganar partidas. Ya no se levanta de la silla y los demás comenzamos a soltar dinero para sus cervezas. Emil habla poco, se concentra y encoje el rostro, se le tensa el rictus y comienza a repartir ostias a izquierda y derecha. No hay quien se le resista y jamás lo he visto perder una sola partida. Habla mal castellano, con acento rumanizo  de alguna zona del interior de la Transilvania septentrional, si es que eso existe pero, con el reloj corriendo en su contra comienza a hacer sus cálculos y finalmente gana una partida que parecía completamente perdida. Entonces habla, podemos imaginarlo todo, calcularlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos, dice,  mientras vuelve a poner  las piezas en su sitio para comenzar la siguiente.

 Algunos metros más abajo de donde colocamos nuestra silla de camping y nuestras sillas, en un banco de piedra se sientan un grupo de quirománticas, leedoras de mano, echadoras de la buena fortuna y tatuadoras, vendedoras de bisutería y de perfumes fabricados por ellas que cotorrean sobre todo lo que sucede a su alrededor, incluidos nosotros, a los que tienen por una panda de tipos raros y por unos maricones a los que jamás han sacado un céntimo con sus artes de brujas caribeñas profesionales.  Lo mejor de aquel grupo era que todas eran mujeres y de vez en cuando se acercaban a nuestra mesa para ver si podían sacarnos los cuartos de alguna manera.

-          Aquí tienen una esclava, señores. Pa lo que se les ofresca. Díganme qué desean, ¿ la buena fortuna, un cafesito, un tatuajito, una servidora? Al que me pague bien le pinto en púrpura  la isla de Mogador en el culo.

 Y se marchaba lanzando una carcajada que era secundada por sus compañeras desde la lejanía.

II

Pero lo cierto es que el pecado formaba parte del proyecto divino y el auténtico pecado allí se llamaba Nora y se trataba, sin duda, de un ser extraordinario, radical, es el sentido más riguroso, es decir, ella solita conformaba todo un sistema orbital esférico y platónico,  planetario,  galáctico, un sistema que no soportaba ni el más mínimo desarreglo o perturbación ni crítica, ni asimetría, se trataba de un sistema orbital sobre el que girábamos todos nosotros, ajedrecistas o no, eso es lo que a mí me parecía, es decir, ningún adjetivo, ningún sustantivo era capaz de describirla sin errar crasamente. Nora era una mulata moluqueña que no debía tener más de diecisiete años aunque perfectamente podría parecer treinta y cinco o veintidós, dependiendo de la oblicuidad de la luz con la que fuese reflejada en cada instance. Se juntaba con las gitanas y negras y fabricaba abalorios y hacía trenzas de rastafari y jamás hablaba. Nora parecía vivir ajena a todo lo que la rodeaba, en su propia galaxia. Se puede decir que los seres excepcionales sólo podrán triunfar sentimentalmente si se juntan a otros seres excepcionales y Nora era un ser excepcional pero por allí la gente de su especie no abundaba demasiado que digamos.

 Nora escribía el deseo sexual en cada movimiento, en cada respiración, en cada bombeo de su corazón. Lo escribía en un texto  imaginario en el que todo en ella era energía sexual enigmática como un diagrama tibetano,  un diagrama tántrico, un diagrama que representaba el eje de su cuerpo, desde el sexo hasta el cerebro. Y daba miedo. A mí, que temía a las mujeres más que al castigo divino por mi inferioridad emocional frente a ellas, que las temía más incluso que al paro, Nora me daba mucho miedo.

III

Los cubanos rajaban que daban miedo cuando no estaba Emil. Durante las partidas hacían comentarios despectivos  hacia las jugadas del contrario tal vez con la intención de intimidarlo. Conmigo no lo conseguían pero sí conseguían tocarme las pelotas y que cuando perdía me levantase de bastante mal humor.

-          Ah, ¿con que esa jugada? Ahora sí estás joío. Pues ahora te voy a meter el comunismo en el cuerpo, m´ijo.

 Y movía dando un golpe con la pieza en el tablero. Cuando finalmente ganaban la partida te levantabas para dejar paso al siguiente. Una vez en que estaba esperando mi turno para sentarme y en el que uno de los dos cubanos estaba repartiendo cera a todo bicho viviente observé como mis músculos se tensaban y mi corazón comenzaba a latir aceleradamente. Justo detrás de mí, como una gata, estaba Nora mirando las partidas (o mirando mi nuca, no lo sé). Llevaba su pantalón vaquero desteñido, unas sandalias y el pelo con rastas hasta casi el ombligo, uno de sus centros gravitatorios. Nora me respiraba en el cuello, sin hablar, mirando a ninguna parte y yo estaba convencido de que la partida le importaba un bledo y que estaba allí por mí, para mí, para que algo ocurriera. El aire que exhalaba era su método de comunicación y era a mí a quien se dirigía aquel ser interplanetario. Entonces me llegó el turno de sentarme. Con los músculos paralizados y gélido como una estalactita me senté en la silla que acababa de quedar vacía. Nora seguía ahí y me atreví a adentrarme en el interior de sus ojos, por primera vez desde que la había visto tuve el valor de hacerlo. Ella mi miraba sin gesticular, con aquel metalenguaje que utilizaba y que sólo comprendía quien ella quisiese que comprendiera. Miré al tablero y comencé a jugar. Ella estaba allí y mis movimientos comenzaron a ser precisos, perfectos, irrefutables.

-          Ta bien, m´ijito, tas jugando bien. Pero la que te viene ahora… Nooooo, ya la jodiste, m´ijo, te vas a chulear a este hijo de la rrevolución, noooooo, esa no, chambón, chambonaso… no no no, pelotudaso.

 El cubano iba aumentando el nivel de su intimidación pero yo no lo escuchaba. Sólo el latido de mi corazón llegaba a mis oídos y el aire caliente de las entrañas de Nora, del pecho de Nora. Mientras seguía jugando como nunca lo había hecho, con la precisión de un maestro y el cubano pronto dejó de hablar, cuando vio que, definitivamente estaba perdido. Aún aguantó algunos movimientos más con la esperanza de que yo cometiese algún error de principiante, con la esperanza de que no supiese rematar la partida. Pero eso no sucedió.

-          Jaque mate. Dije.

 No estaba seguro de que fuese jaque mate pero lo dije. Era jaque mate y el cubano se había vuelto blanco de pronto. Dando un golpe a su rey que lo hizo volar fuera de la mesa, se levantó con violencia y se marchó furioso. Yo seguía paralizado, mirando la posición, tratando de entender… De pronto miré a Nora y Nora seguía ahí. Volví a mirarla, volví a mirar el interior de sus ojos negros y desde ahí me hizo una mueca, una sonrisa de medio lado. Sacó su pequeña lengua para mojarse los labios y, satisfecha, dándose media vuelta, volvió con su caminar de gacela con su grupo de fabricantes de pulseras.
IV
Nunca volví a tener ningún contacto con Nora. Ahora ha pasado el tiempo y todo ha vuelto a la normalidad. Aquel día no seguí jugando partidas ni bebiendo botellines de cerveza. Me marché a mi casa en silencio, embrujado. Después todo ha seguido igual. Los cubanos han seguido dándonos estopa y han seguido siendo los propietarios de la mesa, siempre con el permiso de Emil. Alguna vez he tenido la tentación de acercarme a Nora para preguntarle qué fue lo que hizo, qué fue lo que pasó, pero me sentí ridículo por ello y jamás lo intenté. Lo que sé es que mi ajedrez jamás mejoró, seguí perdiendo partidas y seguí siendo el vulgar jugador que morirá olvidándose la reina en la línea de fuego de una torre. Pero algo sí cambió después de aquel día. Aquel día comencé a escribir sobre mi barrio y sobre el exilio que todos nosotros vivimos en nuestro barrio. Exilarse en ese barrio de Madrid es como pertenecer a un clan, integrarse a un clan, una vez integrado quedas gravado a fuego  por ese falso honor del alcohol, de ausencia y de silencio.

 Llegar pues -me sucedió hace unos  años y  llegué de forma voluntaria sabiendo que aquel, probablemente,  no sería el mejor lugar donde estar pero que sería mi sitio por mucho tiempo. Voluntario o no, fue al mismo tiempo abrazar su orden, integrarse: aceptar también toda la ponzoña y toda la canalla que en él se agrupa,  vagos, maleantes, maltratadores, camellos y otra gente de mal vivir y eso es lo más duro, saber que tu elección ha sido libre y que no deberás de ser indigno a ella. Nora hizo con su aliento en mi espalda que entendiese cuál era mi camino, el camino que debía seguir y la misión que tenía. Escribir sobre mi barrio plateado por la luna y sobre toda la distinguida purria que lo habitamos. Yo ya he pasado los cuarenta y he completado mi exilio. El libro sobre el barrio saldrá pronto y fue el aliento de Nora el que guió mi pulso a través de las cuartillas que narraron su existencia.



jueves, 31 de mayo de 2012

Triste y abandonado.



Invariablemente, no importa si leo o estudio o escucho música, mi abuela, con la que vivo desde hace muchos años (demasiados para hacer cuenta y recordar), se las ingenia para... interrumpir. Joder, diría Petrozza, pero yo soy más suave. Principalmente porque sé que no lo hace con intención. Lo que me lleva a pensar que si lo hiciese con intención, sería un verdadero demonio perturbador. Casi lo es, y mira que no puede culparse a una dulce anciana por preocuparse de su nieto, o por la salud. A veces pienso que ya debería ser delito.

 Estoy en mi habitación, sin ánimo de buscar problemas. Como dijo Pascal: “La desgracia viene de no saber permanecer en nuestra habitación.” Cuántos líos nos evitaríamos si no saliésemos más que para lo estrictamente necesario. Es sábado, son las tres de la tarde y tengo una hora de descanso. Sin embargo, los problemas llegan a mí desde dos direcciones.

 La dirección A es Estela, mi novia, que me envía un mensaje al móvil recordándome nuestra cita de hoy. Es 17 de mes y cumple años Rebeca. Rebeca es amiga de Estela, de la universidad, y fuera de eso no sé nada. El problema es que lo he olvidado. No, el problema es que lo he olvidado y he hecho cita con Verónica a la misma hora.

 Pienso qué contestar. No hay modo. Estela jamás creerá que lo olvidé. Me conoce y sabe que no soy del tipo de los que olvidan. ¿Cómo explicarle que tengo otra cita, con una persona por mucho más importante que su amiga Rebeca? Hoy, Verónica es más importante que la misma Estela porque sale de viaje y no volveré a verla. Los celos aquí, son injustificados. Sin embargo, Estela no lo entendería.

 La dirección B es mi abuela. Invariablemente tiene que ser ella. Entra a mi habitación y anuncia que está enferma. No me impacta; siempre lo está. Dice que es grave, que la lleve al médico. No me lo creo. Justo hoy, justo ahora. En menos de tres horas veré a Verónica. Al menos, tengo un pretexto. Cojo el móvil y tecleo: Querida Estela, lamento muchísimo no poder asistir a la fiesta de Rebeca. Mi abuela está enferma y debo llevarla al hospital. Tres horas parecen demasiado para ello, pero ya sabes: dos minutos pueden alargarse dos años en una coma diabética. Te amo. Disfruta la fiesta por mí. Envío el mensaje y me reclamo. Lo odio pero soy así. Me siento fatal porque es mentira. Iría ahora mismo a confesarme de rodillas ante Estela. Mi abuela dice estar grave pero no es verdad, lo sé. Para confirmarlo la llevo al médico.

 Grito a mi abuela que se dé prisa. Lo hago desde mi habitación, donde me mudo de ropa. Ella está en el lavabo, se arregla. Le digo que iremos al médico pero sólo si lo hacemos de inmediato. Dice que sí, pero se tarda horas en ponerse un chal. Yo estoy listo en dos minutos y es un infierno esperar. Mientras espero, envío otro mensaje, esta vez a Verónica, rogándole que que cambiemos la locación de la cita, y pongo de pretexto la gravedad de mi abuela. Luego, espero su respuesta. Esta espera también es un infierno. Si accede, estoy salvado. Quizá me dé tiempo de resolver el asunto del médico, ver a Verónica y llegar con Estela. 

 2

Cojo a mi abuela del brazo y salimos. Desde que lo anunció hasta este momento ha pasado media hora. Es lo que le tomó peinarse y cambiarse la blusa.

 Caminamos despacio y para mí es un suplicio. Estela me ha reclamado informalidad y desinterés. Ha dicho que de querer puedo, y no está de acuerdo en pasar por alto mi ausencia. Llevamos menos de un mes de novios y esto es la oportunidad de presentarme en sociedad, dice. No se trata de Rebeca, sino de nosotros. Además, me lo avisó desde la quincena pasada y no es posible que justo hoy se enferme mi abuela. No me lo cree, pero es verdad. Al menos, es verdad que estoy con ella y que la llevo al médico. Si me doy prisa llegó, lo sé. La fiesta es en casa de Estela.

 Al tiempo que camino con mi abuela colgada de uno de mis brazos, con el otro escribo a Estela ofreciendo disculpas, explicando que esto sale de mis manos, y que aún así, haré un esfuerzo sobrehumano para llegar a la fiesta puntual y arreglado. Otra cosa que exige Estela es mi vestimenta. No me permitirá entrar si llego con camiseta. El mundo es un mundo libre menos para mí. Debó ponerme camisa y debo planchar los pantalones. Además, debo usar zapatos y deben ser negros y estar boleados. Rasurarme, eso también es indispensable. Y tengo menos de tres horas para hacer todo eso, ver a Verónica y…

 Mi abuela comienza a hablar. Esto no puede ser peor, pienso. Siempre que habla lo hace de mí. Dice que debo ser cuidadoso en el trabajo y que no debo faltar. Nunca flato, no sé por qué lo dice. Es así. Se lo pasa dando consejos inútiles. Le recuerdo que nunca he faltado al trabajo y asiente, dice que más me vale y que ningún motivo es bueno para hacerlo. Incluso si ella enferma, yo debo ir. Vaya, pienso, si supiera en el aprieto en que me meto, ¿sería capaz de ir sola al médico?

 Llegamos. En realidad, no está lejos. Es un médico de farmacia similar. Vamos allí porque los tres: mi abuela el médico y yo, lo sabemos: no es grave. Si fuese grave iríamos al hospital. El médico debe saberlo porque nadie llega allí muriéndose. Toses, resfriados… Es todo lo que se atiende aquí. Nadie pondría en manos de éstos un caso de esclerosis.  

 Para mi fortuna, no hay gente. Mi abuela pasa casi de inmediato y mientras tanto, espero fuera. Saco el móvil y ruego a Verónica se de prisa. Al final arreglamos vernos cerca de mi casa, que está a más de 30 kilómetros de la suya. Le conmovió lo de mi abuela y se dispuso a venir (ella sí tiene coche). Aún así, la distancia y el tráfico harán de las suyas. Contesta que ya va pero no dice dónde, y eso me inquieta. Debo regresar a casa, arreglarme según el reglamento de Estela, y salir al café donde cité a Verónica. Le diré: gracias por venir, y eso es todo. Con el tiempo encima no podré hacer más. Probablemente sea mejor cancelar, pienso, pero Verónica no me lo perdonará. Se va de México y es nuestra última oportunidad. Es importante porque alguna vez la amé. Al menos, debo decirle buen viaje.

 El médico tarda demasiado. Han pasado veinte minutos y mi abuela no sale. Me acerco a la puerta y ausculto. Debí suponerlo. Mi abuela cuenta al médico el día que yo seré un gran escritor. Soy su orgullo, un orgullo resignado; ella hubiese preferido por nieto un abogado, un contador. Pero las cosas nunca son como unas las desea, suele decir y qué razón tiene.

 Llegamos a casa, santo Dios, y tengo menos de una hora para cambiar mi imagen a la imagen de un pelele. Así es como siento metido en pantalones de vestir y camisa. Además, afeitado y perfumado. Perfumarse es de maricas, pienso. Sin embargo, quizá yo soy uno de eso, después de todo no sé decir no a Estela. 

3

 A las siete en punto estoy donde debo. Verónica no ha llegado. La telefoneo pero no contesta. Estoy sudando. En una hora más dará inició la fiesta. He confirmado a Estela mi asistencia. Le llevaré la receta del médico y limpiaré mi nombre. No he llegado a tiempo, pero no he mentido.  

 Pido un café americano. Sé que Verónica hubiese preferido whisky pero no puedo llegar con aliento alcohólico a las fiesta de Rebeca. Eso sería tirarme el teatro encima. La receta vale, pero el alcohol… No encontraría una buena excusa que dar y podría significar el acabose de mi relación. Es lo que pienso mientras me bebo el café. ¿Por qué arriesgo el pellejo en algo así? Verónica se irá a Ottawa pero volverá. No puede irse para siempre, es mexicana y adora México. Trato de indagar si es que aún siento algo por ella. Es innecesario. Sé que es así. Solo verla me provoca calosfrío.  

 Cuando llega no se disculpa por el retraso. Además de ello, me reclama haberla hecho venir hasta el culo del mundo, a un café tan feo. Me disculpo. Es ridículo pero lo hago. Mirarla a los ojos me hace sentir como un homúnculo. He contrariado sus deseos, le he hecho padecer infortunios e incomodidades. No merezco la vida. Eso así como pienso muy dentro de mí.

 Verónica ordena whisky pero no hay. Es un café en el estado de México, la especialidad aquí es el Nescafé de sobrecito. Al menos, pudimos ir a un sitio mejor, exclama Verónica delante de la mesera, que es la señora y dueña del local. Le pido calma y le explico. Le cuento lo de mi abuela y el caso de Estela. Casi me grita cuando se entera que la he traído hasta acá para verla tan poco tiempo. Eso dice, pero me da la impresión que es otra cosa lo que la enoja. Quizá el hecho de saber que sacrifico su tiempo por el de otra.

 Esta cita es un fracaso. Bebemos café americano y casi no hablamos. Ahora lo sabe: podemos beber un café más y luego nos vamos. Yo no voy lejos, pero ella… Vive en el Sur. Ha conducido más de dos horas hasta acá, para beber un café malísimo y ver a un amigo por menos de media hora. No solo eso, sino que debe regresar. Me siento estúpido. ¿Por qué tenía que verla hoy, como si de ello dependiera el fin del mundo? Podría verla de regreso de Ottawa. Ahora me dice que no se mudará, irá de visita. Nunca me mudaré, dice, eso algo que ya sabes. Asiento con la cabeza y bebo café. Ni siquiera está muy caliente. Lo han calentado en un horno de microondas. Y lo sirven en un vaso de unicel. No puedo evitar la nostalgia de saber que se va. Me lo tomo como una desgracia. Y cuando está en México, casi no la veo. Cualquier cosa me impide viajar al Sur y mirarla. La hora, la noche, el tráfico. Sin embargo, hoy, la hice venir a pesar de todo.

 Acabamos con el café y pago. Antes de irnos voy al sanitario. Trato de salvar esto haciendo de cuenta que llevamos mucho rato en el establecimiento. Cuando salgo la despido con beso y abrazo, y la sostengo allí, entre mis brazos por un minuto. Le digo que la quiero y que le deseo un viaje estupendo. Le pido que no me olvide y que regrese pronto. Ella actúa como yo espero y me abraza y me dice que todo irá bien. Que no tardará más de tres meses y que me comprará algún recuerdo. Asiento con la cabeza y salimos.

 Fuera, la acompaño a la esquina donde se ha estacionado y le cojo la mano para que suba dentro. La despido con un último beso lanzado desde la banqueta, y la miro partir. 

4

 Son las ocho con cuarenta cuando llego a casa de Estela. Para eso, ya tengo cincuenta mensajes en el móvil de reclamos por mi retraso. Cosas como: Dónde estás!!! ¿A qué hora llegas? Si no vas a venir dime la verdad. ¿Por qué no respondes? Ya llegó Rebeca, apúrate.

 Estela sale y me recibe con mala cara. Realmente no entiendo porqué. Le doy la receta de mi abuela y no se calma. Dice que es imposible que haya tardado tanto en ir al médico de la esquina de mi casa. No está en la esquina pero sí a unas cuadras. Es cierto, no tardé tanto en ver al médico. También desgasté mi amistad con Verónica. Básicamente eso es lo que estuve haciendo, aparte de planchar mis pantalones.

 Paso y hay poca gente, Rebeca no es tan popular como pensé. Para el escándalo que me arma Estela supuse que se trataba de una reina. Estela me presenta con los invitados, que son unos quince; me anuncia como su novio y sonríe. Yo sonrió también. Son jóvenes estudiantes de la Universidad, pero no lucen como los imaginé. Yo no estudié la universidad y siempre pensé que los estudiantes estarían muy por encima de mí, como genios o algo, con todo lo que les enseñan día a día en las aulas. Sin embargo, hubo uno que ya estaba borracho. Iban vestidos como los bailarines de los videos musicales de moda, y todos daban la impresión de no haber leído un libro en sus vidas. Esto último lo notabas cuando los escuchabas hablar. Lo hacían de futbol, de música rock, de la chica guapa del colegio. Es una pena pensar que tengan estudios pero tan poco cerebro.

 Mis últimos pensamientos los adjudico a un extrañamiento de mis amigos, estando en territorio ajeno.

 El resto de la noche lo paso sentado en un sofá individual, bebiendo. Estela está enfada conmigo por ser apático, pero no se puede ser de otro modo ante tanto jaleo. Música de discoteca y poco diálogo interno. Ahora entiendo a Petrozza que no es capaz de poner ni la uña de un pie dentro de un antro de moda, o una fiesta de jóvenes.

 Hoy las cosas no han salido bien. Verónica indignada, Estela indignada, yo harto de estar aquí. Si al menos hubiese pasado tiempo con mi novia, con quien me gusta debatir… Pero ella estuvo muy ocupada sirviendo bebidas y cuchicheando con sus amigas sobre la musculatura de un artista de moda.

 El colmó es cuando Estela se empeña en hacerme bailar un cancioncita pegajosa. Me levanta del sofá aunque siempre le he dicho que no sé bailar. Le importa poco y me obliga. Me susurra al oído que lo haga por ella, que por favor lo haga; al menos lo intente… pero yo sé que no se trataba de hacerlo por ella, sino por su imagen pública y sus amigos. Es por eso que me niego rotundamente, y es así como aquella noche que debió ser muy buena, acaba siendo pésima.

 Regreso a casa triste y abandonado.


Fuente de la imagen, aquí. 

lunes, 28 de mayo de 2012

La belleza física es un cuento de hadas.


Debo estar borracho para decir lo que digo. Estoy con Sandra, en un bar, y he perdido el conteo de las copas. Es igual, pienso, ella paga.

 No puedo dejar de mirar su nariz. Es una nariz grande en medio de dos ojos. Ella pregunta qué miro y se lo digo: miro tu nariz. Se avergüenza; debe saber las medidas de sus proporciones. Para calmarla, agrego que es bella. Una nariz griega, o algo. Sin embargo, no se lo traga. Probablemente le causó traumas en la adolescencia. Debió ser el blanco de burlas crueles. No es difícil imaginarlo.

 Alzo la mano y ordeno otra ronda. Sandra no ha terminado pero bebe al hilo y el mesero se lleva los vasos. Luego trae otros (muy probablemente los mismos), con whisky. Dejo el tema de la nariz. No deseo hacerla enfadar. Hacerlo puede jodernos el sexo. No quiero jodernos el sexo porque de algún modo el sexo es lo mejor que puede pasarnos a dos como nosotros. No nos amamos, lo sabemos, pero hacemos el amor. Fuera de ello nos odiamos. Yo odio a Sandra y su nariz. Ella me odia a mí y a mis libros.

 Sandra propone un brindis, por nosotros, y brindo. Luego hace conversación. Dice que le gusta mi sonrisa. Entonces sonrió, pero después dice que yo a veces le doy miedo. Sobre todo cuando la miro como la miro en este momento. Respondo que uno siempre teme a lo que desconoce. Yo te conozco, exclama. Sí, miento. Sandra no entiende. No se lo digo, no quiero joderla con filosofía. Eso también puede jodernos el sexo. Para follar a una mujer hay que atravesar un campo minado. Una palabra puede ser una mina. En cambio, le digo que es una mujer muy bella. No lo cree (lo que significa que sí lo cree, que ella lo cree de sí misma). Para probarlo le tomo la mano y la llevo hasta mi entrepierna. Estoy empalmado. Me pones a tope con solo mirarte, le digo. Sonríe y dice que ahora sí lo cree. No es verdad, estaría empalmado incluso sin ella.

 En adelante bebemos en silencio. Hay música, hay gente, Sandra está en frente de mí. Aún así me siento solo. ¿Qué piensas?, me pregunta. No contesto. Enciendo un cigarrillo. Dentro no se permite fumar, lo sé. Sandra me lo recuerda pero me alzo de hombros. Acto seguido, se acerca un mesero. Me pide que apague el cigarrillo. Lo miro a los ojos sin decir algo. Insiste. Dice que la ley, etc. Sandra interviene, le ruega que me permita fumar tan solo este. El mesero se niega, dice que es la ley, y está a punto de decir algo más… Está bien, digo, de todos modos ya nos vamos. Echo el cigarrillo a mi vaso con whisky. El mesero me echa una mirada y se va. Sandra enloquece. Lo siento, digo, un trago más y no podré hacerlo. Meneo la pelvis para que lo entienda. Sandra asiente y se levanta; da alcance al mesero y ordena la cuenta. Cuando la cuenta está pagada me lleva a su apartamento.

2

El apartamento de Sandra está en Las Águilas. Es un apartamento pequeño. En él viven Sandra y su madre pero su madre no está. Ha salido de viaje así que podemos ir allí y hacerlo.

 Sandra prepara café. Opino que lo deje pero insiste. Te sentará bien, dice. Quiere asegurarse que su hombre la follará. Ha pagado las copas y me ha dado hospedaje, lo menos que puedo hacer es follarla. Se acerca a mí con una taza llena de café. Me lo estira y me acaricia el cuello. Bebo el café. Es un café bueno, exclamo. Yo misma lo he comprado, anuncia ella orgullosamente, en Veracruz. Se lo aplaudo y sonríe. Es bueno hacerla reír antes de llevarla a la cama. La risa segrega sustancias y cosas así. Mientras bebemos el café dice que hoy será difícil. Ha adoptado un tono serio para decirlo, pero no tanto; como si no quisiera darle tanta importancia a algo importante. La cosa es que está reglando. Alzo los hombros y digo que está bien. Me besa en la mejilla y ríe. Ella debe saberlo también, lo de la risa. Me hace cosquillas en el cuello. Ahora hemos bebido y reído suficiente, así que vamos a la habitación.

 Una vez en la habitación me descalzo y me echó en cama. Entro a las cobijas sin ocultar el cansancio. Sandra sonríe al tiempo que se desnuda para mí. La miro hacerlo. Lo hace bastante bien para no dedicarse a ello. Que no cobre no significa que no se dedique a ello, pienso. Sin embargo, no puedo dejar de ver su maldita nariz. Vaya que es grande. Es más grande cada que la miro. Proporcionalmente hablando, podría decirse que es más grande que sus tetas. Incluso más grande que su cabeza. No puedo evitar pensar en su nariz y pienso que este asunto está jodido. A estas alturas para follar a Sandra debo concentrarme. Al principio fue fácil, pero ahora es un polvo más. Y con esa nariz…

 Desnuda, Sandra se sube a mí y comienza a besarme. Siento su nariz chocar con la mía. Tiene la punta fría. Después me besa el cuello y no puedo evitar sentirlo. Allí esta, pienso.  Entonces rio. Sandra es una nariz con culo y tetas, pienso. Si tuviese la mitad de cerebro que tiene de… Me reprimo el pensamiento. No deseo ser cruel, Sandra es una buena chica y me ofrece su sexo. No soy un desalmado, pero… joder… Sandra se detiene. ¿Todo bien?, pregunta. Sí, miento y le ayudo a desnudarme. Me siento absurdo, allí, con Sandra que me desnuda como a un bebé y todo esto. Estoy siendo injusto, pienso, hay mujeres espectaculares con narices grandes. Sandra tiene la nariz grande, ya lo sabía; como no saberlo si la he mirado desde el principio; pero ahora lo he descubierto. Es como un mosquito que me ronda el pensamiento.

 Finalmente la monto y la penetro. No he perdido la erección a pesar de todo. Se opone al principio pero luego cede. La vagina, quiero decir. Cuando nos entendemos le doy un polvo suave. No quiero correrme al primer momento. Sandra gime. Echa la cabeza atrás y gime. Todo lo que veo es un par de fosas y me detengo. No estoy haciendo un buen papel, lo sé. Me concentro. Pienso en otra mujer. Cualquiera. Cualquiera que no tenga esa…

 ¡Joder!, exclama Sandra. Abro los ojos. Pienso: he estado haciendo lo mío, ¿qué es lo que pasa? Sandra mira nuestros sexos. Yo miro también. Es la menstruación, ha salido y luce como un filme gore. Parece que me has acuchillado, exclama y ríe. Eso es casi lo que he hecho, digo y no le doy importancia. Continúo con el jaleo y ella se deja llevar. Esto es lo que la gente llama hacer el amor.

3

Antes del amanecer despierto. Sandra está a mi lado. Me levanto para ir al sanitario. Entro al sanitario y meo. Al salir, Sandra sigue allí. Duerme. La miro largo rato. La nariz de Sandra sigue allí.

 Me siento sobre el borde de la cama. Ya no podré dormir. Me tomo la cabeza; no me duele, pero tampoco me deja estar en paz. Es complicado, pienso, eso de la belleza física. La belleza física reside en el cuerpo, pero sólo reside. La belleza nunca es física realmente. En los ojos de una mujer están los ojos, pero también la mirada. Está la carne y está el espíritu. ¿Es verdad que sus ojos son bellos?, ¿o es su mirada? Esa boca tierna… ¿Puede ser una boca tierna?, ¿puede una boca ser? La belleza no es de naturaleza física, su ámbito, más que al cuerpo, pertenece al plano abstracto. Pero para ser poéticos, digamos que al alma. Alma, en todo caso, alude al conjunto de aspectos psíquicos que residen en el cuerpo y que continuarán allí hasta que la muerte los separe, como en una de esas caricaturas donde el alma abandona el cuerpo que la aprisionó.

 Cuando uno habla de belleza, no hay errores, aparentemente. Un buen culo, un par de tetas buenas. Una nariz respingada. Pero para mí, está claro que hasta el aspecto de un culo responde a las órdenes que el cuerpo recibe desde ese lugar al que llamamos personalidad. Dos culos grandes y bien firmes, uno que se mueve al ritmo de una música suave, y otro que no sabe moverse aunque pertenece a una gemela. Este último nunca será tan bello como el primero. Dos muchachas de ojos verdes podrían competir por el triunfo de Miss Universo, dependiendo éste, de un parpadeo, de una palabra, de una actitud. La belleza es cultural; nos han enseñado a identificarla. Se nos ha dicho: las tetas grandes son mejores. Pero probablemente es mentira. Las tetas grandes son dos bolas de sebo. Y también se nos ha dicho que la grasa es horrenda. No hay nada peor que una mujer gorda. En esto no hay duda, la obesidad es insana… pero la belleza, vamos… No hay belleza realmente física. Una morena, una rubia… todo depende de la geografía. Las que son feas no deberían sentirse mal. Deberían irse del país, a uno donde su fealdad sea venerada. Al menos, es mejor que esconderse bajo el maquillaje.  

 La nariz de Sandra es una nariz bella, pienso. Sandra es una buena chica, solo no estoy acostumbrado a verla tan fijamente. Con ese culo, nadie le mira la nariz. Yo lo he hecho y ya ves. Volteo a mirarla. Allí está Sandra y allí está su nariz. Ahora que duerme me parece bella. Luce como un alma en paz. Es lo que necesita, pienso: un hombre que la folle a pesar de la regla. Para ello no hay que ser más hombre, sencillamente, hay que ser más animal. Olvidarse de los modales y de la estética. Hacer el amor reglando podría ser un acto santo en alguna cultura de algún lugar, y ella y yo habíamos hecho lo que está reservado a los santos.

 Otra vez siento ganas de orinar. Me levanto, pero cuando estoy de pie se han ido. Entonces me digo que debo dormir y me acuesto. Sandra me siente llegar y me abraza. No estoy cómodo pero no se lo digo. Me dejó atrapar. Soy prisionero de sus brazos, y al final, me duermo.

4

 Al amanecer Sandra prepara café. Como anoche dije que es bueno… Pienso que debo ser más franco: no me gusta el café, ni éste ni ninguno. Lo bebo, como castigo a mi hipocresía. Estoy sentado en una silla, en el comedor. Sandra se sube a mis piernas y dice que estuvo muy bien. Se refiere al sexo. Sé que miente, lo hemos hecho mejor. Si continúa mintiendo respecto a ello llegará el día en que lo hagamos tan mal… y ella tendrá que aceptarlo como castigo a su hipocresía. Es cierto que pocos lo hubiesen hecho con la regla, pero también es cierto que pocos lo hubiesen hecho peor. Hicimos el amor un par de veces y en ninguna pudo correrse. Yo era demasiado suave y demasiado rápido en eyacular. Sin embargo, insiste. Dice que el segundo polvo estuvo muy decente. Decente no es lo mismo que maravilloso, digo yo, tratando de ser honesto. Lo he hecho mal, no importa, podemos hacerlo de nuevo. Siempre podremos hacerlo de nuevo. Si no entre nosotros, con alguien más. No es un asunto tan importante ser bueno en el sexo. Se es bueno cuando se quiere. Y uno siempre quiere, incluso sin desearlo realmente. A cuantas mujeres puede querer un hombre sin que por ello le quieran. A cuántas mujeres puede querer un hombre sin que haya salido de sus cojones quererlas. Se quiere, se quiere y nada más.

 Sandra se baja de mí, dice que tomará una ducha y me invita. Le digo que empiece, lo que es yo deseo fumar un cigarrillo antes. Le parece bien, irá calentando el agua.

 Cuando Sandra se va me asomo a la ventana. Desde allí enciendo y fumo un cigarrillo. Me sorprende que las cosas sean reales. Que Sandra esté en la ducha poniendo el agua y que ayer hayamos bebido. Que follemos con regularidad. No me lo creo. A veces quisiera despertar de este sueño, pero otras no. Otras me gustaría estar aquí siempre. Fumando este cigarrillo y pensando eternamente. Todo lo que podría descubrir. Newton, Einstein, Hawking... cuántas cosas supieron sin siquiera mirar al cielo. Dentro de nosotros está el universo, pero nos la pasamos viendo afuera. Afuera no hay nada… está Sandra, está el sexo, ¿pero qué es eso comparado con el universo?

 Sandra grita que ya es tiempo, que el agua está caliente y que debo ir. Justo he terminado el cigarrillo. Aviento la colilla por la ventana, la miro caer hasta el suelo. Cómo es que no se rompe en mil pedazos, pienso. Si me aventara yo, joder.

 Entro al cuarto de baño y allí está Sandra. Está dentro de la ducha. El agua moja su cuerpo. ¿Es verdad que este cuerpo, que el agua moja, es más bello que su cuerpo seco? Al menos, despierta en mí mayor deseo. Quizá lo he aprendido en algún lado, en la pornografía, por ejemplo. Una mujer se ducha y un hombre la espía. Cuando el hombre es descubierto, hacen el amor. El agua recorre el cuerpo de ella y uno está que se corre. Debe ser eso, la belleza física es eso. Algo que aprendemos con el tiempo. No importa, me desnudo y entro. La tomo por el cuello y la beso. Ella me besa también. Sabe que lo haremos y lo hacemos. Esta vez, por encima de lo decente. Soy bueno porque la quiero. De algún modo la quiero. Ha despertado en mi cerebro el sentimiento del deseo. Daría mi vida por ella en este momento. No dudo un segundo de su belleza. Estoy follando a la mujer más bella de este mundo. Es así siempre que se quiere. No importa si se quiere únicamente por un momento. El amor no es eterno. Además de eso, puede durar muy poco. Un instante, un momento.

 Al salir, Sandra bufa. Dice que este sí fue bueno. Asiento con la cabeza y le digo: te lo dije, no tienes que ser comprensiva conmigo. Cuando algo no está bien, no lo está. No importa cuánto empeño pongas en lo contrario. Está de acuerdo, dice que en adelante así será. Por cierto, agrego, tu café es una mierda.

 5

Sandra debe salir, su madre ha llamado desde Guadalajara. Sandra prometió enviarle dinero para su manutención pero hasta ahora no ha cumplido su palabra. La madre ha llamado para reclamar. Sandra se excusa y dice que en seguida le enviará algo de pasta. Sandra y su madre son así, la madre viaja y Sandra corre con los gastos. Desde muy pequeña ha aprendido a ganarse el pan. Ha tenido que ver por ella y por su madre que no sabe hacer nada. No es buena ni para conseguir un amante, me confesó Sandra en alguna ocasión. Uno con plata, que la mantenga, dijo.

 No tardará, según la misma Sandra, pero yo pienso que sí. Ha ido al Banco a depositar. Una cosa así siempre es tardada. Me pide que la acompañe pero me niego, prefiero estar en casa y descansar.

 Cuando sale, siento la necesidad de escribir. Estoy solo, y cuando estoy solo, escribo. Llevo tanto tiempo haciéndolo que no lo puedo evitar: Sandra sale, y ya pienso en la primera frase.
 Doy vueltas por el apartamento en busca de papel y lápiz. No es difícil de encontrar. En un cajón de la cómoda lo encuentro. Es un cuaderno a raya y una pluma de tinta negra. No necesito más. Abro el cuaderno y leo. Hay algo escrito. Son anotaciones de Sandra. Nada personal, se trata del cuaderno que llevó a la secundaria. Miro la portada y lo confirmo. Está escrito en una etiqueta: Sandra Mejía Barón. Asignatura: Civismo. Profesor: José Ángel Pacheco Rascón. Es increíble que lo haya conservado todo este tiempo, pienso.

 Me acomodo en la mesa del comedor. Enciendo un cigarrillo antes de empezar. Es un doble vicio: el vicio de fumar y encima, el de fumar mientras escribo.

 6

Sandra vuelve en lo que me parece el instante siguiente al que se fue. Sin embargo, se queja. Dice que ha tardado demasiado porque en el Banco hay cinco ventanillas pero sólo dos en servicio. Ya, le digo, siempre es así. La cosa es que ha logrado depositar el dinero a su madre. Eso la complace porque así sabe que no vendrá en un par de días más. Quiere estar en casa sola y pensar. Eso dice pero yo nunca la he mirado pensar.

 ¿Qué haces?, pregunta cuando se percata de que hago algo. Escribo, contesto y ella frunce la boca. Nunca le ha gustado que yo escriba delante de ella. Dice que eso debo dejarlo para cuando no estemos juntos. Cuando estamos juntos debemos beber y follar. Así lo ha dicho y así lo ha hecho. Me defiendo diciendo que no estábamos juntos cuando empecé con esto. Bueno, dice, pues ya llegué y es hora de que vayas terminando. Eso dice, y se va a la cocina de donde regresa con un par de birras. Es tiempo de recomenzar.

 Sandra está allí parada, con las cervezas en las manos y yo la miro. Ella exclama: si vuelves a mirarme la nariz de ese modo, te vas. Asiento con la cabeza y le miro los ojos. Tiene un ligero estrabismo, Dios. 


Fuente de la imagen, aquí.
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