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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 24 de mayo de 2015

Hay que tener honor.


Tuve problemas con mi mujer. ¿Quién no tiene problemas con su mujer? Salí de casa y di vueltas por ahí. Entré a un bar. Nunca antes había entrado a este bar. Me senté a la barra. Ordené whisky en las rocas. Etiqueta roja. Me lo bebí y ordené otro más. Problemas con la mujer, me dijo el cantinero. Ya, dije. Sirvió.

      De pronto entró un hombre de unos cuarenta años. Venía cabizbajo. Problemas de dinero, me susurró el cantinero, refiriéndose al hombre. Se sentó al lado mío. Ordenó cerveza. El cantinero puso cerveza. Qué hay, le dije al hombre. Qué va a haber, dijo, llevo seis meses sin empleo, eso es lo que hay. El cantinero escuchó. Me guiñó el ojo. ¿Y eso?, pregunté. El puto gobierno, exclamó, siempre chingando al jodido. Asentí con la cabeza. Dimos un trago al mismo tiempo. ¿Y tú?, preguntó. Reñí con mi mujer, dije. Ah, dijo, al menos tienes una mujer, y empleo, supongo. No, dije, soy escritor. ¿Escritor?, preguntó el hombre, como si hubiese dicho marciano. Escribo cosas, expliqué, las vendo a las revistas, a los diarios, a quien sea. ¿Pagan bien?, preguntó. Qué va, dije, a penas lo suficiente para no morir de hambre. El puto gobierno, exclamó, nos tiene ahorcados pero sin matarnos. Ya, dije, sí, algo así. Dimos otro trago. Me llamó Gabriel, ¿y tú? P., contesté. Salud, P. salud. Chocamos las bebidas.

      De pronto entró una mujer. Más o menos de treinta años. El cantinero se acercó a nosotros y sentenció: bruja. Caza hombres. Cuidado. Se sentó a un espacio de nosotros. Ja, dijo Gabriel, caza hombres, no hay nada qué temer, P., un desempleado y un escritor. Pierde el tiempo en este bar. Ya, dije. La mujer ordenó ron con coca cola. Nos miró. Alcé la copa y brindé con ella a lo lejos. Me guiñó el ojo. Estás perdido, dijo Gabriel. Conozco a las de su tipo. Te apuesto cien pesos a que en menos de cinco minutos le  estás pagando la siguiente copa. Bueno, me dije, aquí todo el mundo es sicólogo. Brindé con Gabriel. Bebí todo el whisky de un trago. Ordené otro más. Gabriel me echó ojos. Vas deprisa, ¿tienes dinero? Lo suficiente para emborracharme hoy, contesté. Gabriel me palmeó la espalda. ¿Y tú?, pregunté. No tanto, respondió. Ya, dije.

      La mujer terminó su copa. Era alta, de tez blanca, delgada. Vestido negro. Tacones. Llamé al cantinero. Ordené un whisky en las rocas para mí y un ron con coca cola para ella. Gabriel me miró con cara de espanto. El cantinero sonrió. ¿Seguro?, preguntó. Seguro, contesté. Le puso un ron a la mujer.

      La mujer volteó a verme. Se levantó. Caminó ron en mano hasta sentarse al lado mío. Gracias, dijo cuando estuvo instalada. De nada, contesté. ¿Cómo te llamas? P., ¿y tú? ¿Qué clase de nombre es P.?, exclamó. No sé, dije, alemán, creo. Yo me llamo Rosalinda, dijo. Ya, dije, salud. Salud. Chocamos las copas. Yo soy Gabriel, interrumpió Gabriel. Muy bien, Gabriel, dijo Rosalinda. Gabriel intentó brindar con ella pero le ignoró. Gabriel bufó. ¿A qué te dedicas?, me preguntó Rosalinda. Suspiré. Escritor, soy escritor. Rosalinda sonrió. Tenía una linda sonrisa, debajo de una nariz grande, debajo de dos ojeras, debajo de dos ojos negros y tristes. ¿Sabes lo que es un escritor?, se metió Gabriel. Rosalinda hizo una mueca. Es un desempleado, puntuó Gabriel. ¿Éste es amigo tuyo?, me preguntó Rosalinda. Bueno, dije, todos los hombres son amigos de P. Más si beben. El cantinero sonrió. ¿Y tú, exclamó Rosalinda, de qué sonríes? De nada, contestó el cantinero. Anda, dijo Rosalinda, ponnos otra ronda. De whisky y de ron, se apresuró a rematar. Esta la pago yo, dijo. Le toqué el hombro. Gabriel nos echó ojos de ira.

      Tengo que ir al sanitario, anuncié en algún momento. Voy contigo, dijo Gabriel. Nos levantamos y fuimos. Mientras orinábamos en sendos mingitorios, Gabriel me dijo: me debes cien pesos, compadre. No quería perder cien pesos. Menos con un tipo como Gabriel. Le dije, hagamos otra apuesta, sobre los cien. ¿Qué apuesta?, me interrogó extrañado. Te apuesto los cien, dos a uno, a que hago que el cantinero me sirva gratis. Si pierdo te pago doscientos, si gano no me debes algo. Gabriel se sacudió la verga y dijo: está bien. Me sacudí también y regresamos a la barra.

      Rosalinda acomodó el banco de tal modo que nuestras piernas se rosaron. Preguntó si era casado. Ya, dije, no. ¿Por qué no?, preguntó. Tiene problemas con su mujer, interrumpió Gabriel. Entonces sí eres casado, señaló Rosalinda. No, dije, casado no. Juntado. Bueno, dijo Rosalinda, es igual, no estás libre. El cantinero sirvió cacahuetes para todos. Gracias, dijimos los tres al unísono. ¿Dónde está tu mujer?, preguntó Rosalinda. En casa, dije. Peleé con ella. Quizá rompamos definitivamente. He escuchado eso infinidad de veces, masculló Rosalinda y brindó conmigo. Salud. Por tu mujer, exclamó Rosalinda. Salud.

      Un hombre entró al bar. Tendría unos treinta y cinco años. El caninero se acercó a nosotros y murmuró: busca mujer. Soltero empedernido. Oye, le dije, esta vez te equivocas. El cantinero me miró. Homosexual, dije. Ni en pedo, dijo el cantinero. Oye, te apuesto una copa a que tengo razón. Me miró a los ojos. Juegas, dijo. Miré a Gabriel. Él me miró también. Rosalinda rió. Dijo: trabajador del gobierno, te apuesto la copa. Ya, dije.

      Todos miramos al hombre. Ordena tequila. Herradura blanco con coca cola. El cantinero le sirve. Parece un hombre solitario. De nada parece homosexual. Pienso en mi billetera. Hago cuentas. Si pierdo, pierdo doscientos pesos y dos copas. Podría beberme el dinero y ganar las copas. Me caería bien. Ganar. Todo mundo necesita ganar de una u otra forma. Incluso ganar una apuesta de bar levanta los ánimos. Le hace a uno sentirse hombre, no sé. Pienso en las veces que he ganado algo. Una vez, en la universidad gané la rifa de un celular. Un Sony Ericsson. El primero a color. Ahora no valdría algo, pero en ese momento lo sentí: el triunfo inesperado. No he ganado nada más en la vida.

      Bueno, me digo, haz lo tuyo, P., el chantaje. Eres bueno, me digo. Anda, derrota a esta gente y ve a casa y pide perdón a tu mujer y vuelve a ser un perro de casa. Sí, Dios, eso es. Un perro de casa. La vida es dura. Mientras más creces más dura es. Todo perro anhela un hogar. Me levanté y fui a con el hombre, whisky en mano. Le pedí permiso para sentarme a su mesa. Extrañado, me lo dio. Le dije: compadre, iré al grano. Aposté doscientos pesos a qué el próximo que entrase sería homosexual. Ayúdame, hazte pasar por homosexual y te doy la mitad. Se quedó catatónico. Disculpe, señor, me dijo, pero no soy esa clase de hombre. Vamos, insistí, no te cuesta nada y puedes ganar. Te doy los doscientos. Lo único que deseo es ganar la apuesta. Me miró aún más asombrado. No, dijo, lo siento. Por favor, déjeme solo.    

      Regresé a mi lugar. ¿Y bien?, preguntó Rosalinda. Homosexual, dije. ¿Cómo sabes?, preguntó Gabriel. Se lo pregunté abiertamente, contesté. El cantinero hizo muecas. No sé, dijo, creo que debes comprobarlo para ganar la apuesta. Bueno, ¿por qué no va alguno de ustedes y lo comprueba?, dije. Rosalinda se ofreció de inmediato. Se levantó. La miramos ir a la meas de aquel hombre. La miramos sentarse a su mesa. Miramos al hombre ser atento con Rosalinda. Estoy perdido. Los miramos hablar y sonreír. Estoy más que perdido. Miramos a Rosalinda acercarse al oído del hombre. La miramos levantarse y regresar.

      ¿Y bien?, preguntó el cantinero. Homosexual, respondió Rosalinda. Realmente me asombré. El caninero se frotó la frente. Gabriel dio un puñetazo sobre la barra. El cantinero me sirvió un whisky. Este es gratis, me dijo. Gabriel me sonrió. Bueno, refunfuñó, no me debes nada, ¡pero yo tampoco te debo nada! Lo corregí. “No me debes algo, pero yo tampoco te debo algo”. ¿Cómo?, preguntó Gabriel. Quiero decir que no se debe decir nada cuando ya has negado antes; lo que realmente te debo es nada, no puedo no deberte nada, puedo no deberte algo, o deberte nada. Gabriel no lo comprendió. Se empinó la cerveza y colocó la botella vacía a un lado. Tráeme otra  de estas cosas, dijo al cantinero.

Eres muy inteligente, ¿no?, exclamó Rosalinda. No, contesté. Sí, dijo, eres uno de esos tipos inteligentes que saben hablar y conocen la historia de México y pueden decir si un poema está bien o mal escrito y se leen veinte libros al mes y escriben cosas que consideran la revolución del siglo veintiuno, ¿no? NO, contesté. Una vez escribí un poema, continuó. No era muy bueno. Se lo mostré a Daniel, un novio que tuve en la universidad. Se burló de él y dijo que yo no necesitaba escribir poemas. No sé, le creí. Incluso pensé que nadie necesita escribir poemas. Después de todo no sirven para nada. No sirven para algo, interrumpí. Sí, dijo, eso. Bueno, dije, pues ese Daniel tiene razón. Tú no necesitas escribir poemas, nadie necesita escribir poemas, pero… a veces uno necesita leer poemas. Gabriel bufó. Dijo: esas cosas no me van. Son de marica. ¿Y a ti quién te preguntó lo que te va o no?, le pugnó Rosalinda. Gabriel no contestó.

Terminamos las copas. Te debo una, ¿cierto?, exclamó Rosalinda. Ya, dije, déjalo, es igual. Sabía de su complicidad. Voy a pagarte la copa, dijo en voz baja, pero no aquí. La miré. Pensé: no debería embadurnarse tanto rímel. Vamos a otro sitio, P. Me tocó la pierna. No sé, contesté, mi mujer debe estar preocupada. Ya ha sido suficiente castigo. Beberé dos copas más y me largaré a casa y le diré que nunca más volveré a reñir con ellas. Rosalinda me miró conmovida. Luego cambió la expresión y señaló: pero volverás a reñir. No importa lo que digas. Ahora estás borracho y crees en lo que dices, pero mañana volverás a reñir. Conozco la vida en pareja, P., es imposible. No sé cuando nos echaron el chisme de que hay que formar parejas. Es imposible. Tarde o temprano todo se viene abajo. Hay quien lo soporta, pero nadie lo disfruta de verdad. Pasemos una buena noche hoy y mañana puedes volver a tu infiernillo. ¿Qué dices? Sonrió lascivamente.

Antes de que pudiese contestar entraron un par de chicas. Tenían buen aspecto. Todo en su lugar. Delgadas. Tendrían menos de treinta años. El hombre, que bebía solo, las miró. Dios, me dije, no, no. Las miró desde que entraron hasta que se instalaron en un gabinete. ¿Y esas?, preguntó Gabriel al cantinero. El cantinero se acercó a nosotros sin dejar de mirar a las chicas. Buscan diversión sana, pero están dispuestas a una pequeña aventura, dijo. Acto seguido, se fue a atenderlas. El hombre solitario no dejaba de mirarlas. Rosalinda lo notó. Nos miramos discretamente. Apretó los labios. El cantinero regresó a detrás de la barra. Puso un par de cervezas light y una bandeja de habas en salsa sobre la charola y se llevó todo a la mesa de las chicas. Gabriel exclamó: están muy bien esas chicas, carajo. ¿Por qué no vas por ellas?, le incitó Rosalinda, el cantinero ha dicho que están dispuestas. Gabriel bufó. Bah, dijo, yo no soy esa clase de hombre, si quieren beber que paguen, no pienso invitarles ni un cacahuete. Se pegó un trago de cerveza. El hombre solitario llamó al cantinero. Le susurró algo al oído y le ordenó un tequila con coca cola.

Me ha preguntado por las chicas, dijo el cantinero una vez en su puesto, mientras servía el tequila. ¿Cómo?, pregunté. El hombre, explicó, me ha preguntado si esas vienen solas o esperan a alguien. Le respondí que no lo sabía. Me ha pedido que lo averigüe. Gabriel se apresuró a gritar: ¡no es homosexual! Bueno, alcé los hombros, quizá cree que son lesbianas. Ya sabes, a algunos homosexuales les gusta acostarse con lesbianas. Se siente menos… amenazados. Eso no tiene sentido, exclamó Gabriel. Es verdad, me defendió Rosalinda. Yo misma he tenido que sufrir el coqueteo de homosexuales. No sé por qué, pero en ocasiones se creen que soy… del otro lado. Ya sabes. Gabriel bufó. Bueno, dijo, al menos no te he pagado nada. Pero tú, le dijo al cantinero, ¡le has dado un copa gratis! El cantinero se largó a llevar el tequila. Cuando regresó, me dijo: P., o como quiera que te llames, ese hombre no es homosexual. Me ha dicho que les ponga las próximas cervezas a las chicas de su parte. Vale, titubeé, te pagaré la copa, hombre, no es algo, no vine aquí a sacarte las copas. Fue solo una apuesta sin sentido. ¡Y mis doscientos qué!, gritó Gabriel. Lo encaré. Iba a gritarle algo, no sé, cuando escuché un grito: ¡P.!

Era mi mujer, Dios. Todos volteamos. Incluso el hombre solitario y las chicas. ¡Amor!, grité y corrí a ella y la abracé y le besé la mejilla. No se movió un milímetro. Se quedó ahí, como de piedra. Entonces lo supe: cuando llegó debió mirar que las piernas de Rosalinda y las mías estaban muy juntas y que su cadera y sus pechos se inclinaban hacía mí. Las mujeres no pierden detalles como esos. ¡Quién es esa puta!, me susurró con rabia al oído. No sé, dije, la acabo de conocer. Rosalinda, creo. No estoy seguro. Mi mujer y Rosalinda se miraron directamente a los ojos durante un par de segundos. ¡Vámonos!, ordenó mi mujer. Ya, dije, ¿por qué no te lo tomas con calma, te sientas y bebes un trago mientras hablamos? ¡A casa! ¡Ahora! Dios santo, amor, me estás haciendo quedar muy mal, ¿sabes? Anda, ven, te presentaré a Gabriel y al cantinero, es un sicólogo de bar estupendo, apuesto que ya sacó un diagnóstico de ti y… ¡P., si no vienes ahora mismo conmigo, me iré para siempre! ¡Te lo advierto!

Gabriel se levantó del asiento. Caminó hasta donde estábamos parados mi mujer y yo. Se dirigió a mi mujer. Tu marido, o lo que sea, me debe doscientos pesos, anunció. Llevaba la botella de cerveza en la mano y la agitaba para hablar. Mi mujer lo miró con repulsión. Dile que pague. Son deudas de juego. Hay que tener honor, siguió Gabriel. Mi mujer contestó, con mucho odio: ¡y a mí qué! Gabriel le gritó: ¡histérica! (supuse, el diagnóstico del cantinero). Dio medio vuelta y se encaminó a su sitio. Mi mujer, boquiabierta, me miró. Yo no sentía algún tipo de odio contra Gabriel. Yo mismo había hecho cosas peores estando ebrio. Incluso le compadecía: sin empleo. Con necesidad de emborracharse. Mala combinación. Sin embargo, esta era mi oportunidad de arreglar las cosas. En un segundo pensé en Gabriel. En su estatura, su cuerpo, su edad. Deduje que nadie le ayudaría. Nadie metería las manos por él. Oye, Gabriel, le grité antes de que llegara más lejos. Volteó. Di dos pasó hacia él. El planté un recto a la nariz. Cayó de espaldas. Aún tenía la botella de cerveza en la mano. No había tirado una sola gota. La nariz le chorreaba sangre. Las chicas gritaron, se levantaron y se largaron. El hombre solitario me miró atónito. Rosalinda rió y aplaudió. El cantinero llegó corriendo con un trapo. Lo usó para detener la hemorragia.

Espera, le dije a mi mujer. Fui a la barra. Tuve que saltar las piernas del cuerpo de Gabriel. Saqué dinero y lo puse sobre la barra. Lo de las copas, incluida la que estafé al cantinero y los doscientos de Gabriel. Rosalinda mi miró hacer sin decir una palabra. Me guiñó el ojo antes de dar la vuelta.

Regresé con mi mujer y la cogí del brazo. Anda, nena, le dije, a casa. Sonrió de oreja a oreja. Camino a casa me besó el cuello, la oreja, los hombros. Me tocó la entrepierna en la esquina de Monterrey y Coahuila. Me besó en la boca.





viernes, 22 de mayo de 2015

Mirada traslúcida de un amor no correspondido.


Texto por: Misael Rosete



Apenas oscureció, encendí las calaveras del coche y fui a un lugar lleno de bailarinas con tangas fluorescentes y música tropical. En cuanto la vi adherida a las nalgas de una mujer de cabello corto, su brillo triste se metió en mis ojos. De inmediato tomé asiento y ordené un par de tragos; después de cuatro cubas me marié (sentía que mi cabeza daba vueltas y que los ojos iban en espiral). Cuando vi, una mujer de cabello corto se acercó y me sobó el miembro por encima del pantalón;luego que bajara el cierre con sus uñas que resplandecían por la luz neón, hizo su tanga a un lado y, sin dejar de sonreír, se sentó sobre mi miembro: primero sentí el ras de su pubis rasurado, luego el olor a sexo me despertó, hasta que dejó sus brazos en mis hombros y empezó a moverse mientras le agarraba las nalgas con las manos. Tras oírla aventar un par de gemidos, llevé mi boca a uno de sus senos enormes y así, le arrojé un hilo de semen.

Por la madrugada llegué a casa y me desnudé, antes de adentrarme en la soledad de la cama, recorrí la cortina de la ventana. Al ver el estanque de estrellas en medio de la pared descarapelada, me sentí oscuro. Acerqué una mano a mi cara y me di cuenta de que le escurríandos hilos de agua.

Por más que intenté levantarme temprano, desperté tarde. Una intensa resaca parecía golpearme la cabeza. Tenía la piel pálida y cuando miré mis labios en el espejo oxidado, parecían dos pedazos de salchichón cocido. Fui a la cocina y bebí un vaso enorme de agua; abrí el refri y me preparé un sándwich con la última hoja de jamón...

Apenas oscureció, encendí las calaveras del coche y fui a un wallmart. Recién cerré la puerta y caminé por el estacionamiento, metí la mano al pantalón y saqué un papel que decía:

Azúcar
 Leche
Huevo
Pollo
Helado
Pizza congelada
Verdura
Cervezas
Cereal
Cloro
Jabón
Helado
.
.
.(Pasaba por una zona donde tres lámparas se fundieron, cuando el chaleco fluorescente de un “viene viene”, me hizo recordar el
   brillo de mi cuerpo que dormía bajo la ropa).
.
.

Agarré un carrito y entré por la puerta automática. El lugar estaba lleno de empleados con chalecos azules y música tropical. Había también numerosas personas abrigadas; sus caras se deformaban en el reflejo luminoso de los carritos que avanzaban desperdigados por la tienda. Si hablaban, sus palabras se perdían entre el murmullo, o en los avisos que una mujer con aretes de neón hacía por un micrófono.De inmediato empecé a llenar el carrito, la variedad de artículos me embriagó (sentía que mi cabeza daba vueltas y que los ojos iban en espiral). Ya había agarrado varias cosas que no estaban en la lista e iba rumbo a las cajas cuando, al doblar por un pasillo verdoso, la encontré vendiendo su cuerpo sin el menor pudor. En cuanto mis ojos la vieron me estremecí. Tenía una apariencia delicada y seductora como el de una prostituta triste. Creo que en cierta forma, allí, mi semblante cambió y mi brillo de estrella despertó un poco.

Aunque quise aproximarme, su belleza me hizo huir y antes de salir del pasillo, volteé. Era inquietante no verla,imaginar que alguien con más agallas se atrevió a acercársele.

Resignado, apoyé los brazos en el carrito y fui a una caja.Cuando estaban a punto de cobrarme, pasé una mano por mi pelo y junto a mi oreja, encontré un hilo de agua; tras verlo enredado en mi dedo regresé a buscarla.

 Al caminar junto al exhibidor,la encontré frente a unas enredaderas artificiales; seguía en el mismo lugar. Sin pensarlo demasiado, la tomé y volví a la fila.

Luego que me cobraran, fuimos en silencio hasta el coche oyendo rodar los pequeños neumáticos sobre el asfalto. Subí las bolsas a la cajuela y, con delicadeza, la senté junto al volante. Cerré la puerta y su perfume entró en mí cuerpo como si fuera un mar nocturno y de luces.

Manejé sobre la ciudad mientras ella miraba por la ventanilla. Los árboles en las esquinas, parecían prostitutas. Llegué a casa y metí las bolsas que había en la cajuela. Fui al asiento del copiloto y con cuidado, la cargué hasta mi departamento. Una vez en la sala, le pregunté si quería tomar algo y ella aceptó inclinando sus cuatro pétalos violetas.

Fui por una jarra de agua y regresé. Tras ladearme para vaciar el líquido dentro de la maceta, miré sus esponjados copos de polen como alguien que espía tras el escote de una mujer sensual. Acto seguido, empezó a beber: la tierra se oscureció y sus pétalos tomaron un intenso color; parecían una boca carnosa y suave, dos labios hinchados que recién miré, quise besar...

Absorbió el agua y le dije que iría a guardar unas hojas de jamón al refri. Antes de irme, recorrí las persianas y la dejé en la ventana por la cual me había asomado en la madrugada. Para entonces el cielo otra vez era  un estanque lleno de estrellas y se arrastraban con suavidad tras las nubes. La miré en silencio, el aire fresco despeinaba su cuerpo y esparcía su perfume por la casa.

Encendí un tocadiscos y regresé a su lado. Me recibió con una aparente sonrisa. Sabía que era para mí, y ella podía no serlo, pero aunque alguien más hubiera pagado lo que yo por tenerla, sentía que mi amor era más especial que el de algún otro. Pero su mirada holandesa descontrolaba la posición que yo acepté asumir. Yo quise producir su amor, sembrarlo con el color del pasto que tiene el dinero. Y allí estábamos, ella desde la ventana con su delgado cuerpo sólo para mí: de pronto triste,de pronto más hermosa.

Terminaba de oírse una gymnopedia en el gramófono cuando me acerqué sin hacer ruido:ella miraba el cielo como si el mar de luces le explicara todo. Coloqué mis manos en la cintura de su tallo. Aquel delgado cuerpo me recibió apacible, su perfume se había intensificado;¿olía a jazmín?,¿así olerá el jazmín? La volteé hacía mí y entonces mis ojos se abrieron como si fueran pequeñas flores oscuras. La observé en silencio: su corola parecía un magnífico y ciclopédico ojo; con él me veía, me dibujaba detrás de mi máscara de humano, de mi cuerpo de estrella que volvía a brillar... Adonaí, la vida era un movimiento de luz, un mar y sus embates hubieron de acercarnos. Fuimos náufragos de la noche; su oleaje nos arrastró al cuarto, a las sábanas que eran espuma, láminas de luz petrificada.

La desnudé y luego le hice el amor. Primero quité el papel celofán que la envolvía, luego retiré la maceta: apenas miré su raíz entre el espeso pubis de tierra, noté que estaba húmeda y nerviosa. Íbamos a hacer el amor y ni siquiera sabía su nombre ni tampoco si era virgen. Sólo sabía que su perfume envolvía sus nervios de mujer. Como una menstruación de cristal, como un beso de arena; estrellas diminutas caían de sus labios mientras enredaba su raíz en mi miembro y me frotaba.

Tras agarrarla del cuello y ver que en el glande empezaba a salirme un color gris, clavé mi boca entre sus pétalos y así, le aventé un hilo de semen.

Al final, miré su cuerpo desecho sobre la cama y fui a la ventana. Apenas vi el enorme cielo salpicado, un resplandor dorado me cubrió; en ese instante acerqué una mano a mi cara y, antes de que el primer pico de estrella rasgara mi piel, noté que me escurrían dos hilos de agua...

¿Habrá sido un sueño?...


           Todavía hoy no logro entender cómo es que se ha logrado prostituir algo tan bello como una flor.







Texto por: Misael Rosete


domingo, 17 de mayo de 2015

Mi mujer se ha ido.


Mi mujer se ha ido. La escuché levantarse a las siete de la mañana. Tomar la ducha. Vestirse. La escuché despedirse de mí y tirarme un beso. Fingí dormir. Es el primer día, después de dos años, en que mi mujer sale de casa por la mañana antes de mí. Es la primera mañana desde hace dos años en que me encuentro solo. Desde que nos casamos no he tenido un solo día de ocio en soledad. Cuando me anunció que la habían contratado me entusiasmé. No por el dinero que ello supondría, sino por el tiempo. A fin de cuentas el dinero acabaría en las manos de inversores americanos: en las manos de las tiendas americanas de ropa de moda. Todo, hasta el último centavo.

      A las ocho de la mañana no puedo dormir más. Deseo aprovechar cada minuto. Pienso en levantarme y hacer las cosas que no he podido hacer, ya sea porque no empatan con los gustos de mi mujer, o por el tiempo que implican. Ver la película de los Panchitos, por ejemplo; mi mujer se ha negado a verla conmigo. Leer. Bañar a las gatas. Reacomodar los libros de los libreros. Escombrar la bodega. Escribir. Luego, otro pensamiento, más imperioso, me impide hacer cualquier cosa: descansar. Pienso: a penas son las ocho de la mañana.

      A las nueve de la mañana vuelvo a despertar. Decidido, me levanto. Un nuevo día. Tomo la ducha y me cambio en treinta minutos. La casa se siente distinta estando solo. Corro las cortinas. El sol entra. Me siento vivo, no sé. Con una gama de posibilidades delante de mí. ¿Qué hacer? Miro a las gatas. Después de todo no están tan sucias. No quiero gastar mi tiempo libre en bañar a esos animales. No quiero gasta mi tiempo en ver películas. Ni siquiera en leer, eso puedo hacerlo en cualquier otro momento. Hoy es un día especial. Estoy solo. Mi mujer regresará hasta la noche. Trato de recordar todas aquellas cosas que siempre he deseado hacer y me he prometido hacerlas cuando tenga tiempo. Ninguna viene a mi mente. Las he olvidado todas. Me siento sobre la cama.

Miro la habitación. Nunca antes la había mirado con detenimiento. Habría que arreglar las paredes. Quizá, pintar toda la habitación. Cambiar la chapa de la puerta. No voy a hacer algo de eso ahora. Ya lo haré después, pienso. Miro los libros sobre el buró. Son los libros que leo actualmente. Todos están pasados de la mitad. No, no, luego, pienso. Hoy debo hacer algo diferente. Algo grande. Algo que no haga comúnmente. Antes de que llegue mi mujer, Dios.

Comienzo a desesperarme. De pronto me viene la idea: salir. Sí, eso. Salir y caminar sin rumbo, como en los viejos tiempos, cuando podía salirme sin un centavo y vivir aventuras narrables y enriquecedoras con borrachos y prostitutas. Ahora no me acuesto con prostitutas. Por mi mujer, claro está.

Cojo las llaves y los cigarrillos y me largo.

Fuera hace un sol del demonio. La cabeza comienza a dolerme a la primera esquina. El estómago reclama comida. Anoche bebí en casa. Siete copas de whisky con agua. Para poder dormir. De otro modo me es imposible. Incluso comienza a darme sueño. Pienso e volver a casa y dormir. Son las diez con quince. Podría dormir hasta las once o doce. Mi mujer regresará hasta la siete de la noche. No, me digo, aprovecha el tiempo, P.

Doblo en San Luis. Ante mi aparecen las puertas de Sanborns. No, me digo. Sé que si entro ahí, no saldré sobrio. Imposible. A mi mente acuden las botanas. Sopes. Tacos. Caldo de camarón. Molletes. Chicharrón. Cacahuetes. Salchichas en adobo. Todo ello incluido en el precio de una cerveza. Pero hoy es un día diferente, me digo, y yo estoy en bar de Sanborns todos los días de ocho a diez. Me detengo ante las puertas. Es una invitación latente. La oscuridad del bar, la música clásica, la botana, la cerveza, el buen trato. Sobre todo, la soledad, la paz, la sensación de estar dentro de una cueva mientras el mundo vive su vida de locos allá afuera. Entro.

Federico me mira llegar. Me saluda con alegría. Sr. P., me dice. Tomo asiento en mi mesa. La mesa en la que día tras día me siento, con mi mujer, a beber doce cervezas antes de irnos a casa a descansar. Seis ella, seis yo. A esa hora el músico del bar toca. Está encantado con mi mujer. Siempre toca las canciones que sabe que a ella le gustan. Es casi un concierto personal. Le sonríe desde su sitio. Cuando hace descanso, pasa por nuestra mesa. Nos saluda con entusiasmo. A ella, a mí sólo me dice buenas noches. Le toma la mano y se la besa. Aprovecha cada oportunidad para acercarse a nosotros y hacer algún comentario gracioso. Es un hijo de puta, pero le dejo hacer. He tenido que lidiar con tipos peores. Mi mujer es ocho años menor a mí. Eso, quizá, lo explique todo.

¿Lo de siempre?, me pregunta Federico, con su libretita en la mano. Pienso un segundo. No, respondo, hoy no. Hoy es un día diferente, pienso. Ordeno ron. Nunca bebo ron, pero hoy es un día especial. Bacardi blanco con coca cola.   

Miro la hora. Son las once con cinco. Dentro de dos horas comenzará la promoción. Dos por uno en cerveza. Puedo estarme una hora con el Bacardi. Puedo beber dos en dos horas. Tres, cuando más. Y luego, la promoción. Creo que eso es lo mejor. Suelo hacer cálculos de todo respecto a la bebida. Conozco cada bar de la zona y cada precio y tiempo y promoción.

Federico pone ante mí un vaso con ron y coca cola, un plato de cacahuetes y uno de chicharrón. Oye, le digo, no he desayunado. Y le sonrío. Él lo entiende todo. Es, lo que se puede decir, mi cantinero de cabecera. Al poco rato me trae tacos de pollo y de queso. Los como casi desesperadamente. En menos de cinco minutos no queda ni uno. En menos de tres minutos, Federico adorna la mesa con caldo de camarón y sopes de frijol y pollo y chorizo. En tres minutos más trae salchichas adobadas y habas en salsa. Cuando termino, retira los platos. Déjame los cacahuetes, le digo. Nunca he podido resistirme a un plato de cacahuetes salados. Un día, un amigo me contó que los ponen así, salados, porque la sal genera sed y la sed te hace ordenas más y más bebida. Bueno, dije, eso está muy bien. A partir de ese día, no puedo dejar de pensar en la trampa de los cacahuetes cada que los miro sobre la mesa de algún bar o cantina. Es igual, yo no necesito trampas. Siempre que entro a un bar estoy ahí dispuesto a beber todas la cerveza o todas las copas que me entren.

Cuando ordeno el segundo ron, Federico me pregunta por mi mujer. Cogió un empleo, le digo, está en él. Federico le manda felicitar. Sí, le digo, muchas gracias. Me trae la bebida.

Miro el reloj. Once con diez. Soy el único cliente. Ya casi dejo de pensar en la estupidez de hacer algo diferente. ¿Qué puede hacer un hombre de diferente o de extraordinario en una ciudad?  El alcohol me hace entrar en razón. Todo lo diferente que un hombre pueda hacer está en su mente. Somos mentes encerradas en cuerpos.

De un momento a otro da la una de la tarde. Lo sé porque Federico tiene la amabilidad de recordármelo. Mira mi vaso, que aún tiene un sorbo y me dice: ya empezó la promoción. Cojo el vaso y me lo empino. Sí, respondo, una Tecate. Federico se va con el vaso y el plato de cacahuetes. Regresa con dos Tecates fías y más Cacahuetes.

Entran un par de señoras. Se instalan a dos mesas de mí. Las miro hacer. Se quitan los suéteres y los amontonan con las bolsas de mano sobre uno de los sillones. Se sientan con dificultad. Federico las atiende. Ordenan piñas coladas. Hablan, según logro escuchar, sobre el hijo de alguna otra señora.

La cerveza sí la bebo rápido. Ahora debo aprovechar cada minuto de promoción. Si me tardo demasiado es posible que el fin me alcance sobrio. En ese caso tendré que irme al mitote, otro bar, cerca, en Medellín, pero no quiero ir allí porque no lo soporto. Ponen la cerveza a quince pesos hasta antes de las nueve; a cambio hay que escuchar música a alto volumen. Federico trae y lleva platos de cacahuetes, chicharrón, habas. Siempre que vengo aquí pienso en cómo es posible que a mi estómago le quepa tanto. Es imposible parar de comer.      

A las cuatro de la tarde estoy borracho. Ha entrado un poco más de gente. Señores y señoras. Aquí no hay jóvenes. Eso es bueno también. No soporto a los jóvenes. Son muy inquietos. No pueden estarse en paz y pensar en sus vidas o sus culos. Siempre tienen la necesidad de estar haciendo algo. Sobre todo, la maldita necesidad de encajar y ser aceptados. Me son insufribles.

En algún momento me levanto. Quiero ir al sanitario. Cuando lo hago, caigo en cuenta de que estoy más borracho de lo que pensaba. Casi no puedo caminar sin sentir que me caeré en el paso siguiente. Agarrándome de las cosas lo logro: andar hasta estar enfrente del mingitorio. Somos mentes atrapadas en cuerpos. Hay que llevar el maldito cuerpo a arrastras, hasta el mingitorio y orinar y regresar y todo eso.

Ordeno un par más de cervezas (es decir cuatro más), antes de que termine la promoción. Las bebo con calma. El día está a punto de terminar.

Dan las cinco. Fin de la promoción. El timbre del recreo. Abrirán la promoción nuevamente, de ocho a diez. Mi mujer llegará a las siete. Tengo dos horas más. Ordeno la cuenta y pago. Federico lleva el dinero a la caja. Regresa con el cambio y el recibo. Le dejo cincuenta pesos de propina. Nunca le he dejado menos. Tampoco más.

Camino muy despacio. Una vez fuera de Sanborns enciendo un cigarrillo. Lo fumo de pie, sin saber qué hacer. No quiero llegar a casa. Hay un puesto de flores enfrente de mí. Pienso en comparar flores para mi mujer. No lo hago. No lo he hecho nunca. Lo considero estúpido. Las flores están muertas. No sirven para nada. Generan basura. Además de ello hay que pagar por ellas. No sé, nunca he comprado flores a una mujer. Mi mujer no me lo reclama. Es consciente del sinsentido de las flores. Agradezco en el fondo de mi corazón tener una mujer cercana a mis ideas. Definitivamente voy a envejecer a su lado.
     
Enciendo otro cigarrillo y emprendo la marcha. Camino despacio, pegado a la pared. Voy hacia casa. No hay otro camino. Para nadie hay otro camino. La vida sería más sencilla si pudiésemos quedarnos en casa sin hacer algo. En una ciudad, no hay nada qué hacer. Emborracharse es lo más cercano a salir de la ciudad. Estamos enjaulados. Todo lo que podemos hacer ha sido puesto ahí por alguien más, pero nadie hace realmente lo que quiere hacer; ni siquiera tienen deseos propios, los deseos han sido incubados: desea la playa por mil pesos por persona la noche. Desea ropa de marcas americanas con el veinte por ciento de descuento. Desea un coche asiático desde mil seiscientos pesos al mes. Desea bailar en el Mama Rumba por un pase de doscientos cincuenta pesos y un mojito incluido. Desea joyería del Palacio de Hierro a meses sin intereses. Solo había dos cosas que yo podía desear a estas alturas: morir en paz y estar borracho todo el tiempo posible mientras llegue a ello. Cualquier otra cosa no me atraía.       

No compro flores, pero sí whisky. Antes de llegar a casa compro una botella. Llegando a casa pongo agua en la hielera para hacer cubos de hielo. Saco cacahuetes del estante y los sirvo en un plato y coloco el plato y un par de vasos junto a la botella, sobre la mesa del cuarto. Pongo un par de sillas.

 Son las seis menos diez. Tengo una hora para renacer. Voy a cagar al sanitario. Me lavo manos y dientes. Me echo agua a la cara. Me cambio de ropa.

A las siete menos cuarto, llega mi mujer. Nos abrazamos. La separación ha sido tortuosa para ambos. Por primera vez en la vida amo a una mujer verdaderamente. ¿Qué hiciste en mi ausencia?, pregunta E. Nada, respondo, fui a comprar whisky. ¿En todo el día? ¿Nada? ¿Sólo comprar whisky? Dormí hasta tarde, bebí un par de cervezas, compré whisky. ¿Alimentaste a las gatas? Dios, no. E. sale del cuarto y alimenta a las gatas. Mientras lo hace, me grita: vengo muerta, P., fue un día duro en el trabajo. Sí, le grito en respuesta, lo sé, por eso he traído whisky y cacahuetes. Entra al cuarto. Se quita los zapatos. ¿Sabes?, me dice, es muy amable de tu parte, pero… camino acá pensé que llegando podríamos ir a Sanborns. Bueno, dije, he comprado el whisky y… Sí, lo sé. En fin. Se sienta sobre una silla. Yo la miro. Es mi mujer, me digo, qué cojones. Además, nos vamos a morir. Me levanto y le digo: anda, E. cálzate. Vamos a Sanborns. E. sonríe de oreja a oreja. Me abraza. Te amo, dice.

A las ocho en punto entro a Sanborns cogido del brazo de E. Federico nos recibe con alegría. No dice un palabra de mi estancia por la tarde. Es un hombre educado y discreto. Nos instalamos en nuestra mesa. ¿Lo de siempre?, pregunta Federico. E. dice, sí, sí. Federico se va y al minuto regresa con un par de Tecates micheladas, una sin escarchar y un plato de cacahuetes y uno de chicharrón. E. se le acerca y le dice, oye, Federico, no he comido. Federico sonríe.

A las ocho con quince me encuentro ante una mesa llena de sopes y caldos de camarón y habas y cervezas. Con E., mi mujer y mi vida por delante, mi tiempo por delante, que ya no es mucho. ¿Pero qué otra cosa puede uno hacer, sino esperar la muerte sentado en un bar?






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