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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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domingo, 28 de septiembre de 2014

Un premio literario y una mujer.


A partir del día en que el poeta Salamanca Arce ganó el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, se desató entre nosotros una relación extraña, además de la ya establecida relación de supuesta amistad que teníamos. En adelante, tanto él como yo tratábamos, por todos los medios posibles, de mantenernos al tanto de la vida uno del otro, en especial, en lo tocante a dos aspectos, a saber, en primera instancia, el de los logros literarios del otro, y en segunda, casi menos importante, aunque, primitivamente más importante, el de la vida sexual del otro: ¿con qué mujeres se acuesta Salamanca?, ¿con qué mujeres se acuesta Salmoneo? Tanto los avances literarios, como las mujeres que pudiésemos ligar, siendo ambos del mismo grupo de poetas mexicanos, significaban para el adversario una derrota personal. Cualquier premio que yo ganase, sería un robo a Salamanca, pues seguramente él participaría del mismo, y cualquier mujer con que yo me acostase me habría preferido a mí que a él, porque tanto él como yo cortejábamos a las mismas mujeres de nuestro círculo social. 

      Por mi parte, era un adversario bastante inepto: no participaba en concursos literarios, ni publicaba, ni ganaba becas porque no era de mi interés particular el hacerme camino profesionalmente; no creía que un poeta pudiera ser un profesional, o mejor dicho, que pudiese no serlo, que existiese entre dos poetas la diferencia de la profesionalidad, como la existe entre cualquier otro negocio, verbigracia el tenis, donde un puede ser aficionado o profesional. Para mí, ser poeta era, básicamente, pero un básicamente que no requiere más, escribir poesía y estar comprometido con ello de manera personal, más que social. Si mis poemas sobrevivían a mí o no, me importaba poco, no buscaba la supuesta inmortalidad que nos trae la impresión de libros nuestros, la construcción de estatuas con las caras de nosotros, la aprobación gubernamental para aparecer citados en libros de texto de enseñanza pública primaria y secundaria, el sitio asegurado en el panteón de los poetas consagrados.

      En lo referente a las mujeres, no solía interesarme en ellas como lo hacían Salamanca o Martin Petrozza: casi con atropello se lanzaban sobre una mujer que les gustase, y más aun si sabían del otro que le gustaba, en competencia perpetua por acostarse con el mayor número de mujeres y con las más bonitas, y en robar al prójimo la mujer sobre la que había puesto el ojo. Como solía decir Petrozza: en la guerra del sexo no aplica el refrán: más vale calidad que cantidad, en la guerra del sexo todo vale, cantidad y calidad, y si se puede ambas, mejor, y si no, no importa, lo importante es beber y follar la mayor parte del tiempo. Salamanca, menos cínico, aunque no menos ducho, se las ingeniaba para dar pelea a Petrozza, quien, más que pelear contra Salamanca o cualquier otro, peleaba contra sí mismo, pues mientras Salamanca actuaba bajo la filosofía de no acostarse con alguien que se hubiese acostado con Petrozza, Petrozza no hacía diferencia y se acostaba con cuanta mujer podía, y si había pasado por Salamanca, u otro del grupo, decía: mejor, pa´ que compare. En este sentido, Petrozza no se tomaba en serio la guerra contra alguien, caso análogo, él no guerreaba contra Salamanca en el sexo como yo no guerreaba contra él en la poesía. Era Salamanca un competidor paranóico.

En la literatura, no digamos la poesía, porque Petrozza no es poeta sino prosista, Petrozza no guerreaba contra alguno, no hacía alarde y aunque ávido de fama y de estatuas con su cara, etc., era, en el fondo, afín a mis ideas de lucha interna, lucha contra uno mismo. Creía firmemente, como hacía yo, en la importancia de la soledad en lo tocante a las letras. Cuando Salamanca, o cualquiera, venía a él a presumir algún texto nuevo, él los aplaudía por cortesía, pero no pensaba nada, ni malo ni bueno, y si alguno le pedía a él que leyese algo de su autoría, se negaba porque no consideraba haber escrito algo digno de ser leído ante un público tan selecto. Broma, por supuesto, para mostrar su falsa modestia. No solía contar sus logros literarios, aunque los había, bastantes, a decir verdad, o al menos, más de los que uno podría esperar de un hombre como Petrozza, es decir, de un borracho pendenciero, desobligado y con la cabeza entre las piernas, que no hace otra cosa, de lo que él mismo se jacta, que beber, follar, leer y escribir. Ninguno le habíamos visto jamás escribir. Sin embargo, podías entrar a las librerías de más prestigio y comprar, por cantidades no risibles, alguno de sus libros publicados. Ante ellos, solía preguntarme: ¿cómo lo hizo?, éste borracho cabrón.

Mi interés por las mujeres era casi nulo, con excepción de una, no particular. Quiero decir: mis capacidades amatorias daban tan sólo para amar a una mujer por vez, y debía amarla apasionadamente, al grado de entregárselo todo, y tanto, que mis intenciones no eran nunca meramente sexuales, sino amorosas, motivo por el cual, la mayor parte de mi vida la vivía con el corazón hecho pedazos, o palpitante y sangrante por un amor incierto, con la esperanza de aprobación, con miedo a no ser correspondido, o correspondido ya, temeroso de que el amor de mi musa no fuese tan sólido como el mío, pues mi corazón se entregaba, no incondicionalmente; exigía a cambio ser pagado con la misma intensidad. Siendo así, Salamanca había ganado no sólo el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, sino también, a Julia, mujer de la que yo me enamoré y por la que lloraba al caer la luna, en mis habitaciones, solo, siempre solo, sin ser amado nunca por el objeto de mis amores. Para Salamanca Arce, Julia no significaba otra cosa que sexo y orgullo. El orgullo de haber arrebatádome las dos ilusiones de mi vida a los veintiséis años: la ilusión de mi primera participación en un concurso literario, y la no primera, aunque no por ello menos dolorosa (todo amor es un amor primero), ilusión de Julia.

Quizá por Julia, y no por la poesía, fue que comencé a interesarme malsanamente en la vida del poeta Salamanca Arce, rival forzado de mi vida, amenaza natural, tornado que se avecina sin fines destructivos, aunque su naturaleza sea para el hombre la de destruir. Por medio de fallos, gacetas y blogs, me enteraba de sus avances en las letras: publicaciones en revistas, entrevistas al ganador, menciones honoríficas, la presentación de la publicación de un poemario suyo, intitulado A Julia, etc. Por medio de ciertas amistades, entre ellas la amistad de Petrozza, claro está, me enteraba que Julia le amaba, o que ya no le amaba, o que le habían visto con otro, o que había recapacitado y su relación con Salamanca era más sólida ahora que le había sido infiel dos veces, etc. Yo ya no hablaba con Julia a la cara porque, aunque mi amor por ella seguía fresco, o quizá, precisamente por ello, la odiaba. Odiar a Julia consistía, primordialmente, en no mirarla de frente, pero hablar de ella, llorar por ella en cada bar, mantenerme al tanto de sus pasos. Sobre todo, de los pasos de Salamanca, que, ya es tiempo de confesarlo, me interesaban porque estaba seguro que un día, no muy lejano, Salamanca caería en tentación, cometería la infidelidad, infidelidad de la que yo me había propuesto tener pruebas, y Julia le abandonaría.  

Salamanca debía estar al tanto de los rumores de mi venganza, cosa falsa, como ya dije: no me interesaba competir con él en poesía, no en mujeres; lo único que deseaba era recuperar a la Julia que nunca tuve, pero amé siempre, desde antes siquiera que Salamanca posase la mirada en ella por primera vez. Los rumores, rumores siendo, debían advertir al poeta de falsas alarmas: Salmoneo piensa participar en el V CERTAMEN DE POESÍA JUVENIL, o: Salmoneo está por publicar un libro en la misma editorial que tú, o: Salmoneo se verá con Julia la semana entrante en casa de Petrozza, a donde la ha invitado el escritor so pretexto de una fiesta de amigos (Julia y Petrozza eran grandes amigos; fueron amantes en 2013). Salamanca temía por que conocía la oscuridad de su alma. Sus ansias de ganar, de competir y ganar, le envilecían al grado de no descansar en paz tras haber ganado, tras haber conquistado victorias a costa de otro, de arrebatar, de apuntar sus miras a las miras del otro, en vez de tener miras propias, sinceras. A Salamanca no le importaba ganar el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, sino ganarme a mí y a dos poetas más del mismo círculo que participamos. Si Arcila o Loera hubiesen ganado, en vez de Salamanca, o yo mismo hubiese ganado, la contentura de los otros no se hubiese menguado; la alegría sería compartida, palmearíamos la espalda del ganador y brindaríamos con él, y él palmearía nuestras espaldas y brindaría con nosotros, en vez de jactarse y alejarse, colocándose, según su perspectiva, en superioridad respecto a los perdedores. Salamanca no amaba a Julia. Amaba, antes que a ella, al orgullo de poseer a la mujer de la que todos saben que Salmoneo está enamorado pero no le corresponde, y asentar así, de una buena vez, su masculinidad de poeta viril, ganador del XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS y novio de Julia, la inalcanzable.

El último enuncia alude a una parte de Julia que no he mencionado, pero la descubre ya: Julia era una mujer inalcanzable. No era yo el único detrás de su amor o de su sexo (la mayoría detrás de su sexo, aunque no niego la posibilidad de que otro, como yo, le amase sinceramente). Era bella, decirlo sobra: uno no se enamora de una mujer fea, jamás, aunque la belleza pueda manifestarte tanto en lo físico como en lo intelectual; Julia era bella física e intelectualmente; era poetiza y ella misma había participado en el XI PREMIO DE POESÍA JULIO CASTELLANOS, sin enojarse al perder, y, siendo mujer, en vez de ello, entregándose al ganador, que es lo mejor que puede hacer una mujer en competencia contra un hombre.

A julia se le conocían dos hombres en su pasado: uno, Esteban Villalpando, poeta del estado de Michoacán, que fue novio suyo de los veintidós a los veinticinco años de Julia (ahora tenía veintisiete), y a Martin Petrozza, con quien sostuvo amoríos no comprometidos, y por los cuales lloraba, de los meses de febrero a octubre de 2013. Tras su última relación, es decir, su relación sentimental unilateralmente, y sexual bilateralmente, Julia prometió no volver a amar a alguno que fuese escritor. De por sí, mujer no promiscua, la promesa que Petrozza le propició nos dejó a todos fuera de su alcance. A pesar de ello, yo, y seguramente algunos otros, no dejé de insistir en conquistarla, sin éxito, sin el mínimo éxito, pues Julia me consideraba tímido y seco, o tímido y tonto. Julia no era una mujer seductora, ni una mujer con iniciativa, y, pensaba yo, por ello cayó en garras de Petrozza, pues es pasiva; una mujer a la espera del cazador, que debe cumplir con las características de un cazador para que ella se deje cazar. De Villalpando no puedo hablar porque no le conocí personalmente, pero se dice que era un hombre beligerante, un cerdo engreído y presto a discutir, competir y vencer.

El anunciamiento de sus relaciones con Salamanca nos dejó estupefactos, aunque podía esperarse de una mujer como la antes descrita, darse a Salamanca, que era, de cierto modo, la combinación de un Petrozza cínico y aventado, y un Villalpando competitivo y ganador, que además de ello, era bueno prometiendo amor, según contaban sus ex mujeres (aunque no cumpliéndolo). La belleza de una mujer no es directamente proporcional con su capacidad de elegir al hombre correcto. La belleza no es un escudo a los traumas de la infancia. Una mujer bonita pude carecer de estima tanto o más que una mujer fea, y terminar ligada a un hijo de puta, del que se dirá: ¿cómo haces para salir con mujeres bellas, siendo tú tan feo? La respuesta es sencilla: oliendo la estima de las mujeres, y seleccionado, de entre las más bellas, la de menor estima.

Cuando me enteré que Julia se hacía novia de Salamanca, la injurié. Luego, pasado el mal rato, volví a amarla incondicionalmente y se lo dije, se lo escribí en misiva que le hice llegar por medio de Martin Petrozza, quien se ofreció a ello, y dijo que además de entregar el mensaje, haría uso de sus facultades para hacer creer a Julia que yo valía algo, y, quizá, volcar su atención, si no toda, lo suficiente, hacia mí, para que me tomase en consideración a la hora de desear el sexo o el amor. Hice prometer a Petrozza que no diría una sola palabra a Julia respecto a mí, debía limitarse a entregar la carta. Le conocía y estaba seguro que más que ayudar, acabaría creando en Julia la impresión de mi que no quería dar: la de ser uno igual a Petrozza y a todos.
     
Julia no respondió algo a mi carta, excepto las siguientes palabras, que me hirieron, dichas a Petrozza cuando le hizo entrega, y que Petrozza repitió para mí en son de burla: ¿quién es Salmoneo? Petrozza, al ver mi depresión, ya en serio, me consoló asegurando que acto seguido, dijo: ¡Ah, sí, sí, cómo olvidarlo! Sin embargo, no le creí. ¿Cómo olvidar algo que has olvidado?

Mi consuela radicaba en mantenerme al tanto de la vida de Salamanca, de sus logros literarios, no para envidiar, sino deseándole fortuna, y de su vida amorosa, para velar a la distancia por mi amada Julia, hacerme a la idea que mi musa estaba en buenas manos, en manos de un poeta exitoso, algo mejor que yo, para renunciar sin llanto y sin dolor a la mujer que amaba, aunque Salamanca, en cambio, me espiara la vida por temor a perder ante mí la gloria de lo arrebatado, como si yo fuese adversario digno de ganar un premio o el corazón de una mujer.




viernes, 26 de septiembre de 2014

Borderline.


Texto por: Salvador Hernández



Fragmento de libro Bordeline.




 TRISTEZA

Hay veces:
Que la tristeza acecha,
Detrás de cada sombra
En cada página, de cada
Libro,
En las hojas, en el viento,
En el mar, en una ola.

Y entre un sueño sin forma
Se arrastra un temor,
Inevitablemente cruel
Mientras yo presiento
Que alguien me sueña.
Como un pájaro ciego………


ESPERÁNDOTE

Esta ciudad que sangra
Mientras mi habitación
Esta quieta en penumbras.

Sabiendo que no vendrás
Yo espero como un loco
Volcado en una hoja
Con palabras en
                          Sombras.
Y aun que sé que a tu
                          Regreso
Esta mi propia muerte,
Espero al día que no
                           Llega
Y a la noche que no termina
                           De irse
Envuelto en esta obscuridad
                           Constante.


 PALABRAS MALDITAS

Recuerdo aquella tarde maldita
Cuando dijiste:
Nunca te olvidare, siempre te amaré
Hay ciertas palabras que nunca deberíamos pronunciar
El mismo sol azota la arena, en esta playa
En esta otra tarde melancólica
Pero mi recuerdo ya no vive en tu memoria
Yo el que no creía en ciertas palabras
Como un cangrejo escribo una vez más
Tu nombre sobre la arena……….

  
EVADIÉNDOSE

Imágenes sonrientes, la calle mojada
Todo gira, se revuelca la memoria
De repente me atrapa
La hiel de la vida
Esas tinieblas del alma
Es tan delgada la hebra
Que me sostiene que pulsa
Sería tan fácil cortarla
Tan solo mirar como sangra
La ventana color escarlata
Mi mente está cansada
Quisiera tanto escaparse
De esta realidad que me atrapa…


OBSESIÓN

Estoy condenado
A buscar tus ojos
Tus manos blancas
Tus labios rojos
Tu hermoso rostro

A través de la neblina
Que dejan los años
De la prisión oscura
Que me dejo tu amor
Y tan solo dime
¿Quién llenara el vacío?
El hueco tibio
¿Qué me dejo tu amor?



Texto por: Salvador Hernández

domingo, 21 de septiembre de 2014

Nat.


En cierta ocasión, Nat me dijo que le encantaba hacer sexo oral a hombres, en particular a uno, y le gustaba imaginar que se lo hacía todo el tiempo, mientras él se duchaba, o mientras él hacía los deberes o cenaba pan con leche o dormía. Esto me excitó. Me asombró la idea de un sexo en lo cotidiano, sin la pasión de un sexo preconcebido, esperado o deseado, pero tan o más erótico por su naturalidad, como el cuadro de una escena sensual, frío en su materia, pero seductor y cálido en su mensaje.

En adelante, no puede dejar de pensar en Nat. Nat era amiga mía pero entre ella y yo jamás había pasado algo, a pesar que siempre me contaba sus experiencias con hombres y yo le contaba las mías con mujeres. Es decir, a pesar que ambos sabíamos del otro que disfrutaba del sexo y no se comprometía. Me masturbaba pensando en Nat, imaginando que era yo aquel hombre al que ella disfrutara hacer sexo oral mientras leía poemas de Rilke, recostado sobre un viejo sofá. A aquel hombre le consideraba yo muy afortunado. Sin embargo, la boca de Nat no había estado en él porque no la correspondía. Pensar en ello me proporcionaba el placer de los cobardes, me decía: espero que jamás la corresponda.

      No confesé a Nat mi intimidad. Hacerlo supondría una galantería, por decirlo de algún modo. Nat y yo atravesábamos aquella etapa en las relaciones entre un hombre y una mujer en que ya es demasiado tarde para insinuarse. Sabíamos, porque nuestras conversaciones eran largas y locuaces, porque reíamos juntos y porque nos tocábamos las manos y los hombros al conversar, que nos atraíamos a pesar de no haberlo dicho en un principio, cuando era tiempo de hacerlo. También sabíamos, de un modo casi oscuro, que haberlo hecho nos hubiese privado de estos momentos, más largos y duraderos, del placer de conversar; cosa que, quizá, era nuestro consuelo a un sexo que se cebó hace casi un año gracias a nuestra inconfesada vergüenza, a nuestra cobardía, una cobardía a sentir, a enamorarse, que nos privó de un amor pleno, más que brindarnos conversación buena, pero insatisfactoria. Cada velada había al finalizar un velo opaco que no permitía a nuestras sonrisas ser sinceras. Al momento de las despedidas nos despedíamos con besos en las mejillas, cerca de los labios, con roces de las narices o con las bocas pegadas a los cachetes por más segundos de los adecuados a una mera amistad o a una mera despedida. Como si del corazón de ambos saliesen suspiros acallados. O de nuestros genitales, ansias. ¿Por qué reprimíamos esos suspiros y esas ansias?

Además de ello no solía pensar en Nat más de lo necesario, y me decía, cuando había terminado de masturbarme pensando en ella, que no significaba algo para mí: sencillamente, el deseo carnal que podría sentir por cualquier otra de la que supiese su facilidad para el sexo sin haberlo probado debido a un error mío: el de no proponerlo en el momento preciso en que su sexo lo estaba esperando. Me acostaba con otras chicas, de las que no me quedaba, las más de las veces, ni el recuerdo de un sexo grato, y en contadas ocasiones, olvidaba aquel recuerdo grato al llegar a mí la siguiente chica. La verdad, sin embargo, era una: Nat era la constante, el puente entre una y otra. Era lo único que no podía olvidar, sin haberla tocado nunca. Mis fantasías con Nat eran por mucho más satisfactorias que mis actos.

Llegué a pensar en Nat mientras alguna otra me hacía sexo oral. No era un sexo como el de Nat, por supuesto, ya que lo hacía tras una borrachera o con alguna con quien lo había hecho antes y nos citábamos sólo para ello; no con la naturalidad de quien toma el desayuno y es atendido por Nat por debajo de la mesa, a gatas, sin decir una palabra, casi sin gemir ni demostrar algo, excepto, quizá, al momento de correrse en su cara o en su boca. Sabía de Nat, además, que gozaba de beber licor de semen; lo contaba con tanta pasión que no podía menos que excitarme cuando lo hacía y sentir desesperación por introducir mi pene en su boca y hacerla tragar. Pero Nat era mi amiga y como ya dije, contenía las ganas por no echar a perder los momentos en que Nat me lo contaba como a su mejor amigo, su confidente, el único que conocía la vida sexual, de pies a cabeza, de Nat. El precio de aquel secreto era alto. Llegué a considerar más a afortunado a uno que gozara de sus placeres un sólo día, que a mí que los escuchaba todos en conversaciones.

Pedir a alguien que hiciese lo que Nat deseaba hacer a otro, me parecía imposible. Pronunciarlo, sugerirlo si quiera, era arrebatar al acto la magia de la espontaneidad, de la naturalidad que me agradaba de la escena que Nat dibujó en mi mente e hice mía. Sólo ella podía cumplir mi fantasía, que era suya pero le robé, y sólo él, alguien que no soy yo, podía realizar la de ella. Proponer a Nat que fuese yo quien se dejase hacer mientras escribía una carta a su madre, era, lo mismo, imposible e impensable.  Mi único consuelo era la masturbación. Vivía con la esperanza de encontrar una mujer que pensase como Nat, sin que yo lo propusiese, y que un buen día, estando yo sentado sobre un sofá, leyendo novelitas de Spota, llegara a mí a cuatro patas, en silencio, me sacara la cosa y se la comiera despacio. Que estando yo plenamente dormido, despertase con su boca en mi sexo. Que al desayuno me bajase los calzones mientras mi boca probaba huevos con jamón. Que lo hiciese mientras miraba un filme de Fellini. Que lo hiciese mientras defecaba en el excusado de mi casa. Debajo de la mesa de un restaurante.

2

En otra ocasión, pasados cinco o seis meses de que Nat dijera aquello sobre el sexo oral, me contó que la noche anterior había sido violada. De momento no la creí porque no lucía como una chica a la que alguien hubiese violado. Supuse que, de haber pasado, debió ser con algún amigo o conocido y se lo pregunté. En efecto, fue un conocido. La invitó a mirar filmes de Buñuel en una cabaña suya, a las afueras de la ciudad. Estando allí, y para no hacer el rollo largo, se le fue encima a pesar que Nat se negó. Nat dijo: "Pedí cuatro veces que no lo hiciera". Luego, agregó las siguientes palabras: “Se lo dije con voz de dolor. De corazón roto”. Esto me conmovió. Me hice una idea de la cosa: un chico, a sabiendas de la proclividad de Nat al sexo, le invita a una cabaña a las afueras de la ciudad. Las intenciones van implícitas. Nat debió suponerlo. El chico debió suponer que ella lo suponía. Aceptar ir era aceptar el sexo. Una vez en la cabaña, la negación era absurda. Uno no lleva a una chica hasta una cabaña alejada de la ciudad a ver filmes de Buñuel. ¿En qué mundo vives, Nat?, pensé. Esto me mostró cierta ingenuidad en su persona, de la que yo no tenía conocimiento hasta ahora. Podía ser experimentada para hacer sexo oral a hombres, pero ingenua a la hora de intuir las intenciones de un chico. Todos los chicos tienen las mismas intenciones, le dije, no lo dudes nunca, ni del chico más bueno de la ciudad, ni del más tonto. “Lo único que deseaba era que se corriese pronto”, dijo. “Me dejé hacer”, dijo.

      Ahora bien, la última frase despertó en mí tanto deseo como la fantasía del sexo oral. Llegado a casa miré fotografías de Nat y me masturbé pensando que era yo quien la violaba. Imaginé sus gemidos, sus arrebatos de oposición. Me imaginé sujetando sus muñecas contra el suelo de madera de una vieja cabaña a las afueras de la ciudad. Imaginé la resistencia natural de su vagina a ser penetrada, seca, pero de a poco, húmeda. “Me dejé hacer”, había dicho. Esto suponía la lubricación, una lubricación forzada, casi salida de la imaginación de Nat. Pensé seriamente en violar a Nat. No podría reclamarme nada. Le diría: ¡tú también querías, no lo niegues!

      Dos días después Nat me confesó que ya no podía hacerlo. No podía acostarse con nadie. La violación había afectado su cerebro. Lo supo porque se fue con un chico que le gustaba hace tiempo. Se acostaron en casa de él. Se desnudaron y estuvieron a punto, pero al momento, Nat se negó. “No pude, Dios”, dijo. Vamos, le dije, no permitas que te afecte. Nat sonrió. Mis palabras eran vanas. No era tan fácil. Comencé a pensar en la violación de Nat con la seriedad debida. Hasta entonces se me antojaba una trampa de su mente para no confesarse que ella había ido a esa cabaña con las mismas intenciones que su victimario, pero se había arrepentido por algún detalle de él que no le gustase y se había hecho pasar por la ingenua víctima de un hombre agresivo y peligroso, cuando se trataba tan sólo de un chico de la edad de Nat con el que ella misma se había emborrachado en fiestas y le había coqueteado. ¡Ahora resulta que la violaron, pensé, qué puta! Fui injusto con Nat.

3

Ahora que conocía la verdadera seriedad, es decir, el verdadero desenlace de su sufrimiento: su incapacidad al sexo, Nat dejó de interesarme. Cuando pensaba en ella, pensaba en sus palabras: “No pude, Dios”. Me imaginaba con ella en cama, desnudos, a punto de hacerlo y a ella parando la cosa porque “ya no puedo hacerlo”. Nos imaginaba llorando en cama.

      Intenté masturbarme con sus fotografías, pensar en su sexo oral, en violarla sobre el suelo, en penetrarla contra su voluntad, escuchar sus gemidos y sollozos, su “voz de dolor. De corazón roto”. Que pensase: “Que se corra pronto”, y no correrme pronto, demorarme lo más posible para alargar el infierno, embestirla, joderla por haberse negado a acostarse conmigo durante todo el año y en vez de ello contarme sus relaciones con otros, como si yo no sintiese algo, como si yo no la deseara o fuese menos hombre que ellos, no suficientemente bueno para que me lo hiciese al dormir, para irse conmigo a las afueras de la ciudad, etc. Los intentos fracasaron. Desde que lo dijo, antes de correrme, escuchaba en mi mente sus palabras: “Ya no puedo hacerlo”. La excitación se me salía del cuerpo como el alma a los muertos y no podía más. La flacidez me venía de inmediato. No se levantaba por más que insistiera; si esperaba unos minutos y recomenzaba con Nat, llegaba al mismo punto cada que estaba a nada de venirme.  

      Aquel chico había acabado con Nat y de paso conmigo. “Ya no puedo hacerlo”, me dije. No hay más Nat para mí. En adelante me despreocupé de ella. Dejé de interesarme por nuestras conversaciones. Las aplazaba cada que podía. Me esmeraba en ocuparme las noches de martes y jueves, cuando solía mirar a Nat, y me enorgullecía si tenía un pretexto para cancelar nuestro encuentro. Le decía: lo siento, Nat, no podré verte esta noche, voy con una chica. Nat se lamentaba. Decía, “ay qué suerte la tuya, yo ya no puedo hacerlo”. Y sentía cierta satisfacción, la satisfacción del cobarde, al pensar: ojalá nunca más puedas volver a hacerlo.





     


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