Blog.

Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

Loading...

domingo, 20 de julio de 2014

Infancia: Colegio del tepetac.



No he hablado de mi padre, pero tenía un padre que vivía con nosotros. Su historia es un caso de éxito, o fue un caso de éxito, hasta 1994, año en que sobrevino la devaluación en México, al finalizar el gobierno de Carlos salinas de Gortari, y ocurrió la separación entre mi padre y su hermano, socios empresariales. Mi padre y su hermano eran, antes de aquel año, un par de exitosos empresarios, importadores de maquinaria para las artes gráficas. Importaban de Estados Unidos a México. Generaban cuantiosas utilidades comprando a los estadounidenses maquinaria usada y vendiéndosela a los mexicanos. Me refiero a la historia de mi padre como una historia de éxito porque no siempre fue rico. Comenzó a los diecinueve años, edad que se convirtió en padre de mí, con la venta de una lavadora de ropa que compró mi madre con los esfuerzos de su trabajo como Educadora. En aquel entonces, estoy hablando de 1984, mi padre se vio forzado, gracias a mi nacimiento, a abandonar los estudios en Derecho Civil, estudios que solventaba mi madre, adelantándose a la época en que la mujer trabajara. Vendió la lavadora e invirtió el dinero en su primer Davidson 501, una máquina de imprenta offset, que compró a dos pagos a un tío suyo, metido en el negocio de las artes gráficas.

Esto es todo el conocimiento que poseo respecto al negocio de mi padre. Todo se resume a que, en adelante, después de aquella transacción, labró camino al éxito. Mi madre sufrió las acusaciones de una sociedad machista, de que una mujer no podía sostener a un hombre. Tres años después, mi padre limpió el nombre de mi madre y demostró que ella no se había equivocado; su loca apuesta había sido favorable. Ahora, aquel hombre, alguna vez mantenido por una mujer, pagaba con creces el esfuerzo a él brindado. Era dueño de una empresa proliferante: GRÁFICA MAQUINARIA S.A. DE C.V. ¿Quieren saber hasta dónde llegó? Busquen su nombre en la historia de las artes gráficas en México. Comprenderán su alcoholismo y su depresión después de 1994. Les ayudaré a darse una idea: imaginen que son el dueño de Coca-Cola, y un buen día, se declaran en quiebra. Es un milagro que saliese vivo. Es un milagro que no se pegase un tiro.

      En la época del Colegio de la Vera Cruz, mi padre apenas comenzaba su carrera. El colegio era privado y se pagaba gracias al esfuerzo de mi madre, a un descuento de empleados al que accedía, y a los mengues ingresos de las transacciones de mi padre. Significaba un enorme sacrificio que yo cursase los estudios en aquel colegio, y yo me negaba. ¿Era culpable? No. Yo era vida en ebullición, y ellos, mis padres, culpables de esa vida. Si mis padres me concibieron planeado o no, no es un secreto.  Yo fui un accidente. ¿Me duele saberlo? No. Mi rebeldía viene desde el espermatozoide. Yo fui aquel espermatozoide maldito que cambió la vida de dos adolescentes. Dime, Dios, si podía esperarse de mí la sumisión. Un espermatozoide así no iba a arrodillarse.

      Mi padre fue un hombre cariñoso y honorable, según cuenta mi madre, aunque no tengo ningún recuerdo de ello. Los recuerdos infantiles que poseo son que solía pegarme con el cinturón que le sujetaba los pantalones, y eso es muy poco cariñoso y honorable. Antes de adentrarnos a terrenos tan oscuros, voy a esbozar un recuerdo cariñoso de mi padre, el único recuerdo cariñoso que tengo de mi padre: se trata de un recuerdo que no me incumbe. El recuerdo es el siguiente: Padre está en cama con el último de mis hermanos menores (es un bebé de menos de un año), elevándolo por los aires y soplando al bajar en su pequeña barriga. Los pies del bebé se mueven rápidamente y ríe a carcajadas. No me pregunten por qué; en el fondo de mi alma sé que mi padre me dio la misma felicidad cuando yo era bebé. Es un recuerdo falso, algo que probablemente nunca pasó, pero es el mejor recuerdo infantil que tengo de mi padre. Padre, ¿me alzaste por los aires como lo hiciste con mi hermano aquella tarde? Si no lo hiciste, por favor, dime que sí. Dímelo, y te perdonaré al instante todo el daño que me hiciste. Madre, ¿por qué lo permitiste? Sé que tu amor por mí fue bueno y sincero, aunque tu sumisión ante mi padre fue más grande.

      A la edad de seis años me convertí en esclavo de mis padres. Si a alguno se le ocurría comprar alguna cosa, era a mí a quien mandaban al mercado. No importa si yo estaba haciendo mis  cosas. No importa si me mandaban cinco o siete veces al día, o si me mandaban apenas regresaba de otro mandado. No les importaba nada. Podían pedir y pedir y yo no podía negarme. Si me negaba, padre me daba una golpiza. Cualquier golpe, a la edad de seis años, venido de tu padre, es una golpiza. Le odiaba. También odiaba a mi madre porque no me defendía, y porque, las más de las veces, era ella quien hacía los encargos. Una vez dije a mi padre: no quiero ir, no soy tu esclavo. Contestó: yo soy el padre y tú eres el hijo. Ya tendrás tus propios hijos. Lloré aquella tarde. Deseaba tener mis propios hijos y pegarles y enviarlos al mercado en lugar mío. También deseaba crecer para matar a mi padre. Era un niño con los genes malditos.

     Más tarde me enteré en el colegio (ahora cursaba los estudios primarios) que otros niños también eran esclavos de sus padres. Había algunos que lo llevaban peor que yo: les hacían limpiar los pisos y sus habitaciones. Si no lo hacían les bajaban los pantalones y les pegaban en el culo. Prometí que no tendría hijos porque no deseaba tener que pegarles. También prometí que un día mataría a mi padre, y, si se interponía, también a mi madre. Tenía once años y no tenía escrúpulos. Mis padres tampoco tenían escrúpulos  para privarme de mi libertad y pegarme. Padre solía usar un cinturón o un cable. Era mucho mayor que yo; miraba su brazo tomar vuelo y al instante siguiente sentía arder la carne. Me pegaba en las piernas. Sin pantalones. Tenía los muslos marcados casi todo el tiempo porque a pesar de sufrir los golpes, me rebelaba y no quería ir al mercado. Sobre todo cuando estaba jugando. Odiaba que me enviasen en medio de un juego, o cuando leía Los viajes de Gulliver. Deseaba ser un gigante y aplastar a mi padre como a una maldita cucaracha. Mi madre no debía interponerse. Nunca se interponía cuando por culpa suya (me negaba a ayudar en casa) padre se quitaba el cinturón y me zurraba. Jamás interfirió a pesar que ella lloraba cuando padre me hacía aquello. Era un pobre vieja sumisa. Apuesto que en sus imaginaciones me ayudaba. Apuesto que rogaba a Dios para que yo no me negase a hacer el mandado, en vez de rogar para que padre no me pegase. ¿Dónde estaba aquella buena madre que solapaba mi relación con Marisol y me permitía vivir mi vida lo mejor posible? Claro, tenía tres años y no podía hacer mandados, ¿para qué torturarle?

En aquella época asistía al Colegio del Tepeyac, en la colonia Lindavista. Era un colegio enorme y el primer día de clases perdí de vista la fila de mi grupo. Mi grupo era el 11. Los grupos se dividían en decenas, según el grado. Del 10 al 19, los de primer grado. Del 20 al 29, los de segundo grado, y así sucesivamente hasta el 69. Era un colegio de chicos ricos. No era un colegio de alumnado mixto. Los chicos en un lado y las chicas en otro, alejadas del despertar de nuestros instintos. En teoría, era un colegio laico. No había monjas. Había frailes. No se nos obligaba a ir a la capilla, pero había una capilla. En 1989 todo mundo daba por sentado que uno era católico. La segunda religión socialmente aceptada era el cristianismo. Yo no era católico ni cristiano. Era Testigo de Jehová, algo mucho peor. Nos volvimos Testigos de Jehová gracias a la influencia de la familia de mi padre, sin importar la opinión de mi madre, procedente de una familia católica. Teníamos prohibido celebrar la Navidad y los cumpleaños, pero más prohibido aún, hablar de ello en el colegio. Si se me cuestionaba, debía declararme católico o cristiano, según los deseos de mi interlocutor. Ser católico era de una relevancia inaudita. Se estaba con ellos, o en contra de ellos, pero nunca ajeno a ellos. Los cristianos ganaban fuerza; eran la secta religiosa más aceptada. Toda esta polémica me confundía. Recibíamos a los Testigos de Jehová todos los jueves a las cinco de la tarde, para estudiar la Biblia, y debía creer en ello, pero tenía prohibido confesarlo en el colegio. Personalmente me importaba poco, todo lo que me interesaba de los estudios bíblicos eran los dibujos de mujeres desnudas en la época de Adán y Eva, y los ojos azules de Celeste, la hija de los señores que nos daban el estudio. Sería una niña de catorce o quince años, no sé, rubia como el oro y con los ojos bellísimos, de un azul intenso y radiante. Yo deseaba acostarme con ella, aunque, en aquel entonces, no sabía muy bien lo que significaba acostarse con alguien. Sus ojos eran todo mi universo de cinco a seis de la tarde. Después de eso, por las noches, pensaba en ella y me tocaba. En ese sentido era un niño muy precoz. 

      En aquel colegio conocí al niño que podría considerar mi primer verdadero amigo: Andrés Cuenca. Le conocí en segundo grado. Nuestro grupo era el 21. Los números de los grupos estaban pintados en el suelo del patio con pintura de color amarillo.

      Cuenca y yo entablamos el tipo de amistad que entablan los desadaptados: un poco porque no hay otra opción, un poco porque realmente congeniamos. Teníamos la misma edad: cinco o seis años. A esa edad, Cuenca era un asesino. Lo digo en serio. La historia es la siguiente: hijo de padres separados (no divorciados, divorciarse era muy complicado en aquel entonces) vivía en casa con su madre y el novio de su madre, padrastro de Cuenca. Poco antes del ingreso de Cuenca al Colegio del Tepeyac, su madre se embarazó. Cuenca lo odiaba y odiaba a su padrastro y ahora a su hermanastro; se oponía al nacimiento de aquella creatura. Era totalmente consciente de su odio y deseaba la interrupción del parto. En una ocasión, en que su familia le llevó al campo, jugando con una bola de béisbol, la arrojó, a propósito, hacia el vientre hinchado de su madre, dando de lleno en el blanco. El golpe provocó la muerte del producto. Nadie juzgó el acto de Cuenca porque lo consideraron un accidente. La madre tuvo un aborto. Cuenca lo sabía, me lo contó orgulloso de haber dado muerte a su hermanastro. ¡Qué secretos tan terribles puede esconder un niño de seis años! Cuenca, ¿aún sientes orgullo de tu acto, amigo mío? ¿No pesa sobre tu alma la muerte de un ser humano? Sabías lo que hacías, Cuenca, eras un asesino y lo sabía y me lo contabas y reías con esa cara tuya, una cara llena de pecas, y sonreías con tus dientes totalmente amarillos y llenos de comida muerta. Eras un apestado en todos los sentidos, Cuenca, y yo era amigo tuyo, y compartía tu odio, y tus ganas ansias de estar en el colegio, y tus deseos de matar a tus padres y a todo mundo. ¿Por qué? A veces pienso en ti y en tu hermanastro muerto. ¿Qué ha sido de ti, amigo? ¿Dios te ha castigado, o te ha dejado impune, como a todos los hijos de puta? Si te ha castigado, es que eres bueno. Tú, Cuenca, eras malo. Lo sabías y reías. Eras mi amigo y creía en ti. ¿Yo también era malo? ¿Debí pegarte a ti, acusarte a ti, y no a Rodrigo? Pero, ¿cómo iba a delatarte? ¿Quién creería en la voz de un niño de seis años?

      En una ocasión, mi padre olvidó ir por mí al terminar las clases en el colegio. Lo esperé tres horas pasada la hora de salida. Me acerqué al área administrativa y expuse mi caso. Me solicitaron el número telefónico de mi padre. Se los di. Lo marcaron, pero nadie contestó. Buscaron en el registro; encontraron el número de mi abuela paterna y le llamaron. Luego de una hora me recogió. Eran las siete de la noche. El colegio estaba vacío. Me sacaron afuera. Esperé sentado sobre mi maleta. Mi abuela y yo esperamos a mi padre a la entrada de la puerta 4. Aquel día quedó claro: los negocios eran más importantes que yo.


      Había historias de terror en el colegio. Historias sobre un fraile loco, que mataba niños. Eran cuentos pobres, suficientes para intrigar la imaginación de un niño de seis años. Aquella tarde, antes de la llegada de mi abuela, yo, Dios, había visto al fraile loco asomarse desde lo alto de la torre del reloj. Era una fantasía verdadera. Había comprobado el mito: el fraile loco existía realmente y yo mismo lo había mirado. Los chicos enloquecieron cundo se enteraron. Petrozza, el niño solitario que a lo más se hablaba con Cuenca, había sido tocado por la visión de un fantasma. Me convertí en un maldito por mi soledad y mi fantasía. Una silueta negra, la sombra de un ave, un juego de luz y sombra, no sé, me habían dotado de fama y de misterio. Si alguno dudaba de la veracidad de las historias sobre el monstruo, no había más que ir con el viejo Petrozza y él mismo te lo contaría con lujo de detalle (a cada narración, más y más detalles), e ibas a creerle porque nadie duda de un niño loco que además esa migo de un niño asesino, y que es lo suficientemente solitario para que se le aparezca el Diablo, y lo suficientemente solitario para tener una imaginación capaz de hacerte creer cualquier cosa. 


      Mi padre se disculpó conmigo por olvidarme. Fue en vano. Mi vida había cambiado desde entonces: creía en los fantasmas; nunca había visto a Dios, pero sí al Diablo. Los testigos de Jehová podían irse al carajo. Esto era mucho más emocionante, ellos mismos eran niños creyendo en fantasmas. Yo, en cambio, había experimentado. Nadie podría arrancarme mi verdad: Cuenca era un asesino, el fraile loco, el Diablo, existían. ¿Verdad, padre, que todos esos juegos hacen mucho daño? Luego habrían de culparme de invocar a Satanás según la literatura de LaVey. Si es verdad lo que la Biblia dice, El Diablo es rey; perdemos el tiempo rezando.



viernes, 18 de julio de 2014

El Anti-Mess.

Texto por: Daniel Acevedo
Sitio del autor, aquí.

Al fin. La había terminado. El mejor de todos los inventos desde la rueda. Aquello que partiría la historia del hombre en dos, que dejaría en claro quienes están arriba y quienes están abajo. El primer paso para la construcción de una comunidad de mentes ilustres y avanzadas. Ya Marx había hablado de la lucha de dos clases antagónicas. Pero se había equivocado al pensar que todo se resumía en términos de adquisición de capital y el abuso de la plusvalía. No, esa no era la división. La dualidad estaba marcada por otros criterios y el principal de todos era: el futbol.

Para Marcos Lender la sociedad se dividía entre los que le gustaban el futbol y los que no. Con base a este criterio había creado toda una teoría y un sistema que consideraba infalible. Creía firmemente que había encontrado la solución de todos los problemas de la humanidad: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la violencia y la guerra. Esta solución final, un poco al sentido nacionalsocialista, consistía en la erradicación y exterminio de todos los apasionados del futbol. Sabía que esto implicaba la erradicación de más de un cuarto de la población humana. Pero no le importaba.

No obstante, Marcos había decidido que era pertinente empezar a ejercer de alguna forma una praxis de la teoría que había formulado. Ya de por sí, se alejaba de aquellos que predicaban alguna pasión o interés por los temas futboleros, lo que ya lo dejaba con pocos amigos. Pero, en su papel de ingeniero electrónico reconocido pensó que podría llevar las cosas más lejos.

Durante seis meses Marcos se encerró a trabajar en una ambiciosa invención. Marcos dedicaba todo su tiempo  libre en la consecución de su proyecto. No dormía, no comía, no tenía novia. No tenía tiempo para ningún otro menester que no fuera la construcción de la máquina que había diseñado en su mente obnubilada. 

Estuvo varios meses leyendo sólo prensa deportiva, mirando videos de futbolistas y aficionados en youtube, y escuchando a comentaristas radiales. No era un acto de masoquismo, él se implantaba este sufrimiento para reconocer cuales eran las palabras más fuertes dentro del argot futbolero. Pronto tuvo una lista con varias palabras fuertes y de alta carga futbolera como: “Balón”, “Tiro de esquina”, “penalti”, “arbitro”, “gol”, “Cristiano Ronaldo” “Tevez” “Real Madrid” “Piqué” “Shakira”. Cuando determinó que tenía clasificadas todas las palabras necesarias, creó un chip electrónico que las reconocía. Metió el chip en una cajilla pequeña y le conecto unos audífonos pequeños pero potentes. Configuró el aparato para que cuando alguien hablara de futbol transformara las ondas de sonido, aquellas desagradables palabras, en música de Chopin, Beethoven y Lizst.

Pero aquello era sólo la primera de sus funciones. El aparato también dejaba un registro en una base de datos con información de la persona que se había hablado de ese deporte negro. Así dejaba constancia de todas las posibles víctimas de un holocausto futbolero.  Marcos sintió que una llama de felicidad recorría su cuerpo, pero no era sólo la felicidad de una tarea bien hecha, sino la de un preámbulo, la del niño que se dispone a ver como se abre el telón de su obra favorita. Sólo le faltaba un nombre para bautizar su invento. Prendió la televisión, últimamente sólo transmitían partidos del mundial. Vio como Messi en un remate de fuera del área metía un gol que sentenciaba el partido Argentina-Iran. Messi gritaba eufórico y alzaba las manos en son de victoria. El público gritaba furibundo su nombre: ¡MESSI! ¡MESSI! ¡MESSI!. Entonces Marcos se dio cuenta que aquel enano representaba todo lo que él detestaba. Escupió a un lado con repugnancia. Ya tenía el nombre de su aparato: El Anti-Messi. No, mejor más cortó. El AntiMess 3.7.

Marcos decidió probarlo inmediatamente y al otro día se puso los pequeños audífonos para ir al trabajo. Era la hora de probar su invento desempeñándose en la cotidianidad. Llego a la oficina confiado, saludo a todos. Trabajaba en una empresa de importación y adaptación de hardware japonés. Pidió dos o tres informes a la secretaría y se puso a revisarlos. Luego al mediodía se acercó a la cafetería donde intentó actuar normalmente. Pidió un café con leche y dos medialunas y se sentó en una de las mesas. Allí se le acercó uno de sus colegas de trabajo que intento montarle conversación. Al principio le pregunto por el trabajo, por su vida, por la esposa que hace un año le había dejado. Marcos respondió cortésmente. Entonces surgió el tema inevitable. Su colega empezó a hablar de futbol. Justo en ese momento el mecanismo se activó y empezó a sonar uno de los nocturnos de Chopin. Marcos sonrió y se relajó. Sólo percibía como su amigo movía las manos enérgica y apasionadamente.  Ya tenía preparadas algunas respuestas automáticas a su discurso. “Sí”, “tienes razón”, “no lo había pensado” “definitivamente las cosas del futbol son así” “¿Y qué pensará el Diego de todo esto?”. Entonces a veces se burlaba y cerraba los ojos, se dejaba llevar por las melancólicas notas.  Así seguía hasta que la música dejaba de sonar, lo cual pasaba en dos circunstancias: cuando el otro se percataba de la falta de interés de Marcos o cuando algún incidente exterior (una llamada de celular o la llegada de otra persona por ejemplo) le obligaba a interrumpir su discurso. Marcos retomaba entonces la conversación y sonreía complaciente. Al final, solamente algunos se percataban que detrás de esa sonrisa, estaba la satisfacción del niño que acaba de saborear el mejor de los chocolates.

Entonces Marcos llegaba a su casa y examinaba los resultados que había obtenido en el día. Luego de tener una buena base de datos, (había recogido información en toda clase de lugares: restaurantes, discotecas, cinemas) decidió que era momento de arriesgarse un poco más. Era momento deprobar su invento en un contexto más complejo. Por ello, espero el día que jugaba la selección de su país. En medio del tiempo del partido se acercó a la zona del estadio, donde una multitud de fanáticos veía el partido en pantallas gigantes. Caminaba tranquilo, como quien pasea por un jardín japonés, rodeado nada más por la música que lo llevaba lejos, a ese lugar secreto que sólo le pertenecía a él: Una superficie sin balones, ni canchas, con un aire nuevo, con palabras que recreaban sueños y utopías, la civilización humana moviéndose al ritmo de chelos y trompetas de la auténtica modernidad. Hubo un gol, los fanáticos se pararon de sus puestos emocionados. Se abrazaron, lloraron. Pero Marcos no percibía un gol, sino la caída de una especie maldita, el último grito antes del fin, las lágrimas que salen de un balón. Todos debían morir y caer en las puertas del olvido. Él lo sabía. Aquella música se lo prometía, un mundo mejor.

Luego Marcos retornó a su casa y se encerró. Había reunido valiosos datos. Pronto tendría una base de datos lo suficientemente buena. No le importaba que en ella se encontraran nombres de antiguos amigos y conocidos, nadie que le diera valor a una pelota en medio de una malla de cuerdas podía considerarse su amigo. Ahora venía el siguiente problema del plan, ¿cómo les mataría? ¿cómo hacer para eliminarlos a todos? Se dio cuenta de algo obvio. La sola tarea de exterminio era algo demasiado grande para un único sujeto. Necesitaba tomar el poder de alguna forma, dirigir sus redes para exterminar a cada uno de los fanáticos. Pero Marcos era tan sólo un ingeniero electrónico, no un experto en teoría de masas. Pronto empezó a darse cuenta de las falencias de su plan y se deprimió. No era idiota. Sabía que las posibilidades jugaban en su contra y que hacerse con el poder político y económico de una sociedad no era tarea fácil.

Se encerró en su laboratorio, desarrollo toda serie de fórmulas, intentó encontrar aquella que le permitiera subir a los más altos estratos del poder. Se dedicó a leer psicoanálisis, a Freud, Lacan y Roudinesco, también a Bordieu y Bauman, buscando la forma de encontrar una receta, algo que le dijera como seducir a la gente bruta y subir al poder. Pero todo lo que leía lo deprimía, pues le parecía que todos esos autores lo que hacían era complicar y no dar solución a la pregunta por una fórmula para manipular las masas. Marcos maldijo, lanzo sus libros con rabia contra la pared.

Fue al súpermercado y se compró una sobredosis de cafeína. Él tenía que dar con la formula, no podía fallar ahora. El porvenir de la humanidad dependía de su investigación. Se puso las manos en su rostro, buscando agitar su cabeza para dar con alguna idea. Era momento de aprovechar cada minuto, cada segundo. Decidió renunciar al trabajo y encerrarse como el topo en su madriguera, en medio de un laberinto de ideas y frustraciones constantes.

           Afuera, en el trabajo, en sus círculos más cercanos empezaron a preguntarse qué había pasado con Marcos. Lo llamaban. Lo buscaban. Pero no obtenía respuesta. No respondía a su celular. No abría la puerta de su apartamento. Algunos llamaron a la policía, pero estos aseguraban que Marcos estaba vivo, que él tenía la potestad de escoger esa vida de encierro y ascetismo. Los compañeros entonces se despreocuparon y enfocaron su pensamiento en otras cosas, como la final del mundial que se acercaba. La selección había llegado a la final del mundial y se enfrentaría contra la invencible naranja mecánica. Toda la atención del país estaba puesta en este evento. Los carros se habían paralizado. Las pantallas se extendían por toda la urbe como parásitos de vidrio. Las familias, los grupos de amigos, los novios, los grupos barriales unidos expectantes esperando un gol. También se multiplicaban las banderas que unían un país, más por un balón que por alguna ideología política, como si ese fuera el campo de valía donde se demostraba cuál de todas las naciones de esta tierra era mejor. 

Empezó el partido y los nervios estaban tensos. Empezaron los tiros, las correrías de cancha a cancha. Los minutos pasaban. Dos goles de la selección, otros dos del rival. Los gritos de gol se escucharon en toda la ciudad. Así pasaron los dos tiempos y se acercaba el minuto final. Pero el empate ponía a sufrir a todos. Todos se tomaron de las manos y las apretaron, se quedaron quietos esperando la resolución final. De repente un tiro de esquina, un cabezazo del jugador más alto. Un grito furibundo: GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL, se escuchó por toda la ciudad. Todas las voces se unieron en un coro perfecto, era la armonía universal. Entonces vino la fiesta, vino la parranda, el bullicio y el alcohol, vinieron los fuegos artificiales, los carros pitando y la gente gritando una y otra vez: CAMPEÓN, CAMPEÓN.


En medio de la emoción nadie se percató, que en el sótano de una casa el cadáver de Marcos Lender estaba acostado contra su escritorio. Tenía en su rostro el gesto de quien había vivido la peor de sus pesadillas, el peor dolor. Sus oídos sangraban, la maquina explotó y en el papel escrito en sangre decía: Gooooooooooooooooooooooooooool. 




Texto por: Daniel Acevedo

Sitio del autor, aquí.


domingo, 13 de julio de 2014

Textos de mujeres.



“En todo poema hay una mujer”.
Mauricio Arcila



Envié un par de textos a un par de revistas latinoamericanas y los aceptaron muy de buena gana; eran textos sobre mujeres, de cómo me lié con ellas y de cómo las abandoné, o de cómo me abandonaron: no suelo ser muy preciso en lo tocante a los relatos de mujeres porque la vida es así. Nunca he comprendido muy bien cómo pude relacionarme con las mujeres con que me relacioné: me considero un hombre sin ningún tipo de encanto varonil; a veces pienso: estoy condenado a morir como un perro solitario porque soy feo, bebo como el resto de los humanos respira aire, fumo cigarrillos y me apesto la ropa, soy, abiertamente, un jodido pervertido sexual: miro pornografía todo el tiempo, me masturbo, miro a las chicas y pienso en follarlas. Sin embargo, ha habido algunas mujeres en mi vida. No hablo solamente de sexo, ¿ves?, es algo más, un paso más allá, no sé. Tampoco importa demasiado, supongo que todos los hombres podemos hablar de un par de chicas en nuestra vida con las que sentimos aquello.

      Los textos fueron comentados y valorados, así que envié un par más, e incluso me publicaron mensualmente en una de dichas revistas. La gente se volvía loca (es un decir). Comentaban que ellos habían vivido cosas similares. Yo sonreía, siempre es bueno saber que no estás solo ni eres el único que piensa en mujeres con las pantaletas abajo. Eso era parte de mi problema: la soledad. No compartía opiniones con nadie porque no tenía amigos, y los pocos a los que podía llamar amigos eran otros borrachos con la boca llena de historias. Todos los borrachos tienen boca, pero muy pocos tienen oídos. Eso es por lo que no se puede establecer una relación sincera entre un par de borrachos. Los dos son unos jodidos necesitados egoístas y no pueden ayudarse mutuamente, aunque el alcohol crea la ilusión de que sí. Escribir era como hablar con un amigo. Dios, es cursi, pero es así.

      Entonces pasaron dos cosas. La primera fue que, de algún modo, la gente comenzó a cansarse de leer historias sobre mujeres. La segunda, que algunas mujeres comenzaron a leer mis textos y a mandarme invitaciones por correo electrónico a salir con ellas. Decían que yo entendía a las mujeres muy bien. Pensaba: no hay nada más alejado de la verdad. Si las entendiera no pasaría la mayor parte del año solo. No importa, accedí a salir con todas ellas. La mayoría eran mujeres feas. Supongo que deseaban que un hombre como yo (como el hombre que leían de mí en los textos) las deseara descaradamente y les chupase el coño en un aparcamiento de Coaplaza, ¿ves? Todas estas citas eran un fracaso. No hay modo, Dios. No hay modo de acostarte con una mujer que no te gusta, por lo menos lo mínimo. No soy un hombre exigente, pero hay cosas que están fuera de mi control: en control de mis cojones, sin su voluntad es imposible. Además de todas ellas, en ocasiones, salía alguna de buen ver. Entonces me involucraba con ella hasta donde podía. Generalmente era hasta un par de salidas a bares. No soportaban, o no creían (aunque se habían leído que era así) que bebiera tanto. La primera cita la aceptaban en algún bar, pagaban la cuenta, hacían chistes, bebían y reían y me hacían pensar que todo iba bien… pero luego, deseaban ir a otro lado. Ya no deseaban volver a ningún bar y yo no lo entendía. El único lugar donde me sentía en confianza era en algún bar. Con un par de copas dentro de mí podía ser alegre y desinhibido, casi grato. En cualquier otro lugar, seco, solía ser como un maldito tronco de compañía. No hablaba casi nada, no reía, ni me importaba nada y todo me parecía gris y horrible y pésimo. Era un jodido mamón hijo de puta. No había modo de sacarme conversación. Esto era porque en realidad odiaba a todo el mundo, estaba amargado, y el alcohol era el único modo de aligerar el peso de mi alma y hacerme desear un poco la vida (al menos hasta la siguiente copa). El alcohol era mi lubricante. Esto es algo que ellas no entendían, o no estaban dispuestas a soportar. En una ocasión una me dijo: no necesitas beber para ser tú. Me lo dijo en tono íntimo, ya sabes, cómo si ella fuese capaz de vislumbrar todos mis secretos y fuese a cambiar mi vida y todo eso. Lo hubiese hecho, en serio, si al menos fuese una mujer guapa. Pero era regordeta, y yo no iba a dejar de beber por una mujer regordeta, vamos.

      Mientras más escribía sobre mujeres más mujeres me solicitaban y eso daba como resultado más textos sobre mujeres. Comencé a escribir para otras revistas. Los comentarios seguían sobre la misma línea unos siete meses, luego de los cuales, volvían a quejarse. No se creían que yo conociese a todas esas mujeres ni que quisieran verse conmigo sólo porque escribía unos textos casi pornográficos sobre nuestros encuentros sexuales (cuando los había). No quiero decir que todo fuera maravilloso. La mayoría de las veces no lo era. Incluso, era embarazoso y ridículo. Para esas cosas hay que tener carácter, empatía, química, no sé. Yo no la tenía. Antes del encuentro me excitaba. Incluso, a veces, usaba loción. Una vez ahí, con la mujer contándome su vida o sus amores pasados o sus sueños, me aburría muchísimo. Si me hacían hablar de mí me inventaba una vida en cada cita. Esto era divertido, hasta cierto punto. También, era una buena manera de beber sin pagar. Antes de irme con ellas les advertía que yo era un escritor desconocido y, por lo tanto, pobre, muy pobre. Fuera de eso, pasaba malos ratos. Sobre todo cuando se despedían antes de la madrugada. Me dejaban botado a media noche, picado con el alcohol. Las odiaba. Si no les gusta mi cara o mi conversación, al menos pueden tener la educación suficiente de quedarse hasta el amanecer. En otra mesa, si quieren, pero no vine hasta aquí por ellas para que me corten el suministro a media noche, Dios, pensaba. Si eran de las que esperan que uno las lleve a casa, conmigo se llevaban una decepción. No pensaba moverme de un cálido y reconfortante asiento de bar para salir a la fría madrugada. Hubo una que me armó un lío porque no quise acompañarla. Me gritó que era un patán y un mamarracho. La gente del bar se lo creyó; la gente es proclive a creen en el mal. Al menos pagó la cuenta antes de irse. Gracias a eso pude continuar bebiendo hasta el amanecer. Sin embargo, nadie quiso hacer plática conmigo. Era un bar de gente mayor. Si hubiesen sido jóvenes me hubiesen acogido como a un héroe varonil.

      Una que salió buena fue Elena. Me envió una carta muy extensa sobre lo que se había leído de mí, algo así como una crítica literaria, con la excepción que no lo era; no era una crítica literaria porque Elena no era catedrática ni crítica ni nada. En ella citaba algunos pasajes de mis textos que según sus propias palabras la habían excitado. Eran pasajes sexuales, por supuesto. Dijo que le encantaría beberse una botella de whisky conmigo en su cama. Nos citamos en el centro de Tlalpan (por aquel entonces aún vivía ahí). Bebimos café en Café la Selva (no me pregunten por qué no trajo la botella de whisky). Me entregó un impreso. Era una carta donde describía cómo sería si ella y yo tuviésemos un encuentro erótico, desde su perspectiva. Todo eso estaba muy bien. También las piernas de Alondra estaban muy bien. Era una chica demasiado guapa para intentarlo conmigo, ¿ves? Quizá por eso no llegamos a nada. Quizá los sabía, en el fondo. Quiero decir: sabía que yo no era el mismo hombre que ella imaginaba cuando leía mis historias y prefería acostarse con ese hombre, el de las historias, con otras historias. Vamos, no sé. El caso es que no llegamos acostarnos ni nada. Pero era una chica con unas piernas estupendas y me masturbé un par de veces pensando en ella después de haberla visto. Llevaba sandalias y no podía dejar de verle los pies.  

      Por las tardes, al despertar, me tumbaba frente al ordenador y escribía unos párrafos sobre mi última cita. Un par de párrafos eran suficientes para saber si la cosa iba a funcionar. Si lo hacía, escribía y mandaba el texto a cualquier revista. Los editores ya conocían mi nombre y calculaban de qué iría la cosa. No hacían muchas preguntas. Colgaban los textos la semana entrante o así, y yo me los leía cuando se publicaban. Si había comentarios en contra, sonreía. Hay un extraño placer en hacer enfadar a las personas.

      En una ocasión salí con un par de chicas, estudiantes de psicología o algo. Me escribieron que eran fanáticas de mis textos y querían beberse una copa conmigo. Fuimos al apartamento de una de ellas. Vivían en el sur, atrás del Tecnológico de Monterrey de la Ciudad de México. Robamos botellas de vino de Costco. No robamos sacacorchos, así que cogí un martillo de algún sitio del apartamento y quebré la boquilla de las botellas. Había vino y vidrios por el suelo. Se negaban a beber porque creían que se cortarían los labios o el estómago. Me di un trago de lejos y pude beber. Reí y les invité a hacer lo mismo. No era tan complicado. Pero en uno de esos trago sentí un vidriecillo entrar. No dije nada para no hacer el tonto. Me lo tragué. No tuve ninguna molestia y en adelante cogí la costumbre de abrir de ese modo las botellas de vino. Mejoré la técnica. Ahora las cogía y las estampaba contra alguna esquina de concreto o alguna tubería de metal, o una banqueta, lo que sea, sin necesidad de un martillo. Un golpe firme y seguro. Puedo hacerlo muy bien. Sin hacer un estropicio y sin que salten demasiados vidrios. Luego me empino el vino sin temor a ser cortado. Jamás me he cortado. Bueno, bebimos el vino mientras hablamos de las cosas que nos gustaban hacer. A ellas les gustaba escuchar música oscura y ver películas de cine de arte. Yo dije que eso estaba muy bien y la cosa marchaba. De repente una de ellas se emborrachó y comenzó a hablar de un hombre, su ex novio o algo, y la otra le consolaba. Me estaban dejando un poco aparte. Dije que habría que darle celos a ese cretino y la chica se lo creyó. Me pidió que la ayudase. Le llamaría justo ahora y le pediría que viniera a una reunión de amigos. Yo debía fingir ser novio de ella, de Penny. Escribí todo eso en un texto y me odió en adelante. Dejó de salir conmigo. Principalmente porque aquella noche nos besamos delante de su ex novio y él leyó el texto y se hizo amigo mío y supo que todo aquello fue un teatro y no surtió efecto. Es lástima, Penny me gustaba mucho.

     También conocí de ese modo a Simona, pero esa es una historia totalmente diferente. Con Simona pude establecer una relación duradera porque ella era un ser humano completamente diferente. Los textos que he escrito sobre ella son punto y aparte respecto a los demás textos sobre mujeres que he escrito a lo largo de los últimos cuatro años. Simona es un ángel sagrado.


2
       

Traté de escribir sobre otras cosas que no tuviesen que ver con mujeres. Logré unos cuantos textos, no digo que no. Sin embargo, todo comenzaba o terminaba por una de ellas. “En todo poema hay una mujer”, y en toda prosa, en toda vida, en toda alma. No importa cuánto luchara por alejarme de ellas en lo tocante a la literatura. No importa cuán solo estuviera. Incluso sin una mujer, todo gira en torno a ellas. Incluso la soledad de un hombre le pertenece a una mujer. Y ellos decían: no más textos de mujeres. Como si eso fuese posible, Dios. Como si ellos mismos no hubiesen comenzado la vida por la entrepierna de una mujer, y hayan sido amamantados por una mujer, etc. Todas las palabras son femeninas, el lenguaje es femenino, la literatura es femenina, y en todo texto hay una vagina. Todo lo que hacemos y la forma en que pensamos. Somos genitales en busca de satisfacción y conservación. Incluso el celibato es cuestión de genitales. No te involucres con mujeres, aléjate de las mujeres. 






Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma, y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com