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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 13 de abril de 2014

Padre e hija.



F. atravesaba un periodo muy fructífero en su carrera literaria (si podemos llamar así a los libracos que F. solía escribir: carrera literaria, a sus publicaciones en TRASH y alguna revista menor del ambiente del subsuelo). Escribía texto tras textos; salían de él como agua por el grifo. Nada podía detenerlo ahora que había encontrado una nueva fuente de inspiración creativa: Lidia F. La mujer que abrió camino a F. al mundo de las letras, su amante, por la misma que sufrió un bloqueo mental y por la que estuvo dispuesto a cambiar su vida y hacerse un hombre de bien. Dios, de eso nada, no, había que  olvidar el asunto del hombre de bien porque F. no era un hombre de bien y punto; lo intentó, sí, pero… “es mejor aceptar la clase de cerdo que se es, en vez de luchar por ser lo que no se es ni se será nunca, por más que nos engañemos y lustremos nuestros zapatos…”. Esta era la nueva filosofía de F. Se había aceptado. Ya no haría más esfuerzo por encajar, por quitarse de encima los dedos de la muchedumbre. F. era un cerdo e iba a hacer lo mejor que podía hacer, lo único que podía hacer desde su calidad de cerdo: escribir un montón de crítica social.
      Despertaba alrededor de las dos de la tarde o tres de la tarde. Salía de cama e inmediatamente iba hacia la nevera, cogía un par de latas de cerveza y se instalaba, es decir, se montaba a la silla, frente al ordenador, y escribía todas la historias que su retorcida mente le dictaba. Todo esto en calzoncillos y con los humores a tope. Esto es lo que F. consideraba una vida digna. Escribía historias sobre gente del barrio, prostitutas, hombre retrasados mentales, adictos a la heroína, choferes de reparto, homosexuales, descarados, ancianos pervertidos. Es lo que siempre había hecho. En realidad, se redescubría a sí mismo. En realidad, nunca dejó de ser así, aunque él considerase que vivió un lapso muerto en su vida, un lapso de angustia e incertidumbre, que duró, aproximadamente, dos meses y medio.
      Enviaba las historias a Lidia, su amante, o su novia, o su mujer; F. mismo no lo tenía claro. Lidia recibía los bits de información en su ordenador y apartaba las historias que se publicarían en TRASH, de las que enviraría a otros medios. Lidia era medianamente conocida en el ambiente editorial. No le costó demasiado colocar a F. en un par de publicaciones serias, o casi serias, de la ciudad. Su mayor obstáculo era vencer los prejuicios morales de los editores de otras marcas; los textos de F. eran para mentes fuertes, para vividores, para analfabetas, “para otros cerdos”, solía decir el mismo F. En TRASH tuvo el mismo problema, y de no ser por Lidia jamás le hubiesen publicado. Ahora, Hallack, el Editor en Jefe y los otros editores comenzaban a acostumbrarse a la irreverente pluma del escritor, a cosas como: “…al entra a la habitación encontró a su padre de pie, desnudo de la cadera para abajo, con el miembro erecto, mirando frente a la ventana pasar a las muchachas del barrio. Con la mano izquierda sujetaba aquella cosa y tenía en la cara la expresión de los condenados a muerte. En cuanto el padre miró entrar a la chica, a pesar de toda la vergüenza, o por ella, no pudo evitarlo: comenzó a chorrear, a desaguarse como un río y arrodillándose, rogó a su hija que le perdonase, al mismo tiempo que la miraba con lascivia…”. Los textos de F. parecían no ir a algún lado, no tener un sentido práctico o metafórico que los sostuviese por sí solos. Eran textos arrojados como piedras al cielo, al azar, que golpeaban a cualquier cristiano sin motivo ni intención. Sin embargo, F. sostenía que sus textos eran más sólidos, más prácticos, y lo menos metafóricos posible. Los padres también se masturban, se defendía, los padres pueden ser sorprendidos por los hijos cualquier día, y si no sucede es porque no quieren que suceda, o porque ninguno ha tenido el valor de confesar: mi hija me pilló con la pija en la mano. Sea como fuere, los textos de F. eran mal recibidos en casi todos lados. Lidia debía hacer un gran esfuerzo por defender una literatura naturalmente reactiva.
      Todas las noches F. terminaba borracho y exhausto de escribir. Paraba cuando la cerveza superaba a su cabeza y no podía concentrarse o cometía demasiadas faltas. Entonces dejaba la literatura y se dedicaba libremente al whisky. Se levantaba de la silla, luego de horas de trabajo y se instalaba en el sofá a fumar cigarrillos y beber whisky con hielos o solo (si no había hielos). Esperaba la llamada de Lidia con el teléfono al lado. A veces llamaba, a veces no, pero F. siempre esperaba que llamase. Cuando lo hacía, le preguntaba: ¿qué has escrito hoy, muchacho? Esto era para F. un hueso para un perro. Se dejaba rascar la panza mientras F. contaba casi de principio a fin todo lo que había escrito. Esto suponía por lo menos dos horas de conversación. Lidia le escuchaba pacientemente, como quien oye a un niño contar las travesuras de su día. Como una madre divorciada que llama de larga distancia al internado para conversar con su adorado hijo, al que metió a ese internado porque no lo soporta las veinticuatro horas del día. Sobre esta línea iba la relación entre F. y Lidia. Habían aprendido a no superar el número de horas de compañía; se limitaban a encontrarse una o dos veces por semana y hablarse por las noches. Esto permitía que ninguno se hiciese más daño del necesario. Un distancia prudente para no hacer estallar su relación. Para no joderse. Para no escupirse en la cara las verdades el uno del otro, etc. Se veían, generalmente, un día entre semana y un día de fin de semana. Charlaban, comían, paseaban, se quejaban de sus vidas y hacían el amor. A este respecto, F. había progresado mucho. Antes de Lidia había pasado casi 10 años de soledad. Ahora lo hacía bastante bien para salir de una cueva y había dejado a un lado las ideas sobre las vaginas y las tumbas que alguna vez llegaron a atormentarle. Podía decirse que F. y Lidia habían superado los obstáculos primeros de una relación poco convencional, poco segura, poco ética, poco aceptada por la sociedad: él, un seudoescritor borracho y fracasado; ella, la hija del dueño de ALIANZA EDITORIAL, bella y decente niña de casa.
      Los sueños de F., en esta nueva etapa, eran plácidos y reconfortantes. Todo su cuerpo aprovechaba verdaderamente las horas de sueño. Se reanimaba. Descansaba como Dios manda. Sus angustias casi desaparecían por completo. El dinero, bueno… continuaba escaseando pero ya no le importaba. Tenía lo suficiente para comprar cigarrillos y alcohol y alguna chichería para engañar al hambre y eso bastaba. Lo importante era que podía escribir de corrido un texto sin perder la cabeza o sin implicarse en profundos abismos de soledad, incertidumbre y dolor. “Esto es lo que debió sentir W. Faulkner al escribir…”, pensaba. Se miraba a sí mismo como un escritor bueno y desinteresado de sí mismo. Como alguien que escribe silbando una tonada alegre mientras el sol sale, los ruiseñores cantan y entra la primavera. Los días que venía Lidia hacían el amor y los ruiseñores volvían a cantar al amanecer y el sol les bañaba y la primavera vivificaba sus almas humanas… En pocas palabras, F. sentíase feliz. Sin embargo, F. jamás se decía a sí mismo me siento feliz. Eso era algo que F. no se permitía ni en la más grande de sus alegrías. Se estaba traicionando. Para él, ser feliz era ser estúpido. Había algo de cierto en ello porque así se sentía F. cuando sonreía al despertar con Lidia en sus brazos. No podía aceptar que su vida era casi como la había soñado hace más de diez años: publicaciones en revistas, publicaciones a fin de cuentas, una mujer, cerveza, desempleo, sol, pocas ambiciones y un sentimiento de letargo o eternidad, como si nada de esto pudiese quebrarse y fuese a durar para siempre; esta pasividad le encantaba, este riel, esta forma de vida segura y esencial: no poseía nada más que lo esencial, carecía de bienes materiales y poseía, si se puede poseer, capacidad para hacer lo que más le gustaba y el amor de una mujer. A cambio, él amaba a Lidia.
      Amar a Lidia, Dios, ¿cómo explicar lo que amar a Lidia, amar, en general, significaba para F.? Hablar a Lidia, contar a Lidia todas las cosas que le pasan por la cabeza, acostarse con Lidia, enviar textos a Lidia para que los publique en la revista de su padre y en todas las revistas que le sea posible, que luche por posicionar su literatura sin él esforzarse más que en escribir y empeñarse en escribir toda la literatura que los medios NO quieren publicar, aceptarse, rehusarse a cambiar de ideas, acciones y sentar cabeza, aplicarse con más ahínco al trago, a las mujerzuelas, a las conversaciones oscuras en bares, es decir, continuar siendo F. e incluso, más F. que nunca. Eso es amara a Lidia. Es un modo egoísta de amara a Lidia, pero el amor es un modo egoísta de entablar relaciones. Mostrarse ante ella como es realmente, esa es la forma de amor que F. puede brindar. La más grande prueba de amor. No ser un hipócrita de mierda.
      Lidia de algún modo entiende esta forma de amor. Agradece la sinceridad de F. Por supuesto, sería más sencillo si F., sinceramente, no fuese lo que es. Lidia sabe lo que F. es. Lo sabe cuando le mira a los ojos, cuando lee sus textos entre líneas, cuando conversan (aunque la conversación de F. es lacónica), cuando comen, cuando beben, cuando hacen el amor. ¿Qué es F.? ¿Qué es, exactamente, aquello que sólo Lidia puede ver en F.? Esto es aun más difícil de explicar que el amor de F. por Lidia. La misma Lidia no sabría describir mejor lo que ella ve en F. Podría decirse que F. tardó casi diez años en encontrar a la mujer que fuese capaz de ver. Esto bastaría, en un discurso sensible, para justificar la relación entre Lidia y F., o el amor que Lidia siente por él. Diez años es mucho tiempo como para no llamar amor a la mujer que tardó en llegar. El enamoramiento, a pesar de la diferencia de clases sociales, también es lo suficientemente romántico como para desecharlo. Los factores psicológicos, químicos, etc., ayudan a mantener todas las metafísicas amorosas de este encuentro. Todas estas justificaciones son suficientes para amarse.
      Estos misterios del alma humana son la fuente de inspiración de F. El amor entre F. y Lidia, ¿puede ser tan enigmático como el amor entre un padre y una hija? El amor entre un padre y una hija puede abordarse desde los tres ángulos que puede abordarse cualquier amor, cualquier encuentro, digamos: sexo, erotismo y amor. El incesto, observado desde su más baja expresión, no puede ser otra cosa sino sexo, sexo pervertido, según algunos, aunque, para F. no hay nada menos pervertido que el incesto, pues, pervertido significa lo que sale del curso normal de las cosas y… bueno… es completamente normal sentirse sexual, erótica, o amorosamente atraído por un consanguíneo. Es tan normal que llevamos todos los años que lleva el hombre existiendo realizando el acto incestuoso y hablando de él en literatura científica, psicológica y artística. No puede ser pervertido algo que sale de lo más hondo de nuestros corazones humanos. Así, hayalgo que la gente no comprende en el amor de un padre y una hija, como hay algo que la gente no comprende en el amor que Lidia siente por F. “Ya no podemos entender ese algo porque lo hemos cubierto de mantas tanto tiempo… lo hemos vuelto tabú, lo mismo que a muchas otras cosas que nunca debieron ocultarse por salud mental. Creemos que somos más saludables mientras menos develemos los tabúes, cuando es, precisamente, que develándolos llegamos a una mejor comprensión del ser humano y ocultándolos, enfermamos nuestras mentes y nuestras almas…”, escribe F. El texto de F. comienza con el descubrimiento del sexo del padre. La hija descubre al padre en pleno acto onanista; devela el misterio: Padre es sexualmente activo. En el texto de F. Padre es viudo, vive con su pequeña hija de catorce años y hace más de doce años que no se acuesta con una mujer. La hija, de algún modo, como sucede siempre en temas de amores prohibidos, se percata de la soledad de su progenitor y desea suplir, ser para él aquello que perdió por culpa suya: Madre murió dos años después del parto; jamás pudo recuperarse. Ahora que la niña cumplió catorce años se percibe a sí misma como una mujer físicamente capaz, emocionalmente capaza de satisfacer a un hombre. Los últimos catorce años Padre le ha procurado amor y cuidados vertiendo toda su atención a ella, y ella no tiene más sol que Padre, su amigo y confidente, su protector. Es por medio de estos puentes de necesidad y amor fraternal que F. atraviesa del sucio sexo incestuoso (momento en que encuentra a Padre con la mano en la masa), al erotismo (la necesidad biológica de la hija ante la adolescencia y el despertar sexual), y, finalmente, al amor (el verdadero amor, sincero amor que siente la hija por Padre, un padre verdaderamente amoroso que ha sacrificado su vida sexual con otras mujeres para atender completamente las necesidades de su única hija).
Esto es lo que Lidia entre lee en los textos de F., y reconoce a F en Padre; el mismo F. ha sacrificado su vida sexual en pro de su única hija: la literatura, y se identifica con la hija: ella, Lidia, ha llegado, después de diez años (es decir, al inicio de la adolescencia) para saciar la sed sexual, erótica y amorosa de Papá F., que no hace otra cosa que volcar toda su atención a ella, a Lidia. Si de primera instancia parecía que los actos de F. eran actos egoístas, ahora entendemos que son el modo de atender a Lidia, de gritar que él existe y de no mirar a otras partes y rogar, de un modo sutil e inconsciente, la satisfacción de Padre.
Los editores de TRASH no comprenden algo de esto. Sencillamente leen, de manera literal, que en el párrafo veintisiete la pequeña Katy se arrodilla ante papá y “…quita la mano onanista de él, coloca la suya y comienza a hacer los movimientos oscilatorios que le miró hacer hace dos días”. F. narra paso a paso los encuentros sexuales entre Padre e hija hasta llegar al día que “…Padre entra en las suaves y vírgenes carnes blancas de Katy, y de la madre de Katy a través de ella, y de su propia madre y de su abuela, y de todas las mujeres del universo desde su hija hasta la mítica Eva hasta explotar en éxtasis y vaciarse los cojones en la vagina de su hija, ¡maldito pervertido!, le señalan los demonios de su cabeza”. Todo esto, a los editores, les provoca asco. Les hace vomitar. Les hace decir: “¿en qué mierda piensa Lidia cuando lee esta porquería y cómo se atreve a pensar que es publicable?” Les hace pensar: “¿Qué demonios ve Lidia en F. para protegerle, para publicarle a toda costa y para acostarse con él?”

domingo, 6 de abril de 2014

Todo podía irse a la mierda.



Abrió la puerta, me miró de arriba abajo, hizo una mueca, de dolor o de asco, quizá de ambas a la vez, y sin preguntarme nada me dejó entrar. Ésta era la buena de Simona. Siempre dispuesta a ayudar al desfavorecido. Yo siempre era el desfavorecido. En parte porque me empeñaba, como ella decía. No importa. La situación era dramática y risible al mismo tiempo. Me había ausentado varios meses de ella sólo para regresar a rogar por un vaso con agua. Estaba claro: no podía vivir sin esa mujer. En cuanto me alejaba de ella me enrolaba en un infierno personal tan espantoso como me era posible provocarlo. Con otras mujeres era distinto. Con otras mujeres no necesitaba alejarme de ellas para deprimirme; vivía deprimido a su lado. Eso es lo que amaba de Simona: que cualquier infiernillo a su lado no se comparaba a las desgracias que podía procurarme a solas. A su lado siempre se estaba mejor.

      Bueno, dije, hola. Hola, respondió ella. No le asombraba verme en tan mal estado. Llevaba los zapatos rotos, la ropa sucia, una maleta casi deshecha y con las garras, a Mariana aferrada a mi pecho y parte de mi cuello. A penas podía cogerla con amabilidad. Era un milagro que no la hubiese perdido camino a acá. Cogió a la gata con ambas manos y la depositó suavemente sobre el sofá. Hola, le dijo, ¡cómo te ha tratado tu padre! Le pegó un beso en el hocico. Venga, dije, ¿y mi beso? Frunció el entrecejo y me dio la espalda. Vengo por una vaso con agua, exclamé, por amor a Dios. Fue a la cocina y me lo sirvió. Yo conocía el apartamento perfectamente, había vivido ahí casi dos años. Sabía dónde estaban los vasos, el agua. Sin embargo, estaba tan exhausto que me desplomé sobre el sofá y me quedé dormido casi inmediatamente. Así terminó mi aventura con Becky y sin Becky.


2

Cuando desperté, el vaso con agua estaba frente a mí, sobre la mesa. Simona no estaba. No sé qué hora era ni cuánto tiempo había pasado porque no solía usar reloj, pero calculaba que habían pasado cinco minutos, aunque me desmentí cuando observé que casi anochecía. Me levanté a por el vaso. Mariana estaba por ahí, dando vueltas. También estaba María, la otra gata que rescatamos Simona y yo hace un año o así. Bebí el agua. Llevé el vaso a la cocina y lo puse en el fregadero. Había un montón de trastos más.

      Me puse a dar vueltas por el apartamento. Estaba solo. Entré al cuarto de Simona, que alguna vez también fue mi cuarto. Todo estaba tal como lo recordaba. Quizá había más ropa tirada por todas partes y más objetos regados por todas partes, pero a grandes rasgos era el mismo cuarto. Las gatas entraron conmigo. Ellas también sufrieron una separación. María comenzó a morder a Mariana. Mariana gruñía y María la correteaba por todo el cuarto y Mariana huía y gruñía y chillaba, la pobre. Siempre había sido así. Parece que se recordaban bastante bien. No había cambiado nada. Incluso mis viejos zapatos y alguna ropa que dejé continuaba en el mismo sitio. Era como haber salido por cigarrillos y haber regresado quince minutos después. Ojalá hubiese sido así, pensé. Ojalá no me hubiese ido y ahora estuviese esperando a Simona venir del curro como cada noche. Simona solía regresar más tarde que yo; cuando ella llegaba me encontraba recostado, en calzoncillos, leyendo o fumando y eso le molestaba: que no tuviese la decencia de ir a por ella al curro o de esperarla en alguna calleja oscura, y que estuviese allí, leyendo, fumando, rascándome las bolas. Yo dedicaba mis días a leer y escribir y era la primera vez que estaba cobrando por ello; mis únicas diversiones eran beber y fumar y echar un polvo con Simona de vez en cuando. Era un hombre tranquilo con deseos sencillos. Lo único que deseaba era un poco de paz. Pero no voy a ponerme aquí a hablar de lo que yo deseaba o a hacerme la víctima, sé muy bien en qué clase de hombre me puedo convertir cuando me dan confianza. Soy un hijo de puta chantajista y egoísta. El problema es que no me doy cuenta hasta que es muy tarde, hasta que he avanzado demasiado y es evidente que he mentido en pro único de mi bienestar. Nunca he tenido remordimientos de ello, excepto con Simona.

       Me recosté sobre la cama. Seguía siendo tan acogedora como siempre. Incluso seguía oliendo a mi hogar. La mesita de cama continuaba allí. Había un cesto de basura y una lámpara. Solía encender la lámpara para leer mis libros antes de dormir. También solía depositar en el ceso los condones que utilizaba con Simona. En ocasiones, Simona no deseaba otra cosa que apagase la maldita lámpara o me fuera a leer a la estancia. Es ahí cuando me volvía egoísta. Iba a la estancia pero no me sentía a gusto. Yo deseaba leer donde me diera la gana. Ya sabes, cosas así. Iniciábamos una pelea por ello.

      Dormité un cuarto de hora. Escuché el cerrojo de la puerta. Cerré los ojos y me hice el dormido. Escuché a Simona entrar, echar algunas cosas sobre la mesa de la cocina, abrir el refrigerador, pasar al cuarto de baño, lavarse las manos y, finalmente, entrar a la habitación. Se quitó los zapatos y se echó a mi lado. Suspiró antes de hacerlo. Estuvimos así un par de minutos. Luego, desperté. Le eché el brazo encima y la abracé. No dijo nada. Estuvimos así otros minutos, luego habló. Dijo: ¿y bien?, ¿ya tomaste tu vaso con agua? Supuse que me echaría, pero cuando dije sí, me propuso una caminata por el parque. Tardé un par de segundos antes de aceptar. Eso le molestó porque según ella yo no estaba en posición de negarme. Sea como fuere salimos y en la oscura noche me contó un montón de cosas maravillosas. Cosas sobre lo que había pensado todo el tiempo que nos alejamos. No se trataba de mí, de nosotros, sino de cosas absolutamente más grandes. Así era Simona. Le preocupaba mucho la sobrepoblación del planeta y había ideado mentalmente programas de esterilización humana. Por supuesto, todo en habladurías, nada serio. No estaba a nuestro alcance. Dijo que sería bueno esterilizar a la gente de calle y hacer exámenes concienzudos a todo aquel que quisiese reproducirse porque la gente no está preparada emocional, física, económica e intelectualmente para tener hijos aunque lo deseen desde el fondo de sus instintos de conservación de la especie. Las ideas de Simona siempre iban años luz delante. Hacía falta mucho tiempo para que la gente se percatase siquiera de cómo funciona su mente, sus deseos maternales, etc., y dejara de cargarlos de sensiblería barata. Que fuesen menos egoístas y mirasen que sus deseos personales perjudican a todo ser viviente sobre la faz de la Tierra. Un hombre procrea un hijo. Le abandona, y todos nos jodemos porque la pobreza aumenta, la pobreza se reproduce: antes había dos pobre, ahora tres, ahora cuatro. Un hombre usa vasos de unicel porque no quiere lavar trastos y todos nos jodemos por él. Sus hijos, los nuestros, los hijos de esos hijos.

      Dimos varias vueltas al parque. Era el parque México y estaba más oscuro que una cueva de lobos. De eso se quejaba Simona porque la Delegación había publicado una solicitud de cinco millones de pesos para repararlo y no lo habían reparado. Simona tenía un montón de quejas sobre un montón de cosas, casi todas sobre ecología, sociedad y cultura. Decía que yo era un viejo quejumbroso pero ella no se quedaba atrás. Ambos solíamos dar queja sin tregua sobre todas las cosas que nos rodeaban.  De cierto modo eso es lo que nos mantenía unidos. Una inconformidad compartida hacia la vida. Éramos compañeros de desgracia y sólo ella y yo podíamos escucharnos sin hartarnos de decir todo lo que estaba mal en el mundo. Casi nadie puede soportarlo. Eso nos convertía en personas bastante solitarias. Simona era alegre, risueña y un ángel; yo era un viejo gruñón sin más; y ambos éramos un par de almas solas.

      Con ella, con Simona, todo funcionaba a un ritmo diferente. No podía tratarla como trataba a Becky y las demás, ni podía amarla mesuradamente. Con Simona todo avanzaba a prisa, a una velocidad tan a prisa que daba la impresión que el tiempo se detenía. Debía tomarla por la cintura, besarla, decirle que la amaba más a que a nadie en este mundo e irme con ella a la cama. Eso hice, pero no resultó como en mis fantasías. La tomé por la cintra bajo una farola fundida y la besé. Simona contestó mi beso. Se dejó hacer pero no dio pie a algo más Vamos, le dije, ¿qué pasa? La pregunta era tonta. ¿Qué pasaba? Nos habíamos separado, yo había estado con otra mujer en todo ese tiempo, y… bueno, no podía esperar que Simona me recibiera con los brazos abiertos, a pesar que lo había hecho, Dios.

      Anduvimos por el parque media hora. Halábamos y a veces también callábamos. Caminábamos en silencio y mirábamos las cosas. Yo miraba los adoquines del suelo. Simona miraba los árboles. De vez en cuando exclamaba por la belleza de una jacaranda o un ficus. Simona amaba las jacarandas. LE dolía verlas regadas por el suelo y que las pisáramos. Están muertas, decía yo, es igual. Pero Simona no se convencía; muertas o no le dolía pisar la belleza de aquellas flores. Era una filósofa. La planta está muerta, pero la belleza está más viva que nunca.

Cuando regresamos las gatas habían soltado mucho pelo. Sobre todo Mariana; era de pelo largo, fino. Nos recostamos en la cama y había pelo por todas partes. Ardían los ojos de tanto pelo. No sé por qué cuento esto, pero me parecía que el pelo de las gatas también podía ser bello si se le miraba adecuadamente. Ese pelo también era vida. Los gastos muertos no sueltan pelo.

      Aquella noche dormimos en paz.


3

Al amanecer nos despertó un par de bolas de pelo sobre nuestras caras. Las gatas deseaban comer. Simona se levantó y les dio sardina. Yo dormitaba. Simona regresó a la cama y se echó de nuevo. Esta es la vida que anhelaba.

      Más tarde desayunamos huevo con jamón y café. Simona lo preparó mientras yo tomaba la ducha. Cuando acabamos el desayuno Simona se levantó y fue a los estantes. Era tres estantes llenos de libros. Mis libros, que había dejado allí, en su casa. Tomó uno del estante y me lo estiró. Dijo: es tu regalo de aniversario. Durante el tiempo que estuve fuera llegó la fecha de nuestro aniversario. Había comprado un libro para mí pero no había tenido oportunidad de dármelo. Lo cogí. Era un ejemplar de más de mil páginas: 2666, del escritor Roberto Bolaño, editado por Anagrama. Le pegué un beso en la frente y le di las gracias. Vale, dije avergonzado, yo no… yo no tengo nada para ti, ¿ves? Alzó los hombros. No importa, dijo. La abracé y le pegué un beso en los labios. Simona era un ángel, no cabía duda.

      Cogí el libro y comencé a leer el primer párrafo en voz alta. Trataba sobre un misterioso escritor llamado Archimboldi. Luego dejé de leer porque Simona pidió que parase. Ya me lo leerás más tarde, dijo, y así, supe que estaba a punto de recuperar mi vida. Era cuestión de no cagarla. Debía ser muy cuidadoso porque yo solía cagarla.

      Hablamos de otros asuntos. Todo este tiempo Simona cultivó la idea de mudarse a otro Estado. De irse lejos. Me lo contó con mucha pasión. Deseaba ahorrar algo de dinero en tres meses y abandonar DF. La idea me cautivó de inmediato, hace años anidaba en mí la misma idea. Hace cinco años o así, estuve en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y me había jurado volver y establecerme. Se lo solté a Simona de golpe, con la misma excitación que ella contaba lo suyo. Nos miramos a los ojos un par de segundos y lo supimos: haríamos ese viaje cuanto antes. Comenzamos a planearlo todo de inmediato. Yo podía coger un empleo, donde sea, lo que sea con tal de ahorrar algo. Ella podía pagar el alquiler y guardas el resto de sus ganancias para el viaje. No era una idea descabellada. Podía hacerse, Dios, y estaba a la vuelta de la esquina. Le pedí que trajera el ordenador portátil. Lo hizo y busqué un montón de fotografías sobre San Crsitobal de las Casas. Era un lugar paradisiaco, un poblado a las faldas de la selva Lacandona. Podían orise los rugidos de los saraguatos durante la noche. Había miles de árboles de todas las especies y uno podía coger fruta de ellos libremente. También se podía sembrar y cultivar alimentos; vamos, realmente se podía cultivar alimentos y alimentarse de ellos sin necesidad de centros comerciales. Había mucha gente europea haciendo vida de viajero, de hippie, de ermitaño. Definitivamente, lo que cualquiera necesita para desintoxicarse de la ciudad. Hablamos sobre rentar un coche para hacer el viaje, llevar a las gatas, un par de libros, ropa, lo necesario para vivir sin ostentar. Era una idea maravillosa.

      Hablamos toda la mañana y parte de la tarde. Bebimos café. Simona tenía el brillo de la juventud en los ojos. Yo debía tener el brillo de la juventud en los ojos también porque Simona dijo que lucía muy guapo y me besó.

      Comenzamos a hacer los preparativos inmediatamente. Busqué empleo en la Internet. Había un montón de cosas por hacer: mesero, archivista, almacenista, chofer, ayudante general. Todo estaba mal pagado, pero era suficiente si no gastaba un peso para ahorra e irnos en tres meses.

      De pronto, dejamos de hacer cosas y nos metimos a la cama. Hicimos el amor cálidamente. Al terminar, todo estaba pactado. Becky podía irse a la mierda, el casero, el hotel Savoy, las prostitutas de Hidalgo, todo eso podía irse a la mierda. Ahora tenía una mujer hermosa y una meta. Todo lo que necesita un hombre para mantenerse en pie. 




sábado, 29 de marzo de 2014

Un poeta estupendo.



La revista Texto Libre cogió un par de poemas míos. Era una revista impresa y editada en México, Distrito Federal, con un tiraje de mil ejemplares mensuales; al menos eso decía el Director de Texto Libre, Enrique Sasso; distribuida y colocada en puestos de revista y algunos establecimientos misteriosos de los que nunca me enteré. Más o menos lo mismo que todas las publicaciones honestas sobre literatura, pasaba desapercibida hasta que alguien la señalaba, cosa que no pasaba a menudo, o hasta que te publicaban en ella, cosa que pasaba aun menos a menudo.
      Enrique Sasso personalmente leyó una serie de textos míos, en prosa, publicados virtualmente en Whisky en las rocas. Intentó contactarme, pero yo, necio, me negué hace tiempo a colgar mis datos personales en la web. Contactó, en lugar mío, al escritor Martin Petrozza, creador y escritor del sitio, pero éste, a pesar de colgar sus datos, jamás estaba al tanto de lo que ocurría en el universo que había creado. Afortunadamente, Simona y los editores sí estaban al tanto. Simona me hizo saber que Sasso estaba interesadísimo en mi trabajo como poeta. Es curioso porque jamás había publicado un poema mío en Whisky en las rocas.
Contacté a Enrique Sasso con los datos que me proporcionó Simona. Quedamos para platicar en ELKS. Era la primera vez que alguna revista impresa, o cualquier medio impreso (exceptuando WR, Editorial), cogían poemas míos. Era mi primera publicación seria, o casi seria; seria, digamos, para un poeta anónimo, que decidía arriesgar su nombre publicando poemas del desconocido que era yo. De cualquier modo lo agradecía.
Me entrevisté con Sasso a las ocho de la noche en ELKS. Hablamos de otros asuntos antes de tocar el tema de mis publicaciones. Hablamos de Rilke, de Auden, de Keats, que eran mis autores predilectos. Sasso lo sabía porque había leído mi prosa y sospechaba, con miedo o con pena, que yo escribiese demasiado influenciado por ellos. Jamás había pensado en algo así. ¿Qué pasaba si descubríamos que mis versos eran los versos tergiversados de otro poeta, muerto ya, con fama y nombre propio, y no los versos de Salmoneo Gutiérrez, poeta novel? Sasso me tranquilizó. Podría apostar, según él, que mis poemas serían buenos si cumplían lo que prometía con mis textos. Jamás me propuse prometer algo al escribir, no comprendía a qué se refería Sasso. Asentí con la cabeza, pero no comprendía nada en absoluto.
Bebimos copas de vino (Sasso era amante del vino) y comimos pasta a la boloñesa porque era el único tipo de pasta que vendían en ELKS. Sasso fumó siete cigarrillos durante nuestra estancia. Tomó tres copas de vino y utilizó cuatro servilletas. Además de Texto Libre, Sasso era editor en jefe de otra editorial de libros, no muy conocida. Lo mencionó de paso, no profundizó en ello, y tuve la impresión de que deseaba darme confianza en él y en Texto Libre. Si todo marchaba podía pagarme cuatrocientos pesos por cada poema. Por supuesto, acepté. Así quedamos. Cuatrocientos pesos por poema es mucho dinero para un poeta anónimo; y casi para cualquier poeta.
Sasso se ofreció a pagar mi parte de la cuenta. Pagó, se levantó de la mesa y nos despedimos con un apretón de manos y palmadas en la espalda. Dijo que había sido un gusto conocerme y hablar conmigo. Dijo que esperaba un par de poemas para la semana siguiente. Dijo que no me preocupara, serían publicados y pagados lo antes posible. Dijo que contemplaría la posibilidad de incluir en la revista algo en prosa. Luego se marchó y puede ver su nuca agachada y sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, un pantalón de algodón café y su andar preocupado por las calles de la colonia San Rafael, como si temiese haber hecho un mal trato conmigo o ser asaltado al dobla en la siguiente calle por un par de negros o no poder pagar los poemas que prometió pagar a pesar de darse aires de editor adinerado. 
Sea como fuere, aplasté la colilla de mi último cigarrillo sobre el cenicero de cristal tallado y emprendí el camino a pie a casa pensando en los poemas que debía escribir para complacer a Sasso, a Texto Libre y, por supuesto, a los lectores de Texto Libre. Ante una publicación hay un compromiso. No importa si creemos que no escribimos para alguien; eso, en todo caso, es mentira; se escribe para ser leído.

2
Simona llamó al día siguiente de mi entrevista con Sasso. Preguntó cómo me había ido, deseaba saberlo todo. Por aquel entonces no andaba bien con Petrozza así que ponía más atención a mis asuntos o los asuntos  de quien sea, con tal de desentenderse de su hombre. Le conté todo con detalle, en ese sentido Simona me daba pie a comportarme como una chica, a hablar incluso del brillo de los ojos de Sasso y de mis sospechas sobre un fraude. ¡Un fraude!, exclamó Simona, ¿un fraude de qué? Bueno, traté de explicarlo: era la primera vez que algo así me ocurría y no podía evitar pensar en un fraude. ¿Con qué motivo?, ¿robar tus poemas? Simona tenía razón, nadie robaría mis poemas porque nadie los había leído. Sería arriesgarse demasiado por nada. Cuando colgamos, me sentí estúpido.
      Luego, Simona me citó en una café de la calle Guanajuato para hablar de mis sospechas, o de algo. Me encontré con ella a las ocho de la noche, al salir del trabajo. Creo que necesitaba hablar, porque, en realidad, fue ella quien habló más. Así me enteré de la verdad sobre ella y Martin Petrozza. Petrozza se había mudado, ya no vivían juntos en Querétaro. Petrozza salía con otra. Una zorra llamada Becky. No era seguro, pero sí altamente sospechoso. En realidad, no podía esperarse otra cosa de Petrozza. Era un experto en meterse en líos con mujeres. Al parecer lo pasaba mal. En ocasiones, Simona daba vueltas por la casa de Petrozza, la nueva casa de Petrozza donde vivía su vida de linyera. Las luces siempre estaban apagadas o salía de la ventana el ruido demoníaco de orgías y borracheras. Simona, claro, estaba exagerando. Conocía a Petrozza muy bien, y podía asegurar que no se trataba de orgías. Borracheras sí, pero orgías… Petrozza era un hombre solitario y la mayoría de sus invitados a beber eran hombres, poetas, escritores, artistas, no sé, otros hombres solitarios. También habría mujeres, sí, pero no la clase de mujeres que se involucran en orgías. La mayorías de las mujeres en reuniones de Petrozza eran las novias de sus invitados o mujeres poetizas, escritoras, ilustradoras, es decir, mujeres libres e inteligentes. No putas, como solía pensar Simona. Y aunque es cierto que Petrozza podría acostarse con alguna de ellas, es cierto también que para ello debía hacer un esfuerzo, y… bueno, Petrozza no solía hacer esfuerzos a menos que lo considerase muy necesario. No sé, quizá Simona satanizaba el caso y yo me quedaba corto en mi ingenuidad.
      Desde mi partida de casa de Simona y Petrozza en Querétaro dejé de frecuentar a mi colega Petrozza. Cogí un empleo como almacenista y me instalé en la colonia San Rafael, no muy lejos de la colonia Roma. El trabajo, la distancia y mi vida con Marbella me alejaron considerablemente. Apenas tenía tiempo para mí, para mi poesía, para vivir mi vida. El tiempo se me escurría de las manos entre el trabajo y las complacencias a mi Marbella. Marbella y yo entablamos una relación seria, o lo más cercano a una relación seria después de su aborto. Fue un caso complicado; viví días pesados y oscuros en aquel entonces. No podía ocuparme de otra cosa. No estaba enterado de la pobre de Simona. Ahora, Marbella estaba mucho mejor. Marbella escribía poemas mientras yo laburaba y al anochecer, al llegar a casa, me hacia la cena y me servía vino. Supongo que eso era lo más cercano a una pareja formal que podía establecerse entre dos poetas. Sus cenas eran, casi siempre, lonches preempacados que compraba en la tienda de enfrente y calentaba en el microondas. El microondas de la tienda de enfrente, nosotros no teníamos algo excepto cama y buró. El vino era Gato Negro. Le gustaba aquel vino porque ponía a un gato negro en la etiqueta. Los fines de semana Marbella se ausentaba. Se iba, nunca supe a dónde. Estaba prohibido preguntar porque eso suponía, según Marbella, una privación, una opresión a su libertad individual. Me quedaba en casa, solo, pero con un montón de cosas por hacer. Era el tiempo que podía considerar libre, si me desentendía de hacer el cuarto, lavara la ropa, desayunar y comer, alguna cosa maldita que aparecía en mitad de un día soleado y prometedor, algo como reparar la puerta del cuarto, cambiar los vidrios, hacer extras en el almacén, etc. Cuando no se labora un día puede parecer eterno, cuando se hace, un fin de semana completo es un suspiro. Comenzaba a dar crédito a Petrozza y su filosofía del no trabajar, de no ser productivo a una sociedad maldita. Sin embargo, no deseaba regresar a casa suya, ni podía hacerlo ahora, con Marbella.
      Las cosas transcurrieron. Me di un paseo por la nueva casa de Petrozza, en Jalapa, a ver si daba con él y me explicaba sus pretensiones. No lo encontré. La casa era una casa grande, de dos plantas, con ventanales. Petrozza rentaba un cuarto dentro. Su cuarto, según me instruyó Simona, era justo el que daba a la calle. Las luces de la ventana estaban apagadas. Toqué el timbre, aventé piedrecillas a los vidrios, grité… nada. Estuve allí una hora o así. En ese tiempo miré entrar a un par chicas, muy guapas, que iban con gafas oscuras y reían de nada. Me miraron recargado en la puerta. Me hice a un lado para que abriesen y entraran. Eso fue todo. No me dirigieron la palabra ni me cuestionaron. Yo tampoco las cuestioné porque eran realmente guapas y  caminaban con aires de grandeza. Luego entró un chico, uno que lucía amigable y le pregunté si aquí vivía un tal Petrozza. Alzó los hombros. No sé, dijo, creo que no. Describí a mi colega lo mejor que pude pero nada sirvió para hacerlo reconocer en la mente del chico. Le di las gracias de todos modos y me fui. No tenía caso estar ahí.
      Dos días después habló Martin Petrozza. Venga, Salmo, dijo, me has buscado, ¿no es así? No sé cómo se enteró, no lo pregunté. Sí, bueno…, dije. Fue breve. Llamaba desde un teléfono público y no quería gastar más de una moneda. Dijo estar bien. Entonces lo supe, Petrozza salía con otra. Petrozza solía vincular su bienestar a las mujeres. SI estaba bien significaba que estaba con alguna mujer y había trago. Vale, dije, bueno. La llamada se interrumpió.
3
Marbella se entusiasmó mucho cuando le conté lo de Sasso. Dijo que era estupendo. Destapó una botella de Gato Negro y sirvió en un par de vasos. Venga, dijo, para celebrar. Cogí el vaso que me estiraba y brindé con ella. Había un motivo, pero, en general, sospechaba de un acrecentado alcoholismo por parte de Marbella. Todas las noches, con motivo o sin motivo, bebía al menos una botella de vino. Todo ese dinero salía de mi bolsa.
      Después de celebrar nos recostamos y conté a Marbella lo que había descubierto con mi amigo Petrozza. Le conté todo sobre su relación Simona y de los días que viví con ellos. Marbella alzó el vaso y brindó por él, por Petrozza. Dijo: ese es un hombre de verdad. Lo decía porque según ella los hombres no ruegan  a las mujeres, no aceptan el rechazo y se burlan de las desgracias. Así supe que Marbella estaba más loca que una cabra. Cualquier otra mujer le hubiese salido con el rollo feminista. También, sospeché que ella misma era insensible al rechazo y no rogaba a nadie. Insensible, no, eso no es posible, más bien, de corazón duro. Marbella había pasado por días muy difíciles cuando nos conocimos, no hace mucho, y quizá eso endurecía su alma. De cualquier modo, no sentía por ella un amor verdadero. Esto me inquietaba sobremanera. ¿Cómo viviría con una mujer a la que no amo? ¿Cómo podía Petrozza vivir con Becky cuando todo el mundo sabía, incluido él mismo, que su amor verdadero era Simona F.? No estaba seguro que Petrozza fuese insensible, como aseguraba Marbella. Era muy probable que su relación con Becky y sus farras monumentales fuesen, precisamente, el síntoma de una sensibilidad aguda. La misma Marbella se declaraba fuerte, pero cuando la conocí estaba acabada. No comprendo por qué los hombres ponen tanto énfasis en resaltar una dureza falsa, una insensibilidad aterradora. Afortunadamente ninguno de de ellos es realmente insensible; si no se resistieran a sus sentimientos este mundo podría ser realmente un mundo bello, un mundo bueno. Evitaríamos muchos problemas si tuviésemos más sentimiento y menos orgullo. No hablé de esto con Marbella porque no lo comprendería. En su universo, uno deber ser un guerrero o algo así. Ella misma se llama guerrera; lucha, batalla. Sus poemas hablan sobre la guerra que libra contra el mundo.

4
Al día siguiente fui a ELKS. Allí escribí un par de poemas sobre Martin Petrozza. Es decir, sobre la falsa insensibilidad del hombre, sobre la cultura de la insensibilidad, sobre machismo, sobre la prohibición de expresar lo que sentimos. Era poemas no demasiado largos, a lo más cuarenta o sesenta versos. Uno de ellos a manera de crítica social; el otro, desde el alma de un incapaz de expresar sentimientos, desde un alma sensible atrapada en un cuerpo y una sociedad.
      Bebí un par de cervezas Victoria y fumé catorce cigarrillos. Escribir requiere grandes dosis de nicotina. Escribí sobre un viejo cuaderno, donde hace mucho no solía escribir nada porque me molestaba el cuadro grande. Sin embargo, ahora lo que más deseaba era escribir sobre papel a cuadro grande. Son caprichos de la creación que jamás comprenderé.
      Cuando terminé fui a casa. Dentro estaba Marbella, con un par de botellas de vino vacías y una tercera a la mitad. Había pasado allí gran parte de la tarde, eso se sabía con sólo entrar al cuarto y oler. Había humo de cigarrillo. Hola, me dijo, ¿cómo te fue? No era costumbre suya preguntar cómo me fue. Bien, dije, ya tengo los poemas. Yo también, respondió al tiempo que daba una calada a un cigarrillo. ¿Qué quieres decir?, pregunté extrañado. Bueno, dijo, primero tendré que mirar tus poemas. ¿Para qué?, pregunté aún más extrañado. Vamos, sólo deja que mire tus poemas, venga. Le estiré la libreta con los poemas. Me senté sobre la cama, a su lado, en el poco espacio que dejaba.
      Marbella leyó los poemas rápidamente, sin acabar siquiera. No, dijo rotundamente. ¿No qué?, exclamé. No, no, no, repitió, esto no sirve, esto no sirve para nada. Vaya, exclamé, me levantas el ánimo, tú… Es demasiado femenino, dijo, y me sorprendí que una mujer dijera que algo es demasiado femenino. Verás, dijo dando un trago al vino, esto es lo que todo mundo sabe, ¿ves?, lo que cualquiera espera de un caso como Petrozza, o, en general, de la insensibilidad, como lo llamas, o lo que sea. Está claro que es así y por ello no funciona en la poesía. ¿Cómo?, pregunté, ahora sí, muy asombrado. La poesía, dijo, no es plasmar lo que todo el mundo espera y  sabe… o… bueno… eso sí, puede ser, pero… no al menos del modo en que se sabe, sino… Venga, dije, estás borracha. No, no, dijo sin permitirme bromear o acabar con el tema. Realmente había algo que Marbella deseaba transmitirme. Verás, continúo, aquí hay un poeta sensible hablando a corazón abierto, en tus poemas, eres un poeta sensible hablando sinceramente y… ¡Y no se supone que deba ser un poeta sensible y honesto!, exclamé exasperado. ¡Exacto!, gritó Marbella, ¡un poeta debe ser un mentiroso, un cretino, un asesino, un criminal, un hijo de puta, vamos! Me solté a reír en serio. No podía creer toda la verborrea de Marbella. ¿Realmente se creía todas esas cosas?
      Marbella se levantó de la cama y trajo consigo unas hojas, hojas sueltas, las echó sobre la cama y me pidió que las leyera. Era unos poemas suyos. Son míos, dijo, son sobre Martin Petrozza. ¿Cómo?, exclamé. Sí, dijo, son los poemas que debiste haber escrito tú en vez de esas cursilerías tuyas… Me quedé sin habla. ¿Estás diciendo que escribiste los poemas por mí, mientras yo escribía? Sí, asintió con la cabeza, eso hice; de algún modo sabía que escribirías sobre ese amigo tuyo y… de algún modo sabía que lo harías terriblemente. No me lo podía creer. ¡En tan poco tiempo Marbella creía conocerme más que yo mismo, y además, me consideraba un poeta malo y femenino!
      Leí los poemas de Marbella. Eran poemas muy poderosos, debo reconocer, con sangre fría, sobre un hombre insensible que se vanagloria de serlo, que se alimenta del sufrimiento ajeno. Pintaban a Petrozza como a un diablo, como un ser sediento de destrucción, incluso, autodestrucción. Eran poemas oscuros y deprimentes, pero al mismo tiempo, con cierta ternura, si eso es posible. Eran poemas realmente buenos. Me arrepentí de haber pensado en Marbella como una loca borracha. Probablemente era mucho mejor poetiza que yo y lo estaba demostrando. Quizá me conocía muy bien, como demostraba, y me quería, como decía. Quizá yo debía dudar menos de ellas y entregarme a amarla.
      Dejé caer las hojas a la cama y le dije que estaba impresionado. Sonrió, como una niña de cinco años. Luego bebió un trago y eructó, como un marinero.

5
Al día siguiente recibí un correo electrónico de Sasso. Ponía: Querido Salmo, no cabe duda que eres un poeta estupendo, tus poemas han dejado con la boca abierta a toda la redacción. Tienes la fuerza de un gigante y la sensibilidad de una flor. Tu trabajo será publicado en Texto Libre el mes siguiente. Esperamos más poemas tuyos. Por favor, envíanos un número de cuenta para pagar nuestra deuda contigo. Saludos sinceros.
      Adjuntados, venían los poemas de Marbella.  


Salmoneo Gutiérrez
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