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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 30 de agosto de 2015

Su, la poetisa.


Su me llevó a conocer al poeta, al gran poeta del barrio. Se hablaba mucho de él en las cantinas y en las tertulias. Decían que era un espectáculo. Me había negado a encontrarlo por ahí, pero aquella vez Su me llevó con engaños.



Su tenía interés en presentarme con él. Pensaba que podría hacer algo por mí, no sé. Se rumoraba que hacía mucho por las comunidades indígenas de Guerrero, por los niños pobres y analfabetas del Estado de Chiapas. Bueno, escribía poemas en su honra y hacía compilaciones económicas en su taller de edición e impresión de libros (daba talleres para enseñar a los escritores fracasados a hacer sus propios libracos). Vendía las ediciones y se iba a Guerrero o a Chiapas a tomarse fotos con los indígenas o los niños y a leerles sus poemas.

Su, yo no soy indígena, no hay algo que el poeta pueda hacer por mí. No importa, P., insistía Su, quizá puedan fumarse un porro juntos e idear un libro, qué sé yo. El poeta tiene un taller de libros. Quizá pueda publicarte algunos relatos. Yo no fumo porros, Su.

Dijo que iríamos a echar trago a un bar nuevo. Nuevo para nosotros. Fuimos y bebimos un par de copas y luego salió el poeta, un adolescente nacido en los noventa. Tenía un altavoz. Tenía el cabello corto, atado por la coronilla, como una cebolla. Y además canturreaba al estilo rap para declamar. Maldita, Su, le dije, ¿por qué me has traído a ver esta mierda? Vamos, P., quiero que veas esto. Quiero que veas la fuerza que tiene el poeta.

Bueno, sí, tenía mucha fuerza. Demasiada. No le bastaba el altavoz. Gritaba con todas su fuerzas. Había una sillita junto a él. Se subió a ella y desde ahí se puso a gritar aún más fuerte. Gritaba cosas en contra del gobierno, según puede entender. No era muy claro debido al altavoz. Luego bajó de la silla y se quitó la camisa. No había necesidad de hacerlo. Gritaba con tanta fuerza que el pecho se le hinchaba y se le ponía rojo, desde la garganta. Todos lo miraban casi espantados. Era muy bajo de estatura. Daba la impresión de que todos esos gritos compensaban su metro con cincuenta. Y cada vez subía más la voz y recitaba más y más aprisa y ya casi no podías entender un carajo ni detenerte a pensar en lo que decía, si es que decía algo.

Cuando terminó, todos aplaudieron. Su la primera. Me instó a hacerlo. No sé, Su, le dije, no entendí algo de lo que dijo. Y no me gusta el rap. Ni los gritos. Ya sabes, me alteran. ¿Por qué tiene que gritar?

Tuve que escuchar al poeta durante cuarenta minutos. Lo escuché gritar y lo miré quitarse los pantalones y arrastrase por el suelo y sollozar. En algún momento sacó una bandera de México y la pisoteó. Se pintó la cara con pintura roja. Se echó sobre la bandera, como un muerto o un herido. Todo ello en calzones. Y el maldito altavoz. La gente se volvía loca. La mayoría eran adolescentes. Casi todos iban con el mismo corte de cabello. Casi todos usaban gafas de pasta. Casi todos llevaban ropas flojas. Cualquiera de ellos podría ser el poeta.

Ya, exclamé, ya terminó. ¿Podemos irnos? Antes de que Su pudiera contestarme, el poeta se acercó a ella. La saludó desde lejos y vino a ella y se saludaron como dos grandes amigos. El poeta se negó a besarla. Por la pintura roja. Creo que era homosexual, o por lo menos, afeminado. Seguía sin camisa y con la pintura escurrida en la cara y el pecho. Tomó asiento a nuestra mesa. Su dijo: ¡Oye, él es P.! El poeta me estiró la mano y lo saludé. Nos miramos un par de segundos. No dije algo. Él tampoco. Alguien le gritó a lo lejos. Se levantó a mirar quién y exclamó: ¡Su, ahora vuelvo! ¡Gusto en conocerte, P.!

Y saqué a Su de ahí casi a arrastras.



2

Entramos a bar de T. Me sentí en casa. Ordenamos Tecate regular.


P., ¿por qué eras tan cerrado? No lo sé, Su, no lo sé. ¿Qué tiene de malo el poeta? A todos nos gusta. Quizá eso tenga de malo, contesté. Anda, dime, ¿qué piensas de sus poemas? Dilo sinceramente, P. Me esforcé. No lo sé, Su, no recuerdo una sola línea de todo lo que pregonó. A mí me gustó la parte en que subió a la sillita; ¡es muy intenso!, exclamó Su. ¿Y de su poesía?, pregunté, ¿puedes decir algo sobre su poesía? Su lo pensó un minuto. Bueno, confesó, yo tampoco recuerdo mucho. ¡Pero la parte de la bandera es genial!

      De pronto entró C. Me miró y vino a sentarse con nosotros. Venía excitado. Exclamó: ¡P., tienes que ver esto!: arrojó un folleto. Era un sobre un evento del poeta. El 15 de marzo. Cooperación voluntaria por los niños indígenas de Guerrero. C. reía y gritaba: ¡me han dicho que pisotea una bandera de México! ¡Lo hace!, gritó Su. ¡Sí!, gritó C. Su le contó que veníamos de verlo. C. no paró de envidiarnos. Salí a fumar un cigarrillo y a mirar a las chicas mientras ellos hablaban sobre el poeta.



      3

P., me dijo Su en alguna ocasión, traje un libro. Es del poeta. Veamos qué dices ahora sobre su poesía. Ya, dije, así puedo darme el tiempo de leerlo, ¡pero a gritos!

Era una edición económica de 80 páginas. Malamente engrapada y con muchos errores de edición. Podía soportarlo. Lo que vale es el texto, me dije.

      Había algo en la poesía del poeta que no pegaba. Aún leyendo su libro no puede grabarme un solo poema. No haré juicios críticos. Pero sus malditos poemas no me hacían temblar. Sus gritos sí. Sus sangres falsas y sus espectáculos eran más fuertes que sus letras. Yo siempre quise que mis letras me excedieran. Él apostaba por el camino contrario.

Me declaré derrotado ante Su. Le dije: ya lo tengo, Su, podemos hacer un trato. Yo escribo poemas anónimos y tú los recitas con las tetas de fuera en parques públicos. Así se olvidan del poeta.

Su no aceptó. No fue necesario. Pocos días después una chica de veinte años se desnudó al recitar poemas. Se dejaba el vello de las axilas y de la panza y lo llamaba feminismo. No estaba buena, pero una mujer desnuda es una mujer desnuda y la masa se fue con ella mientras el poeta seguía pisoteando banderas y sollozando.

Poco después otro poeta Salió a la luz de las calles y de las muchedumbres. Se negó a escribir sus poemas en papel y se los tatuó sobre el cuerpo. Se paró en Eje Central, en calzones, abierto de brazos, sin hacer algo excepto dejarse leer los poemas por los transeúntes. Una revista lo fotografió. La gente le echó monedas y el antipoeta pudo emborracharse.

Un editor de cuarenta años tuvo la idea de montar un cuadrilátero en un foro cultural y hacer subir a un montón de poetas a pelear a versos, en un concurso ridículo, tratando a la poesía como a un espectáculo de Televisa. Explotando a los poetas de veinte años (les editaba libritos que ellos mismos, los poetas, pagaban). Lo llamaron slam poético. Así, en inglés, aunque la mayoría odiaba a los gringos y defendía el indigenismo. 

No pararon de surgir más y más poetas nacidos durante los noventas. Se pusieron a escribir en libretitas artesanales y recitar sus poemas con altavoces, subidos en sillitas y llenos de pintura o desnudos o haciendo cualquier cosa que pudiese llamar la atención de las masas locales. Usaron las noticias de las televisoras para ello. Si mataban a estudiantes, hacían poemas sobre la muerte de esos estudiantes, etc. Todos llevaban el cabello en forma de cebolla y usaban ropas holgadas y fumaban porros y gritaban al recitar y vivían en casas de sus padres y querían ser estridentistas.

Escribí un poema en contra de todos ellos. Su lo leyó y dejó de salir conmigo. Se fue con los poetas de los noventas a pintarse la cara y a raparse la mitad de la cabeza. Incluso Su se hizo poeta. Comenzó a recitar en eventos masivos y a subir al cuadrilátero. Le publicaron una plaqueta y la llamaron Su, la poetisa. Desgarró sus ropas y las volvió a cocer para crear su propia ropa. Lucía como un espantapájaros, todo remachado, pero era muy querida porque no compraba en tiendas su ropa, aunque tomaba coca cola y tenía un teléfono móvil de moda, de segunda mano. La buena Su tuvo sus minutos de fama.

Un día llamó para decírmelo. Me dijo: P., no seas obstinado, deja la vieja escuela y únete al cambio. La poesía debe evolucionar. Le respondí: yo no hago poesía, Su. Ni de la buena ni de la mala. Silencio. Deberías leer en público, P., dijo. Hay un chico que organiza lecturas en un foro en la Narvarte. El próximo evento será en quince días. Podrías subir a leer con ellos. No, Su, gracias. Les he hablado de ti, P. Les he mostrado tus relatos y se han cagado de la risa; los estiman. Te aceptarán, P. Oh, oh, oh, exclamé, muchas gracias Su, pero no necesito su aceptación. Puedes beber con nosotros y probar el LSD. Oye, Su, voy a colgar, ¿vale? Oh, P., no seas tan cerrado. En serio, Su, voy a colgar justo aho… ¡Clak!

No volvió a llamarme. 

Una vez la encontré en bar de T. Iba con cinco colegas suyos. Nunca más la vi sola. Siempre iba en grupo. Eso era su cosa: el grupo, la pertenencia y la aceptación. La poesía era su máscara.








    

domingo, 23 de agosto de 2015

El gran simulacro.


En cierta ocasión, un borracho de bar de Sanborns se me acercó. Dijo que me había mirado por ahí un par de veces. Lo miré directo a los ojos a ver si se iba. La mirada le atrajo. Dijo que podía adivinar mi futuro a través de mi mirada. Quizá el jueguito le salió bien. Nunca más volví a mirarlo de ese modo.


      Afirmé que solía venir casi todos los días, excepto los viernes (que no hay promoción). Se sentó a mi mesa. Ordenó una piña colada. Usaba una camisa hawaiana que hacía juego con sus cocteles y su piel blanca y sus canas. Parecía un viejo yanqui asentado en México. Un retirado. Y sí, tenía una cámara fotográfica colgada al cuello que descansaba en una barriga prominente.


      Durante el tiempo que tardó Federico en traer la piña no hablamos. Yo no tenía algo qué decirle y él no tenía prisa. Di un par de tragos a mi cerveza y miré hacia la puerta del bar, a la luz, y pensé en levantarme y dejar a Fulano botado. Antes buscaba este tipo de experiencias, pero luego de los treinta años todo lo que quieres es sentarte a beber en santa paz, sin interrupciones, mientras piensas en tu ex mujer y tus demás fracasos. Otra cosa que pasa después de esa edad, es que no tienes energía para hacer todo lo que piensas hacer. Me quedé mientras pensaba en irme.


      Cuando la piña llegó, el hombre se puso a hablar. Dijo: Tú eres P., el escritor. No era la primera vez  que me pasaba, lo juro, y siempre… era para mi propio mal. Asentí con la cabeza. Se entusiasmó. Me lo contó Federico, exclamó entre risitas. Alzó su piña, la acercó a mí en brindis. Cogí mi cerveza y brindé con él. Salud. Salud.


      Como en casi todas las ocasiones que algún borracho se acercaba a mí por mi profesión (o lo que sea ser escritor), tenía en mente un montón de cosas que deseaba que YO escribiera por ÉL. Me negué rotundamente. Me dije escritor retirado, fracasado, enterrado, acabado, incapacitado. Me levanté a media piña (terminada mi cerveza) y me largué de ahí, del bar. Mandé a Federico a pagar mi cuenta y le dije: hombre, ya no le digas a los borrachos cosas sobre mí. El pobre no lo entendió. Pero me juró no volver a hacerlo. Le di cincuenta pesos de propina y desaparecí.


      Me fui a Tres Gallos porque eran las ocho y media de la noche y era martes y T. no abría en martes. De cualquier modo pensaba beber hasta las diez u once, hora en que termina la promoción en Sanborns y hora en que baja cortina Sergio, en Tres Gallos. Me estuve ahí hasta esa hora y regresé a casa por el camino de siempre y me dormí. Ser un borracho exige constancia, disciplina y hábito. Hay que persistir. Como en todas las cosas de este jodido mundo.


      Y luego olvidé todo y un día cualquiera me fui a Sanborns (a las ocho en punto) y me senté en mi mesa y Anthony me saludó y me sirvió con agrado. Ya no necesitaba ordenar. Anthony siempre sabía lo que yo quería. Me adornó la mesa con dos cervezas Tecate, un caldo de camarón, chicharrones de harina y cacahuetes salados. Le agradecí, como cada noche, y como cada noche bebí mis cervezas (doce cervezas) y comí mis botanas y pensé en S. y en cuándo fue la última vez que le hice el amor sin saber que sería la última vez que se lo haría antes de que terminásemos. Trataba de recrear la escena. De buscar en sus gestos el desagrado de hacerlo con alguien a quien ya no amas y a quien planeas abandonar próximamente. Ay, las mujeres, sufren más porque sienten más. ¿Qué le costaba gozar si ya lo estábamos haciendo? Por mi parte también lo sabía: que nuestra relación llegaba a su fin. Saberlo no me impedía gozar. De cierto modo me hacía gozar más. Saber que ella no lo disfrutaba y que lo soportaba sólo porque le debía dinero y si me detenía el sexo no se lo pagaría. Cuando le pagué el último centavo se fue. Ahora todo ello carece de importancia, pero no tengo otra cosa en qué pensar. Hay que tener cuidado con lo que hacemos porque después eso será nuestro pasado y será todo en lo que podremos pensar y rumiar en la barra de un bar. Pero la vida es así. 


      A la cuarta cerveza Anthony me dijo: por cierto, señor, hay un hombre que lo busca constantemente. Entra y pregunta por usted. Si no está, se va. A veces vuelve. Comenzó a venir por las tardes; Federico le aconsejó venir más noche. Ya, dije, si lo ves no lo traigas a conmigo. Es un jodido yanqui loco que quiere usarme de máquina de escribir. ¿Cómo?, preguntó Anthony. Nada, dije, ¿tienes tacos de pollo? Acto seguido, Anthony se fue a traerme tacos de pollo y de frijol, cortesía de la amada casa. 


      A la sexta cerveza eructé y me levanté al sanitario. Hice el camino haciendo eses. La ventaja de ser un borracho es que cada vez te emborrachas con menos y te sale más barato.


      Apenas entré, lo vi. Allí estaba el yanqui loco, secándose la cara con papel higiénico, frente al espejo, tallándose los ojos y acerándose cada vez más al maldito espejo para mirarse su horrible cara pálida. Traté de huir pero me miró. Regresó los músculos de su cara a un estado normal y me dijo: oye, P., qué gusto verte, ¿has pensado algo sobre mi propuesta? Me trató muy amable para el modo en que me comporté con él. Dios, dije, debo orinar, Jack, y me abrí paso entre Jack y la gente y me puse a orinar con la cabeza gacha, sin voltear por temor a encontrarme con él una vez más, o de que me siguiera hasta los mingitorios y se pusiera a echarme rollo mientras orinaba.


      Pude orinar sin altercados. Salí de los sanitarios con cuidado. Primero el ojo, luego el paso. En los lavabos no estaba. Pude lavarme las manos y la cara con tranquilidad. Me eché agua al cabello y me pasé las manos. Bebí un sorbo de agua y escupí. Me sequé con papel higiénico. Me miré los ojos. Sí, rojos. En fin. Tenía los ojos rojos la mayor parte del tiempo. Mi mujer me había abandonado, qué más daba.


      A la salida tampoco estaba. Pude atravesar las mesas de discos y la tabaquería sin encontrarlo. Pensé que me había salvado. Pero no. Una vez entrado al bar pude ver su regordeta figura acomodada a mi mesa. La vestimenta era la misma de la última vez. Camisa floreada y pantalones cortos. Tenía una piña colada en la mano. ¡Y estaba en mi mesa!


      Bueno, le dije, ¿qué es lo qué quieres de mí? Ya te lo he dicho, contestó, tengo una historia que todo mundo debe conocer. Dios santo, exclamé. Me senté y me resigné a escuchar al gordo Jack. Llamé a Anthony para que trajera más cacahuetes y caldos de camarón. Antes de que la escuche, le dije, explícame: ¿POR QUÉ YO? ¿Por qué no vas con Espartaco, o Fadanelli? Ellos tienen fama. ¿Espartaco?, ¿Fadanelli? No los conozco, se disculpó. Es igual, dije, anda, ¿de qué va la historia? No, dijo, aquí no. Tendría que contártelo en un sitio más privado. No podemos arriesgarnos a que la escuchen. Se dio un sorbo de piña. ¿No se supone que todo mundo DEBE CONOCERLA? ¡Oh, sí, exclamó, pero no aún! ¡Primero debes escribirla de modo que el ser humano promedio pueda entenderla! Pensé: en serio, ¿por qué a mí? Al menos dame una idea antes de que lo acepte, exigí.


      Me bebí las ocho últimas cervezas en compañía de Jack, quien no se llamaba Jack ni era yanqui.


      En todo ese tiempo me contó un montón de hipótesis, aunque él las llamaba teorías, sobre universos paralelos. Eran cosa entretenida, ya sabes: el universo no es análogo, sino digital y por tanto, artificial. Construido como simulador por una inteligencia principal. Cada uno de los universos paralelos son simulaciones que corren a la par con el objeto de prever desenlaces. Nada de lo que nuestros sentidos perciben es real. Nosotros mismos no somos reales. Somos una simulación de humanos (reales) del futuro creada para corregir el rumbo de las cosas en 5016. En este universo (el nuestro) o simulación, el género humano se extingue debido a la superpoblación y la contaminación. En otro, se toma la medida de matar a todos los pobres, pero ello sólo genera catástrofe y finalmente se llega la extinción del género debido a una tercera guerra mundial, nuclear. En otro se conquista Marte. Los marcianos de cuarta generación, es decir, los humanos nacidos en Marte durante la cuarta generación de vida en Marte, luchan por su independencia. Se organizan y comienza una guerra de independencia entre terrestres y marcianos. Ganan los marcianos. Fin del género. En otro, el género se extingue debido al consumo elevado de alimentos transgénicos y cosas peores. En otro, la inteligencia artificial nos excede. Hay seis o siete simulaciones, ya no las recuerdo todas, cada una con un final catastrófico, según Jack. En todas, el género humano llega a su fin. Cosa que es, precisamente, lo que los humanos reales, creadores de los simuladores, tratan de evitar simulando acciones para saber cuál de ellas tomar. Una locura.


      ¿Entonces hay siete P. bebiendo cerveza con sendos Jack en bar de Sanborns, discutiendo sobre los universos paralelos?, ¿y todos ellos saben el secreto de las simulaciones?, ¿y los humanos reales están mirando cómo sucede que Jack le cuenta a P. sus más grandes secretos de simulación?, ¿y no les importa que las simulaciones sepan que son simulaciones?, ¿eso no sesga la simulación?, ¿una simulación que sabe que es una simulación, puede seguir el rumbo de las cosas sin alterarlas?, ¿nada impedirá que P. escriba siete libros en siete diferentes universos paralelos, sobre el más grande secreto de esos siete universos, es decir, que no existen? Y cuando todos sepamos que no somos reales, ¿qué carajos haremos? ¿No será que estamos en el universo que se extingue gracias al descubrimiento de su falsedad? ¿Y si los humanos reales sencillamente eliminan nuestro universo por haberles descubierto? ¿Podrían, no?, ¿Y si somos creación suya, no pueden evitar el algoritmo de la lucidez, es decir, evitar que el conocimiento de la verdad sea conocido en dichos universos digitales? De no hacerlo serían un poco lentos, ¿no crees? ¿O es que planearon que Jack lo descubriese y se lo contase a P.?, ¿y en todo caso, por qué una simulación no es real?, ¿por qué carece de materia, o por qué no tiene origen? Aunque, una simulación también tiene un origen, ¿no?, pregunté.


      Jack escuchó mis preguntas con los ojos bien abiertos, casi rogando que no hablase demasiado fuerte y casi rogando que no encontrase falacias en sus teorías. Cuando acabé, suspiró. Se secó el sudor de la frente con una servilleta y dijo: en primer lugar… no me llamo Jack (aquí lo supe), mi nombre es Esteban Castro. Ya, dije. En segundo lugar, dijo, esto no es un juego. Debemos escribir el libro y que todos conozcan la verdad. No puedo hablar más por ahora. Eso dijo y se levantó de la mesa con su piña colada (la tercera o cuarta) en la mano. Casi al mismo tiempo terminé con mis cervezas y puede irme a casa, como todos los días de mi vida los últimos cinco años, a dormir en santa paz.


2


Una tarde entré a bar de Sanborns y pregunté a Federico y a Anthony si habían visto a Jack. Ambos contestaron que no desde la última vez, la vez que hablé con él toda la noche. Eso me tranquilizó. Me senté en mi mesa y me trajeron mis sagrados alimentos y me comí y bebí todo y me fui a casa. Así lo hice durante casi dos meses.


      Luego, un día cualquiera entré a Sanborns y me dijeron que el acceso al bar estaba cerrado por remodelación. Busqué con la mirada a Federico o a Anthony. Vi a Federico. Corrí tras él. Le pregunté qué carajos ocurría. Están remodelando el bar, contestó. Bien, dije, ¿y ahora? Señaló una esquina, un conjunto de mesas en el restaurante. Podemos dar servicio de bar en esa esquina, dijo. La miré desanimado. Era dentro del restaurante, con toda esa gente abstemia y con toda esa luz entrando por los ventanales y la luz eléctrica del lugar. Oh, no, no, no, le dije a Federico, esto es un desastre. Alzó los hombros. También puede ir a Sanborns de Aguascalientes, me dijo. Ya, dije y me salí de allí y caminé por calles insólitas hasta llegar a la calle de Aguascalientes. Suspiré ante la entrada. Bueno, pensé, aquí vamos.


      La decoración era la misma, pero los meseros no me conocían y tuve que explicarme diez veces para hacerles entender que en Sanborns Insurgentes Federico y Anthony me dan toda la botana que yo quiero, sin chistar, y me apartan cervezas si se acaba la marca que yo tomo y que me guardan cervezas para la hora feliz y me dejan salir de vez en vez a fumar un cigarrillo sin haber pagado la cuenta e incluso me fiaron un par de ocasiones y que no me gusta el jamón en vinagre ni los cacahuetes enchilados mezclados con garbanzos y que Federico me da baldes de cacahuetes sin mezclar con garbanzos (sospecho que los expurga él mismo). 


Dios, no entiendo como la gente puede ir de un sitio a otro y explicarse cada vez. En fin. En eso estaba cuando escuché su voz. Era Jack, no cabía duda. Me acerqué discretamente. Eché un ojo de refilón, por la arista de la esquina. Sí, era Jack. ¡Estaba con Uribares! ¡Le estaba contando todo sobre los universos paralelos! 


Regresé a mi mesa. Me bebí la última cerveza muy despacio. Pensando. Pensando. Pensando. En algún momento ya no pude más. Pensaba y sudaba y me preguntaba qué pasaría si…, o que pasaría si…, o si…, o si…


Pagué la cuenta y no deje propina y corrí a mi casa. Me senté ante el ordenador. Le di de botonazos para echarlo a andar (creo que lo prendí y apagué unas cinco veces). Abrí una página en blanco y comencé… 


NOVELA: EL GRAN SIMULACRO

Por P.


Había una vez una gran civilización del futuro llamada Jacklandia...






jueves, 20 de agosto de 2015

Quisiera tener alas.

Texto por: Axel Blanco Castillo
Sitio del autor, aquí




“Esta vida da pocas explicaciones. Por eso necesitamos algo a lo que agarrarnos por encima de nosotros.”

Sophia Loren



Desde que Gloria entró como docente nunca estuvo en tal grado de tensión. Tampoco le pasó por la mente que uno de sus estudiantes se atreviera a piropearla como cualquier baboso de la calle. En qué mundo estamos Dios. Qué les pasa a los padres que no enseñan a sus hijos a respetar. Quizás hubiera dejado pasar un galanteo inocente. Profe qué bonita está hoy. Parece un ángel. Una orquídea del cielo. Una bella flor del desierto. Son chicos de quinto, eso lo podría justificar un poco. Ya saben, las hormonas haciendo ebullición y explotando a mil por hora. Esa edad es así. Se enamoran de todo lo que se mueve. Pero lo que sufría desde hacía dos meses era lo que se denomina en nomenclatura legal como acoso. Cuando impartía clases a ese curso el dominio de Gloria se debilitaba. Y comenzaba a titubear cuando sus ojos se topaban con Jonathan. Y no era que le gustaba el Jonathan. Su rostro era un campo minado de barros purulentos. Y sus axilas producían un tufo de amoniaco tipo insecticida. Lo que pasaba es que su mente estaba programada para no engancharse con menores. Incluso una vez había dado suplencias en la universidad y tampoco lo permitía con alumnos mayores. Era una cuestión de ética. De principios. Jonathan la abordaba en lugares solitarios y la pegaba contra la pared. Ella no podía zafarse fácilmente. Su fuerza masculina ya le brotaba de los bíceps. Le agarraba los extremos de la mandíbula con una sola mano. –Anda perra, dilo, dilo… Dí que quieres ser mi costilla. Ella nunca accedería a tal requerimiento. Tampoco podría decir que sí, si lo quisiera. El miedo le sellaba los labios. Jonathan frotaba la parte baja de su cadera contra ella. La acariciaba. La besaba. ¿Importaba lo que hacía? Gloria imploraba tener el valor suficiente para extirpar sus huevos de un rodillazo y tumbarlo. Privarlo del dolor. Incapacitarlo para el resto de su vida. –Responde perra, dilo, dilo… Dí que quieres ser mi costilla. No puedes resistirte a mis encantos, ¿verdad? ¿Cuáles encantos? ¿Dónde están esos encantos que no los veo? Los ojos de ella son dos dedos que lo delatan como el ser más horrendo del planeta. Desprovisto de cualquier partícula embrujadora. La primera vez que la acorraló fue en el callejón que queda a una cuadra de la institución. Le dijo que le gustaba y que estaba decidido a ser su novio. La beso por la fuerza y la dejó ir. Al día siguiente Gloria levantó un acta y la llevó a Dirección y a Defensoría. El acta era en realidad una denuncia formal de acoso. Pero todo terminó en una reunión donde el argumento de Jonathan tenía más peso, por ser menor de edad. La trabajadora social fue de lo más “imparcial”: –Profesora usted es la docente, debería saber que la prioridad para el Magisterio y para el país, son los estudiantes. Se supone que debería saber manejar la situación con un chiquillo de diecisiete años. Ambos deben firmar esta acta de compromiso. Ninguno de los dos debe agredirse más. Y Gloria, por favor, no quisiera llevar esto al Consejo de Protección, porque según el muchacho, es usted la que lo acosa. Al salir de la Defensoría los padres del menor la insultaron. Dijeron que si seguía inventando cosas sobre su hijo llevarían el caso ante la fiscalía. Que lo lamentaría toda su vida. Y para cerrar el espectáculo escupieron su cara. Gloria se limpió con un pañuelo y sin caer en provocaciones salió.



     Jonathan la atrapó otra vez en la calle.  –Sólo quiero que seas mi hembra pero si me presionas voy a tener que lastimarte mucho. Ahora él la tiene nuevamente contra la pared del callejón. –Anda perra, dilo, dilo… Dí que quieres ser mi costilla. Ella aprieta sus labios. Está decidida a no ceder ante el monstruo adolescente. Resiste todo lo que puede sin hallar una sola idea que la salve. O un héroe que la defienda. Pero en la vida real los héroes no existen. Sólo en los cuentos de hadas. En las películas. Gloria mira a todos lados. No pasa ni un alma por el lugar. Jonathan sigue encima y su nariz lanza un aire tan desagradable que le dan ganas de vomitar. Unas manos se cuelan por debajo de su falda. Hay un forcejeo pero al final la fuerza de él se impune, sus piernas se abren. Los cachetes se le mojan de lágrimas mientras voltea la cara y sus ojos verde lima escrutan el Guaraira Repano. Hay un sendero muy bonito que recorre. Concentra su pensamiento en la idea de sólo volar con alas de ave gigante y perderse en la plenitud de esa niebla fría que flota en el aire. Como si la imaginación pudiera salvarla de su verdugo. Como si pudiera abandonar ese cuerpo y tan sólo elevarse tal cual ave.







Texto por: Axel Blanco Castillo

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