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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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domingo, 23 de noviembre de 2014

Cara de perro.


La pequeña Vane arrastraba el pequeño saco de huesos que era ella casi todas las mañanas a tocar a mí puerta. Lo hacía porque una vez le di veinte pesos por comerme la verga. Lo hizo. En adelante venía cada que podía con la esperanza de que le volviese a dar dinero. Algunas veces se lo daba, otras, debía largarla con gritos que le asustaran la infancia, lo que estaba muy bien porque no había un compromiso de pago ni un compromiso de algo, excepto de venir cada mañana que lograse escapar de casa antes de que los borrachos de sus padres se levantasen y notasen la ausencia de su pequeña Vane. Era un barrio de paracaidistas. Veinte pesos eran una fortuna incluso para mí. Debía decidir entre darlos a la chiquilla o comer. Siempre me he considerado un alma caritativa. Le daba a Vane los dineros y le llenaba el estómago con esperma, que, a saber, es nutritivo y toda esa cosa. Era más de lo que podría comer un día cualquiera. Sus padres le obligaban a vender dulces en las esquinas de las calles. En fin. Una vida dura, ¿qué le vamos a hacer?

      Una tarde vino el padre de Vane, con Vane cogida por la mano, a golpear mi puerta. Esperaba esto desde hacía meses, así que no me sorprendió. Le miré por uno agujero en la puerta. Cogí una botella de vino vacía que había por ahí y abrí, total. No le di tiempo de decir una sola palabra. Le estampé la botella en la sien. El hombre se cogió la cabeza. Iba a alzarse, pero le rajé la mejilla con el filo de los vidrios de la botella rota. Nunca había hecho algo así. Dios santo, había muchísima sangre. Afortunadamente en mi casa no había suelo y la tierra se lo tragó todo. La mancha no tardaría en desaparecer. La niña echó a correr. Yo caminé aprisa en sentido contrario a la niña y dejé todo eso ahí, joder. Bueno, me dije, lo hice bien para ser la primera vez. ¡Asunto arreglado, so cabrón!

      Pasé las dos noches siguientes mendigando y durmiendo en el parque. La casa y el parque eran casi la misma cosa porque las paredes de mi casa estaban en tan mal estado que dejaban pasar todo el viento helado y a los insectos y a las miradas de los fisgones. Además, no tenía drenaje ni luz ni gas. El parque estaba muy bien.

Al tercer día me paseé por el centro. Entré a una librería de viejo a la que solía entrar e hice lo que solía hacer. Me robé un libraco al azar. Me fui a una banca, a calentar la sesera, y me leí el libraco aquel. Esta vez tocó uno de George Bataille, titulado La historia del ojo. Era un pedazo de historia. Había personajes que se masturbaban, que se orinaban unos encima de otros y que hacían el amor y tenían orgías y cosas aún más atroces. La verga se me levantó a segundo párrafo. Para cuando terminé de leer estaba tan caliente que le llamé con señas a una princesa que andaba por ahí, dando vueltas, a la que juzgue casi tan pobre como la buena de Vane. Cuando se acercó me levanté la chaqueta. Le mostré mi virilidad erecta y le dije con señas que me la comiera. La pobre se inmutó. La vi andar aprisa hacia un par de adultos. Dios, Dios, Dios, me dije. Acto seguido, envainé y me largué de allí. Escuché un grito, algo como maldito pervertido, o algo. Lo de siempre, Dios. La princesa tendría ocho o nueve años, pero por su reacción estoy seguro que sabía muy bien lo que es una polla bien caliente, Dios.

Por la noche regresé a casa. Todo lucía bien. No había gente alrededor. No había cadáveres, lo que me tranquilizó porque si volvía a inmiscuirme con la policía no iba a soportarlo. Pesaba sobre mi espalda una decena de acusaciones menores: hurto, exhibicionismo, actos inmorales en vía pública, estupro, drogadicción, alteración del orden público, vandalismo, joder, mamarrachadas de esas. ¿Cómo quieren que se gaste la vida un marginado? No puede uno estarse quieto, Dios. Si tuviera dinero la cosa sería diferente. En fin. Entré a casa y cogí una saca de lona donde metí mi colección de libros robados, una botella de vino, un par de calcetines y un chal que solía ponerme entre las piernas para masturbarme en bancas públicas mientras miraba pasar a las princesas y a sus madres y a toda mujer que pudiera proporcionarme estímulo.

Iba a largarme de ahí cuando entró Vane. Hola, muñeca, le dije, ¿está mejor tu padre? La niña asintió con la cabeza. Joder, aquello no me hizo gracia; seguramente quería vengarse. Vale, dije, me marcho para siempre, ¿sabes? La niña no hablaba mucho. Se acercó a mí y me tocó la entrepierna. Bueno, le dije, supongo que querrás tus últimos dineros, ¿no? Asintió. Ya, dije, Dios, no tenía pensado quedarme más de dos minutos, pero, caray, si te pones en ese plan… Me senté en la silla y desenvainé. La chiquilla tenía una chupada buena a estas alturas. Cogía mi cosa con sus pequeñas manos y aunque era tímida al comenzar, apenas unos pequeños lengüetazos, iba haciéndolo mejor gradualmente. La cogía por la cabeza y la obligaba a llegar más y más hondo. A veces se ahogaba. Escupía saliva, tomaba aire y si se rehusaba a continuar le daba pellizcos en los brazos. Ahora no debía pellizcar demasiado. Apenas la rozaba con los dedos en el brazo y le volvían los ánimos de mamar. Era una princesa leal después de todo. Pensé en robarla y prostituirla con los mendigos del puente de la calle 67, o en la colonia Paraíso, no sé, Dios. Yo soy tranquilo. Vamos, no le hago daño, no va morirse por chupar un pito, pero, Dios, el mundo está lleno de pervertidos, de gente mala. Si uno me la jode por el culo seguro me meto en un lío. Habrá que hacerle curaciones y cosas y si se agrava el asunto habrá que llevarla al hospital. ¡Pero cómo voy a llevar al hospital a una niñata con el culo deshecho! ¡Me van a encarcelar! Joder, Dios, no, no, no. Podría dejar claro que la niña sólo sabe chupar pollas, pero… No, esos gamberros no se van a detener, cuando tengan la boca de la niña en sus vergas van a desear algo más. Vamos, me dije, ¿es que no has aprendido algo de los libracos de budismo zen que te leíste? El maestro debe dejar atrás los placeres carnales y materiales de esta Tierra; tomar lo que el presente le ofrece, pero saber dejar en el pasado lo que el pasado le exija dejar. O algo así, caray. Bueno, me corrí por fin; en la hermosa garganta de Vane. Se levantó y me puso esos malditos ojos mientras yo me abrochaba. Había trabajado y quería su pago, sí, ¿cómo no? Mira, princesa, le dije, ahora vuelvo, ¿sí? Tengo tu dinero en la esquina de esta calle, así que espera aquí y regresaré con él. Di un paso hacia afuera. Vane me cogió de la camisa. No era tan imbécil, Dios. Bueno, Vane, amor mío, ¿quieres hacer esto del peor modo? Vane no contestó. Continuó agarrada a mi camisa. ¡Vamos, vamos, vamos muñeca! La pegué con la palma de la mano en la cara. Cayó unos metros más allá, pobre saco de huesos. Suspiré. Dios, no quería hacerlo. En fin. Me acerqué a ver que no estuviese muerta o algo así. Con la punta del pie la moví. Se quejó. Bueno, me dije, es hora de partir. Salí de casa silbando una melodía de Frank Sinatra.

Me instalé con lo vagos del puente de la calle 67. Les conocía a casi todos. Les dije: a qué no saben de lo que me acabo de enterar. Eran una bola de estúpidos. Apenas podían hablar. Se drogaban tanto que hasta babeaban. Bueno, les dije, primero un trago. Saqué la botella de vino y la descorché al estilo Petrozza, es decir, la estrellé contra el filo de la banqueta y soplé los vidrios. Debería meter vidrios en una botella de vino y dárselas de beber a estos desgraciados, pensé. Es lo mejor que podría pasarles, santo Dios. Ninguno vino a pedirme trago. Estaban demasiado drogados con esa cosa.

Cuando la botella se terminó me entró sueño. Me acerqué a uno que dormía sobre unas colchas. Le piqué las costillas con la botella. Vamos, hermano, le dije, hazme espacio, Dios. Estaba muerto. Lo rodé hasta sacarlo de las colchas. Me hice una almohada con la saca y me puse a leer a Bataille. ¡Dios mío, la muy puta le arranca el ojo y se lo mete al culo! Es un buen libro, Dios, sí, joder, Dios, ya debería yo arrancarle los ojos a Vane. Me masturbé un par de veces antes de caer rendido como caen las hojas de los árboles al suelo por efectos de la gravedad.

Al día siguiente me fui al centro y me puse a mendigar. Me eché al suelo sobre mi saca al lado de una iglesia. Saqué el chal y me lo eché sobre las piernas. Me acomodé de tal modo que daba la impresión de que me faltaba una de ellas. Viejo truco, Dios. No falla. No hacía falta poner cara de perro, siempre tuve cara de perro; me lo decía mi madre, joder, me decía: Adrián, ¿por qué tienes esa cara de perro? Una ocasión, por fin le contesté: porque soy el hijo de una perra. Me abofeteó la muy puta. Bueno, al principio es duro, pero luego sale por sí solo: ¡una ayuda por amor a Dios! ¡Una ayuda por el amor de Dios! ¡Una ayuda por favor! Ja.

Regresé al puente de la calle 67. Me quedé alrededor de dos meses en esa podredumbre, Dios. Era una vida ligera, lo que yo llamaba una vida de perro bueno. Mendigar, comer ligero, lo que está muy bien para la digestión, etc., leerse libracos, masturbarse un par de veces al día y beber el trago que traían los mendigos. Ocasionalmente, alguna droga. Dormir hasta tarde. Nada de manosear menores ni nada. La gente se toma muy en serio esos temas.

Un buen día, después de leer, me vivieron ganas de escribir. No sé por qué ni para qué, pero así lo hice. Compré una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir sandeces que me venían a la cabeza. Me hice adicto a ello, ¿sabes? Se entra a otro tiempo y otro espacio. Ésta es una de las historias que escribí. No me preguntes por qué ni nada. Es así. En fin. Aquí hay otra historia, empieza así: “Adrián tenía cara de perro porque su madre se acostó con el mamarracho más patán y asqueroso del barrio…” Ja. Y otra: “La madre de Adrián era un perra loca que chupaba pollas por centavos a los carniceros del mercado. En cierta ocasión la emborracharon y la hicieron acostarse con Max, el perro rottweiler que cuidaba la carnicería…” Ja. ¿Ya entendiste? ¡Ahora ve y escribe, maldito seas!



domingo, 16 de noviembre de 2014

Amor, necesito un trago por amor a Dios.


Son las cuatro de la mañana, aunque S. no lo sabe, cuando el teléfono suena. S. despierta y coge la llamada. El diálogo es familiar. Sin embargo, no reconoce la voz. Hola, oye, ¿podemos vernos en Obregón y Córdoba en veinte minutos? S., adormilado, contesta que sí. Acto seguido, escucha colgar a su interlocutor. Se talla los ojos, bosteza, se espabila. Se levanta. Veinte minutos es exactamente lo que él necesita para llegar a la esquina de Obregón y Córdoba. Se enjuaga la cara en el lavabo y se pregunta: ¿quién podrá ser? Sin embargo, S. es poeta, y eso, probablemente, le faculta, al tiempo que le separe del resto de las personas, para no preocuparse demasiado por la hora, la premura, la noche y el desconocimiento prácticamente todos los factores por los que se preocuparía cualquier otro. Se deja arrastrar por la vida, que le depara siempre sorpresas que sirven de alimento a su inspiración poética (o eso dice). Se calza los zapatos y sale.

      En las esquina de Obregón y Córdoba no hay alguien. Piensa que, virtualmente, ha llegado con anticipación, o se ha retrasado su cita. No tiene idea de cuánto tiempo ha transcurrido desde que recibió la llamada, si más o menos de veinte minutos. No tiene forma de saberlo porque no usa reloj. Mete las manos a los bolsillos. Ha dejado de preguntarse quién llamó. Piensa ahora en L., su ex mujer, a la que aún ama. Piensa en cierta ocasión en que L. y S. hicieron el amor en el jardín de la casa de uno de los amigos de S., a donde fueron invitados a una fiesta. Tenían veintisiete años. Veintisiete años y aún hacíamos aquello, ríe para sus adentros S., y emite el siguiente juicio: los adultos son niños en cuerpos de gente grande. Los poetas somos niños, y punto. Luego, piensa en J., una poetisa de treinta y cuatro años, a la que miró y escuchó recitar recientemente en un encuentro de poesía en Casa del Poeta, precisamente en Obregón, y de la que creyó que era la mejor poetiza mexicana que jamás hubiese escuchado, y además, claro está, muy guapa, porque la belleza es parte importante de las virtudes de las poetisas, al menos para el público masculino. La comparó con L. Solía comparara a todas las mujeres que le gustaban con su ex mujer. Lo hacía automáticamente. Incluso, había llegado a jurarse que no lo volvería a hacer porque todas las comparaciones las ganaba estrepitosamente L., y si lo continuaba haciendo jamás volvería a enamorarse de alguien y se autosabotearía el resto de su vida. La poetisa era guapa, era poetisa y era una borracha (cosa que comprobó S. al finalizar el encuentro en Casa del Poeta, donde se quedaron a beber él, un par de amigos que le acompañaron al evento, y la poetisa, a la que no se acercó pero miró desde su mesa beber con rapidez y descaro, brindar, reír, eructar y bridar con sus acompañantes), cualidades que S. podría muy bien apreciar y gozar en una mujer, en una amante, en una pareja. L., en cambio, era sensata, mesurada, abstemia y huraña. Cuando S. sopesaba las cualidades de una y otra, a pesar de las inmediatas diversiones que ofrecía la poetisa, consideraba de mayor peso, de mayor valor, las cualidades de L., de las que no podría aburrirse y le serían gratas conforme se acercase a la vejez, como no ocurriría con la vida desastrosa de una poetisa que a sus treinta y cuatro años continuaba las monumentales borracheras que se iniciaran en la adolescencia (la edad de la poetisa la supo al leer en el libro de poemas que presentaba aquella noche, la fecha de su nacimiento). La pregunta es: ¿por qué si S. ama tanto y compara con tanta ventaja a L. con las demás, no está con L.? Él mismo se lo ha preguntado los últimos ocho meses. Le duele confesarlo, pero ahora, a las cuatro y tantos de la madrugada, parado en el cruce de Obregón y Córdoba, a donde ha ido quién sabe por qué carajos, por vez primera, se dijo: yo soy para L. lo que la poetisa podría ser para mí. Esto era cierto. L. y S. terminaron porque L. no pudo soportar el ritmo de vida de un poeta como S., que era, como ya se dijo, un niño, un adolescente sin teléfono móvil, sin reloj, sin horarios ni preocupaciones, y con una garganta que le exigía beber litro tras litro de cerveza cada noche, en especial las noches de viernes y sábado, con un par de amigos que eran unos mamarrachos como él, como S. S. tenía treinta años, pero algún día tendría treinta y cuatro; nada indicaba que fuese a detener sus ansias de salir de noche, de beberse al mundo. ¿Cambiar? Era una posibilidad, pero… desde la perspectiva de S., no había motivo para hacerlo (el amor por L., claro está, era un motivo más que suficiente), creía que la edad, el cansancio natural de la edad, le haría acercarse a una vida más tranquila, más hogareña, y no había por qué apresurar las cosas que iban a pasar un día u otro, sin esforzarse, como ahora pasaba, sin esforzarse, que su cuerpo le pedía follar y beber sin tregua. Pensar en la poetisa como un futuro indeseable, pensó S., es ya dar el paso primero al cambio. ¿Demasiado tarde? Ochos meses después del rompimiento con L., con la que sostuvo una relación de cinco años, vislumbraba una veta, una posibilidad, una pequeña semilla que ¿germinaba?, hacia un sol diferente. Pero esto ya no lo vería L. S. podía convertirse desde ya en abstemio, en un hombre maduro, un adulto, quién sabe, en aquello que se supone que debe de ser un hombre de treinta años, pero L. no estaría ahí para saberlo, para ¿agradecerlo?, para gozarlo, para no dejar de amar a S., al que había dejado de amar desde hace casi dos años, y del que no deseaba saber absolutamente nada, a pesar de los ruegos de S. de darse cita para tomar un café (él pediría cerveza), charlar y… ¿quién sabe?, prensaba S., quizá… solo quizá… recuperar el amor perdido, o el amor dejado en otro lado, sublimado, o lo que sea. Si tuviera una oportunidad ¿lo haría? En caso de recuperar el amor de L., S. debería cambiar inmediatamente, y, bueno, aquella veta era tan solo una veta, una semilla, algo demasiado débil para renunciar a su estilo de vida de un día para otro. Nada aseguraba que no cayese en tentación y volviese a ser el mismo si L. regresaba con él, no sé, pongamos al mes o al mes y medio, o los seis meses. Por ello, S., a pesar de su insistencia, no se empeñaba verdaderamente en reconquistar a L. Aún no estaba listo para lo que L. exigía, y merecía, claro. Le deseaba felicidad. Mientras tanto él no podía dejar de comparar a las mujeres con su ex pareja. Tenía un problema y lo sabía: estaba atascado.

      ¿Cuánto tiempo habrá pasado? No se veía a nadie venir por la calle. S. comenzó a desesperarse. No importa que calculase mal, había transcurrido suficiente tiempo para que, aun siendo conservadores, hubiesen pasado al menos cuarenta minutos. Se preguntó si no sería una broma y se dijo: sólo yo soy tan idiota para salir sin más a la primera llamada de un desconocido. Merecería que me violasen por imbécil. L. hubiese estado de acuerdo conmigo; me hubiese detenido de salir. Pero L. no está. ¿Y si estuviera, no habría yo reñido por ella por la detención de salir a una nueva aventura? ¿No lo habría llamado así, una nueva aventura, a salir durante la madrugada a atender la llamada de alguien que no dijo su nombre ni su motivo y de quien no reconocí su voz? Hubiésemos reñido.

¿Qué es lo que extraño realmente de L.?, se preguntó mientras bostezaba y se frotaba las manos para calentarlas del frío de la madrugada y miraba a todos lados sin ver a nadie acercarse a él. Nunca ha podido responder a esa pregunta. No se ha esmerado en ello. ¿Prefiere no saberlo? Ha llegado a ella ya en muchas ocasiones, pensando en L. y en su vida con ella, y al llegar a este punto, dimite. No ahonda más. Extraña a L., es todo lo que le importa, lo que le mantiene con vida, como se diría, o al menos, lo que lo mantiene interesado y despreocupado de conquistar a otras mujeres. Mira a las mujeres y se dice: ¡qué bonita!, ¡qué hermosa!, ¡qué buena está! Las observa caminar, reír, hablar, moverse. Se enamora. Se decide a ir a por ellas… y un segundo antes de hacerlo, recuerda a L. Las compara con L. Les encuentra defectos imperdonables en la actitud, que según él, devela una moral cuestionable. En lo tocante a la moral, se dice S., L. es intachable. ¡Aquella es una prostituta, santo Dios! Esto basta para poner freno al ímpetu. Él, que es un poeta, un borracho, un soldado de la libertad, juzga y dice: aquella es una prostituta, no como L., que es la encarnación de la decencia y de la rectitud, de la belleza, de la honorabilidad, de la fidelidad, etc.  Da media vuelta. Desiste. Se avergüenza de haberse fijado siquiera en una mujer así; regresa a su bebida y a su soledad que guarda con recelo para el día en que esté listo y pueda ir a por L. y decirle: he cambiado.

Sí, sí, piensa mientras camina de regreso a casa, nadie ha venido a atender la cita, voy a cambiar, santo Cielo, voy a cambiar y a reconquistar a L. Pero lo ha dicho los últimos ocho meses y no han pasado, desde entonces, más de dos días seguidos en que no beba, en que no salga, en que no se involucre con furcias de las que luego se diga: no, no, no, L. es intachable y lo mío con X. fue un error, un error de borrachera; no volverá a suceder.

Llega a casa. Se desnuda y se mete a la cama. El sueño no tarda en venirle, lentamente, mientras piensa en L., en lo mucho que desearía tenerla una vez más en cama, abrazarla y decirle: amor, necesito un trago por amor a Dios, lo necesito para dormir cómodamente. Amor, no me jodas. Amor, no me esperes, voy con tal y tal a beber al bar. Amor, he escrito un poema, empieza así: el universo termina ay comienza en la raja de tu culo. Amor, anoche conocí a una chica, es maravillosa. Etc. 






viernes, 14 de noviembre de 2014

El bar.

Texto por: Raphael Dómine. 

Petrozza era amargo cómo el agua quina. Pero a pesar de ello, encantaba mucho de ir a ese tal bar de Ele.  Portillo decía que Petrozza ya estaba viejo y que si nos citaba allá era exclusivamente para no sentir que los treinta habían llegado.


                Hasta esa noche concebía el bar cómo algo indiferente. Solo existían tres tipos de cerveza: Tecate, Indio y Dos Equis. Ninguna terminaba por convencerme. El precio era accesible para ser un bar de zona rosa.

No sucedía lo mismo con la comida, para mi gusto su precio era terriblemente alto, para lo que comías y podías por decirlo de algún modo saborear.
Allí estábamos una vez más reunidos la mayor parte de La pelusa. Parce, Erín, Petrozza, Portillo,  la poeta Fantomas, un tío llamado Hugo y por supuesto yo.
                A diferencia de otras ocasiones el lugar estaba a tope. La típica música de los grandes había sido remplazada por una odiosa banda de algo que después nos dijeron era Dark Roll. Todo el mundo parecía conocerlos, menos nosotros. Atendimos a escucharlos primero porque ya estábamos allí y segundo porque no había mucho más que ver.


                Lo único bueno de la banda era la baterista. Comúnmente nadie le da la importancia real al trabajo de un bataco; sin ellos la banda es en si nada.

Aquella chica tenía los senos casi ausentes, usaba una bandana verde en la cabeza y gafas de pasta bien a lo hípster. Me parecía linda. A lo que voy es que bien solo podríamos quedarnos con ella y sería un éxito. Era una showman.

II


Petrozza tenía un departamento muy bien ubicado en la colonia Roma. El lugar no era feo, podíamos siempre poner la música que se nos hinchara y, claro, la cerveza en la tienda era mucho más barata que en cualquier bar, por lo tanto bebíamos más con mucho menos pasta  y con la mayor comodidad.
                Tiempo después de la primera banda llego Lucas, otro amigo de Colombia que partía de regreso a su patria al día siguiente. Venía muy bien acompañado con tres litros de Don Ramón.
Habíamos pasado la noche bebiendo Tecate, comúnmente me era indiferente lo que tomáramos, pero esa noche ya estaba harto de ese maldito refresco amargo. Si hubiese sido león, pacifico o Heineken la cosa hubiese cambiado. Pero mi estado anímico me encontraba ajeno al lugar, a las personas, a ese estilo de vida tan de mierda.

En algún momento de la noche pensé en irme pero estábamos casi toda la pelusa reunida excepto, claro, el Pibe.

                Fue entonces que se lo dije a Petrozza: ¿por qué te gusta venir acá?


                Dejamos de ir a tres gallos cuando este se llenó de gente. Cuando la rockola no dejaba de poner canciones la noche entera. Cuando Sergio nos echaba por ser los únicos clientes en más de tres horas entre semana. ¿Y nos venimos a este lugar repleto de Gilipollas?



Supongo que mi pregunta le tomó por sorpresa. Meditó un rato, tratando de encontrar algún argumento convincente  y después de mucho dijo que la cerveza siempre estaba fría, que nos trataban muy bien, nos regalaban alitas de vez en cuando y que no era un lugar tan caro.

                Algunas semanas atrás mientras bebíamos en el depa, Erín y yo argumentábamos las grandes ventajas de beber en casa. Probablemente sonábamos muy huraños o demasiado flojos como para no querer salir a pagar más por cerveza a por lo menos diez cuadras de distancia.
                Petrozza creyó que sus argumentos me habían convencido y bebió un trago que desplomaba su más fuerte argumento: nos habían traído una caguama al tiempo. Trató de no vomitarla, simulando que nadie había mirado el penoso incidente. Al dejar el vaso en la mesilla encontró de nuevo mi rostro preguntando: ¿por qué te gusta venir acá?

III

Tiempo más tarde partimos a casa de Petrozza con las ansias de matar esos tres litros de Don Ramón. Paramos en la tienda para comprar refrescos, más cervezas y nos fuimos.
                Una vez instalados dentro del apartamento. Erín comenzó a poner la música. Las risas brotaron de nuevo, el tequila se fue consumiendo aún más rápido que los escasos cigarros, y las voces de los otros por fin no se perdían con el ruido rosa de una banda de pseudo rockstars.
                Una vez entonados todos, volví a preguntar a Petrozza aquello que ya le había preguntado dos veces y por fin dijo: bueno, tampoco es que me guste tanto el bar de Ele, pero acá en mi casa bebo siempre.



Texto por: Raphael Dómine. 

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